Moral sexual


Conclusión: una nueva santidad



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Conclusión: una nueva santidad


La revelación de la dimensión pascual de la sexualidad comporta para el cristiano el paso definitivo a una nueva concepción de la santidad en el ámbito sexual: es en el cuerpo sexuado donde debe verificarse el “perder la vida” para “encontrarla” (Mt 10,39), participando en la muerte y resurrección del Señor. La santidad no se deriva ya de modo automático de ciertos rituales, ni se recupera por prácticas de purificación, sino que se realiza en la docilidad al Espíritu de Dios, que impulsa al cristiano al don de sí, a través de la entrega del propio cuerpo, conformándose al ejemplo de su Salvador.

Esto implica necesariamente una ascesis, la lucha contra todo aquello que puede esclavizarlo y encerrarlo en su egocentrismo. La sexualidad es uno de los ámbitos típicos de la lucha entre la “Ley de la carne” y la “Ley del Espíritu”, que se prolonga a lo largo de toda la vida terrena.64 Tal es, precisamente, el precio del paso de la lógica sacral a la lógica liberadora de una santidad difícil y responsable”.65 De este modo, si bien el cuerpo del cristiano, por ser templo del Espíritu Santo, está bajo la nueva Ley de la libertad, ésta no lo des-responsabiliza. “Si el pecado original había quitado al hombre su libertad, el don del Espíritu se la «restituye», o pone al hombre en condición de tender responsablemente hacia la conquista de la libertad de amar a la manera de Dios”.66


  1. La reflexión teológica

    1. El cuerpo como sacramento primordial


En un sentido amplio, podemos considerar el cuerpo como un sacramento primordial, en cuanto constituye un signo que trasmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad.67 Más aún, en el hombre creado a imagen de Dios se revela también, en cierto sentido, la sacramentalidad misma de la creación. En efecto, la creación del mundo y del hombre es un don que nace del amor gratuito de Dios, es la “donación fundamental” en la que el don surge de la nada. Pero en el mondo visible, el donar sólo tiene sentido respecto al hombre, que como imagen de Dios es capaz de comprender el sentido del don en la llamada de la nada a la existencia. Su cuerpo es testigo de la creación como don fundamental, y del Amor del cual nació ese donar. Ello le permite al hombre descubrir el significado esponsalicio de su cuerpo, el cual está destinado a participar libremente del dinamismo del don que se inicia con la creación, a través de la entrega recíproca entre el varón y la mujer y de la procreación.
    1. Significado esponsalicio del cuerpo. Esponsalidad virginal


Comentando la creación del hombre en el Génesis, Juan Pablo II se refiere al significado esponsal del cuerpo en los siguientes términos:

“La revelación y, al mismo tiempo, el descubrimiento originario del significado "esponsalicio" del cuerpo, consiste en presentar al hombre, varón y mujer, en toda su realidad y verdad de su cuerpo y sexo ("estaban desnudos"), y a la vez, en la plena libertad de toda coacción del cuerpo y del sexo. De esto parece dar testimonio la desnudez de los progenitores, interiormente libres de la vergüenza. Se puede decir que, creados por el Amor, esto es, dotados en su ser de masculinidad y feminidad, ambos están "desnudos", porque son libres de la misma libertad del don. Esta libertad está precisamente en la base del significado esponsalicio del cuerpo. El cuerpo humano, con su sexo, y con su masculinidad y feminidad, visto en el misterio mismo de la creación, es no sólo fuente de fecundidad y procreación, como en todo el orden natural, sino que incluye desde "el principio" el atributo "esponsalicio", es decir, la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y —mediante este don— realiza el sentido mismo de su ser y existir. Recordemos que el texto del último Concilio, donde se declara que el hombre es la única criatura en el mundo visible a la que Dios ha querido "por sí misma" añadiendo que este hombre no puede "encontrar su propia plenitud si no es a través de un don sincero de sí (GS 24)."68

Tras la caída del pecado, la vergüenza recíproca emerge como signo de una ruptura de la condición originaria de unidad espiritual y somática en el hombre. Con la irrupción de la concupiscencia, el cuerpo se convierte en un constante foco de resistencia al espíritu; el hombre “histórico” ya no lo del mismo modo y con igual sencillez y naturalidad con que lo hacía el hombre de la inocencia original. Y esta fractura de la integridad personal del propio cuerpo, se hace especialmente perceptible en el ámbito de la sexualidad. La caída de la condición de inocencia originaria influye necesariamente en la comprensión del propio cuerpo. Éste deja de ser el sustrato “insospechable” de la comunión de personas: la diferencia sexual es vivida en cierta medida como un elemento de recíproca contraposición, un límite a la capacidad de autodonación.69

A pesar de esta limitación del significado original del cuerpo, y sus implicancias existenciales, perdura siempre en el corazón del hombre un “eco” de la verdad originaria, que hace posible el camino de la redención.70


    1. Matrimonio y virginidad


Este significado esponsalicio del cuerpo puede realizarse tanto en el matrimonio como en la continencia “por el reino de Dios”.71 Pero al fin de los tiempos, la esponsalidad del cuerpo se revelará definitivamente como esponsalidad virginal. Ya “no se tomará ni mujer ni marido” (Mt 22,30), sino que se manifestará la virginidad escatológica del hombre resucitado, que está destinado a la unión esponsal con Dios mismo. La persona humana es, pues, una realidad escatológicamente esponsal (Grygiel). Pero esa esponsalidad es virginal, porque “ser sujeto significa ser prometido esposo de la trascendencia”.72

Y así como el matrimonio recuerda de algún modo a la persona virgen el carácter esponsal del amor, así también la virginidad recuerda a los casados el carácter virginal de la existencia humana, o sea, su destino y esponsalidad escatológica. Esta complementariedad y enriquecimiento recíproco no contradicen la doctrina tradicional de la superioridad del carisma de la virginidad “por razón del vínculo singular que tiene con el reino de Dios”.73

Como reconoce Juan Pablo II, Jesús no afirma esa superioridad explícitamente y de modo directo. Considera sí a la virginidad como una vocación “excepcional”, no “ordinaria”, y además, necesaria para el reino de los cielos. Sólo Pablo dirá de los que eligen el matrimonio que hacen “bien”, mientras que los que están dispuestos a vivir la continencia voluntaria hacen “mejor” (cf. 1Cor 7, 38). Esa “superioridad” de la continencia sobre el matrimonio será asumida por la Tradición, tanto doctrinal, como pastoral, pero nunca en el sentido de una infravaloración del matrimonio o un menoscabo de su valor esencial.74

Deben excluirse por lo tanto, ciertas interpretaciones maniqueas de tal superioridad:

“Las palabras de Cristo referidas en Mateo 19, 11-12 (igual que las palabras de Pablo en la primera Carta a los Corintios, cap. 7) no dan fundamento ni para sostener la «inferioridad» del matrimonio, ni la «superioridad» de la virginidad o del celibato, en cuanto éstos, por su naturaleza, consisten en abstenerse de la «unión conyugal» «en el cuerpo». Sobre este punto resultan decididamente límpidas las palabras de Cristo. El propone a sus discípulos el ideal de la continencia y la llamada a ella, no a causa de la inferioridad o con perjuicio de la «unión» conyugal «en el cuerpo», sino sólo por el «reino de los cielos».”75

Esas relaciones de “superioridad” e “inferioridad” están contenidas en los límites de la misma complementariedad del matrimonio y de la continencia por el reino de Dios. El matrimonio y la continencia ni se contraponen el uno a la otra, ni dividen la Iglesia entre los “perfectos” a causa de la continencia, y los “imperfectos” a causa de la vida conyugal. Pero estos dos “estados”, en cierto sentido se explican y completan mutuamente, con relación a la existencia cristiana, que tiene una orientación escatológica, hacia el Reino de Dios. Por lo demás, la perfección de la vida cristiana depende de la caridad, que se puede alcanzar en cualquier estado de vida.76





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