Moral sexual



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La sexualidad en el NT

  1. De la corrección legal a la pureza del corazón


La legislación de Israel, a través de una interpretación casuística del Decálogo, constituía en la práctica una “sistemática defección del ideal de la monogamia”.56 Es en este contexto donde debemos situar la pregunta los fariseos sobre la licitud del divorcio (Mt 19,3-7; Mc 10,2-11). En su respuesta, Jesús remite dos veces al “principio”, citando los dos relatos de la creación del hombre en el libro del Génesis (1,27 y 2,24), con lo cual desborda el marco de la polémica jurídico-casuística, para centrarse en el proyecto originario de Dios sobre el matrimonio. Este “principio” conserva su valor normativo aun después del pecado, ya que pese a la pérdida de la inocencia original subsiste una continuidad esencial, que debe ser redescubierta por el hombre pecador.

Este camino de redención es iluminado por el ethos evangélico, en el cual culmina la orientación a la interioridad que encontramos en los profetas y en los libros sapienciales. En efecto, en el contexto del Sermón de la Montaña y la revelación de la “justicia superior”, Jesús pasa de la consideración del adulterio como pecado del cuerpo al “adulterio en el corazón” (Mt 5, 27-28). Une así el 6º y el 9º mandamiento, dándole al concepto de adulterio una nueva amplitud, que no se funda ya exclusivamente en la situación jurídica de los esposos, sino en la dignidad personal del varón y la mujer, cuya percepción y respeto se deciden en el corazón humano.57

El adulterio del corazón se configura en el “mirar para desear” propio del hombre dominado por la concupiscencia, es decir, un mirar y desear por los cuales la mujer ya no es vista en su verdadera dignidad sino que es degradada a objeto de deseo. Pero las palabras con que J condena a este deseo desordenado, indican al mismo tiempo el camino de la redención, a través de la templanza y el dominio de los deseos, con el objeto de superar la concupiscencia y liberar la capacidad del don de sí.

      1. Sexualidad y “vida en el Espíritu”


Queda en claro, entonces, que la verdadera pureza e impureza (entendidas aquí de modo general y no sólo sexual) proceden del corazón (cf. Mt 15,18-20). El conflicto que tiene lugar en el corazón del hombre, amenazado por el desborde de su sensualidad, es expresado en la primera carta de Juan (1 Jn 2,16-17) a través de la “triple concupiscencia”, y en especial, la “concupiscencia de la carne”, que vienen “del mundo” y se contraponen a lo que viene “de Dios”. Esto mismo lo expresa S. Pablo en la tensión entre la “carne” y el “Espíritu” (con mayúscula, es decir, el Espíritu Santo” (Gal 5,16-17). La pureza de la que Cristo habla en el Sermón de la Montaña se realiza propiamente en la “vida según el Espíritu”.

La justificación requiere que el poder de Cristo obre en el interior del hombre por medio del Espíritu Santo, y le permita superar las “obras de la carne” para producir el “fruto del Espíritu”, que no es sólo esfuerzo humano, sino acción del Espíritu en el hombre, no es sólo un “abstenerse” de las conductas desordenadas, sino un “mantener el cuerpo con santidad y respeto” (1 Tes 4,3-5). La pureza “justa, completa y acabada” no es sólo virtud, sino también carisma.58 En este sentido, los pecados sexuales tienen para S. Pablo una doble dimensión. Por un lado, a diferencia de los demás pecados, aquellos constituyen una profanación del cuerpo (cf. 1 Cor 6,18). Pero al mismo tiempo, también configuran una “profanación del templo”, es decir, de la dignidad superior del cuerpo en cuanto morada y presencia continua del Espíritu Santo en el hombre (1 Cor 6,19). Esto último comporta una nueva medida de santidad del cuerpo.59


      1. El matrimonio en la Nueva Alianza


En lo que respecta a la gran analogía nupcial que recorre diversos escritos proféticos del AT, ésta alcanza su explicitación culminante en el texto paulino de Ef 5,22-33. “Este es un gran misterio, y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia”. Aquí también se verifica la circularidad a la que hicimos referencia precedentemente. Por un lado, la relación nupcial que une a los cónyuges, marido y mujer, nos ayuda a comprender el amor que une a Cristo con la Iglesia (es decir, el amor con que Cristo ama a la Iglesia y se entrega por ella, y con el que la Iglesia busca corresponderle), amor en el cual se revela plenamente y se realiza el “misterio”, el proyecto de Dios Padre de llamar a todos los hombres a ser sus hijos en Cristo (cf. Ef 1,3-14). Al mismo tiempo, dicho amor descubre la verdad esencial acerca del matrimonio, que “emerge” del mismo misterio salvífico del amor eterno de Dios al hombre que se realiza en el tiempo mediante el amor nupcial de Cristo a la Iglesia. El matrimonio se convierte así en signo visible del eterno misterio divino, lo cual está en la base de su sacramentalidad, como veremos más adelante (cf. infra 10.2).60

Al mismo tiempo, junto a la analogía nupcial, el mismo texto propone una analogía suplementaria: la analogía de la Cabeza y el Cuerpo. Éste es en sí mismo un enunciado eclesiológico, pero también ilumina la verdad del matrimonio. La Iglesia está constituida por Cristo en su parte esencial como el cuerpo por la cabeza, formando con Él un solo sujeto místico. De manera análoga, en Ef 5,22-23, el marido es llamado “cabeza de la mujer” y la mujer, “cuerpo del marido”, como si fueran un único sujeto, lo cual encuentra su fundamento en su ser “una sola carne” (Gn 2,24). Ello, cabe aclarar, significa anular la diferencia de personas, ni tampoco la reciprocidad por la cual están sometidos en uno al otro “en el temor de Cristo” (Ef 5,21).61


      1. La continencia por el Reino de los Cielos


En el AT no hay lugar para un camino alternativo al matrimonio. Éste no era sólo un estado común, sino que era un estado privilegiado, en virtud de la promesa que el Señor había hecho a Abraham (Gn 17,4.6-7). El no casarse es visto como una desgracia (cf. Jc 11,37). No era posible, entonces, comprender el ideal de la continencia.62

Jesús formula este último ideal a través de la comparación entre las tres clases de eunucos (Mt 19,12): aquellos que lo son de nacimiento, o por intervención de los hombres (en ambos casos, de un modo no voluntario) y aquellos “que a sí mismos se han hecho tales por amor del reino de los cielos”. De este modo, pone de relieve el carácter voluntario y sobrenatural de esta última situación. Se trata, en efecto, de una opción carismática, ya que el llamado a dicha continencia es un lenguaje “que no todos entienden sino sólo aquellos a quienes les ha sido concedido” (v.11), ya que constituye una excepción de lo que es más bien una regla común de esta vida desde el “principio”. Aun así, este llamado se puede “entender”, tiene una referencia a su propio valor y verdad: la renuncia al matrimonio es a la vez una afirmación del valor del don libre de sí por la causa del Reino.

Si Jesús se limita a aclarar la naturaleza de este camino, que implica una radical novedad respecto del AT, S. Pablo propondrá el camino de la continencia por el reino de los cielos en carácter de consejo. Así lo hace en 1 Cor 7,25-40. Además de razones tomadas de su experiencia personal (las “tribulaciones de la carne” que conlleva la vida matrimonial, v.28), Pablo introduce su argumento con la idea de la caducidad del mundo (v.31), especialmente significativa para el ambiente de Corinto, orientado programáticamente al disfrute del mundo, y con una idea del matrimonio acorde con esta visión. A continuación expone su motivo fundamental: “El célibe se cuida de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor” (v.32). El casado está “dividido” a causa de sus deberes familiares; el célibe, en cambio, tiene una posibilidad mayor de integración interior. Sin embargo, ello no le resta legitimidad a la opción matrimonial, ya que “cada uno tiene de Dios su propia gracia: éste, una; aquél otra” (1 Cor 7,7). No se trata, por lo tanto, de una opción entre el bien y el mal, entre ser “carnal” o “espiritual”: los que eligen el matrimonio hacen “bien”, los que están dispuestos a vivir en la continencia voluntaria hacen “mejor” (v.38).

De este modo, observamos que en el NT, al mismo tiempo que se pone de manifiesto la más profunda dignidad del cuerpo y del sexo a la luz del designio de Dios, se opera una relativización de la sexualidad, e incluso del ideal del matrimonio contenido en la Biblia, lo que no es, sin embargo, la negación de su validez intrínseca. La perspectiva escatológica del Reino, ya presente y todavía no consumado, hace comprensible la elección de la virginidad y del celibato63, una opción carismática y extraordinaria por un estado de vida que es signo del Reino de los Cielos, y está al servicio a su venida definitiva.





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