Moral sexual


El significado inter-personal. La sexualidad como lenguaje



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El significado inter-personal. La sexualidad como lenguaje


Por esta razón, la sexualidad asume el significado de instrumento y signo del encuentro interpersonal. Ella aparece como la puerta de salida de sí mismo y el ingreso al mundo de las personas, como la posibilidad misma del encuentro. Es el lugar donde el hombre experimenta su indigencia existencial y vive la apertura hacia los otros.

Para no bloquear la maduración de la propia sexualidad, el ser humano debe desplegar en ella su capacidad oblativa, testimonio del significado esponsal del cuerpo (cf. infra 8.2). El descubrimiento de la propia sexualidad conlleva la aceptación de la referencia constitutiva al otro, necesitado y deseado. El reconocimiento recíproco del varón y la mujer como seres distintos y complementarios es lo que hace posible la comunión entre ellos. Esta comunión, para ser tal, no debe verificarse sólo en el plano afectivo, sino también y de un modo más fundamental, en el nivel personal, es decir, debe fundarse en una comunicación recíproca del misterio de la persona, que se pone de manifiesto a través de la propia masculinidad o feminidad. El gesto sexual se convierte, en ese contexto, en una auténtica revelación recíproca.

Es por ello que se puede hablar de la existencia de un “lenguaje del cuerpo”.36 Sólo por medio de este lenguaje es posible expresar y realizar el significado oblativo o nupcial de la propia corporalidad y sexualidad. Esta expresión no sólo indica que el hombre da a sus gestos corporales voluntariamente un cierto significado sino que, incluso más allá de su intención, el cuerpo habla “por él” y “de parte de él”, por así decirlo, “en su nombre y con su autoridad”.37 La sexualidad, en este sentido, es lenguaje del amor humano. En cuanto lenguaje, tiene una referencia esencial a la verdad, es decir, al auténtico significado del cuerpo, y por su acuerdo o contradicción con este significado, puede ser calificada de “verdadera” y “falsa”.38 El lenguaje del cuerpo debe ser “leído en la verdad”.39

Ello sucede, por ejemplo, cuando la unión sexual, que en sí misma es un lenguaje de totalidad, no se corresponde con la realidad interior de un amor maduro y definitivo, sino que es transformada en mera expresión de “sintonía afectiva”, sin entrega real ni compromiso, perdiendo así su “verdad”.


    1. El género. Ideología del género


La precedente reflexión contradice una visión que se conoce como la “ideología del género”, difundida a partir del decenio 1960-1970. El concepto de genero (gender) está referido “a las relaciones entre el hombre y la mujer basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno y otro sexo”.40 La idea de “rol” en esta definición señala ya la idea de algo artificial que es impuesto a la persona, a diferencia de una “vocación” que implica una relación con la auténtica identidad personal. Así por ejemplo, la paternidad o la maternidad serían simples roles, fruto de una construcción social sujeta a cambios.

De esta manera, la idea de género se distancia de la de sexo, entendido como una forma natural de la sexualidad humana, que implica como hemos visto una diferencia esencial entre el varón y la mujer. La crítica promovida por la ideología de género busca deconstruir la idea de sexo así entendida, para mostrar que existen en realidad no dos sino cinco sexos: mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres heterosexuales, y bisexuales.

Para alcanzar la transformación social que permita acoger esta visión es preciso eliminar las estructuras patriarcales, es decir, aquellas por la que el varón oprime a la mujer, tema interpretado en términos neomarxista de lucha de clases. De ese modo, superada la constricción de la heterosexualidad obligatoria, se abriría el espacio para la elección de la propia orientación sexual. A través de la educación y la cultura deben eliminarse los elementos y conceptos “sexo-específicos” que sostienen los actuales roles en la relación entre el varón y la mujer, las relaciones de familia y las ocupaciones profesionales.

La idea de género y del carácter cultural de los roles sociales del varón y la mujer pueden ser aceptados en el sentido de que las respectivas funciones sociales no están unívocamente vinculadas a la genética y a la biología.41 La identidad de unos y otros se funda en una interdependencia entre la naturaleza y la cultura. Por un lado, el sustrato natural de la diferencia sexual no puede ser ignorado, y la cultura debe responder adecuadamente a ella, aunque no sea posible definir con exactitud científica lo que es “típicamente masculino” o “típicamente femenino”. Pero ello no implica sostener una noción determinista según la cual las relaciones entre ambos sexos pueden ser fijadas a través de un único modelo estático de base biológica.42 La mujer, en especial, debe tener la posibilidad de asumir nuevos roles en armonía con su dignidad. Al mismo tiempo, es preciso reconocer que la mujer ha sido y sigue siendo objeto de injustas discriminaciones y violencias, a causa de múltiples prejuicios culturales, que deben ser erradicados.

Tampoco puede aceptarse la idea individualista y el ansia de autosuficiencia que anima ciertos discursos sobre el género, y que tienden a ignorar que la sexualidad humana se realiza en la entrega y el servicio recíproco. Pero con estas salvedades, una justa relación entre sexo y género puede orientar la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, sin resignar por ello el “derecho a la diferencia”.

    1. Sexualidad, placer y pudor


Desde la perspectiva de la antropología filosófica reviste una gran importancia el análisis de dos experiencias características del ámbito de la sexualidad, la del placer y la del pudor. En cierto sentido, ambas están en tensión: el placer impulsa hacia el objeto sexual, el pudor modera este impulso o se defiende de él. Ambos conceptos están vinculados a reacciones espontáneas, pero reveladoras de la dignidad humana y su dimensión relacional, y decisivas por lo tanto para la reflexión ética.
      1. El placer sexual


Estas conclusiones pueden ser apoyadas desde el análisis fenomenológico del deseo sexual en sí mismo, tema muchas veces descuidado. “¿Qué es lo que deseamos en el deseo sexual?”43

En el deseo sexual encontramos una polaridad básica:



  • se dirige a algo sensible, busca el placer sensual, poder saciar la tensión que se experimenta frente al valor sexual.

  • Pero, en el hombre, conocer sensiblemente es ya conocer intelectualmente. El deseo sensible esconde, por lo tanto, un deseo espiritual.

No se trata de dos deseos distintos, sino de dos polos del mismo deseo. Entre ellos existe una desproporción constitutiva: se busca el placer sensible, pero se pretende la felicidad. El valor del placer sensible reside en que testimonia la bondad del cuerpo, y es una invitación para que el hombre se auto-trascienda. Pero no puede procurar por sí mismo la felicidad, puesto que se dirige a bienes concretos, por lo que es incapaz de abrazar toda la vida y plenificarla.

El deseo sexual es un deseo de “poseer” al otro, pero no simplemente su cuerpo, sino sobre todo su reconocimiento, a través del cual el que desea se reconoce a sí mismo. Se introduce así un elemento de reciprocidad. Por ello, la satisfacción sexual no puede reducirse al mero placer físico. En su misma estructura están inscritos los rasgos de la alteridad.

Nuestra interpretación del placer depende de nuestro concepto de la felicidad. Si aceptamos el giro subjetivista del concepto moderno de felicidad, como un estado de satisfacción de los deseos y necesidades, el placer sexual será visto como una realidad meramente instrumental. Pero un signo de que este modo de pensar no es correcto, es el hecho de que el placer no lo buscamos directamente. Lo que buscamos en modo directo es la realidad objetiva que nos satisface: viajar, saber, amar, contemplar, etc. En el fondo, lo que buscamos es una plenitud última, una vida lograda:

La sexualidad juega un papel decisivo en la determinación de aquello en lo que consiste la verdadera felicidad: adecuadamente interpretado, el deseo sexual muestra un ideal de vida buena, consistente en la plenitud de una comunión entre el varón y la mujer, que se realiza de un modo específico en la entrega sexual. El placer sexual tiene una dimensión figurativa que consiste precisamente en remitir a esta plenitud.


      1. El pudor


El sentimiento del pudor hace referencia a la impulsividad que caracteriza muchas reacciones en el hombre y la mujer, que se presentan como imponiéndose a la propia conciencia. El pudor reviste, en consecuencia, diversos significados:44

  1. Por un lado, la experiencia de que ciertas fuerzas vitales fraccionan y coaccionan la subjetividad, y hacen que la persona pierda el control de sus reacciones y conductas, y que vea distorsionada su imagen de la realidad. Si el ser humano reacciona con vergüenza ante su propia impulsividad sexual, ello es signo de que es a él a quien corresponde gobernarla, en razón de su dignidad como persona.

  2. Pero del mismo modo que el pudor testimonia la originalidad de nuestra subjetividad, también muestra la originalidad de la relación interpersonal que posibilita la sexualidad. El hombre y la mujer experimentan una reacción de vergüenza ante la tendencia del propio deseo sexual a reducir la persona del otro a sus valores corporales o afectivos. El pudor protege a quien lo experimenta y al otro de la unilateralidad del deseo.

Lo que busca el pudor es evitar una reacción contraria a la dignidad de la persona. Se tienden a ocultar los valores sexuales para que no se genere en la otra persona una reacción incompatible con la propia dignidad. De este modo el pudor custodia, en la relación interpersonal del hombre y la mujer, la subjetividad de ambos. No se trata de ocultar algo negativo, sino de no generar, en sí mismo o en la otra persona, una intencionalidad contraria al valor de la persona. Y aquí se agrega un nuevo aspecto:

  1. Si el pudor retrae de toda manifestación ambigua de la sexualidad, no es por simple temor hacia ella, sino también y principalmente para redirigir la mirada hacia la persona que detenta tales valores, suscitando el amor personal. De este modo, el pudor es asumido (y conservado) en el amor.



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