Modelos en psicopatologíA


Predisposición por fijación + Frustración = Enfermedad



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Predisposición por fijación + Frustración = Enfermedad


Desde el punto de vista etiológico, las enfermedades neuróticas pueden ordenarse en una serie en la que los dos factores, constitución sexual e influencias exteriores, o si se prefiere, fijación de la libido y frustración, se hallan representados de tal manera, que cuando uno de ellos crece, el otro disminuye.”31

Según Laplanche y Pontalis32 las series complementarias logran superar la oposición endógeno / exógeno.

Aquello que Freud denomina "vivenciar infantil" incorpora por primera vez en el pensamiento psicopatológico a la dimensión familiar. Los afectos que recorren el espacio familiar pueden dar origen, por su exceso o su defecto, a cuadros clínicos.

De todos modos, en Freud siempre es patente la hipótesis que comprende a la enfermedad como el resultado de un desequilibrio personal, en el que entran en juego los factores históricos del vivenciar infantil, pero siempre en relación con una instancia que representa al individuo (el "yo") y que será finalmente aquella que "sufra" y a la vez "cause" el desarrollo de la enfermedad al ceder a las presiones del pasado y del presente.

Autores postfreudianos como es el caso de D. W. Winnicott, darán a la acción del medio ambiente como causa de las enfermedades mentales un lugar mucho más importante. En Inglaterra y E.E.U.U. se desarrollarán, durante la década del '50, corrientes teóricas que fundarán su concepción psicopatológica desde un punto de vista que coloca a la familia como sistema productor de enfermedad (v.g. los trabajos de Laing y Esterson, Bateson, etc.).


El proceso de la enfermedad para el psicoanálisis.

Hallamos en la obra de Freud múltiples referencias a la idea de proceso o evolución de un cuadro patológico. Con la intención de ordenarlas, las resumiremos en dos puntos:



  1. Desde una perspectiva psicopatológica que busca privilegiar la teorización del proceso patológico, el psicoanálisis postula la concepción de la enfermedad psíquica como producto de una dinámica permanente basada en el conflicto, que a su vez resulta ser fruto de la oposición de tendencias (del yo y sexuales; de vida y de muerte, etc.) Desde esta perspectiva no hay un yo normal invariable.

La enfermedad, en su causación, adquiere una forma temporal precisa: “(...) una de las dos fuerzas en conflicto es la libido insatisfecha, alejada de la realidad y obligada a buscar nuevos modos de satisfacción. Cuando, ni aún sacrificando su primer objeto y mostrándose dispuesta a sustituirlo por otro logra la libido vencer la oposición de la realidad, recurrirá, en último término, a la regresión y buscará su satisfacción en organizaciones anteriores y en objetos abandonados en el curso de su desarrollo.33

Así la libido, que durante los años infantiles progresa atravesando las fases oral y anal hasta llegar a la fase genital, al hallar impedida su satisfacción en esta última fase, regresará a fases anteriores. El origen de la regresión es, pues, la frustración. El proceso de regresión se completa en la medida en que la libido encuentra puntos de fijación que le posibilitan detener en ellos su recorrido.

Cuando el yo no acepta estas regresiones surge el (nuevo) conflicto”: la libido se hace independiente del yo e inconciente, y sobre ella se descargará el mecanismo de represión. Ambas fuerzas en pugna darán por resultado una “forma expresiva transaccional, surgiendo así el síntoma como un producto considerablemente deformado de una realización de deseos libidinosos inconcientes, producto equívoco que presenta dos sentidos totalmente contradictorios.


  1. Desde una perspectiva clínica (es decir, aquella que resalta las manifestaciones del paciente frente al proceso patológico) la enfermedad psíquica recorre momentos que pueden resumirse de la siguiente forma:

1. Trauma

2. Angustia

3. Formación de síntomas

El instante del conflicto inicial, en donde se enfrentan la libido y el yo, y este responde reprimiendo.

El momento en que la libido, desligada de su representación, se manifiesta en la conciencia bajo la forma de afecto.34

Vista como la forma de resolver el estado de angustia, dándole a la libido un destino final y un modo de satisfacción sustitutiva en el síntoma.



La noción de Personalidad en la obra de Freud.

El concepto de personalidad está presente en la obra de Freud desde su inicio. En todos los casos hace con él referencia a la particular organización que cada aparato psíquico logra merced a sus experiencias: “Ahora bien: el psicoanálisis nos permite dar una psicografía de la personalidad (...). Nos enseña a conocer las unidades afectivas - los complejos dependientes de los instintos- que hemos de presuponer en todo individuo, y nos inicia en el estudio de las transformaciones y los resultados finales generados por estas fuerzas instintivas. Descubre las relaciones existentes entre las disposiciones constitucionales de la persona, sus destinos y los rendimientos que puede alcanzar merced a dotes especiales”.35 En los historiales clínicos es común que Freud haga referencia a lo más característico de la actividad psíquica del paciente en términos de “su personalidad”.



Pero será a partir de los textos de la década del ’20, en los que Freud comienza a elaborar su “segunda tópica”36, que el término “personalidad” ganará una nueva dimensión, solidaria de aquello que Freud denomina, en esos años, el análisis del yo: “Todos sabéis seguramente la importancia que para vuestras relaciones particulares, tanto con las personas como con las cosas, entraña el punto de partida. Así ha sido también en psicoanálisis. Para su desarrollo y para la acogida que hubo de serle dispensada no fue indiferente que iniciara su labor en el síntoma; esto es, en lo más ajeno al yo que el alma integra. El síntoma proviene de lo reprimido y es como un representante de lo reprimido cerca del yo; pero lo reprimido es para el yo dominio extranjero: un dominio extranjero interior, así como la realidad - si se me permite una expresión nada habitual - es un dominio extranjero exterior. Partiendo del síntoma, el camino analítico nos condujo a lo inconsciente, a la vida instintiva, a la sexualidad siendo ésta la época en que el Psicoanálisis comenzó a oír las ingeniosas objeciones de que el hombre no era exclusivamente una criatura sexual, y conocía también impulsos más nobles y elevados. Habría podido añadirse que, exaltado por la conciencia de tales impulsos elevados, se tomaba con demasiada frecuencia el derecho de pensar disparates y el de desatender los hechos.

Pero vosotros sabéis muy bien cómo desde un principio el análisis afirmó que el hombre enfermaba a consecuencia del conflicto entre las exigencias de la vida instintiva y la resistencia que en él se alza contra ellas, y sabeís también que jamás hemos olvidado ni por un momento la existencia de esta instancia resistente repelente y represora, la cual nos representábamos dotada de fuerzas particularísimas - los instintos del yo -, y que coincide precisamente con el yo de la psicología al uso. Sólo que, dado el lento y trabajoso progreso de la investigación científica, tampoco el Psicoanálisis ha podido estudiar simultáneamente todos los sectores ni pronunciarse al mismo tiempo sobre todos los problemas. Por fin avanzamos lo suficiente para poder distraer nuestra atención de lo reprimido y enfocarla sobre lo represor, y nos situamos ante tal yo, que tan evidente parecía, con la segunda esperanza de encontrar también en sus dominios algo inesperado; pero no fue nada fácil lograr un primer acceso a él. Y de esto es de lo que hoy voy a hablaros. (...) El objeto de esta investigación queremos que sea el yo, nuestro propio yo. Pero, ¿acaso es posible tal cosa? Si el yo es propiamente el sujeto, ¿cómo puede pasar a ser objeto? Y el caso es que, evidentemente, puede ser así. El yo puede tomarse a sí mismo como objeto, puede tratarse a sí mismo como a otros objetos, observarse, criticarse, etc. En todo ello, una parte del yo se enfrenta al resto. El yo es, pues, disociable; se disocia en ocasión de algunas de sus funciones, por lo menos transitoriamente, y los fragmentos pueden luego unirse de nuevo. Todo esto no es ninguna novedad, sino más bien una acentuación inhabitual de cosas generalmente conocidas. Por otro lado, sabemos ya que la Patología, con su poder de amplificación y concreción, puede evidenciarnos circunstancias normales, que de otro modo hubieran escapado a nuestra perspicacia. Allí donde se nos muestra una fractura o una grieta puede existir normalmente una articulación. Cuando arrojamos al suelo un cristal, se rompe, mas no caprichosamente; se rompe, con arreglo a sus líneas de fractura, en pedazos cuya delimitación, aunque invisible, estaba predeterminada por la estructura del cristal. También los enfermos mentales son como estructuras, agrietadas y rotas. No podemos negarles algo de aquel horror respetuoso que los pueblos antiguos testimonian a los locos. Se han apartado de la realidad exterior, pero precisamente por ello saben más de la realidad psíquica interior, y pueden descubrirnos cosas que de otro modo serían inaccesibles para nosotros. De un grupo de estos enfermos decimos que padecen del delirio de ser observados(...)”.37

El estudio del yo en sus relaciones con el ello, el super yo y la realidad dará entonces la dimensión propia de la “personalidad”. Anna Freud ahondará en esta dirección y publicará, en 1936, El yo y los mecanismos de defensa, obra en la que se propone “adquirir el mayor conocimiento posible de las tres instancias supuestas como constitutivas de la personalidad psíquica, así como de sus relaciones entre sí y con el mundo externo. En lo tocante al yo, entraña: el estudio de sus contenidos, sus límites y sus funciones, y la historia de sus relaciones con el exterior, con el ello y el super yo(...)”.38

La corriente de pensamiento abierta por Anna Freud será retomada por Heinz Hartmann, quien al año siguiente, en 1937, publicará La psicología del yo y el problema de la adaptación. Esta obra dará origen a la corriente conocida como psicología psicoanalítica del yo, que tuvo su desarrollo en los Estados Unidos entre las décadas del ’40 y el ’70 (si bien aún en la actualidad existen autores que se enrolan en ella), corriente que pondrá el acento fundamentalmente en la organización del yo como representante de la personalidad, y la manera en que cumple sus funciones de relación con el mundo exterior. Toda esta corriente parece retomar las tesis de Jung que tienen una influencia decisiva sobre el pensamiento de Freud durante la primer década del siglo XX, tal como lo expuso en sus Conferencias en la Clark University de Nueva York, en 1909: “los hombres caen enfermos cuando, como consecuencia de obstáculos exteriores o de una adaptación insuficiente, la satisfacción de sus necesidades eróticas les es negada en la realidad. Vemos entonces que se refugian en la enfermedad, a fin de poder obtener, gracias a ella, los placeres que la vida les niega”. La salud equivaldrá a la exitosa adaptación a la realidad, la enfermedad se corresponderá con la huida de la realidad y el refugio en la fantasía, y tanto una cosa como la otra serán muestras del estado de la personalidad, tanto más patológica cuanto más propensa sea a abandonar la escena de la realidad para refugiarse en el mundo interno.

En los Estados Unidos, y merced a autores como Franz Alexander, esta corriente de pensamiento dio lugar a la Psiquiatría dinámica, definida por el propio Alexander como “el resultado del impacto de la teoría, el método, la investigación y la terapia psicoanalíticos sobre la psiquiatría en su conjunto. Esencialmente, esa tendencia puede ser definida como el progreso de la investigación psiquiátrica desde una etapa descriptiva a una explicativa”.39 La Psiquiatría dinámica propondrá, como factores intervinientes en el desarrollo de la personalidad (y por tanto como factores que inciden decisivamente en la aparición o no de patología) a los procesos de maduración y desarrollo: “la maduración refiérese a los procesos de crecimiento que ocurren con relativa independencia del ambiente; el desarrollo atañe a la interacción entre los procesos de maduración y las influencias ambientales que llevan a la más alta estructuración y a las variaciones individuales del aparato psíquico. El desarrollo de la personalidad es el despliegue de una predisposición innata (Anlage) –constitución- bajo el influjo del ambiente”.40



Psiquiatría dinámica en los Estados Unidos, corriente psicodinámica en Alemania, organodinamismo en Francia (H. Ey) serán los diversos nombres que encuentra, a mediados del siglo XX, la amalgama que alcanza el pensamiento psicopatológico entre los postulados de Jaspers, Kraepelin y Freud.

Mientras que la obra de Anna Freud abrirá las puertas al estudio de los mecanismos de defensa, para lo cual se crearán pruebas psicológicas que buscarán exponer al yo a situaciones que lo hagan reaccionar utilizando los mecanismos con los que habitualmente se defiende, otros autores, como es el caso de Wilhelm Reich, propondrá un análisis del carácter. Bajo tal denominación Reich hace referencia al “modo o pauta específicos de la conducta de una persona que representa la expresión de todo su pasado”. Se trata de “la forma de las reacciones del yo (que) está tan determinada por las experiencias infantiles como el contenido de los síntomas y de las fantasías”.41 Reich diferencia sin embargo entre síntoma y rasgo de carácter: éste último supone el estrato más profundo de determinación psíquica del síntoma, funcionando como su base de reacción.42 Esta distinción sigue siendo utilizada en la actualidad, fundamentalmente para diferenciar los cuadros sintomáticos, trastornos “reaccionales” de buen pronóstico en cuanto a sus posibilidades de curación a través de psicoterapia, de los cuadros caracterológicos o de personalidad, que presuponen un pronóstico no tan favorable en la medida en que se considera que aquello que provoca la patología forma parte de los modos de comportamiento habituales del individuo.


La noción de Personalidad en el cognitivismo.

En el significado técnico de la psicología contemporánea, la personalidad es la organización que la persona imprime a la multiplicidad de las relaciones que la constituyen. (...) Dice H. Eysenck: «La personalidad es la más o menos estable y duradera organización del carácter, del temperamento, de la mente y del físico de una persona, organización que determina su adaptación total al ambiente. El carácter denota el más o menos estable y duradero sistema de comportamiento volitivo (voluntad) de la persona; el temperamento su más o menos estable y duradero sistema de comportamiento afectivo (emoción); la mente su más o menos estable y duradero sistema de comportamiento cognoscitivo (inteligencia); el físico su más o menos estable y duradero sistema de configuración corpórea y de dotación neuroendócrina»”.43



Los primeros manuales de clasificación de enfermedades mentales producidos por la Asociación Americana de Psiquiatría (D.S.M. I y II, publicados en las décadas del ’50 y el ’60) tenían una fuerte influencia de la Psiquiatría dinámica. A partir del D.S.M. III fueron mayores las influencias de las corrientes cognitivas e integrativas. Esto trajo aparejado, por una parte, que al establecerse un criterio acerca de la definición del concepto de personalidad similar a la expuesta más arriba perteneciente a Eysenck, se volviera a retomar una clasificación de patologías en términos de “trastornos” acontecidos en cada una de las áreas que conforman la organización de la personalidad (tal como lo hiciera Kraepelin a principios del siglo XX, tema tratado en el cuadernillo “Semiología psiquiátrica”). En segundo lugar, la preeminencia acordada a la noción de personalidad hizo que se creara un eje propio para los “trastornos de personalidad”. Veamos cómo son definidos por T. Millon: “Cuando hablamos de un patrón de personalidad, nos referimos, pues, a aquellos modos intrínsecos y penetrantes de funcionar que surgen de la matriz entera de la historia del desarrollo individual y caracterizan ahora sus percepciones y sus maneras de comportarse con respecto a su medio ambiente. (...) Estas características de personalidad no son simplemente una mescolanza de tendencias de conductas sin relación unas con otras, sino una organización estrechamente entretejida de necesidades, actitudes y conductas. (...) Destacamos el carácter central de los patrones de personalidad, en nuestras formulaciones, con objeto de romper con el hábito inveterado de pensar que todas las formas de psicopatología son enfermedades, esto es, entidades y elementos extraños intrusos identificables, que se fijan insidiosamente en la persona y destruyen sus funciones ‘normales’. (...) Cada vez más los trastornos y las perturbaciones se conceptualizan (...) en términos de la capacidad total de enfrentamiento del paciente con respecto a la tensión que le asalta. (...) En psiquiatría, es el patrón de personalidad del paciente, son su capacidad de enfrentamiento, su perspectiva y objetividad, los elementos que determinan si será o no caracterizado como enfermo mental”.44
Este giro que marca Millon en su texto parece ser característico del pensamiento psicopatológico contemporáneo: aquellas “entidades mórbidas” que reclamaba Falret a mediados del siglo XIX, y que Kraepelin creyó haber aislado a lo largo de su obra, verdaderas “enfermedades mentales” de las que podía fijarse su etiología, su curso y sus formas principales de manifestación, desaparecen para dejar su paso a una “clínica del trastorno”, en donde lo fundamental es el establecimiento de una ecuación en la que entran en juego, por una parte, los “patrones de personalidad” (la constitución del sujeto), y por otra, las exigencias del ambiente. Diferentes serán, también, las respuestas que se ofrezcan: antes sólo podía pensarse en aislar al paciente, intentándose formas de morigerar la presencia del mal en su ser; ahora, las diversas psicoterapias buscan ayudar al paciente a restablecer el equilibrio perdido. Sin embargo, la idea de que existen patrones de personalidad patológicos, productos del desarrollo individual, hacen renacer los estigmas morelianos, al recrear la figura del “degenerado”, revestida ahora con las ropas de la inadaptación.

1 Cfr. N. Botana: La tradición republicana (Sudamericana, Bs. As. 1997), y P. Bercherie: Génesis de los conceptos freudianos (Paidós, Bs. As. 1988).

2 N. Botana, op. cit.

3 Ídem anterior.

4 Citado por A. Montanari: El salvaje del Aveyron: pedagogía y psicología en el iluminismo tardío. (C.E.A.L., Bs. As., 1978).

5 Ídem anterior.

6 P. Pinel: Relación presentada ante la Sociedad de los observadores del Hombre sobre el niño conocido como el Salvaje del Aveyron. (En: A. Montanari, op. cit).

7 Tomado de P. Bercherie: Los fundamentos de la clínica (Manantial, Buenos Aires, 1988). La cita corresponde a P. Pinel: Traité des maladies mentales, 1838.

8 Tomado de P. Bercherie: Los fundamentos de la clínica, op. cit. La cita corresponde a Morel: Traité des maladies mentales, 1860.

9 Tomado de P. Bercherie, op. cit.

10 "Lugares de menor resistencia".

11 J. Saurí: El naturalismo psiquiátrico (Lohlé – Lumen, Buenos Aires, 1996).

12 Aquí el autor discute el criterio de clasificación descriptivo, que toma en cuenta lo observable (llamando, entonces, epilepsia a cualquier cuadro que presente convulsiones, sin importar su origen), y propone, en cambio, una clasificación basada en la etiología (a la manera de Morel).

13 Tabes: atrofia progresiva, parálisis general, causada por la sífilis.

14 Paul Möbius: Ueber die einheilung der krankenheiten (Sobre la clasificación de las enfermedades). Centralblatte für Nervenheilkunde, Juli 1892. Tomado de: Revista Electrónica De Psiquiatría. Vol. 1, No. 1, Marzo 1997 ISSN 1137-3148

15 Von Liszt, citado por Bonnet: Medicina legal. (López, Buenos Aires, 1967)

16 Extraído, con ligeras variantes, de Bonnet, op. cit.

17 Feré: Degeneración y criminalidad. (Tor, Buenos Aires, sin fecha de edición).

18 La noción de susceptibilidad del sistema nervioso, que predispone a una persona a sufrir una enfermedad mental, será llamada por el norteamericano Beard "neurastenia", y estará en la base de todas las teorías acerca de la histeria a partir del 1900.

19 Todas las citas de: E. Kraepelin: La demencia precoz. (Polemos, Buenos Aires, 1996)

20 Psicopático, es decir, producto de una psiquis enferma.

21 (Tomado de: LACAN Jacques: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad (1932). Siglo XXI, México, 1987. El cuadro es cita del artículo de Jaspers: Delirio celotípico, contribución al problema: ¿desarrollo de una personalidad o proceso? (1910) ).

22 Episodio agudo: enfermedad que alcanza rápidamente su intensidad máxima.

23 O. Bonnet: op. cit.

24 J. Lacan: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. Tesis de doctorado, 1932. (Siglo XXI, México,1990)

25 E. Bleuler: (1916) Tratado de psiquiatría, citado por Bercherie, op. cit.

26 Kretschmer: (1918) Contribución a la teoría psiquiátrica del carácter, citado por Bercherie, op. cit.

27 Bercherie, op. cit.

28 Por tipo displásico Kretschmer entiende aquellas “desviaciones del promedio tipológico” que sin embargo guardan una relación con el tipo puro, resultando de él una suerte de malformación.

29 Kretschmer: (1931) Constitución y carácter.

30 S. Freud: La disposición a la neurosis obsesiva. (1913)

31 S. Freud: Lecciones de introducción al psicoanálisis. Lección XXII “Puntos de vista del desarrollo y de la regresión. Etiología.” (1917)

32 Diccionario de Psicoanálisis (1970).

33 S. Freud: Lecciones de introducción al psicoanálisis; Lección N° 23 “Vías de formación de síntomas” (1917). Todas las citas corresponden a este texto, salvo indicación.

34 En la segunda teoría de la angustia (desarrollada por Freud en Inhibición, síntoma y angustia, de 1926) esta será propuesta como reacción inicial al trauma, resultando por tanto anterior a la represión.

35 S. Freud: Múltiple interés del psicoanálisis (1913).

36 “Tópica”= perteneciente al lugar. Se llama “primera tópica” a aquella teoría del aparato psíquico que divide a éste en tres lugares: inconceinte, preconciente y conciente. La “segunda tópica” hace lo suyo en los siguientes términos: ello, yo y super yo. Cada división implica a su vez una legalidad específica que define las relaciones entre los lugares.

37 S. Freud: Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. Lección XXXI “Disección de la personalidad psíquica” (1933).

38 A. Freud: El yo y los mecanismos de defensa. (Paidós, Buenos Aires, 1989).

39 F. Alexander: Psiquiatría dinámica. (Paidós, Buenos Aires, 1978)

40 Ídem anterior.

41 W. Reich: Análisis del carácter (1928). (En: Escritos psicoanalíticos fundamentales. Paidós, Barcelona, 1981)

42 Reencontramos aquí los planteos de Jaspers de los que hablábamos más arriba.

43 H. Eysenck: The structure of Human Personality (1953). (Citado en N. Abbagnano, Diccionario de Filosofía, F.C.E., 1963)

44 T. Millon: Un método de aprendizaje biosocial (1969). (En: “Psicopatología y personalidad”, Interamericana, México, 1974)





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