Modelos de vida



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MODELOS DE VIDA
Puesto que los padres controlan dónde duerme cada uno, es su sabiduría popular la que dictamina las disposiciones para dormir. Como he dicho antes, en aquellas culturas donde el principal objetivo de los padres es integrar a los niños en la familia, el hogar y la sociedad, se mantiene a los bebés al alcance de la mano, aun durante la noche. Los bebés duermen solos primordialmente en aquellas sociedades (principalmente en el Occidente industrializado y sobre todo en Estados Unidos), en las que se da importancia a la independencia y a la confianza en uno mismo. Subrayando este inconsciente objetivo social hay un supuesto aún más fundamental, sostenido por los norteamericanos y algunos otros grupos: que la manera de tratar a los niños desde el primer día tiene un efecto importante sobre lo que harán cuando sean adultos. No todas las culturas comparten esta filosofía. Los gusii, por ejemplo, consideran que la infancia es un período de dependencia, durante el cual el objetivo no es modelar al bebé, sino mantenerlo con vida. Creen que los padres deben esperar hasta la niñez para iniciar la educación. Para los mayas, madre y bebé son una unidad inseparable; ellos creen que los pequeños no están listos para la orientación hasta que aprenden a hablar y a razonar. En esta cultura no se considera que los recién nacidos sean susceptibles a la enseñanza, sino que sólo necesitan cuidados. En otras palabras: el sueño puede adquirir un tono moral. Y la base de esa moralidad es cultural, por supuesto. Los padres norteamericanos creen que es moralmente "correcto" para los infantes dormir solos, aprendiendo así a ser independientes y autosuficientes. Que los padres duerman con sus hijos les parece extraño, psicológicamente patológico y hasta pecaminoso. Aquellas culturas en las que se duerme con el bebé piensan que la práctica occidental de acostarlo aparte es amoral y constituye una forma de descuido o irresponsabilidad de los padres."En ambas culturas, los padres están persuadidos de que su estructura moral es la "correcta". La diferencia de actitud también refleja la manera en que las diferentes culturas ven el sueño, en general. Los mayas lo tratan como si fuera una actividad social, por lo que dormir sin compañía les parece penoso, mientras que los norteamericanos lo consideran un tiempo para la intimidad: el sacrificio es compartir la cama. Además, distinguen claramente entre día y noche y la clase de actividades que se pueden realizar en cada momento de día, mientras que a los Kung San les resulta muy natural despertar en medio de la noche y pasar unas cuantas horas conversando en torno de la fogata. En su cultura no existe el insomnio, porque nadie pretende dormir toda la noche. En realidad, la investigación intercultural del sueño ha demostrado que despertar por la noche es mucho menos frecuente en las culturas occidentales que en otras. Sin embargo, los padres occidentales toman como mucho más problemáticos esos momentos de vigilia, relativamente pocos, que suele tener un bebé durante la noche, en comparación con otras sociedades donde el sueño infantil es mucho más ligero. Pero no es sólo la industrialización o la modernidad lo que ha fomentado las noches de sueño solitario e ininterrumpido. Como mencioné anteriormente, los niños japoneses duermen con sus padres hasta la adolescencia. Aunque haya otros cuartos y otras camas disponibles, se acuestan en futons en la habitación de sus padres. Los japoneses ven en el niño a un organismo biológico aparte, que debe ser atraído hacia una relación interdependiente con los padres y la sociedad, sobre todo con la madre. Ellos prefieren no dormir solos, no pretenden -y probablemente no conciban que a alguien pueda interesarle- dormir solos. Compartir la cama con alguien que no sea la pareja también quita énfasis a la connotación sexual de la noche y la cama que tanto impera en la sociedad norteamericana. Para los japoneses, el concepto de familia incluye compartir la noche; el modelo de familia tiende a orientarse hacia la madre y los niños, con el padre afuera, a diferencia de la versión norteamericana de la familia nuclear, con los padres como pareja sacrosanta y los niños subordinados a esa relación primaria. Otras naciones industrializadas han fijado patrones de expectativa en cuanto al sueño de los niños. Los holandeses, según han descubierto Sara Harkness y Charles Super, expertos en desarrollo infantil, piensan que es preciso regular estrictamente a los bebés, tanto en el sueño como en todos los demás aspectos. También atribuyen los problemas de sueño infantil a alguna interrupción en la rutina. Mientras los padres norteamericanos se esfuerzan por hallar soluciones a corto plazo para que sus hijos duerman toda la noche -paseos en coche, ruidosas aspiradoras, osos de peluche que dejan oír el ritmo de un corazón-, a los niños holandeses se los acuesta temprano, todas las noches a la misma hora, dejando que se adapten. Y si se despiertan, tienen que entretenerse solos y levantarse cuando llegue la hora. Las madres holandesas mantienen este plan regulado haciendo todos los días lo mismo. No corren de acá para allá con sus hijos ni los llevan a pasear en coche. No creen en el estímulo y la excitación constantes para desarrollar las facultades cognitivas de los bebés. En cambio les ofrecen un ambiente estable, que permite pocas interrupciones y alteraciones. Como los japoneses, tienden a tener una opinión consensuada sobre la crianza. La regla de oro consiste en tener horarios regulares, para dormir y para todo lo demás.
NOBUKO H. SASAKI, DESARROLLO PSICOLÓGICO DE LOS NIÑOS, VOL 43.
Desde la antigüedad en la familia japonesa es normal que cuando nazca un niño duerma con sus padres. Mientras que en Europa y América se prepara la habitación para los niños antes de que nazca. Y el bebé debe acostumbrarse a dormir solo.
Las costumbres en Japón son diferentes a las de Europa y América. Por ejemplo las condiciones de las viviendas son distintas, en Japón se suele dormir en un colchón en el suelo y en Europa y América se duerme en camas. ¿Qué costumbre es mejor? Hay dos corrientes diferentes. Pero últimamente los países occidentales empiezan a considerar el dormir en familia como lo hacen en Japón. Es posible que haya muchos beneficios al dormir en familia y es natural dormir así. Realmente hay que superar muchos procesos para que los niños pequeños puedan dormir solos. Por ejemplo cuando los padres hacen dormir a los niños solos lloran de pena o preocupación, pero ellos tienen que acostumbrarse. Cuando se es niño la mayoría del tiempo se pasa con los padres. Entonces cuando se duerme durante más de 10 horas, separar a los niños de sus padres no es natural. Por la noche los adultos están más preocupados y tienen más miedo que en pleno día, a los niños les pasa lo mismo. Por esta razón durante ese tiempo ¿cómo se puede tranquilizar mejor a los niños? ¿con sus padres? ¿o sin sus padres? Y cuando los niños tienen fiebre y se sienten mal por la noche, si duermen juntos, los padres pueden darse cuenta rápidamente de estos cambios y del estado de los niños.
Entonces ¿hasta cuando estaría bien que durmieran los niños con sus padres? Muchas personas lo deciden según los años de los niños, por ejemplo hasta los 3 años, hasta que entre en las guardería, hasta que entre en la escuela primaria. En los libros y revistas las personas deciden lo que los niños harán cuando tengan “x” años, otras personas lo deciden comparando un niño con otro. Cada niño es diferente en su crecimiento y carácter. Por eso es imposible decidir el momento en que los niños van a dormir solos comparando la edad con otros niños (inclusive sus hermanos). Esperar con paciencia (sin impacientarse) el momento en que los niños decidan dormir solos es lo más natural. Si eso sucede cuando ellos van a la guardería o cursos más avanzados, muy bien. Pero lo más rápido no es necesariamente lo mejor. Los hijos pueden decir que desean dormir solos pero no siempre continúan. En algunos casos pueden decir que desean dormir con sus padres otra vez. Se puede considerar que eso es natural, los hijos avanzan y a la vez retroceden. Cuando los padres se tranquilizan transmiten esta tranquilidad a los hijos y les ayuda a autoindependizarse.
DORMIR
Jenny Calhoun, de dos meses de edad, duerme en el hueco del brazo materno; cada vez que se mueve en sueños, diez finos cables pegados a su cara y a su cabeza calva ondulan hacia todos lados, dándole el aspecto de una medusa bebé. Su madre, Amy Calhoun, abre los ojos soñolientos en el cuarto apenas iluminado, fijando una mirada inexpresiva en la diminuta cara que tiene a pocos centímetros. Los cables pegados a su cabeza se bambolean hacia la bebé, en tanto ella estira una mano inconsciente para dar a Jenny unas palmaditas tranquilizadoras. Luego Amy acomoda la manta de la pequeña y ambas vuelven a hundirse en un sueño más profundo. Dos cuartos más allá, el antropólogo James McKenna contempla las doce agujas del polígrafo, que saltan en tándem cuando Jenny y Amy se mueven, cambian el plano de sueño y se dejan llevar. Los trazos del polígrafo representan lo que McKenna ve en la pantalla del monitor; las agujas brincan en respuesta a una emisión eléctrica, marcando líneas desiguales en un rollo de papel. Hasta un novato puede ver que las líneas de la madre y las de la bebé hacen un dibujo similar. Los patrones de la actividad cerebral, el ritmo cardiaco, el movimiento muscular y la respiración son similares porque las dos experimentan una excitación mutua; juntas, ascienden, cruzan y descienden por varios planos de sueño. En la cara de McKenna se insinúa una sonrisa de duende: ha visto muchas veces ese patrón, pero nunca deja de divertirlo comprobar que la naturaleza utilice tan claramente el vínculo madre-bebé, aun en sueños. Este trabajo, junto con sus estudios previos sobre la conducta de los primates, lo ha convencido de que la mayoría de nuestras ideas sobre el sueño infantil son una construcción cultural, en peligroso desacuerdo con las necesidades biológicas y emocionales de los bebés. "Si tienes un bebé -dice McKenna cuando se le presenta la oportunidad- duerme con él."

En 1978, Jim McKenna y su esposa tuvieron un bebé, un varón llamado Jeffrey. El nacimiento de ese niño fue una coyuntura crítica en la vida de McKenna, en más de un sentido. Hasta ese año era conocido por sus trabajos sobre los monos langures, grandes monos grises de la India, famosos por su estilo maternal laissez-faire: a menudo otros monos de la tribu arrebatan al recién nacido de brazos de su madre para pasarlo de uno a otro como si fuera un muñeco. Pero si McKenna estaba muy enterado sobre la manera de criar de los monos, no lo estaba tanto en cuanto a cómo criar a su propio hijo. Uno de los problemas era el sueño: como cualquier recién nacido, Jeff se revolvía, alborotaba y no quería dormir cuando debía. McKenna no tardó en descubrir que una manera de inducirlo al sueño era dormir con él. "Me acostaba con él y respiraba como si estuviera dormido", recuerda McKenna, 18 años después. Y respira profundamente, bombeando el pecho ante mí como si aún tuviera a su bebé arropado sobre él. "Noté que respondía muy bien a estas claves respiratorias. Entonces me pregunté de qué me asombraba: lo que tenía ante mí era un bebé de primate, nacido sin desarrollar, que la selección había hecho sensible al contacto y al cuidado de sus padres." Sobre la base de esas siestas con su bebé, empujado por una mente antropológica que se dispara en todas direcciones cuando inicia una empresa erudita, McKenna empezó a hacerse preguntas sobre el sueño del infante humano. ¿Por qué debía Jeff dormir solo, si dormía mejor con uno de sus padres? ¿Algún bebé humano está diseñado por la evolución para dormir solo? ¿Cómo duerme la mayoría de los bebés del mundo? ¿Y cuáles son las consecuencias de dormir solo y de dormir acompañado? Esta obra se ha convertido en piedra fundamental de la etnopediatría; combina la historia cultural, la etnografía y las medidas biológicas. Y se propone modificar radicalmente la manera en que muchos crían a sus hijos.



DIFERENTES CULTURAS
La gente pasa durmiendo una tercera parte de su vida. Y no dormimos de cualquier manera. La cultura y la costumbre, las tradiciones recibidas de las generaciones anteriores determinan cómo dormimos, con quién y dónde. Durante la mayor parte de la historia humana, niños y bebés durmieron con su madre o quizá con ambos padres. Nuestros remotos antepasados vivían en pequeños grupos que subsistían cazando y recolectando; cabe suponer que estas agrupaciones, en sus albergues temporarios, no tenían dormitorios separados para padres e hijos. Hace sólo 200 años que algunas culturas empezaron a construir viviendas con más de un cuarto; aun hoy es rara esa intimidad para el descanso, como no sea en las sociedades más ricas. En la actualidad, la mayoría de los habitantes del mundo vive aún en albergues de un solo cuarto, donde se llevan a cabo todas las actividades, ya sea durante la vigilia o mientras se duerme.

El antropólogo John Whiting descubrió una simple asociación entre el clima y el hecho de que los niños durmieran con los padres (entre otras conductas). Evaluando 136 sociedades de las que tenía información, delineó cuatro clases de disposición típica para el descanso hogareño: madre y padre en la misma cama, con el bebé en otro lecho; madre y bebé juntos y el padre en otro lugar; todos los miembros de la familia en camas separadas, y todos los miembros de la familia en una misma cama. Según descubrió, el patrón predominante en todas las culturas era el de la madre durmiendo con su hijo y el padre en otro lugar (50 por ciento de las 136 culturas). En otro 16 por ciento, el bebé dormía con los padres. Whiting apuntaba que muchas de estas culturas eran poligámicas, de modo que el padre variaba entre distintas casas y camas, mientras que la unidad estable era, en realidad, la de cada madre con su hijo. También descubrió una relación con el clima frío. El hombre duerme con su mujer, como rutina, en los lugares donde la temperatura invernal cae por debajo de los 10 grados centígrados -presumiblemente, más por abrigo que por ningún otro motivo-, pero a menudo lo hacen por separado cuando el clima es más cálido. Por otra parte, el sitio donde duerme el bebé suele ajustarse a una situación climática diferente: por lo general lo hace con la madre en las zonas de clima cálido, pero en climas más fríos, los bebés son envueltos en una manta sujetados a una tabla, para reducir al mínimo la pérdida de calor. No obstante, estas culturas representan una pequeña minoría de la población humana.


¿DÓNDE DUERMEN?
En casi todas las culturas del mundo actual, los bebés duermen con un adulto y los niños mayores, con los padres u otros hermanos. Sólo en las sociedades del Occidente industrializado, como Norteamérica y algunos países de Europa, el sueño se ha convertido en asunto privado; la comparación de este último patrón con otros grupos subraya uno de los principales aspectos en los que Occidente se destaca del resto de la humanidad, en cuanto al tratamiento de los niños. En un estudio realizado en 186 sociedades no industriales, los niños duermen en la misma cama que sus padres en el 46 por ciento de estas culturas; en otro 21 por ciento, lo hacen en cama aparte, pero dentro del mismo cuarto que sus padres. En otras palabras: en el 67 por ciento de las culturas actuales, los niños duermen en compañía de otros. Más significativo es que en ninguna de esas 186 culturas tienen un dormitorio aparte antes de superar, por lo menos, el primer año de edad. En otro estudio que abarca 172 sociedades, todos los niños de todas las culturas dormían acompañados por lo menos algunas horas por la noche. Estados Unidos se destaca, sin lugar a dudas, como la única sociedad en que los bebés son puestos rutinariamente en cama propia y en cuarto propio; en un estudio de 100 sociedades, sólo los padres estadounidenses tenían habitaciones aparte para sus bebés; en otro, que analiza 12 sociedades, todos los padres, menos los norteamericanos, dormían con sus bebés hasta el destete.

Los bebés de diversas culturas duermen en una variedad de receptáculos y superficies: sobre una estera o una manta suave tendidos en el suelo, en una hamaca hecha de cuero o fibras, en un colchón de bambúes hendidos o en una cesta colgada. En la mayoría de los casos, el sitio en que ellos duermen no se diferencia del que utilizan los padres; es decir, no tiene nada de especial.

La antropóloga Gilda Morelli comparó las disposiciones y costumbres para dormir de los padres estadounidenses con las de un grupo de indios mayas de Guatemala. Todos los bebés mayas duermen con su madre durante el primer año y a veces también durante el segundo. En más de la mitad de los casos el padre también estaba allí o durmiendo con los niños mayores en otra cama. Las mayas no tenían muy en cuenta la alimentación nocturna, pues se limitaban a volverse y ofrecer el pecho cuando el bebé lloraba de hambre; probablemente lo hacían sin dejar de dormir profundamente. En el grupo estadounidense comparativo, tres de los bebés fueron puestos en dormitorio separado desde el nacimiento y ninguno de los 18 sujetos dormía regularmente en la cama de los padres. Hacia los tres meses de edad, el 58 por ciento de los bebés ya dormía en otro cuarto; hacia los seis, todos menos tres hablan sido trasladados a otra habitación. No es de sorprender que 17 de los 18 padres norteamericanos dijeran verse obligados a permanecer despiertos para la alimentación nocturna. Entre las dos culturas había también claras diferencias en la actitud para con el sueño en general. Los padres norteamericanos utilizaban canciones de cuna, cuentos, ropa especial, baños y juguetes para ritualizar la experiencia del sueño, mientras que los mayas se limitaban a dejar que el bebé se quedara dormido cuando quisiera, sin más tonterías. Cuando la investigadora explicó a las madres mayas cómo se acostaba a los bebés en Estados Unidos, éstas se horrorizaron, expresaron su desaprobación y se compadecieron por los pequeños norteamericanos, que debían dormir solos. Para ellas, su propia manera de dormir era parte de un compromiso mayor para con el niño, compromiso en el que las consideraciones prácticas no desempeñan ninguna parte. No les interesaba que no hubiera intimidad o que el bebé se moviera mucho por la noche; consideraban que la proximidad nocturna entre la madre y el bebé formaba parte de lo que debe hacer todo progenitor por sus hijos.

A la inversa, los padres norteamericanos que dormían regularmente con sus bebés decía hacerlo por motivos "pragmáticos" (presumiblemente para darles el pecho y tranquilizarlos si estaban nerviosos), aunque reconocían que dormir con ellos parecía fomentar el apego. No obstante, a diferencia de los mayas, pensaban que una asociación estrecha fortalecida por el sueño en compañía era molesta y, de algún modo, poco saludable en lo emocional y en lo psicológico. Sacaban al bebé del dormitorio conyugal cuanto antes, generalmente hacia los seis meses, y expresaban la necesidad de guiar al niño por un camino de independencia, además del deseo de recuperar su propia intimidad. También pensaban que esa separación sería menos traumática si se realizaba más temprano que tarde. Tal como dijo una madre: "Soy un ser humano y necesito un poco de tiempo e intimidad para mí misma". Además, muchos pediatras y expertos en puericultura aseguran a las madres que el bebé está más seguro si duerme solo en una cuna o un moisés, y ellas siguen ese consejo creyendo hacer lo correcto. Cuando se estudia a quienes emigran de una cultura a otra se pueden apreciar con claridad las diferencias de actitud; según resulta, de todas las tradiciones que cambian bajo la presión del país adoptado, los patrones de sueño infantil son una de las últimas. En Inglaterra, los padres asiáticos -originarios de India, Pakistán y Bangladesh- continúan durmiendo con el bebé, aunque no sea el patrón aceptado ni el aconsejado por la medicina británica. Y en Estados Unidos, donde los pediatras y la sociedad en general apoyan el sueño solitario, se mantienen bolsones étnicos en los que el patrón aceptado es dormir con el bebé; también lo hacen las minorías que viven según las reglas de comunidades no blancas. En un estudio de los hispanoamericanos de East Harlem, en Nueva York, el 21 por ciento de los niños de seis meses a cuatro años dormía con sus padres, comparado con el seis por ciento de una muestra equivalente de niños blancos de clase media. El 80 por ciento de los niños hispanos compartían el cuarto de sus padres, y esto no era únicamente por falta de espacio.

No son sólo los inmigrantes recientes los que difieren en cuanto a la manera de dormir de sus hijos. Por ejemplo: en una comparación de blancos con afroamericanos, el 55 por ciento de los padres blancos y el 70 por ciento de los padres negros dijeron dormir con sus bebés."Entre los blancos, dormir con sus hijos era algo que hacían primordialmente cuando consideraban que el bebé tenía problemas para dormir -que despertaban por la noche-, o cuando la madre no estaba muy conforme con asumir la crianza y tenía sentimientos ambivalentes con respecto a la cercanía con un bebé. En este y otros estudios, el sueño con los padres, en familias blancas, suele ser un último recurso para tranquilizar a un niño que está molesto o resolver una relación problemática entre progenitor y vástago". Entre los padres negros aparecía como el patrón normal, sin relación alguna con la búsqueda de solución a problemas de sueño o de relación.

En los Apalaches, al este de Kentucky, es norma dormir con los bebés y niños, desde hace cientos de años."Aunque los habitantes de esta zona no son "minoría étnica" ni inmigrantes recientes, representan una población cohesiva que se ha mantenido resistente a los cambios. Los historiadores apuntan que, en tiempos coloniales, en la costa este de Estados Unidos era habitual que varios durmieran en la misma cama; siendo las casas tan pequeñas, no había otra manera de hacerlo. Pero en el siglo XIX, cuando empezaron a surgir ideas nuevas sobre la intimidad, la vivienda reflejó esos cambios; de pronto aparecieron dormitorios privados: primero, en las posadas; luego, en los hogares. La gente de los Apalaches, descendientes de esa tradición más colonial, continuó con los dormitorios comunales; aun en la actualidad, con espacio en abundancia, se niega a poner al bebé aparte. Pese a los consejos de los pediatras de la zona, estas madres acuestan a sus bebés en la cama conyugal, pues creen en su particular ideología de crianza. Como señala la antropóloga Susan Abbott: "Para la mayoría de quienes acostumbran a hacerlo [el sueño en compañía] no es una especie de extraño resabio de un pasado arcaico; tampoco es patológico en su constitución ni en su resultado. Es un patrón de crianza actual, bien situado, que resiste los embates de los expertos en puericultura contemporáneos". El objetivo es vincular estrechamente a la familia y mantener cerca a los hijos. Verna Mae Sloane, de 75 años, escribe sobre la maternidad en los Apalaches: "¿Cómo esperas retenerlos en la vida si comienzas por empujarlos lejos de ti?". Una vez más, la ideología que orienta el dormitorio colectivo en esas culturas es más la del apego que la de la independencia.


CÓMO AYUDAR
En algunas culturas, sobre todo la norteamericana, se utilizan los patrones de sueño de bebé como medida de su grado de desarrollo. ¿Duerme toda la noche? ¿Por qué no? ¿Qué le pasa, qué tiene de malo el estilo de crianza? A menudo el sueño es algo que hay que discutir con el pediatra y tema importante para los expertos en puericultura. En tiempos recientes, por ejemplo, Richard Ferber ha promocionado en Estados Unidos un método para ayudar a que los bebés duerman. La "ferberización" requiere comprender los patrones naturales de sueño de cada niño y trabajar con las asociaciones rituales que efectúan los pequeños. "El método de Ferber ha obtenido popularidad entre los norteamericanos, por el papel especial que desempeña el sueño en esta cultura. Tanto los pediatras como los padres dan importancia al sueño, utilizándolo como criterio para evaluar la madurez, el temperamento y la personalidad del bebé". Una encuesta entre pediatras norteamericanos demostró que el 92 por ciento recomendaba horarios regulares para acostarlo; el 80 por ciento, una rutina especial y ritualizada a la hora de dormir; el 88 apoyaba que el bebé durmiera en su cuna fuera del cuarto de los padres y el 65, que no tuviera ningún contacto físico con ellos durante toda la noche. Como los pediatras son la fuente principal de orientación para los padres norteamericanos, el mensaje transmitido suena bien claro: la manera correcta de criar a tus hijos es que duerman solos. Este mensaje, respaldado por la profesión médica, adquiere un aura de verdad científica, por lo que las madres estadounidenses -al menos, las blancas de clase media y media alta- adoptan esta ideología sin cuestionarla. Pero pretender que los bebés duerman durante periodos más largos según, pasan las semanas no es, simplemente, una construcción cultural norteamericana. De hecho, hay buenos motivos biológicos para esperar que cambien sus patrones de sueño a medida que se desarrollan. Típicamente, el recién nacido divide su descanso en periodos breves de sueño, intercalados con períodos de vigilia aún más breves. "Al principio, estos intervalos se distribuyen al azar a lo largo de las 24 horas, pues el bebé no tiene ritmo circadiano, dado que en el vientre no había día ni noche a los cuales acomodarse. Hacia los tres o cuatro meses, no obstante, el ambiente le ha dictado con claridad un ciclo nocturno-diurno y el cerebro infantil ya está lo bastante maduro como para adoptarlo. Aunque el párvulo aumenta su cantidad total de sueño sólo en una hora y media entre la primera semana y los cuatro meses de vida, consolidará ese sueño en períodos más largos. En las primeras semanas, la mayoría duerme cuatro horas a la vez; hacia los cuatro meses, muchos alcanzan -al menos en las culturas occidentales, que fomentan esos periodos más largos- las ocho horas de descanso nocturno ininterrumpido, suplementado con breves siestas. Y hacia los tres meses el cerebro continúa esa consolidación presentando patrones de sueño más adultos en las ondas de actividad cerebral. Esto forma parte de un desarrollo neurológico general, en el cual el bebé empieza a mover las manos a voluntad y a seguir a la gente con los ojos. Sara Harkness, experta en desarrollo infantil, dice irónicamente que, con el correr del tiempo, todos los niños acaban durmiendo como los adultos; sólo queda por ver cuánto tardan en llegar a ese patrón. En otras palabras: obsesionarse con el sueño e inventar triquiñuelas para que el bebé duerma toda la noche es, quizás, empujar el asunto más allá del potencial biológico de niño. Muchos padres necesitan saber que dormir toda la noche (es decir, entre seis y ocho horas sin interrupción), en la infancia o en la edad adulta, no es una verdad biológica ni un hecho cultural universal. Los bebés norteamericanos, por ejemplo, suelen despertar durante la noche, pero a menudo se consuelan solos y continúan durmiendo. Los pequeños kipsigis africanos despiertan tres o cuatro veces cada noche hasta llegar a los ocho meses. Y hay una asombrosa variedad en la cantidad de sueño que cada uno logra. Harkness descubrió que los bebés norteamericanos duermen dos horas más por día que los kipsigis. Más sorprendente es su descubrimiento de que los niños holandeses duermen dos horas más que los norteamericanos. Es obvio que los bebés (y presumiblemente los adultos) no duermen la misma cantidad de horas, y cada cultura ayuda a determinar el cómo. James McKenna, para empezar, examinó los patrones de sueño en distintas culturas y llegó a algunas conclusiones asombrosas: "Los humanos somos dormidores bifásicos, es decir, estamos diseñados para dormir dos veces en un período de 24 horas. La siesta de la tarde es parte de nuestro ser. Así que nadie debería sentirse culpable por echarse un sueñecito durante el día".

La idea de una fase de vigilia energética durante el día, seguida por un período de sueño sin interrupciones durante la noche, quizá sea más una fantasía cultural que un imperativo biológico. En realidad, no concuerda con la manera en que los humanos y otros animales administramos el día de 24 horas. De un modo u otro, el bebé siempre dormirá lo que necesita.




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