Michae L crichto n rescate en el tiempo 1999 1357 Traducción de Carlos Milla Soler plaza & janés editores, S. A



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M I C H A E L

C R I C H T O N
RESCATE EN

EL TIEMPO

1999 1357
Traducción de

Carlos Milla Soler
PLAZA & JANÉS EDITORES, S.A.

Título original: Timeline


Primera edición: marzo, 2000
(D 1999, Michael Crichton (D de la traducción: Carlos Milla Soler (D 2000, Plaza & Janés Editores, S.A.

Travessera de Grácia, 47-49. 08021 Barcelona


Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo Públicos.
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 84-01-32811-X

Depósito legal: B. 9.821 - 2000


Fotocomposición: Lozano Faisano, S. L.
Impreso en Cayfosa-Quebecor, S. A.

Ctra. de Caldas, Km 3. Sta. Perpetua de Mogoda (Barcelona)


L 3 2 8 1 1 X
Para Taylor
Todos los grandes imperios del futuro serán imperios de la mente.

WINSTON CHURCHILL, 1953
Si uno no sabe historia, no sabe nada.

EDWARD JOHNSTON, 1990
No me interesa el futuro. Me interesa el futuro del futuro.

ROBERT DONIGER, 1996
INTRODUCCIÓN
LA CIENCIA A FINALES DE SIGLO

Hace cien años, en las postrimerías del siglo XIX, los científicos de todo el mundo estaban convencidos de que habían alcanzado una representación precisa del mundo físico. Tal como lo expresó Alastair Rae, «a finales del siglo XIX parecían conocerse los principios fundamentales que rigen el comportamiento del universo físico» 1. De hecho, muchos científicos sostenían que el estudio de la física prácticamente podía darse por concluido: no quedaban grandes descubrimientos por hacer, sino sólo detalles y pinceladas finales.

Pero en la última década del siglo salieron a la luz unas cuantas curiosidades. Roentgen descubrió unos rayos que traspasaban la carne; como no tenían explicación, los llamó rayos X. Dos meses después Henri Becquerel advirtió por azar que un fragmento de mineral de uranio emitía algo que velaba las placas fotográficas. Y el electrón, el portador de la electricidad, fue descubierto en 1897.

Sin embargo, en términos generales, los físicos no se inmutaron, dando por supuesto que esas rarezas quedarían explicadas tarde o temprano por la teoría existente. Nadie habría previsto que en cinco años esa conformista visión del mundo se vería trastocada de manera sorprendente, surgiendo una nueva concepción del universo y unas nuevas tecnologías que transformarían la vida cotidiana del siglo xx de un modo por entonces inimaginable.

Si en 1899 alguien hubiera dicho a un físico que en 1999, cien años después, se transmitirían imágenes en movimiento a los hogares de todo el mundo desde satélites; que bombas de una potencia inconcebible amenazarían la supervivencia de la especie; que los antibióticos atajarían las enfermedades infecciosas pero que dichas enfermedades contraatacarían; que las mujeres tendrían derecho al voto y píldoras para controlar la reproducción; que cada hora alzarían el vuelo millones de personas en aparatos capaces de despegar y aterrizar sin intervención humana; que sería posible cruzar el Atlántico a tres mil doscientos kilómetros por hora; que los hombres viajarían a la Luna, y perderían luego el interés por el espacio exterior; que los microscopios conseguirían ver átomos independientes; que la gente llevaría encima teléfonos de un peso no mayor a unas cuantas decenas de gramos y se comunicaría sin hilos con cualquier lugar del mundo; o que la mayoría de estos milagros dependerían de un dispositivo del tamaño de un sello de correos, basado en una nueva teoría llamada mecánica cuántica...; si alguien hubiera dicho entonces todo esto, el físico sin duda lo habría tachado de loco.

La mayoría de estos avances no podían predecirse en 1899, porque la teoría científica imperante los consideraba imposibles. Y en cuanto a los pocos que por entonces parecían posibles -tales como los aviones-, la envergadura de su posterior uso hubiera escapado a las previsiones de cualquiera. Podía imaginarse un avión; pero la presencia simultánea de diez mil aviones en el aire era algo inconcebible.

Así pues, podemos afirmar en rigor que, en el umbral del siglo XX, ni siquiera los científicos mejor informados tenían la más vaga idea de lo que se avecinaba.

Ahora que nos hallamos a las puertas del siglo XXI, la situación presenta una curiosa similitud. Una vez más los científicos creen que el mundo físico está ya explicado, y que el futuro no nos deparará más revoluciones. Por la experiencia de la historia previa, ya no expresan esta opinión en público, pero eso es lo que piensan de todos modos. Algunos observadores incluso han llegado al extremo de plantear la tesis de que la ciencia como disciplina ha concluido ya su labor, que no le queda nada importante por descubrir 2.

Pero de la misma manera que en los últimos años del siglo XIX existían indicios de lo que estaba por venir, en los últimos años del siglo XX encontramos también pistas para vislumbrar el futuro. Una de las principales es el interés en la llamada tecnología cuántica, un esfuerzo en muchos frentes para crear una nueva tecnología que utiliza la naturaleza esencial de la realidad subatómica, y promete revolucionar nuestra idea de lo que es posible.

La tecnología cuántica entra en total contradicción con lo que el sentido común nos dice sobre el funcionamiento del mundo. Postula un mundo en el que los ordenadores operan sin ponerse en marcha y los objetos se encuentran sin buscarlos. Con una sola molécula puede construirse un ordenador de una potencia inimaginable. La información se desplaza entre dos puntos de forma instantánea, sin hilos ni redes. Se examinan objetos lejanos sin contacto alguno. Los ordenadores realizan sus cálculos en otros universos. Y el teletransporte 3, «Teletranspórtame, Scotty», es algo corriente y utilizado de muy diversas maneras.

En la década de los noventa del siglo XX, las investigaciones en el campo de la tecnología cuántica han empezado a dar resultados. En 1995 se enviaron mensajes cuánticos ultraseguros a una distancia de 61 kilómetros, induciendo a pensar que en el siglo venidero se desarrollará una Internet cuántica. En Los Álamos, un grupo de físicos midió el grosor de un pelo humano mediante un rayo láser que en realidad no se proyectó sobre el pelo, sino que podría haberse proyectado. Este singular resultado «contrafactual» inició una nueva área de detección sin interacción, o lo que se ha dado en llamar «encontrar algo sin buscar».

Y en 1998 se demostró la posibilidad del teletransporte cuántico en tres laboratorios de distintos lugares del mundo: en Innsbruck, en Roma y en el Cal Tech (California Institute of Technology). El físico Jeff Kimble, jefe del equipo del Cal Tech, declaró que el teletransporte cuántico podía aplicarse a objetos sólidos. «El estado cuántico de una entidad podría transportarse a otra entidad... Creemos saber cómo hacerlo.» 4 Kimble se abstuvo de insinuar que fuera posible transportar a un ser humano, pero imaginaba que quizá alguien lo intentara con una bacteria.

Estas curiosidades cuánticas, contrarias a la lógica y el sentido común, han recibido escasa atención por parte del público, pero eso no seguirá así por mucho tiempo. Según ciertas estimaciones, en las primeras décadas del nuevo siglo la mayoría de los físicos de todo el mundo trabajará en algún aspecto de la tecnología cuántica. 5

No es de extrañar, por tanto, que a mediados de la década de los noventa varias empresas comenzaran a llevar a cabo investigaciones cuánticas. Fujitsu Quantum Devices se creó en 1991. IBM formó un equipo de investigación cuántica en 1993, bajo la supervisión de Charles Bennett, uno de los precursores en la materia. ATT y otras compañías siguieron pronto sus pasos, al igual que centros universitarios como el Cal Tech o instituciones estatales como Los Álamos. Y ese mismo camino tomó una nueva empresa de investigación llamada ITC, con sede en Nuevo México. Situada a sólo una hora de Los Álamos por carretera, la ITC fue la primera empresa que, en 1998, consiguió una aplicación práctica y operativa de la más avanzada tecnología cuántica.

En retrospectiva, fue una combinación de peculiares circunstancias -y mucha suerte- lo que colocó a la ITC a la cabeza de una nueva tecnología espectacular. Si bien la empresa sostenía que sus descubrimientos eran totalmente inocuos, su llamada «expedición de rescate» 6 puso de manifiesto con absoluta claridad los riesgos implícitos. Durante dicha expedición una persona desapareció y otra sufrió graves heridas. Para los jóvenes estudiantes de postgrado que emprendieron la expedición, esta nueva tecnología cuántica, heraldo del siglo XXI, fue sin duda cualquier cosa menos inocua.


En 1357 tuvo lugar un característico episodio de guerra privada. Sir Oliver de Vannes, un caballero inglés distinguido por su nobleza y carácter, había conquistado las plazas fuertes de Castelgard y La Roque, en la cuenca del río Dordogne. Por lo que se sabe, este «señor prestado» gobernó con recta dignidad y se ganó la estima de la población. En abril, las tierras de sir Oliver fueron invadidas por una depredadora compañía de dos mil brigandes, caballeros renegados bajo el mando de Arnaut de Cervole, un monje despojado del hábito a quien se conocía por el sobrenombre de Arcipreste. Tras reducir Castelgard a cenizas, Cervole arrasó el cercano monasterio de Sainte-Mére, asesinando a los monjes y destruyendo el famoso molino de agua a orillas del Dordogne. A continuación, Cervole persiguió a sir Oliver hasta la fortaleza de La Roque, donde se desarrolló una encarnizada batalla.

Oliver defendió su castillo con pericia y valentía. Fuentes contemporáneas atribuyen los meritorios esfuerzos de Oliver a su consejero militar, Edwardus de Johnes. Poco se sabe de este hombre, en torno al cual surgió una mitología merlinesca: según la leyenda, podía desaparecer en medio de un destello de luz. El cronista Audreim declara que Johnes procedía de Oxford, pero otros aseguran que era de origen milanés. Habida cuenta de que viajaba acompañado de un grupo de jóvenes colaboradores, cabe suponer que era un experto ambulante, a sueldo de quienquiera que pagara por sus servicios. Dominaba el uso de la pólvora y la artillería, una tecnología nueva en aquella época...

A la postre, Oliver perdió su inexpugnable castillo cuando un espía franqueó un pasadizo interior, permitiendo entrar a los soldados del Arcipreste. Tales traiciones eran propias de las complejas intrigas de aquellos tiempos.

M. D. BACKES, 1996,

La guerra de los Cien Años en Francia
No debería haber tomado aquel atajo.

Dan Baker hizo una mueca de disgusto al notar las sacudidas de su flamante Mercedes S500 mientras se adentraba por el camino de tierra en la reserva de los indios navajos, en la franja norte de Arizona. Alrededor, el paisaje ofrecía un aspecto cada vez más desolado: lejanas mesetas rojizas al este, un desierto totalmente llano al oeste. Media hora antes habían atravesado un pueblo -casas polvorientas, una iglesia y una pequeña escuela arracimadas al pie de un escarpado despeñadero-, pero a partir de ahí no habían visto la menor señal de vida, ni siquiera un cercado. Sólo desierto inhóspito y rojizo. Y no se cruzaban con otro coche desde hacía una hora. Era ya mediodía, y el sol caía a plomo. Baker, un contratista de Phoenix ya cuarentón, empezaba a ponerse nervioso. Sobre todo porque su esposa, arquitecta, era de esas personas de temperamento artístico sin el menor sentido práctico respecto a detalles como la gasolina y el agua. Sólo les quedaba medio depósito y el motor comenzaba a calentarse.

-Liz, ¿estás segura de que es por aquí? -preguntó.

Inclinada sobre el mapa en el asiento contiguo, su esposa seguía la ruta en el papel con el dedo.

-Tiene que ser por aquí -respondió ella-. Según la guía, estaba a seis kilómetros después del desvío a la cañada de Corazón.

-Pero si hemos dejado atrás el desvío a Corazón hace veinte minutos. Se nos debe de haber pasado.

-¿Cómo va a pasársenos una lonja de artesanía en medio del desierto? -dijo Liz.

-No lo sé. -Baker miró al frente-. Pero por aquí cerca no hay nada. ¿Estás convencida de que es esto lo que quieres? Lo digo porque podemos encontrar excelentes tapetes navajos en Sedona. En Sedona venden tapetes de todas clases.

-En Sedona no hay nada auténtico -repuso ella con desdén.

-Claro que hay artesanía auténtica, cariño. Un tapete es un tapete.

-Un textil -corrigió ella.

-De acuerdo. -Baker suspiró-. Un textil.

-Y no, no es lo mismo -prosiguió Liz-. Las tiendas de Sedona tienen sólo purria para turistas..., de fibra acrílica, no de lana. Yo quiero los textiles que venden en la reserva. Y supuestamente en esta lonja hay un textil de los años veinte, tejido por Hosteen Klah y basado en una antigua pintura de arena. Y lo quiero.

-Está bien, Liz.

Baker, personalmente, no entendía para qué necesitaban otro tapete navajo, o textil o como se llamara. Tenían ya dos docenas. Liz los había puesto por toda la casa, e incluso tenía unos cuantos guardados en los armarios.

Siguieron adelante en silencio. El sol reverberaba en el camino, que parecía un lago de plata. Y ante ellos surgían espejismos, casas o personas alzándose a lo lejos, pero se desvanecían en cuanto se acercaban.

Dan Baker volvió a suspirar.

-Debemos de haber pasado de largo.

-Continuemos unos kilómetros más -propuso Liz.

-¿Cuántos?

-No lo sé. Unos pocos.

-¿Cuántos, Liz? Decidamos hasta dónde vamos a ir.

-Diez minutos más -respondió ella.

Baker echaba un vistazo al indicador de la gasolina cuando Liz se llevó la mano a la boca y exclamó:

-¡Dan!

Baker volvió a centrar la atención en el camino justo a tiempo de ver una silueta a un lado -un hombre vestido de marrón en la cuneta- y oír un sonoro golpe en un costado del coche.



-¡Dios mío! -exclamó Liz-. ¡Lo hemos atropellado!

-¿Qué?


-Hemos atropellado a ese hombre.

-No. Ha sido un bache. -Por el retrovisor, Baker vio al hombre todavía de pie en la cuneta, una figura de marrón que desaparecía por momentos en la nube de polvo levantada por el coche-. Si lo hubiéramos atropellado, no estaría aún de pie.

-Dan, lo hemos atropellado; lo he visto.

-No lo creo, cariño.

Baker miró de nuevo por el retrovisor, pero esta vez vio sólo la nube de polvo.

-Vale más que volvamos atrás -dijo Liz.

-¿Por qué?

Baker tenía la casi total certeza de que su esposa se equivocaba. Pero si en efecto habían atropellado a aquel hombre y le habían causado alguna herida, por leve que fuera -un corte en la cabeza o un rasguño-, podía representar un considerable retraso en su viaje. No estarían de regreso en Phoenix al anochecer. Cualquiera que anduviese por aquellos parajes era sin duda un navajo; tendrían que llevarlo a un hospital o, como mínimo, al pueblo grande más cercano, que era Gallup, y no les caía de paso.

-Pensaba que querías volver -insistió Liz.

-Y así es.

-Entonces volvamos.

-Sencillamente no quiero meterme en líos, Liz.

-¡Dan, parece mentira!

Baker, suspirando, aminoró la velocidad.

-Está bien, ya vuelvo, ya vuelvo.

Y dio la vuelta, con cuidado de que las ruedas no se quedaran atascadas en la arena roja de la cuneta, y enfiló el camino en sentido contrario.

-¡Dios santo! -exclamó Baker.

Paró y salió de inmediato en medio de la nube de polvo de su propio coche. El impacto del calor en la cara y el cuerpo le cortó la respiración. Debemos de estar a unos cincuenta grados aquí fuera, pensó.

Cuando el polvo se disipó, vio al hombre tendido en la cuneta, apoyando un codo en la arena para intentar incorporarse. Era un frágil anciano de unos setenta años, con barba y casi calvo. Su vestimenta marrón era una especie de hábito. Quizá es un sacerdote, pensó Baker.

-¿Se encuentra bien? -preguntó Baker mientras lo ayudaba a sentarse en el camino de tierra.

El anciano tosió.

-Sí, estoy bien.

-¿Quiere levantarse? -dijo Baker, tranquilizándose al no ver sangre.

-Dentro de un momento.

Baker echó una ojeada alrededor.

-¿Dónde ha dejado el coche? -preguntó.

El anciano volvió a toser. Sin fuerzas siquiera para alzar la cabeza, mantenía la mirada fija en el suelo.

-Dan, creo que está herido -observó Liz.

-Sí -convino Baker. Sin duda el anciano parecía aturdido. Baker lanzó otro vistazo en torno: no se veía nada salvo el liso desierto en todas direcciones, extendiéndose bajo la trémula calina.

Ningún coche. Nada.

-¿Cómo habrá llegado aquí? -comentó Baker.

-Vamos -apremió Liz-, tenemos que llevarlo a un hospital.

Sujetando al anciano por las axilas, Baker lo ayudó a ponerse en pie. El peculiar hábito que vestía era de una tela gruesa, semejante al fieltro, y sin embargo, a pesar de la alta temperatura, el anciano no sudaba. En realidad, Baker notó su cuerpo casi frío.

Mientras cruzaban el camino, el anciano apoyó en Baker todo su peso. Liz abrió la puerta trasera del coche.

-Puedo andar. Puedo hablar -musitó el anciano.

-Muy bien, estupendo -dijo Baker, y lo acomodó en el asiento posterior.

El anciano se tendió en el tapizado de piel y se aovilló, adoptando una posición fetal. Bajo el hábito, llevaba ropa convencional: vaqueros, camisa de cuadros, zapatillas Nike. Baker cerró la puerta, y Liz volvió al asiento del pasajero. Baker, vacilante, permaneció inmóvil por un momento bajo el intenso sol. ¿Cómo era posible que aquel viejo estuviera solo en semejante despoblado? ¿Y que no sudara pese a lo abrigado que iba?

Daba la impresión de que acabara de bajarse de un automóvil.

Quizá ha llegado aquí en coche, pensó Baker. Quizá se ha dormido al volante. Quizá el coche se ha salido de la carretera y ha tenido un accidente. Quizá quede aún alguien atrapado dentro del coche.

Oyó mascullar al anciano:

-Déjalo, sopésalo. Vuelve ahora, tráelo ahora, y sin demora.

Baker cruzó el camino para inspeccionar las inmediaciones.

Pasó sobre un enorme bache y pensó en mostrárselo a su esposa, pero se abstuvo. Junto al camino no encontró huellas de neumáticos, pero sí vio claramente en la arena el rastro de las pisadas del anciano, que se adentraba en el desierto. A unos treinta metros distinguió la margen de una quebrada, una hendidura abierta en el terreno por las torrenciales lluvias que muy de vez en cuando caían en la zona. Las huellas procedían de allí.

Baker siguió el rastro hasta la quebrada, se acercó al borde y miró hacia el fondo. Ningún coche había caído al cauce seco. Vio sólo una serpiente que se alejaba de él reptando entre las piedras. Se estremeció.

De pronto llamó su atención algo de color blanco que brillaba a unos pasos de él, terraplén abajo. Baker descendió por la pendiente para verlo mejor. Era un objeto de cerámica blanca, cuadrado, de unos dos centímetros y medio de lado. Parecía un aislante eléctrico. Baker lo cogió, sorprendiéndose al notarlo frío al tacto. Tal vez era uno de esos materiales que no absorbían el calor.

Observándolo de cerca, vio grabadas en un ángulo las siglas ITC. En un costado, sin sobresalir de la superficie, había una especie de botón. Baker se preguntó qué ocurriría si apretaba el botón. Allí de pie bajo el sol, rodeado de rocas, lo apretó.

No pasó nada.

Volvió a apretarlo. Otra vez nada.

Baker trepó por el terraplén, salió de la quebrada y regresó al coche. El anciano dormía, roncando ruidosamente. Liz consultaba los mapas.

-El pueblo grande más cercano es Gallup.

Baker puso el motor en marcha.

-Gallup, en efecto.

En cuanto tomaron de nuevo la interestatal, rumbo al sur, hacia Gallup, mejoraron el promedio de velocidad. El anciano seguía dormido. Liz lo miró y dijo:

-Dan...


-¿Qué?

-¿Te has fijado en sus manos?

-¿En qué concretamente?

-En las puntas de los dedos -respondió Liz.

Apartando la vista de la carretera, Baker echó una rápida ojeada al asiento posterior. El anciano tenía enrojecidos los extremos de los dedos casi hasta el segundo nudillo.

-¿Y qué tiene eso de raro? Serán quemaduras de sol.

-¿Sólo en las puntas de los dedos? ¿Por qué no en toda la mano?

Baker se encogió de hombros.

-Antes no tenía así los dedos -dijo Liz-. No los tenía rojos cuando lo hemos recogido.

-Cariño, probablemente no lo has notado.

-Sí lo he notado, porque tiene las uñas muy arregladas, de manicura, y me ha parecido extraño que aquí, en medio del desierto, un anciano llevara hecha la manicura.

-Ya.


Baker miró su reloj. Se preguntó cuánto tiempo tendrían que quedarse en el hospital de Gallup. Horas, posiblemente.

Suspiró.


Ante ellos, la carretera continuaba recta y llana hasta perderse en el horizonte.

A medio camino de Gallup, el anciano despertó. Tosió y dijo:

-¿Ya estamos? ¿Adónde vamos?

-¿Se encuentra bien? -preguntó LIZ.

-¿Si me encuentro bien? Apenas me tengo en pie. Bien, muy bien.

-¿Cómo se llama? -dijo Liz.

El anciano le guiñó un ojo.

-En las plumas quanti quam estuve y sin rumbo anduve.

-Pero ¿cómo se llama?

-Siempre el mismo interrogatorio, en busca de un chivo expiatorio -contestó el anciano.

-Lo rima todo -observó Baker.

-Ya me he dado cuenta, Dan -dijo Liz.

-Vi un programa de televisión sobre esto -explicó Baker-- Hablar con rimas es un síntoma de esquizofrenia.

-Versos rimados, ritmos marcados -prosiguió el anciano, y a continuación empezó a cantar a pleno pulmón, parafraseando la letra de una canción de John Denver:

En las plumas quanti quam estoy, y sin rumbo voy,

al lugar de donde soy,

la vieja Black Rock, un recóndito rincón,

en las plumas quanti quam estoy, y de aquí para allá voy.

-¡Vaya, vaya! -exclamó Baker.

-Oiga, señor -Insistió Liz-, ¿podría decirme su nombre?

-El niobio puede causar oprobio. Extremas singularidades no permiten paridades.

Baker suspiró.

-Cariño, este hombre está loco.

-Un loco, loco es, del derecho y del revés.

Pero Liz no se dio por vencida.

-Oiga, ¿sabe cómo se llama?

-Avisen a Gordon, conviene ser discretos -dijo el anciano, vociferando-. A Gordon o a Stanley, hay que mantenerlo en secreto.

-Pero, dígame...

-Liz -la interrumpió Baker-, déjalo ya. Es mejor que se calme, ¿no crees? Aún nos queda mucho camino por delante.

A voz en cuello, el anciano entonó:

-Al lugar de donde soy, las artes mágicas son siempre trágicas, la espuma rural me sienta fatal.

Y en cuanto terminó, empezó de nuevo desde el principio.

-¿Cuánto falta para Gallup? -dijo Liz.

-No preguntes.

Baker telefoneó antes de llegar, y cuando detuvo el Mercedes bajo el pórtico de colores rojo y crema de la unidad de traumatología del hospital McKinley, los camilleros estaban ya esperando. El anciano no ofreció resistencia mientras lo tendían en la camilla, pero en cuanto empezaron a sujetarlo con las correas, se revolvió y gritó:

-¡Soltadme! ¡Desatadme!

-Es por su propia seguridad -explicó un camillero.

-¿A quién queréis engañar? ¡Ni hablar! ¡La seguridad es el último refugio de los bellacos!

Baker quedó impresionado por el modo en que los camilleros trataban al anciano mientras le ceñían las correas, cuidadosamente pero con firmeza. Lo impresionó asimismo la mujer morena y menuda en bata blanca que se acercó a ellos.

-Soy Beverly Tsosie, la médica de guardia -se presentó, estrechándoles la mano.

Estaba muy tranquila, pese a que el anciano seguía cantando a voz en grito mientras lo introducían en la unidad de traumatología, ya sujeto a la camilla.

-En las plumas quanti quam estoy, y sin rumbo voy...

En la sala de estar, todos lo miraban. Baker vio a un niño de diez u once años, con el brazo en cabestrillo, sentado junto a su madre. Observando con curiosidad al anciano, el niño susurró algo a su madre.

-Al lugar de donde soy... -proseguía el anciano.

-¿Cuánto tiempo lleva en ese estado? -preguntó la doctora Tsosie.

-Desde el principio -contestó Baker-. Desde que lo hemos recogido.

-Excepto cuando dormía -añadió Liz.

-¿Ha perdido el conocimiento?

-No.

-¿Ha tenido náuseas o vómitos?



-No.

-¿Y dónde lo han encontrado? ¿Cerca de la cañada de Corazón?

-Unos diez o quince kilómetros más allá.

-No hay gran cosa por esa zona -comentó la doctora.

-¿La conoce?

-Me crié por allí. -La doctora Tsosie esbozó una sonrisa-. En Chinle. -Antes de desaparecer junto con el anciano y los camilleros por una puerta de vaivén, agregó-: Si son tan amables de esperar, vendré a hablar con ustedes en cuanto sepa algo. Probablemente me llevará un buen rato. Quizá entretanto les apetezca ir a comer.

Beverly Tsosie tenía un puesto en plantilla en el hospital universitario de Albuquerque, pero últimamente pasaba dos días por semana en Gallup para hacerle compañía a su abuela, y esos días trabajaba un turno en la unidad de traumatología del McKinley para redondear sus ingresos. Le gustaba el McKinley, con su moderno exterior pintado a franjas de colores crema y rojo intenso. Era un hospital totalmente al servicio de la comunidad. Y se sentía a gusto en Gallup, una población de menor tamaño que Albuquerque, y un lugar donde su origen étnico le creaba menos inseguridades.

Por lo general, la unidad de traumatología permanecía en relativa calma, de modo que la llegada de aquel anciano, agitado y ruidoso, estaba causando un gran revuelo. Beverly Tsosie apartó las cortinas y entró en el cubículo, donde los camilleros ya habían descalzado y despojado del hábito marrón al anciano. Sin embargo, éste seguía forcejeando, resistiéndose, así que optaron por no soltarle aún las correas. En ese momento estaban cortándole los vaqueros y la camisa de cuadros para desnudarlo.

Nancy Hood, la enfermera jefa, comentó que no importaba estropearle la camisa porque tenía ya una tara muy visible; a la altura del bolsillo se advertía una línea irregular donde los cuadros no coincidían.

-Hay ya un zurcido -dijo-, y francamente desastroso.

-No -corrigió uno de los camilleros, sosteniendo en alto la camisa-. No está zurcida; es una única pieza de tela. ¡Qué raro! El dibujo no casa porque una parte es más grande que la otra...

-En cualquier caso, no será una gran pérdida -aseguró Nancy Hood, cogiendo la camisa y tirándola al suelo. Se volvió hacia la doctora Tsosie-. ¿Quieres examinarlo ya?

El anciano estaba aún fuera de sí.

-Todavía no. Ponedle un gota a gota en cada brazo. Y registradle los bolsillos por si lleva documentación. Si no encontráis nada que permita identificarlo, tomadle las huellas y enviadlas por fax a Washington; quizá allí conste en alguna base de datos.

Veinte minutos después Beverly Tsosie examinaba a un niño que se había fracturado un brazo al deslizarse hacia la tercera base para anotar una carrera. Con gafas y aspecto de empollón, casi parecía orgulloso de su lesión deportiva.

Nancy Hood se acercó y dijo:

-Hemos registrado al desconocido.

-¿ Y?


-Nada útil. Ni cartera, ni tarjetas de crédito, ni llaves. Sólo llevaba encima esto. -Entregó a Beverly un papel doblado. Parecía papel de impresora y mostraba una extraña cuadrícula con líneas de puntos. Al pie de la hoja se leía: MON.STE.MERE.

-¿«Monstemere»? ¿Te suena de algo?

Nancy Hood negó con la cabeza.

-Si quieres saber mi opinión, ese individuo es un demente.

-Bueno, no puedo administrarle sedantes sin saber si hay lesiones en la cabeza -dijo Beverly Tsosie-. Mejor será sacar unas placas del cráneo para descartar cualquier traumatismo o hematoma.

-Radiología está en remodelación, Bev, ¿recuerdas? Tardarán mucho en tener las radiografías. ¿Por qué no le haces una resonancia magnética? Con un escáner de todo el cuerpo conocerás su estado general.

-Pídelo -convino la doctora Tsosie.

Nancy Hood se volvió para marcharse, pero antes de salir anunció.

-Ah, y sorpresa, sorpresa: ha venido Jimmy, de la policía.

Dan Baker empezaba a impacientarse. Tal como había previsto, tendrían que pasar horas sentados en la sala de espera del hospital McKinley. Después del almuerzo -burritos rellenos de chile colorado- regresaron al hospital, y en el aparcamiento vieron a un policía que examinaba el Mercedes, pasando la mano por la chapa de las puertas. La simple visión produjo un escalofrío a Baker. Pensó en acercarse a hablar con él, pero abandonó la idea, y fueron directamente a la sala de espera. Telefoneó a su hija y le avisó de que llegarían tarde; de hecho, quizá no volvieran a Phoenix hasta el día siguiente.

Y esperaron. A eso de las cuatro, Baker se aproximó a la ventanilla de información y preguntó por el anciano.

-¿Es usted pariente? -quiso saber la mujer.

-No, pero...

-Entonces haga el favor de esperar allí. La doctora enseguida saldrá.

Regresó a la sala y, dejando escapar un suspiro, se sentó. Se levantó de nuevo, caminó hasta la ventana y miró el coche. El policía se había ido, pero un papel ondeaba bajo una de las varillas del limpiaparabrisas. Baker tamborileó con los dedos en el antepecho de la ventana. En aquellos pueblos perdidos cuando uno se metía en un lío, podía pasar cualquier cosa. Y cuanto más se prolongaba la espera, más se desbocaba la imaginación de Baker, concibiendo temibles desenlaces: el viejo entraba en coma, y no podían marcharse de allí hasta que despertara; el viejo moría, y los acusaban de homicidio; no los acusaban, pero tenían que comparecer ante el juez de instrucción cuatro días más tarde.

Finalmente no fue la médica sino el policía quien acudió a hablar con ellos. Era un hombre de menos de treinta años y cabello largo. Llevaba un uniforme impecable, y una placa de identificación prendida del pecho en la que se leía: JAMES VAUNEKA. Baker se preguntó cuál sería el origen de ese apellido. Hopi o navajo, probablemente.

-¿Los señores Baker? -dijo Wauneka. Muy cortésmente, se presentó y añadió-: Acabo de ver a la doctora. Ha terminado ya el reconocimiento del paciente y tiene los resultados de la resonancia magnética. No existe la menor señal de que fuera atropellado. Y yo mismo he examinado su coche. Tampoco presenta indicios de colisión. Posiblemente han pasado por algún bache y les ha dado la impresión de que habían golpeado a ese hombre.

Baker se volvió hacia su esposa con expresión iracunda, y ella eludió su mirada.

-¿Se pondrá bien? -preguntó Liz,

-Sí, eso parece.

-¿Podemos irnos, pues? -dijo Baker.

-Cariño, ¿no querías darle eso que has encontrado? -recordó Liz.

-Ah, sí. -Baker extrajo el pequeño objeto de cerámica-. He encontrado esto cerca de donde él estaba.

El policía dio vueltas entre sus dedos al trozo de cerámica.

-ITC -dijo, leyendo las letras grabadas en el ángulo-.¿Dónde ha aparecido esto exactamente?

-A unos treinta metros del camino. He pensado que quizá ese hombre viajaba en coche y se había salido del camino, así que he ido a comprobarlo. Pero no he visto ningún coche.

-¿Alguna otra cosa?

-No. Eso es todo.

-Bien, gracias -dijo Wauneka, guardándose el objeto en u bolsillo. Tras un breve silencio, agregó-: Ah, casi me olvidaba -Sacó una hoja de papel y la desplegó con cuidado-. Ese hombre llevaba esto encima. ¿Lo habían visto antes?

Baker echó una ojeada al papel: líneas de puntos dispuestas en cuadrícula.

-No -respondió-. Es la primera vez que lo veo.

-¿No se lo han dado ustedes, pues?

-No.

-¿No se les ocurre qué puede ser?



-No -contestó Baker-. No tengo la menor idea.

-Me parece que yo sí sé qué es -dijo Liz.

-¿Lo sabe? -preguntó el policía.

-Sí. ¿Me permite...? -Y cogió el papel de la mano del policía. Baker suspiró. Liz había adoptado su pose de arquitecta, observando la hoja con los ojos entornados y aire experto, dándole la vuelta para examinar los puntos del derecho y del revés y de lado. Y Baker conocía la razón. Liz pretendía desviar su atención del hecho de que se había equivocado, de que el coche, después de todo, se había sacudido a causa de un bache y habían perdido allí un día entero. Pretendía justificar aquella pérdida de tiempo, encontrar algún pretexto que de algún modo le diera importancia.

-Sí, sé qué es -afirmó finalmente-. Es una iglesia.

-¿Eso es una iglesia? -dijo Baker, contemplando las líneas punteadas del papel.

-Bueno, la planta de una iglesia, para ser más exactos -precisó Liz-. ¿Ves? Aquí está el eje mayor de la cruz, la nave principal... ¿Lo ves? Sin duda es una iglesia, Dan. Y el resto del plano, unos cuadrados dentro de otros, todos rectilíneos, parece..., en fin, podría ser un monasterio.

-¿Un monasterio? -preguntó el policía.

-Eso creo. Y además aquí abajo pone: «mon.ste.mere». ¿No es «mon» la abreviatura de «monasterio»? juraría que sí. Francamente, diría que esto es un monasterio. -Devolvió el papel al policía.

Baker lanzó una elocuente mirada a su reloj.

-Tendríamos que irnos ya.

-Sí, naturalmente -dijo Wauneka, captando el mensaje. Les estrechó la mano-. Gracias por su ayuda y perdón por la demora. Buen viaje.

Baker rodeó firmemente con un brazo la cintura de su esposa y la guió hacia la salida. A pesar de que aún lucía el sol de la tarde, había refrescado. Al este, flotaban unos globos aerostáticos en el cielo. En Gallup había a menudo concentraciones de aficionados al vuelo en globo. Llegaron junto al coche. El papel que ondeaba bajo una de las varillas del limpiaparabrisas era publicidad de una tienda del pueblo donde se vendían a bajo coste joyas de turquesas. Baker lo retiró del parabrisas, lo arrugó y se sentó al volante. Su esposa, junto a él, con los brazos cruzados ante el pecho, miraba al frente. Baker puso el motor en marcha.

-De acuerdo, lo siento -dijo Liz con tono malhumorado.

Baker supo que ahí terminaban sus disculpas. Se inclinó hacia ella y la besó en la mejilla.

-No -respondió-. Has hecho lo que debías. Le hemos salvado la vida a ese anciano.

Liz sonrió.

Salieron del aparcamiento y se dirigieron a la carretera.

En el hospital, el anciano dormía con el rostro parcialmente cubierto por una mascarilla de oxígeno. Le habían administrado un sedante suave, y estaba relajado, respirando sin dificultad. Beverly Tsosie se hallaba al pie de la cama, reconsiderando el caso con Joe Nieto, un apache mescalero especialista en medicina interna y muy certero en los diagnósticos.

-Varón blanco, alrededor de setenta años. Ha llegado confuso, aturdido y desorientado en grado sumo. Leve insuficiencia cardíaca congestiva, enzimas hepáticas ligeramente altas, pero por lo demás bien.

-¿Y el coche no lo ha atropellado? -preguntó Nieto.

-Según parece, no. Pero es extraño. Lo han encontrado vagando justo al norte de la cañada de Corazón. Por allí no hay nada en quince kilómetros a la redonda.

-¿Y?

-Este hombre no presenta síntomas de haber estado expuesto al sol del desierto, Joe. Ni deshidratación, ni acidosis. Ni siquiera quemaduras.



-¿Crees que alguien lo ha abandonado allí? ¿Alguien que se ha cansado de que el abuelo se adueñara del mando a distancia?

-Sí, eso me temo.

-¿Y qué le pasa en los dedos?

-No lo sé -respondió Beverly-. Es algún problema circulatorio. Tiene las puntas de los dedos frías y cada vez más amoratadas; incluso existe riesgo de gangrena. Sea lo que sea, se ha agra vado desde su ingreso en el hospital.

-¿Es diabético?

-No.


-¿Tiene el síndrome de Raynaud?

-No.


Nieto se acercó a la cama y examinó los dedos.

-Sólo están afectadas las puntas. Se advierte únicamente deterioro distal.

-Exacto -convino Beverly-. Si no lo hubieran encontrado en el desierto, diría que es síntoma de congelación.

-¿Has comprobado los índices de metales pesados, Bev? Porque eso podría deberse a una exposición tóxica a metales pesados. Cadmio o arsénico. Eso explicaría el estado de los dedos y también la demencia.

-He extraído unas muestras. Pero los análisis para la detección de metales pesados se hacen en el hospital universitario de Albuquerque. No recibiremos el informe en menos de setenta y dos horas.

-¿Tienes su historial médico, algún documento de identidad, algo? -preguntó Nieto.

-Nada. Hemos dado su descripción a la policía por si coincide con la de alguna persona desaparecida y hemos enviado las huellas a Washington para que las contrasten con las bases de datos, pero tardaremos como mínimo una semana en saber algo.

Nieto asintió con la cabeza.

-Y cuando estaba exaltado y balbuceando, ¿qué decía?

-Hablaba en pareados y repetía siempre lo mismo, algo sobre Gordon y Stanley. Y luego decía: «En las plumas quanti quam estoy, y sin rumbo voy.»

-¿Quanti quam? ¿Eso no es latín?

Beverly se encogió de hombros.

-Hace mucho tiempo que no pongo los pies en la iglesia.

-Creo que «quanti quam» son unas palabras en latín -Insistió Nieto.

-Perdonen -los interrumpió de pronto una voz. Era el niño de gafas, sentado junto a su madre en la cama contigua.

-El cirujano aún no ha venido, Kevin -le informó Beverly-. En cuanto llegue, nos ocuparemos de tu brazo.

-No decía «en las plumas quanti quam» -corrigió el niño-. Decía «en la espuma cuántica».

-¿Cómo?


-«En la espuma cuántica.» Decía «en la espuma cuántica».

Los dos médicos se aproximaron a él.

-¿Y qué es exactamente la espuma cuántica? -preguntó Nieto, que al parecer encontraba graciosa la intromisión del niño.

Parpadeando tras las lentes de sus gafas, Kevin los miró con expresión seria y explicó:

-En dimensiones subatómicas muy pequeñas, la estructura del espacio-tiempo es irregular. No es uniforme; es algo así como burbujeante, espumosa. Y como eso se da a nivel cuántico, se llama «espuma cuántica».

-¿Qué edad tienes? -quiso saber Nieto.

-Once años.

-Lee mucho -aclaró su madre-. Su padre trabaja en Los Álamos.

Nieto movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

-¿Y para qué sirve esa espuma cuántica, Kevin?

-No sirve para nada -respondió el niño-. Es sencillamente la forma en que está hecho el universo a nivel subatómico.

-¿Por qué iba a hablar de eso este anciano?

-Porque es un conocido físico -dijo Wauneka, acercándose a ellos por el pasillo. Echó un vistazo a una hoja de papel que llevaba en la mano-. Es un comunicado de la policía metropolitana. Acaba de llegar. Joseph A. Traub, setenta y un años, físico de materiales. Especializado en metales superconductores. La empresa donde trabaja, la ITC Research de Black Rock, ha dado parte de su desaparición hoy al mediodía.

-¿Black Rock? Eso está cerca de Sandia -comentó Nieto, sorprendido. Era un lugar de la zona central de Nuevo México, a varias horas de viaje de allí---. ¿Cómo ha llegado ese hombre a la cañada de Corazón, en Arizona?

-No lo sé -dijo Beverly-. Pero...

Las alarmas empezaron a sonar.

Jimmy Wauneka quedó atónito por la rapidez con que ocurrió todo. El anciano levantó la cabeza, los miró con los ojos desorbitados y vomitó sangre. La mascarilla de oxígeno se tiñó de un vivo color rojo. Escapando a borbotones del interior de la mascarilla, la sangre le resbaló a chorros por las mejillas y salpicó la almohada y la pared. Un gorgoteo surgía de su garganta: estaba ahogándose en su propia sangre.

Beverly corría ya hacia él. Wauneka la siguió.

-¡Vuélvele la cabeza! -ordenaba Nieto-. ¡Vuélvesela!

Beverly retiró la mascarilla al anciano e intentó volverle la cabeza, pero él, forcejeando, se resistió, con pánico en la mirada aquel continuo gorgoteo en la garganta. Wauneka la apartó de un empujón, sujetó al anciano por la cabeza con las dos manos y, empleando todas sus fuerzas, lo obligó a colocarse de costado. El anciano volvió a vomitar, rociando de sangre los monitores y el uniforme de Wauneka.

-¡Succión! -dijo Beverly, y señaló un tubo prendido de la pared.

Sin soltar al anciano, Wauneka trató de alcanzar el tubo, pero el suelo estaba resbaladizo a causa de la sangre derramada. Patinó y se agarró a la cama para no caerse.

-¡Que venga alguien más! -exclamó Beverly-. ¡Necesito ayuda! ¡Succión!

Se hallaba de rodillas junto a la cama y hurgaba con los dedos dentro de la boca del anciano para apartarle la lengua. Wauneka recobró el equilibrio y advirtió que Nieto le tendía el tubo de succión. Lo cogió con los dedos manchados de sangre y vio que Nieto abría la llave de la válvula empotrada. Beverly se hizo con la sonda de neopreno y comenzó a succionar en la boca y la nariz del anciano. La sangre fluyó por el tubo. El hombre jadeó y tosió, pero se debilitaba por momentos.

-Esto no me gusta -dijo Beverly-. Mejor será... -Cambió el tono de las alarmas, tornándose más agudo y regular. Paro cardíaco-. ¡Maldita sea! ¡Desfibrilador, enseguida!

Nieto, al otro lado de la cama, sostenía las palas del desfibrilador con los brazos extendidos. Wauneka retrocedió en cuanto llegó Nancy Hood, abriéndose paso a través del corro de personas que se habían aglomerado alrededor del paciente. Percibió un penetrante olor y supo que el anciano había evacuado el vientre. De pronto se dio cuenta de que aquel hombre estaba a punto de morir.

-Apartaos -indicó Nieto a la vez que aplicaba las palas.

El cuerpo se sacudió. Los frascos del gotero se estremecieron. Las alarmas del monitor siguieron sonando.

-Corre la cortina, Jiminy -dijo Beverly.

Wauneka miró atrás y vio en la cama contigua al niño de gafas que contemplaba la escena boquiabierto. Cerró la cortina de un tirón.

Al cabo de una hora Beverly Tsosie, exhausta, se sentó ante un escritorio en un rincón de la sala para redactar el parte médico. Debería ser más completo que de costumbre, porque el paciente había muerto. Mientras revisaba el electrocardiograma, Jiminy Wauneka le llevó un café.

-Gracias -dijo ella-. Por cierto, ¿tienes el número de teléfono de esa empresa, la ITC? He de informarles.

-Ya me ocuparé yo de eso -ofreció Wauneka, apoyando la mano por un instante en el hombro de Beverly-. Tú has hecho bastante por hoy.

Sin darle tiempo a responder, se acercó al escritorio contiguo, abrió su bloc de notas y comenzó a marcar. Mientras esperaba, sonrió a Beverly.

-ITC Research -contestó por fin la telefonista al otro lado de la línea.

Wauneka se identificó y luego dijo:

-Llamo por la desaparición de un empleado de su empresa, Joseph Traub.

-Un momento, por favor. Le pongo con el director de recursos humanos.

Aguardó varios minutos al aparato. En la línea sonaba el hilo musical. Tapó el micrófono con la mano y, afectando toda la despreocupación posible, preguntó a Beverly:

-¿Estás libre para cenar o vas a visitar a tu abuela?

Ella continuó escribiendo sin levantar la vista del papel.

-Voy a ver a mi abuela.

-Era sólo una idea -dijo Wauneka, encogiéndose de hombros.

-Pero se acuesta temprano -añadió Beverly-. A eso de las ocho.

-¿Y te viene bien a esa hora?

Aún con la mirada fija en sus anotaciones, Beverly sonrió.

-Sí.

-Bueno, de acuerdo -dijo Wauneka, también sonriente.



-De acuerdo.

Se oyó un chasquido en la línea, y una mujer anunció:

-No cuelgue, por favor; le pongo con el doctor Gordon, vicepresidente primero.

-Gracias -respondió Wauneka. Con el vicepresidente primero nada menos, pensó.

Tras otro chasquido, una voz áspera dijo:

-Soy John Gordon.

-Doctor Gordon, le habla James Wauneka, del Departamento de Policía de Gallup. Llamo desde el hospital McKinley, en Gallup. Desgraciadamente, he de darle una mala noticia.

Visto a través de las ventanas de la sala de juntas de la ITC, el amarillento sol vespertino se reflejaba en los cinco edificios de cristal y acero que alojaban los laboratorios del centro de investigación de Black Rock. A lo lejos, negros nubarrones empezaban a formarse sobre el desierto. Pero en la sala los doce miembros del consejo de administración de la ITC se hallaban de espaldas a esa vista. Charlaban y tomaban café junto a un aparador mientras aguardaban el comienzo de la reunión. Las reuniones del consejo siempre se prolongaban hasta altas horas de la noche, porque el presidente de la ITC, Robert Doniger, era un noctámbulo incorregible y las programaba ya con esa intención. Como tributo a la brillantez de Doniger, los miembros del consejo de administración -todos ellos gerentes de grandes empresas o importantes capitalistas de riesgo- acudían pese a la elección de horarios.

En ese momento Doniger aún no había hecho acto de presencia. John Gordon, el fornido vicepresidente de Doniger, creía conocer la razón. Hablando todavía por un teléfono móvil, Gordon se dirigió hacia la puerta. En otro tiempo Gordon había sido director de proyecto de la Fuerza Aérea, y aún conservaba el porte militar. Llevaba un traje azul recién planchado y lustrosos zapatos negros. Con el móvil pegado al oído, dijo:

-Comprendo, agente.

Y a continuación se escabulló de la sala.

Tal como suponía, Doniger se hallaba en el pasillo. Se paseaba de arriba abajo como un niño hiperactivo, y de pie a un lado Diane Kramer, jefa del Departamento Jurídico de la ITC, lo escuchaba en silencio. Gordon vio a Doniger señalarla con el dedo en un gesto airado. Obviamente estaba apretándole las clavijas.

Robert Doniger, físico brillante y multimillonario, contaba treinta y ocho años. A pesar de las canas y el abultado vientre, mantenía un aire juvenil o, en opinión de algunos, infantil. Sin duda la edad no había limado las aristas de su carácter. La ITC era la tercera empresa que ponía en marcha. Había amasado su fortuna con las dos anteriores, pero su estilo de gestión seguía tan corrosivo y truculento como siempre. En la empresa, casi todos lo temían.

Por deferencia a la reunión del consejo, Doniger se había puesto un traje azul, renunciando a sus habituales pantalones caqui y camisetas. Pero se lo veía incómodo con el traje, como un adolescente a quien sus padres han obligado a vestirse de tiros largos

-Bien, muchas gracias, agente Wauneka -dijo Gordon por el teléfono-. Nosotros nos encargaremos de todo. Sí. Nos ocuparemos de eso inmediatamente. Gracias de nuevo. -Gordon plegó el móvil y se volvió hacia Doniger-. Traub ha muerto, y han identificado el cadáver,

-¿Dónde?


-En Gallup. Acaba de telefonearme un policía desde el servicio de urgencias del hospital.

-¿De qué creen que ha muerto? -preguntó Doniger.

-No lo saben. Suponen que de un paro cardíaco. Pero se ha observado alguna anomalía en los dedos, un trastorno circulatorio y van a realizar la autopsia. Lo exige la ley.

Doniger movió la mano en un gesto de irascible desinterés.

-Me importa un carajo. La autopsia no revelará nada. Trau tenía errores de transcripción. Nunca lo descubrirán. ¿Por qué me haces perder el tiempo con esa gilipollez?

-Acaba de morir uno de tus empleados, Bob -dijo Gordon.

-Sí, así es -respondió Doniger con frialdad-. Y yo no puedo hacer nada al respecto. Lo siento en el alma. ¡Qué pena, el pobre hombre! Envíale flores. Resuélvelo como te parezca, ¿entendido?

En momentos como aquél, Gordon respiraba hondo y se recordaba que Doniger era como cualquier empresario joven y dinámico al uso. Se recordaba que, sarcasmo aparte, Doniger casi siempre tenía la razón. Y se recordaba que en todo caso Doniger se había comportado así toda su vida.

Robert Doniger había empezado a mostrar indicios de genialidad a una edad muy precoz. En la escuela primaria leía ya manuales de ingeniería, y a los nueve años era capaz de reparar cualquier aparato electrónico -una radio, un televisor-, manipulando los cables y los tubos de vacío hasta que conseguía hacerlo funcionar. Cuando su madre expresó su temor a que se electrocutara, Doniger le contestó: «No digas idioteces.» Y cuando su abuela preferida murió, Doniger, sin derramar una sola lágrima, informó a su madre de que la anciana le debía aún veintisiete dólares y confiaba en que ella se hiciera cargo de la deuda.

Tras licenciarse summa cum laude en física por la Universidad de Stanford a los dieciocho años, Doniger se incorporó a Fermilab, cerca de Chicago. Seis meses después dejó su empleo, diciéndole al director del laboratorio que «la física de partículas es para capullos». Volvió a Stanford, donde empezó a trabajar en un campo que consideraba más prometedor: el magnetismo en los superconductores.

Ésa era una época en que científicos de toda índole abandonaban la universidad para crear compañías mediante las cuales obtener un rendimiento económico de sus descubrimientos. Doniger se marchó al cabo de un año para fundar Tech.Gate, una empresa que fabricaba ciertos componentes -que el propio Doniger había inventado de manera circunstancial- para el grabado de alta precisión de chips. Cuando Stanford se quejó de que esos descubrimientos los había realizado en sus laboratorios, Doniger respondió: «Si tienen algún problema, demándenme; si no, cierren la boca.»

Fue en Tech.Gate donde se hizo famoso el severo estilo de gestión de Doniger. Durante las reuniones con sus científicos se sentaba en un rincón y, precariamente retrepado en su silla, los asaeteaba con una pregunta tras otra: «¿Qué te parece esto?... ¿Por qué no hacéis eso?... ¿A qué se debe aquello?» Si la respuesta era de su agrado, decía: «Tal vez ... » Ése era el mayor elogio que podía esperarse de él. Pero si la respuesta no le gustaba, como solía ocurrir, replicaba: «¿Es que tienes el encefalograma plano?... ¿Aspiras a idiota?... ¿Quieres morir tan estúpido como ahora eres?... No tienes ni dos dedos de frente.» Y cuando lo sacaban de quicio, lanzaba lápices y cuadernos y, a voz en grito, decía: « ¡Gilipollas! ¡Sois todos unos gilipollas de mierda! »

Los empleados de TechGate soportaban las rabietas de Doniger, alias Marcha Fúnebre, porque era un físico brillante -mejor que ellos-, porque conocía a fondo las dificultades con que se enfrentaban sus equipos de trabajo, y porque invariablemente sus críticas eran acertadas. Por molesto que resultara, ese hiriente estilo surtía efecto. En dos años TechGate experimentó un notable desarrollo.

En 1984 Doniger vendió la empresa por cien millones de dólares. Ese mismo año la revista Time lo incluyó entre las cincuenta personas menores de veinticinco años «que forjarán el fin de siglo». En esa lista figuraban también Bill Gates y Steve Jobs.

-¡Maldita sea! -exclamó Doniger, volviéndose hacia Gordon-. ¿Es que tengo que ocuparme personalmente de todo? ¡Por Dios! ¿Dónde han encontrado a Traub?

-En el desierto. En la reserva de los indios navajos.

-¿Dónde exactamente?

-A unos quince kilómetros al norte de Corazón, eso es lo único que sé. Por lo visto, por allí no hay prácticamente nada.

-Muy bien -dijo Doniger-, enviad a Corazón a Baretto, el de Seguridad, con el coche de Traub. Ordenadle que pinche una rueda y lo deje abandonado en el desierto.

Diane Kramer se aclaró la garganta. Era una mujer de poco más de treinta años y cabello oscuro. Vestía un traje sastre negro.

-No sé si eso es muy correcto, Bob -comentó, adoptando su pose de abogada-. Estás falseando pruebas...

-¡Claro que estoy falseando pruebas! Ésa es precisamente la intención. Alguien querrá saber cómo llegó Traub hasta allí. Así que dejemos su coche en los alrededores para que lo encuentren.

-Pero no sabemos exactamente dónde...

-No importa exactamente dónde. Hacedlo.

-Eso significa que Baretto y alguien más estarán enterados de esto...

-¿Y eso qué más da? -la interrumpió Doniger-. Hacedlo, Diane.

Se produjo un breve silencio. Diane Kramer arrugó la frente y bajó la mirada, claramente descontenta.

-Gordon -dijo Doniger-, ¿te acuerdas de cuando Garman iba a conseguir aquel contrato y mi antigua empresa iba a perderlo? ¿Te acuerdas de la filtración a la prensa?

-Lo recuerdo -respondió Gordon.

-A ti no te llegaba la camisa al cuerpo -prosiguió Doniger con una sonrisa de suficiencia. Volviéndose hacia Kramer, explicó-: Garman estaba gordo como un cerdo. De pronto perdió mucho peso porque su mujer lo puso a dieta. Filtramos a la prensa que Garman tenía un cáncer inoperable y su empresa iba a cerrar. Él lo desmintió, pero debido a su aspecto no le creyó nadie. Obtuvimos el contrato, y le mandé a su mujer una cesta enorme de fruta. -Se echó a reír-. Pero la cuestión es que nunca llegó a conocerse la procedencia de la filtración. Todo vale, Diane. Los negocios son los negocios. Dejad en el desierto ese condenado coche.

Kramer asintió, pero mantenía la mirada fija en el suelo.

-Y luego quiero saber cómo entró Traub en la sala de tránsito -continuó Doniger-. Porque ya había hecho demasiados viajes y acumulado demasiados errores de transcripción. Había rebasado el límite. No debía hacer un solo viaje más. No tenía autorización para acceder a tránsito. En esa zona hemos extremado las medidas de seguridad. ¿Cómo entró, pues?

-Creemos que tenía un pase de mantenimiento, para revisar las máquinas -contestó Kramer-. Esperó al cambio de turno de la noche y tomó una máquina. Pero todavía nos faltan algunas comprobaciones.

-No quiero comprobaciones, Diane -dijo Doniger con sorna-. Quiero soluciones.

-Lo resolveremos, Bob.

-Más os vale -repuso Doniger-. Porque esta empresa, se enfrenta ahora con tres problemas graves, y Traub es el menos grave de ellos. Los otros dos son de la máxima importancia. De una importancia vital.

Doniger siempre había tenido el don de anticiparse a los acontecimientos. En 1984 vendió TechGate porque preveía que los chips de ordenador «tocarían techo». Por entonces parecía un temor infundado. Cada dieciocho meses la potencia de los chips se duplicaba y su coste se reducía a la mitad. Sin embargo Doniger comprendió que esos avances eran fruto de una creciente compresión de los componentes en el chip. Esa tendencia no podía continuar eternamente. Al final, los circuitos estarían impresos tan densamente que los chips se fundirían a causa del calor. Eso imponía un tope máximo a la potencia de los ordenadores. Doniger sabía que la sociedad exigiría una velocidad de procesamiento cada vez mayor, pero no veía la manera de conseguirla.

Frustrado, volvió a centrarse en uno de sus anteriores intereses, el magnetismo en los materiales superconductores. Fundó una segunda empresa, Advanced Magnetics, que en poco tiempo era propietaria de varias patentes fundamentales para los nuevos equipos de formación de imágenes por resonancia magnética que empezaban a revolucionar la medicina. Advanced Magnetics se embolsaba un cuarto de millón de dólares en concepto de derechos por cada equipo de RM fabricado. Era «una vaca lechera -comentó Doniger en una ocasión-, e igual de interesante que ordeñar a una vaca». Aburrido y deseoso de nuevos retos, vendió Advanced Magnetics en 1988. Por entonces tenía veintiocho años, y su fortuna ascendía a mil millones de dólares. Pero en su opinión no había aún destacado lo suficiente.

Un año después, en 1989, creó la ITC.

Uno de los héroes de Doniger era el físico Richard Feynman. A principios de la década de los ochenta, Feynman había especulado sobre la posibilidad de crear un ordenador usando las propiedades cuánticas de los átomos. En teoría, dicho ordenador sería millones y millones de veces más potente que cualquier ordenador construido hasta la fecha. Pero la hipótesis de Feynman implicaba el desarrollo de una tecnología «nueva» en el sentido más estricto de la palabra: una tecnología que debía partir de cero, una tecnología que cambiaría todas las reglas. Como nadie concebía un método viable para construir un ordenador cuántico, la comunidad científica pronto olvidó la hipótesis de Feynman.

Pero no así Doniger.

En 1989 Doniger empezó a desarrollar el primer ordenador cuántico. La idea era tan radical -y tan arriesgada- que ni siquiera hizo público su propósito. Eligió un nombre neutro para su nueva empresa: ITC, sigla de International Technology Corporation. Instaló la sede en Ginebra y se rodeó de físicos que habían trabajado para el CERN.

Desde ese momento no volvió a oírse hablar de Doniger, ni de su empresa, en varios años. La gente supuso que se había retirado, o al menos eso pensaban los pocos que se acordaban aún de él. Al fin y al cabo, era corriente que los empresarios prominentes del sector de la alta tecnología se perdieran de vista después de enriquecerse.

En 1994 la revista Time publicó la lista de las veinticinco personas menores de cuarenta años que estaban forjando el mundo. Robert Doniger no se encontraba entre ellas. A nadie le importó; nadie lo recordaba.

Ese mismo año trasladó la ITC a Estados Unidos, estableciendo un laboratorio en Black Rock, Nuevo México, a una hora de Albuquerque. Un observador atento habría advertido que había elegido otra vez un lugar donde tenía a mano un buen plantel de físicos. Pero no había observador alguno, ni atento ni desatento.

Así pues, nadie reparó en el continuo crecimiento de la ITC a lo largo de la década de los noventa. Se construyeron más laboratorios en la sede de Nuevo México, y se contrató a más físicos. El consejo de administración de Doniger pasó de seis a doce miembros. Todos eran gerentes de compañías que habían invertido en la ITC o capitalistas de riesgo. Todos habían firmado draconianos acuerdos de confidencialidad en virtud de los cuales se comprometían a dejar en depósito importantes sumas a modo de garantía personal, a someterse a la prueba del detector de mentiras en cualquier momento a petición de la ITC, y a consentir que la ITC interviniera sus líneas telefónicas sin previo aviso cuando lo considerara oportuno. Además, Doniger exigió una inversión mínima de trescientos millones de dólares por cabeza. Ése era, explicó con arrogancia, el precio de un asiento en el consejo de administración. «Si quieren saber qué me traigo entre manos, formar parte de lo que se hace aquí, les costará trescientos millones. Tómenlo o déjenlo. A mí me importa un carajo tanto lo uno como lo otro.»

Pero sí le importaba. La ITC tenía un escalofriante coste de lanzamiento: habían gastado más de tres mil millones en los últimos nueve años. Y Doniger sabía que necesitaría más dinero.

-Problema número uno -dijo Doniger-: nuestra capitalización. Necesitamos otros mil millones antes de que salga el sol. -Señaló con el mentón hacia la sala de juntas-. Ellos no van a proporcionárnoslo. He de conseguir que aprueben la incorporación al consejo de otros tres miembros.

-No va a ser fácil convencerlos -advirtió Gordon.

-Lo sé -respondió Doniger-. Conocen el coste de lanzamiento, y quieren saber hasta cuándo vamos a continuar así. Quieren resultados concretos. Y eso precisamente voy a ofrecerles hoy.

-¿Qué resultados concretos?

-Una victoria. Esos capullos necesitan una victoria, alguna novedad espectacular acerca de uno de los proyectos.

Kramer respiró hondo.

-Bob, todos son proyectos a largo plazo -recordó Gordon.

-Alguno debe de estar casi a punto, por ejemplo el Dordogne.

-No lo está. Yo personalmente no te recomiendo ese planteamiento.

-Y yo necesito una victoria -insistió Doniger-. El profesor Johnston lleva tres años en Francia con sus chicos de Yale a cuenta de la ITC. Tiene que haber algo que enseñar.

-Todavía no, Bob. Además, no hemos conseguido aún todas las tierras.

-Hay tierras suficientes.

-Bob...


-Diane irá a visitarlos. Ella puede presionarlos con delicadeza.

-Al profesor Johnston no va a gustarle -dijo Gordon.

-Estoy seguro de que Diane sabrá manejar a Johnston.

Uno de los ayudantes de dirección abrió la puerta de la sala de juntas y se asomó al pasillo.

-¡Un momento, maldita sea! -protestó Doniger, pero se dirigió de inmediato hacia la sala. Volviendo la cabeza, ordenó-. Haced lo que os he dicho.

A continuación entró en la sala y cerró la puerta.

Gordon se alejó con Kramer. El taconeo de ella resonó en el pasillo. Gordon echó una ojeada al suelo y vio que, bajo el formal traje sastre de Jil Sander, calzaba unos zapatos altos sin talón. Era la característica imagen de Diane Kramer: seductora e inalcanzable al mismo tiempo.

-¿Estabas enterada de sus planes? -preguntó Gordon.

Kramer asintió con la cabeza.

-Pero no hacía mucho. Me ha informado hace una hora.

Reprimiendo su irritación, Gordon guardó silencio. Él llevaba doce años colaborando con Doniger, desde la época de Advanced Magnetics. En la ITC, había supervisado una operación de investigación industrial en dos continentes, encargándose de la contratación de docenas de físicos, químicos e informáticos. Había tenido que ponerse al día en temas como los metales superconductores, la compresión fractal, los bits cuánticos y el intercambio lónico de alta velocidad. Pese a estar metido hasta el cuello en la física teórica -y de la peor especie-, la ITC había cumplido los objetivos fijados, el desarrollo iba según lo previsto, y el presupuesto se había rebasado dentro de unos límites razonables. Sin embargo sus éxitos no le habían servido para granjearse la confianza de Doniger.

Kramer, en cambio, siempre había disfrutado de una relación especial con Doniger. Había empezado como abogada de un bufete externo al servicio de la empresa. Doniger consideró que poseía talento y clase y la contrató. Después de eso fueron amantes durante una temporada, y aunque la aventura había terminado hacía mucho, Doniger seguía teniendo en cuenta su opinión. Kramer había logrado atajar a tiempo varios desastres potenciales.

-Hemos mantenido esta tecnología en secreto durante diez años -dijo Gordon-. Si nos paramos a pensarlo, resulta milagroso. Traub ha sido el primer incidente que escapa a nuestro control. Afortunadamente, el caso ha -acabado en manos de un policía pueblerino, y no pasará de ahí. Pero si Doniger remueve el asunto en Francia, alguien empezará a atar cabos. Y ya anda tras nuestros pasos esa periodista de París. Si Bob no va con cuidado, podría destaparlo todo.

-Me consta que ha pensado en eso -respondió Kramer-. Ése es el segundo gran problema.

-¿El riesgo de que salga todo a la luz?

-Sí.


-¿Y no le preocupa? -preguntó Gordon.

-Sí, le preocupa. Pero, por lo visto, tiene un plan al respecto.

-Eso espero -dijo Gordon-. Porque no podemos contar con que sea siempre un policía pueblerino quien investigue nuestros trapos sucios.

A la mañana siguiente James Wauneka llegó al hospital McKinley con la intención de ver a Beverly Tsosie para comprobar los resultados de la autopsia del anciano. Le informaron de que Beverly había subido a la unidad de resonancia magnética, y fue a buscarla allí.

La encontró en la pequeña sala de paredes beige contigua al escáner. Hablaba con Calvin Chee, el técnico en RM. Sentado ante la consola del equipo, Chee mostraba sucesivas imágenes en blanco y negro a través del monitor. Todas las imágenes contenían cinco círculos dispuestos en fila, y éstos disminuían de tamaño gradualmente a medida que Chee saltaba de una a otra imagen.

-Calvin -decía Beverly-. Es imposible. Tiene que ser un artefacto.

-Me pides que revise todos los datos, ¿y ahora no me crees? -protestó Chee-. No es un artefacto, Bev, te lo aseguro. Es real. Fíjate, aquí tienes la otra mano.

Chee introdujo una serie de instrucciones a través del teclado, y en la pantalla apareció un óvalo horizontal con cinco círculos más claros en el interior.

-¿De acuerdo? Ésta es la palma de la mano izquierda, vista en sección transversal. -Se volvió hacia Wauneka-. Poco más o menos lo mismo que verías si pusieras la mano en el tajo de un carnicero y la cortaras de parte a parte.

-Muy simpático, Calvin -reprochó Beverly.

-Sólo quiero que quede claro para todos. -Chee miró de nuevo el monitor-. Veamos, los puntos de referencia. Esos cinco círculos se corresponden con los cinco huesos del metacarpo. Esto otro son los tendones que los comunican con los dedos. Recordemos que, en su mayoría, los músculos que accionan la mano se encuentran en el antebrazo. Bien. Ese círculo de pequeño diámetro es la arteria radial, que proporciona riego sanguíneo a la mano a través de la muñeca, Bien, ahora nos desplazaremos hacia el exterior desde la muñeca, en secciones transversales. -Las imágenes cambiaron. El óvalo se estrechó, y uno a uno, los huesos se separaron, como una ameba dividiéndose. En ese momento había sólo cuatro círculos-. Muy bien. Ya hemos dejado atrás la palma de la mano y vemos únicamente los dedos. Pequeñas arterias en cada dedo, bifurcándose conforme avanzamos, reduciéndose de tamaño pero todavía visibles. ¿Las veis, aquí y aquí? De acuerdo. Ahora seguimos hacia las puntas de los dedos. Estamos aún en las falanges proximales; los huesos se ensanchan y llegamos a los nudillos. Y ahora fijaos en las arterias, mirad cómo continúan... sección a sección... y de pronto...

-Parece una falla -comentó Wauneka, frunciendo el entrecejo-. Como si se hubiera producido un salto.

-Y se ha producido un salto -confirmó Chee-. Las arteriolas están desalineadas. Hay una discontinuidad. Os lo mostraré otra vez. -Retrocedió a la sección anterior y luego avanzó de nuevo. No cabía la menor duda: los círculos de las arteriolas habían cambiado de posición, desplazándose a un lado-. A eso se debía la gangrena en los dedos. Faltaba riego porque las arteriolas estaban desalineadas. Es como si hubiera un desajuste o algo así.

Beverly movió la cabeza en un gesto de negación.

-Calvin...

-En serio. Y no sólo aquí. En otras partes del cuerpo se observa la misma anomalía. En el corazón, por ejemplo. Este hombre murió de un infarto agudo, ¿no? No es de extrañar, porque las paredes ventriculares también estaban desalineadas.

-Por el tejido cicatricial de alguna antigua intervención -dijo Beverly-. Vamos, Calvin. Tenía setenta y un años. El corazón le había funcionado toda la vida, al margen de si existía o no algún problema. Igual que las manos. Si esa desalineación de las arteriolas fuera real, habría perdido los dedos hace años. Y no los había perdido. Además, esa lesión era reciente; empeoró mientras el anciano estaba internado en este hospital.

-¿Y qué quieres decir con eso? -preguntó Chee-. ¿Que la máquina se equivoca?

-No se me ocurre otra explicación -contestó Beverly-. ¿No es cierto que el hardware puede producir errores de registro? ¿Y no falla a veces el software de reproducción a escala?

-He comprobado la máquina, Bev. Está en perfectas condiciones.

Beverly se encogió de hombros.

-Lo siento, pero no me lo creo. Tiene que haber algún problema en el equipo. Mira, si tan seguro estás de esos resultados, baja a patología y examina directamente el cuerpo de ese hombre.

-Ésa era mi intención -repuso Chee-. Pero ya han pasado a retirar el cadáver.

-¿Ya? -dijo Wauneka-. ¿Cuándo?

-A las cinco de la madrugada. Alguien de su empresa.

-Pero la empresa está cerca de Sandia -adujo Wauneka-. Quizá el cadáver esté aún en camino...

-No. -Chee negó con la cabeza-. Lo han incinerado esta mañana.

-¿Dónde?


-Aquí en Gallup, en el tanatorio.

-¿Lo han incinerado aquí? -dijo Wauneka, sorprendido.

-Como lo oyes -respondió Chee-. Ya te digo que en este asunto hay algo raro.

Beverly Tsosie se cruzó de brazos y observó a los dos hombres.

-Yo no veo nada raro -declaró-. Su empresa ha considerado que era la mejor solución, porque así podían arreglarlo todo por teléfono, a distancia. Debieron de llamar al tanatorio para encargarles que vinieran a recoger el cadáver y lo incineraran. Es una práctica corriente, sobre todo cuando el difunto no tiene parientes vivos. Así que dejaos de estupideces, y tú, Calvin, avisa al servicio de asistencia para que reparen esa máquina. Tienes un problema con el equipo de resonancia magnética... y eso es todo.

Jiminy Wauneka deseaba zanjar el caso Traub cuanto antes. Pero al bajar de nuevo a la sala de urgencias vio la ropa y los efectos personales del anciano en una bolsa de plástico. No tenía más remedio que volver a telefonear a la ITC. En esta ocasión habló con una tal señorita Kramer, otra vicepresidenta. El doctor Gordon estaba reunido y no podía ponerse.

-Llamo con relación al doctor Traub -dijo.

-Ah, sí. -Un triste suspiro-. Pobre doctor Traub, era tan buen hombre...

-El cadáver ha sido incinerado esta mañana, pero aún están aquí sus efectos personales. No sé qué quieren que hagamos con ellos.

-El doctor Traub no tenía familiares vivos -contestó la señorita Kramer-. Dudo que a alguien de la empresa le interese quedarse con su ropa o ninguna otra cosa. ¿A qué efectos personales se refiere?

-Bueno, encontramos una especie de plano en un bolsillo. Parece una iglesia, o quizá un monasterio.

-Ajá.


-¿Tiene idea de por qué llevaba encima el doctor Traub el plano de un monasterio? -preguntó Wauneka.

-No, no sabría decirle. Para serle sincera, el doctor Traub se comportaba últimamente de una manera un poco extraña. Estaba muy deprimido desde la muerte de su esposa. ¿Seguro que es un monasterio?

-No, tanto como seguro no. En realidad, no sé qué es. ¿Quieren conservar el dibujo?

-Si no le importa enviárnoslo... -dijo la señorita Kramer.

-¿Y el objeto de cerámica?

-¿El objeto de cerámica?

-El doctor Traub tenía un trozo de cerámica, cuadrado, de unos dos centímetros de lado, con las siglas ITC grabadas -explicó Wauneka.

-Ah, comprendo. Eso no es problema.

-Me pregunto qué puede ser.

-¿Qué puede ser? Una placa de identificación -respondió la señorita Kramer.

-No se parece a ninguna placa de identificación de las que yo conozco.

-Es un modelo nuevo. Las usamos para abrir puertas de seguridad.

-¿También quiere que se la devuelva?

-Si no le representa mucha molestia... Mire, le daré nuestro número de FedEx, y bastará con que lo meta todo en un sobre y lo deje en la oficina o el buzón más cercano.

Jimmy Wauneka colgó el auricular y pensó: Farsante.

Telefoneó al padre Grogan, el sacerdote católico de su parroquia, y le describió el plano, mencionándole también la abreviatura escrita al pie de la hoja: «mon.ste.mere».

-Eso ha de ser el monasterio de Sainte-Mére -dijo el padre Grogan de inmediato.

-¿Es un monasterio, pues?

-Sí, sin duda.

-¿Dónde está? -preguntó Wauneka.

-No lo sé. No es un nombre español. «Mére» significa «Madre» en francés. «Santa Madre» se refiere a la Virgen María. Quizá esté en Luisiana.

-¿Cómo podría localizarlo?

-Por algún sitio guardo una guía de monasterios -contestó el padre Grogan-. Dame un par de horas, y lo consultaré.

-Lo siento, Jimmy, pero yo no veo aquí ningún misterio.

Carlos Chávez era el subjefe de policía de Gallup, cercano ya a la edad de jubilación, y Jimmy Wauneka contaba con su asesoría desde que estaba al frente del departamento. En ese momento Chávez, retrepado en su silla con los pies sobre el escritorio, escuchaba a Wauneka con manifiesta expresión de escepticismo.

-Lo extraño -dijo Wauneka- es que recogieron a ese hombre cerca de la cañada de Corazón, trastornado y delirando, pero no presentaba quemaduras del sol, ni deshidratación, ni síntoma alguno de haber estado a la intemperie en medio del desierto.

-Eso es porque lo dejaron allí abandonado. Su familia lo obligó a bajar del coche.

-No. No tenía parientes vivos.

-Bueno, entonces llegó allí conduciendo él mismo -sugirió Chávez.

-Nadie vio ningún coche en los alrededores.

-¿Quién es nadie?

-La pareja que lo recogió -contestó Wauneka.

Chávez lanzó un suspiro.

-¿Fuiste personalmente a la cañada de Corazón a ver si había algún coche?

-No -admitió Wauneka tras una breve vacilación.

-Por tanto, diste por buena la palabra de esa gente.

-Sí, supongo.

-¿Supones? --dijo Chávez-. Lo cual significa que aún podría haber por allí un coche abandonado.

-Sí, es posible.

-Bien, ¿y después qué has hecho?

-Esta mañana he telefoneado a su empresa, la ITC -respondió Wauneka.

-¿Y qué te han dicho?

-Que Traub estaba deprimido por la muerte de su mujer.

-Tiene lógica.

-No estoy muy seguro -dijo Wauneka-. Averigüé que Traub vivía en un bloque de apartamentos y me puse en contacto con el administrador de la finca. La esposa murió hace un año.

-Así pues, esto ha ocurrido en una fecha cercana al aniversario de su muerte, ¿no? Es cuando suele ocurrir, Jiminy.

-Creo que debería ir a Black Rock y hablar con alguien de ITC Research.

-¿Para qué? -preguntó Chávez-. Eso está a cuatrocientos kilómetros del lugar donde se encontró a ese hombre.

-Lo sé, pero...

-Pero ¿qué? ¿Cuántas veces se queda aislado algún turista en las reservas? ¿Tres o cuatro al año? Y en la mayoría de los casos aparecen muertos, o mueren poco después, ¿no?

-Sí -admitió Wauneka.

-Y siempre por una de dos razones: bien son místicos de la New Age que vienen para estar en comunión con el dios águila y el coche se les queda atascado en la arena o se les avería, bien están deprimidos. O lo uno o lo otro. Y ese hombre estaba deprimido.

-Eso dicen...

-Por la muerte de su mujer. Oye, yo lo creo. -Chávez suspiró-. En esas circunstancias, unos se deprimen y otros saltan de alegría.

-Pero quedan algunas preguntas sin respuesta -prosiguió Wauneka-. Hay una especie de plano... y un objeto de cerámica...

-Jiminy, siempre quedan preguntas sin respuesta. -Chávez lo miró con los ojos entornados-. ¿Qué pasa? ¿Quieres impresionar a esa monada de médica?

-¿Qué médica?

-Ya sabes a quién me refiero.

-No, por Dios -replicó Wauneka-. Según ella, no hay nada anormal en todo esto.

-Y tiene razón. Déjalo correr.

-Pero...

-Jimmy, hazme caso: déjalo ya -Insistió Chávez.

-De acuerdo.

-Lo digo muy en serio.

-De acuerdo -repitió Wauneka-, lo dejaré estar.

Al día siguiente la policía de Shiprock detuvo a una pandilla de chicos de trece años que viajaba en un coche robado con matrícula de Nuevo México. La documentación del vehículo hallada en la guantera estaba a nombre de Joseph Traub. Los chicos declararon que habían encontrado el coche abandonado en la cuneta cerca de la cañada de Corazón, con las llaves en el contacto. Habían estado bebiendo, y el interior del coche había quedado hecho un desastre, pegajoso a causa de la cerveza derramada.

Wauneka no se molestó en ir a examinarlo.

Un día después el padre Grogan le devolvió la llamada.

-He consultado lo que me preguntaste -dijo, y no existe en todo el mundo ningún monasterio de Sainte-Mére.

-Bien, gracias -respondió Wauneka-. Es lo que suponía. Otro punto muerto.

-En el pasado hubo en Francia un monasterio con ese nombre, pero quedó reducido a cenizas en el siglo XIV. Ahora está en ruinas, y de hecho un equipo de arqueólogos de Yale y la Universidad de Toulouse empezó a excavarlo hace un tiempo. Sin embargo, por lo que se ve, apenas hay nada en pie.

-Ya... -dijo Wauneka, pero de pronto recordó unas frases pronunciadas por el anciano antes de morir, uno de sus absurdos pareados: «Yale en Francia, gran discrepancia.» o algo parecido.

-¿Dónde?

-En el suroeste de Francia, cerca del río Dordogne.

-¿Dordogne? ¿Cómo se escribe eso? -preguntó Wauneka.




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