Metalogos: los Evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad



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Esta versión castellana ha sido esmeradamente revisada por:


Higinio Alas Gómez, Profesor Emérito de Ciencias Religiosas, la Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica;
José Cascant Ribelles (Doctor en Sagrada Teología, Navarra), anteriormente Rector del Seminario Mayor de Arequipa, Perú;
Dr. Pedro José Chamizo Domínguez, Profesor de Filosofía del Lenguaje, la Universidad de Málaga, España.


Metalogos:
Los Evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad

Proyecto Copto Ecuménico
t.mn-t.son77m-.pe.xristos
www.metalog.org

Impreso IV.92, Internet I.98, Revisado I.12




«¡Maravillad a lo presente!»—Las Tradiciones del Apóstol Matías

Introducción

En diciembre del año 1945 dos campesinos egipcios musulmanes, Muhámad Alí al-Samán y su her-mano Jalífah Alí, encontraron más de 1.100 páginas de antiguos manuscritos en papiro, enterrados junto al acantilado oriental en el valle del Alto Nilo. Los textos eran traducciones de originales griegos al copto, que era la etapa helenística de la antigua camítica lengua faraónica (Gén 10:6). Ese dialecto evolucionó después de la conquista por Alejandro Magno en el 332 a.C. y posteriormente fue reemplazada por el árabe como la lengua vernácula egipcia después de la conquista musulmana en el 640 d.C. Así pues, el copto se convirtió en la lengua de la iglesia egipcia primitiva y permanece como su lenguaje litúrgico hasta hoy día.


El yacimiento de este descubrimiento, al otro lado del río del pueblo moderno de Nag Hammadi, ya era famoso como el pueblo en la antigüedad llamado  (‘pastizal de gansos’), donde en el 320 d.C. San Pacomio fundó el primer monasterio cristiano. Poco menos de medio siglo después, en el 367 d.C., los monjes locales copiaron unos 45 escritos religiosos y filosóficos diversos—entre los que se encuentran los evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad, además de una parte de la República de Platón (588A-589B)—en una docena de códices encuadernados en cuero. Esta biblioteca entera fue cuidadosamente sellada en una urna y escondida cerca, entre las rocas, donde permaneció sin descubrirse durante casi 1.600 años. Estos papiros, vistos por primera vez por eruditos en marzo de 1946 (Jacques Schwarz y Charles Kuentz, Códice II, en una tienda de antigüedades de El Cairo), se han conservado desde 1952 en el Museo Copto del Cairo Antiguo. La edición fotográfica más temprana del manuscrito del sumamente importante Códice II, fue editada por el Dr. Pahor Labib (El Cairo: Departamento Gubernamental de Antigüedades, 1956).
El autor del Evangelio de Tomás se presenta como Santo Tomás el apóstol, uno de los doce. El docu-mento consta de una colección de más de cien dichos y diálogos cortos del Salvador, sin conexión narrativa. Algunos de estos dichos fueron citados como Escritura por autores cristianos en la antigüedad—por ejemplo, los Dichos 2/22/27/37 por Clemente de Alejandría (hacia 150-211 d.C.) en su Stromata (Remiendos)—aunque sin atribución explícita a Tomás. Últimamente, hace 100 años en Oxirrinco de Egipto se encontraron algunos fragmentos de lo que ya sabemos es una versión previa de Tomás en griego, por la paleografía fechada así: Pap.Ox 1 (Tom 26-33/77, 200 d.C.); Pap.Ox 6541 (Tom Prólogo/1-7, 250 d.C.); Pap.Ox 655 (Tom 36-39, 250 d.C.)—véase Biblio.11, abajo. El descubrimiento más reciente de la versión copta sahídica (S) de Tomás, nos ha permitido por fin tener acceso a este evangelio en su totalidad. Pruebas adicionales, como el asíndeton en logion 6, revelan una fuente semítica anterior (véase Guillamont, Comentarios Eruditos Modernos). Como se indica en el artículo de prensa abajo citado, casi todos los eruditos bíblicos que han estado estudiando este documento desde su primera publicación, han concluido que Tomás debe ser aceptado como un verdadero quinto evangelio, de una autoridad igual a la de San Juan y los sinópticos. Es particularmente de interés que varios de los logia en Tomás (12/24/28/37) son evidentemente dichos de la post resurrección.
El Evangelio de Felipe—como se puede inferir de sus dichos 51/82/98/101/137—se compuso al menos en parte después del 70 d.C. por San Felipe llamado el evangelista (no el apóstol), que aparece en los Hechos de los Apóstoles en 6:1-6/8:4-40/21:8-14. No hay ni una referencia ni una cita previa conocida de este com-plejo texto, que es una traducción al sahídico de una serie elegante de reflexiones sobre la tradición abra-hámica, sobre Israel y el Mesías encarnado, mientras que elabora una metafísica de idealismo espiritual.
El Evangelio de la Verdad se compuso alrededor del año 150 d.C. por Valentín, el famoso santo de Ale-jandría (nacido hacia 100 d.C.). Se trata de una entretejida meditación continua sobre el Logos—pero hasta su descubrimiento en Nag Hammadi (en el dialecto sub-akhmímico, A²), no se conocía ni una frase sobreviviente de esta noble composición. (Una versión inglesa preliminar de otro texto de Nag Hammadi, el cual también podría ser por Valentín: www.metalog.org/files/supremacy.html.)
En los primeros años después del descubrimiento de estos documentos y antes de que los estudiosos pudieran escudriñarlos suficientemente, era habitual describirlos colectivamente como ‘gnósticos’ (así p.ej. Grant y Freedman [1960], en Comentarios Eruditos Modernos). Éste ha sido siempre un término genérico para la mezcla mediterránea de anti-sensoriales cultos de misterios de los primeros siglos d.C. El ‘gnosti-cismo’—sea oriental, platónico, de las religiones de misterio, o teosófico—considera por definición al uni-verso perceptible, incluso nuestras vidas encarnadas además de toda la historia humana, bíblica o no, como inherentemente ilusorio y/o maligno. En cambio, según el Antiguo Testamento y los evangelios canónicos, este universo no es ni irreal ni malo sino creado divinamente y bueno: así, entre un sinfín de ejemplos, Gén 1:31 (‘todo cuanto había hecho [Dios], era bueno en gran manera’) y Lc 24:39 (‘carne [y] huesos como ... yo tengo’). Desdichadamente, al principio ‘gnosticismo’ fue usado como un cajón de sastre para meter en él a todos los diversos escritos de Nag Hammadi. Una investigación detallada muestra con claridad que ni Tomás ni Felipe ni el Evangelio de la Verdad tiene contenido gnóstico, puesto que cada uno de ellos afirma explíci-tamente la realidad sagrada de la encarnación humana, junto con su contexto histórico (véase Comentario 1).
Los cánones del Nuevo Testamento de la iglesia occidental (católica/protestante), ortodoxa, copta, armenia, etíope y siria/nestoriana difieren significativamente entre sí—y esos listados incluso fueron discu-tidos por las diversas ramas del cristianismo hasta muchos siglos d.C.; antes había solamente opiniones diver-sas recordadas por una variedad de individuos mucho tiempo después de la era apostólica, referentes no sólo a los textos generalmente aceptados hoy día, sino también a escritos como la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas, el Evangelio de los Egipcios, el Evangelio de los Hebreos (en el cual Cristo se refiere a la Sagrada Espíritu1 como su Madre), las Tradiciones de Matías, el Apocalipsis de Pedro, la Didajê y los Hechos de Pablo. Así, el Códice Sinaítico, de mediados del siglo IV, incluye tanto Bernabé como el Pastor de Hermas, mientras que el Códice Alejandrino, de primeros del siglo V, contiene I y II Clemente además de los Salmos de Salomón. No hubo ningún concilio de la Iglesia sobre el canon del NT hasta el Sínodo de Laodicea (363 d.C.), el cual de hecho rechazó el Apocalipsis de San Juan. Doce siglos después (!), se estableció por fin el canon occidental por el Concilio de Trento (1546 d.C.), el cual definió la lista actual de 27 libros como un artículo de la fe católica (aunque los concilios episcopales prudentemente nunca han pretendido ser infalibles; el voto en Trento fue de 24 contra 15, con 16 abstenciones—como si la comunidad apostólica original hubiera sido una democracia en lugar de un reino2); esta lista entonces fue aceptada por las varias sectas protestantes. Las diversas iglesias orientales tienen historias igualmente complicadas para establecer sus cánones respec-tivos del NT: así, el canon armenio incluye un III Corintios paulino; el NT copto contiene I y II Clemente; el Peshita nestoriano excluye II y III Juan, Judas y el Apocalipsis; y la Biblia etíope añade unos libros llamados los Sínodos, la Epístola de Pedro a Clemente, el Libro de la Alianza, y la Didascalia. (Biblio.28)
No obstante, es de destacar que los Evangelios de Tomás, Felipe y la Verdad evidentemente no eran conocidos por ninguna de esas tradiciones en el momento de sus intentos por establecer un canon del NT, pues jamás se mencionaron durante sus prolongadas deliberaciones—y por ello ni siquiera se tuvieron en cuenta para ser incluidos en sus listas respectivas. En todo caso, el concepto de un canon ciertamente nunca fue inventado para excluir la posible inspiración de descubrimientos posteriores de textos o de ágrafa aislados (Lc 1:1, Jn 21:25).
Lo que sucediera durante los primeros tres siglos y medio d.C., antes de los intentos eclesiásticos más tempranos para establecer un canon, es notoriamente oscuro, pues los mesiánicos del evangelio original fue-ron finalmente suplantados por los ‘cristianos’ paulinos (Hch 11:25-26). Así por un lado, la Epístola de Bernabé (a fines del siglo I) permanece ignorante de los evangelios históricos; y por otro lado, Justino Mártir (a mediados del siglo II) no muestra ningún conocimiento de los escritos de Pablo—apuntando a una cisma continuando entre las tradiciones petrina y paulina. Clemente de Alejandría e Ireneo de Lyón, a fines del siglo II, son los primeros autores que citan explícitamente tanto a los evangelios como a Pablo. He intentado analizar el fundamento de esta dicótoma en ‘La paradoja de Pablo’, Comentario 5. Referente a ese período de formación, una lectura esencial es el estudio magistral de Walter Bauer, La ortodoxia y la herejía en el cristi-anismo más temprano (Tübingen, 1934; http://ccat.sas.upenn.edu/humm/Resources/Bauer).
Las divisiones posteriores dentro del cristianismo paulino se pueden resumir así. Los patriarcas orto-doxos orientales de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, así como muchos otros ancianos orientales, rehusaron aceptar la nueva doctrina sobre las ‘dos naturalezas’ de Cristo (la humana y la divina) proclamada en 451 d.C. por el Concilio de Calcedonia. Así la Iglesia (1) Ortodoxa Oriental se separó de las Iglesias (2) Ortodoxa del Este y (3) Católica Romana. Varios siglos después, en 1054 d.C., éstas a su vez se separaron entre si a causa del cisma ‘filioque’ (véase Comentario 2). Luego, al principio del siglo XVI, las Iglesias (4) Protestantes empezaron a subdividirse de la jerarquía Católica Romana. Las Iglesias Ortodoxas Orientales (#1) hoy en día incluyen la Copta, la Armenia, la Siríaca, la Etíope, la Eritrea, y la Malankara Tomasita de India. Su cristo-logía es llamada por otros ‘monofisita’ (‘naturaleza única’); pero ellos mismos la llaman ‘miafisita’ (‘natura-leza unida’).

En su prólogo, Josué ben Sirac (siglo II a.C.) escribió un lema apropiado para cualquier obra de traduc-ción: «Lo que fue expresado en hebreo, no tiene exactamente el mismo sentido cuando se traduce a otra lengua.» Con tal aviso, han sido preparadas las siguientes versiones tan literal como líricamente como he podido hacerlas. Han pasado desde arameo (Tomás) por griego (Felipe y Verdad) y luego copto, y así al inglés y en fin castellano—¡cinco etapas! El complejo proceso para interpretar tales documentos antiguos ha sido bien resumido por John R. Donahue SJ:


El término castellano ‘texto’ se deriva del latín texere, que significa ‘tejer’. Un texto es una red entre-tejida de significaciones, la cual produce un ‘círculo hermenéutico’; es decir, el significado de un texto debe determinarse como un conjunto, pero el estudio de las partes individuales es preciso para alcanzar el significado del conjunto. La lectura de textos implica ‘un amplio análisis contextual’, en el que se estudia el contexto inmediato de un pasaje, que sigue o precede a su contexto inmediato, y el contexto más amplio del documento como un todo.1
—y bien, con respecto a los evangelios coptos, este contexto más amplio tiene que incluir las Escrituras canónicas (véanse los innumerables paralelos, lo mismo del AT que del NT, que se señalan por doquier).

Cualesquiera irregularidades gramaticales que se encuentren en las traducciones, están en el texto copto mismo (por ejemplo, los tiempos verbales en Tom 64). Las reconstrucciones textuales plausibles aparecen entre [corchetes], mientras que las adiciones editoriales aparecen entre (paréntesis). ‘[...]’ indica los lugares donde no se puede interpolar, dado el deterioro del papiro. Las variantes griegas de Oxirrinco de Tomás apare-cen entre {llaves}. Las notas de pie de página de cada logion se indican con letras sobrescritasa, las situadas al final del texto en curso con un circulito°. Las citas bíblicas enumeradas son esenciales para la comprensión de los dichos en su contexto bíblico, y se ruega al lector que las consulte en cada caso; las paralelas explícitas a Tomás en los sinópticos se indican aparte con un signo de igualdad=, para que el lector no busque lo previa-mente conocido. En la antigüedad, por supuesto, no había minúsculas y así para representar el hebreo, el griego y el copto, no he usado aquí sus letras cursivas correspondientes sino sus formas clásicas, que son más fáciles de leer para los no eruditos. Por su parte, al traducir tales textos antiguos a las lenguas modernas, es casi imposible poner mayúsculas de manera consistente y adecuada; pido la buena voluntad del lector con respecto a esto. Por todo, ‘P...’ se liga a los números de párrafo en la Gramática de Plumley, ‘C...’ a las páginas en el Diccionario de Crum (Biblio.6+7).


He incluido también, en las notas de cada dicho, una que otra cita de individuos eminentes a través de los siglos, expresando una idea relacionada. En algunos casos—pero no todos—esta similitud deriva directamente de la influencia de un texto canónico paralelo. Pero en cada instancia se proporciona una vista aclaradora de la significación central del logion, dando una reformulación pensativa de su contenido esencial por una persona notable en otro contexto.
En lugar de la forma griega, Jesús (), he usado la aramea original: Yeshúa ((w#y), que significa ‘Yahweh Salvador’, es decir ‘Él-Es Salvador’ (Fel 20a). ‘SOY’ representa la auto-denominación divina de Éx 3:14: hebreo hyh) (ahyh), griego , copto anok pe (Tom 13; P306).
Por último, he adjuntado cinco ensayos a título de comentario: (1) ‘¿Son gnósticos los evangelios coptos?’, una demostración formal que no se pueden clasificarlos así; (2) ‘La Espíritu Materna’, sobre el género de #dqh xwr [rúaj ha-qódesh, Espíritu la-Santa] en las lenguas semíticas; (3) ‘Teogénesis’, acerca de la sugerencia de Felipe, que la transgresión humana original consistió en la pretensión de producir a los niños, en vez de aceptarlos como engendrados únicamente por Dios; (4) ‘Ángel, imagen y símbolo’, acerca de estos tres conceptos primarios encontrados en las nuevas escrituras, junto con su estructura metafísica subyacente de un idealismo espiritual; y (5) ‘La paradoja de Pablo’, un análisis filosófico de las evidentes discrepancias entre los evangelios canónicos y la teología de Saulo de Tarso, junto con un resumen de críticas similares por muchos individuos a través de los siglos.
Esta edición en castellano es básicamente una traducción de la versión en inglés, que preparé direc-tamente del copto. Como es bien sabido, cualquier traducción debería ser revisada por alguien que tenga la lengua termino como su idioma nativo. Por ello, Clara Luz García Salazar me ha ayudado en cada etapa de la versión castellana de esta tarea. Al principio utilicé también el programa, Spanish Assistant 1.00a (MicroTac Software, 1993); luego, la traducción preliminar fue corregida con esmero por Higinio Alas Gómez, Profesor Emérito de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión, la Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica, y después por José Cascant Ribelles (Doctor en Sagrada Teología, Navarra), anteriormente Rector del Semi-nario Mayor de Arequipa, Perú; por último, ha sido revisada detenidamente una y otra vez por el Dr. Pedro Chamizo Domínguez, Profesor de Filosofía del Lenguaje, la Universidad de Málaga, España (véase Biblio. 29)—todos ellos han corregido innumerables errores en la versión castellana, además de sugerir muchos mejoramientos estilísticos, con objeto de que el lector capte con claridad el sentido del copto. Debo agrade-cerles también a dos de mis profesores universitarios: al poeta Robert Frost, por su consejo de participar sola-mente en lo que es digno del tiempo de uno; y al Prof. William E. Kennick, por su ejemplo de los estándares más altos del análisis filosófico. También estoy en deuda con Bertrand Russell, en el tiempo en que yo era estudiante en Londres y tuve la oportunidad de manifestarme con él en la Campaña por el Desarme Nuclear, por su intrépido ejemplo en enfrentarse al Sistema—sea político, militar o religioso—por amor de la verdad. Buena parte de este trabajo lo hice mientras que estuve invitado en muchas universidades tanto estatales como privadas, además de seminarios y comunidades religiosas tanto católicos como protestantes, en todas partes de Latino América; y también de las facultades de filosofía, de teología ortodoxa y de informática en la Universi-dad de Atenas—por su hospitalidad fraternal estoy profundamente agradecido. La ayuda técnica referente al Internet, ha sido bondadosamente facilitada por Ioannis Georgiadis, del Centro de Informática de la Universi-dad de Atenas.
Los evangelios canónicos tienen que ser el paradigma para valorar cualquier ‘evangelio’ recién descu-bierto. Es decir, nuestros criterios para investigar tal texto han de ser tanto su consistencia interna como su origen externo en relación a los cuatro textos que, en primer lugar, proveen la definición ostensiva1 del solo término ‘evangelio’. Por tanto: ¿son Tomás, Felipe y Valentín teológicamente consistentes con los sinópticos y Juan? ¿Vienen todos del mismo contexto histórico general y ambiente arqueológico en la antigüedad? ¿Indica el análisis que los textos nuevos son conceptual y empíricamente consistentes con los cuatro evan-gelios canónicos? ¿Parecen ser, en todo, del mismo Logos? He concluido que un examen lo bastante cuida-doso proporciona una respuesta afirmativa a todas estas preguntas. Así es el propósito de esta edición—junto con los textos coptos, el diccionario y la gramática, disponibles en la Red (Biblio.1)—proveer al lector los recursos para llevar a cabo para sí mismo una investigación completa de estas escrituras extraordinarias.
Se ha sugerido a menudo que estos nuevos escritos son básicamente mezclas, producidas por una serie de desconocidos mucho después de los acontecimientos a que pretenden corresponder. Sin embargo, la explica-ción más simple aquí (en función del famoso Principio de Economía, de Guillermo de Ockham: «No se deben multiplicar los entes sin necesidad») no es una larga tradición oral seguida por numerosas redacciones escri-tas; la explicación más simple es que estas tres escrituras fueron compuestas originalmente por el apóstol Tomás, Felipe el evangelista y Valentín de Alejandría, y que nos llegan básicamente intactas y bien traducidas de las lenguas originales al copto. No hay ninguna razón en absoluto para proponer una hipótesis más com-pleja aquí. Así, siguiendo el ejemplo de la Metafísica de Aristóteles (como posteriormente titulada por Andró-nico de Rodas), he llamado a esta colección de nuevas escrituras ‘Metalogos’—es decir, ‘Más Logos’.
p.ixqus 5.euxaristou.k!

—Thomas Paterson Brown, BA (Amherst), PhD (Londres)


Antigua Guatemala, la Navidad 2011
edit@metalog.org


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