Mensaje desde la eternidad



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Mensaje

desde la eternidad.



Marlo Morgan.

1
La piel morena de la muchacha resplandecía bajo el velo de sudor que bañaba su rostro y que, en forma de gotas, se precipitaba desde la barbilla temblorosa. Tenía dieciocho años y estaba a punto de dar a luz. Su cuerpo desnudo se abría en cuclillas sobre un manto de hierbas humeantes para permitir que la esencia emanada de los rescoldos la envolviera y penetrara en el conducto vaginal, favoreciendo así la dilatación. Se aferraba con ambas manos a la recia estaca de madera que había clavado en el suelo, de tal forma que sus brazos doloridos abrazaban la protuberancia del vientre. La respiración acelerada alivió por momentos la escalada del dolor. Era su primer parto, un acontecimiento no concebido para vivirlo en soledad.

Alzó la mirada y vio que el aire se estremecía en la reverberación causada por el sofocante calor del desierto. El espejismo ondulante se elevaba desde el marrón rojizo de la tierra hasta el azul polvoriento del cielo, desdibujando la línea que los separaba. El aire no había empezado a refrescar, aunque el sol había emprendido ya su diario descenso tras el horizonte. Las terribles punzadas en la espalda y en el vientre habían convertido en un suplicio cada paso en su camino hasta aquel lugar sagrado. La anhelada visión del árbol de los nacimientos sólo le produjo más dolor y desilusión, pues el árbol que buscaba había muerto. No quedaban hojas, ni sombra, ni señal alguna de vida en el gran cascarón gris cuyo interior habían devorado las insaciables hormigas blancas. Sólo los escarpados riscos que flanqueaban el lecho seco de un arroyo cercano proporcionaban una angosta línea de sombra. Las mujeres jóvenes siempre buscaban algún asidero para dar a luz, ya fuera la mano de otra mujer o el tronco de un árbol, pero la muchacha no contaba con ninguna de las dos cosas y había tenido que hundir en la tierra una rama seca. Cuando vio que el árbol de la familia había muerto, cuando vio aquella coraza hueca que había albergado un corazón y una línea de la vida, entendió que era su destino —o el designio de la Divina Unidad— vivir a solas aquel momento crucial de su existencia. Lo interpretó como un augurio de grandes pérdidas y se entristeció por la desaparición del espíritu del árbol. La creencia de que la tierra es la escuela de las emociones era uno de los pilares de su fe. Su gente jamás ocultaba ni negaba los sentimientos. Eran consecuentes con su forma de sentir y habían aprendido a controlar las acciones que acompañaban sus estados de ánimo. Se sentía apenada no sólo porque aquel caparazón desnudo fuera lo único que quedaba del fiel amigo que le había brindado durante años su majestuosa sombra y su oxígeno, sino también por los oscuros presagios que encerraba aquella muerte.

Las contracciones se hicieron más intensas. Aquel espíritu privado de tótem que llevaba en el vientre se contorcía violentamente, resistiéndose a salir. Ella se apartó del humeante lecho de hierbas y cavó un pequeño hoyo en la arena tibia sobre el cual se puso en cuclillas, apoyando la espalda contra una roca. Mientras empujaba, le vino a la memoria el día, meses atrás, en que su marido y ella habían acordado dejar de masticar la hierba anticonceptiva que todas las parejas de su nación del desierto consumían hasta el momento en que se sintieran listos para asumir la responsabilidad de la llegada de un nuevo espíritu. Sólo entonces tomaban de mutuo acuerdo la decisión de concebir un hijo, es decir, de engendrar el cuerpo que habría de albergar un nuevo espíritu. Días antes, su marido había soñado con un extraño pájaro herido que tenía una sola ala y que no podía volar ni construir su nido. El pájaro aleteaba desesperadamente en el suelo hasta convertirse en un borrón, una imagen difusa. Era un sueño confuso, así que la esposa se internó a solas en la árida naturaleza en busca de alguna señal aclaratoria. Regresó sin que ningún animal especial ni ningún reptil se cruzara en su camino, por lo que decidieron entonces recurrir al consejo de los más ancianos y sabios de la tribu. Éstos les informaron que un espíritu de la eternidad se había comunicado con ellos a través del sueño para pedirles que se convirtieran en sus padres. Como de costumbre, primero el espíritu nonato formulaba su pedido, y sólo después venía el acto de la concepción. El pueblo tribal al que pertenecía la muchacha vivía muy pendiente de los deseos, mensajes y niveles de conciencia de los espíritus nonatos. Ella se había dirigido al lugar sagrado de su familia porque su cultura concedía gran importancia al sitio en que uno llega al mundo. El lugar de nacimiento viene determinado por los pasos de la madre, y el nonato no ejerce ningún tipo de control sobre su elección. El niño, a su vez, manifiesta su primera señal de vida mediante un movimiento que la madre no puede controlar. El lugar donde la madre siente la primera patada de su hijo es un factor de gran importancia, pues determina la elección del tótem y la canción de su hijo. El emplazamiento de las estrellas en ese momento señala la personalidad del nuevo miembro de la tribu.

El primer movimiento de su hijo no había sido un suave estremecimiento, sino una violenta sacudida que había empezado meses atrás y se había prolongado hasta aquel momento. Todo el abdomen de la joven se desplazaba de un lado al otro y de arriba abajo, algo que las demás mujeres y los curanderos de la tribu consideraban anormal. Su complexión menuda evidenciaba aún más el tamaño desmedido de aquella protuberancia que nunca parecía hallar reposo. Según habían constatado varios observadores, el ser que albergaba en su vientre se debatía por salir antes de tiempo o bien para exigir un espacio muy superior a la capacidad elástica de la piel de la madre. Durante los meses anteriores, la joven había buscado consejo. Aún no había adquirido pericia en la interpretación de los mensajes de las estrellas, pero poco a poco iba aprendiendo. A menudo, durante los momentos de mayor convulsión en el interior de su cuerpo, solía mirar al cielo para estudiar la configuración de los astros, pero al hacerlo se sentía aturdida. Se le empañaba la vista y, en lugar de un mapa estelar claramente trazado, sólo acertaba a distinguir grandes borrones luminosos. Si no apartaba la mirada de la bóveda celeste, se mareaba y se sentía al borde del desfallecimiento. Todo lo relacionado con aquel niño resultaba brusco, imprevisible y confuso.

El último año había sido para su pueblo el más difícil que se recordaba en muchas generaciones, tanto en el plano físico como espiritual. Tras años de viaje, los exploradores de la tribu regresaban portando en sus varas mensajeras la noticia de que unos forasteros de piel tan blanca como los fantasmas estaban matando y secuestrando tribus enteras. Aquel mismo año, varias comunidades vecinas —y, más recientemente, su propia tribu— habían sido secuestradas y confinadas entre vallas y muros.

El dolor la golpeó de nuevo. Aunque concentraba todas sus energías en exhalar cortas bocanadas de aire con el fin de soportar mejor las contracciones, un pensamiento se abrió camino en su mente: «Bienvenido seas, pequeño. Vamos, no tengas miedo. Hoy es un buen día para nacer.» Tras algunos jadeos más y un profundo gruñido, asomó por fin el cuerpo perfectamente formado de una niña en cuyo rostro destacaba la característica nariz ancha de sus antepasados.

La madre tomó en sus brazos el cuerpo escurridizo de la recién nacida. Sosteniéndola ante sí, miró directamente a los ojos negros de la niña silenciosa y proclamó: «Has de saber que te amamos y te apoyamos en este viaje. Te hablo desde la parte recóndita de mis ojos, desde la eternidad que hay en mí, a la parte recóndita de tus ojos.» Luego, sostuvo a la recién nacida con el brazo derecho mientras, con la mano izquierda, cogía un puñado de arena tibia y frotaba su diminuto cuerpo. A medida que retiraba la capa de fina arena, iba desapareciendo el manto de mucosidad y materia sanguinolenta que recubría el cuerpo de su hija para dejar al descubierto una piel tersa y suave. La niña empezó a moverse. Sin interrumpir la operación de limpieza, la madre inspeccionó el fruto de su vientre: primero la cabeza, redonda y lampiña, lo bastante grande para albergar un espíritu pacífico y los conocimientos que habría de adquirir; luego, las suaves prominencias del pecho y el estómago, destinadas a alojar un corazón cálido y un buen apetito. Tenía piernas de corredor, largas y con dedos anchos, y diminutas manos que se movían vigorosamente en su recién estrenada libertad. Su cuerpo era perfecto. Ningún defecto físico iba a entorpecer aquella nueva vida.

La muchacha unió sus labios a los minúsculos labios de la niña y le envió un pensamiento: «Mezclo mi aire con el aire de toda la vida para que penetre en tu cuerpo. Nunca estarás sola, pues formas parte de la Sagrada Unidad de todos los seres.» Mientras la acariciaba suavemente y limpiaba la mucosidad de sus ojos y vías respiratorias, la joven madre prosiguió: «Esta noche dormirás sobre las sepulturas de tus antepasados, y algún día caminarás sobre ellas. Los alimentos que recibirás han germinado entre los huesos y la sangre de los abuelos de nuestros abuelos.» Luego, mientras contemplaba los genitales de su hija, pensó: «Espíritu de la eternidad, has venido a vivir una experiencia madre-hija. Me honra que me hayas elegido.»

El bebé emitió suaves gorjeos, como si deseara estrenar sus cuerdas vocales. La madre siguió friccionando la piel de aquella ínfima forma de vida, estimulando así su sistema nervioso, hasta que hubo eliminado todo rastro de suciedad. Luego, echó mano de un cuenco de madera que solía utilizar para recolectar alimentos y depositó en él a la niña. A continuación, abrió en la arena una cavidad en la que colocó la improvisada cuna, procurando que los pies de la recién nacida quedaran más elevados que la cabeza.

Llegados a este punto, la muchacha necesitó recurrir de nuevo a la respiración acelerada para expulsar los restos del contenido de su útero. Sin embargo, en lugar de las esperadas vísceras, observó con asombro que de su vientre brotaba una cabeza, luego dos brazos y finalmente un par de piernas. Era otro bebé, un poco más grande que el primero, un niño. «¿Y tú de dónde has salido?», pensó para sus adentros aunque, en voz alta, como si estuviera automáticamente programada, repitió el ancestral saludo que desde el inicio de los tiempos había sido el primer sonido que escuchaban todos los miembros de la tribu. «Bienvenido seas. Has de saber que te amamos y te apoyamos en este viaje.» Luego, introdujo aire en la boca del segundo recién nacido y lo frotó enérgicamente con arena. En el rostro de la muchacha, espejo de sus emociones, la sonrisa se alternaba con una expresión de perplejidad. Dos bebés en un mismo parto no era algo común entre su gente. Mientras seguía restregando la arena tibia sobre la piel del hijo inesperado, éste irguió la cabeza con excepcional fuerza y determinación. Al igual que su hermana, no presentaba ningún defecto físico. El pequeño varón extendió los brazos y las piernas, y luego sacudió los pies, cual crisálida que celebrara su gloriosa transformación en bella forma alada. Se regocijaba en la dicha de no encontrar restricción alguna a sus movimientos. Era obvio que la conmoción abdominal previa al parto había sido instigada por aquel pequeño diablillo y no por su hermana.

La joven madre abrió una bolsa que normalmente llevaba atada alrededor de la cintura pero que en aquella ocasión había dejado en el suelo, al alcance de la mano, y extrajo de su interior una trenza de cabello negro. Tras separar la conexión vital con los dientes, empleó la trenza para anudar el cordón umbilical de la niña, dejando una sección larga que acabaría por secar, caer y convertirse en moneda de trueque. «El pelo del pueblo de tu padre te libera del cordón del pueblo de tu madre. A partir de este momento, hija mía, compartes vida, identidad y destino con toda nuestra tribu.»

Luego, se volvió hacia el niño y añadió: «¿Por qué, después de haberle entregado el corazón a mi primer hijo, llegas tú, a la zaga, sin haber elegido una senda y un tiempo propios, sino tras los pasos de otro? Es algo que no comprendo. ¿Por qué has decidido venir a través de mí? Tu elección me honra, pero no la entiendo. Eres el más grande, y sin embargo llegas corno si el tiempo, el lugar y las circunstancias no significaran nada, como si sólo contara el hecho de llegar. Sigues moviéndote como si necesitaras confirmar que estás aquí realmente. Tu espíritu ha llegado en esta experiencia humana y me honra que así sea, pero no alcanzo a entenderlo. Jamás he oído hablar del nacimiento de dos bebés en un mismo parto. No he venido preparada para celebrar otra ceremonia. Tendré que utilizar una parte de mi bolsa, que está hecha con el cabello de muchas personas y con partes de animales. Es más grande, fuerte y recia. Quizá sea la mejor manera de separarte de mi vientre y prepararte para el mundo. Puesto que has llegado de una forma tan extraña, seguramente querrás o necesitarás más de todo en la vida.»

De pronto, pensó en el primero de los grandes problemas que planteaba aquella atípica situación: los nombres. Todos sus planes al respecto habían quedado desbaratados. Necesitaría consejo para saber qué hacer, pero no quedaba nadie a quien recurrir. Sin embargo, sus cuitas no tardaron en pasar a un segundo plano, pues el proceso del parto aún no había concluido.

Cuando su cuerpo expulsó los residuos finales, los enterró, tal como su pueblo había aprendido de todas las madres animales. Por el bien del recién nacido, todas las señales y olores debían ser eliminados. Luego, se acostó junto a sus hijos. Mientras contemplaba al niño, pensó: «Espero que hayas elegido con acierto, pues tu presencia puede resultar molesta para muchos.» Algunos instantes después, la exhausta madre dormía mientras la primogénita succionaba de su pecho el fluido de la vida. El sol se ocultó, sumergiendo el cielo en la oscuridad. Aquélla iba a ser la primera y la última noche que madre e hijos pasarían juntos.
Por la mañana, mientras el firmamento se irisaba con los primeros atisbos de luz, la muchacha tomó los bebés en sus brazos, miró hacia el este y dijo: «Caminamos hoy para honrar el propósito de la existencia de todos los seres. Estamos dispuestos a vivir cualquier experiencia en nombre del bien supremo.» Tras recitar la plegaria matutina, echó a caminar hacia el lugar del que acababa de escapar. No tenía otro sitio adonde ir. Su nación había sido aniquilada, su marido asesinado, y tenía dos bebés a los que debía cuidar. Se sentía agotada. No llevaba más atuendo que un desgastado harapo ceñido al cuerpo con una cinta hecha de pelo, y cargaba una bolsa de piel de canguro atada a la cintura. Mientras caminaba, sintió cómo sus senos se llenaban y amamantó a sus hijos uno tras otro.

Caminó durante horas. Al principio, cargaba a uno de los bebés en el cuenco de madera y al otro en una especie de mochila hecha de la misma tela que envolvía su cuerpo, pero después colocó a ambos en el cuenco. «Es cierto —pensó—, las personas no están hechas para tener dos hijos a la vez.»

Cuando el sol alcanzó el cenit, la muchacha hizo un alto en el camino y empleó la tela para resguardar su cabeza y el cuerpo de los pequeños, apretados en el cuenco para protegerlos de la arena abrasadora.
A mediodía, un lagarto gris de piel escamosa que mediría unos veinte centímetros pasó como una flecha por delante de la muchacha pero luego regresó para detenerse junto a su pie. Ella lo atrapó con una mano y con la otra torció la cabeza del reptil, que murió al instante. La muchacha le habló en pensamiento: «Gracias por venir a mí. Has nacido para que nos encontráramos en el día de hoy. Tu vida se fundirá con mi agua blanca para alimentar a estos pequeños seres, que agradecerán tu carne. Tu espíritu de resistencia bajo este cielo sin lluvia les dará fuerzas para los días venideros. Ellos perpetuarán tu energía y honrarán el propósito de tu existencia.» Acto seguido, hincó los dientes en la piel áspera y aserrada del reptil y succionó el líquido del cuerpo que sus dientes desgarraban.
2
Cuando el sol emprendió su descenso hacia el otro extremo del horizonte, la muchacha se levantó y retomó la marcha. Era casi de noche cuando llegó a las afueras de la misión. Uno de los niños del asentamiento se había encaramado en la torre del agua y anunció a gritos su regreso. La muchacha se cubrió el pecho con la tela en el preciso instante en que sus tres hermanas salieron a saludarla. En su tierra, todas las mujeres de la misma generación se referían unas a otras como hermanas. Aunque no estaban unidas por lazos de sangre, aquellas mujeres eran la única familia que le quedaba. Habían salido juntas a buscar ñames cuando las encontraron los hombres blancos del Gobierno y las obligaron a ir hasta aquel lugar. Desde entonces, habían transcurrido cinco meses y a ella le habían dicho una y otra vez que toda su tribu había muerto.

Cuando una de sus hermanas se percató de que la muchacha traía consigo no el regalo de un hijo, sino un cuenco en el que asomaban dos cabezas y múltiples extremidades, se detuvo bruscamente. Su mano descendió en una orden de detención dirigida a las demás.

«Han visto a los dos bebés», pensó la muchacha, pero enderezó la espalda y siguió avanzando con gesto impávido y seguro. Pasó por delante de las mujeres y cruzó la empalizada.

Ya dentro del campamento, la esposa del reverendo, la señora Enright, tomó en sus brazos a uno de los bebés. Sin manifestar el menor atisbo de emoción, cogió al niño y se dirigió a la choza construida con planchas de hojalata ondulada que los aborígenes solían llamar «el lugar de enfermedad del hombre blanco». La joven madre siguió sus pasos.

Para entonces, la noticia se había extendido cual reguero de pólvora. Por el vano de la puerta y los agujeros que las veces de ventanas empezaron a asomar rostros que escudriñaban el interior de la choza.

—No molestéis al reverendo Enright — ordenó la mujer blanca a los ojos que la observaban—. Veamos qué tenemos aquí—comentó, mientras encendía un farol y depositaba al niño en la superficie desnuda de una mesa toscamente construida. Luego, sostuvo al segundo bebé y los colocó lado a lado—. Una pareja, niño y niña. Bueno, podía haber sido peor. He oído hablar de negros que tienen hasta tres. Por lo menos parecen sanos.

—Este es el que nació primero —musito la madre.

—¿Qué?


—Este fue el primero —repitió, señalando a la niña.

—Eso no importa, querida—contestó la mujer de rostro impasible—. No importa en absoluto.

«Tú no lo entiendes —pensó la madre—. Ni siquiera lo intentas. Venís a nuestra tierra, traéis a vuestros semejantes atados con cadenas y luego decís que nuestras costumbres son malignas. Arrojáis a mi gente desde los acantilados para que mueran entre los peñascos, cuando no pierden la vida a causa de las enfermedades que vosotros habéis traído. Los pocos que logran sobrevivir se ven obligados a hablar con vuestras palabras y a vivir a vuestra manera. Ahora dices que no importa identificar a mis bebés. ¡Nos ha tocado vivir tiempos tan extraños y difíciles, y tú ni siquiera intentas comprendernos!»

En una esquina había un catre herrumbroso cuya lona, de un tono verde aceituna, se veía desgastada y percudida. Los ojos de la señora Enright se posaron en el camastro y después, volviéndose hacia la muchacha, le indicó con un movimiento de cabeza que se dirigiera allí. Estar encerrada entre cuatro paredes era para ella poco menos que un suplicio pero, puesto que una madre no debía apartarse jamás de sus hijos, avanzó con paso tambaleante hasta aquello que el hombre blanco consideraba un lugar de reposo y cayó en un sueño profundo.

La señora Enright dejó a la chica tumbada en la vieja y desteñida cama de campaña que ocupaba una esquina del barracón de la enfermería. No habría sabido decir si se había quedado dormida o había perdido el conocimiento. En verdad, tampoco le importaba. Gotas de sudor rociaban la tersa piel del rostro y del pecho que palpitaba bajo la tela harapienta. Ríos de sudor corrían por los surcos que contorneaban la nariz, deslizándose hasta el cuello para caer en incesante goteo sobre la lona pestilente. «Se lo diré más tarde», pensó.

Durante la noche, la madre sintió que sus pechos se llenaban y tuvo la certeza de que sus bebés estaban junto a ella, mamando. Escuchó un murmullo de voces en la habitación. Primero, la de un anciano, luego la de otro anciano de una tribu distinta. Ninguno de los dos pertenecía a su propia tribu. La voz áspera del reverendo Enright también interrumpía el errante discurrir de su mente. Se despertó a mitad de la noche, aturdida, preguntándose dónde estaba. Le dolía el pecho. La habitación estaba oscura y olía como la cueva de un murciélago. Divisó el marco de la puerta, que encerraba un pálido rectángulo de luz, y recordó que la mesa estaba hacia la derecha. Se levantó, caminó hasta allí y tanteó la superficie en busca de sus hijos, pero fue en vano.


3
La misión había sido fundada por un grupo de religiosos que había viajado hasta aquel rincón dejado de la mano de Dios con el fin de salvar las almas paganas de los nativos australianos. Más tarde, el Gobierno incorporó la misión a su programa de control demográfico y asumió su financiación. Jamás hubo intención de conceder la plena ciudadanía a los primeros habitantes del continente, sino que se determinó por disposición legal que pasaran a incluirse en el Acta de la Flora y la Fauna. La misión era un auténtico campo de concentración en el que no faltaban las vallas y el castigo corporal para quienes infringían el estricto código de normas. A menudo acudían a la misión grupos de visitantes cuyo recorrido empezaba siempre por la denominada «escuela al aire libre», que no era sino una especie de cobertizo construido sobre toscos pilares de madera. Los responsables de la misión se enorgullecían al afirmar que todos los nativos tenían acceso a la educación. El libro de texto que empleaban los misioneros era la Biblia, y sus enseñanzas se centraban en dejar muy claro que las costumbres tribales eran obra del demonio y, por tanto, quedaban terminantemente prohibidas. Luego, los ilustres visitantes eran conducidos hasta la capilla, una pequeña construcción de planta triangular cuya parte delantera quedaba completamente abierta al exterior, de tal suerte que lo primero que uno veía al acercarse era la enorme figura de un Cristo sangrante colgado de la cruz y, justo debajo, un facistol de madera rodeado de cuatro sillas de cocina rojas. Los miembros de la congregación debían permanecer de pie o sentarse en el suelo de tierra. Después de la capilla, los visitantes acudían a la enfermería, la cual, como lugar para ser mostrado, se había marcado con una equis blanca en la puerta. En su interior no había instrumentos médicos ni mobiliario clínico de ningún tipo. Todos los vendajes, bálsamos y ungüentos entraban y salían según demandaba la ocasión. Los aborígenes habían notado que la mayoría de los que allí entraban lo hacían por su propio pie pero no salían de la misma forma. En la misión había también dos pequeñas cabañas destinadas al alojamiento de los sacerdotes adjuntos y respectivas familias, además de la amplia residencia en la que vivían los Enright.

Alrededor de 1930, cuanto más alejada de la civilización quedaba una vivienda mayor era también la pobreza de los materiales empleados y la sobriedad de la construcción, que nada tenían que ver con las tradicionales plazas de piedra arenisca típicas de la ciudad. En los asentamientos misioneros, los ornamentos arquitectónicos brillaban por su ausencia, y la vivienda de los Enright no constituía una excepción: era una casa terrera de planta cuadrada, con un tejado de zinc inclinado que sobresalía alrededor de todo el perímetro de la construcción, formando una galería que la ceñía por los cuatro costados. Los Enright habían oído decir que necesitarían el porche para resguardar las ventanas, que debían permanecer abiertas día y noche para que el aire pudiera circular y atenuar el calor. Puesto que desconocían las características atmosféricas del lugar y no sabían cómo serían las estaciones o en qué dirección soplaría el viento, tomaron la salomónica decisión de hacer construir un porche alrededor de toda la casa.




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