Melancolia y utopíA



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Capítulo I


El pensamiento de la Escuela de Frankfurt:

la reflexión de “Quienes tuvieron la vida dañada”

Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir”.

T. W. Adorno




Si la historia del siglo XX ha oscilado entre el desencanto y la esperanza, también todo pensamiento social lúcido ha fluctuado entre el desaliento, al observar, vivir e intentar comprender un mundo que inobjetablemente arrastra consigo una cauda de violencia y destrucción, y la esperanza –mantenida a riesgo de caer en un total pesimismo nihilista- en un futuro histórico que supere la desventura presente en la tormentosa escena contemporánea.

Dentro de esta perspectiva se sitúa el pensamiento de lo que hoy se conoce como la Escuela de Frankfurt: en la tensión constante entre la condena a las cadenas del hoy y la respuesta iluminadora de la utopía, entre la interpretación crítica del presente y el anhelo de un mundo distinto en el cual “el horror terrenal no posea la última palabra”1.

Melancolía, desilusión y escepticismo son ciertamente, rasgos que definen el pensamiento de la Escuela de Frankfurt. No podría ser de otro modo. Ligada íntimamente a la historia europea del siglo XX, su trayectoria intelectual está marcada por el desmembramiento acelerado y patético de una época, por el debilitamiento de las fuerzas sociales que encarnaban la esperanza en un cambio revolucionario, y por el advenimiento de un mundo en el cual coincidían la irrupción del fascismo y los procesos de Moscú. Inmersa en la desintegración de una estructura económica y política sobre la cual se sustentaba toda la Weltanschauung burguesa, la “biografía colectiva” de sus miembros atravesó por los acontecimientos centrales de una época que, en rápido proceso de transformación, asumía como única predicción, la incertidumbre del futuro. Testigos y actores de una matriz histórica y cultural en colapso, las vidas y experiencias de sus integrantes reflejaron, real y simbólicamente, el destino de los grandes protagonistas anónimos de la historia de nuestro siglo: “...el refugiado, el exiliado, el prisionero de guerra, el desalojado...”2

La reflexión de la Escuela de Frankfurt, surgida en medio de un mundo quebrado e incomprensible ya que para la razón humana, en el cual el caos revelaba el secreto de la mentira de la estabilidad aparente del orden social anterior, fue la expresión de la creciente decadencia de una época en la cual se extinguían esperanzas y promesas. Pero también fue la respuesta interpretativa a una realidad que tornaba irreconocibles todos los parámetros espirituales y políticos que había configurado la historia cultural de Occidente en los últimos tres siglos. Marcada por una profunda preocupación cultural humanista y por un claro tono ético, dicha reflexión fue también la más severa condena de toda la concepción antropológico-filosófico burguesa que demostraba, a mediados del siglo XX, su vulnerabilidad. La Escuela de Frankfurt fue, en un mundo desmoronado y condenado al silencio, la voz casi inaudible de una conciencia crítica dispuesta a comprender, examinar, calibrar y confrontar la dramática paradoja con que la historia había marcado nuestro siglo*: la contradicción entre el alcance inconmensurable del poder del hombre y la clausura de casi todas las alternativas de libertad y progreso a que ese poder podría conducir.

La Primera Guerra Mundial marcó el inicio del siglo XX. Esta guerra que, en palabras de Freud, “derriba, con ciega cólera, cuanto le sale al paso, como si después de ella no hubiera ya de existir futuro alguno ni paz entre los hombres”3 fue la de mayor alcance, más concentrada intensidad y más incalculable destrucción de todas las guerras hasta entonces conocidas. La guerra hizo añicos la estabilidad social europea; quebró la estructura económica sustentada sobre el libre cambio y la estructura política regida por el liberalismo, y destruyó las ilusiones y la fe en toda seguridad, certidumbre o verdad propias del mundo anterior. En un tono que daba la pauta de lo que sería la historia futura, escribía Romain Rolland en 1918:

En ese año, todo amenazaba ruina, nada estaba seguro, la vida no tenía mañana. Al día siguiente, el abismo podía abrirse de nuevo: guerra, guerras intestinas y exteriores. Nada a qué aferrarse, sino vivir al día. La experiencia de todos aquellos años había echado por tierra la autoridad de todos los hombres y de todos los libros respetados por la generación anterior... Su esperanza había sido emponzoñada.4

Después de la Primera Guerra Mundial, el mundo ya no volvió a ser el mismo. En una total redefinición de las relaciones entre lo económico y político, el capitalismo atravesó por una fase de reestructuración iniciada desde el último cuarto del siglo XIX, a partir del momento en que se gestaba en Europa un nuevo modelo de acumulación económica que exigía un nuevo estilo de articulación política. En su avance inexorable hacia nuevas formas de acumulación, la lógica del desarrollo capitalista requería la concentración creciente del capital, la expansión de las grandes empresas mediante la incorporación de las que no habían podido mantenerse en la competencia, y la superación de todos los mecanismos económicos de tipo liberal que, desde los inicios del capitalismo industrial, habían regido el mercado. De igual manera, desde el punto de vista político, dicha lógica demandaba tanto una intervención creciente de Estado en la economía, como una mayor complejidad de las funciones estatales y un fortalecimiento de sus atribuciones políticas, económicas y sociales. Por otra parte, ante la aparición de una sociedad de masas, las instituciones y mecanismos liberales revelaban su insuficiencia, y con el notable desarrollo organizativo de la clase obrera (cuya presencia había sido tan importante en las oleadas revolucionarias de la posguerra, especialmente en Alemania, Italia y Hungría) se incorporaban nuevas inquietudes democráticas a la estructura política y al pensamiento liberal. Esto se tradujo en la disminución del papel de las instituciones parlamentarias como espacio de dirección política, en la obsolescencia de las instituciones democrático-liberales para conjugar los intereses sociales en pugna, y en la necesidad de una reorganización estatal en términos de un reforzamiento autoritario - burocrático. La burocratización como forma de dominio, y la centralización ligada a ella, se convirtieron a partir del fin de la Primera Guerra Mundial en exigencias imprescindibles de la estabilización y reestructuración capitalista. La nueva faz del Estado burgués posliberal se caracterizó, así, por el intervencionismo y el asistencialismo económico y social; estos procesos, si bien fueron impulsados desde finales del siglo pasado, se aceleraron en este siglo fomentados en un primer momento por necesidades de la guerra, pero fundamentalmente por la necesidad de rescatar al capitalismo de la depresión y por el papel estratégico que asumía la política fiscal como factor determinante de los patrones de inversión. En especial después de la crisis del 29:

...el fracaso de los mecanismos de autorregulación de la teoría económica clásica indujo a confiar en los gobiernos nacionales como instrumento de la seguridad económica de sus ciudadanos. Aumentó la aceptación de la intervención estatal, y las dudas acerca de las ventajas de los sistemas de economía liberal a escala nacional se vieron alentadas por el colapso de la economía liberal en el mundo.5


Pero también la realidad del siglo XX en el mundo capitalista cambiaba desde otro ángulo; bajo el impulso del desarrollo científico y de las innovaciones tecnológicas, se reorganizaban los procesos de producción, se planificaban los métodos de trabajo, se abrían nuevos mercados y se modificaban los hábitos sociales. La aplicación de la electricidad a la vida cotidiana, la fabricación masiva de automóviles (lo que ampliaba el espacio para el uso del petróleo, el caucho, el plástico, etc., los cuales encontrarían posteriormente una multiplicidad de usos), la radiotelefonía, el cine, etc., ensanchaban la perspectiva del mundo y sentaban las bases para alcanzar una nueva visión de éste. En el siglo XX comenzaban a vislumbrarse el amanecer de una nueva forma de existencia social, que alteraba radicalmente las dimensiones del tiempo y espacio, la cosmovisión burguesa clásica, y la propia imagen del hombre frente a sí mismo.

El panorama intelectual a principios del siglo XX se debatía entre el positivismo, tendiente a examinar la conducta humana en términos analógicos al examen que de los fenómenos naturales hacían las ciencias de este tipo, y el inicio de un nuevo sistema de reflexión –influido en lo esencial por la percepción de la crisis inminente de la sociedad- caracterizado por el interés en el problema del inconsciente y por el intento de ir más allá de los símbolos aparentes y convencionales de la conducta humana, para desentrañar el “revés de la trama” de las formas de relación social y de sus formas de explicación. La reivindicación de la experiencia, de las motivaciones no explicables experimentalmente, y de la realidad tal como podía ser percibida más allá de sus manifestaciones objetivas, se convirtieron en los ejes de un estilo de pensamiento entre cuyas figuras relevantes destacaban Freud, Pareto, Bergson, Dilthey, Weber, etcétera.6

Pero también la revuelta contra la esterilidad académica del positivismo y su derivación pragmática traducida en “ingeniería social”, que legitimaba la racionalidad burocrática en la sociedad moderna, abría las puertas a una afirmación y a una defensa de la irracionalidad, cuyas formas de expresión asumían formas variadas:

El renacimiento teológico era una de sus manifestaciones, pero había muchas otras: el voluntarismo soreliano en política, un renovado interés en Kierkegaard, la psiquiatría de Jung, las novelas de Herman Hesse... e incluso una cierta moda intelectual por los horóscopos y la magia.7


Por otra parte, el periodo de 20 años que transcurrió entre las dos guerras mundiales fue catastrófico –en lo teórico y en lo político- para el movimiento obrero europeo. La incomprensión teórica, tanto de la Segunda como de la Tercera Internacional con respecto a las transformaciones que experimentaba el capitalismo, se tradujo en la incapacidad de abrir nuevas brechas revolucionarias en Europa, después del periodo de auge que había experimentado el movimiento revolucionario entre 1917 y 1921. El estalinismo liquidaba en la Unión Soviética a la élite que había dirigido la Revolución de Octubre, y el marxismo dejaba de ser un cuerpo teórico-crítico, abierto y polémico. Concepciones reduccionistas y mecanicistas reemplazaban paulatinamente toda su tradición filosófica y dialéctica, y las ideas evolucionistas en torno a la posibilidad del socialismo a partir de la ampliación del Estado y por medio de la acción legalista lo apartaban de su dimensión revolucionaria. Si bien es cierto que con Lenin el marxismo había experimentado una frescura y una renovación teórica, y que la revolución rusa había influido notablemente en las movilizaciones populares y en la creación de los partidos comunistas que se adhirieron a la Tercera Internacional fundada en 1919, por otro lado la experiencia soviética se deformaba, y ello agotaba las esperanzas revolucionarias en Europa. De igual manera, el viraje de la Tercera Internacional con respecto a las previsiones de Lenin sobre la necesidad de encontrar una nueva vía revolucionaria para los países europeos, y sus concepciones sobre la “crisis final” del capitalismo, demostraban la incomprensión del nuevo momento histórico que vivía Europa a partir de la década de los veinte. Teóricamente, cesaba toda labor importante en la Unión Soviética, y en Europa se silenciaban todos los intentos de actualización y renovación del marxismo. Esta parálisis teórica redundó en una parálisis política de trágicas consecuencias. Así por ejemplo, en Italia, frente a la debilidad del gobierno liberal fuertemente sacudido por las consecuencias de la guerra, por el descontento popular, el paro masivo y la inflación, la falta de habilidad del Partido Socialista para llevar adelante las movilizaciones populares entre 1918 y 1920 dejó el camino abierto para que los fascios de combate de Mussolini se adueñaran del poder, en defensa de los grandes capitalistas y terratenientes. En Alemania, la República de Weimar –aquella “idea buscando transformarse en realidad”8, aquel gobierno que “nació en la derrota, vivió en el caos, y murió en el desastre”9 no pudo, por su propia debilidad, resistir el caos social ni la inflación permanente. Aunado a ello, la incapacidad de la social-democracia para instaurar un régimen democrático, la permanente división de la clase obrera, y la incorrecta percepción del partido comunista alemán sobre la crisis del capitalismo, abrieron las puertas para que “la ascensión de Arturo Ui” –como tituló Brecht a su parodia sobre el ascenso de Hitler al poder- fuese una realidad.10

El clima artístico en Europa denotaba el malestar propio del desmembramiento de una estructura económica, política y cultural, rebasada ya históricamente. Las formas tradicionales de la literatura, la música, la pintura y la escultura eran ya inadecuadas para una nueva situación en la cual: “...nadie sabía lo que se avecinaba, nadie se atrevía a decir qué era un nuevo arte, un hombre nuevo, una nueva moral o quizá una nueva organización de la sociedad...”11

Los movimientos de vanguardia surgidos en Europa desde inicios del siglo XX (el futurismo en Italia, el dadaísmo en Suiza, el surrealismo en Francia, el ultraísmo en España y el expresionismo en Alemania) constituyeron una revuelta contra el estilo cultural predominante. Adoptando la forma de una crítica estética, el modernismo –que atravesó todas las expresiones artísticas- mostró la otra cara de la cultura del siglo XIX; rechazó como obsoletas sus normas y valores; desacralizó sus mitos; rompió sus moldes y exaltó a sus figuras prohibidas. El proceso de decadencia europea en el periodo de entreguerras anunciaba en la literatura sus grandes inquietudes: el descontento del hombre frente al terrorismo tecnoburocrático, la pérdida de la sensibilidad y la imaginación, la irracionalidad del poder, la soledad, la extrañeza del hombre con respecto a un mundo ajeno, la pérdida de unidad entre el individuo y la colectividad, la falta de sentido de la vida, la deshumanización de las relaciones sociales, la liquidación de la esperanza, etc.12 La nueva literatura del siglo XX, en su búsqueda de otros modos de expresión, exploraba los niveles más profundos de la realidad humana, intentando penetrar en los misterios de un mundo inestable e irreconocible. De igual manera,

...mientras que (Freud) se encargaba de poner al descubierto los sótanos de la sexualidad y de demoler la fachada de la hipocresía, la hipocresía de la fachada y la mentira del ornamento eran demolidas, a su vez, por Adolfo Loos... y Arnold Schönberg expresaba su repugnancia por medio de su música, sin paliarla con armonía... y Oskar Koskoschka hacía retratos de la soledad y la desesperación.13


Pero también paralelamente a este movimiento de crítica cultural manifestado en la búsqueda vanguardista, se desarrollaban nuevas formas de entretenimiento cultural llevadas al gran público. La cultura de masas irrumpía arrolladoramente, y con ella, la conformación de toda una nueva Weltanschauung cuya influencia, en el periodo de entreguerras, aún era difícil de predecir.

Si bien la transformación histórica que siguió a la primera posguerra había pronosticado esperanzas (las viejas dinastías europeas eran derrocadas, los estados democráticos occidentales emergían victoriosos, la sociedad de las naciones encarnaba la posibilidad de un orden internacional racional y pacífico, la revolución bolchevique abría nuevos horizontes, etc.) tales esperanzas pronto se vieron frustradas. La experiencia soviética adoptaba un rumbo no imaginado, la sociedad de las naciones se debilitaba, y la crisis económica de 1929 demostraba que la prosperidad inicial de la década de los veinte no era tal. El resultado de tal frustración y la perspectiva de una próxima guerra se traducían en una atmósfera de sufrimiento, escepticismo, ironía, pragmatismo, malestar y angustia. La cultura de entreguerras mostraba,

una generación huérfana, privada de su herencia social y cultural, donde las personalidades han menguado hasta convertirse en hombres vacíos y en personajes esquizofrénicos. El tema principal es la discontinuidad y la soledad; el interés principal, el problema de los vagabundos sin hogar... Todo escritor con sensibilidad se encuentra en el exilio... no sólo por estar expatriado... sino porque todos se sienten extraños en el mundo en que viven. La pérdida de la seguridad material y espiritual ha hecho que el problema de la identidad y el dilema psicológico sean una preocupación constante.14
A esta generación pertenecieron los integrantes de la Escuela de Frankfurt. Era una generación que llevaba en la piel las decepciones que siguieron a las esperanzas de la década de los veinte, que comprobaba el fracaso de las abortadas revoluciones en algunos de los países europeos, que visualizaba el rumbo que adoptaba la experiencia soviética, que se dolía de la creciente subordinación de la independencia intelectual a lealtades partidarias en el seno del marxismo, y que anticipaba lo que sería la brutalidad del nazismo. Era ésta una generación que veía socavados sus valores, pérdidas sus ilusiones y destruidas sus esperanzas.

Fundada en 1923, en la ciudad del mismo nombre como Instituto de Investigaciones Sociales, lo que hoy se conoce como Escuela de Frankfurt fue uno de los numerosos centros de excelencia académica creados durante la República de Weimar, en aquel agitado periodo de la historia alemana en el que la confusión coexistía con una efervescencia artística e intelectual de profunda densidad.15



Todos estos centros, “...pese a sus diferencias, eran miembros de una comunidad real de la razón dedicados a al investigación radical, abiertos a ideas imposibles o escandalosas para los círculos tradicionales, y comprometidos todos ellos, no tanto con las instituciones de Weimar, sino que con su espíritu”.16

Creado con el fin de abrir y promover nuevas líneas analíticas en torno a la realidad histórica del siglo XX dentro de las coordenadas teóricas del marxismo, la orientación inicial del Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt se dirigió más bien hacia un marxismo ortodoxo.17 Pero en 1930, cuando Max Horkheimer asumió la dirección del Instituto, éste llegó a adquirir carácter propio; el Instituto estuvo integrado por investigadores de origen acomodado de sólida preparación académica, provenientes de diferentes disciplinas, con inquietudes intelectuales diversas y unidos por un fuerte sentimiento de identidad grupal. Entre sus más destacados miembros figuraron Leo Löwenthal, Frantz Neuman, Friedrich Pollock, Otto Kirchheimer, Karl Wittfogel, etc. Pero las figuras más relevantes y quienes imprimieron al pensamiento de la Escuela de Frankfurt su matiz original fueron Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, y de manera complementaria, Herbert Marcuse. (Tampoco puede dejar de citarse la interesante figura de Walter Banjamin quien, si bien nunca perteneció formalmente al Instituto, estuvo muy ligado por lazos personales e intelectuales a T. W. Adorno.18 La rigurosidad intelectual de Horkheimer, la sensibilidad artística de Adorno, y la amplitud interpretativa de Marcuse definieron, en gran medida, los lineamientos programáticos y cognoscitivos que caracterizaron a la reflexión de la Escuela de Frankfurt. Más allá de la heterogeneidad de sus componentes, de las divergencias internas que entre éstos podían existir,19 y de las contingencias históricas que fueron redefiniendo el rumbo de su pensamiento, tales lineamientos permitieron integrar la diversidad temática presente en el instituto en un trabajo ampliamente interdisciplinario, pero profundamente coherente, en torno a una perspectiva común: la aproximación crítica a la sociedad contemporánea.20 Desde un óptica múltiple (filosofía, economía, política, literatura, arte, etc.) la Escuela de Frankfurt se abrió temáticamente al proceso de transformación estructural del capitalismo en el siglo XX y a una nueva realidad en la cual la dominación política asumía formas sumamente refinadas, a través de la inmediata interiorización e identificación represiva con necesidades y valores propios de la estructura de poder. Ampliando su horizonte analítico hacia temas tales como el autoritarismo, el carácter represivo de las instituciones sociales, la función de la familia, los prejuicios racistas, la producción masificada, la cultura, etc., su preocupación se orientó hacia el ámbito de los fenómenos culturales como expresión de las tendencias y contradicciones del capitalismo, más allá de su lógica económica.21 Rescatando los fundamentos filosóficos del marxismo para enlazarlo con el análisis social, convirtiendo a la filosofía en fundamento de una teoría crítica de la sociedad, focalizando su atención en la experiencia estética como vía de conocimiento, incorporando al psicoanálisis de manera complementaria al marxismo para comprender el por qué de la permanencia de estructuras sociales objetivamente superadas,22 etc., la Escuela de Frankfurt recogió la discusión, presente tanto en los círculos marxistas como no-marxistas, sobre la problemática de la crítica cultual, ubicando a este tema como eje rector de su pensamiento.

Desde una aproximación que tenía como centro la crisis misma de la cultura, esta línea de pensamiento puso en el tapete de la discusión no sólo el presente puntual de la realidad del mundo capitalista en la primera mitad del siglo XX, sino también toda la historia cultural del Iluminismo en Occidente, y el futuro de esa historia que no auguraba el mejor de los mundos posibles.

El horizonte de esperanzas intelectuales, culturales, morales y políticas que después de la Primera Guerra Mundial pudo haber existido en Europa –y del cual participaron algunos integrantes de la Escuela de Frankfurt, especialmente Horkheimer y Marcuse-23 fue sofocado en enero de 1933, cuando Hitler fue designado Canciller de Alemania. El nazismo no representaba simplemente un cambio en el sistema político, sino que era la transformación radical de Alemania. El miedo y la impotencia anticipada frente a la irracionalidad del futuro dispersaron a los hombres de Weimar, quienes,

...se esparcieron llevando consigo el espíritu de Weimar... hacia la muerte en los campos de exterminio, hacia el suicidio –suicidio en un departamento de Berlín después de un toque en la puerta, en la frontera española, en una aldea sueca, en una ciudad brasileña, en un cuarto de hotel en Nueva York. Pero otros le dieron vida al espíritu de Weimar a través de carreras exitosas, en teatros, en universidades, dándole a ese espíritu su verdadero hogar en el exilio.24



Para los integrantes de la Escuela de Frankfurt, orientados teóricamente por el marxismo y en su mayoría judíos, la emigración se convirtió en una realidad ineludible.25 Profundamente europeos, el exilio representaba un trasplante consciente de la propia existencia. Al desarraigarse, dejaban atrás residencia, forma de vida y lenguaje. Pero fundamentalmente se desprendían de una tradición histórica de la que extraía fuerza su conocimiento. Quienes emigraban, “...no eran sólo sus propias desgracias lo que llevaban consigo de país en país, de continente en continente... sino la gran desgracia del mundo entero”26.
Después de un corto peregrinar por Europa, el Instituto encontró acogida en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Si bien Estados Unidos representó una protección real frente a la destrucción y muerte que asolaba a Europa, la vivencia personal, académica y cultural de ese país fue en extremo difícil para los integrantes de la Escuela de Frankfurt. Herederos de la tradición filosófica alemana, formados en la veneración de la teoría y la historia y dueños de una mente poderosamente especulativa, les resultaba difícil enfrentarse a una práctica de trabajo que valorizaba la proposición de hipótesis, la recolección de datos y la clasificación de hechos por sobre las interpretaciones sugerentes encaminadas a traspasar lo que se presentaba como evidente. Al mismo tiempo, autoasumida como expresión de una cultura declinante y como último bastión de un pasado moral, espiritual y humanista, que el nacional socialismo traicionaba, el aceptar los rasgos de conformismo y adaptación propios de una sociedad de inmigrantes –orientada claramente, además, hacia la conformación de un “paraíso tecnoburocrático”- era absolutamente inaceptable para una corriente interpretativa que ubicaba como su raison d’etre una aproximación crítica a la sociedad existente, y cuyos representantes, “por naturaleza e historia personal (estaban) incapacitados para el ‘ajuste’ en temas intelectuales”.27
Sin embargo, la experiencia norteamericana fue extraordinariamente rica para la Escuela de Frankfurt.28 A la luz del contacto con un capitalismo moderno y acelerado sustentado sobre los grandes monopolios en expansión, las formas más modernas de racionalización productiva, la estandarización en todos los ámbitos de la vida social, los altos salarios y los beneficios sociales, se abría un nuevo universo temático para la interpretación crítica del capitalismo avanzado.29 Dos fueron los pivotes fundamentales del trabajo del Instituto con respecto a las tendencias que configuraban a la sociedad norteamericana: el análisis de la “industria cultural”30 –valiosa fuente de sugerencias para uno de los temas más debatidos en la actualidad- y el potencial autoritario que dicha sociedad contenía, y que podía conducir a nuevas formas de dominación total, más sutiles y sofisticadas que el terror nazi.31
La reflexión más importante del periodo de madurez en la historia intelectual de la Escuela de Frankfurt, plasmada por ejemplo, en La dialéctica del Iluminismo32, Mínima Moralia33 y Crítica de la razón instrumental34 vio la luz en la década de los cuarenta, aún durante la permanencia del Instituto en Estados Unidos.35 La Segunda Guerra Mundial apenas terminaba, pero aquella crisis cultural que había recorrido toda las historia del siglo XX era nítidamente visible en toda su profundidad. Así lo expresaba, por ejemplo, la literatura de la posguerra en voces de autores como Camus, Ioneso, Sartre, Beckett, Robbe-Grillet, etc., entre otros escritores. Esta literatura reproducía, estéticamente, la angustia que vibraba en la realidad: el impacto de la soledad y la violencia en las relaciones humanas, la indiferencia frente al pasado y al futuro, el sinsentido de una vida eternamente repetitiva, y la tragedia de un mundo condenado, quizá, a la permanente autoclausura. Las guerras, la destrucción de la cultura burguesa europea y de la estructura política y económica sobre la que se sustentaba, el fascismo, el destierro, etc., -experiencias vividas todas ellas en carne propia- estimularon en los integrantes de la Escuela de Frankfurt la reflexión sobre el paradójico y absurdo destino de los hombres y la sociedad de nuestro siglo. La desilusión con respecto al socialismo en la Unión Soviética, el impacto del descubrimiento de los campos de concentración, el saldo de más de 45 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, la desconfianza en el poder revolucionario del proletariado occidental, el asombro ante el poder integrador de la cultura de masas, etc., intensificaron el tono sombrío de su análisis crítico, agudizaron el desencanto con respecto a la posibilidad de un cambio significativo, y reforzaron el pesimismo en torno a toda filosofía de la historia que tuviese un contenido esperanzador.36
Melancolía, desencanto y desilusión fueron rasgos esenciales del pensamiento de la Escuela de Frankfurt al enfrentarse a un tiempo histórico en el que, como escribiera Adorno: “ya no existe nada inofensivo”.37 Pero de esa misma melancolía, desencanto y desilusión brotaba la fuerza para ahondar en la comprensión crítica de la realidad, para descubrir la naturaleza verdadera del drama de la existencia humana contemporánea, y para recuperar la capacidad crítica del pensamiento en su trascendencia hacia el futuro, en clara oposición a una historia atravesada por la violencia, el dolor y la falta de libertad.


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