Módulo IV: La psicología en la Argentina Segunda Parte Historia de la Psicología Cátedra I



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3. LOS DEBATES EN PSICOLOGÍA HACIA FINALES DE LOS SESENTA.


El programa teórico-práctico propuesta por Bleger y la posición privilegiada que había conseguido como maestro de las primeras camadas de psicólogos profesionales en los inicios de la década de 1960 comenzaron muy pronto a ser impugnados.

Como veremos en el siguiente apartado, uno de los primeros cuestionamientos explícitos y públicos hacia ese programa tuvo lugar en una Mesa Redonda realizada en 1965. Bleger y su maestro Pichon-Rivière, ambos “representantes de una primera versión del encuentro posible de la psicología, el psicoanálisis y el marxismo, bajo una inspiración reformista (Vezzetti, 2004: 306), se vieron enfrentados allí por dos figuras que rescataban los ideales revolucionarios y de transformación social tomando como referente fundamental a la Cuba castrista: Antonio Caparrós y León Rozitchner.

Este debate pone en evidencia la apertura de un desplazamiento en los “criterios de legitimidad de la disciplina y en los modos de concebir eso que ya había estado planteado desde los comienzos: la función social del psicólogo” (Vezzetti, 2004: 313).

Este será uno de los principales tópicos en las polémicas que tendrán lugar dentro del grupo profesional hacia finales de la década, en las cuales tendrán un lugar privilegiado las objeciones y cuestionamientos al proyecto teórico-practico blegeriano.

Como se verá en el § 3. 2., esos debates giran en torno a, por una parte, una disputa respecto del estatuto del psicólogo como “agente de cambio”. Esta cuestión tiene como trasfondo el enfrentamiento entre diversas formas de pensar la relación entre práctica científica y transformación social, entre ciencia e ideología.
Por otra parte, hacia el final del período, surgirán una serie de discusiones teóricas cuyo eje central será la relación entre psicología y psicoanálisis. Al­gunos de estos cuestionamientos serán realizados a partir de una lectura que incorpora una serie de referencias teóricas nuevas y variadas, entre las cuales tuvo un peso fundamental las ideas del estructuralismo francés –especial­mente las de Louis Althusser.
3.1 Psicología, ideología y compromiso social.
Como ya hemos señalado, en aquella Mesa Redonda de 1965 es posible apreciar dos posiciones enfrentadas respecto del valor social de las prácticas psicológicas. Bajo el título “Ideología y Psicología concreta”, este evento tenía por objetivo discutir “acerca del significado y sentido de la Psicología Concreta” y su relación con la ideología.

Organizado por una agrupación estudiantil, el Movimiento Argentino de Psicología (MAP), fueron convocados, por una parte, Enrique Pichon-Rivière y José Bleger. Ambos resaltaban en esta Mesa el valor social del psicólogo a partir de las características propias de su ámbito de trabajo, esto es el psicoanálisis operativo y la psicohigiene. Por otra parte, León Rozitchner y Antonio Caparrós21 relativizaban la importancia de esa función social, en relación con otras prácticas socialmente más valiosas en cuanto a su potencial transformador, tal como la práctica militante. En este sentido, planteaban una redefinición de los límites de la psicología una redefinición de los límites de la psicología (Del Cueto y Scholten, 2003).



Bleger destacaba la posibilidad de llevar adelante una practica profesional y científica que no se confundiera ni subordinara a la política, ya que no era como psicólogo que se podía ser militante. Ahora bien, era posible, no obstante, asumir un compromiso social desde las prácticas reformistas en la profesión –tal como la psicohigiene- que hacian factible una participacion política sin abandonar el propio campo22. En este sentido, la figura de Georges Politzer operaba como ejemplo, pero en este caso como ejemplo negativo. Como ya referimos, a partir de su afiliación al PC Politzer abandonó y repudió la tarea crítica que había desarrollado en el ámbito de la psicología y el psicoanálisis –al cual denuncia ahora como “ideología mistificadora” [Ver § 2.1]. En 1958 todavía era posible, y hasta necesario, para Bleger sostener una continuidad entre los dos períodos de la obra intelectual de Politzer. Pero en 1965 habían cambiado tanto el contexto como sus interlocutores, por lo cual aquella continuidad en la obra de Politzer –sostenida para justificar ante el PCA la pertinencia de un análisis dialéctico y materialista del psicoanálisis– ya no tenía razón de ser. En este momento era más bien la radicalización ideológica la que amenazaba diluir los límites de la ciencia subordinándola a las necesidades políticas. Es en este sentido que Bleger sostiene ahora, retomando una caracterización de H. Lefevbre, que Politzer se habría “automutilado” como psicólogo “en función de una ideología” cuando pasó a la militancia política y se volcó hacia un “economismo (sic) grosero”. Los dos últimos escritos de Politzer eran considerados por Bleger como la expresión de la “mutilación stalinista del humanismo”, que colocaba a la economía en un lugar privilegiado para la comprensión de la realidad.

Por su parte, tanto Rozitchner como Caparrós, efectuaban una evaluación muy diferente de la trayectoria intelectual de Politzer. En efecto, para estos autores no habría una “automutilación” politzeriana sino más bien una “necesidad”. Para Rozitchner, el pasaje de Politzer a la economía no era una “automutilación” sino un pasaje a un nivel más general que engloba y determina a la psicología [Ver cuadro 7]. En este sentido, volverá, al igual que Caparrós, sobre esta figura de la mutilación pero para invertir sus términos: “la mutilación consistía –para estos autores- en mantener la ilusión de la autonomía y la especificidad de un campo científico” (Vezzetti, 2004:309) y no en el pasaje a la economía y la militancia política.



Cuadro 7

León Rozitchner: …Yo querría ahora tomar un ejemplo, continuar mejor dicho el ejemplo que tomó el Dr. Bleger cuando habló de Politzer, porque me pareció muy significativo. Politzer, como ustedes saben, dejó la psicología, y fue enormemente lamentable que un hombre tan dotado como él, dejara la psico­logía. Pero habría que agregar que Politzer dejó la psicología por la economía, y que dejó al mismo tiempo la psicología para pasar a descubrir la necesidad de relación con el mundo a partir de ese ámbito más global. Que si bien se desentendería momentáneamente del nivel de lo psicológico, se comprometió a nivel de una tarea que él tal vez descubriera como más urgente que la del drama psicológico. Quiero decir que descubrió la necesidad, en el momento crucial por el que pasaba Europa, de dedicarse al análisis de los procesos económicos y a la militancia política. Yo creo que en ese sentido, desde el exclusivo ángulo de la psicología si se le puede reprochar a Politzer el haberla abandonado. Pero la comprendiéramos ahora desde el ángulo filosófico, (y ése es el privilegio de la filosofía), podríamos comprender también que la elección que realizó Politzer la hizo a partir de los análisis que él tomó del psicoanálisis. El descubrió tal vez los límites del análisis individual en el estudio, en la profundización de la teoría que él aprendió en Freud.

Antonio Caparrós: …Yo iba a comenzar planteando lo mismo que planteó Rozitchner al final, es decir, retomar el análisis de Politzer. […] El problema de que puede estar equivocado Politzer, como decía Rozitchner, en cuanto a haber dejado la Psicología, sería muy dudoso y muy difícil saberlo, pues evidentemente él no dejó la Psicología para abstenerse de toda actividad. La cambió, y eso es legítimo por otra área de conocimiento donde él se sentía más valioso, más trascendente, más importante, para lo que se jugaba en ese momento. El fue uno de los fundadores y direc­tores de la Universidad Obrera y uno de los primeros fusilados por los nazis en Francia. No creo que eso sea un automutilamiento de nadie. Por otra parte se planteaba cómo integrar esas tareas, yo diría cómo integrar al psicólogo.

Quisiera decir que no sólo debemos ocuparnos de cómo se integra la Psicología en el quehacer del hombre, de cómo integra el psicólogo sus otras tareas sino también de como integra la Psicología al hombre que hace Psicología. […] No basta con ser psicó­logo hace falta ser hombre, como hombre hace falta asumir su momen­to, su tiempo, su etapa histórica y militar según determinados objetivos. Y como psicólogo hay que ser un militante que hace psicología.


Fuente: Bleger, Caparrós, Pichón-Rivière, Rozitchner, 1969: “Ideología y psicología concreta” en Cuadernos de psicología, año I, número 1.

En efecto, según Rozitchner, los desequilibrios de los que se ocupa el psicólogo son el producto de una estructura social determinada por la división de clases, que lo determina a su vez a él como profesional. De esta manera, el psicólogo se ve enfrentado, en tanto especialista, con la necesidad de transformar radicalmente esa estructura social alienante. Desde este punto de vista, una práctica profesional que se proponga tan solo abordajes parciales o intervenciones de objetivos limitados –es decir, un camino de rectificación o reforma como el que Pichon-Rivière y Bleger habían expuesto– tendía solamente a la preservación de esa estructura social


Desde una perspectiva similar, Caparrós privilegiaba la figura del militante por sobre la del científico profesional. Para este autor, la actividad militante es “la actividad del hombre”, es la actividad que nos conecta con el “todo social”, mientras que, por el contrario, la actividad científica, la del especialista, es la que nos diferencia de este “todo social”. Desde este punto de vista, la postura de Bleger, al exaltar la especificidad del campo científico, resultaría peligrosa en la medida en que podría profundizar la alienación del psicólogo. El desarrollo científico y profesional –continúa Caparrós– constituye sólo una faceta del hombre, el cual es una totalidad histórico-social. El compromiso implicaba entonces una toma de posición en la lucha de clases, colocando al psicólogo en la necesidad de “elegir entre ser hombre y ser especialista”23. La primera opción conduciría, en último término, al abandono de la disciplina, como lo había hecho Politzer.24
Una trascripción de esta Mesa Redonda será publicada en 1969, cuando vea la luz el primer número de los Cuadernos de Psicología Concreta (CPC)primera publicación periódica, en el país, dirigida exclusivamente por psicólogos. No deja de resultar llamativa la decisión de inaugurar esta revista con la publicación de una mesa redonda que había tenido lugar cuatro años antes.

Esta trascripción parecería indicar que los temas que se debatían en 1965 continuaban teniendo algún grado de vigencia. Sin embargo, es preciso señalar que el contexto político, social e institucional era completamente diferente. En efecto, un mes después del ascenso de Onganía al poder, en 1966, se había producido la intervención de todas las Universidades nacionales por el PEN. El caso de la UBA fue particularmente conflictivo: a la toma de diferentes sedes, la policía respondió con una violencia inusitada, encarcelando a un significativo número de estudiantes y docentes. Como consecuencia de este episodio, conocido como la “noche de los bastones largos”, una gran cantidad de profesores presenta inmediatamente su renuncia –fenómeno que tiene una especial repercusión en el caso de la carrera de psicología, que quedo prácticamente vaciada* y cuyas clases se suspendieron casi un año. Esa verdadera zona cultural (librerías, bares, centros de investigación y galerías de arte) que estaba ubicada en los alrededores de la Facultad de Filosofía y Letras fue desmantelada al distribuir las diferentes carreras a sedes muy alejadas entre sí. Desde ese momento, la carrera de psicología trasladó todas sus actividades a una nueva sede sita en Independencia 3065.

El problema de la relación entre ciencia y política, entre conocimiento científico e ideología pasará a ocupar un lugar cada vez más central en el ámbito intelectual y científico, fundamentalmente a partir de los movimientos populares que tuvieron lugar en 1969 (entre ellos el más significativo es el “Cordobazo”). Es con ellos que se produce una vertiginosa aceleración del proceso de radicalización política e ideológica, cuyos inicios es posible rastrear hacia comienzos de la década, de amplios sectores de la intelectualidad vernácula.

En el ámbito específico de la psicología, ya en octubre de 1968 se había organizado el Primer Encuentro para la Revisión Crítica de la Psicología, como consecuencia de ciertos desacuerdos surgidos durante la organización del III Congreso Argentino de Psicología. En aquel Encuentro, se abordaron algunos de los temas que habían sido centrales en aquella Mesa Redonda, tales como psicología e ideología y el rol del psicólogo en la Argentina. Algunos de los organizadores de este Encuentro formaran parte, un año después, del Consejo Editorial de los CPC.

En aquel primer número de los CPC se publicaba, junto a la Mesa Redonda sobre “Ideología y Psicología Concreta”, un artículo de Hernán Kesselman25: “Responsabilidad social de psicoterapeuta”. El autor se proponía allí abordar el problema de la relación entre práctica profesional y compromiso político. Respecto a este artículo interesa destacar el hecho de que se le otorgue un lugar al problema de la psicoterapia en una revista dirigida por y para psicólogos, quienes en virtud de la legislación vigente no podían ejercerla -aunque es ampliamente conocido que esta restricción legal no impedirá que la actividad de los psicólogos se oriente casi exclusivamente en esa dirección ya desde el egreso de las primeras camadas a comienzos de la década del sesenta.

En términos generales, el autor pretendía poner de manifiesto que los profesionales de la salud habían sido víctimas de una falsa opción al tener que elegir entre una “mutilación profesional”, que dejaría fuera de su campo de observación toda referencia a la realidad político-social, o una “aceptación resignada”, que los llevaría a defender teorías y técnicas psicológicas obsoletas e inadecuadas pero “no contaminadas por la burguesía”. Cualquiera de estas opciones, sostenía Kesselman, producía una vida profesional disociada y contradictoria.

Un cuestionamiento directo a Bleger se revelaba cuando sostenía que el psicoterapeuta no se convierte en “agente de cambio social” a través de su practica profesional. En efecto, si el campo profesional es solo una parte subordinada del contexto social, el alcance de los efectos del ejercicio profesional sobre la sociedad no podría ser más que limitado26.


Los debates que hemos presentado en este apartado constituyen el inicio de una serie que, en los años inmediatamente posteriores, no harán más que multiplicarse y extenderse a diversas publicaciones y eventos. Este ambiente polémico será finalmente clausurado hacia mediados de la década de 1970, tras el fugaz retorno de Perón a la presidencia y su muerte en 1974.
3.2 Los debates en la RAP: los psicólogos, el psicoanálisis.
Obviaremos, por inútiles, los habituales augurios y autojustificaciones, para hacer de entrada una advertencia: esta revista reflejará las contradicciones del grupo profesional que la publica. No se buscó suprimirlas en procura de mayor “coherencia”, ni de una coincidencia ideológica científica, o de otro tipo, con las opiniones de la Dirección. (“Presentación” en RAP, año I, número I, 1969)
Otro espacio de polémica dentro del ámbito de la psicología, hacia fines de la década de 1960, lo constituyó la Revista Argentina de Psicología, órgano oficial de difusión de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires27. En esta publicación se pondrán de relieve, en algunos casos de manera explícita, “las contradicciones del grupo profesional que las publica” (RAP, I, 1969). Más allá de la diversidad de temas abordadas por los diferentes autores, dos textos incluidos en el primer número de la RAP ponen claramente de manifiesto las referidas contraposiciones en el seno mismo de la institución que esta revista pretende representar.28

El primero de los textos aludidos es una abreviada trascripción de la Mesa Redonda sobre "El quehacer del psicólogo en la argentina de hoy", llevada a cabo en 1968. Entre otras otros participantes, Isabel Calvo y Diana Averbuj, dos psicólogas con un perfil claramente diferente29, muestran apreciaciones coincidentes respecto de “la situación del psicólogo en la Argentina de hoy”, el “desconoci­miento recíproco” y la “falta de comunicación y necesidad de contacto entre los psicólogos, dentro y fuera de la Asociación”.

Pero aquí nos interesa más destacar un segundo texto, el cual introduce una temática que se constituiría en uno de los ejes centrales de los debates teóricos dentro de la RAP: el psicoanálisis. En efecto, “El psicólogo y el psicoanálisis” de Juana Danis se dirige explícitamente a quienes “buscan su identidad de psicólogos en una modalidad de trabajo profesional” que no implique un rechazo del psicoanálisis ni tampoco una indiferenciación entre psicólogo y psicoanalista.

Siguiendo una veta de neto cuño blegeriano, la autora presentaba una clara distinción entre el psicólogo y el psicoanalista en lo que se refiere a su ámbito y modo de intervención.

En un momento en que, según Danis, comenzaban a tomar un notorio relieve la dinámica social y la interrelación humana, se introducen cambios en el campo laboral que obligan al psicólogo a dejar su rol de testista y “a asumir un nuevo rol social distinto al del psicoanalista y distinto al del psiquiatra”. La investigación de graves perturbaciones de la personalidad (psiquiatría) o la investigación del inconsciente (psicoanálisis) no serán su “principal misión” pero “tampoco las excluirá de su esfera”.

La esencia profesional del psicólogo era, afirmaba la autora, la psicoprofilaxis, la higiene mental y aún más: el psicólogo es engendrado, se desarrolla y lucha con el fin de “estar en todos los lugares donde se necesita del especialista que sabe asistir los momentos de cambio” (Danis, 1969: 79). El encuadre del psicólogo sería entonces más amplio y flexible que el del psiquiatra y el psicoanalista. Su disponibilidad o accesibilidad debían ser mayores a la de sus colegas de otras profesiones puesto que su tarea era la de ser “partero de los cambios de la comunidad en que vive”. En este sentido, su ámbito de intervención lo acercaba más a las tareas del sociólogo y del antropólogo que a la del psicoanalista, aún cuando el psicólogo contara con los conocimientos psicoanalíticos dentro de su “bagaje instrumental”.


En el tercer número de la RAP, su director, Roberto Harari, publica un artículo en el que se proponía desmantelar los presupuestos que sostienen la argumentación de Danis.

Inscribiéndose en una posición que lo ubicaría “en la entraña misma del pensamiento y el quehacer científico contemporáneo”, el autor buscaba profundizar entonces la problemática propuesta en el artículo de Juana Danis –aunque más no fuese, afirma el autor, en su título.

En efecto, a partir de una combinación de referentes teóricos que, vista desde el presente, podría ser considerada como ecléctica –Foucault, Lévi-Strauss, Althusser y Lacan son conciliados con Politzer, Sartre y Wallon- se trataba allí de remarcar la importancia fundamental de la teoría y la construcción de los conceptos científicos por sobre los aspectos técnicos, prácticos o profesionales30.

Harari definía al psicoanálisis como una teoría, una terapia y un método de investigación, argumentando que aquel no es un significante que, por sí mismo, exprese una profesión sino que

El psicoanálisis es, en primer lugar, una ciencia –como tal, teoría- con su objeto de estudio específico: el inconsciente (Harari, 1970)

Los términos “psicólogo” y “psicoanalista” refieren a profesiones y el término “psicoanálisis” remite a una ciencia. Por lo tanto, la empresa de Danis –diferenciar el rol del psicólogo del rol del psicoanalista- se presenta como problemática en tanto que, ya desde el título del artículo, intenta articular significantes que “no son ni con mucho superponibles”.

Es necesario, entonces, otorgar preeminencia a los aspectos teórico-conceptuales que hacen del psicoanálisis una ciencia y no una profesión. La investigación de lo inconsciente, continúa Harari, es aquella que “valida y legaliza científicamente” la práctica del psicólogo. Una práctica que no debe limitarse al “empirismo ingenuo” en el que quedan atrapadas las propuestas de Danis, sino que debe “traspasar la observación pura y simple” y fundamentarse en la “interpretación del inconsciente, que se exhibe y se oculta inscripto en el discurso relatado y significativo” del sujeto.
El trasfondo de esta polémica es, finalmente, la discusión por las formas en que los psicólogos deberían apropiarse del psicoanálisis. En este sentido, el verdadero objetivo de la crítica de Harari no puede menos que ser Bleger en tanto fue quien, a través de su enseñanza, introdujo los aportes del psicoanálisis como una herramienta fundamental en la formación de los psicólogos. No obstante, como el propio Harari reconocerá más tarde, en la medida en que el prestigio de Bleger obstaculizaba una crítica directa a su persona esta sería dirigida a un “eslabón intermediario”: su discípula Juana Danis31.

Una perspectiva fructífera para entender estas polémicas surge a partir de la categoría de campo propuesta por el sociólogo Pierre Bourdieu. En términos generales, la autonomía de un campo científico o profesional se constituye a partir de una operación que permite delimitar sus características específicas y diferenciales respecto de otro u otros campos. En este sentido,

un campo profesional no puede separarse de la constitución de una comunidad con sus criterios de pertenencia y de le­gitimación, normas "internas" e, inevitablemente, líneas de fractura y de luchas internas y externas. (Vezzetti, 2004:319)

Las luchas internas por las posiciones privilegiadas dentro de cada campo están determinadas por la configuración particular del propio campo. Ahora bien, quienes se encuentran en posiciones marginales en el interior del campo (heterodoxia), en la medida en que pretendan desplazar y reemplazar a quienes ocupan las posiciones hegemónicas (ortodoxia), deben realizar ciertas operaciones tendientes tanto a una mayor acumulación de “capital” simbólico como a lograr una mayor valoración del capital ya disponible.

Esta polémica –así como muchas otras del mismo período– puede ser pensada en términos de campo, en el cual los debates teóricos, pero también los ideológicos, se articulaban con las luchas entre “los viejos y los nuevos, los establecidos y los que pugnaban por imponer una nueva legitimidad” (Ibídem). En este sentido, el estructuralismo -y particularmente el pensamiento de Althusser- se constituyó en una herramienta teórica e ideológica eficaz para intervenir en estas disputas de campo, en tanto remiten a ese doble horizonte –marxismo y psicoanálisis- que Bleger había ya intentado articular desde finales de la década de 1950.



Cuadro 8

Un eje fundamental de las ideas propuestas por Louis Althusser es la distinción entre ciencia e ideología, explícitamente inspirada en las nociones de obstáculo y de corte epistemológico de Gastón Bachelard. A partir de estas nociones, este último busca poner de relieve, por un lado, la inercia o el retraso que ciertas tendencias o hábitos intelectuales imponen al progreso del conocimiento científico. Tal es el caso de las generalidades que se establecen a partir de la “observación natural”, de “una especie de registro automático que se apoya sobre los datos de los sentidos” –lo cual busca demostrar en la abusiva extensión de conceptos como coagulación y fermentación durante el siglo XVII (Bachelard, 1934:74-79). Es en este sentido que Bachelard sostenía que hay un corte, una discontinuidad entre una mera fenomenología y un conocimiento auténticamente científico. [Véase “Fenomenotécnia” en “Una historia crítica de la psicología” de Nikolas Rose].

A grandes rasgos, una de las principales novedades que Althusser introduce en este esquema es el establecimiento de una articulación entre aquellas nociones de obstáculo y corte epistemológico* con la noción de ideología. Son estas nociones, por ejemplo, las que le permiten establecer una periodización de la obra de Marx y diferenciar un período “ideológico” (las obras de juventud, que sirvieron de base para una interpretación humanista de Marx) de un período “científico” que es “posterior a la ruptura de 1845” (Althusser, 1965: 25).

En este sentido, allí donde el conocimiento empirista establece una identificación entre el objeto de conocimiento y el objeto real, sensible, perceptible (o al menos una parte de él), Althusser ubica una diferencia. El objeto real y el objeto del conocimiento difieren en tanto responden a distintos procesos de producción y generan efectos diferentes (efectos de conocimiento, efectos de reconocimiento, etc.).

Para Althusser, el proceso de producción de un conocimiento científico es el resultado de una práctica teórica que define, citando a Marx, como un “’trabajo de transformación de la intuición y de la representación en conceptos’ […] El conocimiento […] no trabaja, pues, sobre el objeto real, sino sobre su propia materia prima, que constituye –en el sentido riguroso del término- su ‘objeto’” (Althusser, 1967:48)

Este autor buscar distanciarse así de una concepción empirista o de un realismo ingenuo que entiende al conocimiento como una abstracción que separa, en un objeto real, sus aspectos secundarios o accesorios de su esencia. El producto y los efectos de una práctica de este tipo correspondería, en el esquema althusseriano, a un conocimiento pre-científico, al igual que el conocimiento que se produce a partir de lo que denomina la práctica ideológica.

Así como para Bachelard “se conoce en contra de un conocimiento anterior, destruyendo conocimientos mal adquiridos”, es posible afirmar que para Althusser un conocimiento científico se establece contra la ideología, esta última constituye la prehistoria de la práctica teórica científica –lo cual no implica que la primera pueda llegar a sustituir a la segunda. La ideología –“sistema (que posee su lógica y su rigor propios) de representaciones (imágenes, mitos, ideos o conceptos según los casos), dotados de una existencia y de un papel históricos en el seno de una sociedad dada” (Althusser, 1965:191) – al tener una función práctico-social más que teórica (o de conocimiento) encuentra su fundamento en lo sensible, en el sentido común, en lo cotidiano. La ideología está compuesta esencialmente de elementos ilusorios, imaginarios, que expresan voluntades, vivencias, necesidades o sentimientos pero no llegan a producir un conocimiento científico.

En realidad, la ideología tiene muy poco que ver con la “conciencia”, si se supone que este término tiene un sentido unívoco. Es profundamente inconsciente […] La ideología es, sin duda, un sistema de representaciones, pero estas representaciones […] se imponen como estructuras a la inmensa mayoría de los hombres, sin pasar por su “conciencia”. Son objetos culturales percibidos-aceptados-soportados que actúan funcionalmente sobre los hombres mediante un proceso que se les escapa. […] la relación “vivida” de los hombres con el mundo, comprendida en ella la Historia (en la acción o la inacción política), pasa por la ideología, es la ideología misma. (Althusser, 1965:193)

3.3. Hacia una ciencia del inconsciente.


Psicólogo de formación, perteneciente a la segunda camada de egresados de la carrera de la UBA, Carlos Sastre había sido alumno de Bleger y había formado parte del plantel docente de la cátedra “Psicología II”, a cargo de Antonio Caparrós.

Más tarde, asistirá a los grupos de estudio organizados tanto por Eliseo Verón como por Oscar Masotta32, en los cuales se provee de las herramientas teóricas del estructuralismo althusseriano y del psicoanálisis lacaniano.

En el número 4 de la RAP, Carlos Sastre publicó un artículo crítico en el cual ponía en entredicho el proyecto teórico expuesto por Bleger en su Psicología de la conducta, al señalar sus “defectos epistemológicos, teóricos y prácticos” (Sastre, 1974:149).

Este artículo fue posteriormente publicado en su primer libro, en donde definía a la psicología como una red ideológica, donde se anudan múltiples discursos seudocientíficos33, que encuentran su núcleo organizador en la confluencia de fenomenología, psicoanálisis y marxismo humanista preconizada por Politzer, Lagache y Bleger. Sastre se proponía invertir la dirección trazada por estos autores y, más que una unificación, llevar adelante una desarticulación conceptual que permitiera poner en evidencia su carácter ilusorio o imaginario.

Con este objetivo, los cuestionamientos giraban en torno a tres ejes:

En primer lugar, realizaba una critica teórico-epistemológica, al señalar la degradación a que se vería sometido un psicoanálisis que, integrado a una teoría general de la conducta, se vería despojado de aquello que constituiría su verdadero fundamento: el inconsciente.

Por otro lado, presentaba un cuestionamiento teórico-ideológico que apuntaba al corazón mismo del proyecto blegeriano de una nueva psicología, esto es, el eclecticismo que pretendía superar la dispersión y fragmentación teórica de la disciplina. Sastre señalaba allí el carácter ideológico que persistía en el centro de esta propuesta al diluirse la distinción entre objeto de conocimiento y objeto real. En este punto es posible reconocer la impronta del pensamiento estructuralista de Althusser, ya que para este autor la ciencia se constituye siempre contra la ideología, en ruptura con ésta, y define así su objeto como algo distinto de lo perceptible, del objeto sensible, “real”.

Finalmente, Sastre dirige un cuestionamiento teórico-político, cuando objeta el marxismo humanista de Bleger. En efecto, Sastre pone en cuestión el uso que Bleger le imprime a las categorías del materialismo dialéctico e histórico para fundamentar su pretensión de una psicología unificada en torno a la noción de conducta. Según Sastre, poco quedaría del marxismo cuando se lo lee a través de categorías “fenomenológicas” que identificarían, según la particular lectura de Sastre, al mundo sensible con el mundo real. Las nociones de contradicción, de totalidad y aufheben, se volverían, en la obra de Bleger, meros formalismos que pierden, de esta manera, su potencial crítico.


Hacia el final del artículo, el autor caracteriza al proyecto de Bleger como una fenomenología del comportamiento, que debe ser reemplazada por una ciencia del inconsciente que posibilitaría desarrollar los caminos trazados por Freud y Marx.

Es necesario destacar aquí que de esta forma, Sastre traslada al ámbito de la psicología en Argentina la impugnación general que, en el campo cultural francés, había recibido la tradición fenomenológica -especialmente las ideas del filosofo Jean-Paul Sastre- de los autores enmarcados dentro de la corriente estructuralista (Lévi-Strauss, Lacan, Foucault y Althusser)



En este sentido, puede pensarse esta impugnación hacia Bleger en términos similares a los que ya hemos presentado en el apartado anterior. Se trataría, por un lado, de reproducir a nivel local estrategias que en Francia habían resultado eficaces para imponer una nueva ortodoxia; por otro lado, vemos aquí nuevamente articuladas cuestiones generacionales, teóricas e ideológicas en una lucha por la legitimidad dentro del campo profesional en Argentina.
Esta posición crítica de los jóvenes psicólogos frente a quien había sido una figura clave durante su formación se volverá aún más explicita a partir de la muerte del propio José Bleger en 1972. En efecto, volúmenes como El rol del psicólogo (1973), La psicología, red ideológica (1974) y Teoría y técnica psicológica de comunidades marginales (1974) no harán más que ampliar y profundizar la impugnación de aquella psicología de la conducta y aquel perfil psicohigienista que Bleger había ofrecido a los psicólogos diez años atrás.
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1 Según lo expresa Emilio Gijaba (que pertenecía a la Facultad de Derecho desde 1949, así como al Centro de Estudiantes): “El proyecto peronista estaba dado claramente, la Ley Universitaria del ’47 lo marcaba, era una Universidad autoritaria, enmarcada en cánones rígidos dirigidos por el Ministerio de Educación. Se elegían los rectores y decanos a dedo, sin participación estudiantil y con los delegados que se elegían de los estudiantes –a dedo- por el decano. [...] El nuestro era el proyecto reformista que [...] se plasma después del ’56 con los rectorados de José Luis Romero, Rizieri Frondizi y Fernández Long, que era abierto, reformista, con gobierno tripartito, igualitario, [...] con los concursos libres, con la famosa cátedra paralela, con libertad de cátedra” (Töer/1, 1988: 22-23).

2 El catálogo de septiembre de 1958, por ejemplo, presenta títulos en arte y estética; arquitectura contemporánea; música; poesía y literatura; colección interciencia; colección historia de la arquitectura; colección ideas de nuestro tiempo; colección el hombre, la sociedad y la historia.

3 Como ya hemos señalado, los profesores que habían participado en la Universidad durante el gobierno peronista fueron expulsados de la misma. A partir del 1955 para ser profesor en la UBA era preciso demostrar - mediante una serie de mecanismos- que no se había tenido vinculación alguna con el antiguo régimen.

4 En EEUU, en 1892 ya se había fundado la American Psychological Association que agrupaba a los primeros psicólogos profesionales. Las carreras de grado en América Latina surgirán medio siglo después: en Guatemala en 1946, en Colombia y Chile hacia 1947, en Brasil en 1953 y en Perú en 1955. En Francia la carrera se instituye en 1944 y más tardíamente en Suiza (1965), Rusia (1966) y España (1968).

5 Lo cual no quiere decir que no hubiera psicología antes de esa fecha, sino que se trataba de una “psicología sin psicológos” tal como puede concluirse a partir de lo desarrollado en el Módulo IV- Primera parte.

6 De hecho, y según lo consignado en sus Actas, la iniciativa para la organización de este Primer Congreso provino inicialmente del Instituto de Ciencias de la Educación dependiente de la Facultad y Filosofía y Letras (UNT).

7 Tanto Alejandro Dagfal (1998b) como Hugo Klappenbach (s/f), a partir de lo desarrollado por Mangone y Warley (1984), han propuesto articular este sesgo de la psicología hacia comienzos de la década de 1950 con las características de la producción académica durante el gobierno peronista del período 1946-1955, más precisamente con las políticas plasmadas en los planes quinquenales y en la Constitución de 1949.

8 Los casos más ilustrativos en este sentido, pero no los únicos, son: uno de los artículos presentados por García de Onrubia en el Primer Congreso Argentino de Filosofía (1949), que sostiene una explícita impugnación de las tesis de Sperman sobre la inteligencia; el de Plácido Horas, que dirigió el Instituto Pedagógico de San Luis y presentó al Primer Congreso Argentino de Psicología una “Comparación entre las pruebas de Goodenough y de Koch, aplicadas a niños de grados inferiores”; y el de Oscar Oñativia que poco años después llegó a diseñar su propio test.

9 Anónimo (1954) “Primer Congreso Argentino de Psicología”, Humanidades, 4, p. 122. Incluido en Dagfal, A. y Borinsky, 1999: Compilación de bibliografía primaria sobre la profesionalización de la psicología en Argentina.

10 Pablo Buchbinder afirma que en 1952 y 1954 se presentaron dos proyectos en la UBA que apuntaban a la creación del título de psicólogo y que fueron rechazados, con distintos argumentos, por el Consejo Superior (Buchbinder, 1997).

11 Sobre las producciones de Romero Brest durante el gobierno de Perón puede consultarse el capítulo I (“El arte moderno en los márgenes del peronismo”) del libro de Andrea Giunta, Vanguardia, internacionalismo y política. Sobre el proyecto de Germani de una sociología científica, véase Los intelectuales y la invención del peronismo de Federico Neiburg y la reciente biografía de Ana Alejandra Germani publicada bajo el título Gino Germani. Del antifacismo a la sociología.

12 Por ejemplo: Introducción a la psicología, Buenos Aires, Ed. Columba, 1955..

13 Enrique Butelman estuvo además a cargo de diversas materias de la carrera de psicología en la UBA y, junto a Jaime Bernstein, tambien docente de la carrera, había fundado la editorial Paidós en 1945. Marcos Victoria había redactado el prólogo del primero libro publicado por esta editorial: Conflictos del alma infantil de Carl Gustav Jung.

14 Sobre la recepción de las ideas freudianas y la historia del psicoanálisis en la Argentina, vease Vezzetti (1996), Plotkin (2003), Balán (1991).

15 Si nos limitamos solamente a Psicología de la conducta, vemos que este libro agota cuatro ediciones, a través de EUDEBA, entre 1963 y 1967. En 1973, es editado a través de la Editorial Paidós que, a lo largo de nueve años, realiza diez reimpresiones del libro. En 1983, esta misma editorial, lanza una segunda edición que será reimpresa un año después.

16 La noción de esquemas referenciales, tomada de su maestro Pichon-Rivière, refiere al hecho de que siempre pensamos y actuamos guiados por ciertas ideas, actitudes, experiencias previas, etc., que operan un recorte y condicionan nuestra manera de concebir el mundo, nuestra manera de ver la realidad.

17 Es necesario también tener presente que, en 1954, la resolución Nº 2282 del Ministerio de Salud Pública había establecido que la práctica del psicoanálisis solo podía ser llevada a cabo por quienes poseían un título médico

18 Esta clase inaugural fue publicada originalmente en Acta psiquiátrica y psicológica Argentina, en 1962. Posteriormente será incluida en su libro Psicohigiene y psicología institucional de 1966. Las referencias remiten aquí a esta ultima edición.

19 En el seno de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría de la Asociación Médica Argentina se fundaba, en diciembre de 1929, la Liga Argentina de Higiene Mental, bajo la presidencia de Gonzalo Bosch –director del Hospicio de las Mercedes (actual Hospital José T. Borda). Véase Klappenbach, Hugo (Klappenbach,1999)

20 Bleger sostiene que “el valor social del psicoanálisis, en cuanto terapia es bastante limitado. [...] El psicoanálisis clínico no puede, de ninguna manera, resolver por sí mismo el problema de la salud mental, en la amplitud y extensión en que ello se hace necesario en el presente” (Bleger, 1966: 172). El psicoanálisis sólo adquiere relevancia social merced a los conocimientos que aporta como fruto de su práctica; son estos resultados los que podrían ser aplicados en los programas de higiene mental [Ver cuadro 6].

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