Módulo 1: patologías y estrés en los docentes


LA PERCEPCIÓN DE LA AMENAZA



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8. LA PERCEPCIÓN DE LA AMENAZA

La tensión es la respuesta que los organismos tienen ante la amenaza. Desde el más sencillo organismo unicelular hasta el complejo ser humano, las criaturas reaccionan ante los problemas forzando su organismo para que puedan rendir al máximo y aumentar las probabilidades de éxito ante la amenaza. Los organismos reaccionan activamente para evitar situaciones dolorosas y facilitarse bienestar. Las leyes universales de la evitación del dolor afectan también al ser humano.


Procuramos evitar las situaciones problemáticas procurándonos condiciones de vida cómodas en la medida de lo posible hasta que el conflicto es inevitable. Entonces nos vemos obligados a enfrentar las situaciones amenazantes de forma activa para evitar el dolor asociado a ellas.
La tensión se activa con el fin de superar una dificultad que excede nuestra capacidad normal para superarla, así que estamos obligados a movilizar más recursos para vencer la amenaza y si estos no fueran suficientes, más aún y así hasta que ya no tengamos más reservas.
Existen amenazas que se pueden solventar y otras que no. Una persona que considere la seguridad de la muerte como una amenaza a su integridad estará condenada a la infelicidad por toda su existencia, porque esta amenaza es inevitable e insuperable. Un niño que tema el pinchazo del médico dejará de sentirse amenazado en unos segundos, cuando la inyección ya esté puesta.
Las amenazas que se solucionan en base al esfuerzo o la tensión de las personas tienen la capacidad de fortalecer a quien las supera, sin embargo, el empeño en solucionar problemas que exceden la capacidad de las personas para superarlos acaba abocando a la frustración, el desengaño y el enojo con uno mismo por comprobar la propia incapacidad.
La amenaza sólo existe en la mente de la persona que se siente amenazada. Para una persona una araña es una criatura asquerosa y peligrosa que, de ninguna manera debe vivir en el entorno; mientras que para otra es un animal beneficioso que limpia de mosquitos la casa. La percepción de la amenaza siempre es subjetiva.
Si tenemos en cuenta que la percepción de la amenaza es lo que desencadena la sucesión de reacciones que conduce a padecer estrés y que ésta percepción es subjetiva, podemos concluir que las personas más proclives a interpretar su entorno como amenazante son las mismas que experimentan mayores niveles de estrés. Al menos, los estudios realizados al respecto confirman esta hipótesis.
La forma en que percibimos el entorno condiciona en gran parte la cantidad de estrés que padecemos, así que es lógico concluir que lo que es de verdad interesante en el análisis del estrés es la forma en que percibimos.
La manera de percibir el mundo que nos rodea explica la gran capacidad del ser humano para adaptarse al entorno que le rodea. La activación instantánea y enérgica producto del miedo o del intento de evitación de peligros significó para el hombre –hace miles de años- multiplicar sus posibilidades de supervivencia. Sin embargo, en la actualidad estas reacciones tan viscerales ante las dificultades del entorno han perdido su componente adaptativo, porque las situaciones peligrosas para las personas se han suavizado pero multiplicado en la sociedad postindustrial.
Ya no es un oso pardo el que nos amenaza desde el fondo de su cueva, sino la falta de estabilidad de nuestro puesto laboral, la responsabilidad civil sobre los alumnos, los continuos desplazamientos por carreteras peligrosas, la relación a veces tensa con otros compañeros de trabajo, la evaluación de los superiores, etc...
Comparemos las amenazas enormes pero poco frecuentes de la Edad de Piedra, con las pequeñas pero continuas amenazas de nuestra sociedad y veremos que el tipo de tensión a que somos sometidos actualmente es más sostenido y constante; así que las grandes descargas de tensión, las respuestas agonísticas (agresión y/o huída) ya no son adaptativas porque agotan nuestros recursos.
En la actualidad; nuestro estilo de vida demanda una respuesta a la amenaza que debería ser más mesurada, más gradual y proporcionada, asemejándose al consumo de energía de un atleta de maratón en contraposición con un corredor de 100 m lisos. La sociedad ha cambiado de forma acelerada, pero nuestra manera de percibir la realidad y de reaccionar ante la amenaza, no.

9. EL CONCEPTO DE DISTRÉS

El padecimiento de trastornos asociados al estrés supone la culminación de un proceso de deterioro arrastrado largo tiempo. La resistencia del organismo a la tensión y los recursos que se pueden movilizar son extraordinarios: por ejemplo, una semana después del famoso terremoto de Turquía todavía rescataban gente de debajo de las ruinas. Existe el caso documentado de una mujer cuyo hijo fue atropellado en un paso de cebra mientras ella salía de comprar, con tan mala fortuna que el vehículo quedó encima del niño. La violenta reacción de la mujer consistió en agarrar con una mano el parachoques delantero del vehículo y levantarlo en vilo mientras que con la otra sacaba a su hijo malherido.


Éste es un caso excepcional, pero lo cierto es que la resistencia del ser humano es increíble. Sin embargo la movilización de recursos tiene, ya lo hemos dicho, el precio del agotamiento. Cuando los problemas se mantienen largo tiempo acaban con la salud del que los padece. Un maestro interino que se enfrente como primer puesto de trabajo a un aula de alumnos difíciles, considerará una amenaza cada hora que pasa con ellos (sus comentarios, su indisciplina, etc...) y su situación laboral de inestabilidad no contribuirá a su tranquilidad. Este maestro experimenta estrés que con el paso del tiempo puede agotar sus recursos y abocarlo a una depresión que le conduzca al abandono del magisterio.
Existen grandes amenazas que ponen a prueba la resistencia del ser humano: Un proceso judicial, una enfermedad de larga duración, un fallecimiento, etc... Otros problemas son mucho menos llamativos pero provocan por acumulación tantos problemas de estrés como los graves. Son pequeñas contrariedades (pequeñas amenazas) que acumulan tensión de forma progresiva. En este caso hablamos de distrés, término más adecuado a lo que en la función docente sufrimos los profesionales de la educación.
Vamos a imaginar una situación que ilustra un caso típico de distrés:
“Un interino ocupa una vacante en una remota aldea de la sierra a 20 Km del núcleo urbano más próximo (otra aldea algo más grande de 500 habitantes). Se encarga de un aula unitaria donde conviven 5 niños de tres niveles diferentes (desde 3 años hasta 12). Su trabajo no es fácil. Vive en la aldea vecina, en una vieja casa de maestros bastante decrépita. Las primeras noches pudo ver lo que parecían ratas en lo que parecía el salón, aunque su principal preocupación es el frío, ya que la casa no tiene ningún sistema de calefacción. Ha pensado en llamar a un desinsectador porque las cucarachas son bastante molestas a la hora del desayuno. No tiene nevera ni electrodomésticos, pero su madre está contenta de lavar su ropa los fines de semana.

No puede ver la televisión porque, de hecho, siempre está en el pequeño bar de la localidad ya que el frío impide que permanezca en la casa excepto para dormir. Ha de madrugar porque se halla a 20 Km de su lugar de trabajo. Las carreteras no le parecen demasiado malas una vez que se ha acostumbrado a las curvas, pero siempre están heladas y el peligro de salirse es muy real. Su aula no es demasiado mala. Al menos tiene cristales en las ventanas, pero carece de sistema de calefacción. Una vieja estufa de cáscara de almendra es la única fuente de calor que exige cuidados constantes. Los alumnos y alumnas son de edades tan diversas y con carencias tan graves en el aprendizaje que cualquier intento de sistematizar la intervención educativa es pura ilusión. Los hábitos de los niños también suponen un problema, sobre todo con el asunto de las ardillas. Suelen cazarlas porque luego sus padres las cocinan. No es que este interino tenga nada en contra de los hábitos cinegéticos de la localidad, pero los alumnos suelen escaparse del aula y hacer novillos para atraparlas. En cuanto a diversiones, es mejor no hablar de ello, ya que duele más cuando se recuerdan los cines y disco-pubs de la capital. La principal actividad económica del lugar, aparte de la caza ilegal, es la cría de cabras que, como es de suponer son buenas anfitrionas de pulgas y demás parásitos que los niños adoptan al jugar con las cabras y luego transportan a la escuela. De los niños al maestro, hay un solo un paso.

Lo peor es que el coche de este interino es viejo, ya que aún no ha ahorrado suficiente dinero para comprar otro, por lo que el consumo de carburante es alto. Muy alto. Se ve obligado una vez entre semana a llenar el depósito en otro pueblo a 60 kilómetros de su lugar de residencia (la vieja casa de maestros).

Además, debe compatibilizar su horario con otro más ingrato que es el tiempo que dedica a la preparación de las oposiciones. Estudia en bar, el único sitio caliente del entorno. Mantener las condiciones de higiene a las que está acostumbrado le obliga a sufrir duchas diarias de agua fría que, lejos de templar su ánimo y endurecer su cuerpo le van conduciendo a una neumonía al parecer inevitable. En cuanto a las comidas, debe calentarse a diario la comida en un hornillo de camping en su aula.

Los dos primeros meses admiraba la grandeza del paisaje serrano, pero el frío, las pésimas condiciones de vida en las que se mantiene, la complicación y el riesgo de los constantes desplazamientos, la mala alimentación y la falta de gratificación profesional de su esfuerzo han hecho que sus ojos no vean ya la belleza del entorno.

Como vemos, los problemas y situaciones que amenazan a este interino no son especialmente graves ni exigen tensiones enormes para vencerlas. La cuestión es que se repiten a diario. Un día tras otro permanecen las mismas dificultades e idéntica frustración con lo que la tensión se va acumulando. Las pequeñas insatisfacciones acumuladas a lo largo del tiempo producen un estrés comparable a la peor de las situaciones. Esto es distrés y produce graves problemas de salud; conduce al agotamiento y por ende a la depresión.

Las condiciones laborales de este maestro son malas, y a ellas debemos atribuir el estrés que sufre. ¿Sería entonces posible el distrés en las mejores condiciones laborales?. La respuesta es sí. Veamos el siguiente caso:

Tras muchos años con destinos alejados de su lugar de residencia, teniendo que viajar una media de 130 Km diarios para mantener un hogar en la capital, donde siempre quiso criar a sus hijos, por fin le han dado en el Concurso de Traslados un magnífico centro de la capital. Tuvo que readscribirse a Educación Infantil cuando en realidad siempre ha dado Primaria en los centros en los que ha trabajado. Le quedan 5 años para la jubilación LOGSE ( tiene 30 años de servicios y 55 años de edad). Está contenta. Tendrá que adaptarse a un nuevo Equipo Directivo, un nuevo Centro y un nuevo alumnado (de Infantil) pero está contenta.

Como es la última en llegar, sus compañeros la ponen con los niños de tres años, y la vida de la maestra comienza a dar un dramático giro: periodo de adaptación. Jamás solicitó una baja en sus 30 años de servicio, pero en los últimos días sus articulaciones piden a gritos un fisioterapeuta. Cuando se tienen 55 años es difícil recoger niños del suelo o soportarlos en la espalda. De todas formas por fin la capital. Sus hijos ya son mayores pero es bueno no tener que viajar. Un día de colegio se presenta ante sus alumnos y los pone a picar una silueta con el punzón. Un niño se levanta del asiento y le dice muy burlón: “mi padre me ha dicho que no tengo que hacer nada si no quiero” y se pone a saltar sobre su silla. La maestra llama al padre para advertirle sobre los peligros de dar ese tipo de consejos a los niños y su sorpresa es mayúscula cuando aparece un energúmeno por la puerta que diciendo ser abogado ( es el padre de la criatura) promete a la maestra ponerle un pleito por incompetente. Indignada por el asunto comenta el tema en un claustro buscando apoyo del resto de compañeros. Éstos no se muestran muy solidarios puesto que no la conocen de nada, así que le dan largas y silencios fríos llenos de tácitas acusaciones. La maestra sufre, ya que el padre ha puesto la denuncia por daños psicológicos al menor y ahora tendrá que defenderse. Además, se da la circunstancia de que éste polémico padre es el Presidente de la APA, con lo que pone en su contra a todos los padres de sus alumnos. Los niños comienzan a volverse ingobernables por los comentarios de sus padres respecto a su maestra. Las protestas de los padres crecen sin parar. Pronto la maestra se ve puesta en cuestión incluso por rumores que afirman que bebe sin medida llegando a clase ebria en la mayoría de las ocasiones. La situación es insostenible. Las acusaciones infundadas se multiplican llegando a oídos de la administración que envía un inspector al centro. Este inspector encuentra una maestra destrozada por los nervios, con síntomas evidentes de crisis de angustia y sin ningún tipo de apoyo por parte de sus compañeros. La vieja maestra con experiencia y “tablas” ha sido engullida por un sistema injusto.

En este caso, las condiciones de trabajo parecían ideales, pero el desarrollo de acontecimientos imprevisibles ha planteado a la maestra amenazas constantes, que sin ser demasiado graves, producen un estrés permanente.


Los casos que hemos presentado son, por supuesto ficticios, pero podrían hacerse realidad en cualquier momento. Las condiciones de trabajo del docente tienen la capacidad de producir estrés, ya que la docencia es una de la profesiones de mayor riesgo.
Lo que haremos a continuación es analizar los factores de nuestro trabajo como docentes que pueden producir estrés (factores ansiógenos):




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