Módulo 1: patologías y estrés en los docentes



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6. ORDENADORES



Riesgos: causas y patologías
Es una equivocación pensar que el trabajo con equipos de PVD (Pantallas de visualización de datos) está libre de riesgos. Es­tudios efectuados hasta la fecha demuestran que el absentismo producido por enfermedades de mediana y corta duración en trabajadores que operan con pantallas de visualización es debido a riesgos concretados en forma de irritación de los ojos, dolor de espalda, nuca, cabeza y arti­culaciones, malestar por el ruido o vibraciones e irritabilidad o depresiones. Por ello, antes de proceder a la apertura de la sala en la cual se van a instalar los equipos de PVD es necesario efectuar un diseño adecuado para eliminar los riesgos o reducirlos a su mínima expresión. Si se trata de una unidad de trabajo ya existente y en funcionamiento conviene evaluar los factores de riesgo generados por los reflejos y contrastes, radiaciones, nivel de ruido, deficiencias ergonómicas de los elementos de trabajo y ambiente laboral.

El objetivo final es la consecución de una calidad de vida laboral que permita el desarrollo de las actividades económicas con el necesario confort. Las patologías inherentes a la fatiga visual, fatiga física, fatiga mental, fatiga postural y estrés son el contrapunto que hay que evitar. Por último, la formación e información de los trabajadores respecto a la salud en su puesto de trabajo, así como del resultado de los análisis de riesgos y de los reconocimientos médicos es una obli­gación impuesta a los empresarios y/o la Administración.


Causas de los riesgos
Es evidente que toda situación de riesgo presenta una causa en su origen relacionada directamente con éste. De esta forma, una vez determinados los riesgos, también podemos agrupar las posibles causas:


  • Causas individuales. Condiciones físicas de la persona.

  • Causas de diseño del puesto y equipo,

  • Causas del entorno. Microambiente del local o sala.

  • Causas de la organización del trabajo.

Patologías específicas


La patología específica derivada de los trabajos con pantallas de visualización presenta orígenes y causas diferentes, por lo que su tratamiento será distinto a pesar de que los objetivos son idénticos: mejora de las condiciones de trabajo. No todos los problemas pueden atribuirse a las pantallas pro­piamente dichas, sino que muchos de ellos son comunes a cualquier puesto con características similares, o bien son dependientes de la mala utilización de los riesgos y las organizaciones.
Las alteraciones más frecuentes sufridas por los operadores de pantallas de visualización se pueden agrupar en tres grandes apartados:


  • Fatiga visual.

  • Fatiga física, trastornos posturales.

  • Fatiga mental o psicológica.

  • Fatiga visual

Fatiga visual


Es una modificación funcional, de carácter reversible, debida a un esfuerzo excesivo del aparato visual; los síntomas se sitúan a tres niveles:
-Molestias oculares: Pesadez parfadual, pesadez de ojos, picores, quemazón, necesidad de frotarse, somnolencia, escozor ocular, aumento del parpadeo.

-Trastornos visuales: Borrosidad de los caracteres que se tienen que percibir en las pantallas.

-Síntomas extraoculares: Cefaleas, vértigos, sensaciones de desasosiego y ansiedad.
Fatiga física
Es debida a una tensión muscular estática, dinámica o repetitiva. Estos esfuerzos excesivos producen dolores cervicales, tirantez en la nuca, dorsalgias y lumbalgias.
Fatiga mental o psicológica
Es debida a un esfuerzo intelectual o mental excesivo. Este tipo de fatiga es el que tiene mayor incidencia entre los trabajadores que operan con pantallas de visualización. Los síntomas de la fatiga mental pueden ser de tres tipos:
-Trastornos neurovegetativos y alteraciones psicosomáticas (constipación, cefaleas, diarreas, palpitaciones).

-Perturbaciones psíquicas (ansiedad, irritabilidad, estados depresivos).



-Trastornos del sueño (pesadillas, insomnio, sueño agitado).
Hasta aquí llega esta pequeña introducción a los problemas relacionados con las Pantallas de Visualización de datos. Encontraréis mucha más información en el tercer bloque de contenidos, ya que se pone como ejemplo del plan de intervención específico en Prevención de Riesgos Laborales el caso de los ordenadores.

7. DEFINICIÓN DE ESTRÉS



Somos como máquinas. Nuestras piezas se resienten con el uso constante y fallan.
El término “estrés” no proviene del campo de la salud o la psicología. Comenzó a utilizarse en ingeniería para designar el efecto de desgaste que el esfuerzo continuado produce en las piezas mecánicas, en concreto en los aviones. La psicología adoptó el término para designar el efecto que sobre la salud produce el esfuerzo y la tensión continuada.
El estrés es la consecuencia de la tensión continuada sobre el organismo debido al mantenimiento de un esfuerzo constante y excesivo. Como tal, no existe. Designa un conjunto más o menos homogéneo de síntomas observables que pueden variar notablemente de un individuo a otro. Así, una persona puede experimentar mareos, fatiga constante, debilidad e incluso anemia; mientras que otra persona con estrés puede manifestar dolor de estómago y tensión muscular; una tercera persona podría quejarse de falta de apetito e insomnio.
En cada persona, este fallo se manifiesta de una forma diferente. Cada persona tiene un tipo de estrés diferente.
Todas las personas no exteriorizan de la misma forma los síntomas de estrés porque el estrés cambia de una persona a otra. Es decir, el estrés se manifiesta de formas diferentes en diferentes personas.
El origen del estrés, en cualquier caso está basado en la tensión excesiva, en el esfuerzo del organismo mantenido durante mucho tiempo. La tensión y el esfuerzo se activa automáticamente cuando el organismo se enfrenta a situaciones que son percibidas como amenazantes o que constituyen un problema. La percepción de la gravedad, urgencia y dificultad del problema determinan la magnitud de la activación del organismo, es decir: cuántos recursos se movilizan para superar esta situación problemática.
El estrés se desarrolla a partir de la percepción de una situación catalogada por nuestro cerebro como amenazante.
De esta forma, las cosas parecen funcionar así:
1º. Se percibe una situación amenazante y se determina cuál es la intensidad de esta amenaza.
2º. Se movilizan los recursos orgánicos necesarios para hacer frente a esta amenaza.
3º. Se mantienen niveles altos de activación mientras se siga percibiendo amenaza
4º. Comienzan los primeros síntomas de agotamiento al no poder ser mantenidos durante más tiempo niveles tan altos de activación.
5º. Entramos en una fase de agotamiento. Estrés que se manifiesta de diferentes formas en cada organismo.
Por el momento sabemos lo siguiente: el estrés es un conjunto de síntomas muy variables en cada individuo que se produce por un exceso de tensión mantenida a lo largo del tiempo y que refleja el agotamiento del organismo.
La tensión se activa cuando la mente percibe situaciones amenazantes a las que tiene que responder. La respuesta siempre está en sintonía con la percepción de la magnitud de la amenaza, y eso también es algo personal. Pongamos un ejemplo:
Un perro grande camina suelto por la calle. No ladra ni gruñe; tampoco corre agitado: está andando tranquilamente por la acera. Un peatón que no tenga miedo a los perros no se inquietará por la presencia del perro; pero otro individuo que tenga miedo a los perros reaccionará ante la situación como si se tratara de una amenaza, activando recursos orgánicos para escapar del perro y superar así la situación percibida como amenazante: aprieta el paso, bombea más sangre a las piernas, focaliza la atención visual sobre el perro y se cambia de acera rápidamente. El mismo perro ha activado la respuesta de huída en una persona pero no en otra, con lo que podemos deducir que el origen de las respuestas de los individuos no se halla en la situación que perciben sino en cómo la perciben. El aspecto más importante del estrés es averiguar qué es lo que determina que una persona “etiquete” las situaciones como amenazantes.
La forma en que percibimos activa todo el ciclo de activación-mantenimiento de la tensión y estrés; así que uno de los factores más importantes que intervienen en el estrés es la forma en que las personas perciben las situaciones catalogándolas como amenazantes o no. Más tarde volveremos a este punto.
Ahora, nos interesa determinar en qué consiste exactamente esa respuesta de estrés, y para conseguirlo, tenemos que diferenciar dos términos muy distintos: Es muy importante que sepamos diferenciar dos términos muy distintos: activación y estrés. Por un lado el concepto activación (ansiedad) y por otro, el término “estrés”. Es necesario que entendamos que la activación o la tensión (ansiedad) no es necesariamente mala: nos permite dar lo mejor de nosotros mismos ante situaciones que requieren un esfuerzo adicional. Un profesor rinde mejor cuando se activa un poco ante sus alumnos porque percibe alguna dificultad. La dificultad hace que las personas traten de superarse.
Sin embargo, un exceso de tensión produce efectos colaterales no deseables que perjudican la salud (estrés). Es como si exigiéramos al motor de nuestro vehículo el máximo rendimiento durante mucho tiempo: al final algo acabaría rompiéndose impidiendo el buen funcionamiento del motor.
Conclusión: la tensión es saludable porque mejora el rendimiento; el exceso de tensión es malo porque acaba dañando la salud.
La reacción del organismo ante la amenaza se resume con una sola palabra: activación. La magnitud de esta activación está en relación directa con la percepción subjetiva del grado de amenaza que el individuo percibe.
La reacción del organismo ante la amenaza se basa en la activación; y de la activación se encarga el SNA (Sistema Nervioso Autónomo) en su rama simpática; así que todas las respuestas son de excitación en tres niveles fundamentales:
Nivel orgánico: Se descargan altos niveles de endorfinas (para prevenir el posible dolor) y de adrenalina (con el fin de activar el funcionamiento de los órganos a un ritmo más alto); se acelera el metabolismo, la tasa cardiaca, la frecuencia respiratoria; aumenta mucho el tono muscular y la presión sanguínea. Incremento de los reflejos y de las respuestas reflejas ante estímulos concretos. Aumento de plaquetas y glóbulos bancos en sangre (para hacer frente a posible heridas); cambios en la conductividad de la piel (para sentir con más intensidad estímulos táctiles o de temperatura). Desviación del caudal sanguíneo de las zonas centrales del cuerpo hacia las periféricas: cabeza y miembros (para asegurar el oxígeno necesario).

Nivel conductual: Aumenta la capacidad de respuesta del organismo ante estímulos específicos, incrementándose el umbral de respuesta automática o refleja. Todo el cuerpo se muestra en una actitud alerta e inquieta, rápido para reaccionar.


Nivel cognitivo: Se incrementa la velocidad de procesamiento de la información por parte del cerebro; los procesos cognitivos de recuperación de información almacenada se aceleran y la atención se focaliza y se vuelve selectiva.
Esta completa adaptación biológica mejora el rendimiento del ser humano ante la situación amenazante que ha activado estos cambios. Sin embargo existe un problema: Quizás el problema más importante y de más repercusiones de la activación sea que una vez activada su inercia es alta. Es difícil detener el proceso de activación que conduce a padecer estrés. La activación se dispara de forma inmediata y casi automática pero tarda mucho en remitir. Dicho de otra forma: la activación se dispara fácilmente pero tarda mucho en regresar de nuevo a un estado de reposo. Además, sólo nos permitimos regresar a un estado de reposo cuando la situación amenazante desaparece por uno de estos tres motivos: o bien el estímulo simplemente se desvanece o bien la situación es superada por nosotros mismos o deja de ser percibido como amenazante.
Lo importante es que entendamos que la activación sólo remite cuando la situación deja de ser considerada como una amenaza. La activación consume energía del organismo a una velocidad enorme. Por eso, cuando la amenaza no se resuelve de forma rápida, tenemos un problema. Somos como baterías de Litio de carga compleja.
Para entender cómo el mantenimiento de la tensión puede devenir en estrés, podemos comparar al ser humano con una batería recargable: cada persona tiene una batería de diferente capacidad (en virtud de unos factores que más adelante pasaremos a analizar). La batería se consume a una velocidad normal ante estímulos normales, pero el consumo aumenta exponencialmente cuando la persona se enfrenta a situaciones amenazantes. La batería sólo se recarga cuando no se utiliza, pero asumimos que ante una amenaza estamos siempre “encendidos” utilizando la batería. La batería acabará por agotarse produciendo complicaciones importantes en el organismo.
Otra dificultad que conviene tener en cuenta es que al organismo le cuesta recuperarse más, cuantos más recursos ha gastado. Es decir, que la pila se recarga más lentamente cuando está agotada. Las conclusiones parecen evidentes:
La activación puede llegar a agotar las reservar del organismo una vez que ha empezado si no desaparece la situación problemática que la ha causado. En esencia, es necesario renovar periódicamente las reservas descansando frecuentemente, pero este descanso no es posible ante la amenaza. Cuando el organismo llega a agotarse, la renovación de las reservas es mucho más lenta y complicada. El agotamiento del organismo acarrea problemas de salud que se denominan “estrés”.
Ahora la pregunta es: ¿Cuáles son los síntomas derivados del estrés?
Es fundamental que entendamos que los síntomas son tan variados y personales que casi cualquier trastorno, dolor o disfunción puede ser reflejo de un problema de estrés. Una persona con estrés podría no manifestar nada hasta llegar al infarto, mientras que otras se quejarían enseguida de dolores de cabeza o les saldrían manchitas en la piel.
El estrés es una alteración global del estado del organismo, y como tal puede manifestarse de muy diversas formas. Sin embargo algunos rasgos son comunes, e incluso se han llegado a aislar criterios diagnósticos más o menos comunes. El siguiente listado es orientativo y no concluyente. Una de las dificultades con el estrés como alteración patológica o enfermedad particular es la dificultad de establecer diagnósticos diferenciales con otras enfermedades: un dolor de cabeza intenso puede estar motivado por el estrés pero también por un tumor no detectado. Además el estrés es parte y origen a la vez de muchas alteraciones: por ejemplo, el Síndrome de Intestino Irritable o la úlcera estomacal.
Manifestaciones somáticas de estrés:
A nivel muscular: palpitaciones, rigidez en los miembros, dolores articulares, sensación de pesadez y cansancio, aumento de riesgo de padecer calambres y tirones musculares.
A nivel circulatorio: Aumento y/o descenso de la presión sanguínea en ciclos impredecibles, taquicardia, aumento de la cantidad de glóbulos blancos y plaquetas en sangre, descenso del nivel de hematíes o glóbulos rojos: anemia. Cambios en el nivel de azúcar en sangre (hipo o hiperglucemia). Cambios en el metabolismo.
A nivel homeostático: Desequilibrios en la presión sanguínea que se ponen de manifiesto en cefaleas y migrañas palpitantes asociadas a cambios en la presión sanguínea. Sensación de calor o frío intenso en las partes periféricas del cuerpo: manos y pies.
A nivel inmunológico: Inflamación de los nódulos linfáticos (en el cuello, axilas e ingles), descenso de la capacidad de respuesta ante infecciones y enfermedades (mayor facilidad para constiparse, etc...). Hipersensibilidad a agentes alergénicos que antes no producían respuesta en el organismo. Aumento del asma.

nivel estésico (o de sensaciones): picores, mareos y desequilibrios. Sensación difusa de “no pertenecer al propio cuerpo” o despersonalización.

A nivel respiratorio: Sensación de fatiga incluso al realizar pequeños esfuerzos. Necesidad frecuente de suspirar o bostezar.
Otros síntomas característicos son:


  • Dolores recurrentes de cabeza.

  • Trastornos en la alimentación y el sueño (tanto por exceso como por defecto).

  • Dolor agudo en el tórax, a la altura del plexo solar.

  • Alteraciones gástricas (acidez, pesadez en las digestiones) y del tracto digestivo ( diarrea y/o estreñimiento).

  • Manchitas epiteliales (rosetas de color encarnado a la altura del cuello y pecho).

  • Alteraciones en la respuesta sexual.

  • Aumento de la morbilidad respecto a las patologías cardíacas e incremento de la probabilidad de muerte súbita.

Hasta aquí una “selección” de los rasgos más comunes a nivel somático. Nos queda el impacto psicosociológico del estrés:




  • Fatiga mental: incapacidad de organizar el pensamiento de forma adecuada, volviéndose divergente y separado de la lógica y la realidad.

  • Descenso de la autoestima, desarrollando ideas irracionales sobre la propia incapacidad e inutilidad de los esfuerzos.

  • El individuo se ve sumido en una profunda tristeza producida al experimentar sensación de falta de control sobre las circunstancias de su vida.

  • Estado de ánimo disfórico que implica tendencia a la tristeza y al aislamiento social.

  • Pensamientos recurrentes sobre los errores cometidos en el pasado que conducen al individuo a culparse a sí mismo por su situación actual.

  • Labilidad afectiva: el individuo pasa con rapidez de la euforia a la tristeza.

Hemos descrito el estado de agotamiento propio de los últimos estadios del proceso de deterioro llamado “estrés”, sin embargo; con mucha frecuencia, estos síntomas están camuflados por una especie de agitación que mueve a las personas “estresadas”. Esta agitación se produce por la activación. Cuando la batería se agote definitivamente la agitación dejará paso a la antes llamada “crisis nerviosa” seguida de un episodio depresivo que puede durar meses.


Lo importante, es que entendamos que el estrés es la consecuencia de una cadena de acontecimientos que se inician con la percepción de una situación como amenazante y que es, esencialmente imparable si no se está entrenado para ello.
Podemos llegar a “vacunarnos” contra el estrés, pero hay que hacerlo aprendiendo determinadas habilidades. Nadie sabe controlar el estrés de forma innata. Nadie.




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