Materiales de un debate sobre el currículo de acreditación en la sociedad contemporánea: hacia un currículo de resistencia


Las sutiles evasiones e inclusiones en el enfoque: sobre los supuestos necesarios implícitos dentro de su modelo



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Las sutiles evasiones e inclusiones en el enfoque: sobre los supuestos necesarios implícitos dentro de su modelo


Pero en esta proposición de Jobert sobre los hechos estilizados, más allá de una observación empírica lo que desliza con sutileza son dos enfoques concretos que no son sólo lo que la realidad revela en su apariencia, lo inmediato, son —si lo vemos con detalle— los postulados de la teoría de Habermas: el primero “El Estado nunca puede ser interpretado como un árbitro situado por encima de la sociedad”. Claramente hay una prescripción metodológica que supuestamente se funda en la observación de un hecho empírico —la sociedad capitalista con estados comunitarios corporativos—. ¿A qué renunciamos entonces, si creemos en la sugerencia de Jobert? ¿Sí creemos que sería (según él) un error contradecir “los hechos”, “la evidencia”?, a lo que renunciamos metodológicamente es a la posibilidad de pensar sobre el Estado no como un ente cosificado sino como nos lo enseñara Engels y posteriormente lo sistematizara Lenin: a pensar que el Estado es en todo tiempo y lugar un Estado de clase, es decir que el Estado no existe como una categoría abstracta ahistórica, como un ente sempiterno.

Dicho de otra forma, la apuesta metodológica de Jobert nos remite al escenario donde en el mejor de los casos hay tensiones sociales pero no contradicciones de clase, nos remite a pensar desde las antinomias kantianas, su postura niega la posibilidad de tomar al materialismo histórico como herramienta del científico social.

El autor, en seguida desliza otra “observación empírica” que de nuevo se constituye —y es— elemento clave en el discurso de Habermas —en éste sí elemento teórico— el cual retoma Jobert desde lo inmediato sugiriendo en este punto de su exposición una praxis: el Estado “Es penetrado por las fuerzas sociales, cuyo ajuste pretende asegurar, y contribuye además a modelar la sociedad civil de tal forma que sea lo político lo que asegure la cohesión de la misma”

Así pues, el Estado diluido en —y con — la sociedad civil, ahora sí tiene una función clara: “modelar la sociedad civil de tal forma que sea lo político lo que asegure la cohesión de la misma.” Modelar la sociedad civil es un eufemismo para indicar entonces que se requiere —mediante las pedagogías de la clase dominante— producir los sujetos necesarios para el orden social vigente, esos sujetos que por estos días se forman en nuestras escuelas y academias, los sujetos “proactivos” —que no reactivos—, los “empoderados” —los que se sienten parte de—, los que se “ponen la camiseta” en pro de los proyectos burgueses que asumen comunes a toda la sociedad —se dice que les “incluyen”— los que además por esta vía serán co-responsables y co-financiadores de toda política pública social “exitosa” o “fallida”, en los que junto con el Estado ya comienza a aparecer como disuelta la responsabilidad. Los sujetos producidos para el orden social que para decirlo en una sola palabra “tienen el policía por dentro”. Nada más ni nada menos que el sujeto que trasnocha, al pensar en su concreción, desde hace varias décadas, a Mockus y a otros sacerdotes, predicadores e ingenieros del constructivismo de raíz kantiana por estas tierras.

Retomando el asunto, es claro que los supuestos detrás de tal afirmación —derivado de lo que la evidencia revela en su apariencia— es la idea de un orden social en donde hay unos lineamientos generales —unas moralidades esas sí universales— dentro de las cuales hay pequeñas deliberaciones y ajustes. Dicho en otras palabras, supone que hay una unidad de ciertos valores básicos de la sociedad que son compartidos y defendidos por todos —por ejemplo, aunque no lo dice directamente, que el mercado es el mejor ordenador social y asignador eficiente de recursos—. Ahora, una vez se está de acuerdo, como decía Álvaro Gómez, sobre “lo fundamental”, lo demás se puede resolver mediante la discusión y el consenso, mediante los acuerdos, mediante las lógicas de los contractualismos “neos” y viejos.

Gramsci, el activista y pensador de Cerdeña, ya en los años 20 del siglo pasado, nos había recordado que esos acuerdos y esa paz, ese orden social dentro del cual este modelo puede funcionar no es el punto de partida; por el contrario, en tanto elemento de la realidad que se nos manifiesta como lo evidente, es el resultado o punto de llegada de la dinámica social, en donde hay una clase que ha vencido a otra, la que ha impuesto su ideología y principios, la clase que, parafraseando a Gramsci, “impone su hegemonía”; la clase derrotada verá como natural todo eso que la clase en el poder reproduce en los discursos y valores, los cuales la clase derrotada “hace suyos” mediante el troquel de la educación y las pedagogías. ¿Implica ello que no hay contradicción? ¿Implica entonces que ésta desaparece? No. La contradicción se mantiene, pero —al decir de Gramsci— toma la forma de reivindicaciones que la clase perdedora “araña” a la clase en el poder, reivindicaciones que se manifiestan en las Políticas Públicas e incluso en parte de las leyes. Por eso indicamos que el problema no es que se luche por reivindicaciones sociales —empleo, salarios, salud, educación, etc.—; ello es además necesario. Decimos que el problema es perder de vista el norte dentro del cual tal dinámica hegemónica se desarrolla: perder la conciencia de clase.

Retomando el texto de Jobert, vemos que tomando como base y justificación los dos hechos estilizados que mencionamos —que como señalamos se corresponden uno a uno con las tesis de Habermas— el autor introduce de inmediato el objetivo de su artículo:

El objetivo de este artículo es construir un conjunto de hipótesis sobre el Estado en acción. Se trata de mirar las Políticas Públicas como un momento de la lucha política global: el estudio del estado en acción es también la política buscada por otros medios y en otros escenarios. Es la construcción y la puesta en marcha de un conjunto de normas con el fin de lograr una cohesión social.”54

Habiendo hecho claridad sobre lo que evade el discurso de Habermas y con él el de Jobert, es claro dentro de qué límites se habla de “lucha política” y qué tan “global” es la lucha política en su concepción de sociedad; de otro lado, podemos entender en cuál contexto es que actúa ese Estado diluido en la comunidad, y qué sentido tiene lo que nos plantea —dados los supuestos implícitos— cuando dice con todas las letras: “el estudio del Estado en acción es también la política buscada por otros medios y en otros escenarios”. Entendemos también el prerrequisito —y sentido— de la cohesión social: cuando dice “la puesta en marcha de un conjunto de normas con el fin de lograr una cohesión social”. Aparece ahora sí con claridad que la cohesión que tiene en mente es la de un orden corporativista.



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