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La construcción de las identidades



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La construcción de las identidades


Veamos ahora algunos aspectos sobre el proceso mediante el cual se forman las identidades individuales y colectivas. En la actividad y la comunicación con la familia, la escuela y el resto de la sociedad, tiene lugar un proceso de internalización y apropiación de herramientas culturales como el lenguaje, las habilidades, las representaciones compartidas y los significados. Este proceso ocurre tanto para los individuos como para los grupos, pero NUNCA es unidireccional, ni mecánico o exclusivamente cognitivo.

Me gustaría enfatizar, mirándolo de un punto de vista humanista e histórico cultural, que en la interacción y comunicación con otros y con el ambiente natural y material, las personas desarrollan formas creativas y personales de relacionarse con el ambiente.

Las formas verbales y no verbales de comunicación, los significados y sentidos compartidos, las memorias pasadas, los símbolos, los valores, las actitudes, las tradiciones, los hábitos, las costumbres, los gustos, los prejuicios, hasta las expectativas futuras, son recibidos por los niños y niñas en crecimiento, y por los jóvenes, a través, primero, de los adultos cercanos que cuentan e interpretan las experiencias pasadas, y luego, por nuevas y variadas influencias en la escuela, el trabajo, los amigos, la comunidad y los medios por supuesto. A veces, sobre todo para los que viven en zonas rurales muy atrasadas, es tanta la incongruencia y diversidad en los mensajes y la falta de preparación e información general, que resulta muy difícil para ellos funcionar como receptores activos y críticos de los mismos.

Muy temprano los niños participan en "prácticas sociales del recuerdo" (Rosa, Bellini, y Bakhust, 2000) tales como rituales, paradas, festividades populares, visitas a monumentos y celebraciones, mediante las cuales se establecen vínculos y se asumen como propias algunas memorias. Hasta las memorias más personales pueden ser recordadas u olvidadas por acción de los adultos que "seleccionan" qué se retrata, se dice, se silencia o se celebra. Tal puede ser el poder de las familias e instituciones. Pero, a pesar de la fuerza y de los adultos y figuras de autoridad como los maestros, no tienen el poder suficiente para manipular totalmente la memoria y las identidades; hace falta la experiencia personal. Sin experiencias personales significativas, las palabras y la participación en rituales pueden tener un efecto nulo. Hasta un conductista como Bandura dejaba claro que no bastaba colocar el modelo delante del alumno, sino que hacía falta identificación con el modelo para que se imitase (Bandura y Walters, 1963).

Por otro lado, aunque las personas tengan experiencias personales muy significativas y estén insertadas en grupos que también las compartan, tampoco esto basta para garantizar la memoria y la identidad colectiva. Hace falta un nivel adecuado de participación de cada cual, así como de satisfacción de ciertas necesidades dentro de los grupos, para que se desarrolle el sentimiento de pertenencia y la identidad individual y grupal.

Así, las interacciones sociales, la participación y las experiencias personales de los sujetos, además de las influencias de la historia y el poder, son todos elementos importantes e inseparables para la construcción de las identidades personales en la actividad, aunque durante el transcurso de la vida unos u otros factores puedan cambiar su significación o peso. Este mismo principio vale para la construcción de identidades colectivas. Y, cuando hablo de construcción de nuevas identidades colectivas, no me refiero específicamente a la inclusión de un sujeto en una identidad ya existente (en la familia, en una religión, en una banda o en un equipo), sino a la construcción de nuevas categorías de identidad. A veces, nos cuesta mucho trabajo aceptar las nuevas construcciones identitarias o entender la necesidad de las mismas, casi siempre puestas de manifiesto a través de una nueva categoría; también a los científicos sociales, a pesar de todo lo que sabemos de teoría. En La Habana, aunque no me propongo desarrollar la situación cubana, a veces reviso trabajos e investigaciones donde se estudian "muestras" acorde a sexo, edad, barrio, escolaridad, ingresos, etc. Sin embargo, en un reciente estudio de mercado que realicé, no solamente encontré muchas diferencias con respecto a los rasgos compartidos, las categorizaciones, pertenencias y discursos de identidad de los jóvenes con respecto a mis trabajos hasta el 2000, sino también una pluralidad de identificaciones que respondían a muy diversos criterios cruzados y complejos ("rockeros", "mickeys", "intelectuales", "palestinos", "rastas", "frikies", "reparteros", "jineteras", "barbies", etc.). Aunque muchas identidades tradicionales siguen teniendo sentido (obrero e intelectual, por ejemplo), en ciertos contextos, otras categorías, como estudiante, resultaban poco diferenciadoras de un "otro" significativo en las difíciles situaciones sociales y económicas que el país atraviesa (De la Torre, 2007). Me refiero a la heterogeneidad interna debido, precisamente, al alto número de personas que estudian* .

Cuando un niño o una niña nacen en la Pampa de José Hernández, en el México de Hidalgo o en la América de Simón Bolívar y José Martí, conocen, aman, se identifican y hasta mueren por una tierra, una cultura, un símbolo o un valor. No los tienen que crear (aunque sí recrear y enriquecer), están ahí esperando por ellos, por sus lecturas, afiliaciones y rupturas. Pero estas identidades, por muy hechas, profundas o estables que resulten, también tuvieron sus procesos de construcción, y pueden cambiar, crecer o hasta desaparecer, como ocurrió en la antigua Unión Soviética. En este sentido, como ha planteado Manuel Castells (1998), es fácil estar de acuerdo en que todas las identidades son construidas. El caso es entender cómo, desde qué, por quién y para qué.

El reto es, también, conocer y entender cuáles son y cómo se han formado -o destruido- las nuevas y viejas identidades; así como el costo y sentido que estos procesos han tenido para la población en general.

Para resumir este punto, se puede decir que una identidad colectiva se ha formado, que un grupo humano se ha constituido como identidad para los otros y para sí, cuando este se logra pensar y expresar como un "nosotros" y, de alguna u otra manera, puede compartir rasgos, significaciones y representaciones, así como desarrollar sentimientos de pertenencia, todo lo cual se expresa en procesos discursivos que nombran y dan sentido a estos espacios socio psicológicos. Igualmente quisiera resumir que la formación de nuevas identidades no es algo que se "enseña" o transmite a sujetos que reciben, sin resistencia, lo que se les inculca. Por el contrario, la formación de nuevas identidades tiene que ver con sujetos activos, comunicándose y actuando en contextos socioculturales. De acuerdo a como he tratado de entender estos procesos desde la concepción histórica y cultural, las interacciones humanas no se pueden abordar al margen del lenguaje, de su desarrollo histórico, de las actividades conjuntas con el entorno material, ni de la influencia de relaciones de poder.

Yo he venido aquí invitada por la Facultad de Educación para impoartir una charla acerca de la importancia de las identidades en la educación rural desde la perspectiva de los derechos humanos. Este es un tema que no voy a repetir acá. Pero debo decir al menos que la UNESCO (1996) ha planteado que se trata de aprender a vivir juntos desarrollando el conocimiento de los otros, de su historia, de sus tradiciones y su espiritualidad. También, y a partir de allí, crear un nuevo espíritu, que, precisamente, gracias a esta percepción de nuestras interdependencias crecientes, impulse a la realización de proyectos comunes o bien a un manejo inteligente y pacífico de los inevitables conflictos.

Pues bien, es imposible la realización de proyectos conjuntos sin la existencia de identidades, porque estas son las que nos hacen sentir que compartimos, con otros, metas y aspiraciones comunes. Los objetivos educativos más universales serían imposibles sin la contribución de la educación a la construcción de identidades tanto individuales como colectivas, mediante la inserción y participación creativa de todos en la cultura.

El hecho de compartir la pertenencia a un grupo – ha dicho Morín, (1999) - transforma la relación entre las personas de una manera que permite la acción colectiva coordinada y eficaz, pues, cuando las personas consideran que los demás pertenecen a su misma categoría, es más probable que experimenten confianza y respeto y que cooperen con ellos. Por eso la educación debe participar protagónicamente en la construcción de identidades. Todos tenemos el derecho a recibir la herencia cultural que nos precede, y a apropiarnos libre y creativamente -desde esos referentes- de todo lo nuevo que nos pueda aportar la cultura en su sentido más amplio.

Nadie tiene que aceptar que se le enseñe TODO desde referentes ajenos, que depositan el conocimiento como si los alumnos fueran recipientes vacíos, cosa que también (¡y muy bien!) ha criticado Rogers (1980). Cientos de estudios dan cuenta de los falsos retrasos e "inculturas" que resultan de la incapacidad para apreciar el valor de los conocimientos que están encerrados en las diversas culturas, aunque no se trate de las culturas dominantes. No es pequeño el reto que estos problemas nos plantean.

Las culturas viven y vivirán en diálogo, al igual que las identidades –que no son otra cosa que un producto cultural. Desde este punto de vista considero que cualquier esfuerzo profesional o académico tiene sentido si contribuye, aunque sea un poco, a que el mundo sea más justo y a que en el mismo puedan convivir las diversas identidades con respeto a la diversidad.

Con independencia de las diferencias que existen entre nuestros países, entre mi realidad cotidiana y la vuestra, creo que estas preocupaciones pueden ser, de alguna manera, compartidos por todos. El reto mayor es tratar de enfrentar los peligros del fanatismo de algunas identidades y a la vez la necesidad de su existencia como proceso importante de construcción de sentido y de salvaguarda de la riqueza y diversidad de nuestro mundo actual.

La defensa de la identidad universal del ser humano y a la vez de la posibilidad de la diferencia dentro del respeto a los derechos de todos es y debe ser una de las aspiraciones más importantes de los psicólogos y psicólogas y de todos los científicos sociales, como hombres y mujeres comprometidos con la preservación del medio ambiente, la cultura y la humanidad.



Dominio cultural

La Iglesia, elemento importantísimo de la cultura, desempeñó en la vida colonial el papel de soporte ideológico del absolutismo; como institución, ella estaba “subordinada al soberano en virtud del derecho de Patronato”. Ella constituyó, desde los primeros tiempos, un instrumento de dominación más del imperialismo español. Los planes de la Congregación Católica en la América Virgen eran sencillos y claros, en apariencia: implantar la fe cristiana, convertir a los infieles, pero detrás de estas beatas excusas estaba la misión de implantar las bases sólidas de la cultura hispánica; vale decir, el andamiaje ideológico que casi destruyó las culturas autóctonas y permitió el dominio político y económico en gran parte del Nuevo Mundo.



En la medida que la vida colonial fue desarrollándose, la institución religiosa adquirió riquezas, prestigio y poder para cumplir eficazmente su misión dominadora, el fraile pálido de enfermedades y hambre, de apariencia flacucha y de cruz en mano y crucifijo en pecho fue sustituido por el prelado gordo, de vida disoluta, vestido con finas telas, sortijas y alhajas, enquistado en un palacio como obispo o por el párroco tartufo, socarrón, ladino y truhan que vivía y satisfacía su lujuria a costilla de sus incautos y supersticiosos parroquianos y parroquianas. Los curas enseñaban a la gente que amar a Dios, implicaba no solamente el amor al prójimo, sino al Estado Monárquico con todas sus instituciones. Específicamente a las clases explotadas, le enseñaban la sumisión y la obediencia al poderoso, al rico, al dueño de las haciendas. Las relaciones de sometimiento y vasallaje eran parte de su catecismo; la resignación ante situaciones paupérrimas de explotación, trabajo esclavo e injusticia social eran muy a menudo su sermón para los pobres y explotados. Los portavoces del catolicismo le predicaba a los negros, indios y pardos en la colonia: la mansedumbre y la pasividad, la subordinación incondicional a los explotadores. Sin embargo, cuando surgen los conflictos independentistas en América y durante la guerra misma de la emancipación americana, algunos sacerdotes abrazaron con fervor revolucionario la causa republicana, como el Cura Morelos en México; pero como regla general la Congregación Católica, con todo su peso ideológico, se mantuvo opuesta a la Independencia. Aun más, en Venezuela casi todos los prelados y sacerdotes fueron realista e hicieron una oposición tenaz y descarada a la causa republicana, evoquemos aquí, los sucesos del terrible sismo del 26 de marzo de 1812, cuando los curas realistas pregonaron por todas partes que el desbastador terremoto era un castigo de la Divina Providencia por haberse los venezolanos republicanos, insubordinado a la Corona y declarado la independencia. Lo que obligó a Simón Bolívar a lanzar la famosa frase: ¨Si la Naturaleza se opone a nuestros designios libertarios lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca¨. Hoy como ayer los altos jerarcas del catolicismo se oponen a los cambios revolucionarios que impliquen: igualdad social, redención de los pobres, inclusión de los excluidos, darle poder efectivo al pueblo, justa distribución de las riquezas y justicia social. Su lugar está al lado de la burguesía apátrida y lambe cul… del imperialismo yanqui. Por otra parte, las culturas autóctonas americanas fueron, en casi todos los rincones de América, aplastadas por el peso de la cultura dominante hispánica. Los españoles obligaban a los indígenas a adquirir la lengua, la religión y las costumbres de la península Ibérica: hubo, literalmente, un genocidio cultural. Al estabilizarse la Colonia, el dominio cultural se manifestó a través de la Iglesia y de las Corporaciones que ella iba creando, por una parte y por otra, a través de las instituciones con fines y funciones políticas, económicas, judiciales y sociales que el Estado Monárquico erigía.

Como es obvio, el pensamiento español en su conjunto impregnó monopólicamente al Nuevo Mundo que supuestamente por legado del Papa Borgia, Alejandro VI (Pederasta y homosexual depravado) “le pertenecía” al imperio español. “Por su transcendencia, la cultura no podía escapar y no escapó a la previsión de España tan empeñada en reproducirse en su obsequio americano. Quería ella que su espíritu, que no otra cosa son la lengua, sus creencias, su arte, filosofía, ciencia, costumbres, gustos, aficiones y hasta prejuicios, fuera impuesto a la naciente sociedad americana. Al excluir de la colonización a los extranjeros, que en principio son los no oriundos de Castilla y de León, y después los súbditos de soberanía distinta de la española, se muestra una espontánea aspiración de monopolio cultural para quien trae sus estructuras políticas, económicas, religiosas, sociales y jurídicas y sólo procede conforme al programa de sus privativas conveniencias”.



Dominación hegemónica y colonización

Se denomina hegemonía al dominio de una entidad sobre otras de igual tipo.Se puede aplicar a diversas situaciones con el mismo significado: un bloque de naciones puede tener hegemonía gracias a su mayor potencial económico, militar o político, y ejerce esa hegemonía sobre otras poblaciones, aunque estas no la deseen.

Por «hegemonía mundial» se entiende el dominio del mundo por parte de una sola nación o un grupo de naciones.

«Hegemonía historiográfica» es una expresión aplicada por Gayatri Spivak.

«Hegémono» fue llamado Poncio Pilato en "El maestro y Margarita", de Mijaíl Bulgákov.

Desde un aspecto social, se entiende como «hegemonía cultural» – según se lee en la obra de Antonio Gramsci - la dominación y mantenimiento de poder que ejerce una persona o un grupo para la persuasión de otro u otros sometidos, minoritarios o ambas cosas, imponiendo sus propios valores, creencias e ideologías que configuran y sostienen el sistema político y social, con el fin de conseguir y perpetuar un estado de homogeneidad en el pensamiento y en la acción, así como una restricción de la temática y el enfoque de las producciones y las publicaciones culturales.





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