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El concepto de identidad


En cuanto a los conceptos, sería muy largo reconstruir los caminos a través de los cuales he tratado de estudiar diversas aproximaciones a las identidades.

Hay, por ejemplo, una idea que está implícita o explícitamente presente en casi todas las definiciones; es la relación de la identidad tanto con la igualdad como con la diferencia y la otredad. Así mismo, los procesos de identidad se relacionan con otras dimensiones como continuidad y ruptura; lo "objetivo" y lo subjetivo; las fronteras y los límites; el pasado, el presente y el futuro; lo homogéneo y heterogéneo; lo que se recibe de otras generaciones y lo nuevo que se construye; lo cognitivo, lo afectivo y lo conductual; lo consciente e inconsciente; etc. Ninguna de estas dimensiones puede ser desarrollada aquí, pero mencionarlas nos sirve para fundamentar el carácter complejo de las identidades y la conveniencia de pensar los polos que la atraviesan, no de manera simple y lineal, sino dialéctica, transdisciplinaria y, sobre todo, compleja (Morín, 1994, Munné, 2000).

Pero esto no impide que entre los discursos de identidad, especialmente los discursos oficiales, podemos encontrar decenas y cientos de referencias a la necesidad de "rescatar", "ser fiel", "mantener", "conservar" o "enseñar" literalmente las identidades y la pureza de las culturas, lo cual no es solamente imposible, sino inadecuado.

Ahora hace falta dejar claro, al menos, un asunto psicológico que es fundamental para continuar con la importancia de las identidades. Las identidades también pueden ser entendidas como una expresión del proceso cognitivo de categorización, que ayuda a los sujetos a entender, poner en orden, regular y construir las representaciones del mundo en que vivimos para que nos resulte más predecible y menos confuso.

Categorizar, en fin, es agrupar bajo un mismo nombre objetos que son, de alguna forma, diferentes; puede entenderse como sinónimo de construir conceptos que ayudan a marcar fronteras de identidad, a pesar de la compleja dualidad entre homogeneidad y heterogeneidad y del peligro que implican la simplificación y los estereotipos sociales. La categorización es una ayuda o "ahorro" cognitivo que nos facilita la compresión y ubicación en grupos (cubana, montañero, guajira, desplazado, desechable, intelectual, maestro, postmoderno, antioqueña). Muchas categorías pueden aparecer juntas y tener diversas maneras de interacción o subordinación; también mayor o menor grado de implicación valorativa o discriminatoria. La cuestión, de todos modos, es que aunque el mundo sea complejo, las personas buscan categorizaciones que las ayuden a entender, colocarse y relacionarse con el ambiente.

Tratando de recapitular y de generalizar se puede decir que "cuando se habla de identidad de algo, se hace referencia a procesos que nos permiten suponer que una cosa, en un momento y contexto determinados, es ella misma y no otra (igualdad relativa consigo misma y diferencia –también relativa- con relación a otros significativos), que es posible su identificación e inclusión en categorías y que tiene una continuidad (también relativa) en el tiempo". (De la Torre, 2001, p. 47). Todo lo cual, por cierto, no implica ninguna concepción estática, fundamentalista o esencialista. En el caso de las identidades subjetivas (porque la definición anterior es muy general y vale lo mismo para la música salsa, el arte gótico o un movimiento social) es necesario añadir que no solamente un individuo –o grupo- es el mismo y no otro, sino, sobre todo, que tiene conciencia de ser el mismo y no otro en forma relativamente coherente y continua a través de los cambios.

Todas estas características, especialmente las que tienen que ver con las fronteras y límites en las identidades, cobran sentido en los contextos en que ciertos significados fueron construidos (Berger y Luckman, 1968) y dotados de cierta "facticidad objetiva" por procesos subjetivos y lingüísticos que dialogan con la realidad. Ignorar esto nos haría imposible el menor acercamiento a la problemática de las identidades que van cambiando, surgiendo y desapareciendo cada vez con más rapidez.

Entonces, la identidad no es algo que está ahí, esperando a ser "descubierta". Cualquier identidad necesita ser pensada, reconocida, establecida y aceptada –negociada algunos dicen- en un proceso práctico y de comunicación humana, que se lleva a cabo a través de interacciones discursivas y de la actividad –en el sentido de la tradición de Vygotsky (1979) y Leontiev (1981). Un ejemplo, poco distante, pero muy contemporáneo, es el de la construcción de la Unión Europea, que, por cierto, no ha planteado pocos retos a las identidades. (Morín, 1989).

Profundizando en las identidades específicamente humanas, las personas no solo estamos conscientes o percatadas de nuestras igualdades y diferencias con otros, de nuestras particularidades, tenemos también la habilidad o cualidad conocida como reflexividad, la cual, para muchos autores, es lo que permite a individuos y grupos llevar una crónica particular de sus vidas y repensarse a sí mismos (Bruner, 1991; Jenkins, 1996; Giddens, 1995).

Pero no solo el pasado es valorado. En un sentido más amplio, la reflexividad es nuestra habilidad de mirar al pasado y modificar el presente de acuerdo al mismo, o de modificar el pasado (o nuestra narración del pasado) de acuerdo a la valoración de nuestro presente. En presencia de "otros" significativos y de nuevas circunstancias es imposible que no se incremente nuestro awareness acerca de la identidad, especialmente cuando lo que parecía natural y estable se ve violentado, reprimido o invadido por factores humanos, tecnológicos o simbólicos muy ajenos e incongruentes. También, como hace apenas unos días ha dicho Humberto Maturana aquí mismo en Medellín (2007), la reflexividad se favorece con las propias equivocaciones, por los errores; porque sin error, no puede haber reflexividad.

Por último, nuestro pensamiento reflexivo también tiene que ver con nuestra pertenencia a grupos. A tal extremo que Henry Tajfel ha definido nuestra identidad social como la parte del autoconcepto individual que tiene que ver con estas pertenencias, junto con la apreciación y significado emocional asociado con la mismas (1984, p. 292).

Más allá de dejar claro que todas las identidades son sociales y que prefiero hablar de identidades "individuales y colectivas" en lugar de "individuales y sociales", debo decir que el conjunto de identidades colectivas de cada sujeto –nacional, de género, de clase, religiosa, étnica, profesional y todas aquellas no tradicionales que surgen día a día a propósito de la misma exclusión o de la influencia de los medios- aunque puedan estar disponibles para todos, en un mismo espacio y tiempo, constituyen una especie de gestalt particular que es única. En gran medida, esta manera particular de combinarse, pensarse, expresarse y narrarse nuestras pertenencias a unas y otras categorías y grupos, es nuestra identidad personal. A tal extremo lo personal es social.

La posibilidad de cambio en las inclusiones grupales y en los sentimientos de pertenencia es enorme e implica, para cada persona, no una asimilación pasiva de los valores y normas que le "enseña" la escuela y la sociedad, sino una activa incorporación y construcción, con el apoyo de interacciones, resignificaciones discursivas de la historia personal y uso de los procesos de memoria y reflexividad.

Algunos autores actuales prefieren, en beneficio del carácter activo del sujeto, hablar de "actos de identificación", intencionales, direccionales y situados en escenarios particulares, en los cuales las personas, lejos de ser "recolectoras de su pasado" son narradoras que moldean y reconstruyen constantemente el mismo, integrándolo al presente y proyectándolo al futuro, en beneficio del sentido de continuidad (Rosa, Bellini, y Bakhust, 2000).

Con lo dicho hasta aquí, es posible pasar a una definición más limitada y a la vez más compleja de identidad; la de las identidades humanas. "Cuando se habla de la identidad de un sujeto individual o colectivo hacemos referencia a procesos que nos permiten asumir que ese sujeto, en determinado momento y contexto, es y tiene conciencia de ser él mismo, y que esa conciencia de sí se expresa (con mayor o menor elaboración o awareness) en su capacidad para diferenciarse de otros, identificarse con determinadas categorías, desarrollar sentimientos de pertenencia, mirarse reflexivamente y establecer narrativamente su continuidad a través de transformaciones y cambios" (De la Torre, 2001, p. 82). Dicho muy en breve, es la conciencia de mismidad.

Para llegar aquí, he tratado de incorporar, desde una comprensión bastante abierta, inspirada en Vygotsky (que es un aporte teórico que lo posibilita), las contribuciones de los cuatro enfoques principales que veo en el estudio de las identidades* , especialmente las colectivas. Solamente los voy a mencionar por su frecuente uso en la bibliografía psicológica, porque ya los he tratado de integrar anteriormente:



  1. Enfoques "objetivos" (que responden a preguntas acerca de cómo son determinados grupos).

  2. Enfoques subjetivos basados en la autopercepción (cómo se definen determinados grupos).

  3. Enfoques –subjetivos también- pero basados en la autocategorización y pertenencia (de qué grupos me siento parte).

  4. Enfoques discursivos (qué discurso de identidad caracteriza a un grupo, un partido, una religión, un movimiento, etc.).

Casi nadie -a no ser desde posiciones muy naif- utiliza científica y exclusivamente el enfoque objetivo, aunque está necesariamente implícito en los otros. Sin embargo, para algunos la defensa del enfoque discursivo es radical, hasta el extremo de pensarse, por ejemplo, que no hay identidades, sino "discursos de identidad". Para otros, es posible analizar como una realidad lo que está "detrás del discurso" (ver debates en Gordo, y Linaza, 1996). De todos modos, aunque este no sea el tema en que debo detenerme, la aparición de los enfoques discursivos ha revolucionado la manera de pensar en psicología y educación, así como el autoritarismo de las verdades únicas acerca de los más diversos temas humanos y educativos (García-Borés, 1996). Yo considero que unos y otros enfoques –o más bien, los aspectos que unos y otros enfoques distinguen- son todos indispensables, se relacionan y se necesitan de múltiples maneras; no se excluyen radicalmente si no se les trata con rigidez y dogmatismo.



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