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Importancia de las identidades y de las teorías de identidad



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Importancia de las identidades y de las teorías de identidad


Vamos a ver la primera interrogante. En el momento actual se pueden encontrar -con la misma intensidad- artículos y teorías académicas que se inclinan por pensar que en un mundo globalizado y postmoderno las identidades (sobre todo las nacionales) y los debates sobre ellas no resultan procedentes porque están algo así como en "fase Terminal" (ver Billig, 1998), así como otros, los más, que los encuentran muy necesarios sobre todo en el contexto de la globalización (por ejemplo, Marínez, 1999; Castells, 1998; Giddens, 1995, 1999; Dieterich, 2000; Touraine, 1997, 2006; García Canclini; 1995, 2003; Martín Barbero, 1995, 2002; Munné, 2000; Tablada, 2005). Stephen Reicher, incluso, considera que si hay una tendencia que pueda caracterizar a las ciencias sociales como un todo, es la preocupación por las dinámicas de identidad (Reicher, 1993; Reicher, S., Hopkins, N., Levine, M. y Rath, R., 2005).

Los primeros consideran que las identidades van desapareciendo porque todos somos hoy bastante similares hasta en nuestros cambios.

De todos modos, incluso concentrándome en la psicología, este presunto desvanecimiento de las identidades resulta muy relativo y superficial, sobre todo porque no se está hablando en un sentido antropológico, sino desde la perspectiva del nuevo mundo cómodamente globalizado para los pocos que pueden "almorzar en New York y cenar en Tokio", con la mirada de Davos y el optimismo infundado que piensa las identidades individuales desde la multiplicidad de 'otros' que cantan diferentes melodías en nuestro interior (Gergen, 1992). Pero ¿alguien se cree que el mundo actual realmente tiende a igualarnos a todos más allá de la imagen del campesino fragmentado que pastorea su vicuña con Adidas viejos y toma Coca Cola? ¿o del pueblito tradicional con sus contornos desdibujados por la torre publicitaria del mall? Claro que no, la realidad latinoamericana está inundada de niños que desayunan inhalantes, almuerzan sobras y regresan a sus casas cada noche ansiosos de una cena, tal vez su última cena, porque es un milagro que el pobre pueda repetir al otro día el miserable ciclo; e incluso que el rico no se vea amenazado por la misma pobreza.

Por suerte lo que predomina es la comprensión de que se trata de una creciente diferenciación, pero no de la manera "buena" que favorece la multiculturalidad con igualdad, justicia, paz y respeto a los derechos humanos, sino de la manera "mala": injusta, violenta y fragmentadora del yo. Hay muchos que desalientan los debates de identidad por el temor justificado a que se utilice como pretexto de mayor violencia e incomprensión.

En fin, podemos estar seguros de que los asuntos de identidad se discuten más que nunca, aunque la distancia entre los discursos académicos, populares y oficiales sea mucho más grande de lo que puede apreciarse a primera vista. Como todos construimos, pensamos y vivenciamos nuestras identidades, así como la necesidad y los conflictos de identidad, cualquier madre, padre, maestro o investigador habla de la identidad como algo que es tan evidente como nuestra propia existencia; algo de lo que no hace falta un conocimiento especial. Esto puede estar bien, porque todos pensamos y construimos el conocimiento, pero si se trata de investigación social, de psicología, hace falta trabajar y debatir los conceptos para aprovechar mejor la experiencia de otros.

Los científicos sociales han nombrado y pensado las identidades de muy diversas maneras, especialmente como necesidad:



  • Necesidad de un fuerte sentido de identificación grupal (Lewin, 1948).

  • Necesidad de raíces e identidad (Fromm, 1941, 1956, 1974).

  • Necesidad de mantenimiento existencial y de integración universal (Nuttin, Pieron, Buitendijk, 1965).

  • Necesidad de un sentido de pertenencia y de autoconcepto positivo (Tajfel , 1984).

  • Necesidad de conocernos a nosotros mismos y de ser reconocidos (Rogers, 1961, 1980).

  • Necesidades básicas de autodeterminación, protección y dignidad (Kelman, 1983).

  • Necesidad de identificarnos a nosotros mismos y de argumentar narrativamente estas identificaciones y su continuidad (Marco y Ramírez, 1998).

  • Necesidad, individual y social, de continuidad entre el pasado, el presente y el futuro (Pérez Ruiz, 1992).

  • Necesidad de procesos de construcción de sentidos (Castells, 1998, 2005).

Pero, no importa cómo se le llame ni qué aspectos se enfaticen –la autoimagen, la búsqueda de sentido, el auto respeto, la libertad, la autocategorización, la pertenencia, la reflexividad o la narración- parece ser que, a pesar de la resistencia de algunos que defienden a ultranza las posiciones construccionales radicales (del constructivismo y construccionismo)* , las personas siguen necesitando de la sensación de relativa estabilidad que proporciona la identidad individual. También del sentimiento y percepción de pertenencia a diversos grupos humanos que se ven a sí mismos con cierta continuidad y armonía, dadas por cualidades, representaciones y significados construidos en conjunto y compartidos (De la Torre, 1995, 2001). Claro que la complejidad, durabilidad, profundidad y sentido de estas identificaciones puede ir desde el pertenecer al club de fans de la Charanga Habanera, hasta sentirse parte de los sin tierra, de la comunidad latinoamericana, o de la identidad universal del ser humano. Pero las grandes identidades no necesariamente se contradicen con las otras, por muy complejas que sean las maneras en que se relacionen. También debe decirse que muchas veces, unas incluyen a las otras; un ejemplo es lo que se refiere a la territorialidad: habanero, cubano, latinoamericano, ciudadano del mundo.

Lo cierto es que los rasgos compartidos (no importa cómo hayamos construido las percepciones de igualdad y continuidad) nos hacen sentir como "peces en el agua" dentro de nuestros diversos grupos de pertenencia, así como relativamente diferentes a otros, todo lo cual debería hacer a nuestra humanidad más rica y no más violenta. Pero ahí está parte del problema; es sorprendente lo fácil que resulta a todos comprender que la naturaleza es más rica en la medida en que se conserven todas sus especies, que los bosques son más bosques en la medida en que las plantas sean más diversas y la fauna que los habita no los abandone. Sin embargo, la intolerancia a la diversidad humana no parece estar a la altura de los avances en las ciencias humanas. Las instituciones educativas y sociales deberán centrarse más, como nos alertó Edgar Morín (1999), en la condición humana, permitiendo que hombres y mujeres de estos tiempos, tan difíciles, podamos reconocernos en lo común, y, al mismo tiempo, en la diversidad cultural inherente a todo cuanto es humano. También necesitamos identificar nuestras producciones culturales como propias, ya que al reconocernos en ellas aumentamos nuestra autoestima y desarrollo espiritual. Para lograr esto, considero que hay que devolverle al humanismo (más allá de sus protagonistas o errores concretos) el valor que, en la cultura actual, ciertos paradigmas tratan de desacreditar.

En fin, lejos de perder importancia, el tema de las identidades ha captado el interés de todos, ya sea que hablemos de las identidades individuales y colectivas, o de la identidad de los productos culturales; lo mismo pensemos en nuestros ambientes inmediatos, que en nuestra identidad terrenal.




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