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Lesbianas en el sexo y el amor



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Lesbianas en el sexo y el amor

“Cuando me di cuenta de que era lesbiana, leí libros y busqué películas que me mostraran personajes similares a mí. Por fin entendía todo lo que me pasaba. Pero me comía la cabeza y me agobiaba pensando: `y ahora, donde voy a encontrar a otra como yo, seguro que son pocas las lesbianas, y si ya son pocas, de ahí a encontrar a una que se enamore de mí y yo me enamore de ella`, parecía imposible”.125

En la actualidad, según las entrevistadas, las maneras más comunes que tienen las lesbianas de conocer a otras de su misma orientación son: internet, bares y discotecas. Los grupos de amigas lesbianas son también un recurso que permite la intimidad y el estrechamiento de lazos que derivan, a veces, en relaciones más estables.

Mientras un 61% de las encuestadas reconoce haberse liado con una chica conocida en un bar, y un 42% a través de internet, un 77% lo ha hecho con una chica perteneciente a su grupo de amigas.

En un reportaje publicado por la revista MiraLES se da cuenta de esta situación: “De nosotras, las lesbianas, se dicen muchas cosas. Algunas de éstas las decimos nosotras mismas, como es el que somos endogámicas. La Real Academia de la Lengua define “endogamia” como la práctica de contraer matrimonio personas de ascendencia común o naturales de una pequeña localidad o comarca. Adaptando este concepto a la realidad lésbica, podríamos decir que es frecuente que en un grupo de amigas, o en una pequeña comunidad lésbica, nos liemos unas con otras. Creando, o fuertes lazos, o potentes rencores.

`Las mujeres somos más sociables que los hombres”, sostiene Rocío Carballo, sicóloga, “nos juntamos, y solemos hacernos amigas de las novia, y las ex de las novias de tus amigas, y cuando hay rupturas, las ex de tus amigas se mantienen. Y, a veces, los compontes de atracción no se pueden evitar, por lo que no creo que seamos más retorcidas, es algo inevitable, las mujeres solemos hacer vínculos más estrechos y a rozarnos más, a disociar menos el sexo de las relaciones personales´.

A juicio de la profesional, y alimentado con historias personales, el hecho de que seamos todas mujeres hace que las relaciones sean más cercanas. Y el hecho de que seamos lesbianas implica que entre tanta cercanía los lazos pueden mutar de la amistad a la atracción. Quizás dar un salto al amor. Volver luego a la amistad, pasar por el resentimiento, quizás dar un brinco a la pasión, retomar el amor o encaminarse a las sendas de la rabia y la ira. Quién sabe. En este caso puede ser lo que la pasión y las hormonas quieran”.126

En el estudio realizado a 140 lesbianas, la mitad se había relacionado sexualmente con la ex pareja de algunas de sus amigas, y el 32% de ellas lo había hecho con una novia de una de sus amigas.

Esta dinámica endogámica es criticada por gran parte de las entrevistadas, pero, por otro lado, se legitima como válida y frecuente. “A veces me harta el ambiente. Me harta eso de que todas con todas. O que conoces a una chica y de alguna manera puede haberse liado con alguien que conoces o haber tenido algo así. Pero por otra parte es difícil que pueda ser de otra manera. Porque hay tres sitios para salir, nos encontramos todas. El ambiente es pequeño, nos vamos conociendo y es inevitable que esto suceda. Se vuelve normal”.127

Con respecto a la vida sexual, un 57,5% de las mujeres encuestadas declara sentirse muy satisfecha en sus relaciones con otras mujeres, un 30,6% define esta como buena. Sólo el 8 se inclina por etiquetarla como regular y un 3,7 como insatisfactoria.

A la hora de mantener una relación sexual, 73 mujeres de las 140 valoraban más el vínculo emocional con su compañera que la atracción sexual. 60 de ellas concedían a esta última un valor por sobre los sentimientos.

De las 140 mujeres encuestadas, 35 de ellas no había tenido sexo con un hombre nunca. 54 sólo antes de declararse lesbiana y 41 mujeres antes y después de hacerlo. Sólo 10 habían tenido sexo con hombres después de autodefinirse como lesbianas.

“No creo que la orientación sexual sea algo inamovible. Es flexible y puede cambiar. Muchas mujeres no eran lesbianas y un día cambiaron. Se nos trata de enseñar que la orientación es fija, de nacimiento. Eso hace que muchas mujeres reinterpreten su pasado buscando señales de su lesbianismo. Pero es que creo que no es algo fijo y de nacimiento, sostengo que es flexible y que puede cambiar. Muchas no eran lesbianas y un día cambiaron. Creo que la orientación sexual es relativamente flexible, maleable”128

Con respecto a buscar el punto de partido de su lesbianismo, tal como sostiene Gimeno, muchas mujeres, cuando descubren o ponen nombre a su atracción o vínculo emocional con otra mujer, miran hacia atrás buscando señales, rastrean su pasado tratando de encontrar fragmentos de ese lesbianismo incipiente.

“Tuve varios novios, los chicos me gustaban, escribía cartas de amor y esas ñoñadas. Disfrutaba de mi vida sexual heterosexual. Me enamoré de un par de chicos, o eso creía yo. Lo que pasa es que cuando estuve con mi primera novia todo fue diferente. Me moría de amor, de felicidad. Lo que había sentido con los chicos parecía mínimo. Pero claro, a medida que me he ido enamorando de otras chicas, también parece todo más fuerte […]. Ya cuando me di cuenta de que era lesbiana me di cuenta de otras cosas, como de esa amiga del cole que era diferente a todas las demás, de la que no quería separarme, la que me parecía preciosa. Te vas dando cuenta de todos aquellos sentimientos que tenías pero que reprimías porque nadie es como tú, o lo demuestra, cuando eres niña. Piensas que lo que te pasa es raro, pero es sólo que no sabes cómo llamarlo, porque del mundo solo registramos lo que existe, lo que tiene nombre”.129

44, de las 140 mujeres encuestadas, sostenían que descubrieron su lesbianismo de mayores, pero que, a la hora de reinterpretar su pasado, se daban cuenta de que siempre lo habían sido. 42 de ellas sentían que habían nacido con su orientación sexual lesbiana. 18 pensaban que el habían podido escoger el ser lesbianas. Y 24 sostenían haber descubierto su orientación sexual de mayores, sin ningún tipo de reinterpretación del pasado.

Socialmente se piensa que una relación constituida por dos mujeres mantiene con más facilidad los valores de la fidelidad y la estabilidad. Según los resultados de un estudio realizado por Allian International University de San Francisco (2011), las mujeres lesbianas encabezan la lista de fidelidad. Le siguen los hombres heterosexuales, en tercer lugar las mujeres heterosexuales y, por último, los hombres gays. Además, se evidenció que las mujeres bisexuales suelen ser más fieles en las relaciones homosexuales que en las que sostienen con hombres.

A pesar de este primer lugar, entre las 140 mujeres entrevistadas la fidelidad y la infidelidad se rozaban casi a partes iguales entre las que declaraban nunca haber sido infieles (70) a una pareja y las que sí (69).




Cultura Lésbica

Las mujeres lesbianas consumen ofertas culturales destinadas a ellas, sobre todo buscando representación.

“El darte cuenta de que eres lesbiana cuando no conoces otra lesbiana puede ser una putada, sobre todo para el autoestima. Por eso es tan bueno encontrar libros y películas que hablen de lesbianismo, es como encontrar tu lugar en el mundo, saber que hay gente como tú”.130

Las alternativas audiovisuales con personajes lésbicos son las más cotizados y consumidos por las lesbianas. Muchas de ellas sostienen consumir series (111) y películas (107). Con respecto al material escrito, lideran los libros (89), portales de internet (82) y revistas (51).

92 de ellas declaran que frecuentan bares de ambiente, 40 no lo hacen. Y de estas 40, casi la mitad porque no existe bares de ambiente en su ciudad. El resto porque cree que no es necesario.

Los bares de ambiente suelen estar enmarcados en lo que se conoce como gueto. La Real Academia de la Lengua define esto como el barrio o suburbio en el que viven personas marginadas del resto de la sociedad. A la hora de referirse al gueto homosexual, hablamos más adecuadamente del barrio en el que las ofertas y servicios están destinados a la comunidad LGTB, como es el caso de Chueca, en Madrid. Céntrico barrio capitalino, de renta percápita alta y en el que se ven más frecuentemente parejas de mujeres y de hombres que en otro barrio de la ciudad.

Las opiniones de si en la actualidad son necesarios o no los guetos están muy dividida. A favor 67, en contra 65. Son justamente las lesbianas más jóvenes, las menores de 30, quienes más defienden la existencia de barrios. Que son justamente quienes más frecuentan los bares de ambientes.

En lo que el 100% de las chicas encuestadas coincide es en que, a pesar de todos los derechos obtenidos por el colectivo LGTB, aún es necesario seguir luchando por mantenerlos y por conquistar otros nuevos.



La pluma y la falda

Tal como hemos afirmado, la pluma, referida a la masculinidad de las lesbianas, y tan frecuente a partir de los años 70, solía interpretarse desde dos vertientes. Por un lado como una acción política, oponerse a las estrechas fronteras en las que el patriarcado había enmarcado la idea de mujer femenina. Y, por otro, como una forma de poder reconocerse unas con otras.

No obstante, en el siglo XXI, la pluma no es tan común como hace unos años atrás. Las entrevistadas mayores de 30 años coinciden en ello. “La primera vez que salí por el ambiente fue hace diez. La discoteca estaba llena de chicas de pelo corto, muchas de ellas rellenitas, vestidas con vaqueros y con camisas o camisetas sueltas. Yo siempre he sido más femenina y muchas veces las chicas me preguntaban si era heterosexual, sólo por no compartir del `modelo´ de lesbiana. Ahora, cuando sales por el ambiente te das cuenta de que abunda el pelo largo, el maquillaje, las faldas y los vestidos. El look masculino está ya pasado de moda”.131

67 de las 140 entrevistadas se define a sí misma como “femenina”. Mientras 59 lo hacen como “ambigua”, concepto referido en el mundo lésbico a tener un aspecto que, sin ser masculino, puede sugerir lesbianismo. Sólo 7 mujeres se definen como masculinas.

En lo que atracción de refiere, 66 mujeres confiesan que se sienten atraídas hacia chicas femeninas. 34 hacia las ambiguas y 7 a las masculinas. 50 de las mujeres declara que su atracción puede sentirla indistintamente por los “tipos” de chicas.

A pesar del cambio en la apariencia de las lesbianas que se ha llevado a cabo en los últimos años, un 90% de ellas afirman que podrían reconocer a otras lesbianas en la calle. Los fundamentos de estas respuestas se encuentran en el estereotipo de la mujer homosexual que durante décadas ha estado presente en los productos culturales y el imaginario social: pelo corto, masculina en ropa y actitudes.

Muchas mujeres declaran que podrían reconocer a lesbianas no por la apariencia, sino que por la mirada y por lo que bastantes definían como un “algo” especial que no podían describir del todo bien.

“Cuando no estoy en un lugar donde sabes que puedes encontrar lesbianas, como un bar de ambiente o Chueca, he podido reconocer a otras lesbianas. Es que tienen algo diferente, es algo, no sé el qué. No sé si es la forma de mirar, entre otras cosas. Pero no lo tienen las mujeres heterosexuales”. 132

La habilidad de una lesbiana para reconocer a otra es lo que se conoce como el “gaydar” o radar. 114, de las 140 entrevistadas creen en la existencia de un radar para identificar a una mujer homosexual sin que ésta lo haya reconocido. 23 piensan que no existe.

CONCLUSIONES

¿De dónde vienen las lesbianas? Vienen de muchas partes, pero de ningún útero. No han salido gritando desde el interior de dos piernas abiertas, porque la mujer lesbiana ha sido parida por el hombre, no por otra mujer, y menos por una mujer lesbiana.

A lo largo de la historia, el machismo, definido por la Real Academia de la Lengua como actitud de prepotencia del hombre respecto de las mujeres, ha estigmatizado al tipo de mujer que no podía doblegar: la mujer que no le necesitaba. No le necesitaba para satisfacer sus deseos sexuales y esperaba, y buscaba, no necesitarle para la manutención.

La mujer ha sido, durante siglos, criada para depender del hombre. Hasta hace muy poco tiempo era una ser sometido y domesticado por sus dueños: sus padres y, sobre todo, sus cónyuges. Recién en 1975 se eliminó la licencia marital y la obediencia al marido. Hasta 1958, en caso de separación (independiente de quién tomara la decisión), era la mujer la que debía abandonar la casa conyugal, la que perdía el dinero, sus bienes y hasta la custodia de sus hijos.133 Hasta 1963 las condenas de asesinatos de mujeres a manos de sus padres y maridos, “por honor” eran mínimas, y un violador podía perfectamente eludir la cárcel si su víctima le perdonaba o se casaba con él, puesto que sólo se trababa de un crimen contra la honestidad. Hasta 1970 un padre podía dar a sus hijos en adopción sin que la opinión de la madre contara. La conquista sobre el propio cuerpo y sobre la opción de la maternidad también se hizo esperar. Hasta 1978 no se despenalizaron los anticonceptivos, y recién en 1985 las mujeres podían abortar bajo tres supuestos. En 1989 la violencia física habitual sobre la pareja se convirtió en delito. Diez años más tarde se sumó la violencia sicológica.

La violencia de género, la trata de blancas, la violación, el acoso, los asesinatos de mujeres y todo tipo de violencia sexual siguen estando presentes en la sociedad, en un mundo donde, a través de esta vía, se somete y se desarma a las mujeres.

Ante tal nivel de control de sus bienes, su descendencia, su cuerpo, su voluntad, su conciencia, su salud física y emocional, podemos deducir y entender que la estigmatización y la invisibilidad son las consecuencias que ha debido pagar la mujer que ha desafiado el orden impuesto por el patriarcado: el de la heterosexualidad obligatoria.

Reforzada desde la infancia, la heterosexualidad se presenta como el orden único y natural. Ninguna princesa de Disney ha renunciado al amor de su príncipe azul por el amor de una princesa. O, al menos, por el amor a sí misma y su independencia. No podría ser de otra manera. Es el hombre el que las salva. A Cenicienta de una vida de esclavitud doméstica, a Blanca Nieves del sopor eterno por su errada e inocente idea de comer una manzana envenenada. Sumisas y estúpidas, el sino de las delicadas princesas hasta entregarse a sus protectores varones.

La institución de la heterosexualidad también se ha reforzado mediante la fuerza y el miedo. No era sólo el patriarcado el que promovía (promueve) y quería (quiere) una sociedad heterosexual. También la quiere Dios. De ahí las leyes que durante siglos han buscado el castigo y la conversión. Dios aún no flexibiliza su postura. Mientras la legislación española, como la de otros países, ha igualado derechos básicos de la comunidad LGTB, los portavoces de Dios siguen situando el infierno como destino preferido y obligatorio para todos aquellos que insistan en practicar su homosexualidad.

Dentro del mundo homosexual, las diferencias que durante cientos de años han separado a hombres y mujeres, cobran también significado. Así como dice la Biblia que la mujer fue creada a partir de la costilla del hombre, la lesbiana, por su parte, deambula por la historia como un apéndice del hombre gay. Como la actriz secundaria.

En su condición de invisibilidad, en los periodos más represivos, a las lesbianas no se les castigaba con la misma severidad, ni se les perseguía con tanto ahínco como a los gays. Una de las explicaciones para este hecho es la poca importancia cultural y económica que ha tenido la mujer en la historia. Sumada a la escasa importancia que se le ha dado como ser sexual. El desconocimiento relativo a la sexualidad femenina ha sido profundo. Su cuerpo era un recipiente para la esperma, una fuente de procreación y un medio de satisfacción para del marido, obligada hasta hace pocas décadas por la ley del hombre y la de Dios.

En un mundo de hombres, los rasgos, las luces y sombras de la figura lesbiana han sido dotados de movimiento en el imaginario colectivo por parte de ellos. La forma en que los hombres se han explicado el lesbianismo siempre está en relación a ellos mismos y a su papel en la sociedad, recalcando el carácter androcentrista del sistema patriarcal.

Que una mujer prefiriera a una mujer por sobre un hombre para llevar a cabo su vida sexual era símbolo de enfermedad. El persistir en esta conducta era una perversión, propio de malvadas y vampiras. Para ellos no se trataba de mujeres de verdad, se trataba de mujeres que desafiaban los roles de género porque querían ser hombres, una mala copia de un varón.

El lesbianismo, como consecuencia de la falta de hombres, también ha sido un postulado para explicar las desviaciones, como lo ha sido el pensar que una mujer femenina e inocente pudiera caer en una relación lésbica casi siempre confundida o engañada por otra disfrazada de varón. El resultado de una desilusión amorosa, un trauma o el ser muy poco atractiva, despertando así el desinterés y rechazo de los mismos varones, son otros caminos trazados por ellos en la búsqueda del sentido de la homosexualidad femenina.

Las violaciones correctivas a mujeres lesbianas, que siguen practicándose en algunos países para corregir la “desviada” orientación, son también una prueba patente de esta concepción que durante siglos ha instalado el patriarcado en relación a la homosexualidad femenina: que está absolutamente relacionada al desafío de la mujer de su rol de género y/o es consecuencia de una experiencia o de un rechazo injustificado a la sexualidad masculina.

La homosexualidad masculina parece mucho más fluida en este aspecto. Tanto en su cara más negativa, como la asimilación que se ha hecho de ella (patrocinada por los credos religiosos) con la pedofilia, como en las características positivas que el imaginario colectivo otorga al hombre gay: sensibilidad, atractivo físico, sentido artístico.

Se percibe a los hombres gays como preocupados por su imagen y, normalmente, atractivos e inteligentes. No suele decirse que un hombre es gay porque es demasiado feo y ha sido rechazado por las mujeres, como puede decirse de las lesbianas. Tampoco las mujeres han llevado a cabo violaciones correctivas para reconducir la orientación de éstos.

No se condiciona la homosexualidad masculina en base al rol sexual de la mujer y su relación con ésta. No, porque es un mundo de hombres con parámetros sexuales trazados por ellos.

El interés o la curiosidad que dos mujeres que eligen relacionarse emocional y sexualmente entre ellas ha despertado en la sociedad, se hace patentes porque la literatura, el cine y la televisión han buscado representarla. No obstante, a la vez que esta curiosidad se saciaba, los prototipos de lesbianas intimidaban a los receptores de estas impresiones.

Recién en las últimas décadas ha podido apreciarse que una relación entre dos mujeres puede salir bien, puede estar cobijada con emociones agradables y positivas como el amor. Antes de eso la advertencia era clara: salirse del camino trazado para cada mujer: marido e hijos, podía ser nefasto para ésta. La perversión no conducía a nada más que la autodestrucción. Y, de paso, al infierno y al sufrimiento eterno.

En la actualidad, ser lesbiana implica identidad, implica pertenecer a un grupo social compuesto por mujeres que tienen cosas en común y que cuentan con una red de servicios y productos especialmente destinados a ellas. Pero esta identidad, en la cultura occidental, es reciente. Las mujeres que a lo largo de la historia han tenido relaciones sexuales y emocionales estrechas con otras, no pertenecían a un grupo especial o definido.

La falta de nombres, etiquetas, y la invisibilidad, propiciaron un fenómeno histórico: el robo de las lesbianas, el robo de la memoria histórica. Hasta hace poco tiempo la documentación que existía relativa a la homosexualidad femenina estaba escrita por varones. La historia está llena de lesbianas que no tienen nombre. Para los historiadores, la necesidad de una práctica sexual con mujeres, o la existencia patente y documentada de una relación amorosa con otra, es absolutamente necesaria. No basta una carta, no bastan otras señales que sí son prueba de homosexualidad en el caso de los hombres. En el caso de las mujeres heterosexuales, no es necesaria ninguna prueba, ninguna relación sexual, ningún documento que refleje la orientación que siempre se presupone.

Además del agujero negro en el que se metió a las mujeres homosexuales, la sexología validó sólo dos tipos de lesbiana. La lesbiana “lesbiana”, que no podía evitar su condición natural. Y la lesbiana “a medias”. En las descripciones, la primera se parecía demasiado a lo que se entendía por hombre. Podía tener tanto apetito o tanta fuerza como él, se movía más por instintos sexuales que por sentimientos. Era fría, calculadora, metódica. La segunda, tenía el mismo matiz que los hombres intentaron darles a las mujeres heterosexuales: era femenina, frágil, ingenua, inocente, a tal nivel que podían llegar a confundir a un varón con una copia de éste. Pero la estupidez que mostraban hacia un lado, podían mostrarlo perfectamente hacia otro. Las medias lesbianas podían ser salvadas por un príncipe azul. Afortunadamente para ellos, las “a medias”, eran más guapas y más femeninas que las lesbianas “lesbianas”.

La definición de la sexología, secundada y representada en el cine, la televisión, la literatura y los estereotipos, contribuyó a la conformación de un lesbianismo binario. Con roles muy definidos, femme y butch. Aún en el siglo XXI, emparejada con mujeres femeninas, he tenido que escuchar de diferentes personas: “pero en esta relación, ¿quién hace de hombre?”.

La dicotomía relacionada a la sexualidad de las lesbianas resulta muy confusa. Las activistas han debido luchar para ser consideradas seres sexuales, a pesar de que, irónicamente, la sociedad sexualiza el producto del sexo lésbico hasta la saciedad. Mientras, en paralelo, la conformación de las identidades defiende su existencia en base a criterios emocionales y/o sexuales. Y mientras algunas teóricas apoyan el sentirse lesbiana por sobre cualquier experiencia, otras recalcan que no centrarse en ámbitos sexuales insiste en la invisibilidad de la mujer lesbiana como ser sexual.

La invisibilización y la estigmatización han sido armas poderosas para conducir a las mujeres a la heterosexualidad, institución que no necesita aportar pruebas para existir.

Foucault sostiene que las definiciones de homosexualidad aportadas por la sexología influyeron positivamente en conformar la identidad homosexual, que se articulaba dando otra forma a los discursos que querían descalificarla. No obstante, Foucault reparó muy poco en la situación de las lesbianas, cuyo discurso se construía desde un foco más político y menos biológico.

Los hombres gays no tuvieron la doble tarea de luchar también por su independencia, por sus derechos básicos, puesto que, antes que gays, eran hombres y el mundo era un lugar hecho para que ellos pudieran moverse con relativa facilidad. A diferencia de las mujeres, que junto con reivindicar su orientación sexual, llevaban a cabo una batalla de conquistas sociales y legales. La sexología asociaba la inversión sexual al feminismo, lo que desestabilizó parte del Movimiento Feminista y provocó diversas rupturas.

Además de ser los gays más inofensivos, por no estar suscritos a un movimiento de liberación, su refugio en las teorías biológicas amparaba su condición irremediable, no así con las lesbianas, que en muchos casos habían estado casadas o tenían hijos. Con lo que el planteamiento de su lesbianismo se volvía revocable. El lema político acuñado en los 70 de “toda mujer puede ser lesbiana” no tenía cabida en la lucha de los hombres homosexuales, que jamás plantearon un acercamiento político del estilo de “todo hombre puede ser gay”.

El lesbianismo se presentaba a la sociedad como una opción política válida que cuestionaba la heterosexualidad obligatoria y que desafiaba los siglos de patriarcado, de la supremacía del hombre por sobre la mujer.

Es reciente. Demasiado reciente cuando las lesbianas feministas intentan desinfectar el sexo entre mujeres. Alejarlo de los matices perversos que durante siglos se construyeron en la religión, la legislación, la literatura, el cine, los medios de comunicación y, sobre todo, la medicina.

Es recién en los años 70 cuando las feministas lesbianas intentan restarle peso a todas aquellos prismas que condenaban las prácticas entre mujeres como un pecado, como una enfermedad, como una perversión, como la consecuencia de un trauma sicológico, como la envidia al pene, como el odio a los hombres.

En la actualidad, algunas lesbianas más jóvenes critican el llamado separatismo de las más feministas, ignorando o dando por sentado que la cultura lésbica que les ha acogido estuvo siempre ahí. Dando por sentado que las redes de apoyo (bares, lugares de ambientes, publicaciones) han existido siempre y que las lesbianas no han tenido que luchar por crear su propia cultura, por salir de los pies de páginas y de los apéndices. Por crear sus respuestas, dar forma a sus teorías y sus identidades fuera del margen homosexual masculino en el que se les incluía sin más.

Ser el apéndice de los varones gays ha llevado a las lesbianas a permanecer más invisibles, a quedarse en un plano secundario, puesto que son los gays los que tienen el poder económico, la visibilidad en los medios de comunicación y la atención.

Marilyn Frye, filósofa lesbiana, sostiene que las diferencias entre gays y lesbianas son tan profundas que se pone en duda esa afinidad sobre la cual se han formado las alianzas políticas. Frye hace hincapié en el hecho de que la cultura gay y heterosexual comparten principios como el culto al pene, la heterosexualidad masculina obligatoria, la presunción de acceso fálico generalizado, la supremacía masculina y el desprecio hacia las mujeres. Por lo que la revolución verdadera vendría de la mano de las lesbianas, quienes rechazan todos estos principios.

No por eso, Frye, y la autora de este trabajo, quitamos el mérito a todos los hombres gays y heterosexuales que se solidarizan con la lucha lésbica y feminista.

Ni de Marte. Ni de Venus. Ni de ningún útero. La figura lesbiana construida por el patriarcado sigue rivalizando con la de otro planeta. Con la nueva lesbiana que en España crece en manos de las mismas lesbianas, inmersa en una cultura lésbica que la acoge, crece en una sociedad que le permite existir legalmente y la protege de la discriminación. Crece con referentes literarios y de ciencia ficción que evidencian que el amor entre mujeres existe, que es sexual, que es romántico. Que, como el amor heterosexual, puede acabar o no bien. Pero, sobre todo, evidencian que tiene nombre.



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REVISTAS Y PERIÓDICOS

  • Revista MíraLES (www.mirales.es)

  • Revista Actualidad Psicológica.

  • Cultura Lesbiana (www.culturalesbiana.blogsome.com)

  • El Mundo

  • El País

  • Público

  • La Vanguardia

ENTREVISTAS

  • Beatriz Gimeno. Escritora y activista feminista lesbiana. Ex presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales.

  • Boti García, activista lesbiana. Ex presidenta de COGAM.

  • Empar Pineda. Activista feminista lesbiana.

  • Carla Antonelli, primera diputada transexual de Madrid.

  • Laura Zorrilla. Filóloga experta en Siglo de Oro. Editora Revista MíraLES.

  • Ainara Domench. Ex deportista lesbiana

  • Clarissa González. Doctora en Bellas Artes. Redactora jefa de Audiovisuales, revista MíraLES.

  • Paulina Blanco y Encarnación Granjo

  • Laura Z.

  • Beatriz.

  • Laura G.

  • Irene.

  • Tamara.

  • María.

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