Master de humanidades


Cuarta estación: ¡Abajo los socialistas!



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Cuarta estación: ¡Abajo los socialistas!

En la parroquia de San Patricio mi confesión es bastante curiosa, ya que además del sermón, consigo un adoctrinamiento político.

Como en el resto de confesiones, el párroco me recomienda alejarme inmediatamente de la mujer a la que amo. Me enseña a ponerle límites al amor, puesto que a su juicio el amor no puede salirnos del corazón sin ningún tiempo de supervisión ni frontera. Me aclara que está bien que las mujeres se quieran, pero cuando ese amor toma un matiz sentimental debe frenarse de inmediato, pues es el fin de la humanidad.


  • Además el amor entre dos mujeres es ilegal- sentencia el cura.

  • No lo es Padre, aquí en España dos mujeres pueden casarse y tener hijos que son de las dos- y a medida que mis palabras emergen, su rostro se descoloca

  • ¡Ay, los socialistas! Esa no es una ley de Dios, cristianamente no es posible. Los socialistas han hecho un mal a la sociedad. Sí, son anticatólicos y anticristianos. Ese señor sin fe que es Zapatero y sus secuaces, todos masones, desean borrar el nombre de Cristo, si pudieran quemar todas las iglesias lo harían, pero no pueden hacerlo porque el pueblo se levantaría. No te fijes en todo el mal que están haciendo. No te fíes. No los escuches. Tú escucha a Dios, habla con esta chica y dile que no. Un “no” rotundo, no lo dudes aunque se te desgarre el corazón, renuncia a la felicidad carnal, vence el resquemor a la relación con un hombre, recupera la fe. Dale al Señor lo que más te cuesta.

Mientras me marcho se me olvidan las tres avemarías de penitencia. Tengo la cabeza en la niña que quería ser santa y que pensaba que Dios la quería por sobre todas las cosas. La que pensaba que Dios sólo quería que fuera feliz. Y ya no sé si me da más pena la niña que fui o el mismo Dios que presenta la Iglesia.

Quinta Estación: La vida no es vivir lo que a uno le gustaría vivir

Por primera vez en mi vía crucis no me dicen directamente qué tengo que hacer. El sacerdote de la Iglesia de San Manuel y San Benito no me ordena o recomienda que deje a mi novia.



  • Yo no puedo decirle lo que tiene que hacer o tiene que pensar. Usted tiene que leer, escuchar, ver y tomar la decisión- me dice-. Usted ante todo tiene que valorarse a sí misma, conocerse a sí misma, de qué serviría que yo le dijera algo, usted está informada. Usted ya sabe lo que dice el Papa al respecto. Y no es algo que vaya a cambiar cuando cambiemos de Papa.

  • Pero Padre, ya sé lo que dice el Papa, y no me gusta lo que dice. Yo con mi novia me siento bien, me siento feliz, enamorada. El Papa hace que todo esto se vea como una aberración. ¿Cómo es posible que algo tan bueno como el amor que sentimos pueda ser tan malo?

  • Claro porque esto es como el señor que dice: “me gusta más mi vecina que mi mujer” y eso se siente bien para él. O un niño puede decir que le gustaría ser Cristiano Ronaldo, o como el cojo al que le gustaría no serlo, pero esas cosas no pueden ser. La vida no es lo que a uno le gustaría vivir. A todo el mundo le da pereza levantarse para ir a trabajar y les gustaría recibir el cheque todos los meses sin tener que madrugar. No se vive de las apetencias.

  • Pensé que estábamos aquí para ser felices. Para buscar nuestra felicidad. Yo soy lesbiana, me hace feliz y no puedo evitarlo.

  • Uno puede ser homosexual y ser católico y creyente y vivir una vida con fe, usted no puede excusarse. Yo conozco homosexuales que son católicos que han decidido renunciar a su homosexualidad y están casados, con mujeres e hijos y son felices por haber vuelto al camino correcto. Al final tenemos que asumir nuestra vida, usted tiene que asumir la suya y de acuerdo con lo que usted cree y sabe y ha oído y leído. El señor del cuarto piso no puede decir “es que yo prefiero vivir con mi vecina, con lo bien que me encuentro con ella, soy más feliz”, si hombre…

No me absuelve de mi “pecado”. Me pide que lo piense y vuelva después a confesarme, que me tome mi tiempo. Antes de irme me recuerda que mientras medite tenga en cuenta que el Papa es el único que no me engaña. Pero yo casi no lo escucho, no puedo sacarme de la cabeza a todos los gays y lesbianas que no logran ser felices porque se creen las historias de la Iglesia, las historias de que no podemos hacer de nuestra vida lo que nos gustaría vivir.

Sexta Estación: El amor de verdad sólo está al lado de un hombre

El último sacerdote pertenece a la orden de los Capuchinos, de la parroquia de Jesús de Medinaceli. Estamos plena Semana Santa, las conciencias de los católicos parecen revolucionadas y, por primera vez, me toca hacer una cola de más de siete personas para confesarme.



  • Tienes que pensar, “¿esto es lo correcto?, ¿es realmente natural?”. Esto no es natural. ¿Realmente quieres al Señor? Si lo amas y quieres amar a esa mujer de una manera sana, pues habla con ella, pregúntale: “¿podemos ser amigas?”, si no se puede, pues nada, hay que dejarlo ir porque no es algo bueno para vosotras ni para la sociedad.

  • Pero Padre, ¿qué pasa con el amor, la felicidad?

  • El amor de verdad sólo está al lado de un hombre.

  • Pero Padre…

  • No, ese placer que sientes no está bien. Esto no es natural, hay naturalezas que están desviadas, no sabemos por qué, puede que sea un fallo, tú no eres culpable de esto, pero debes evitarlo. Dios te va a perdonar, tú eres como la adúltera del Evangelio, Jesús la perdona pero le dice: “ya no lo hagas más”. Dios te perdona, pero no lo hagas más.

Mi experimento termina dejándome una sensación muy incómoda en el cuerpo. No soy un monstruo, pero me hacen sentir como tal. No estoy enferma, pero sí tengo una desviación como la de los pedófilos, los asesinos y los violadores. Ni mi vida, ni mi corazón ni mi cuerpo me pertenecen. No debo buscar la felicidad y da igual hacia donde se dirijan mis sentimientos, siempre y cuando no los exprese.

Los resultados de mi experimento me asquean y me entristecen. La Iglesia católica es una institución con gran importancia dentro de la sociedad occidental y parte de la oriental. En muchos países su influencia es tan grande que su opinión cuenta mucho a la hora de legislar. Ese mensaje llega inexorablemente a muchos que confían en el poder sagrado de la Iglesia, alimentando los prejuicios y la homofobia, y a muchas lesbianas y gays que viven refugiados en su santa culpa y en su sacro miedo.



CAPÍTULO VI
LESBIANAS EN LA TRINCHERA. ORGANIZACIÓN Y ACTIVISMO

Las interpretaciones difieren, pero es posible que una de las primeras legislaciones que condenó el lesbianismo, fuera en el Código de Orléans, en 1260. “Mujer que lo hace debe perder cada vez un miembro y a la tercera debe ser quemada”.57

En 1314, Cino de Pistoia escribió Comentario, donde interpreta el derecho romano. Según el autor, la “Lex Foedissiman”, de Diocleciano y Maximiliano (287 d. C), condenaba la prostitución y el libertinaje, condenando así a las mujeres que tenían relaciones sexuales con otras.

En 1400, Bartolomeo de Saliceto escribió Lecturas, en la que retoma la condena al lesbianismo y propone la pena de muerte. Esta publicación se convirtió en un referente para la legislación europea.

La Constitucio Criminalist Carolina, ley europea heredada del Sacro Imperio Romano, condenaba el lesbianismo y la brujería.

No hay muchos datos de mujeres condenadas por prácticas lésbicas. Lo que realmente se perseguía era el adulterio y la homosexualidad masculina. En el imaginario colectivo y en la realidad era reconocido que el sexo entre hombres, entre una mujer con un hombre que no fuera su marido y hasta el de un hombre con un animal, podían castigarse con pena de muerte en muchos países europeos. No obstante, el sexo entre mujeres estaba invisibilizado. No tenía castigo específico, a no ser que se empleara un objeto fálico para consumar el acto sexual.

Francia dejó de considerar delito la homosexualidad en 1791. En la segunda mitad del siglo XIX, Inglaterra y Prusia anularon la pena de muerte que aplicaban a los sodomitas.

El médico húngaro Benkert fue el primero en utilizar la palabra “homosexual” para designar las relaciones genitales entre hombres. Con esto pretendía dar una mejor imagen a esta práctica que, en ese entonces, se conocía como pederastia y sodomía. La utilizó por primera vez en una carta dirigida al ministro alemán de Justicia, con el objetivo de que, durante la unificación de Alemania en 1871, no se extendiera a todo el territorio unificado la prohibición de las relaciones entre hombres que figuraba en el código penal prusiano. No sólo no logró su objetivo. La prohibición se la homosexualidad se extendió por toda Alemania.

En Alemania, la libertad de prensa que se vivió durante la República de Weimar permitió que se publicaran más de treinta boletines, revistas y diarios para homosexuales. A pesar de la libertad que se vivía, seguía intacto en el Código Alemán el párrafo 175 que condenó la homosexualidad hasta 1968.

En Austria el lesbianismo era un delito, y entre todos los casos de homosexualidad que se persiguieron entre 1938 y 1945, el 5% correspondía a mujeres.

En Reino Unido se prohibió el lesbianismo en 1921. En España, el Código Penal de 1822 no criminalizaba el delito de sodomía. Los siguientes Códigos, de 1848, 1850 y 1870 tampoco lo hicieron, puesto que, como en otros países del continente, los comportamientos sexuales que no se ajustaban a la norma eran reprimidos mediante leyes que solían castigar la falta de moral y de buenas costumbres.58

La dictadura de Primo de Rivera cambió la situación y en 1928 castigó los actos homosexuales entre mayores con multas e inhabilitaciones para ocupar cargos públicos.

Durante las primeras décadas del siglo XX, durante la República española, hay un intento por alejarse del puritanismo sexual, más relacionado con la Iglesia que con la política, por lo que la homosexualidad no se ve tanto como un delito, sino más bien como una enfermedad de las que los homosexuales no son culpables. Pero, como es de esperar, estas ideas van ligadas a los gays, no a las lesbianas, que no existen.

En la Constitución de 1931 se inmortalizan estos principios democráticos y modernos eliminándose las conductas homosexuales de aquellas que se consideran delito. Las mujeres y los hombres son declarados iguales, se aprueba también el matrimonio civil y el divorcio.

Los años de la República son las primeras incursiones de las mujeres en el espacio público, los primeros cara a cara con el rol político. En el censo electoral de 1933, de los 15.164.349 electores, 7.955.461 eran mujeres. En Madrid había 100 electoras por cada 77 electores.59

La despenalización de la homosexualidad no constituye una equiparación de los derechos entre heterosexuales y homosexuales, pero es un importante avance a fin de evitar la discriminación de éstos.

Después de la guerra civil, durante la dictadura de Franco, la homosexualidad pasa nuevamente a considerarse un delito, a castigarse duramente. Las armas para combatirla son nuevas leyes que comienzan a delimitar los comportamientos sexuales. Por un lado, la ley de corrupción de menores, en la que se condena la relación con personas de entre 12 y 23 años y la Ley de escándalo público. En el Código Penal de 1944, la homosexualidad se presenta como un comportamiento peligroso susceptible a ser reorientado.

La Ley de Vagos y Maleantes incluye en 1954 a los homosexuales, junto a los mendigos, proxenetas y enfermos mentales. En esta ley se recogen las siguientes medidas: a) internado en un establecimiento de trabajo o colonia agrícola60, b) prohibición de residir en determinado lugar o territorio y obligación de declarar su domicilio; c) sumisión a la vigilancia de los de los delegados.

En 1970 la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social propuso un tratamiento para la homosexualidad que, a efectos prácticos, no fue más que separar a los activos de los pasivos y recluirlos en diferentes centros entre tres meses y cuatro años.

Durante la dictadura, aproximadamente cinco mil homosexuales fueron detenidos. Esta ley sobrevivió a Franco y en 1978 se aplicó a tres personas.

“Peligrosas”, “borrachas” y “patológicas”, eran algunas de las denominaciones que recibían las lesbianas durante la dictadura franquista, tiempo en el cual la homosexualidad estaba penada por ley y los únicos roles apoyados por el Estado, la sociedad y la Iglesia que las mujeres podían desempeñar eran los de madre abnegada y esposa sumisa.

Encarnación Granjo y Paulina Blanco61 llevan 39 años juntas. Ambas provienen de entornos rurales y vivieron la dictadura de Franco encerradas en lo que denominan un armario sofocante. Son católicas activas, saben que la Iglesia las rechaza pero quieren cambiar las cosas desde dentro, desde la parroquia en la que participan. Hoy, libres y casadas, cuentan su historia para poder reflejar de la forma más fidedigna posible sus vivencias y pesares como lesbianas durante la dictadura:

“Yo nací diez años después de acabada la guerra civil española, en 1949. Ambas somos extremeñas, de pueblo. Yo de El Torno, el lugar más bonito de Cáceres, y Encarnita es de Zorita. Nuestro origen es humilde, rural. Las dificultades económicas eran enormes”, cuenta Paulina.

“En ese tiempo las mujeres daban a luz en casa, muchos niños enfermaban de polio. No había agua en las casas, las niñas alimentábamos a los animales, íbamos a recoger castañas a la sierra antes de irnos a la escuela, nos levantábamos muy pronto.

Era un mundo pensado para hombres. La situación social la mujer no era nada sin el apoyo del hombre, dependíamos del padre, del hermano o del esposo. Era necesario el permiso paterno para abrir una cuenta y sacar un pasaporte. Esposa y madre eran los únicos roles que había y estaban muy calculados por el régimen franquista y muy apoyados por la maquinaria ideológica de la Sección Femenina, lugar por el que todas debíamos pasar para tener un trabajo o tener una oposición. Ahí había una persona encargada que nos daba formación política franquista y teníamos que aprobar.

Se hacía mucha diferencia entre hijos e hijas, se invertía en la educación de los hijos porque serían el sostén de su familia, en cambio las mujeres, ¿para qué? Si nos íbamos a casar y el marido iba a trabajar. Nadie te preguntaba qué querías ser en la vida, ¿para qué? Si el futuro ya lo decidían ellos. Los padres, los maridos. En el colegio tuve una gran suerte, las monjas me becaron y así pude estudiar.

Yo descubrí mi homosexualidad en la adolescencia y me supuso un altísimo nivel de soledad, de tristeza, de no saber qué hacer, no poder dar nombre a lo que yo sentía porque no sabía lo que era aquello, no tener referentes, no poder comunicarlo a nadie. Me refugié en los estudios y fueron la salvación, hasta que conocí en un pueblo de Cáceres a Encarnita, con quien comparto la vida desde el año 1972.

Y si hoy hablamos de las dificultades de las lesbianas en medios rurales, qué diríamos de dos lesbianas que se encuentran en un pueblo por esos años.

Yo corría el riesgo de perder mi trabajo, yo era maestra, ¿cómo iba a educar a las niñas, cual iba a ser mi autoridad?, hasta mi hermano me retiró a su hija de mi escuela porque me dijo ‘y tú ¿qué le vas a enseñar?’. Hoy esta niña tiene 34 años y nos hemos reencontrado hace solo unos meses.

No podía asumir mi homosexualidad porque lo desconocía, no sabía a quién decirlo. Era una lucha interna feroz considerarme lesbiana y cristiana a la vez. Así que acudí a un psiquiatra. Pensé que podía darme una solución y si me la dio. Me aconsejó terapia de electroshock. Tuve la gran suerte de que mi ángel de la guarda dijo ‘ni se te ocurra’.

La legislación estaba en nuestra contra también, pero nosotras como dos locas enamoradas muy jóvenes, ¿cómo íbamos a pensar que esto estaba penado por ley? No sabíamos ni lo que era, pero suerte que nadie nos denunció, porque los que más te tienen que querer y proteger son los que más difícil te hacen la vida, que son los de la familia.

En 2005 llegó el momento que nunca jamás habíamos pensado, porque cuando nos enamoramos aquello ni se nos pasaba por la cabeza. Pero la sociedad cambia, las leyes cambian. Se aprobó la ley del matrimonio y dijimos, ‘¿pero para qué nos vamos a casar si estamos requetecasadas?’ Y dijimos ‘no, no, la ley es la ley y los papeles son los papeles’ Nos casamos y se nota la diferencia. Ahora tienes todos los derechos, todos. Nuestra santa madre Iglesia que se comporta como una malvada madrastra no nos da la bendición, no nos quiso bendecir, pero un amigo jesuita lo hizo.

Ahora nos hemos hecho mayores y hay otros retos y otras luchas. ¿Cómo será nuestra vida a partir de ahora?, ¿Cuánto tiempo más podremos ser autónomas? En caso de ingreso a una residencia de mayores, ¿podremos ser admitidas como matrimonio o tendremos que volver al armario?

Salimos del armario en 2004, nuestro armario ha durado muchos años como para volver a entrar otra vez.

Ahora somos libres y aconsejamos a la gente que salga porque el día que lo haces no eres la misma persona, eres otra y ya no hay vuelta atrás, te sientes liberada de un gran peso que has soportado durante años y años, en nuestro caso décadas y décadas.

Toda la vida nos hemos sentido forasteras en nuestra propia casa, con nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra comunidad eclesial, nuestras amistades. Nuestra elección de pareja ha sido firme, aunque eso supuso un desafío para el orden establecido. El precio fue muy alto, el goce nos estaba prohibido y el peso de la culpa fue excesivo. Nos desagradaba tener que vivir una doble vida, ¿pero qué podíamos hacer? Habíamos roto con la tradición. No éramos casadas, no éramos esposas, no éramos madres, éramos dos mujeres que nos ventilábamos la vida.

El tiempo ha transcurrido, hemos envejecido, soportado cambios, ganado en madurez, sufrido pérdidas, hemos superado vendavales y aquí estamos. La defensa de nuestra dignidad está por encima de todo. Reconocernos como lesbianas y como cristianas ahora no nos culpabiliza más, al contrario, nos identifica. Siempre cuando nos presentamos decimos cual es nuestra orientación sexual aunque no sea necesario, decimos: ‘es mi esposa’, porque tengo muchas ganas de decirlo, porque durante muchos años no lo hicimos.

No os durmáis en los laureles las jóvenes, no penséis que está todo hecho, de aquí a algunos años podrían volverse las cosas del revés y corremos un riesgo de volver a entrar todas otra vez en el armario, esto no es definitivo tenemos que defenderlo día a día”.



El caso de María Helena

Las leyes que surgieron durante la dictadura para coartar las manifestaciones de la homosexualidad estaban orientadas a los hombres, puesto que la sexualidad de ellos es la transgresora, la que siempre es visible. La sexualidad de la mujer no sólo se presupone heterosexual, se sabe atada al cuidado de su familia primero, de su marido después.

En la actualidad se sabe de un caso de una lesbiana condenada en virtud de la Ley de Peligrosidad Social.

María Helena N. G62 tenía 21 años el día que fue detenida por la policía cuando, vestida con ropa de hombre, se tomaba una copa en un bar de Barcelona. Las causas de su detención fueron “su actitud sospechosa” y la idea de que su vestimenta era señal inequívoca de que pretendía engañar a las mujeres, por las cuales sentía una “irresistible inclinación”, como se señala en su expediente.

Tras su detención fue llevada ante el juez Antonio Sabater, que además era el autor de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que criminalizaba la homosexualidad. De aquí en adelante, todo lo que podemos saber de María Helena se encuentra en el expediente 296 del 30 de marzo de 1968.

Por este expediente sabemos, por ejemplo, que María Helena nunca había querido jugar a las muñecas, que desde pequeña mostraba una conducta más bien masculina y que su primera relación sexual la había mantenido a los 12 años con una niña. Que no sólo odiaba las faldas y los zapatos de tacón, sino que además rechazaba la ropa interior femenina y se sentía a gusto usando calzoncillos y zapatillas deportivas.

María Helena podía perfectamente ser una lesbiana masculina o una transexual lesbiana.

Después de su detención, María Helena fue recluía en la cárcel de Barcelona, en un psiquiátrico y en el Patronato de Sección de la Mujer de la Junta Provincial de Madrid, del Ministerio de Justicia, en la que según el expediente: “Su clara, definida y manifiesta tendencia a la homosexualidad, la hacen particularmente peligrosa para convivir con las jóvenes acogidas a este patronato, a las que ya ha pretendido hacer objeto de sus prácticas homosexuales en los escasos días que lleva internada. Tal peligrosidad […] es lo que nos hace poner a la referida joven a disposición de ese último Juzgado Especial, máxime, cuando, a mayor abundamiento, nuestros servicios de readaptación nos informan en sentido absolutamente negativo en cuanto a la posibilidad de reeducación de ésta joven, dada su edad y características”.63

María Helena no sólo fue minuciosamente interrogada, sino que además su cuerpo investigado con mucha precisión, medidos sus pechos y su clítoris. La conclusión fue que su cuerpo cumplía los parámetros de normalidad en el mundo femenino, dejando las causas de su lesbianismo a factores externos.

María Helena fue condenada a un año y 127 días de internamiento, a 2 años impedida de vivir en Barcelona y a 2 años de vigilancia.

“La construcción de María Helena como una peligrosa y criminal aparece con vínculos claros a la prostitución, la prelación sexual y la desviación sexual. Se trata de una persona cuya sexualidad es a todas luces un peligro, una predadora que pervierte a otras mujeres y que no es idónea para estar en un establecimiento penal para mujeres, lo cual la pone en ningún lugar. No es un hombre, se la castiga por hacerse pasar por uno, pero no puede estar con las mujeres, por el peligro que supone para las internas. El expediente de María Helena nos enseña mucho sobre las normas, la trasgresión y la necesidad de esta dictadura por regular la vida de las mujeres. También nos invita a hacer una reflexión necesaria sobre cuánto ha cambiado o no la aceptación de las mujeres masculinas en la sociedad actual, tan preocupada por mostrar modelos aceptables de las minorías sexuales”, afirma Raquel Lucas Platero, activista de los derechos LGTB, escritor, académico e investigador.

Peligrosas, patológicas y borrachas

Madres y esposas. Sumisas y serviciales. Religiosas y abnegadas. Tales eran los parámetros por los que podía moverse una mujer en los años de la dictadura. Se dibujaban como verdaderas fronteras que delimitaban lo correcto de lo incorrecto, lo moral de lo amoral.

En una sociedad femenina vestida de madre y esposa, la mujer lesbiana no sólo no encontraba un referente, sino que tampoco tenía la posibilidad de existir sin ser considerada un elemento extraño e indeseable.

Las instituciones como la Iglesia Católica, el gobierno y la siquiatría seguían la misma línea de represión.

La Sección Femenina, institución creada en 1934, por la que debían pasar las mujeres, era un intento de crear un solo modelo de mujer patriota, subordinada al hombre, católica y hogareña.

En la Sección Femenina se temía, por ejemplo, la masculinización de la mujer, tanto en su vestimenta como en sus actitudes. Por eso se llegó a prohibir la realización de ciertos deportes, como el atletismo, ya que además de considerarse una práctica de hombres, existía la creencia de que en el mundo deportivo podía encontrarse más lesbianas.

“Para la psiquiatría”, sostiene Raquel Platero, “las mujeres eran inherentemente patológicas, de una naturaleza inferior, seres infantiles, y así se hace necesaria la regulación de sus instintos y comportamientos. Requieren de unos frenos que han de proveer tanto los varones como el Estado, para poder manejarse con un ser que será siempre menor de edad e inmaduro”.64

Una mujer que no necesitaba de un hombre y que, además, desafiaba el modelo impuesto se convertía inmediatamente en un ser peligroso. A la hora de buscar una explicación al lesbianismo encabezaban la lista causas como el alcoholismo, la inmadurez sexual, las seducciones, las enfermedades venéreas, las decepciones, las influencias sociales y las aspiraciones de ser hombre, entre otras.

“El lesbianismo no sólo es un acto criminal por la persona, si no que porque estás pudiendo seducir a una perfecta ama de casa, madre y esposa. Es la terrible idea de que van a robar a las mujeres y sacarlas de lo que deben ser. Hay un párrafo de un libro de Antonio Sabater acerca de la alarma que causaban las relaciones entre mujeres: ‘las relaciones femeninas residen en lo afectivo; por ello su erotismo es más violento que el de los varones; sus relaciones son más duraderas e intensas, lo que da lugar, con cierta frecuencia, a que mujeres casadas y con prole abandonen su hogar’”, comenta Platero.

La citada escritora hace una importante distinción del tipo de represión sufrida por hombres y mujeres homosexuales durante el franquismo. La represión sufrida por ellos era más bien una agresión física, como podía ser la cárcel, el destierro, la tortura.

La homosexualidad masculina se castigaba con el encierro, terapias aversivas y de electroshock En una institución en Huelva se encerraba a los gays los activos y en una de Badajoz a los pasivos. Ante la creciente cantidad de internos, los gays fueron finalmente encerrados en cárceles comunes.

La represión de la homosexualidad femenina era más bien ideológica, ejercida desde las instituciones, la educación, la cultura, el gobierno y la Iglesia. “Las mujeres que deseaban y se enamoraban de otras mujeres vivieron en la más absoluta represión de su sexualidad, que las condenaba al silencio y clandestinidad. Estaban a menudo sumidas en una situación que carecía de inteligibilidad, carentes de redes, términos y referencias. A diferencia, los varones eran perseguidos y castigados de forma explícita con medidas y castigos que estaban contenidos en las leyes vigentes, lo cual les otorgaba un lugar y una identidad inequívocos para el imaginario colectivo, aunque ésta fuera una representación negativa. Los únicos espacios de referencia eran aquellos que patologizaban, señalaban y etiquetaban a las mujeres que rompían las normas como malas, pecadoras, borrachas o patológicas”, sostiene Platero.

En 2004 el Parlamento aprobó una declaración en la que se reconoció el sufrimiento de gays, lesbianas y transexuales durante la dictadura.




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