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Lesbianas de pantalla pequeña



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Lesbianas de pantalla pequeña

La pantalla pequeña, por lo pequeña de su tolerancia en el retrato social, tardará en mostrar a las lesbianas.

En algunos programas de televisión, a partir de las décadas de los 60 y 70, se hablaba de la homosexualidad, invitando al plató a algunos expertos para explayarse en el tema, sin que se incluyera el invisible lesbianismo, puesto que los análisis se referían a la homosexualidad masculina.

A comienzos de los 60 los televidentes estadounidenses pueden observar de cerca por primera vez a una lesbiana. Aparece en la serie The eleventh hour, y se trata de una angustiada mujer que reconoce sentir atracción por las de su sexo, sentimiento que le provoca gran culpabilidad. Al pedir ayuda a un siquiatra, éste se encargará de reconducir el deseo de la mujer hacia los hombres.

En los años 70, el lesbianismo en la televisión comenzará a verse en dos tipos de series. Las de médicos y las de policías. En las primeras, como The bol dones, Marcus Welby, M.D., Medical Center, los homosexuales serán pacientes que en algún momento confesarán a los médicos, protagonistas de las series, su orientación sexual. Aunque en ocasiones la moraleja fuera corregir la homofobia o tranquilizar a los atribulados pacientes, en otras la homosexualidad se emparentaba con la sicosis, los desórdenes mentales y el abuso de drogas.

En el caso de las series policiales, como N.Y.P.D, Police story, La mujer policía, las historias de temática homosexual se hacían más recurrentes a medida de que la lucha por los derechos LGTB se volvía más visible.

Los homosexuales podían retratarse como víctimas de homofobia o de chantajes. No obstante, era más frecuente que estuvieran del otro lado, del de los malos.

El lesbianismo, al igual que había sucedido en la literatura y en el cine, se presenta como un rasgo más de las mujeres malvadas, la motivación de los crímenes que cometían podía ser una respuesta a la discriminación que sufrían por su orientación sexual, por deseos que no eran correspondidos o por miedo a ser descubierta.

Los activistas por los derechos de gays y lesbianas, cansados de estas representaciones, protestaron y lograron que la cadena NBC no emitiera un capítulo de La mujer policía en la que la historia trataba de tres lesbianas que asesinaban a ancianos jubilados para quedarse con su dinero.

Después de ser personajes secundarios, atormentados por sus sufrimientos o por su maldad, los homosexuales comienzan a tener papales protagonistas en las series, entre finales de los 70 y comienzo de los años 80. Eran policías y detectives, y el desafío que debían enfrentar era la salida del armario.

En la serie La ley de Los Ángeles, aparece en 1991 una abogada bisexual que protagonizó un beso lésbico que consiguió alta audiencia en televisión.

A comienzos de los años 90 aparecen los personajes que el académico estadounidense, Stephen Tropiano, llama los “gay-hetero”, personajes secundarios que no hace mención a su homosexualidad pero que desafía los roles de género, que tiene una vida bastante ambigua y que podrían perfectamente ser gays y lesbianas.

En las series más populares comienzan a introducirse personajes homosexuales como amigos de los protagonistas que salen del armario, permitiendo así referirse al tema, como es el caso de Friends y The Golden Girls. En otras series los personajes homosexuales se hacían más permanentes, como Mad about you, Will and Grace y Roseanne, donde el beso lésbico de la actriz principal logró la mayor audiencia de la semana.

Desde finales de los 90 hasta la fecha, los personajes lésbicos han ido siendo normalizados en series televisivas. Una de las de mayor audiencia, Sex and the City, dedica algunos capítulos para retratar la relación sexual e implicación emocional que se establece pasajeramente entre una de las protagonistas, Samantha y una artista lesbiana. En otro capítulo se muestra a las mujeres lesbianas como un grupo de mujeres glamourosas, independientes, con gran poder adquisitivo y gusto por el arte.

Las populares Desperates housewives y The O.C. también introducen amores lésbicos entre una mujer atractiva y femenina con alguna de sus protagonistas.

No es infrecuente toparse con otro matiz del lesbianismo, el lesbianismo como juego, como acontecimiento irreal, en la que, de pronto, cualquier mujer podría ser lesbiana, siempre y cuando sea pasajero y cuente entre sus espectadores a los hombres heterosexuales. Ejemplo de esto es el beso entre las protagonistas de la exitosa serie Friends, Mónica y Rachel, cuyo único objetivo es excitar a sus amigos y conseguir que les devuelvan su apartamento perdido en una apuesta.

Las lesbianas empiezan siendo pasajeras y terminan quedándose definitivamente en los repartos, tomando protagonismo, como en la exitosa serie médica E.R (Sala de Urgencias), House y Anatomía de Grey.

En España, Hospital central, Los hombres de Paco y La que se avecina, muestran personajes y relaciones lésbicas entre sus historias centrales.

“La televisión ha ido tratando de normalizar a las lesbianas en sus programas”, afirma Beatriz Gimeno, “pero me hace gracia porque muchas veces las presentan como entes aislados en una sociedad heterosexual. Al principio nunca tenían pareja, ahora ya la van teniendo. En la vida normal de una lesbiana, la lesbiana está rodeada de otras amigas lesbianas, va a fiestas, liga en bares de lesbianas. Pero muchas de las lesbianas de las series están siempre rodeadas de heterosexuales, saliendo siempre a bares heterosexuales con sus amigos heterosexuales. Convierten a una lesbiana o pareja de lesbianas en heterosexuales, así son menos amenazantes porque son como cualquiera, no reflejan la subcultura, el ghetto, pero porque no saben cómo hacerlo, como enfrentarse a ello”. 52

En 2004 la cadena Showtime estrenó The L Word, una serie que perduró seis temporadas, hasta 2009, donde los personajes centrales eran mujeres lesbianas y bisexuales, y la trama giraba en torno a sus vidas y a sus relaciones.

El sexo se mostraba abiertamente, se tocaban temas como la maternidad lésbica, el cambio de sexo, el matrimonio, y el prototipo de lesbiana que imperaba era el de mujer independiente, guapa y con poder adquisitivo. La serie tuvo mucho éxito entre las lesbianas y el público en general.

En Inglaterra apareció Sugar Rush (2006), serie que, teniendo de base el humor negro, contaba la vida de una adolescente lesbiana

En la actualidad, la lesbiana más mediática que cuenta con su propio y exitoso programa de televisión es la estadounidense Ellen DeGeneres, quien en 1997 sufrió algunos traspiés en su carrera al salir públicamente del armario en su serie de televisión Ellen.

Ellen DeGeneres, de 50 años, casada desde 2010 con una mujer, está siendo desde 2011 rostro de una marca de cosméticos, Cover Girl, convirtiéndose en la primera mujer que, no sólo es públicamente lesbiana, sino que además suele vestir con estilo más masculino, que representa un producto hasta entonces más relacionado con mujeres heterosexuales, rompiendo los viejos estereotipos.



CAPÍTULO V:
DIOS SALVE A LA LESBIANA. LA CONSTRUCCIÓN DE LA PECADORA

No era bueno que el hombre estuviera solo. Por eso se creó a la mujer. Ya está. Así de fácil. Unas simples palabras escritas en un supuesto libro sagrado y la mujer queda, durante siglos, marcada como un bien utilitario del hombre. En este caso concreto, como un medio para paliar su soledad.

Para que no nos quede duda se recalca que el hombre se hizo a imagen y semejanza de Dios. La mujer apareció de la costilla del hombre. Un mero apéndice en la historia que se desarrollará a continuación. La historia de la civilización. Que, tal como hemos afirmado, en el caso de la mujer, será el de la invisibilización.

A las religiones más importantes actualmente, debe la mujer mucho de su situación. A las religiones debe su sometimiento, su postergación y la violación de sus derechos humanos.

Una de las conquistas de la Iglesia sobre la mujer ha sido el despojarla de su cuerpo y de su decisión sobre él. Más allá de lo evidente, más allá de su derecho a tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, a masturbarse, a usar preservativos, a poner fin a un embarazo.

El control de la Iglesia se ha construido en base a detalles. Como es el caso del cabello. El cabello de una mujer no es sólo muchos pelos que cubren y protegen la cabeza, no es sólo una extensión del cuerpo. A lo largo de la historia, y sobre todo en la historia religiosa, los cabellos han sido provistos de una intensa carga simbólica.

Una cabellera que cuelga despreocupada y fuerte de la cabeza de una mujer puede resultar a los ojos religiosos una fuente de deseo. Regular el deseo, sentido primordial de las religiones, se convierte en este caso en la necesidad de regular las cabelleras.

A mayor exhibición, menos virtud. Las prostitutas griegas que tanto se mencionan en Corintio no cubrían sus cabellos porque era la señal que tenían para mostrar su disponibilidad en materias amorosas. Por otro lado, las esclavas y las adúlteras eran obligadas a raparse la cabeza, y con eso, sus instintos sexuales.

A la hora de cubrir el pelo y mostrar así la virtud, nos encontramos con una amplia gama de velos. El chal, es el que las mujeres judías usan para cubrir la cabeza, los hombros y los pechos. El chador, originario de Turquía es la larga sábana que va desde la cabeza a los pies. El borghé proviene de Persia y cubre además del pelo cubre la nariz y las mejillas. Esta última palabra se ha deformado al concepto de Burka, tan popular en Afganistán, donde las mujeres van cubiertas por completo, y apenas cuentan con una rejilla para respirar. El Maghnaé es el pañuelo que cubre el pelo, los hombros y la barbilla.

Hasta hace unas décadas las mujeres occidentales católicas usaban una toquilla, con la que se cubrían los hombros como señal de respeto para entrar a la iglesia. También era usual que las mujeres, al momento de su matrimonio, llevaran un velo cubriendo el rostro, el que el novio levantaba al final de la ceremonia. Todo para indicar pureza.



“Cada hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta deshonra a su cabeza, en cambio cada mujer que ora o profetiza con su cabeza descubierta deshonra su cabeza, si una mujer no cubre su cabeza debe afeitar su pelo, y si es una desgracia para una mujer tener su pelo cortado o rapado, debe cubrirse la cabeza. Un hombre no deberá cubrir su cabeza puesto que él es la imagen y la gloria de Dios. Pero la mujer es la gloria del hombre... la mujer ha sido creada para el hombre. Por esta razón y debido a los ángeles, la mujer ha de tener una señal de autoridad sobre su cabeza”.

(I Corintios 11, 3-10)

A San Pablo, uno de los máximos y reconocidos artificies de la teoría en la que se enmarca la Iglesia Católica, se le atribuyen estas palabras que se consagran en el Nuevo Testamento.

Para los judíos existió antes de Eva una mujer llamada Lilith, que encadilaba a los hombres con su larga y bella cabellera negra. Lilith no pudo formar una pareja con Adán porque se negaba a ser madre, sólo se interesaba por los placeres de la carne, renunciando así a integrar el paradigma de mujer impuesto por la Iglesia.

La lujuria de Lilith y su independencia brillaban con su pelo largo. Tanto valor tenía para los judíos esta idea que la Ley Rabínica impide que los hombres realicen sus oraciones si hay presente mujeres que dejen al descubierto su cabello. Esto porque una cabellera a la vista puede ser tan impúdica como la desnudez.

En la actualidad, en la religión católica, sólo las monjas llevan velo, lo que no es ninguna sorpresa puesto que se trata de mujeres que realizan votos de castidad y ante toda la comunidad se niegan a vivir los placeres sexuales.

El pañuelo es un complemento de la vestimenta femenina. Es un ropaje que está destinado a esconder a la mujer del deseo sexual del hombre. No es deber del hombre controlar sus instintos, es deber de la mujer hacerse invisible ante las miradas masculinas para no suscitar pasiones prohibidas.

“En Gran Bretaña, el estudioso musulmán Shabbir Ajtar escribió que el propósito del velo 'es crear una cultura verdaderamente erótica en la que no sea necesaria la excitación artificial que proporciona la pornografía'. En ambos casos, se supone que la mujer debe sacrificar su comodidad y su libertad al servicio de los requerimientos de la sexualidad masculina: para reprimir o para estimular el apetito sexual masculino”53

La mujer hecha con letras de libros sagrados es una mujer que encaja perfectamente en el patriarcado y en los estrechos límites que permite la subordinación masculina.

Por otro parte, la religión decidió que la pureza y la virtud de una mujer se escondían entre sus piernas.

La mujer conserva su virtud cuando este trozo de membrana llamado himen se rompe ante los ojos y la aprobación de Dios y de la comunidad, o sea, cuando ha mediado el matrimonio.

Si Dios no está detrás de esto, las consecuencias son nefastas y en algunos países islámicos el que una mujer ejerza su voluntad sin tomarlo en consideración puede pagarse con la muerte, incluso puede ser asesinada por su propia familia.

Desprovista de su cuerpo, desprovista de su voluntad y su libertad, pero provista con demasiadas responsabilidades que no le incumben, la mujer, por el sólo hecho de ser mujer, ha cargado con un peso demasiado grande sobre sus hombros.

La mujer lesbiana carga con uno mayor.

Aunque algunas interpretaciones difieren de esto, es bastante probable que el apóstol San Pablo condene el lesbianismo (y la homosexualidad en general) en una de sus cartas a los romanos.



Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza.

Romanos 1, 26

Otro de los considerados padres de la Iglesia católica, Juan Crisóstomo, sostiene que el párrafo alude a las relaciones sexuales entre mujeres, puesto que éstas son más vergonzosas que las masculinas, ya que el sexo entre mujeres no sólo atenta contra la relaciones naturales de un hombre y una mujer, sino que, sobre todo, apartan a la mujer de su mayor labor: tener hijos.

En el supuesto Apocalipsis de San Pedro, del siglo II, se plantea otra referencia a la homosexualidad femenina, en el que condena a ser arrojadas desde una roca a “aquellas que se acostaron una con otra como hombre con mujer”.54

Hay registro de una carta escrita por San Agustín a la madre superiora de un convento, en el que le recuerda que el amor entre las monjas debía ser espiritual y no carnal. Así como recomienda que el resto de las mujeres, tanto casadas como solteras, eviten los juegos sexuales que pudieran sostener unas con otras.

La Iglesia consagra y recalca el único acto sexual posible: el que se hace entre un hombre y una mujer casados y con el fin de procrear. El resto es perversión.

Las penitencias para las mujeres que practicaran actos sexuales entre ellas podían extenderse por 160 días. Y un año para los actos homosexuales de los hombres, según en penitencial del papa San Gregorio III.

De ese penitenciario del siglo VIII hasta ahora, han pasado muchísimos años. No obstante, la Iglesia católica no ha madurado sus ideas de la misma manera en que lo han hecho, por ejemplo, la legislación y los derechos humanos, y actualmente postula que la homosexualidad no es un derecho que puede reclamar cualquier persona. Ha dejado de considerarla un pecado en sí misma, considera que es éticamente reprobable y atenta contra la naturaleza humana.

En sus documentos y cartas a obispos, el Vaticano alarma acerca de los movimientos sociales que abren la puerta a la normalización legal y social de lesbianas y gays. Aunque dice reprobar los actos de violencia hacia las personas homosexuales, postula que la orientación sexual no debería ser una base jurídica a la hora de legislar en contra de la discriminación, y que no puede compararse con la raza y el origen étnico.

En Junio de 2011, Naciones Unidas condenó la discriminación en el mundo por motivos de orientación sexual e identidad de género. El Vaticano volvió a manifestar su rechazo por esta declaración a favor de la tolerancia, argumentando que condenar la homofobia y la transfobia es restringir la libertad de la Iglesia y propiciar la aceptación general de la homosexualidad.

La Iglesia trata de desvincularse de la idea de violencia. "Es deplorable que las personas homosexuales hayan sido y sean objeto de violencia de palabra y acción. Esta clase de trato merece condena por parte de los pastores de la Iglesia donde quiera que ocurra. Esto es una muestra de desinterés por los demás que pone en peligro los más fundamentales principios de una sociedad sana. La dignidad intrínseca de cada persona debe ser respetada siempre de palabra, de acción y por la ley. Pero la adecuada reacción ante los crímenes cometidos contra las personas homosexuales no debe dar pie para reclamar que la condición homosexual no sea desordenada. Cuando esto se afirma y cuando consecuentemente se aprueba la actividad homosexual o cuando se introduce una legislación civil para proteger una conducta a la que nadie tiene ningún derecho, ni la Iglesia ni la sociedad deben sorprenderse cuando otras nociones distorsionadas ganan terreno y aumentan las reacciones irracionales y violentas”55

Padre, he pecado. Soy lesbiana”

En los albores de la Semana Santa de 2011, un sacerdote en Valencia negó a Pilar Gómez, de 52 años, la eucaristía. ¿El motivo? Pilar es lesbiana y vive con otra mujer.

Cuando Pilar, católica practicante, exigió una explicación, el sacerdote le hizo ver que su pecado no era ser lesbiana, sino que no esconderlo, hacerlo “evidente”.

Yo soy una de las bautizadas que engrosa la lista que la Iglesia Católica suma entre sus adeptos: 1.180 millones de personas en el mundo, aproximadamente un 17,40% de la población mundial (según Anuario Pontificio de 2011).

De niña y adolescente fui un ejemplo de virtuosismo católico, quería ser santa. Estudié en un colegio de monjas, asistía los domingos a misa con mis abuelos, los viernes no comía carne, ninguna noche me dormía sin rezar, y participaba en misiones católicas, evangelizando a las masas ignorantes de la palabra de Dios.

Entre la niña que quería ser santa y escondía debajo de su almohada la ostia del domingo para comer un trozo cada día y acercarse a esa santidad, y la lesbiana activista que soy en la actualidad, ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo me recibiría la Iglesia si volviera?, ¿con los brazos abiertos como en la parábola del hijo pródigo?

Me propongo investigar y por esto me acerco a seis iglesias del centro de Madrid para confesar mi lesbianismo, averiguar si Dios aún me ama y me acepta como soy, si todavía puedo ir al cielo o mis años infantiles y juveniles hipotecados al servicio de la Iglesia no sirvieron para nada.56



Primera Estación: No soy un monstruo

A la hora de confesarme modifico mi historial de avezada lesbiana y me muestro ante los curas como una chica que se he enamorado de una compañera de trabajo y está manteniendo su primera relación lésbica desde hace dos semanas. En mi papel de incipiente lesbiana me siento feliz y plena, ya que previamente había mantenido distintas relaciones con chicos que no me hacían sentir bien.

Lo primero que me deja claro el cura de la iglesia de San Andrés es que no soy un monstruo. Por fin respiro tranquila. No soy un monstruo pero me encuentro en el camino incorrecto.

Al comienzo se muestra comprensivo. Entiende que pueda sentir placer junto a una mujer, porque Dios creó el placer carnal. Pero para dejarme claro lo inconveniente de este placer, ingenia una retorcida metáfora: “Esto es como echarse tierra en los ojos, te puede dar mucho gustito, pero no está bien, te hace daño”. Definitivamente la idea eclesiástica de placer no me queda clara.

Me recomienda poner fin de inmediato a la relación con mi novia.


  • Pero Padre. Es que la quiero. La quiero tanto- explico desolada.

  • Pero hija, claro que la quieres, y la puedes querer mucho, la puedes querer tanto como una madre quiere a su hijo enfermo. O una mujer cristiana quiere a los pobres. Lo que tú tienes que hacer es buscar un hombre y tener hijos para Dios.

  • Pero si he estado con hombres, padre, pero no soy feliz con ellos. He probado, pero no hay caso, no me gusta ni siquiera que me den un beso.

  • A ver, a ver, lo primero es que los hombres no son juguetes. No se puede jugar con ellos y desecharlos. Tú tienes que buscar a un hombre aunque no seas feliz con él. Ofrécele esta infelicidad a Dios, también ofrécele la pena de dejar a esta chica.

Para terminar me pide que no busque más confesores o no comente esto buscando otras opiniones, que sea más pudorosa, que sólo escuche y lea lo que dice el Papa.

En mi papel de buena cristiana leo lo que dice Benedicto XVI. Me encuentro con que, a su parecer, la homosexualidad amenaza tanto a la humanidad como el cambio climático, que rechaza aprobar una enmienda para despenalizar la homosexualidad en el mundo y que las lesbianas y los gays no entraremos al reino de los cielos.

Para no ser un monstruo, me hacen sentir como tal.

Segunda Estación: El sexo es la perdición

Al sacerdote de la Colegiata de San Isidro no le hace mucha gracia confesarme. Cuando el ayudante del cura me lleva a la sacristía para pedirle que me de unos minutos, el representante de Dios en la tierra me mira fijamente y respira de forma ruidosa para hacer patente su hostilidad.

El enterarse de mi lesbianismo le hace menos gracia. Me ordena que me aleje de mi novia de inmediato, que deje de verla.


  • Pero es mi compañera de trabajo- argumento

  • Me da igual. Cambia de trabajo- me contesta como si con la actual tasa de paro en España fuera tan sencillo- esto es un pecado muy grave, pero supongo que no es mortal, que no has tenido relaciones sexuales…

  • Bueno Padre, la verdad es que sí he tenido- y con mi respuesta su descomunal respiración crece a niveles insoportables.

  • Pues es pecado mortal, ¡mortal!

Mi penitencia es un padrenuestro y un avemaría. No son ni las once de la mañana y ya me pesa el cuerpo. Supongo que es el cansancio normal que debe sentir un monstruo que está a punto de quedarse sin novia y en paro.

Tercera Estación: El amor no es ser feliz, sino que todo lo contrario.

Llego a la basílica de San Justo. Por fin un sacerdote joven. Pero mi idea preconcebida de que la juventud es aliada de la tolerancia me dura muy poco.

El clérigo me deja claro que el Papa ya ha declarado que ser lesbiana no es una enfermedad, sino que una tendencia que hay que corregir. Compara mi tendencia a amar mujeres con la tendencia de los asesinos a asesinar, la de lo de un pedófilo a violar niños y la de un ladrón a robar.


  • Pero Padre- me quejo- esas son cosas malas, lo que yo siento es amor. Amor por una mujer, el amor es algo bueno, no es comparable a un asesinato

  • No, tú no sientes amor. Tu idea del amor no es correcta. El amor no es lo que piensas, no es ser feliz, todo lo contrario. El amor no es buscar la alegría o pasarlo bien. El amor es seguir el camino correcto, y el camino correcto que debes seguir está al lado de un hombre. Tienes que buscar ayuda.

  • He buscado ayuda, he ido al sicólogo.

  • ¿Y qué ha dicho el sicólogo?

  • Ha dicho que todo está bien, que no pasa nada, que ser homosexual es normal y que no tengo que sentir culpa por eso

  • Pff, los sicólogos son todos unos ladrones, dicen lo que quieres oír para robarte el dinero. Tienes que buscar un sicólogo católico, te dirá algo muy diferente a eso. Y tienes que dejar de ser amigas de las lesbianas.

  • ¿Pero no puedo tenerlas ni como novias ni como amigas, padre?

  • No, porque los homosexuales siempre culpan de todo a Dios y al Papa. Y porque tú estás hecha, tu cuerpo está hecho para estar con un hombre, casarte y tener hijos, eso es amor. Y si no quieres casarte pues no lo hagas, pero no vivas como una lesbiana porque todas las relaciones entre lesbianas acaban mal, es malo. Un asesino nunca será feliz, un pedófilo tampoco. Igual que una lesbiana o un gay. Te asquearás de eso, de la vida de las lesbianas, es imposible que algo tan antinatural termine bien.

Me voy con la moral por el suelo, una penitencia de tres avemarías y una invitación a unas jornadas de matrimonio dictadas por él, para aprender lo que en la Iglesia es realmente el amor, ese sentimiento tan alejado de la felicidad.




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