Master de humanidades



Descargar 1.3 Mb.
Página3/18
Fecha de conversión23.12.2018
Tamaño1.3 Mb.
Vistas305
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18
CAPÍTULO III
LESBIANAS CON PLUMA. ATRAPADAS ENTRE TINTA Y PAPEL

La historia de la literatura es, como muchas de las historias que corren como vertientes a conformar la historia de la humanidad, una historia de hombres. Escrita, en su gran mayoría, por ellos, y seleccionada según su criterio para engrosar la posteridad.

Por lo que no es de extrañar que, al rastrear en el pasado, lo que se encuentra en mención a prácticas lésbicas (ni comparable con todo el material relacionado a la homosexualidad masculina) está en su mayoría escrita por hombres y para hombres. No es sino hasta el siglo XX cuando las mujeres lesbianas comienzan, al principio muy tímidamente, a escribir y publicar literatura relativa a sus afectos.

La poeta Safo fue la primera en visibilizar los amores entre mujeres en su poesía. La historiadora literaria Jeannette Howard Foster rastrea a las primeras figuras lésbicas en mitología griega. Es el caso de aquellos personajes femeninos que están rodeadas de doncellas, que se mantienen vírgenes y desafían el tradicional rol de género al estar interesadas en actividades masculinas como la caza, como son los casos de Camilla y Diana, Artemisa, Calisto, Iphis e Inathe.

También menciona a las Amazonas, mujeres guerreras que vivían en comunidades estrictamente femeninas, y sólo utilizaban a los hombres para reproducirse.

La primera poesía lésbica se le atribuye a En hedu ana, sacerdotisa de Mesopotamia, que la dedica a la diosa Inanna, a quien llamaba “su esposa”.

Desde sus inicios, el lesbianismo construido mediante letras tendía a ridiculizar esta práctica. A distorsionar los cuerpos y comportamientos femeninos. Por un lado, no se entendía una relación sexual sin penetración, por lo que solía atribuirse a mujeres que practicaban el sexo con mujeres un clítoris de inmensas dimensiones, similar a un pene pequeño. Por otro, se les masculinizaba. Como hace el poeta Marcial con Filénide, a quien describe como más fuerte que un hombre, deportista y con la misma capacidad de beber y comer que éste.

Se hace patente la distinción entre la homosexualidad femenina y masculina. Con la primera siempre ha existido más permisividad, más doble moral. Desde siempre las sociedades guerreras han admitido que entre los hombres soldados se practicara el sexo. Ocurría, por ejemplo, con los griegos y los musulmanes y sus efebos. También se hace patente en Oviedo, que expresaba con mucha normalidad el amor entre dos hombres, pero al momento de referirse a un amor lésbico en “Metamorfosis” resalta la extrañeza que le produce.

Durante la Edad Media, que a diferencia de lo que suele creerse fue un periodo que otorgó más luces que sombras sobre las mujeres, muchas de las que no querían seguir el camino trazado por el patriarcado entraban en los conventos. En estas instituciones gozaban de ciertas libertades. En los conventos proliferaba la actividad intelectual y los amores lésbicos no eran infrecuentes.

Beatriz Gimeno cita en su libro trozos de cartas escritos de una monja del monasterio de Tegernsee a otra de Baviera en el siglo XII:

Te amo más que a nadie, sólo tú eres mi amor y mi deseo, como una tórtola que ha perdido a su pareja y permanece siempre en la rama desierta, así sufro sin cesar, hasta que vuelva a gozar de tu amor”,

Cuando recuerdo los besos que me dabas, y cómo con palabras tiernas me acariciabas los pechos, me quiero morir”.43

Incluso, comenta la escritora, durante la Edad Media se produjeron interesantes debates que situaban el amor homosexual por encima del amor heterosexual, lo que demuestra que el primer tipo de amor no era tan infrecuente como podemos suponer, y que quienes lo vivían eran capaces de plantear la temática y cuestionar la prevalencia del segundo.

Pero esta libertad no duró mucho. Las sotanas e instituciones políticas decidieron relegar a la mujer a la máxima “inexpresión”, encorsetar las ansias de libertad y los deseos de amar a las de su mismo sexo. La opción de ostentar poder se cortó de raíz, ya que se le cerraron las puertas de los dos únicos caminos para alcanzarla: la educación universitaria y el sacerdocio. Por otra parte, la labor de los conventos comenzó a ser duramente supervisada. Quienes escapaban al control masculino o reclamaban y/o ejercían su independencia eran eliminadas del sistema bajo acusaciones de herejía y brujería.

Excluidas del poder, e incluso excluidas de la posibilidad de gobernar su propia vida, muchas mujeres comenzaron a protagonizar un curioso suceso que la literatura empezó a recoger con bastante frecuencia: la repentina conversión en hombre. Un mal movimiento, un esfuerzo mal hecho y de pronto a una mujer le salía un pene, se convertía en hombre y se casaba con otra mujer.

“Eran lesbianas que se atrevieron a vivir de manera abierta una relación con otra mujer. Eso llegó a conocerse, se veía muy mal, estaba penado con la muerte. Por eso ellas decían que eran hombres, que tenían pene. Y, a lo mejor, tenían un clítoris excesivamente grande, o pagaban a un médico para que les explorara y mintiera, y dijera que tenía un pene y testículos. Ya con eso podía considerarse un hombre”, sostiene Laura Zorrilla, filóloga experta en literatura del Siglo de Oro. “En la literatura, también en la médica, se describen muchas historias de mujeres, sobre todo monjas que han sido mujeres toda la vida y de repente un día, por hacer un movimiento extraño les aparecía un pene. Y no era algo raro, la gente pensaba que podía ocurrir. Y en los pliegos que se impriman con noticias breves y curiosas que ocurrían, lo más parecido a los periódicos de la actualidad, muchas veces se leía el caso de la monja que hasta hoy ha sido sor maría, y ahora es fray no sé cuanto porque le ha salido un pene”.44

Aunque los casos de mujeres espontáneamente convertidas en hombres se dieron con cierta frecuencia entre los siglos XV y XVII, no hay ningún registro de algún hombre que se declarara mujer y se casara con otro hombre. Seguramente, la explicación evidente es que en ese entonces ser mujer se consideraba una gran desventaja, ya que no podían trabajar ni ser independientes.

Uno de estos casos, famoso y ya novelado, habla de la historia de Elena de Céspedes, que se casó con una mujer y se hizo pasar por Eleno. Sus vecinos, recelosos, la denunciaron al Tribunal de la Inquisición. Algunos de los médicos que la examinaron decían que sí tenía un pene, otros, que carecía de él. Ella se defendió argumentando que sí lo había tenido, pero se le había caído después de padecer de un cáncer. Ante la poca claridad del caso, y otros delitos que se le adjudicaban, se le perdonó la vida y se conmutó su pena por el destierro.

Los curiosos casos de hermafroditismo espontáneo que se rastrean en la literatura, se arrastraron hasta el siglo XX. El último que se conoce también ha sido novelado, recoge la historia de dos maestras gallegas, Elisa Sánchez y Marcela Gracia, que se conocieron y enamoraron en la adolescencia. Durante dos años, Elisa caminaba doce kilómetros desde el pueblo en el que trabajaba como maestra hasta el de Marcela para pasar la noche junto a ella. Ante tal situación, Elisa decidió cortar su pelo, vestirse de hombre y tomar la identidad de Mario, un primo fallecido en un naufragio. En 1901 protagonizaron la que probablemente sea la primera boda lésbica española por la Iglesia. No obstante, La voz de Galicia, publicó la noticia del engaño. La pareja tuvo problemas para encontrar trabajo y recibía las burlas de sus vecinos. “Tuvieron que marcharse del pueblo y abandonar incluso el país cuando supieron que había contra ellas una orden de busca y captura. En Oporto, donde tomaron un barco rumbo a América, se pierde su pista”.45

La literatura no ha retratado de la misma manera el acto sexual masculino que el femenino. El primero, sin ser aceptado, gozaba de cierto aire de permisividad, podía entenderse mejor que las relaciones sexuales entre dos mujeres, que no tenían cabida en la imaginación sin la ayuda de un artilugio fálico que viniera a reemplazar al pene, gran e indispensable protagonista del escenario sexual para la mentalidad.

Existen muchos relatos antiguos en los que las mujeres usan aparatos con formas fálicas para tener sexo. Poemas satíricos en los que, por ejemplo, se habla de una señora que comparte cama con su criada y sueña que ésta la penetra con un consolador.

Es durante el Renacimiento que se consolida la literatura erótica que incluye a dos mujeres teniendo relaciones sexuales. Sin embargo, estas prácticas no se consideraban sexo real, más bien una etapa de experimentación y aprendizaje que las preparaba para compartir el lecho con un hombre.

A partir de este momento comienzan a fijarse en la literatura los moldes que definirán a la mujer heterosexual y a la lesbiana en el imaginario colectivo. Por un lado, el personaje de la mujer heterosexual, hermosa, inocente, joven e ingenua que es salvada de la relación lésbica por un hombre. Este modelo orienta las virtudes de la mujer heterosexual en su apariencia física y el agrado que esto despierta en un hombre. Hace hincapié en su falta de juicio e incapacidad para decidir por sí misma, recalcando el argumento que se puede encontrar en casi todos los cuentos infantiles: la necesidad de ser salvadas por un hombre.

Por otra parte, el personaje de la lesbiana posee similares características: es mayor, perversa, manipuladora y su objetivo es impulsar en las jovencitas el odio hacia los hombres.

El modelo se reproducirá hasta el extremo de demonizar a las lesbianas en la literatura del siglo XIX, periodo en el que justamente las mujeres comienzan a reivindicar su autonomía y a manifestar su inconformidad ante la escasa libertad que se les imponía.

Una mujer independiente es una mujer que rehúsa estar bajo el control del hombre, depender de él. Una mujer lesbiana es una que no sólo rehúsa el control político y social, sino que además se independiza del control sexual. No le necesita para conseguir placer y rechaza ser el recipiente de su semilla.

La literatura con sus dos personajes lésbicos entrega a los hombres esta doble imagen de la lesbiana: con una le excita y le erotiza y con otra le intimida y le amedrenta.

El personaje de la lesbiana, ya perverso, se vuelve aún más cruel e insaciable. En muchos casos asesina a sus hermosas víctimas, como en La muchacha de los ojos de oro (1889), de Balzac, donde la protagonista, que ama y odia de las mujeres, después de mantener relaciones sadomasoquistas y humillarlas, las conduce a la destrucción. Lo que refuerza el mensaje de que una relación entre mujeres no puede acabar bien.

La obra de Balzac influyó en Théophile Gautier. Mademoiselle de Maupin (1835) que describe en letras la primera imagen física que se asociaría por mucho tiempo a las lesbianas: hombros anchos, caderas estrechas, inclinación atlética.

De esta época hacia atrás no hay registro de literatura en el que se narre la historia de amor lésbico donde prime el amor, la ternura y el respeto, una historia con un final feliz. Si el sexo entre ellas no puede considerarse realmente sexo sin la presencia al menos objetual masculina, la relación entre mujeres tampoco puede considerarse de amor.

“Para los escritores decadentes del siglo XIX, la lesbiana se convierte en una imagen fabricada para epatar al lector, pero también para permitirle controlar su miedo a las mujeres […] convierte a las lesbianas en la encarnación del diablo. Es la mujer diabólica pero hermosa que seduce a jóvenes inocentes y que ineludiblemente se ve arrastrada a un final horrible que siempre tiene que ver no sólo con sus deseos sexuales, sino también con su exceso de inteligencia –poco femenino- […], son mujeres insaciables, por ejemplo, Adolephe Belot crea el personaje de una lesbiana que muere por practicar demasiado el sexo. También se refleja el pavor de los hombres a estas mujeres ingobernables […], los artistas plásticos de este siglo describen y retratan mujeres muy bellas y seductoras, pero siempre muertas o desmayadas, lo que las hace aparecer más dominables”.46

Mientras en Francia se perpetuaba el personaje lésbico de mujer manipuladora, inteligente, insaciable y maligna, paralelamente en Estados Unidos, a fines del siglo XIX, el amor entre mujeres se representaba mediante las “amistades románticas”, como se conocía la estrecha relación femenina que no hablaba de sexo, pero sí de intimidad, amor y celos.

El inicio del siglo XX es bastante provechoso para la mujer. Por un lado, el despertar de las mujeres a la conciencia feminista será decisivo, por otro, el espacio vacío que deja en la esfera laboral y académica la partida de los hombres a la guerra, será convenientemente llenado por mujeres, ansiosas de libertad. La suma de ambos factores será decisiva para la transformación del imaginario lesbiano atrapado entre tinta y papel.

En Inglaterra, la escritora Radclyffe Hall publica El pozo de la soledad (1928), que fue durante mucho tiempo el único espejo que tenían las lesbianas para buscar reflejo de su orientación sexual, a pesar de las diversas opiniones de aceptación y rechazo que generó la publicación entre las mismas mujeres homosexuales, por la interpretación que hacían de cómo se exponía el lesbianismo. En la novela se presenta la homosexualidad femenina como algo natural que tiene derecho a existir. Es casi como un llamado a la tolerancia social, puesto que publica las desventuras de haber nacido invertida. La protagonista, muy masculina, se enamora de otra mujer y mantiene una relación que se ve afectada por el rechazo social. “Radcyffe Hall optó por el modelo sexológico en El pozo de la soledad, convencida de que suscitaría una mayor simpatía social hacia las lesbianas ultrajadas si presentaba su perversión como un fallo congénito y no como una opción”.47



El pozo de la soledad fue duramente combatido. El editor del periódico Sunday Express declaró que antes de publicar la novela prefería dar ácido prúsico a una chica saludable. Se sucedieron batallas legales, el libro además de secuestrado fue quemado. Durante el juicio, el juez Sir Chartre Biron afirmó: “no es porque un libro trate de actos contra natura practicados entre mujeres que es obsceno. Ni tampoco porque una obra de este género ejerza una gran influencia moral. Es que en el caso presente no hay una sola palabra que pueda hacer pensar que las que están afligidas por las horribles tendencias aquí descritas son por lo menos reprobables. Todos los personajes son presentados como seres atractivos y bajo un aspecto favorable”48.

La profesora Laura Doan se refiere a este escándalo como “el momento en el que cristalizó la construcción de una subcultura lésbica moderna inglesa”49, el lesbianismo se hacía visible.

En París comenzó a florecer una comunidad de escritoras y artistas lesbianas, talentosas, exitosas, ricas y visibles, conformando un polo absolutamente opuesto al espacio oscuro y enfermo que la literatura había situado a las lesbianas. Se les conocía como las mujeres de la Rive Gauche.

Natalie Barney, anfitriona de las tertulias literarias de la elite intelectual parisina, es autora de la bastante significativa frase: “No es porque yo no piense en los hombres que éstos me son indiferentes, sino, al contrario, porque pienso”.

“Con los avances del feminismo comenzará a identificarse a las lesbianas con las feministas. Las escritoras norteamericanas e inglesas de la época describen una sociedad de mujeres en las que apenas había hombres y en las que se abrían nuevas posibilidades de felicidad para ellas. Desde Willa Cather en Estados Unidos, a Harrion Stanton Blatch en Inglaterra […] las escritoras lesbianas como Amy Lowell o Gerstrude Stein escriben sus obras más eróticas durante la guerra y Charlotte Perkins Giman escribe en 1915 Herland, utopía de un mundo sin hombres”.50

Dentro de las escritoras inglesas también destacaron Katherine Mansfield y Virginia Woolf, quien cambia de sexo a su personaje en Orlando. Algunas escritoras utilizaban seudónimos, como el caso de Patricia Highsmith, que firmo El precio de la sal (1951, también conocido como Carol) como Claire Morgan.

En España las lesbianas representadas en la literatura seguían la tónica de las inmortalizadas en Francia del siglo XIX. Eduardo López Vago es poco conocido, pero sus novelas de bajo costo y personajes lésbicos pervertidos y malvados eran un éxito en ventas.

“Todas estas historias que hablaban de lesbianas como casos patológicos y enfermos podrían haber derivado en otro tipo de novelas más positivas, más abiertas, si España no se hubiera cubierto de un manto negro durante 40 años con el franquismo. De ahí no podía salir nada positivo, pues las escritoras lesbianas relegaban esta expresión porque temían por su vida”, asegura Zorrilla.

Algunas mujeres pertenecientes al Lyceum Club tuvieron el valor de marcar la diferencia, como es el caso de Ana María Martínez, que escribía poemas de amor a otras mujeres. No obstante, la historia la sepultó y, de gozar de cierto renombre en su época, en la actualidad su obra no es muy conocida.

A comienzos del siglo XX dos mujeres protagonizaron insólitos hechos, hasta entonces, en España y publicaron los primeros libros relativos a homosexualidad femenina con un enfoque diferente. En 1909 Ángeles Vicente publicó Zezé. En su novela critica el machismo imperante, defiende la soltería como opción válida para una mujer independiente e inserta una relación lésbica en la historia. Carmen de Burgos en 1917 publicó Ellas y Ellos, donde el lesbianismo se ampara en una inversión congénita.

En el Estados Unidos de 1950, una novela de bajo costo titulada Women´s Barracks vendió casi cinco millones de copias. En la historia se desarrollaba una relación lésbica en las fuerzas armadas. Ante tal éxito de ventas, la editorial, Golden Medal Books, decidió seguir publicando libros del mismo estilo. Se trataba básicamente de literatura erótica dirigida a los hombres, a la que se le conocía como ficción pulp lésbica. Pero también había mujeres que escribían para lesbianas, como es el caso de Ann Bannon, Valerie Taylor y Paula Christian. Muchas lesbianas, interesadas en este tipo de literatura escribían a la editorial reclamando más publicaciones. Entre 1955 y 1969 se publicaron dos mil novelas con temática lésbica.

Las lectoras identificaban estos libros por las claves en el título o en la imagen de portada. Se utilizaban como eufemismo “tercer sexo”, “extraño”, “crepúsculo”.

Por otro lado, se utilizaban referencias de lugares, de maneras de actuar y vestir, lo que le dio vida a un tipo de identidad lésbica que podía ser reconocido por las lesbianas. También por los heterosexuales lectores.

Después de los disturbios de Stonewall, escritoras consideradas más serias comienzan a introducir en sus obras personajes e historias lésbicas, como el caso de Rita Mae Brown, que incluye en Rubyfruit Jungle (1973) a una mujer que elige ser lesbiana.

Ya a partir de los años 80, las mujeres se van atreviendo a hablar de su lesbianismo y a expresarlo en la literatura. Surge el debate de lo que es considerado literatura lésbica y lo que no. En la actualidad, literatura lésbica se considera, por un lado, a aquellas obras producidas por escritoras lesbianas y, por otro, las que hablen de lesbianismo. No obstante, puede llegar a considerarse literatura lesbiana una novela que no hable de lesbianismo, pero sea escrita por una lesbiana. Y una novela que mantenga historias lésbicas, sin ser el tema principal, pero sea escrita por una persona heterosexual, sale de esta categoría.

Las fronteras que definen la literatura lésbica son curiosas, imprecisas y pueden ser perjudiciales para el género. Las editoriales especializadas pueden caer en el error de publicar a escritoras lesbianas más por su orientación sexual que por la calidad literaria de sus obras. “Paloma Días Mas, una gran escritora, publicó Tierra Fértil, una preciosa historia de amor de dos hombres de la Edad Media. Está muy bien escrita, pero esta mujer está casada con un hombre y su novela nunca ha estado dentro de los cánones de la literatura gay. ¿Por qué? Lo mismo pasa con la literatura lésbica. Creo que actualmente hay una exaltación del lesbianismo sin que haya calidad ni filtro en lo que se publica. Hay escritoras lesbianas muy talentosas que no ocultan su lesbianismo pero tampoco lo exaltan, pues no quieren ser etiquetadas sólo en literatura lésbica, quieren llegar a todos los públicos”, asegura Zorrilla.

Actualmente existen escritoras lesbianas que escriben, entre otras cosas, novelas de temáticas lésbicas que son vendidas bajo la etiqueta de su orientación sexual y, además, dentro de la literatura general en el resto de las librerías, como es el caso de las inglesas Sarah Waters y Jeanette Winterson. Y la ya fallecida poeta argentina, Alejandra Pizarnik.

“Ahora mismo estamos un poco en la autocomplacencia. Historias ambientadas en Chueca, tenemos que salir de ahí, creo que como en todo la visibilidad pasa por la normalización. No tienes que escribir la historia de una lesbiana atormentada cuyo problema sea la relación lésbica, sino que una historia cualquiera donde haya un personaje lésbico. Ya estamos cansadas de mujeres que viven amores imposibles, atormentadas que se enamoran de heterosexuales”, sentencia Zorrilla.

Independizar a la lesbiana de las letras que la han mortificado, patologizado y encasillado, pasa por independizar a los personajes actuales de los dramas relacionados a la misma orientación, liberarse del victimismo, normalizar el personaje lésbico y hacerle respirar entre letras de calidad.

CAPÍTULO IV:
LESBIANAS DE CIENCIA FICCIÓN. LA INFLUENCIA DEL CINE Y LA TELEVISIÓN

A comienzos del siglo XX los personajes lésbicos toman forma de imagen, de imagen en movimiento en una pantalla. No obstante, tal como sucedió en la literatura, esta imagen no destacaba por ser una positiva. Aún así, el público solía ver mejor a las mujeres que desafiaban las fronteras del rol asignado a su género, que a los hombres que lo hacían.

A partir de 1914 algunas mujeres aparecen en las películas vestidas como hombre, como es el caso de la actriz Edith Storey en A Florida enchantment.

En 1929 se exhibe La caja de pandora, primera película que muestra explícitamente a dos personajes lésbicos. Dos años más tarde, siendo también alemana, aparece Mujeres de uniforme, donde el lesbianismo es la historia central de la película, mostrando el amor de una estudiante por su profesora en un internado.

En Hollywood las referencias al lesbianismo, o a la idea de cruzar las líneas marcadas del género, no se hicieron esperar. En Marruecos (1930) aparece hasta un beso entre Marlene Dietrich y otra actriz. En Cristopher Strong (1933) y Silvia Scarlett (1936), Katherine Hepburn aparenta ser un hombre.

El código Hays (1930) cerró el grifo de la incipiente aparición de personajes e historias lésbicas en la gran pantalla, puesto que censuraba la representación de la homosexualidad por considerarla una perversión sexual. En La reina Cristina de Suecia, protagonizaba por Greta Garbo en 1933, las escenas que sugerían los romances de la reina con mujeres estaban muy disimuladas.

En la primera versión que se realizó de The Children’s hours, adaptación de una obra de teatro, la pareja de lesbianas era reemplazada por un trío heterosexual y el nombre de la película corría la misma suerte: Esos tres. Vuelve a adaptarse en 1961, cuando la aplicación del código Hays, que ya había censurado una escena lésbica en la película Olivia (1954) por “corrupción de moral”, se volvía más flexible. En esta nueva adaptación, titulada La calumnia, Shirley MacLaine, se enamora de Audrey Herpburn. La censura impedía la sola mención de la palabra “lesbianismo” u “homosexualidad”, pero es el rumor por el que el personaje interpretado por MacLaine termina suicidándose, ejemplificando así la moraleja que años atrás había también ilustrado hasta la saciedad la literatura: que los amores lésbicos jamás terminan bien, que la desviación se pagaba cara.

Desde La calumnia, los personajes lésbicos tendrán un desenlace común en el cine: morir al final y ser pobres víctimas destinadas al sufrimiento. En el cine, todas las lesbianas se van al cielo (o al infierno).

Además de sufridoras, en otras ocasiones, se les representaba como villanas sin escrúpulos, como en La gata negra (1962), The Balcony (1963), Rebeca (1949), Sin remisión (1950), Desde Rusia con amor (1963).

Así como en la literatura francesa del siglo XIX, empiezan a surgir en el cine las representaciones de las vampiresas lesbianas, como en La hija de Drácula (1936), Blood and roses (1960), El ansia (1983).

En 1991 el éxito de taquilla, Basic Instinct, vuelve a caracterizar la “desviación” muy negativamente en el personaje de Sharon Stone, una atractiva bisexual asesina.

A pesar de la perversión de los personajes lésbicos imperante, algunos cineastas decidieron mostrar otra perspectiva. En 1968 llega a la pantalla grande el primer intento por representar el lesbianismo de una forma más real. Se trata de El asesinato de la hermana George. Aparecen clubes de lesbianas e, incluso, una de ellas se define a sí mismo como lesbiana. No obstante, es obligada por otras de su misma orientación a callárselo.

El lesbianismo va lentamente cambiando sus matices en el cine. Se va desvinculando de sus características más malignas y patológicas, pero se nutre de otras que tienden a reafirmar la imagen invisible. Las relaciones lésbicas se vuelven ambiguas, se muestran como una etapa en la vida de una mujer y siguen acabando mal.

Personal Best (1982) y Lianna (1983) muestra las relaciones lésbicas desde una óptica más positiva sin llegar a mostrar relaciones felices. Aparecen escenas de sexo lésbico, sin embargo, en la primera, la protagonista abandona la relación para estar con un hombre.

El lesbianismo que no se nombra, que es una fuerza central que une a los personajes pero que se disimula y se presenta de manera ambigua es lo que caracteriza la trama de Silkwood (1983), El color púrpura (1985) y Tomates verdes fritos (1991).

En el cine independiente surgieron algunos intentos, que no tuvieron demasiado éxito, de representar el lesbianismo menos dramáticamente, como Dyketactis (1974), Superdyke (1975), Desert Hearts (1985), la más exitosa de éstas, y Nitrate kisses (1992).

A fines de los 80 y comienzos de los 90 surge lo que se conoce como el New Queer Cinema,51 la homosexualidad comienza a representarse de manera más seria en el cine. Muchos de los productores son gays y lesbianas, introducen el realismo, el romanticismo y la sátira social.

En 1994 se estrena la comedia romántica Go Fish. Las cosas van cambiando para las lesbianas en movimiento, pues en las películas lésbicas, además del amor, llegan los finales felices, como en Cuando cae la noche, The incredibly true history of two girls in love (ambas de 1995) y Better than chocolat (1999). El descubrimiento del lesbianismo sin trauma excesivo y castigo social, acompañada de finales felices en Persiguiendo a Amy (1997), Fucking Amal (1998), Besando a Jessica Stein (2001).

But i’m a cheerleader (2001) se burla de la sociedad al presentar los intentos de padres e instituciones de curar la homosexualidad femenina y masculina recalcando los roles de género. Y cómo esta homosexualidad puede llegar a presentarse incluso en aquellos que no los desafían.

Películas como Si las paredes hablaran (2000) y Las horas (2002), muestran el lesbianismo en tres épocas diferentes, dejando en evidencia los impactos sociales y los avances en temas de visibilidad y aceptación.

En 2001 se estrena Lost and Delirious, que repite los patrones del la tragedia en la relación lésbica. Una de las chicas, la más femenina, se marcha con un chico por no poder hacer frente a la presión social y la otra termina suicidándose.

Los viejos patrones los rescata también Diarios de un escándalo (2005), película premiada y nominada a los Óscar, en el que una mujer manipuladora, perversa, obsesiva, termina arruinando la vida de otra de la que se enamora, sin ser correspondida.



Me siento extraña (1977) es una película española en la que por primera vez se muestra el amor entre mujeres sin perversas vampiras y figuras demoniacas caracterizando a las lesbianas en el popular cine de horror de los 70. En la película, Bárbara Rey y Rocío Dúrcal son más que amigas, más que compañeras de piso. Se quieren y por este amor enfrentan el rechazo del pueblo en el que viven. Ya a partir de los 80 y los 90, las temáticas lésbicas vivirán una diversificación de géneros, en comedias, dramas, romances.

En 2010 se estrena Habitación en Roma, de Julio Medem. “El hecho de que vivan su historia de amor de puertas adentro no las invisibiliza. Todo lo contrario. Desde un primer momento queda claro el tipo de vínculo que las une. No pasarían por hermanas, amigas, primas o compañeras de piso. No se les niega su sexualidad. Una explora el cuerpo de la otra, ambas tienen orgasmos. Entre sus méritos, la película muestra a la lesbiana como un ser sexuado, no la encarcela, no la estereotipa”, sostiene Clarissa González, doctora en Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid y encargada de la sección de AudiovisuaLES de Revista MíraLES.

Según Clarissa González, la tendencia en el cine será mostrar a las lesbianas integradas en la sociedad. No siendo el lesbianismo un problema en sí mismo. Más bien películas con un trasfondo y protagonizadas por actrices conocidas. Como es el caso de The kids are all right (2010), en las que la Annette Bening y Julianne Moore son una pareja de lesbianas madres de dos hijos adolescentes.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos