Master de humanidades



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. Tal como describió Firestone “Los años 50 fueron para las mujeres la más sombría de las décadas, la más sombría quizás en muchos siglos”.20

La homosexualidad en los años 50 se equiparaba a la traición. La homosexualidad era una característica indeseable y el gobierno de Estados Unidos no les quería entre sus trabajadores, por lo que les despidió y comenzó una campaña de violación a la intimidad, tratando de averiguar los detalles de la vida privada. Existía una asimilación de que los homosexuales podían ser fácilmente chantajeados, o fácilmente convertidos al comunismo. Se arrestaba gente en locales y bares y las reglas contra el travestismo de mujeres y hombre se hicieron muy exigentes.

Para que funcionara otra vez el orden social que imperaba antes de las guerras y que se había impuesto hace siglos, las mujeres debían volver a ser sometidas. Es importante comprender que el grado de aceptación a la resistencia femenina era bajo. Si las reivindicaciones femeninas eran atacadas, por su parte las lesbianas ya no eran ni sutilmente toleradas, todo lo contrario, se consideraban enfermas que debían curarse haciendo su vida junto a un hombre.

Después de haber degustado la libertad, la opresión no era fácil de digerir. Situada en este complejo momento, nuestra lesbiana hubiese coexistido en la subcultura lésbica que surgió como respuesta a la opresión. Los bares se convirtieron en los lugares de encuentro y socialización. Pero éstos eran asaltados por la policía al menos una vez al mes, y en los periódicos se nombraba a aquellos que habían sido sorprendidos.

En un artículo aparecido en 1947 en una de las primeras revistas lesbianas se proclamaba enfáticamente que el día la liberación lésbica había llegado. “En los días de la comida congelada, pequeños apartamentos, aparatos electrodomésticos e independencia femenina, no hay ninguna razón por la que una mujer tenga que buscar a un hombre, buscando comida y casa a cambio de criar a sus hijos y limpiarle la casa a menos que sea lo que ella desea. Hoy una mujer puede ser independiente de los hombres si así lo quiere, y labrarse su propia carrera. Nunca antes las circunstancias y condiciones han sido tan favorables para las lesbianas”.21

Junto a las primeras publicaciones surgieron las primeras asociaciones de lesbianas, como es el caso de 8 mujeres lesbianas de San Francisco, que en 1955 decidieron hacer sus reuniones en salones más periódicas y más reivindicativas, creando así: Daugthers of Bilitis (DOB), que era objeto de una doble persecución, por un lado la que se hacía a las mujeres que no representaban los roles asignados por el patriarcado y, por otro, a la homosexualidad en general, que, por ejemplo, durante el gobierno de Eisenhower era considerado un peligro y una traición.

DOB comenzó a publicar una revista: “The Ladder”, que pretendía informar acerca del lesbianismo. Pero la palabra “lesbiana” tenía una connotación tan negativa en la época que se utilizaba el vocablo “variante” para definir la orientación. La revista se enviaba a miles de lectoras en Estados Unidos y surgían las discusiones de si realmente el lesbianismo era o no una enfermedad. Las lectoras proponían sus propias explicaciones. En Inglaterra las mujeres copiaron esta iniciativa y publicaron en 1964 “Arena Three”.

Nuestra lesbiana, en los años 50, habría sido perseguida, probablemente discriminada en ambientes laborales y familiares. Si le damos un empujoncito y la arrastramos a los años 60, la tendríamos luchando. Luchando como lo hacían miles de mujeres que, en esta década, unieron sus voces y sus frustraciones para dar un cuerpo más poderoso al feminismo y sus reivindicaciones.

En España las reivindicaciones feministas estuvieron silenciadas durante la dictadura. No obstante, algunos casos emblemáticos marcaron la diferencia, como el 15 de mayo de 1962, donde se produjo el primer 15M en la Puerta del Sol de Madrid22, y lo llevaron a cabo mujeres que protestaban por la brutalidad policial con la que se reprimió la huelga de mineros y sus mujeres en Asturias. “Aquella manifestación pasa a ser la primera concentración de mujeres en la calle durante el franquismo. En ella fueron detenidas cuarenta mujeres”.23

Las lesbianas se adhirieron a la lucha feminista, puesto que, antes que homosexuales, eran mujeres. Ésta tuvo muchos matices y se mantuvo durante años. No era sencillo cambiar en poco tiempo un modelo machista arraigado por siglos. Después de la lucha feminista, las lesbianas apostaron por la lucha por sus derechos como minoría sexual. Por ser lesbianas de manera abierta, por vivir junto a una mujer y que ésta fuera su compañera sexual y emocional, sin que eso repercutiera en, por ejemplo, la pérdida de un trabajo. En la lucha por ser madres si así lo decidían. En la lucha por contar con los mismos derechos que contaban los heterosexuales.

La lucha de las mujeres lesbianas por sus derechos tuvo dos vertientes muy poderosas. Por un lado, la segunda ola feminista que comenzó en los sesenta, después de la represión a la que fueron sometidas las mujeres en los años cincuenta y, por otro, la conciencia lésbica que despertó bruscamente tras los disturbios de Stonewall, en 1969, que consistió en diversas protestas espontáneas contra las redadas policiales y la represión estatal a la homosexualidad. En Estados Unidos el sexo entre hombres adultos consentido estaba penado en todos los estados, a excepción de Illinois. Aunque el acto sexual se llevara a cabo en privado, las penas podían ser una multa o prisión de por vida. En Pensilvania y California podía recluirse a los homosexuales en instituciones mentales hasta el fin de sus días, ser sometidos a lobotomías y electroshock. La resistencia vivida por gays y lesbianas en los disturbios de Stonewall fue el detonante y catalizador en Estados Unidos y el mundo para la lucha por los derechos LGTB.

Después de Stonewell, el lesbianismo irá alimentándose de matices que le perfilarán como una respuesta política al patriarcado.

A juicio de Beatriz Gimeno, activista implicada de manera rotunda en la obtención del matrimonio homosexual en España en 2005, el siglo XXI desinfla el espíritu de lucha de las lesbianas: “Las Lesbianas del siglo XXI encarnan el modelo despolitizado que niega que exista ningún problema con el género, mujeres voluntaristas e individualistas, poscapitalistas que huyen de cualquier posicionamiento ideológico o reivindicativo, que no ven ninguna diferencia entre ser gay y ser lesbiana (ambas cosas son cool), y se sienten aceptadas, capaces de triunfar y no ven qué relación puede tener la política con la sexualidad. Tampoco les interesa la causa LGTB porque no hay causa y las reivindicaciones de este movimiento les parecen antiguas, aseguran no haber tenido nunca ningún problema por ser lesbianas y mucho menos por ser mujeres, ellas saben que para una mujer sexy todas las puertas están abiertas. Hablan de sexo y lo practican”.24

El mundo occidental lleva siglos imponiendo un modelo que tiene una influencia muy moralista. La de una mujer y un hombre que se unen para procrear, una mujer sometida a los deseos y al cuidado del hombre. Una unión que no puede romperse tan fácilmente puesto que tiene una bendición divina.

Los derechos LGTB, el divorcio, la liberación femenina y su igualdad con los hombres, y las instancias de separar los credos religiosos de los gobiernos son productos bastante recientes. A pesar de este cambio, este nuevo despertar, esta toma de conciencia, es posible ver cómo la influencia anterior se ha extendido por una buena parte del mundo.

Cuando los españoles llegaron a América registraron en sus crónicas la impresión que les provocaba y que hería sus estructuras mentales, las de las relaciones homosexuales entre las indígenas que veían en varias etnias.

Pêro Correa escribió en 1551 “Hay aquí mujeres que realizan oficios de hombres y tienen otras mujeres con las que están casadas”.25 Por su parte, Pêro de Magalhanes describía en sus crónicas a mujeres que usaban el pelo corto, iban a la guerra y casaban. No se emparejaban con hombres, sino que tenían a una mujer con la que se relacionaban emulando la forma del matrimonio.

Los roles transgénero y las uniones entre mujeres también se han encontrado en más de treinta tribus africanas. En Sudán el término “kifi” significaba que ninguna de las partes insiste en un rol sexual particular. En la tribu de los Nkundo, “yaika bonsángo”, quiere decir mujer que se aprieta contra otra, a aquellas que se involucran sexual y emocionalmente con una de su mismo sexo. En Lesoto, donde la creencia era que sin pene el sexo no existía, el que las mujeres se besaran, durmieran juntas y frotaran sus genitales no se consideraba un comportamiento inadecuado.

Los comportamientos naturales aborígenes tienen, en muchos casos, un matiz permisivo de la sexualidad. La colonización cambia todo e impone el paradigma de una sexualidad binaria y con fines reproductivos, dejando el resto de conductas en el limbo de la aberración, lo inmoral y condenable.

Las fronteras sexuales que imponía occidente también llegaron a Asia. Por ejemplo, en China, la sociedad estaba, previa occidentalización, separada. Los hombres vivían aparte de las mujeres. Las mujeres debían procrear, pero esto no equivalía a que no pudieran mantener relaciones sexuales entre ellas.

Ying Shao llama “dui shi” a las relaciones lésbica que se daban en la Corte Imperial, donde dos mujeres se comportaban como un matrimonio. Existían también las asociaciones de la orquídea dorada, que casaba mujeres y les entregaba niñas en adopción.26

La liberación económica que supone para muchas mujeres chinas el trabajo en las fábricas de seda, les permite vivir sin necesitar casarse con un hombre y formar comunidades exclusivas de mujeres, que eran conocidas como “tzu-shu nii”, que quiere decir que las que nunca se casan, o “sou-hei”, que se peinan a sí mismas.

Las ideas sexuales de la occidentalización y la llegada del régimen comunista ejercen la doble función de, por un lado, adornar las relaciones lésbicas con matices moralistas y pecaminosos y, por otro, desalentar las comunidades de mujeres como saldos de un pasado feudal.

En La India, la única referencia de lesbianismo aparece en un texto del siglo XIV, que habla de una pareja de mujeres que tiene un hijo después de un acto sexual. Hasta 1996 el lesbianismo no ocupa un lugar importante. Ese año se estrena la película Fire27, que tiene como consecuencia la visibilidad del amor entre mujeres y la visibilidad de grupos extremistas que comienzan a atacar los cines en que ésta se exhibe.

En La India aún no se articula un discurso oficial para la defensa de las lesbianas. Los activistas aún no tienen claro si unirlo a la defensa de la mujer. Existe muy poca información acerca de la homosexualidad femenina. Y lo que no tiene nombre no se conoce. Esto mismo sucede en países de Oriente Próximo y Medio.

Un tratado sobre la represión iraní señalaba en 1978 que hasta el verbalizar deseos lésbicos era un crimen por lo que se cernía un absoluto silencio sobre las prácticas lésbicas.

No implica el silencio que no se lleven a cabo, estas prácticas, pero sí implica que las mujeres no puedan darle nombre a sus emociones, deseos y sentimientos. Un nombre que pueda trascender y servir a otras mujeres como referencia de lo que sienten. En Homosexualidades islámicas se señala el estudio de una antropóloga que viaja a Yemen en 1991 y da cuenta de que las mujeres que mantienen sexo con otras o un fuerte vínculo emocional no pueden explicar o entender ese tipo de relación con otra mujer.

CAPÍTULO II
BAJO EL MICROSCOPIO. LESBIANAS FECUNDADAS POR LA MEDICINA

El sexo y todo lo que le rodea es algo que se aprende desde la infancia. El sexo, aquel tema que yo no podía escuchar cuando era una niña. Aquel contenido que tenían las películas que yo no podía ver y los libros que no me dejaban leer. El sexo, el tema prohibido que, junto a los pares, se va descubriendo en revistas y en conversaciones. El sexo y su protagonista: el pene.

El pene se manifiesta, se expresa, se ve. Valor muy importante en nuestra cultura visual. De adolescente aprendí que la diferencia entre el sexo y los juegos sexuales estaba determinada por la manifestación de un pene y su inmersión entre mis piernas. Lo demás no era más que un preliminar, un calentamiento que producía frustración a los chicos cuando no se consumaba. Y un comportamiento que debía seguir cualquier chica que se hiciera respetar.

Si yo aprendí eso, si mis amigas aprendieron y crecieron en la cultura falocentrista, no me extraña que, en la actualidad, la gente aún pueda sorprenderse ante el sexo lésbico y exteriorizar esta confusión con el tan recurrente: “¿pero qué hacen las lesbianas en la cama?”.

Es casi una duda ancestral. El hombre marca las pautas de lo que es sexo y lo que no. Por eso no es frecuente que asalten las dudas de lo que pueden hacer dos hombres en una relación homosexual. ¿Cómo podría haber dudas en una situación con dos protagonistas que se manifiestas, se erectan y, para que no queden dudas, eyaculan la prueba patente del acto sexual?

La sexualidad femenina ha sido un misterio. Oculto entre las piernas, el clítoris se ha presentado como un curioso enigma para la sociedad. A lo largo de la historia, la mujer y su sexualidad han sido vapuleadas. Se le ha privada del placer, del autoconocimiento, de la libertad para gozar de su cuerpo. La mujer ha sido legalmente subordinada al hombre, tratada en la misma categoría que los niños y los deficientes mentales y, hasta con leyes religiosas, sometida a complacer genitalmente a su marido.

Actualmente, muchas mujeres en el mundo siguen siendo expuestas a la ablación, arrebatándoles el derecho a un cuerpo entero, a un deseo y un placer completos. Y mujeres lesbianas sometidas a violaciones correcticas para re-orientar su sexualidad.

Se supeditó el placer femenino a la presencia de un hombre y de un pene que pudiera colmarlo. Por lo que no es raro hacerse a la idea de que una mujer independizada de un pene, una mujer que decidiera renunciar voluntariamente a complacer y ser complacida, a ser sometida, representara un peligro para el patriarcado, como es el caso de la mujer lesbiana, que no sólo hacía evidente no necesitar a un hombre, sino que además decidía encontrar el placer junto a otra mujer.

Resultaba atemorizante, pero también curioso. En una sociedad falocentrista, ¿qué podían hacer dos mujeres en la cama?, ¿podía considerarse sexo? ¿Hasta qué punto una caricia entre amigas podía ser una caricia sexual? Socialmente, las relaciones cercanas entre mujeres no siempre han sido reprochadas, sino que, al contrario, en muchísimas ocasiones, alentadas. En el imaginario colectivo las mujeres están siempre juntas, se besan, se abrazan, se cogen la mano, se hacen confidencias, incluso, a veces, comparten el lecho.

¿Es el sexo lésbico un componente esencial para definir a una lesbiana? Gimeno dice que para muchas escritoras e investigadoras sí. “De hecho, una de las grandes discusiones teóricas desde los años 70 gira precisamente en torno a la importancia del sexo genital en las relaciones entre mujeres […] hay teóricas que ven necesario sexualizar el lesbianismo […] las relaciones sexuales entre hombres nadie ha considerado necesario sexualizarlas, más bien ocurre lo contrario, y hay algunos teóricos que quisieran reforzar en ellas la ternura o la afectividad y minimizar la centralidad del contacto genital”28

Al carecer las mujeres de un pene y, por tanto, no considerarse sexo propiamente tal lo que ocurría entre ellas, la reprobación y los castigos a lo largo de la historia han sido muy ambiguos.

Judith Brown, la autora de Afectos vergonzosos. Sor Benedeta: entre santa y lesbiana, reconoce que sobre la profunda ignorancia que existía acerca de la sexualidad femenina, se construyó en occidente una barrera impenetrable que se extendió a lo largo de casi dos mil años.

El patriarcado lleva muchos siglos velado por el orden social y el cumplimiento de los roles de género. Dos mujeres que mantenían relaciones sexuales sin despertar las sospechas del resto, que luego cumplían sus tareas y continuaban serviles bajo el yugo masculino, no representaban un peligro para nadie.

Al contrario de lo que representaba la mujer que quería escapar al control de las normas y evidenciaba estas ansias de independencia cambiando su forma de vestir o manteniendo relaciones sexuales con una mujer utilizando un aparato, puesto que escapaba de las fronteras que su rol de género le imponía.

Una mujer que actuaba como hombre, ya sea porque vestía con pantalones o penetraba a una mujer con un consolador, motivaba alarma social. Las leyes comenzaron a endurecer las violaciones a lo establecido por los roles de género.

La mujer travestida comenzó a ser una realidad. Era una mujer libre, o al menos más libre que aquellas que aún seguían vistiendo de mujer. Se emparejaba con otra fémina. Y así se inmortalizó una idea en el imaginario colectivo a la hora de representar una pareja de lesbianas: una masculina y otra femenina.

La mujer travestida era considerada más lesbiana que su pareja, puesto que existía la posibilidad que la que se considera menos homosexual estuviera engañada y pudiera aún ser rescatada por un hombre de verdad.

Las mujeres transgresoras comenzaron a preocupar a la sociedad. Sobre todo porque rechazaban ser sometidas al control masculino y ser encorsetadas en el patriarcado. Esta “falta de juicio” despertó la curiosidad de la comunidad médica y empezó a ser objeto de estudio.

Las mujeres que querían ser libres compartían un factor común: el conocimiento. Un conocimiento adquirido mediante la lectura. Cuando las ansias de conocimiento, de arte y expresión ocupaban más tiempo a una mujer que su preocupación por encontrar o mantener un marido, y por las tareas propiamente femeninas, muchas de ellas eran llevadas al médico que solía recomendar el mismo tratamiento para todas: dejar de leer.

Las mujeres cultas y letradas comenzaron a exigir cambios para las mujeres. Las mujeres lesbianas reivindicaban en su lesbianismo la libertad de poder elegir no ser acompañadas a lo largo de su vida por un hombre. Los discursos de libertad se encontraban en un punto, y comenzó a ser frecuente la asimilación de la feminista y la lesbiana en una única mujer.

Lillian Faderman decía que esta similitud y asimilación respondía a la realidad, que las primeras feministas en manifestarse eran también las primeras lesbianas en hacerlo, que tenían características comunes unas y otras (encontradas por investigadores), como, por ejemplo, ser hijas únicas o no tener hermanos, y de esta manera tener más posibilidades de estudiar, una estrecha relación con el padre, etcétera.

No obstante, la orientación sexual de estas mujeres se pone frecuentemente en duda. La historia ha robado a las lesbianas figurativas. Dentro del robo que el patriarcado ha hecho a la mujer, tanto en las decisiones sobre su cuerpo, su vida y su futuro, hay que sumar el haber usurpado a las lesbianas de sus referentes históricas.

No se duda de la homosexualidad de algún varón si se le conoce alguna carta romántica hacia otro hombre, o si se sabe que ha mantenido relaciones sexuales con alguien de su mismo sexo, o si nunca se ha casado y ha permanecido años compartiendo su vida con otro varón. Sin embargo, el lesbianismo de una mujer se critica y se pone en duda a pesar de que nunca contraiga matrimonio y pase su vida junto a otra, a pesar de que se descubran cartas amorosas destinadas a alguien de su mismo sexo, a pesar de que se sepa que mantiene relaciones sexuales con otras mujeres.

Beatriz Gimeno asegura que, el no reconocer la condición lésbica de muchas mujeres importantes a lo largo de la historia, no es sólo un error de los historiadores, también lo hacen las mujeres feministas e incluso las mismas lesbianas.

Por otro lado, Gimeno asegura que, como reacción al feminismo y al creciente número de divorcios provocados por mujeres que decidían abandonar a sus maridos por otras mujeres, comienzan en las últimas décadas del siglo XIX los primeros estudios científicos para intentar definir qué es lesbiana y por qué se produce tal anomalía.

La literatura médica dedicada a las lesbianas es mucho menor que la que se dedica a los gays. Muchos médicos consideraban que la homosexualidad femenina no era un problema significativo o, peor, que ni existía.

Para definir lo erróneo, el primer paso es definir lo correcto. Los sexólogos comienzan su estudio de sexualidad y encuentran el modelo sano de mujer y, por supuesto, inofensivo para el sistema patriarcal que tambaleaba con las demandas feministas: una mujer de raza blanca, clase media o alta cuyos intereses no estaban relacionados con afanes emancipadores, ni con política ni educación, sino más bien con las ganas de dedicarse en cuerpo y alma al bienestar de su hogar, su marido y su familia.

El modelo saludable e inofensivo de mujer, por supuesto heterosexual, deja al otro lado de la frontera a las lesbianas. Al lado enfermo y patológico. Las características que se otorgan a la figura lesbiana son, a diferencia del modelo sano, las ansias de conocimiento y formación profesional, la libertad física expresada en el gusto por el deporte y las ropas masculinas.

“La inversión femenina es un fenómeno preocupante que requiere un tratamiento serio, en muchas ocasiones la cliterodectomía (la última de la que se tiene noticia se practicó en 1936) para el diagnóstico bastaba con que el médico detectara un ansia inusual de independencia, el deseo de trabajar, demasiada lectura, cambios de humor o desafección hacia marido e hijos”29

Al parecer, según los mensajes alarmantes de científicos y sicólogos, la culpa la tenía la masculinización de la mujer, por eso era necesario encorsetar una vez más a ésta en sus roles asignados a fin de evitar el creciente número de invertidas.

El lesbianismo, a ojos de la medicina, más que una opción sexual, era desafío político. La inversión estaba en que no querían representar el papel que se les había asignado, el papel del sometimiento en los ámbitos sexual y social.

Esta disidencia marca la diferencia entre los dos tipos de lesbianas que la ciencia presenta. Por un lado, las invertidas, cuyo lesbianismo es congénito. Son cultas, versadas y poseedoras de intereses profesionales. Y, por otro, las mujeres que se dejan seducir por éstas. No muestran “ese aire de debilidad y dependencia que es una invitación para los hombres”30

En cierta forma se creía que la inversión era de origen genético. Pero, por otra, existía un temor a la lesbianización de las mujeres. Según estudios citados por Faderman, entre el 60 y 80% de las estudiantes de colegios y universidades para chicas experimentaban algún tipo de relación lésbica con otras compañeras, situación de la que se informaba y alarmaba a los padres.

La teoría genética fue un impulso para los nacientes movimientos que reivindicaban la homosexualidad, sobre todo los surgidos en Berlín que hablaban de un tercer sexo.31 No obstante, era una teoría que se contradecía, que veía surgir teorías paralelas, como estudios que demostraban que el lesbianismo estaba relacionado con la creciente tasa de criminalidad femenina.

Los sexólogos Richard von Krafft-Ebing (1840), alemán, y Havelock Ellis (1849), inglés, escribieron teorías del lesbianismo que perduraron bastante tiempo. Relacionaban la orientación sexual con un tipo de locura. El primero le llamaba “uranismo” y le definía como una enfermedad neurológica. Ellis pensaba que muchas mujeres que practicaban sexo con otras mujeres volvían a la normalidad después de emparejarse con un hombre. Pero que las auténticas invertidas persistían en su condición y conformaban el “tercer sexo”, que se resistía a aceptar los roles de género determinados a las mujeres.

El británico Edward Carpenter publicó trabajos en los que se sugería aceptación social a los homosexuales, puesto que éstos conformarían parte del llamado tercer sexo o sexo intermedio.

En sus retratos, los miembros del tercer sexo masculino extremo eran los de ademanes afeminados, flojos y sentimentales. Su descripción del sexo intermedio femenino extremo era el siguiente:

“Una persona notablemente agresiva, de fuertes pasiones, modales y movimientos masculinos, sensata en su comportamiento, sensual antes que sentimental en el amor, a menudo descuidada y extravagante en su atuendo; de cuerpo musculoso y voz más bien grave; su habitación está decorada con escenas deportivas, pistolas, etcétera, y una ligera fragancia de hierba aromática impregna el ambiente; mientras que su amor (por regla general hacia especímenes más bien suaves y femeninos de su propio sexo) se manifiesta a menudo en una especie de furor, parecido al amor masculino habitual y a veces casi incontrolable”.32

A comienzos del siglo XX llegó Freud y la ya vapuleada lesbiana fue mirada desde otro ángulo. Con Freud, ahora la homosexualidad respondía a un trauma no resuelto en la infancia. Una niña que, como todos los niños, teniendo de primer objeto de deseo a su madre, no supo dar el salto adecuado que deben dar las niñas cuando van haciéndose mayores y cambiar el objeto de deseo a su padre.

La ausencia de un padre fuerte también incentivaría el lesbianismo, por lo que se reforzaba la idea de un desajuste emocional y sicológico a la hora de explicar la homosexualidad femenina, en lugar de una atracción sexual y una relación consentida por dos personas del mismo sexo.

En relación al lesbianismo, Freud se expresaba de manera contradictoria. En Tres ensayos para una teoría sexual (1905) situaba la inversión en el mismo grupo de perversiones como la pedofilia, el sadismo y la necrofilia. También dividía a las lesbianas en activas/masculinas y pasivas/femeninas, despertando mayormente su atención las pertenecientes al primer grupo, puesto que le parecía que poseían rasgos masculinos, ponían en jugo los roles de género y evidenciando lo que él llamaba la envidia al pene. Que, tomando en cuenta las diferencias que existían entre las formas de vida de un hombre y una mujer, más que envidia al pene, no era más que una envidia a las libertades masculinas.

En Conferencias de introducción al sicoanálisis (1916) asegura que la elección de un objeto amoroso dentro del mismo sexo es una ramificación regular de la vida amorosa.

El deseo de una mujer por ser madre le parecía contrario a una inclinación homosexual, con lo que no hacía más que alejar la orientación lésbica de la esfera de “normalidad” de una mujer. No obstante, sus contradicciones se hacían patentes, y en 1935 respondía de la siguiente manera una carta a la madre de un homosexual:

Indudablemente, la homosexualidad no representa ninguna ventaja, pero no es algo de lo que haya que avergonzarse, ni un vicio, ni una degradación, no puede clasificársela como una enfermedad; la consideramos una variante de la función sexual (...). Al preguntarme si puedo ayudarla, supongo que quiere decir si puedo abolir la homosexualidad y hacer que la heterosexualidad ocupe su lugar. Lo que el análisis pueda hacer por su hijo va por otro camino. Si es  desdichado,  neurótico, si se halla atormentado por los conflictos e inhibido en su vida social, el análisis puede proporcionarle armonía, paz mental y eficacia plena, tanto si permanece homosexual como si cambia”.33 Freud se rindió ante sus intentos de curar el lesbianismo. Se piensa que su hija Ana, quien le acompañó en la vejez, era lesbiana. Rechazó a los hombres que la pretendieron y compartió cincuenta años de su vida emparejada con una sola mujer: Dorothy Burlingham.

Las teorías de Freud, y algunas de sus recomendaciones, como la que hizo para prevenir la homosexualidad: que los padres se encargaran del cuidado de las niñas, y los padres del de los niños, para no crear confusiones respecto a los objetos de deseo, tuvieron eco en otras investigaciones.

Relacionado con el estudio de los primeros objetos de deseo, Groddeck afirma que la heterosexualidad es lo normal para los chicos, que siguen manteniendo el deseo en el sexo femenino, como el de su madre, no así para las chicas, que deben hacer el trabajo de desplazar este objeto amoroso hacia los hombres.

Alfred Adler (1917) conecta el lesbianismo con una “revuelta contra la situación en el rol sexual normal, una protesta viril”34, un rechazo a asumir un rol subordinado, basado en la envidia de las ventajas que el hombre posee respecto a la mujer, contribuye a las preferencias por el propio sexo. Adler es uno de los primeros en hacer notar las diferencias entre homosexualidad femenina y masculina.

Paralelamente sale a la luz una teoría que explica la homosexualidad masculina como un variante biológico. El profesor Simon Le Vay asegura que la homosexualidad tiene que ver con el tamaño del hipotálamo. Esto sólo funciona para los hombres puesto que en sus investigaciones no encontró diferencias en el hipotálamo de las lesbianas y el de las heterosexuales.

“Se podría decir que si en su origen el sicoanálisis buscaba explicar la homosexualidad tanto en hombres como en mujeres, de la misma manera que las explicaciones biológicas también se referían a hombres y mujeres, aquél se convierte muy pronto en una teoría para la homosexualidad femenina y las teorías biológicas quedan casi en exclusiva reservadas para la homosexualidad masculina […], mientras que a las mujeres se les quiere castigar por su homosexualidad, por su huida de esta estación de servicio para el hombre que es la heterosexualidad, a los hombres se les quiere exculpar de la misma”.35

Mientras algunos historiadores gays, como Jeffrey Weeks, valoran positivamente la estigmatización que la medicina hizo de los comportamientos homosexuales, puesto que esto permitió las movilizaciones en pro de los derechos al dotarles de una identidad reconocida, otras historiadoras lesbianas y feministas como Lillian Faderman y Sheila Jeffreys piensan que la manera en que la sexología construyó y bosquejó las identidades lésbicas y gays no hizo más que crear una imagen nociva y estereotipada de mujer invertida masculina, además de menoscabar el Movimiento Feminista y las amistades románticas entre las mujeres.

“El modelo sexológico del lesbianismo no se basaba necesariamente en el contacto genital. Los sexólogos ampliaron su campo de estudios para incluir en sus investigaciones clínicas sobre la inversión también a mujeres que se ajustaban a la imagen más inocente de las amigas pasionales. [...] creó unas sospechas que limitaba las posibilidades de mantener amistades con mujeres para quienes no quisieran ser asociadas a una minoría vilipendiada”.36

En 1952 la American Psychiatric Association incluyó la homosexualidad en su Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales.

En 1953 los resultados de un estudio vuelven a hablar de las lesbianas, pero esta vez, de una manera positiva, más normalizada y menos enfermiza. El resultado de entrevistas a más de ocho mil mujeres se analiza ya no desde una perspectiva moralista. Se trata del libro Comportamiento sexual de la mujer, más conocido como Informe Kinsey, que revelaba que al menos un 20% de las mujeres americanas compartían tendencias homosexuales.

También revelaba que las tendencias exclusivamente heterosexuales y homosexuales no eran lo normal, que el deseo variaba y, entre quienes más variaba, era entre las mujeres.

El informe, basado en entrevistas, daba cuenta de que un 28% de las encuestadas había experimentado deseo sexual por otras mujeres, y un 19% había tenido experiencias sexuales con otra u otras de su mismo sexo, siendo éstas las que más satisfechas sexualmente se mostraban, las que más disfrutaban de su cuerpo.

De las que habían tenido experiencias lésbicas, en su mayoría se trataba de solteras, seguidas por las viudas y separadas. Las mujeres casadas eran el menor porcentaje y, de las que lo habían probado, muchas afirmaban que habían contraído matrimonio para poner fin a éstas.

A mayor nivel de educación, mayor la tasa de experiencias sexuales lésbicas, indicaba el estudio, pues dentro de este grupo se encontraba el mayor número de casos. Le seguían las que contaban con educación secundaria y, en el último grupo, las que sólo tenían educación primaria.

La predominancia de la heterosexualidad en mujeres podía significar, según Kinsey el hecho de que las mujeres se acomodaban más sencillamente a las expectativas sociales, que se conformaban más fácilmente.37

Se postulaba que las expectativas sociales cumplían un rol importante en la heterosexualidad de las mujeres. Las niñas llegarían a ésta por las presiones de su entorno, puesto que su objeto amoroso es el femenino. Mc Dougall en 1964 apoya esta teoría al declarar como resultado de sus investigaciones que el lesbianismo es un estado normal en la vida de las mujeres.

El lesbianismo como una condición natural en las mujeres lo propone en 1971 la doctora Charlotte Wolf, que entrevista a más de cien para su texto: Amor entre mujeres, en el que da cuenta de que existe una relación incestuosa entre madre e hija, y que la relación que se establezca con el padre puede motivar o disuadir la tendencia lésbica. La presión del entorno también constituiría un elemento atenuante del desarrollo de la homosexualidad para las mujeres, quienes a juicio de Wolf nacen bisexuales.

Este primer lazo que desarrollan las niñas con sus madres es, a juicio de muchos investigadores, la prueba más patente del esfuerzo que deben hacer las mujeres para ajustarse a la heterosexualidad. Nancy Chodorow explica en su libro, Ejercicio de la maternidad (1978), que las niñas, al llegar a la pubertad, no cambian el objeto de su deseo, puesto que el estrecho lazo sostenido con la madre es reemplazado por el que se construye con la mejor amiga, con quien frecuentemente se mantiene una relación cercana y de matices pasionales, como es el caso de la exclusividad y los celos. Según la sicóloga, la pubertad es punto de bisexualidad para las niñas, donde las presiones del entorno les conducen a la heterosexualidad.

La sociedad empuja a las niñas a cambiar su objeto de deseo y a los niños a mantenerlo. Un niño que cambie la orientación de sus afectos, de la madre a los hombres, será duramente reprimido por sus mismos pares, con quienes las relaciones funcionan no a base de intimidad, ternura y expresión de los afectos, como es el caso de las niñas.

En 1976 la sexóloga Shere Hite publica el que se conoce como el Informe Hite. A diferencia del de Kinsey, más orientado a los comportamientos, el de Hite buscaba analizar la identificación de las mujeres en el ámbito sexual.

El 8% de sus 3.019 mujeres encuestadas decía preferir el sexo lésbico. El 9% tenía o había tenido sexo con hombres y mujeres y no quería definirse. Aquellas que habían experimentado el sexo con mujeres daban más importancia a la estimulación del clítoris, a la implicación emocional con una pareja del mismo sexo y a los orgasmos, que aquellas que tenían sexo sólo con hombres.

Hite, más que en los datos obtenidos, puso su foco de atención en los comentarios de las entrevistadas. Como, por ejemplo, en el interés y curiosidad que muchas mujeres mostraban por el sexo lésbico aunque éste no formara parte tan concreta de las preguntas realizadas.

En 1983 la sexóloga Pepper Schwartz denominó “muerte de la cama lésbica” al resultado de un estudio en el que se planteaba que las parejas lesbianas, al paso del tiempo, tienen menos sexo que las heterosexuales y las gays. Esta teoría ha sido discutida por lesbianas y cuestionada por la invisibilidad que tenían las mujeres a la hora de expresar sus deseos y vivir libremente su sexualidad.

Lesbianas y gays y son diferentes. Los estudios más actuales dan cuenta de estas diferencias y de las características más propias de cada sexo en cuanto a su homosexualidad.

Es así como, por ejemplo, una investigación de Brownmiller evidencia que los gays y las mujeres heterosexuales son quienes más interés y esfuerzo ponen en el cuidado de su apariencia. En el polo opuesto están las lesbianas y los hombres heterosexuales, que muestran menos preocupación por su aspecto.

Lo mismo sucede con los trastornos alimenticios y la obsesión por la delgadez, que es más frecuente en el primer grupo, el que justamente está sometido a la valoración masculina, quienes más sensibles están al ideal de belleza impulsado por la sociedad patriarcal.

En el año 2000, el Colectivo de Lesbianas y Gays de Madrid, Cogam, realizó un estudio en el que se indicaba que las lesbianas prestan menos atención al cuidado de su apariencia y al control del peso. Según los resultados, las lesbianas pesan más que las heterosexuales y gastan menos dinero en cosméticos y cremas. También se depilan menos partes del cuerpo y tienen menos temor a que el paso de los años haga mella en su apariencia.

Por otro lado, las lesbianas tienden a ejercitarse más que las mujeres heterosexuales, sin que sea la estética la mayor motivación.38

La invisibilidad de las lesbianas puede acarrear comportamientos riesgosos para su salud. Esta invisibilidad médica lleva mucho tiempo extendiéndose sobre la cultura lésbica. “La educación para el sexo seguro, surgida a raíz de la epidemia de VIH/sida, ha constituido otro motivo más para que las lesbianas desarrollen un complejo de inferioridad respecto a su práctica sexual”,39 escribió la teórica Jeffreys, haciendo referencia a que las recomendaciones de sexo seguro entre mujeres sólo se apoyaban en el inadecuado -para ellas- modelo gay.

Según un estudio realizado a 2.345 lesbianas y bisexuales40, sólo el 9,3% señaló haber sido preguntada por el médico por su orientación sexual, un 33% pensaba que quizás reconocer abiertamente ésta podría haber motivado una reacción negativa de parte del especialista, y un 30% recibió una respuesta negativa al momento de identificarse como lesbiana o bisexual.

El que el médico desconozca los detalles del historial de sus pacientes lesbianas y bisexuales, y el que éstas den por sentado que al no tener sexo con hombres no podrán ser contagiadas por infecciones de transmisión sexual es una combinación peligrosa. Por ejemplo, las lesbianas, según el citado estudio, se hacen menos pruebas de Papanicolau que las heterosexuales, lo que hace más difícil detectar el cáncer de cérvix a tiempo.

Los factores de riesgo a desarrollar cáncer de ovarios son mayores en las lesbianas que en las heterosexuales, puesto que algunos factores protectores como anticonceptivos, embarazos y lactancia son más comunes en las segundas que en las primeras.

Entre mujeres puede transmitirse el virus del papiloma humano, las verrugas genitales, la sífilis, el virus del herpes simple

La subcultura lésbica comenzó a gestarse en torno a los bares y, en la actualidad siguen siendo éstos un espacio para el encuentro de la comunidad. Por lo que es bastante probable que esto sea causa de que, según un estudio del Centro de Investigación De Alcohol Nacional de Estados Unidos realizado en 2005, las mujeres lesbianas y bisexuales son las que mayor probabilidad tienen de informar de problemas con el alcohol.

La forma en que las mujeres se relacionan entre ellas también ha sido motivo de estudio para los investigadores. Estos resultados arrojan que, seguramente por un tema de roles de género, la predisposición femenina a comprometerse se duplica en una relación lésbica. En ésta las tareas se dividen y no están tan marcadas como en las parejas heterosexuales, donde es más evidente la separación de roles. Además, según diversos estudios, las relaciones lésbicas presentan lazos emocionales más estrechos que las conformadas por hombre y mujer.

En cuanto a la maternidad lésbica, éste fue un tema de recurrente preocupación para muchas lesbianas en los albores del activismo LGTB, por los años 70, puesto que muchas de ellas eran divorciadas con hijos que temían perder la custodia por su orientación.

En ese momento los estudios que se realizaron para discernir en casos de tutela de menores arrojaron como resultado que los hijos de madres lesbianas tenían similar salud mental y adaptación que los hijos de mujeres heterosexuales separadas, y que la orientación sexual de los niños no está determinada por la de su madre.

En un estudio dado a conocer por el Williams Institute de UCLA, que siguió el desarrollo de hijos e hijas de lesbianas durante 24 años, se determinó que éstos tienen más habilidades sociales y académicas que los hijos de parejas heterosexuales, además mostraban menos índices de agresión y desobediencia.41

Dicho estudio también evidenció que en ningún caso, de los hijos de las 78 parejas estudiadas, había existido abuso sexual o físico. Mientras que en estudios similares con hijos de parejas heterosexuales, los casos de abuso físico llegan hasta el 26%. Y un 8,3% denunciaba abusos sexuales.

Durante la década de los 90, los investigadores llegaron a la conclusión de que en todas las culturas el lesbianismo era menos visible que la homosexualidad masculina y no estaba tan enraizada como ésta. “Mead (1961) menciona razones biológicas para explicar la razón de tan exigua información, la escasez de datos se debería al hecho de que las mujeres son biológicamente más maleables sexualmente que los hombres, lo cual explicaría la ausencia de modelos interculturales que permitieran conocer su existencia. Por su parte, Carrier (1980,) afirma que la causa de menos visibilidad hay que buscarla en las relaciones de poder entre géneros. Blackwood (1991) alude al contexto histórico: a finales del siglo XIX los sexólogos equiparaban el comportamiento masculino de la mujer al lesbianismo, de manera que la mayoría de las investigaciones de la época tendían a reproducir esos mismos esquemas cuando trataban de conocer si existía en otros lugares”.42

Los estudios más recientes cambian la perspectiva, se centran más en temas como el género y los roles de cada cual.

La mujer lesbiana engendrada por la medicina y la sexología, en particular, ha puesto a la mujer homosexual bajo el microscopio y la ha exhibido en el escaparate. No obstante, al poner el énfasis del estudio en las masculinas ha invisibilizado a la lesbiana femenina, le ha restado autoridad y decisión y la ha hecho parecer como una mujer heterosexual a lo largo de la historia, una criatura maleable y comparable a un niño. Una víctima de la seducción de la mujer que para ellos parecía hombre, la verdadera lesbiana. La invertida.




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