Master de humanidades



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NI DE VENUS NI DE MARTE

¿De Dónde vienen las Lesbianas?

por María Jesús Méndez Muñoz


Para todas las mujeres que he amado.
Mis hermanas, mi madre, mi abuela, mis tías.
Mis novias, mis amigas.
Para las mujeres de mi vida. Y mi padre.


ÍNDICE

PRÓLOGO………..……………………………………………………………………………………… 3

CAPÍTULO I.…………………………………………………………………………………………….. 8
JUGANDO AL TETRIS: ENCAJEMOS UNA LESBIANA EN LA HISTORIA


CAPÍTULO II…………………………………………………………………………………………….. 27
BAJO EL MICROSCOPIO. LESBIANAS FECUNDADAS POR LA MEDICINA


CAPÍTULO III……………………………………………………………………………………………. 43
LESBIANAS CON PLUMA. ATRAPADAS ENTRE TINTA Y PAPEL.


CAPÍTULO IV……………………………………………………………………………………………. 54
LESBIANAS DE CIENCIA FICCIÓN. LA INFLUENCIA DEL CINE Y LA TELEVISIÓN


CAPÍTULO V…………………………………………………………….………………………………. 62
DIOS SALVE A LA LESBIANA. LA CONSTRUCCIÓN DE LA PECADORA


CAPÍTULO VI……………………………………………………………………………………………. 75
LESBIANAS EN LA TRINCHERA. ORGANIZADAS Y ACTIVAS


CAPÍTULO VII………………………………………………………………………………………….. 92
PERVERSIÓN Y SEDUCCIÓN. LESBIANAS EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

CAPÍTULO VIII………………………………………………………………………………………… 101
LESBIANAS EN PELOTAS. LA INCURSIÓN EN EL MUNDO DEPORTIVO


CAPÍTULO IX…………………………………………………………………………………………… 109
NI DE VENUS NI DE MARTE. IDENTIDADES LESBIANAS


CAPÍTULO X…………………………………………………………………………………………… 122
DE OTRO PLANETA. LA NUEVA LESBIANA


CONCLUSIONES………………………………………………………………………………………. 131



ANEXO……………………………………………………………………………………………………. 142

PRÓLOGO

Yo soy lesbiana. Lo digo en la primera frase para crear un nuevo precedente. Esto porque históricamente las lesbianas partimos desde la invisibilidad, desde los pies de página y los subtítulos. Nunca desde los titulares principales. En la historia de la civilización, la de la lesbiana es la de la invisibilización.

El objetivo de este libro es rastrear. Explicar. Y, a la vez, dar un sentido. Mostrar y desnudar de dónde venimos. Porque las lesbianas, más que mujeres que gustan de mujeres, son un constructo social que ha sido alimentado desde diversas vertientes culturales.

A los 23 años descubrí que era lesbiana. Después de dar un beso a una mujer. No antes. La acción concreta de besar abrió ante mis ojos una puerta. Otra posibilidad. Posibilidad que, por mi educación en un ambiente conservador y religioso, no sólo no se había vislumbrado como una opción, sino que tampoco tenía nombre, por ende, no existía.

Mi salida del armario, como se conoce al acto concreto de exponer públicamente que se tiene una orientación sexual diferente a la que predomina y se enseña, al acto de atentar contra la presunción de heterosexualidad que prima sobre las personas, me enfrentó ante un espejo que no me devolvía el reflejo. El reflejo de la buena lesbiana.

En mi familia las reacciones (al principio de rechazo) fueron muy diversas, hasta cómicas. No obstante, se encontraban en puntos comunes que sugerían el lesbianismo como una perversión, como una respuesta a un desengaño provocado por un hombre, como consecuencia de un trauma infantil provocado por el divorcio de mis padres, como el resultado de malas amistades y su influencia sobre mí. Después del rechazo venía la compasión, la idea de que, como lesbiana, me costaría más que el resto ser feliz.

Mi entorno universitario se mostró más receloso. Trataban de hacerme ver que mis faldas cortas, mi pelo largo y cuidadosamente alisado, mis ojos maquillados, el colorete rosa y los vestidos monos, no se ajustaban a la idea de lesbiana, al prototipo de mujer homosexual.

En los bares de lesbianas, hace años atrás, cuando abundaba la concurrencia de mujeres de aspecto masculino, solían preguntarme si era heterosexual. O al menos bisexual. Me impresionaba que los estereotipos arraigados, las creencias en torno a las causas del lesbianismo, tan extendidas por personas de mi entorno, fueran también expuestos por las mismas lesbianas.

Recuerdo que, en una ocasión, un estudiante de periodismo entrevistó a una amiga mía, activista lesbiana, y le preguntó en qué año habían llegado las lesbianas a Chile.

Me reí a carcajadas. Hasta que las carcajadas me retumbaron en la cabeza, sonaron inocuas y me silenciaron por dentro. Porque comprendí que a lo largo de la historia, muchas lesbianas habían respirado y seguían haciéndolo. Pero el respirar no es y nunca será suficiente. Porque muchas lesbianas ni siquiera sabían en qué año habían llegado ellas a ellas mismas. La apropiación y ocupación del propio cuerpo y propia mente es un acto de rebeldía que requiere tomarse la molestia de anexar al acto de respirar el acto de mirar, el acto de escuchar y el acto de cuestionar. Y, sobre todo, el acto de luchar, para poder llegar al acto de existir.

Me encanta la definición que la Real Academia Española hace del existir: "Ser real y verdadera". Durante siglos a las mujeres se nos impidió ser reales y verdaderas, se nos impidió existir. La historia ha sido escrita por hombres y las libertades y esclavitudes han sido decretadas por ellos.

Las leyes y las Iglesias moldearon con increíble precisión una silueta femenina que respiraba al servicio de los hombres, los hijos y el hogar. Afuera quedaron las brujas, las locas, las lesbianas, las enfermas, las pervertidas; afuera quedaron las que querían existir.

En la actualidad algunas lesbianas existen. Pero muchas otras sólo respiran. Lo que alimenta y justifica la extendida creencia de que las lesbianas son invisibles. O que son muy pocas.

La invisibilidad lésbica está constituida en base a detalles aparentemente pequeños. Como es, por ejemplo, el acto de insultar. Los hombres reciben fácilmente el apelativo de “maricón”, sean o no homosexuales. No así las mujeres. No es frecuente que a ellas se les insulte como “lesbiana”. Evidentemente, las lesbianas no existen ni siquiera para maldecir. Esto que, normalmente, los insultos dirigidos a los hombres van destinados a cuestionar su masculinidad, y, en la mujer, el “puta” o “guarra” van encaminados a exacerbarla.

La invisibilidad de las lesbianas ha sido a lo largo de los siglos un trabajo preciso y meticuloso del patriarcado. El objetivo era dejar fuera del margen, lejos de la “realidad”, ni siquiera de la realidad aceptable y moral, sino que de toda la realidad, la idea de que una mujer pudiera desafiar su papel secundario en la sociedad, su papel servil e independizarse del poder masculino. Es muy reciente el hecho de que la mujer pueda trabajar y mantenerse sola. En la historia femenina se la ha despojado de su derecho a trabajar, de su derecho a decidir sobre su propio cuerpo, de su derecho a estudiar, de su derecho a heredar, de su derecho a conservar sus hijos. Se le privó, y se le sigue privando en una buena parte del mundo, de su derecho a no depender de un hombre.

De ahí que el lesbianismo haya sido un acto revolucionario. De ahí que se haya buscado invisibilizarlo. Y que el hecho de llamar “lesbianas” a un grupo de mujeres que coinciden en su orientación sexual sea un producto bastante reciente. Un producto del siglo XX.

He conocido lesbianas que asisten a grupos de autoayuda para poder reconocerse como tal. Para poder, tan solo, pronuncia la palabra lesbiana. Arropada de eufemismos, la homosexualidad femenina ha buscado otras etiquetas. Esto porque en muchos casos el término de “lesbiana” parece cargado de aspectos negativos.

Partir de la invisibilidad histórica es necesario para comprender la figura actual de la lesbiana y los prejuicios que le bosquejan la sombra. Pero también es necesario entender que la (mala) reputación de ésta se fue construyendo cual torre de Babel, con un trabajo realizado desde diversos puntos de vista, desde diversos lenguajes.

A continuación, analizaremos de dónde vienen las lesbianas. No son hombres ni mala copia de éstos. Y, como dijo tan célebremente Monique Wittig, tampoco mujeres. Ni de Marte ni de Venus. Analizaremos cómo se han construido, cuál es el material que las forja en el imaginario colectivo. De dónde vienen las lesbianas en la literatura, en el cine, en el deporte, en la política, en la religión, en la historia, en los medios de comunicación, en la medicina y sexología, y cómo estas vertientes han conformado un mar, durante siglos.

Completa esta investigación la lectura de diverso material relacionado con la temática LGTB (Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales), entrevistas realizadas a importantes activistas lesbianas, asistencia a conferencias y jornadas de Visibilidad Lésbica, además de diez entrevistas en profundidad a lesbianas de entre los 23 y 66 años.

Junto al trabajo de investigación periodística, he llevado a cabo un estudio realizado a 140 lesbianas de entre 16 y 65 años, procedentes de muchas ciudades españolas y cuyos resultados pueden verse íntegramente en los anexos, con el fin de sondear las actuales opiniones relativas a la identidad lésbica, la visibilidad, los armarios, las relaciones amorosas y sexuales, y la cultura lésbica. De esta manera concluimos centrando la imagen de mujer homosexual, casi universal en occidente, con un enfoque a la realidad española de la lesbiana contemporánea.

Capítulo I

JUGANDO AL TETRIS. ENCAJEMOS UNA LESBIANA EN LA HISTORIA

Lesbiana, bollera, gay, tortillera, queer. En la actualidad existe una serie de palabras con las que se denomina y hasta se autodenominan las mujeres que gustan de otras mujeres.

La proliferación de tantas palabras a las que acogerse es un fenómeno novedoso. Durante siglos no existía una denominación específica para encasillar a las mujeres que tenían relaciones sexuales con otras. Desde el Renacimiento hasta el siglo XIX solía usarse “tribadismo” o “tribadas”, que deriva del griego “tribo”, frotar.

La palabra lesbiana deriva de la isla griega de Lesbos1, en la que durante el siglo VI vivió la poeta Safo, que proclamaba su amor por las mujeres y escribía acerca de sus vidas, sus relaciones y su belleza. Uno de los primeros en utilizar la palabra “lesbiana” para definir a mujeres que gustan de mujeres fue Charles Baudelaire en su compilación de poemas Las flores del mal (1857), que originalmente iba a llamarse Las Lesbianas, porque rescataba la figura de Safo y, porque a juicio del poeta, el amor lésbico era el más infructífero de los tipos de amor. Esta publicación le llevaría a enfrentar un juicio por atentar contra la moral y las buenas costumbres y a pagar una multa de 300 francos.

Rastreando un poco la historia, haciendo caso omiso a la línea “oficial” de ésta y echando un vistazo a su faceta más invertida, es posible dar con algo que se presume pero a la vez se ignora, algo que no sorprende pero a la vez genera duda y desconfianza: que las lesbianas han estado siempre presentes, incluso cuando no tenían un nombre que las agrupara. En algunos casos, muy camufladas, en otros no sólo luchando contra la reprobación, la ignorancia y la intolerancia, sino que, sobre todo, luchando con el aparato ideológico y social que las perseguía con el único objetivo de invisibilizarlas.

Supongamos que tenemos los poderes divinos –o literarios- de soltar una lesbiana a lo largo de la historia. ¿Qué se encontraría ésta en su antojadizo paso por los siglos? Podemos hacer el ejercicio.

Nuestra lesbiana, en Roma, habría gozado de cierta libertad. Al ser una sociedad guerrera, donde los hombres pasaban poco tiempo en casa y las mujeres gozaban de mayor autonomía para ocuparse de las cosas y pasar tiempo juntas, sin la supervisión masculina, los lazos se estrechaban con más facilidad.

En Roma deben haber sido frecuentes los amores lésbicos, puesto que si no, no se explica que la literatura buscara ridiculizar y las leyes castigar estas prácticas con tanto empeño. Es posible que nuestra lesbiana hubiera sido perseguida, y no tanto por gozar del placer junto a otra de su mismo sexo, sino que, sobre todo, por poner en peligro el orden social y el orden de géneros impartidos por los hombres.

De haber tenido acceso a autores como Séneca, Ovidio, Porfirio, Horacio y Marcial, entre otros, nuestra lesbiana hubiera visto como sus inclinaciones lésbicas eran retratadas como antinaturales, asquerosas y grotescas.2

En vista de lo desfavorable de su situación, recogemos a nuestra lesbiana de la sociedad romana y la ponemos a respirar en la Edad Media donde, probablemente, se encontraría más a gusto. Nuestra lesbiana quizás hubiera ingresado a un convento, donde habría podido dedicarse al estudio, a la lectura y la escritura, libre de la prestación de servidumbre a la que estaba condenada de haber sido una mujer casada, libre de ser esclava en todos los aspectos, sobre todo el sexual, libre de la alta tasa de mortalidad en los partos. Libre.

Luz Sanfeliú sostiene que, durante esta época, las mujeres no sólo construyeron un “yo”, mediante la realización de sus intereses culturales, sino que, además, tomaron conciencia de sus propios deseos.3 Convertida en monja, nuestra lesbiana habría mantenido una relación amorosa con otra monja y hubiera intercambiado correspondencia romántica con su amada, de lo que tendríamos prueba en la actualidad, como la tenemos de tantas otras religiosas de la época.

Si nuestra lesbiana estuviera viviendo ya a finales del siglo XII y comienzos del XIII, es probable que hubiera sido testigo de cómo el poder patriarcal comenzaba a cuestionar la libertad con que las mujeres se relacionaban intelectual, fraternal o sexualmente al próspero interior de los muros del convento. Y cómo éste comenzaba a controlar las relaciones que se establecían.

Con el tiempo, los conventos perdieron autonomía y, nuestra lesbiana, las posibilidades de ingresar a las jerarquías eclesiásticas. Por su condición de mujer quedaba fuera de cualquier lugar de poder. Si nuestra lesbiana hubiera insistido en mantener su libertad, en desafiar los roles de género que tenía impuestos por su condición femenina, es posible que se le hubiera acusado de herejía y se le condenara a muerte.

Las experiencias sexuales que nuestra lesbiana podía mantener con otra mujer eran un enigma para sus contemporáneos. Sin duda, era una herejía. Se castigaba pero no se nombraba.

“Las malas costumbres femeninas, eso que carecía de importancia y que, sin embargo, se condenaba, que ni siquiera se podía nombrar, además de dejar escasas huellas en los registros históricos, con el paso del tiempo cristalizó en normal legales contradictorias e incomprensibles y engendró silencio, miedo y confusión social en torno a las relaciones emocionales y sexuales entre mujeres toleradas en tiempos anteriores”4.

Los Concilios de París (1212) y Ruán (1214) prohibieron a las monjas dormir juntas, intentando así evitar las tentaciones, a la vez que recomendaron que una vela ardiera toda la noche en los dormitorios, a fin de evitar la tan sugestiva oscuridad.

Salvando a nuestra lesbiana de morir en la hoguera, la sacamos de la Edad Media y la instalamos en el siglo XV, en pleno Renacimiento. El mundo, o mejor dicho, el mundo de los hombres para los hombres, avanzaba. La mujer retrocedía. En este periodo las bases de la misoginia se asientan por completo, es cuando más esfuerzos dedican los teóricos a argumentar la inferioridad de la mujer, creencia que se extenderá durante siglos.5

En esta época nuestra lesbiana no hubiera ingresado a un convento, puesto que éstos estaban profundamente sometidos al control masculino. El lesbianismo era tan invisible que ni siquiera la literatura hacía mella y se burlaba de él.

Nuestra lesbiana, en este periodo, hubiera protagonizado un fenómeno del que sí da cuenta la literatura: el travestismo. Vestida de hombre hubiera gozado de cierta libertad y la posibilidad de mantener una relación con otra mujer.

En el caso de que nuestra lesbiana hubiera sido sorprendida y castigada por mantener una relación lésbica con una de su mismo sexo, podría haber sido condenada a la pena de muerte en el caso de utilizar un instrumento fálico o un dildo. En cambio, haciendo uso de sus dedos o su lengua, nuestra lesbiana habría recibido una pena más leve. Esto porque lo segundo resultaba más inofensivo, en cambio lo primero ponía en riesgo su papel sexual pasivo en la sociedad. La situaba emulando un rol masculino y construyendo una relación en base a la posición de poder que sólo un hombre podía ostentar. La situaba como una rebelde del sistema.

De ser sorprendida, nuestra lesbiana, utilizando ropa de hombre, podía enfrentarse a duras pena, pero seguramente nuestra chica, muy hábil, hubiera podido emplear un recurso muy frecuente en la época: decir que en realidad era hombre, que si bien es cierto nació mujer, de pronto fue sorprendida con la espontánea aparición de un pene. Nuestra lesbiana hubiera sido sometida al examen de un médico. En el caso de que nuestra chica contara con recursos para sobornar, o habilidad para convencer, hubiera podido obtener una respuesta favorable del médico y una certificación de su nueva condición de hombre, pudiendo así vivir su lesbianismo con relativa tranquilidad. En caso contrario, se le hubiera castigado duramente.

Durante ese periodo y tal como deja registro la literatura6, el travestimos de mujer a hombre no era una práctica infrecuente. No hay tanta documentación de un caso contrario: un hombre vestido de mujer, lo que podría explicarse en el hecho de que la ropa de mujer marcaba una frontera, situaba en otra esfera de la sociedad, la más invisible. Por otro lado, no parecía existir en la sociedad demasiada desconfianza ante la idea de que así, de la nada, un pene pudiera venir a reemplazar a una vagina, espontáneamente.

Adelantemos a nuestra lesbiana en la historia, buscando una situación más favorable. En el siglo XIX las cosas no habían cambiado mucho para ella. Seguía estando supeditada al poder masculino y oprimida. Necesitaba de la autorización del hombre para funcionar en muchos aspectos y, al momento de casarse, perdía propiedad, derechos y dinero, los que iban a parar a manos de su marido.

El matrimonio no era un buen negocio. Por lo que nuestra lesbiana no se hubiera casado, tal como hicieron muchas mujeres en la época. Por lo que hubiera comenzado a ser ridiculizada por su condición de “solterona”. Nuestra lesbiana hubiera luchado por su derecho de educación y hubiera sido de las privilegiadas en recibirla. También se habría incorporado a la vida laboral, la poca que había destinada para mujeres y que se entendía como “provisional”, puesto que una mujer trabajadora alarmaba a la sociedad, ya que se temía que priorizara el trabajo por sobre la vida matrimonial y la crianza de niños. Solía suceder que, al casarse, una mujer dejara de trabajar y respetara el rol de proveedor que tenía el hombre.

La vida profesional y la de mujer casada no eran del todo compatibles. En 1893 eran 1.470 las mujeres profesionales compiladas en 1893 por Frances E. Willar. Más del 25% nunca se casó. Y de las que se lo hicieron, un tercio quedaron viudas muy pronto y no volvieron a contraer matrimonio. En recuento final, más de la mitad llevó a cabo su carrera siendo soltera.7

Es muy probable que, en esta época, nuestra lesbiana no se hubiera casado y se hubiera concentrado en el desarrollo de su vida profesional. Pero no estaría sola. Estaría inmersa en una amistad romántica, institución que Henry James bautizó como matrimonio bostoniano (por la novela Las bostonianas).

Esta denominación servía para poner un nombre a esa relación que se establecía entre dos mujeres que vivían juntas durante muchos años o toda la vida, una relación monógama como la de los matrimonios. Normalmente eran mujeres educadas y económicamente independientes. Aunque su momento cúspide se vivió en el siglo XIX, las amistades románticas comenzaron a ser frecuentes desde el XVII. En la actualidad tenemos pruebas tangibles de su existencia y frecuencia en cartas, poesía y novelas, como es el caso de los diarios de Anne Lister, escritora inglesa del siglo XIX cuya vida ha sido recientemente llevada al cine. Escribía abiertamente de sus relaciones sexuales y emocionales con otras mujeres.

Las amistades románticas eran alentadas y estaban muy bien vistas. Una relación tan estrecha y apasionada con un hombre podría haber arruinado la reputación de una mujer, por lo que las amistades románticas, en muchos casos, llegaban a considerarse un ensayo previo al matrimonio.

Algunos historiadores tratan de quitarle el carácter sexual a esta forma de relacionarse que tenían las mujeres en el siglo XIX, tal como ha sucedido a lo largo de la historia, donde ha sido frecuente privar a la mujer de su faceta sexual, y mostrarla como un ser incompleto, ingenuo y más inocente de lo que en realidad es.

Bien es cierto que las mujeres han sido educadas para no ser seres sexuados y han sido permanentemente atemorizadas en cuanto a los peligros de gozar de su cuerpo con libertad. No obstante, hay sentimientos y sensaciones que no son fáciles de ignorar.

Las pruebas de que las amistades románticas eran, en muchos casos, más que una amistad, son variadas. En Francia, madame de Staël es el caso más conocido de apasionada amistad con otra mujer, madmoiselle Juliette Récamier, a quién escribió una carta donde puede leerse:

Eres lo primero de mi vida. Cuando te vi, me pareció que ser amada por ti sería como ser una con el destino. Me bastaría si pudiera verte. Tú eres la reina de mi corazón, dime que nunca me harás daño; precisamente ahora tendrías en tu mano hacerme terriblemente daño.


Adiós, mi amada y adorada. Te abrazo en mi corazón. Mi ángel, dime al final de tu carta: te amo. El sentimiento que tendré al leer esas palabras me hará creer que te estoy abrazando
”.8

En Inglaterra, las señoritas de Llangollen se hicieron célebres. Así se les conocía a Eleanor Butler y Sarah Ponsonby, ambas de familias adineradas que no aceptaron a los pretendientes varones que sus familias tenían para ellas, y se fugaron en 1778, para vivir juntos en Gales durante 51 años.

En Estados Unidos, la poetiza Emily Dickenson escribió más de 300 cartas y poemas a su amiga Susan Gilbert. También mantuvo una intensa amistad romántica con Kate Scott Anthon. Cuando ésta rompió la amistad, Dickenson se aisló el resto de su vida.

Otro caso emblemático que preocupó a biógrafos e historiadores fue el de la ex primera dama Eleanore Roosvelt, que no sólo intercambió anillos y cartas con la periodista Lorena Hickok, también le expresó su amor y sus deseos de besarla.

En España tenemos pruebas de amistades románticas bastantes intensas desde el siglo XVII. Es el caso de la novelista María de Zayas y Sotomayor y la dramaturga Ana de Caro, las que desarrollando sus respectivas profesiones y vivieron juntas en Madrid. Emblemático es el caso de Sor Juana Inés de la Cruz, que dedicó apasionados poemas a su amiga María Luisa Manrique de Lara, a la que llamaba Filis.

Yo, pues, mi adorada Filis,


que tu deidad reverencio,
que tu desdén idolatro
y que tu rigor venero:
[…]
Ser mujer, ni estar ausente,
no es de amarte impedimento;
pues sabes tú que las almas
distancia ignoran y sexo”.
9

Mientras estas mujeres no pusieran en riesgo la sociedad patriarcal tratando de rebasar los límites de su rol, no representaban ningún peligro. Tal como afirma Gimeno: “en los matrimonios bostonianos, las mujeres pensaban continuamente la una en la otra, estaban celosas de otras amistades femeninas o masculinas, se abrazaban, se besaban, dormían abrazadas por la noche pero, a menos que vistieran de hombre o fueran consideradas poco femeninas por algún motivo, la sociedad no sospechaba nada ni ponía límites a su relación”.10

Sacamos a nuestra lesbiana del siglo XIX, donde podría haber vivido su lesbianismo junto a otra mujer, siempre que su independencia económica se lo permitiera, puesto que de no haber tenido los recursos suficientes, tendría que haber contraído matrimonio con un hombre y asegurar su supervivencia.

La situamos ahora en el siglo XX, una época difícil, complicada, prometedora que, por las dos guerras mundiales, le permitió adquirir más libertad.

Es posible que nuestra lesbiana hubiera ingresado al ejército, posibilidad a las que las mujeres pudieron optar durante la primera guerra. En Inglaterra, el Women´s Army Auxiliary Corps, en 1918, a sólo un año de haberse creado, tenía entre sus filas a 40 mil mujeres.

A diferencia de la homosexualidad masculina, que se perseguía en el ejército, no había medidas similares para controlar a las lesbianas en tiempos de guerra. Las mujeres podían llegar a las bases incluso vestidas de hombre.

A la hora de reclutarlas se valoraba justo lo que antes se había despreciado por alejarse del rol tradicional de las mujeres. Se repudiaba la fragilidad y se valoraba la fuerza y la independencia. No obstante, a pesar de no ser perseguido y de dar espacio a que floreciera la masculinidad de las mujeres, el lesbianismo no era una opción a vivir abiertamente. Una lesbiana, así como un homosexual y un negro, podían obtener con relativa facilidad la baja azul, como se conocía a la baja administrativa, una baja que no requería de mucha explicación a la hora de concederse.

De no haberse inclinado por las armas, a comienzos del siglo XX, sino que más bien por una carrera profesional, nuestra lesbiana lo hubiera tenido fácil en esta época, puesto que la falta de hombres facilitaba el ingreso de mujeres a las instituciones educativas y a puestos de trabajo.

La nueva independencia laboral fue una nueva puerta abierta a las mujeres, la de la posibilidad de vivir sin la manutención de un marido, lo que, a juicio de Faderman, fortaleció las redes de lesbianas que iban creciendo en bares y locales de ambiente.

Dependiendo del lugar geográfico en el que instalemos a nuestra lesbiana, sabremos si su orientación sexual encontraba más o menos impedimentos para fluir.

En París, gracias a las mujeres de la Rive Gauche, el lesbianismo se ligaba mucho al arte en cualquiera de sus facetas, lo que generaba cierta libertad para vivirlo. Entre 1890 y 1930 Natalie Clifford Barney mantuvo un salón literario que se centraba en temas lésbicos. Por ahí pasaron artistas como Roman Brooks, Djuna Barnes, Gertrude Stein, Tamara de Lempicka, Colette, entre otras mujeres y hombres intelectuales de la época.

El ambiente lésbico se movía en el parisino barrio de Montmarte y en los clubes Le moncloe, al que acudían chicas con esmoquin y pelo recogido, y Le vie parisienne.

En Estados Unidos, el barrio de Harlem, habitado en su mayoría por personas de raza negra, ofrecía más oportunidades que otro barrio neoyorquino para vivir la homosexualidad y la bisexualidad, tan de moda en los años 20. Las relaciones lésbicas eran bastante toleradas. Por un lado tendía a pensarse que las personas de origen africano, más conectadas con sus instintos naturales, se inclinaban a mostrar menos moralidad en su comportamiento sexual. Por otro, los homosexuales comenzaron a empatizar y compararse en su condición de minoría con las personas de color.

España, en los años previos a la guerra, vivió también su momento de visibilidad. En 1929 el grupo de teatro El Caracol estrenó en Madrid la obra Un sueño de la razón, de Ciprano Rivas Cherif, acerca de una pareja de lesbianas que buscaba un hombre para tener un hijo.

La inquieta e intelectual María de Maeztu, en sus viajes por el mundo, conoció clubes de mujeres en los que se conversaba de diversos temas, sobre todo culturales, se intercambiaba ideas de todos los temas y se propiciaban las relaciones de amistad. Por lo que se decidió a crearen 1926 el Lyceum Club, por el que pasaron mujeres que propiciaron los cambios en la situación de la mujer, algunas de las primeras universitarias11 y personalidades femeninas que destacaron en el mundo político y cultural.

La Iglesia y los sectores más conservadores de la sociedad descargaron su ira y reprobación contra el Lyceum Club, donde las mujeres podían leer y discutir con la libertad tanto la Biblia como El Corán.

La revista religiosa Iris de Paz publicó en 1927 que dicho club de mujeres era un “verdadero casino de la mujer, es el enemigo natural de la familia. Y, en primer lugar, el enemigo de la autoridad del marido, sin el cual el hogar es una república soviética, un caos. ¿Qué autoridad le queda al marido si la mujer se parapeta en Lyceum Club? Ninguna”. 12

Entre las mujeres lesbianas relevantes de la época, que no confesaban públicamente su orientación sexual, pero tampoco la escondían, se encuentran: Victoria Kent, primera mujer en actuar como abogada en un juicio, Carmen Conde, primera académica de la lengua, Carmen Tórtola Valencia, bailarina y artista, que vivió treinta años con su amante, Ángeles Vila- Magret, a quien adoptó como hija para acallar las habladurías. Murió en sus brazos, en su casa en Barcelona en 1955. Y Lucía Sánchez Saornil, fundadora de la sección feminista de la CNT, Confederación Nacional del Trabajo.13

El lesbianismo, en el Berlín de la década de 1920, tenía también una vida vibrante. La ciudad contaba con cincuenta bares y locales para mujeres, entre ellos el memorable Eldorado, que fue frecuentado por estrellas como Marlene Dietrich. La amplia oferta era muy diversa. Clubes lujosos, mixtos, populares, para ir travestida e incluso con habitaciones para que las concurrentes pudieran intimar.

A pesar de la libertad con la que se vivía la homosexualidad, en Alemania seguía estando prohibida por el artículo 175. No obstante, en ciudades como Berlín y Hamburgo, la policía solía hacer vista gorda.

La mezcla entre la libertad vivida; las redes establecidas por las publicaciones y revistas para gays y lesbianas; y la socialización en bares, ayudó a incentivar y articular el primer movimiento homosexual para luchar por la abolición del artículo 175, surgiendo así Theo Anna Sprüngli, la primera activista lesbiana de la historia.14

A pesar de la libertad sexual que se vivía en Berlín, de la articulación de este primer movimiento de liberación homosexual, con el paso de los años, nuestra lesbiana hubiera estado muy oprimida en Alemania, puesto que el Estado Natalista que comienza con el nazismo imponía un modelo de mujer “al servicio”. Al servicio de su marido, al servicio del Estado, al servicio de sus hijos. La mujer, durante el nazismo, debía ser una mujer intachable, dispuesta a ser la madre de muchos hijos que pudieran servir a su país. Una mujer que no cumplía este rol, que no tenía a su lado a un hombre que la fecundara, era considerada un peligro para la sociedad.15

En 1935, el ministro de Justicia alemán se negó a incluir a las lesbianas en la ley que penalizaba la homosexualidad, argumentando que eran muy difíciles de detectar. Los bares de lesbianas y sitios de reunión fueron cerrados y muchas de ellas se vieron obligadas a casarse con hombres para no levantar sospechas. Pero el objetivo de persecución no eran las lesbianas en sí mismas. El objetivo era la mujer.

La mujer vivía en un estado de permanente fragilidad durante el nazismo. Una mujer podía ser denunciada por prostituta, por no cumplir sus deberes de madre, de esposa, de buena alemana. Una mujer soltera, sin hijos y cuyo comportamiento pudiera indicar, al menos de forma remota algún tipo de promiscuidad o lesbianismo, era culpable. Culpable antes que sospechosa.16

Cuando llegó Hitler al poder, en 1933, el Ministerio del Interior de Prusia ordenó cerrar las revistas y locales homosexuales. Se disolvieron las asociaciones y hasta el Institut für Sexualwissenschaft fue saqueado, sus obras quemadas y cerrado.

Por las actas de la Gestapo se sabe que, al menos hasta 1940, un club de Berlín seguía organizando fiestas a las que asistían entre 200 y 300 mujeres.

De haber tenido la mala fortuna de caer presa en un campo de concentración, nuestra lesbiana llevaría en su ropa un triángulo negro, símbolo que identificaba a quienes no se adaptaban, a los asociales. Por su parte, los hombres homosexuales eran identificados con un triángulo rosa.

Annalise W., superviviente del campo de concentración para mujeres, Ravenbruck, describía éste como: “había muchas lesbianas allí, no sé si éramos antes así o fue el hecho de estar allí encerradas lo que nos hizo así”.17

Muchos historiadores tienden a buscar explicación a las prácticas lésbicas como consecuencia de la ausencia de hombres. “Como en muchas prisiones, en los campos de concentración, mujeres que en cualquier otra situación hubieran aborrecido el lesbianismo, podrían aquí gradualmente deslizarse hacia una aceptación de dichas prácticas”18. Fenómeno que repercute en la invisibilidad de las lesbianas y en la falta de referentes que existen.

Es conocido que había muchas lesbianas entre las dirigentes de los partidos nazis o, incluso en España, entre las dirigentes de la Sección femenina. Para algunas mujeres, entrar a un partido y dedicarse a su dirección era la única posibilidad de no verse obligadas a casarse y mantenerse económicamente.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se levantó en Berlín un monumento dedicado a las víctimas homosexuales del nazismo. La discusión se desató al interior del colectivo, algunos gays hacían patente que las leyes que condenaban la homosexualidad no fueron empleadas contra mujeres, mientras que las lesbianas argumentaban que ellas habían vivido en un permanente estado de terror, al ser perseguida como mujeres que no se ajustaban al canon del ideal de mujer nazi.

De haber situado a nuestra lesbiana en Estados Unidos, seguramente hubiera sido parte del ejército y podría haber mantenido un romance con una de sus compañeras sin que esto le trajera muchos problemas, puesto que desde la dirección se impidió que se persiguiera el lesbianismo pero solo mientras duraba la guerra. En los tiempos de paz los actos lésbicos eran castigados.19

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, los hombres retornarnos a sus trabajos y a su antigua cotidianidad. Los países castigados por la guerra necesitaban de los úteros para repoblar la mermada población. La libertad que habían experimentado las mujeres fue duramente reprimida




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