Marxismo y anarquismo en la revolución rusa Arthur Lehning


CAPÍTULO I LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS ANTES DE 1917



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CAPÍTULO I
LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS ANTES DE 1917

Hacer un estudio de la revolución rusa, de su carácter y de su marco histórico supondría, entre otras cosas, hacer una exposición de las ideas y las corrientes revolucionarias de un siglo de historia de Rusia y referirse muy particularmente al desarrollo del socialismo en ese país durante los cincuenta años últimos.



Hasta hoy no se ha escrito esa historia y muy probablemente no se la podrá escribir hasta que se hayan publicado los archivos de la Sección de Policía Secreta de los gobiernos zaristas y se haya examinado, en forma más completa, el cúmulo de documentos que apenas se ha empezado a reunir. Quizás esa historia sea posible ahora, pues el desarrollo de la revolución rusa ha llegado a su término y ha adquirido ya su verdadero carácter y, por el curso que ella ha seguido, podemos comprender la significación real de ese pasado. Esa historia constituiría también un precioso elemento en el conjunto de interrogantes relacionados con el problema de civilización que nos plantea el mayor sacudimiento social que ha conocido el mundo.10
Si bien es cierto que este libro no trata sobre la génesis de la revolución sino sobre sus tendencias y principios, es indispensable dar también un rápido vistazo -aunque resulte muy esquemático- a su evolución histórica y a sus vínculos con el pasado.
En primer lugar, puede señalarse un rasgo característico de la evolución de Rusia: las ideas de reforma política siempre estuvieron ligadas a las ideas de reforma económica. Más aún: se puede afirmar que esta concepción de una revolución económica, en oposición a una revolución política, constituyó el principio rector, el carácter esencial de las ideas socialistas revolucionarias que se desarrollaron en Rusia en la segunda mitad del siglo XIX. Ya en tiempos del levantamiento -puramente político- de los decembristas, en 1825, Pestel había subrayado la necesidad de unir una transformación social a la transformación política: se podía, sí, proclamar la república, pero ello equivaldría, meramente, a cambiar de nombre. Había que atacar la propiedad territorial, pues lo esencial era dar la tierra al campesino; sólo entonces la revolución sería total.11
El sentimiento de que toda revolución que no sea social supone sólo un cambio de nombre y de que toda reforma, todo intento por modificar la vida de la sociedad, es consecuencia, en realidad, de la transformación de la economía, fue el rasgo característico de la corriente socialista que en el decenio de 1870 se desarrolló bajo la influencia de Bakunin y Lavrov. Esa corriente tuvo su expresión socialista revolucionaria consciente en la organización Zemli i Volia (Tierra y Libertad). Ésta, al igual que los grupos socialistas posteriores, surgió del movimiento -nacido alrededor de 1870- que se conoce con el nombre de los narodniki (fue Bakunin quien acuñó la expresión Idki y narod: ir al pueblo). Todos los narodniki creían que Rusia tendría una evolución particular y que, a diferencia de la Europa occidental, podría ahorrarse la fase capitalista en la marcha hacia el socialismo. Señalaban, en primer lugar, que en Rusia la burguesía no existía como clase; luego, que el artel y el mir rusos desempeñaban un papel importante para el desarrollo del socialismo.
El artel existía desde hacía siglos y hay pruebas de su presencia ya en el siglo XIII. Muy difundida en Rusia, era una organización de solidaridad que agrupaba a los trabajadores sobre la base del acuerdo voluntario y de la igualdad de derechos, con la finalidad de trabajar en común. En cuanto al mir, representaba, para los narodniki, la base del socialismo. Era una forma peculiarmente rusa de posesión de la tierra: conforme a él, el conjunto de los miembros de la comunidad tenía la propiedad del suelo y fijaba la distribución de éste de modo particular. El sistema de reparto no era siempre el mismo; también variaba la periodicidad de la redistribución, que dependía del número de parcelas o del número de almas o de las necesidades de la familia o de la capacidad de trabajo. El mir tenía por fundamento psicológico ese derecho consuetudinario tan arraigado en el campesino: derecho al trabajo y derecho al producto del trabajo.
El derecho al trabajo significaba el derecho a la tierra, que no pertenecía a nadie o, lo que es igual, pertenecía a todos, a Dios y al Zar. El término propiedad, en el sentido que damos a la propiedad privada, era ajeno al campesino. Únicamente quien trabajaba la tierra -y solamente mientras la trabajase- la poseía.
Según un viejo proverbio eslavo, la posesión de la tierra se extiende hasta donde llega la guadaña o el arado. No podemos entrar aquí en los detalles de todos los problemas históricos y económicos y de todas las controversias que suscitó el mir, ni discutir sus ventajas e inconvenientes. Por el momento, nos limitaremos a señalar que no se puede identificar al mir con el sistema de reparto de las tierras o siquiera con un tipo definido de agricultura. Por consiguiente, los narodniki y, más tarde, los socialistas revolucionarios, estaban en su derecho al sostener que la conservación del mir permitiría una agricultura comunitaria y socialista.
Con sus escritos, Chernishevski, “el lógico más penetrante que haya tenido Rusia”, fue quien más contribuyó a atraer la atención sobre la cuestión agraria. Y aunque no se le pueda definir como socialista revolucionario, ejerció decisiva influencia sobre los narodniki. Tuvo capital importancia lo que escribió acerca de la liberación de los campesinos, como la tuvieron sus investigaciones sobre la cuestión agraria, en las cuales afirmaba que la socialización de Rusia sobre la base del mir era posible. Fue uno de los primeros en comprender que la libertad política no bastaba. Quería, no sólo la abolición de la servidumbre, sino también la emancipación total.
La libertad, conforme la definía el liberalismo de la Europa occidental, no garantizaba en absoluto la independencia del individuo; quien depende de otros para asegurarse la subsistencia no es libre, pese a cuanto digan las leyes, y por eso la libertad política debe completarse con la liberación económica.
Chernishevski comprendió que el problema de la emancipación era económico y en su obra ¿Qué hacer?, publicada en 1863, sentó los principios de un movimiento nacido en esa época, a cuyo avance contribuyó mucho el propio Chernishevski y cuyas características, al bautizarlo con el nombre de nihilista, expuso Turgueniev en su célebre novela Padres e hijos. Era éste un movimiento de rebeldía de la juventud rusa contra las convenciones y las mentiras de la sociedad y contra toda autoridad; un movimiento revolucionario y cultural, ateo y socialista, orientado a una nueva concepción del mundo y de la vida, cuya base social estaba formada por las ideas de los narodniki.12 Miles de jóvenes fueron al pueblo, en calidad de médicos, maestros u obreros, para participar de la vida de las masas y difundir entre ellas las ideas socialistas. Por todas partes se formaron sociedades secretas y grupos. De estos últimos, el más conocido fue el Círculo Chaikovski, que tuvo gran influencia sobre la evolución de las ideas revolucionarias y del que formaron parte, entre otros, Stepniak y Piotr Kropotkin. Kropotkin se afilió al Círculo después de su viaje a Europa: regresaba ganado para la causa del anarquismo, bajo la influencia de las ideas de Bakunin, que le habían dado a conocer los obreros de la Federación del Jura. En Rusia difundió esas ideas y los principios de la Internacional.
“Nuestra juventud prestaba oídos a la poderosa voz de Bakunin y la propaganda de la Asociación Internacional de Trabajadores nos exaltaba”, dice Kropotkin en sus Memoria.
El objetivo de esta propaganda era la revolución social inmediata. Revolución social significaba revolución agraria, que no se limitaría a la conquista de la tierra, sino que -más aún- conduciría a la propiedad colectiva, destinada a abolir totalmente la propiedad privada sobre fincas y campos. Y es sabido que incluso Marx y Engels creían, todavía en 1882, que, en circunstancias favorables -como la prolongación de la revolución rusa en revolución europea-, el unir podría servir de base al desarrollo del socialismo, idea que Marx ya había expresado en 1877, cuando hablaba de la magnífica posibilidad ofrecida a un pueblo para escapar a las funestas vicisitudes del sistema capitalista. Aun en 1894, reconocía Engels en el mir un factor particular de socialización. Lo hacía, pues, en una época en que ya no se trataba, para Rusia, de eludir la fase capitalista; en que, por el contrario, el desarrollo del capitalismo industrial había cobrado poderoso impulso y la proletarización de los campesinos estaba en su apogeo. “¿Se ha conservado esta comunidad lo bastante intacta para poder, llegado el caso -como expresábamos Marx y yo aún en 1882+-, servir de punto de partida de una revolución hacia el comunismo, en conjunción con una poderosa revolución en la Europa occidental? No pretendo responder a esta pregunta. Pero una cosa es segura: si queda el menor vestigio de esa comunidad, en ella estará la condición primera para la caída del zarismo y para la revolución en Rusia” (nota complementaria, difundida en 1894, al artículo “La cuestión social en Rusia”, publicado en 1875 en el periódico Volkstaat).13 Ésa era también, como hemos visto, la concepción de los narodniki.
Bakunin -que no tenía fe ciega en el mir y que estaba lejos de esperar que la salvación viniera de ese “místico sanctasantórum”-, en una polémica con Herzen (carta del 19 de julio de 1866), señaló crudamente los puntos débiles del mir y demostró que la revolución era condición indispensable para el desarrollo de éste. ¿Por qué no se ha desarrollado el mir, cuyas ventajas existen desde hace tanto tiempo?, pregunta Bakunin.
¿Por qué, después de diez siglos, a lo único que ha llegado es a la más abominable esclavitud? La causa de la improductividad de las comunidades campesinas quizá radique en que en ellas no hay libertad. Y sin libertad no se puede concebir ningún movimiento colectivo. En Rusia, el Estado impide el despertar de la libertad: el Estado moscovita ha matado todos los gérmenes de vida que hubieran permitido al pueblo instruirse y evolucionar; descansa sobre la negación radical de la independencia y de la vida del pueblo; nada tiene en común con éste, a no ser la relación externa y mecánica que existe entre el opresor, el explotador y la víctima de ambos. Bakunin no cree que se puedan conciliar el desarrollo potencial de los gérmenes que dormitan en las comunidades campesinas y la conservación -por un lapso más o menos largo- del Estado ruso, el cual puede, sí, cambiar la forma o el rótulo, pero cuya naturaleza profunda no se modificará. No se puede servir a la causa del pueblo por medios burocráticos, con la ayuda del Estado, por la vía del socialismo estatal. Se debe denunciar a este último como ilusión peligrosísima, que sólo acarreará perjuicios a la causa del pueblo, pues entre éste y el Estado no habrá nunca nada en común, y, de esa falsa unión, siempre será el pueblo -nunca el Estado- quien resulte perdedor. Y pregunta Bakunin a Herzen si es socialista estatal, si está dispuesto a reconciliarse con “la mentira más vil y temible que ha engendrado nuestro siglo: el democratismo oficial y la burocracia roja”. El primer punto -y el más importante- del programa socialista deberá ser la proclamación de la necesidad de destruir el abominable imperio de los zares.14
Esta idea de Bakunin -que el camino de la liberación social debe pasar forzosamente por la destrucción del Estado-, idea que desarrolló y expuso siempre en todos sus escritos, fue y sigue siendo el basamento de la teoría anarquista de la revolución social, destructora del Estado. Estos conceptos de Bakunin tuvieron gran influencia sobre el movimiento socialista revolucionario del decenio de 1870 y fueron su rasgo característico.

También Lavrov combatió el principio del Estado y particularmente la centralización estatal: el socialismo debe, ante todo, combatir al Estado y la revolución social debe dirigirse contra él.15


La diferencia esencial entre las dos tendencias encabezadas por Lavrov y por Bakunin consistía en que los bakuninistas no rechazaban la insurrección como medio revolucionario. “El camino de la liberación del pueblo por medio de la ciencia está cerrado para nosotros”, escribía Bakunin. Las tradiciones revolucionarias del pasado, los héroes legendarios de los siglos XVII y XVIII, Stenka Razin y Pugachov pervivían en la memoria popular; por consiguiente, resultaría fácil incitar a las aldeas a que se sublevaran. La tendencia de Lavrov, en cambio, buscaba fomentar la revolución sólo por la propaganda socialista y la educación. Todos los narodniki pensaban que el principal obstáculo para el socialismo era la ingenuidad política de los campesinos, consecuencia de la opresión secular de la autocracia, y... ¡era preciso inducirlos a esperar que el zar interviniese para mejorar su situación!
Sin embargo, la propaganda no daba grandes resultados. Las persecuciones masivas, los arrestos, las despiadadas condenas a prisión y trabajos forzados, así como la endeble coordinación entre los círculos y los grupos, eran otros tantos factores de fracaso. Para poder realizar un trabajo más sistemático y reagrupar a las fuerzas revolucionarias, se fundó en 1876, tras las experiencias de los años precedentes, la organización Tierra y Libertad, a la que ya nos hemos referido. El rasgo más destacado de este movimiento -por entonces sólo en sus comienzos- fue su carácter social y económico, definidamente socialista, sin nada de político ni de liberal. Llegaba incluso a condenar la acción política porque ésta desviaba del objetivo principal.
Tanto la coyuntura política como las leyes descansan en la relación de fuerzas existentes en la economía; por lo tanto, es preciso transformar esa relación por medio de la revolución.
De esta manera desaparecerá el Estado centralizado y la vida social se orientará hacia las colectividades y federaciones autónomas, basadas en la solidaridad económica. Los problemas sociales deberán anteponerse a los nacionales y, sobre todo, se deberá abandonar el principio jacobino conforme al cual los revolucionarios, después de la caída del antiguo gobierno, se instalan en el poder e imponen sus leyes al pueblo. La revolución no debe ser hecha para el pueblo, sino por el pueblo.16 Del mismo modo definió Axelrod los principios de este movimiento: creía en la inminencia de la revolución, que traería consigo una transformación total de las instituciones políticas y económicas de Rusia; la abolición completa del Estado; la apropiación de las tierras y de las fábricas por las colectividades campesinas y las asociaciones de productores, coordinadas -según el principio federativo- en uniones diversificadas.17 Como se ve, el programa de Tierra y Libertad era el de Bakunin.
Algunos años más tarde, surgió una corriente de oposición a estas tácticas puramente económicas y se sostuvo la necesidad de la acción política junto con la económica, pero las ideas del socialismo federalista siguieron ejerciendo gran influencia. En 1878, a propuesta de los obreros de Petersburgo -sobre todo, de los de las hilanderías de algodón-, se fundó la Unión de los Obreros Rusos del Norte, y junto a las reivindicaciones programáticas de principios se formularon otras inmediatas, relativas a las libertades políticas: libertad de palabra, libertad de prensa, derecho de asociación y de reunión, enseñanza gratuita para todos en todas las escuelas y establecimientos de educación, abolición del sistema de pasaportes, abolición de los impuestos indirectos y su reemplazo por un impuesto sobre las rentas y las sucesiones, limitación de la jornada de trabajo, prohibición del trabajo infantil, etcétera. En cuanto a los puntos principales del programa, eran los siguientes:


  1. destrucción del orden social, económico y político existente;




  1. creación de una federación de comunas sobre la base de la completa igualdad de derechos unida a la total autonomía de la gestión interna;




  1. supresión de la propiedad privada territorial y su transformación en propiedad comunal;




  1. organización del trabajo de acuerdo con el principio de asociación, y restitución de todos los medios de producción a los productores.

Se declaró en forma expresa que la organización del mir no era deseable de por sí, sino que la posesión en común de las tierras y supresión de la propiedad privada debían conducir a la explotación colectiva de aquéllas, para realizar, de este modo, la reorganización completa de la sociedad sobre bases socialistas.


Además, sería indispensable hacer agitación entre los trabajadores de la industria y organizarlos activamente. De una revolución llevada a cabo con toda independencia podía esperarse algo; de una mayoría parlamentaria, nada. El programa terminaba con estas palabras: “En nuestra bandera está escrito el lema: ¡Obrero, apodérate de la máquina! ¡Apodérate de la tierra, campesino!”.18
A causa del poco éxito de la propaganda y de la violenta represión gubernamental, muchos desesperaron de poder organizar metódicamente al pueblo para la revolución, y pensaron entonces que, en primer lugar, había que combatir al gobierno y a la autocracia. Al mismo tiempo se manifestó cierta oposición entre la ciudad y el campo, y los que a la sazón se dedicaban a la acción política decidieron centrar su principal actividad en las ciudades; de esta oposición de tendencias nacería una escisión en 1879. El nuevo partido tomó el nombre de Narodnaia Volia (La Voluntad del Pueblo); los que permanecieron fieles al programa de Tierra y Libertad constituyeron el viejo partido con el nombre de Chorni Pierediel (Reparto Negro).
La Voluntad del Pueblo se proponía, como objetivo principal, la lucha contra el poder central. Quería preparar una revolución política, a la que seguiría la instalación de una Asamblea Constituyente. No deseaba reformas políticas sino la libertad política para poder realizar su programa social, pues creía que la inmensa mayoría de la Constituyente estaría compuesta por delegados de los campesinos que no vacilarían en reorganizar el sistema agrario. Se puede definir a La Voluntad del Pueblo como partido político centralista y de tipo terrorista, aunque en lo social aceptaba los principios fundamentales de Tierra y Libertad: federalismo, autonomía de las comunas, socialización de los medios de producción, conservación del mir en cuanto unidad económica. También encaraba el terrorismo como medio práctico en la lucha política.
Ya en el período precedente, el feroz terrorismo del gobierno había hecho surgir el terrorismo heroico de los revolucionarios. A principios de 1878, Viera Zasulich había matado al jefe de policía de Petersburgo, general Trepov, y en 1879, Boris Stepniak había apuñalado, en plena calle, al general Mesentsov. Pero éstos habían sido actos aislados. En adelante, el terrorismo fue organizado por el “Comité Ejecutivo” y empleado como método de lucha política. Los actos de terrorismo y de destrucción tenían por objeto socavar la autoridad del Estado y eliminar a gobernantes peligrosos y a espías. El atentado contra Alejandro II, en 1881, señaló, a la vez, el punto culminante y el fin del terrorismo. En el período que va de 1876 a 1882, hubo catorce asesinatos políticos y fracasaron trece atentados, cuatro de ellos dirigidos contra Alejandro II.
En cambio, Reparto Negro mantenía su adhesión al programa de Tierra y Libertad, seguía tratando de apoyarse sobre todo en los campesinos, desechaba la acción política y continuaba sosteniendo que sólo por la acción revolucionaria del pueblo se conquistarían las libertades políticas. También Bakunin se oponía a los atentados. En una carta a Herzen -aunque le reprochaba la forma en que había condenado el atentado de Karakazov y lo acusaba de usar el mismo lenguaje de los nobles y los liberales de la Rusia oficial-, se expresaba en estos términos: “No espero que el asesinato del zar de Rusia traiga ningún beneficio; incluso estoy dispuesto a reconocer que causará daño, al suscitar una reacción inmediata de apoyo al zar. Pero no me asombra que esta opinión no sea compartida por todos [...] Sea como fuere, no podemos negarle a Karakazov nuestra estimación y debemos reconocerlo como uno de los ‘nuestros’.
En la medida en que el terrorismo abría el camino a los movimientos revolucionarios, fortalecía la conciencia de las masas y era un medio de defensa contra los traidores, Reparto Negro no lo rechazaba, pero consideraba que no debía centrar la acción exclusivamente en la lucha contra el gobierno. Para dar contenido económico y social a la revolución y asegurar así al pueblo los frutos de la victoria, era preciso, ante todo, organizarlo; de lo contrario, la revolución política pasaría sobre el país como una tempestad, sin reportar al pueblo ningún beneficio económico. Para la Constituyente serían elegidos los grandes negociantes y los terratenientes, pues el pueblo estaba subordinado a ellos. “El pueblo no se apasionará con tal representación nacional ni con tal constitución.” El partido del Reparto Negro no era enemigo de la libertad política -veía en ella el resultado de una evolución progresiva-, pero ponía en primer plano las cuestiones económicas y sociales. Sin revolución económica, la acción política es un trabajo de Sísifo, pues, en última instancia, la moral y el derecho están determinados por la economía. En la célebre “carta a los ex compañeros” (diciembre de 1879), Reparto Negro opone sus principios a los de La Voluntad del Pueblo: los revolucionarios que se pronuncian por la acción política, exclusivamente, siempre han creído que la libertad política basta para construir un Estado ideal.
Parten de principios teóricos, como los derechos del pueblo o los derechos del hombre, e ignoran las relaciones económicas.
Quieren hacerlo todo en bien del pueblo, pero no quieren que el pueblo haga nada por sí mismo. Los jacobinos, en nombre de los derechos del hombre y de la Salvación Pública, impusieron el terror y la opresión, pero, en esencia, los regímenes de Luis XVI, Robespierre y Napoleón I fueron idénticos: centralización, autoridad e iniciativa para uno solo y sometimiento y silencio para los demás. Si el partido de La Voluntad del Pueblo adopta esos principios, se convertirá en el partido de la reacción y del estancamiento y perderá el apoyo de las masas. Por lo demás, esto ha sido reconocido en Europa occidental después de 1848: las cuestiones políticas son relegadas a segundo plano y se exige la reorganización del sistema económico y social con la participación del pueblo.19
Los objetivos de Reparto Negro, como señala Thun con razón, eran los del socialismo anarquista. Eran las ideas del socialismo libertario, que, en oposición al socialismo estatal de inspiración marxista, habían sido difundidas en la I Internacional -sobre todo bajo la influencia de Bakunin- y defendidas por las federaciones “antiautoritarias”. A la concepción marxista de la toma del poder político, oponían -como condición previa para la liberación de los trabajadores- la destrucción de todo poder político y la abolición del Estado. Frente a la utopía marxista de una evolución automática de las relaciones económicas que necesariamente conduciría al socialismo, ponían el acento en la acción revolucionaria espontánea y creadora y en la iniciativa. Frente a la centralización del poder político y económico en manos del Estado, frente a la “socialización” realizada por ese Estado -“socialización” que sólo podía acabar en capitalismo estatal- los anarquistas insistían en la necesidad de luchar en el terreno económico y en la obligación de los trabajadores de asegurar la marcha de la producción bajo la dirección de las federaciones de industrias.
A su juicio, nada se habría hecho por los trabajadores si éstos, de asalariados de los capitalistas, pasaban a ser asalariados del Estado. Frente al principio de la dictadura, alzaban la bandera de la libertad. Frente a la acción política exclusivamente parlamentaria, que caracterizaba la lucha marxista por la “revolución social”, sostenían como principio rector la gran máxima de la Internacional: la liberación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores.
En esos años -y aun mucho tiempo después-, no había, por supuesto, un “movimiento” socialista según se lo entiende en Europa occidental; era, tan sólo, la “Rusia subterránea”, que tras medio siglo -o, tal vez, tras muchos siglos- irrumpía bruscamente.
Las ideas a que acabo de referirme encontraron eco entonces y se expandieron rápidamente. Serguiei Kravchinski, uno de los hombres que mejor conocieron a esa Rusia revolucionaria, activista entre los obreros y los campesinos y cuyos escritos sobre aquel período -firmados con el nombre de Stepniak- gozan de gran reputación, pudo escribir, no sin razón: “En realidad no hay otro país en el mundo donde los campesinos estén más preparados que en Rusia para aceptar las ideas del socialismo federalista”.20
Mucho antes de que aparecieran los “marxistas”, existía ya una tendencia que, contrariamente a los narodniki, consideraba al mir institución decadente a la que sustituiría la propiedad privada, según demostraba la historia europea. Por lo tanto, era inútil ocuparse de los intereses del campesinado, y había que trasladar el centro de la propaganda al ambiente de los obreros fabriles. Los integrantes de esta tendencia se daban el nombre de “lavristas” (erróneamente, pues, como hemos visto, Lavrov pensaba de manera muy diferente). Pero el grupo no tenía la menor influencia: los trabajadores de la industria estaban demasiado ligados al campo para simpatizar con ese tipo de propaganda. La tendencia dejó de existir en 1877. Bajo la influencia de Marx y Engels, estas ideas volvieron a la vida a principios del decenio de 1880. Fueron integrantes del Reparto Negro (Plejanov, Axelrod, Deutsch, Viera Zasulich) quienes, en 1883, volvieron a unirse en el extranjero, adoptando el nombre de “Grupo de la Liberación del Trabajo”. Se hicieron ardientes representantes de las ideas marxistas en Rusia. Poco antes -en 1880-, en carta a Sorge, Marx había pintado, no sin ironía, y en términos muy poco amistosos, a sus futuros discípulos entusiastas: “Crean -en oposición a los terroristas, que se juegan la cabeza- el supuesto partido de la propaganda (¡Para hacer propaganda en Rusia se marchan a Ginebra! ¡Qué quid pro quo!). Estos señores están en contra de toda acción política revolucionaria, ¡Rusia debe dar el peligroso salto al milenio ateo-comuno-anarquista! Mientras tanto, ellos preparan el salto con un aburrido doctrinarismo, cuyos supuestos principios son archiconocidos después de Bakunin”.21
En 1898 se funda en Minsk el partido socialdemócrata, después de la creación, en 1897, del Bund, partido ruso-judío de ideología federalista, que desempeñaría luego un papel muy importante.22
El programa de los socialdemócratas no era, en modo alguno, socialista; contenía, únicamente, reivindicaciones de tipo democrático-burgués. Suponían imposible un movimiento socialista entre millones de campesinos. Sólo la revolución burguesa, con la instauración definitiva de la propiedad privada y la abolición de la posesión comunal de la tierra, así como con la expropiación de los pequeños campesinos y la aceleración del nacimiento del proletariado rural, permitiría crear el terreno favorable a la propaganda socialista. En una primera fase, sería preciso combatir por el libre desarrollo del capitalismo, contra el absolutismo y por las libertades democráticas. El propio capitalismo crearía entonces el proletariado, vanguardia de la revolución social, y haría surgir las condiciones necesarias para el movimiento político de la clase trabajadora. No se trataba, pues, de la lucha por la conquista del poder político por y para el proletariado, y menos aún de destruir la sociedad burguesa con una revolución hecha bajo las banderas del socialismo.
Las aspiraciones del proletariado ruso podrían tender, pues, en la práctica, al estado de desarrollo propio del liberalismo demócrata radical. La burguesía, en ascenso, sería aún revolucionaria en casi todas las manifestaciones de su existencia.23
Los bolcheviques ejecutaron el programa marxista hasta sus consecuencias extremas; no sólo lucharon por realizar las condiciones favorables al capitalismo burgués, sino que -aún más-, asumieron las tareas de la burguesía. En vez de un gran número de capitalistas, apareció un capitalista gigantesco: el Estado bolchevique. “El socialismo -declaraba Lenin- no es otra cosa que un monopolio capitalista estatal”.
A partir de 1896, año en que se produjeron las primeras grandes huelgas, el movimiento obrero cobró un gran impulso que tendría conclusión provisional en la revolución de 1905.
Los grupos dispersos que seguían defendiendo las ideas de La Voluntad del Pueblo cobraron nuevos bríos, y en 1901 se organizaron en el Partido Socialista Revolucionario. Comenzó un nuevo período de terrorismo, bajo la dirección de un “comité de lucha” especial. El Partido S. R. se consideraba heredero de La Voluntad del Pueblo. En su programa no había nada que fuera “provisionalmente” burgués. No quería empezar ayudando a los explotadores a tomar el poder, sino que, por el contrario, reclamaba la revolución inmediata. Es verdad que también exigía las libertades democráticas y que consideraba misión del partido luchar, precisamente, por la democratización del régimen político. Desde el punto de vista económico, su programa era profundamente federalista. La reforma agraria debía traer, no la nacionalización, sino la socialización de la tierra; es decir, que el derecho de propiedad y el de administración fueran devueltos a los organismos centrales locales de autogestión popular.
Pese a su carácter predominantemente campesino, el partido -en oposición a la socialdemocracia- reconocía la importancia de los sindicatos y destacaba la función de éstos en el sistema de producción de la nueva sociedad. Además, ponía en guardia contra el socialismo de Estado, pues consideraba que, por un lado -en cuanto sistema de reformas a medias-, sólo servía para adormecer a la clase trabajadora; por otro, que era un tipo particular de capitalismo estatal, pues concentraba las diversas ramas de la producción y del comercio en manos de la burocracia gobernante y sólo para favorecer sus intereses financieros y políticos. (En 1905, los socialistas revolucionarios de tendencia anarquista más marcada se escindieron del partido, adoptando el nombre de maximalistas, y en noviembre de 1917, cuando aquél se dividió en ala derecha y a la izquierda, se unieron a esta última, lo que a su vez provocó una nueva escisión, ahora entre los maximalistas.)
A comienzos del siglo, el movimiento anarquista directamente relacionado con Reparto Negro reaparece con más fuerza. Hay gran número de centros de propaganda en las ciudades y en el campo. Se editan las obras de Bakunin y de Kropotkin, se publican folletos y volantes. El estado de ánimo del movimiento revolucionario ruso en ese período es indiscutiblemente anarquista, como señala Masaryk. Después de 1905, se instala la reacción, que obliga a huir al extranjero a todos los revolucionarios que quieren escapar a la prisión o a la deportación. En Suiza, en París y en Londres, se constituyen grupos anarquistas y aparecen publicaciones teóricas. En los Estados Unidos, nace un importante movimiento anarquista ruso: la Federación de Uniones de los Trabajadores Rusos, cuyo órgano es Golos Truda (La Voz del Trabajo); es un movimiento anarcosindicalista. Al estallar la revolución de febrero, gran número de esos anarquistas, al mismo tiempo que los exiliados en París y Londres, volvieron a Rusia para participar en la revolución. Fundaron la editorial Golos Truda y publicaron un periódico con ese nombre.
En 1905, Kropotkin resumió en estos términos la misión de los anarquistas en la revolución rusa: “Debemos tratar de actuar para salvaguardar la autonomía comunal y la iniciativa personal, tanto más cuanto que los otros partidos intervienen para crear un gobierno fuerte, para instituir el socialismo esta tal, lo que equivale a ahogar toda autonomía comunal y toda iniciativa personal [...] En Rusia, la revolución del pueblo será siempre de tendencia anarquista; no se detendrá a mitad del camino, como quieren los teóricos que ordenan: ‘¡Hasta ahí, y no más allá!’ y ese no más allá es, para ellos, el momento en que el poder del Estado pasará a manos del partido [...] Siempre fue tarea de los anarquistas predicar el odio del pueblo contra el Estado, y lo será también en la revolución rusa”.24



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