Marxismo y anarquismo en la revolución rusa Arthur Lehning



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Marxismo y anarquismo: en la revolución rusa” de Arthur Lehning

MARXISMO Y ANARQUISMO

EN LA REVOLUCIÓN RUSA

Arthur Lehning



ARTHUR LEHNING

No festejarás el día de tu nacimiento ni hoy ni mañana sino todos los días, porque renaces a cada instante y das vida a la vida: como hombre y artista”. (De un poema de Handrik Marsman dedicado a Arthur Lehning).


Arthur Lehning murió el 1° de enero del año 2000, dos meses después de haber festejado su cumpleaños número 100. Nació en la ciudad de Utrech (Holanda) el 23 de octubre de 1899. Sus padres eran alemanes. Estudió economía en Rotterdam e historia en Berlín. Al finalizar la Gran Guerra entra en contacto con grupos antimilitaristas mayormente libertarios. Luego de residir en París y en Viena se instala en Amsterdam y, entre 1927 y 1929, publica la Revista 110, que contaba entre sus colaboradores a los intelectuales más originales de la época, así como a militantes consejistas y libertarios: Le Corbusier, Walter Gropius, Kandinsky, Mondrian, Upton Sinclair, Walter Benjamin, Ernst Bloch, Max Nettlau, Otto Ruhle, Henriette Roland-Holst, Alexander Berkman y Alexander Shapiro.


Muy activo en los medios anarcosindicalistas (en la FAUD alemana, junto con Rudolf Rocker y August Souchy, y en la NAS y la NSV holandesas), entre 1932 y 1935 será secretario de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Esta asociación se fundó con el objetivo de reunir a las organizaciones sindicalistas revolucionarias y anarcosindicalistas que por sus características no podían participar de la internacional reformista orientada por los socialdemócratas ni por la llamada Internacional Sindical Roja creada por los bolcheviques.
En 1935 participa, junto con Posthumus, De Lieme, Nettlau y Nikolaevskij, de la fundación del Internationaal Instituut voor Sociale Geschiedenis (Instituto Internacional de Historia Social) de Amsterdam, destinado inicialmente a conservar la enorme biblioteca de Max Nettlau. El Instituto servirá como centro de salvaguarda de documentos pertenecientes a militantes y organizaciones del movimiento obrero en una época en la que el ascenso de los fascismos hacia peligrar la conservación de valiosas fuentes relativas a la historia de los explotados y las luchas sociales. Citemos como ejemplo la biblioteca de Lucien Descaves sobre la Comuna de París, los archivos del Bund sobre el movimiento obrero judío en Lituania, Polonia y Rusia, del Partido Social Demócrata alemán y del Partido Socialista Revolucionario ruso, y la adquisición temporaria de los archivos de la CNT española que hubo que poner a buen recaudo después de la victoria de los franquistas.
Naturalmente, desde octubre de 1936 se lo encuentra en España. Entre 1939 y 1947, después de tratar de poner en lugar seguro una parte de las colecciones del Instituto, dirige la sección inglesa de éste en Oxford, con la colaboración de G. D. H. Cole. En 1952, a pedido de la recientemente independizada Indonesia, organiza sendas bibliotecas para la Universidad de Yakarta y para el Ministerio de Asuntos Extranjeros. Vuelto a Amsterdam, se consagra a la edición de las obras completas de Mijail Bakunin (los Archivos Bakunin) cuyo primer volumen será editado en 1961, para después ocupar la dirección del Instituto Internacional de Historia Social.
En 1999, se le otorga el más importante premio literario holandés -el PC. Hooft-prijs- por el conjunto de su obra.
Sin duda ha sido uno de los principales teóricos libertarios del recientemente pasado siglo. Fue autor de numerosos libros y artículos que tratan tanto de la historia del movimiento anarquista y anarcosindicalista y de sus teóricos como de la crítica del bolcheviquismo y el modelo soviético. Es destacable del conjunto su edición (lamentablemente inconclusa) de las obras completas de Bakunin, en siete volúmenes, disponible en francés en las éditions Ivréa y en italiano en Edizioni Anarchismo.
Es posible hacerse una idea de la valía de Lehning leyendo Anarquismo y marxismo en la revolución rusa, publicado por la editorial Proyección y que ahora tenemos la satisfacción de reeditar. En este trabajo, además de hacer entendible la compleja genealogía de los grupos revolucionarios y de la izquierda rusa en los años previos a la revolución de 1905, realiza una crítica demoledora del leninismo y de uno de sus textos canónicos: El Estado y la revolución. Considerando que fue escrito en 1929, el valor de su denuncia contra el surgimiento del estado burocrático y de la bancarrota de la revolución llamada soviética adquiere un sorprendente carácter profético.

PRÓLOGO A LA EDICIÓN FRANCESA DE 1970

El texto presente fue escrito en 1929 y se publicó por primera vez en la revista anarcosindicalista alemana Die Internationale. Es el que entregamos hoy, sin modificaciones.


En 1929 nos habíamos propuesto agregarle dos capítulos uno sobre Kronstadt* y otro sobre el makhnovismo.** Por diversas razones, no nos es posible ahora modificar o completar el texto. La abundante literatura -artículos, libros, folletos- que desde 1930 se ha publicado sobre el tema no contiene nada que nos obligue a un cambio en el desarrollo de las ideas expuestas.
Antes al contrario, pues nuestras reflexiones echan un poco de luz sobre aspectos de los primeros tiempos de la revolución rusa a los que no se había prestado atención y, al mismo tiempo, se adelantan a la crítica de quienes sólo durante la era estaliniana -e, incluso, después de ella- descubrieron la degeneración de la revolución rusa, el termidor y la contrarrevolución. El trabajo es, también, un aporte a la historiografía de esa revolución; de ahí que no podamos ahora corregirlo. Además, es, en realidad, un texto político, aunque en él haya mucho de teoría y de historia.
El reciente interés por los problemas fundamentales del socialismo, por las cuestiones organizativas y por el desarrollo de la revolución rusa, así como la crítica a que hoy se somete a las diferentes formas de socialismo estatal y de dictadura, devuelven a nuestra obra el carácter de polémica política.***
En ella nos proponemos demostrar brevemente los siguientes puntos:


  1. Es insostenible la interpretación que, en su célebre ensayo El Estado y la revolución, hace Lenin de la teoría de Marx sobre el Estado.




  1. En el transcurso de 1917, la revolución era, sobre todo, revolución campesina, y no se desarrolló conforme al esquema de la teoría marxista de la revolución ni al esquema de los marxistas rusos.




  1. La revolución -que duró meses y se extendió a todo el imperio zarista- no debe ser confundida con la conquista del poder por los bolcheviques en Petrogrado y con la creación, el 24 de octubre de 1917, del Consejo de los Comisarios del Pueblo.




  1. Lenin y su partido -el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (bolchevique), rebautizado Partido Comunista en marzo de 1918- nunca fueron favorables a los soviets, que durante 1917 surgieron espontáneamente en todo el país. El carácter constructivo de la revolución se expresaba en esos consejos, pero Lenin y su partido sólo los consideraron desde el punto de vista de la utilidad que pudieran tener para la conquista del poder por el partido bolchevique.




  1. La supuesta “dictadura del proletariado” -que nunca fue más que la dictadura del partido y luego de su burocracia, y que sólo podía sostenerse por medio del terror- es uno de los factores esenciales de la degeneración de la revolución rusa. Este proceso es ya claramente visible desde 1921, y no sólo desde el momento en que los creadores del aparato estatal terrorista se convirtieron en sus víctimas.




  1. La destrucción de los soviets no fue, únicamente, consecuencia de la guerra, de la guerra civil y de la instalación de la dictadura, sino que estaba implícita en la misma interpretación leninista del principio marxista del Estado, según la cual, éste debía controlar la totalidad de la vida económica y social a través de un gobierno centralista. Resulta evidente que tal interpretación es incompatible con el principio de los consejos obreros.

El lector no familiarizado con la escolástica marxista se preguntará qué importancia pueden tener estas interpretaciones y sus refutaciones polémicas, y por qué no bastará examinar directamente las teorías de Marx o de Lenin, de Kautsky o de Trotsky y juzgar sus respectivos méritos.


Responderemos, en primer lugar, que no sólo la teoría de Marx sino también las interpretaciones de los marxistas han desempeñado importante papel en la práctica política marxista.
Las ideas de Marx no constituyen una mera teoría, sino una teoría destinada a la práctica; el marxismo supone haber llegado, fuera de toda duda, a la unidad de ambas. Agreguemos que el marxismo lleva la impronta del carácter de su fundador, hombre profundamente autoritario, que estaba persuadido de haber hecho del socialismo una ciencia, pues creía haber descubierto las leyes por las cuales la inevitable evolución dialéctica del capitalismo conduciría, finalmente, al socialismo. Por último, diremos que el marxismo ha sido siempre una especie de mesianismo; de ahí que los marxistas de todas las tendencias hayan sentido la necesidad de presentar su particular interpretación como la verdadera, amparándose en la autoridad de Marx. Como consecuencia de ello, las interpretaciones científicas del fundador han acabado en ciencia histórica falsificada.
Lenin construyó su teoría de la revolución, del Estado y de la dictadura sobre la base de las ideas de Marx. Pero los escritos de Marx dejan un margen muy amplio a la interpretación.
En el Manifiesto Comunista (1847-1848) -surgido de la organización secreta de Marx, la Liga de los Comunistas-,1 éste afirma que el partido no es “un partido especial, opuesto a los otros partidos obreros”. Sin embargo, en el mismo texto se lee que es “el sector más resuelto de los partidos obreros” y que su “propósito inmediato es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios”. En la misma obra, Marx subraya que el proletariado, constituido en clase dominante, debe centralizar en el Estado los medios de producción. En 1850, Marx y Engels, con los blanquistas franceses, fundan la Sociedad Universal de los Comunistas Revolucionarios, sociedad secreta cuyo programa era someter a las clases privilegiadas a la dictadura de los trabajadores y proseguir la revolución permanente hasta la realización del comunismo.2 Marx emplea por primera vez la expresión “dictadura del proletariado” y señala en el contexto que todas las revoluciones han fortalecido el centralismo gubernamental, en vez de destruirlo. En 1852, escribe que la lucha de clases desemboca inevitablemente en la dictadura del proletariado, etapa intermedia en la marcha hacia la desaparición de las clases y el advenimiento de la sociedad igualitaria.
Durante los veinte años siguientes, desarrolla sus teorías económicas, formula las leyes que rigen el proceso de la producción capitalista, cuyas contradicciones internas llevarán -según él- al socialismo, conforme a un desarrollo dialéctico inmanente.
En 1871 dedica a la Comuna de París un brillante -y célebre- escrito, que es obra de propaganda más que obra teórica; en él defiende y glorifica a la Comuna, episodio revolucionario de la historia de Francia y del movimiento obrero internacional.
En ese trabajo no aparece la palabra “dictadura” y, en cambio, se muestra claramente que la Comuna había empezado a destruir las bases del Estado. Tales concepciones son, evidentemente, un cuerpo extraño en la obra de Marx y están más de acuerdo con los principios difundidos por Bakunin y sus partidarios que con las teorías del socialismo “científico”.3 En 1872 y 1875, Marx repite que la Comuna de París ha demostrado que la clase obrera no debe limitarse a tomar el poder del Estado burgués. En su introducción a la edición de 1891 de La guerra civil en Francia, Engels dice que la Comuna de París fue un ejemplo de dictadura del proletariado; pero en ese mismo año (1891) afirma que “nuestro partido” y la clase obrera sólo podrían tomar el poder en forma de república democrática, la que -como había demostrado la revolución francesa- sería una forma particular de dictadura del proletariado.
De las opiniones sostenidas por Marx antes y después de la Comuna de París, resulta que las consideraciones “anarquistas” de La guerra civil en Francia son ajenas a la teoría marxista.
Antes de la Comuna, Marx aplaudía la posible victoria de Prusia, pues significaría el triunfo de su teoría y la derrota de las ideas de Proudhon; además, el imperio alemán que fundaría Bismarck traería la centralización económica y política de Alemania, condición esencial -según Marx- para el advenimiento del socialismo.
Otra condición sería la conquista del poder del Estado. De esta manera, Marx -apenas unos meses después de su escrito sobre la Comuna- trataba de imponer a toda la Internacional su particular concepción del camino hacia el socialismo: que los trabajadores debían organizarse en partido político para conquistar el poder del Estado.4
Al leer los escritos de Marx y de Engels, resulta difícil formarse opinión, pues no definen claramente el papel del partido en el proceso revolucionario ni el carácter de la dictadura, y nada dicen acerca de la forma en que actuará esa dictadura para suprimir al Estado. Citar algunos pasajes de las obras de Marx no ofrece gran interés, en particular si no se los sitúa en su contexto histórico; más importante es averiguar cuál ha sido la práctica del marxismo y qué enseñanzas se pueden extraer de ella. Pero es preciso insistir en dos puntos: primero, quien haya leído y comprendido a Marx deberá reconocer que, sea cual fuere la interpretación que se haga de ciertos pasajes, no es posible separarlos de lo esencial de su sistema. Es menester, pues, insertar las ideas de Marx en su concepción general del proceso histórico, en la que la marcha hacia el socialismo está ligada a determinada evolución de la producción industrial. Y en segundo lugar, en toda la obra de Marx no se encuentra nada que permita concluir que la dictadura del proletariado -aunque esté tan vagamente definida- sea la dictadura de un partido único y minoritario. Ésta es una invención de Lenin, y por ello resulta más exacto hablar de reconstrucción y desarrollo leninista que de interpretación de la teoría de Marx.
Se puede afirmar que la concepción leninista del partido revolucionario de elite tiene origen en las teorías del blanquista jacobino Tkachov. En 1902, Lenin había sostenido -en su obra ¿Qué hacer?- que la evolución espontánea del movimiento obrero sólo podía llevar a éste a un nivel inferior al de la ideología burguesa y que los obreros no podían llegar a la conciencia socialdemócrata si ésta no les era aportada desde afuera. Por lo tanto, la fracción consciente del proletariado debía desprenderse de la masa y organizarse en partido de vanguardia, en partido de revolucionarios profesionales. La tarea del partido era dirigir al proletariado y conquistar en su nombre el poder político.
En febrero de 1917, cuando estalló la revolución en Rusia, Lenin fue uno de los pocos de su partido que no quisieron la “dictadura democrática de los obreros y campesinos”, punto de vista aceptado hasta entonces por los marxistas rusos y que suponía el desarrollo de la agricultura y la industria bajo un gobierno democrático en el marco del capitalismo. Inmediatamente después de su regreso de Suiza, Lenin expresaba su nuevo punto de vista en una reunión conjunta de las fracciones menchevique y bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. He aquí lo esencial de su exposición:
“La originalidad de la situación actual de Rusia reside en la transición de la primera etapa de la revolución -que ha dado el poder a la burguesía como consecuencia del escaso grado de conciencia y organización del proletariado- a la segunda etapa, que debe dar el poder al proletariado y a los campesinos pobres [...] Esta situación original exige que sepamos adaptarnos a las condiciones especiales del trabajo del partido entre las masas proletarias que acaban de despertar a la vida política. No apoyar al gobierno provisional; demostrar la falsedad de todas sus promesas [...] Desenmascararlo, en lugar de exigir [...] que ese gobierno de capitalistas deje de ser imperialista [...] Explicar a las masas que los soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario [...] Mientras estemos en minoría, nos aplicaremos a criticar y explicar los errores cometidos, afirmando la necesidad de que todo el poder pase a los soviets de diputados obreros [...]
República parlamentaria, no -volver a ella después de los soviets, sería dar un paso atrás-, sino república de los soviets de diputados obreros, campesinos y braceros en todo el país, desde la base a la cima. Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia. La paga de los funcionarios, elegidos y revocables en todo momento, no debe exceder al salario medio del obrero [...] Confiscación de todas las tierras del país, que deben ser puestas a disposición de los soviets locales de braceros y de campesinos. Formación de soviets de diputados de los campesinos pobres [...]
Nuestra táctica inmediata no es implantar el socialismo, sino pasar al control de la producción social y de la distribución de los productos por parte de los soviets de diputados obreros”.5
La táctica de Lenin apuntaba a la conquista del poder (en contradicción con la gran mayoría de su partido), pero para ello era necesario que los soviets se hicieran bolcheviques. Lenin observó siempre una actitud dual con respecto a los soviets.
Cuando surgieron, en 1905, no fue su incondicional defensor. En 1917 cambió varias veces de opinión, según los soviets fueran, o no, instrumentos útiles para la conquista del poder por su partido. A mediados de septiembre, declara al Comité Central que el partido bolchevique debe preparar la insurrección y expone la táctica que conducirá a la toma del poder. Afirma que la insurrección es un arte, pero se defiende de la acusación de blanquismo señalando que aquélla debe estar fundada en el impulso revolucionario del pueblo y en la elección del momento histórico favorable. Según Lenin, ese momento había llegado después de la contrarrevolución fallida de Kornilov, que había creado una situación revolucionaria, tanto más cuanto que los bolcheviques habían conquistado la mayoría en los soviets de Petrogrado y Moscú.
Pese a la fuerte oposición de otros miembros del Comité Central, como Zinoviev y Kamenev, la política y la táctica de Lenin fueron aceptadas. Trotsky -que era miembro del partido desde julio de 1917- aprobó esa táctica y el punto de vista leninista, según el cual el partido es la vanguardia revolucionaria organizada para tomar el poder, el instrumento necesario e irreemplazable para esa conquista, que debe ser sólo obra del partido.
Lenin había demostrado irrefutablemente que no había otra dictadura del proletariado que la dictadura de un partido. Pero en 1917 afirmaba que dicha dictadura sería un breve período de transición: era preciso crear un Estado -decía- sin burocracia, sin policía, sin ejército, y organizado de tal manera que no pudiese sino morir. Pero el propio carácter de la dictadura establecida por Lenin y su partido hacía imposible esa muerte. Tan sólo seis meses después de la revolución de octubre, el nuevo aparato estatal desencadenaba el terror contra todas las corrientes revolucionarias no bolcheviques y contra los otros partidos socialistas. De esta manera, la dictadura del proletariado -en realidad, dictadura del partido- se convertía en dictadura del aparato estatal. Dos años más tarde se acababa hasta el último vestigio de democracia interna en el propio partido de elite; esto llevaría luego directamente a la siniestra época de Stalin.
La dictadura revolucionaria del partido, tal como la preconiza Lenin, es inconciliable con la democracia soviética. Decir, como el trotskista Ernest Mandel,6 que en los escritos de Lenin no hay argumentos en favor del “comunismo sin los consejos”, es inexacto. Pero, contrariamente a lo que piensa Mandel, no es absurdo afirmar que el sistema de los soviets torna superfluos los partidos y que ello constituye su rasgo esencial. De ahí una contradicción fundamental entre la organización revolucionaria según el modelo de Lenin y la democracia de los consejos: Mandel, en efecto, se olvida de mencionar que eso que con eufemismo denomina “la organización que, en el sistema de los consejos, garantizará a los obreros un grado superior de organización autónoma”, es precisamente la que, en el esquema de Lenin y Mandel, debe ejercer, después de la revolución, la totalidad de la dictadura, con exclusión de todas las otras corrientes y agrupaciones revolucionarias y socialistas. ¿Qué significan las explicaciones teóricas de Mandel? En la revolución rusa, la rápida desaparición de todas las funciones autónomas y constructivas de los consejos; en el porvenir, si un partido de elite toma la dirección y llega al poder, la destrucción, una vez más, de la democracia soviética.
El principio de los soviets es la negación absoluta de toda dictadura política, la negación -también- del Estado: no por azar quienes por primera vez expresaron esta idea en el movimiento obrero internacional fueron los partidarios de Bakunin -como el belga Eugene Hins y el francés Louis Pindy-, durante el IV Congreso de la Internacional, realizado en Basilea en 1869.
Son las mismas ideas que la federación más fuerte de la Internacional -la federación española- conservó, con el nombre de colectivismo, como base de su organización y de sus métodos de lucha. Esas ideas bakuninistas, anarcosindicalistas, permitieron a los sindicatos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) tomar en sus manos toda la vida social y económica de gran parte de España -principalmente en Cataluña- desde el comienzo de la revolución con que el pueblo respondió al pronunciamiento fascista.
En 1920 se manifestó, dentro del partido bolchevique, una corriente que quería asignar a las organizaciones obreras una función más importante en el proceso de la producción y que hacía suyas algunas ideas del sindicalismo revolucionario. La Oposición Obrera -cuyos principales portavoces eran Shliapnikov y Alexandra Kolontai- se oponía a la militarización del trabajo propuesta por Trotsky, al retorno de los técnicos burgueses y a la subordinación del movimiento sindical al Estado, aunque sin impugnar el monopolio del poder que ejercía el Partido Comunista. Durante el X Congreso del partido, en marzo de 1921, estalló la rebelión de Kronstadt. La Oposición Obrera apoyó a la dirección del partido contra los insurrectos, pero en ese mismo congreso la plataforma del grupo fue condenada por anarcosindicalista. Al propio tiempo, se prohibía la formación de fracciones dentro del partido. Se preparaban entonces los reglamentos que luego permitirían a Stalin reprimir toda oposición, calificándola como “disidencia”.
Los marxistas-leninistas, con su dictadura del proletariado, su aparato estatal centralista, su burocracia y su policía secreta, inauguraron en Rusia un régimen de terror y una de las peores formas de absolutismo desde el nacimiento del Estado moderno en Europa. Los comunistas del mundo no sólo lo han aceptado sino que lo han defendido por convicción. Su absurdo vocabulario, que estigmatiza, hoy como ayer, a quien se oponga a la teoría y la práctica bolqueviques del momento, ha envenenado toda discusión de principios dentro del movimiento obrero. El desenlace es conocido: toda la “vieja guardia” bolchevique fue liquidada... De ser verdad que todos los colaboradores de Lenin habían sido “contrarrevolucionarios”, “espías” y “fascistas”, el hecho arrojaría una luz muy singular sobre la dictadura del proletariado; y si es falso, ¿cómo calificar a un gobierno que con tales argumentos justificó los asesinatos de la época estaliniana?
En abril de 1918, la policía secreta bolchevique entró en acción contra los anarquistas de Moscú. Desde ese momento, el número de anarquistas presos aumentó sin cesar, y sus organizaciones, sus reuniones y sus publicaciones fueron prohibidas.

Cuando en el primer congreso de las organizaciones sindicales revolucionarias realizado en julio de 1921 (de él debía nacer la Internacional Sindical Roja7) se supo que muchos anarquistas destacados estaban en la cárcel y hacían huelga de hambre, estalló tal escándalo que el gobierno bolchevique se vio obligado a ponerlos en libertad y a expulsar del país a varios de ellos.8


Desde 1918 a 1921, el makhnovismo, movimiento de guerrilla rural organizado en Ucrania por Néstor Makhno,9 luchaba contra las fuerzas de ocupación austro-alemanas y contra los ejércitos rusos contrarrevolucionarios de Denikin, Skoropadski, Petliura y Wrangel. En los territorios liberados por los ejércitos campesinos, nacían comunas rurales y soviets.
El gobierno bolchevique se alió con los guerrilleros, pero los atacó una vez derrotada la contrarrevolución. Así, a principios de octubre de 1920, después de celebrar un pacto con Makhno, puso en libertad a los anarquistas que estaban presos en Ucrania y los autorizó a continuar sus actividades públicamente. Pero cuando el peligro blanco estuvo definitivamente conjurado, Makhno fue proscrito nuevamente y Trotsky dio orden de aniquilar al ejército guerrillero y de destruir el movimiento anarquista.
En marzo de 1921, los marineros de la base naval fortificada de Kronstadt se rebelaban contra la dictadura del partido bolchevique y exigían soviets independientes. Ya en 1917, inspirándose en el ejemplo de la Comuna de París, habían proclamado la “República de Kronstadt” independiente; en dos oportunidades habían salvado la revolución y Trotsky los había llamado “el honor y la gloria de la revolución”. La historiografía oficial del partido bolchevique pinta la insurrección de 1921 como una rebelión contrarrevolucionaria, organizada con ayuda de fuerzas extranjeras. Nada más falso; nada, en las fuentes soviéticas ni en otras, autoriza tal afirmación. La sublevación fue un movimiento espontáneo de los marineros y el propio Lenin declaró el 15 de marzo: “En Kronstadt no quieren saber nada con los guardias blancos, pero tampoco con nosotros”.
La rebelión de Kronstadt fue el último intento de salvar los principios de la revolución rusa. Las Izvetsia, órgano oficial del soviet de Kronstadt, decían: “¡Escucha, Trotsky! Los combatientes de la tercera revolución defienden el verdadero poder de los soviets contra las violencias de los comisarios [...] Lenin ha dicho que el comunismo es el poder de los soviets más la electrificación.
Pero el pueblo está persuadido de que el comunismo de tipo bolchevique es la comisariocracia más los pelotones de fusilamiento”. El gobierno bolchevique descartó toda tentativa de conciliación. Trotsky, Comisario del Pueblo para la Guerra y Presidente del Consejo Revolucionario de Guerra, fue, con Zinoviev, responsable de la orden de ataque contra Kronstadt, ataque cumplido -bajo el mando de Tujachevski- por las tropas de la policía secreta, pues el ejército regular no era lo bastante seguro. La matanza de Kronstadt señala el fin de los consejos en Rusia.
En el movimiento anarquista había diferentes grupos y el más importante era el de los anarquistas sociales; estaban organizados local y nacionalmente, y parte de ellos eran anarcosindicalistas. El anarcosindicalismo era una corriente revolucionaria que se había formado bajo la influencia del desarrollo de la revolución rusa. No era una doctrina específica, sino la síntesis de un pensamiento anarquista claro y de una táctica sindical precisa.
Hasta la primera guerra mundial, el sindicalismo revolucionario había adoptado una posición de neutralidad con respecto a las ideologías políticas o filosóficas. Los anarquistas de tendencia “anarcosindicalista” pensaban que la lucha revolucionaria contra el capitalismo iba unida a principios sociales que debían animar todas las manifestaciones de la vida económica y social. En contra de la política de todos los partidos obreros, que siempre buscan utilizar el movimiento proletario para sus propios fines, el anarcosindicalismo preconizaba la acción directa de las masas fuera de los partidos políticos y, si era preciso, contra ellos. Exhortaba a los obreros y a los campesinos a salvaguardar su independencia y a crear organismos autónomos y democráticos para luchar contra el capitalismo y el Estado.
Así, el anarcosindicalismo daba un complemento al anarquismo social y al mismo tiempo daba base libertaria y antiestatal al sindicalismo.
En él vuelven a aparecer las ideas de Bakunin y sobre ellas se asienta la democracia de los soviets. Los consejos se caracterizan por surgir de una revolución, por ser organismos funcionales de la vida social y económica, por ser incompatibles con la naturaleza y los fines de todo partido político y por tener vida efectiva solamente después de la destrucción de toda forma de aparato estatal centralista y burocrático. Realizan la gestión autónoma de las fábricas por medio de los consejos de empresa elegidos por los trabajadores y la de la agricultura, por medio de los consejos y cooperativas de campesinos. Todo ello, en el cuadro de una construcción federalista de la sociedad fundada sobre la autonomía de las comunas.
Nunca se demostró que hubiera sido imposible dar tal orientación al desarrollo de la sociedad en Rusia después de la revolución, pero sí se probó que toda posibilidad de desarrollo en tal sentido fue destruida por la dictadura terrorista del comunismo estatal bolchevique.
Arthur Lehning



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