Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin no encajaban dentro de los cánones sociales de la Universidad de Harvard



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Mark Zuckerberg y Eduardo Saverin no encajaban dentro de los cánones sociales de la Universidad de Harvard. Tímidos, poco agraciados físicamente y sin apellidos ilustres, sus compañeros les daban la espalda y, con ello, se esfumaba toda posibilidad de relacionarse con la mitad femenina del campus. Resignados, se refugiaban en sus ordenadores y en sus clases de matemáticas. Eran dos auténticos frikis. Una noche, en la que como otras tantas volvía solo a su habitación, Mark Zuckerberg entró en los servidores de la universidad y copió los archivos del directorio de estudiantes, llamado facebook en inglés. Eliminó los nombres y las fotografías de los chicos y lo volvió a colgar en Internet, no sin otra pequeña modificación: los estudiantes podían puntuar el aspecto físico de cada una de las chicas. El experimento estuvo a punto de costarle la expulsión de la Universidad, algo que no le hubiera preocupado en absoluto porque acababa de crear el embrión de lo que en unos pocos meses iba a convertirse en Facebook, la red social más popular del mundo. La que sigue es una historia novelada en la que las fiestas locas, el sexo con mujeres despampanantes, el talento de sus fundadores, el dinero de los inversores y la traición entre amigos acaban conformando un relato muy poco habitual de la fundación de una empresa, al tiempo que constituye una lectura compulsiva sobre la pérdida de la inocencia de una generación que ha hecho de las redes sociales su hábitat natural. Nota del autor CAPÍTULO 1: Octubre de 2003 CAPÍTULO 2: Harvard Yard CAPÍTULO 3: En el Charles CAPÍTULO 4: Pollos caníbales CAPÍTULO 5: La última semana de octubre de 2003 CAPÍTULO 6: Más tarde, esa misma noche CAPÍTULO 7: ¿Qué ocurre después? CAPÍTULO 8: El Quad CAPÍTULO 9: El contacto CAPÍTULO 10: 25 de noviembre de 2003 CAPÍTULO 11: Cambridge, 1 CAPÍTULO 12: 14 de enero de 2004 CAPÍTULO 13: 4 de febrero de 2004 CAPÍTULO 14: 9 de febrero de 2004 CAPÍTULO 15: El ídolo americano CAPÍTULO 16: Veritas CAPÍTULO 17: Marzo de 2004 CAPÍTULO 18: Nueva York CAPÍTULO 19: Semestre de primavera CAPÍTULO 20: Mayo de 2004 CAPÍTULO 21: Casualidades CAPÍTULO 22: California dreaming CAPÍTULO 23: Henley-on-Thames CAPÍTULO 24: 28 de julio de 2004 CAPÍTULO 25: San Francisco CAPÍTULO 26: Octubre de 2004 CAPÍTULO 27: 3 de diciembre de 2004 CAPÍTULO 28: 3 de abril de 2005 CAPÍTULO 29: 4 de abril de 2005 CAPÍTULO 30: Donde las dan las toman CAPÍTULO 31: Junio de 2005 CAPÍTULO 32: Tres meses después CAPÍTULO 33: CEO CAPÍTULO 34: Mayo de 2008 EPÍLOGO: ¿Dónde están ahora? AGRADECIMIENTOS

Ben Mezrich Multimillonarios por accidente El nacimiento de facebook. Una historia de sexo, dinero, talento y traición

-- oOo -- Título Original: The accidental billionaires Traductor: Vilà Vernis, Ramón

Autor: Mezrich, Ben

Nota del autor

Multimillonarios por accidente es un relato novelado basado en decenas de entrevistas, cientos de fuentes y miles de páginas de documentos, incluidos los archivos de varios sumarios judiciales. Existen diferencias de opinión --a menudo en conflicto entre sí-- acerca de algunos de los hechos ocurridos. Tratar de pintar un cuadro a partir de los recuerdos de decenas de testimonios --algunos directos, otros indirectos-- puede llevar muchas veces a discrepancias. He tratado de recrear las escenas del libro de acuerdo con la información encontrada en documentos y entrevistas, así como mi propio juicio acerca de cuál es la versión que mejor encaja con los registros documentales. Otras escenas describen percepciones individuales sin suscribirlas. He tratado de ser tan exacto como he podido con la cronología. En algunos casos he cambiado o inventado algunos detalles del contexto o de las descripciones, y he alterado detalles identificativos de algunas personas para proteger su privacidad. A excepción del puñado de figuras públicas que aparecen en este relato, los nombres y las descripciones personales han sido alterados. Empleo la técnica del diálogo recreado. He basado estos diálogos en los recuerdos de los participantes acerca de la esencia de lo que hablaron. Algunas de las conversaciones reproducidas en el libro tuvieron lugar en el curso de largos periodos de tiempo y en múltiples localizaciones, por lo que en algunos casos he tenido que recrear y comprimir las escenas. A veces he preferido situarlas en un escenario adecuado antes que repartirlas entre varios. En los agradecimientos doy un tratamiento más completo a mis fuentes, pero es justo que dedique aquí un agradecimiento especial a Will McMullen por haberme presentado a Eduardo Saverin, sin el cual este relato no habría visto la luz. Mark Zuckerberg se negó a hablar conmigo para este libro --y está en su perfecto derecho de hacerlo-- a pesar de mis numerosas peticiones.

CAPÍTULO 1: Octubre de 2003



Todo fue obra probablemente de la tercera copa. A Eduardo le habría costado decirlo con seguridad, pues las tres habían bajado en tan rápida sucesión --los tubos de plástico vacíos estaban dispuestos en acordeón sobre la repisa de la ventana que tenía detrás-- que no había podido percibir con certeza cuándo se había producido el cambio. Pero ya no había forma de negarlo, las pruebas estaban por todas partes. El agradable calor en sus mejillas, normalmente cetrinas; la forma relajada, casi elástica de apoyarse en la ventana, todo un contraste con su habitual postura rígida y levemente encorvada; y lo más importante de todo, la sonrisa fácil en su rostro, algo que había estado practicando sin éxito ante el espejo durante dos horas antes de salir de su dormitorio aquella noche. Sin duda el alcohol había hecho su efecto, y Eduardo ya no estaba asustado. Por lo menos, ya no sentía un deseo urgente de salir echando leches de allí.> La habitación que tenía delante era, ciertamente, intimidante: una inmensa lámpara de araña colgaba de un arco catedralicio; unas tupidas cortinas rojas de terciopelo parecían sangrar de una herida abierta en las majestuosas paredes de caoba; una escalinata ascendía en amplios meandros que se bifurcaban hacia los secretísimos pisos superiores, cuyas intrincadas estancias estaban plagadas de historias. Incluso los cristales de las ventanas que Eduardo tenía a su espalda parecían traicioneros, iluminados como estaban desde fuera por los furiosos parpadeos de un fuego que consumía buena parte del estrecho patio exterior, y cuyas llamas lamían el viejo y punteado cristal. Era un lugar aterrador, especialmente para un chico como Eduardo. No es que se hubiera criado en entornos pobres --había pasado la mayor parte de su infancia a caballo entre diversas comunidades de clase media-alta de Brasil y Miami, antes de matricularse en Harvard-- pero la opulencia de esa habitación que parecía transportada del viejo mundo le resultaba totalmente extraña. A pesar de la bebida, Eduardo seguía sintiendo el runrún de la inseguridad en la base de su estómago. Se sentía otra vez como un novato de primer curso que acabara de llegar a Harvard, un poco sin saber qué narices estaba haciendo allí, preguntándose cómo podía encajar en un lugar como aquél. Cómo podía encajar en un lugar como aquél. Eduardo pasó revista desde su ventana a la congregación de hombres jóvenes que llenaba la mayor parte de la cavernosa habitación. O tal vez habría que decir la banda, apiñada como estaba alrededor de las dos barras improvisadas especialmente para el evento. Las barras en sí eran bastante cutres --apenas unas tablas de madera a modo de mesas, bastante fuera de lugar en medio de tan austero escenario--, pero nadie se daba cuenta porque estaban atendidas por las únicas chicas que había en la sala: un equipo de rubias de busto generoso y top recortado, traídas especialmente de alguno de los colleges femeninos de la zona para atender a aquella banda de hombres jóvenes. En muchos sentidos, aquella banda era mucho más temible que el edificio en sí. Eduardo no habría podido asegurarlo, pero suponía que serían unos doscientos: todos hombres, todos vestidos con americanas oscuras parecidas y con pantalones igualmente oscuros. Alumnos de segundo curso, la mayoría; una combinación de razas, pero todas las caras tenían un mismo aire: esa sonrisa infinitamente más relajada que la de Eduardo, esa autoconfianza detrás de los doscientos pares de ojos; aquellos tíos no estaban acostumbrados a tener que demostrar nada. Estaban en su sitio. Para la mayoría de ellos, aquella fiesta y aquel lugar no eran más que una formalidad. Eduardo inspiró profundamente, torciendo un poco el gesto al notar el matiz amargo del aire; la ceniza de la hoguera comenzaba a filtrarse por los ventanales. Pero no se movió de su puesto junto al alféizar de la ventana, todavía no. Aún no estaba preparado. En lugar de eso, dejó que su atención derivara hasta el grupo de americanas que tenía más cerca: cuatro chicos de complexión mediana. No reconocía a ninguno de sus clases; dos eran rubios y de aspecto pijo, como si acabaran de bajarse de un tren de Connecticut. El tercero era asiático y parecía algo mayor que los demás, aunque era difícil de decir. El cuarto, sin embargo --un afroamericano de aspecto muy pulcro, desde la sonrisa hasta el pelo perfectamente peinado-- era sin duda un estudiante de último curso. Eduardo sintió que volvía la rigidez y fijó la mirada en la corbata del chico negro. El color de la tela era toda la confirmación que necesitaba Eduardo. Había llegado el momento de que hiciera lo que había venido a hacer. Eduardo enderezó los hombros y se apartó de la ventana. Saludó con la cabeza a los dos chicos de Connecticut y al asiático, pero su atención seguía puesta en el alumno de último curso y en su corbata negra de decoración exclusiva. --Eduardo Saverin --se presentó, estrechando su mano con fuerza--. Encantado de conocerle. El chico respondió diciendo su nombre, Darron algo, que Eduardo archivó en el cajón del fondo de su memoria. El nombre del chico no tenía ninguna importancia; la corbata por sí sola decía todo lo que Eduardo necesitaba saber. La finalidad de toda aquella velada se resumía en los pequeños pájaros blancos que salpicaban la tela uniformemente negra de la corbata. Aquello le identificaba como un miembro de Phoenix-S K; formaba parte de la veintena de anfitriones de la velada que estaban diseminados entre los doscientos alumnos de segundo curso. --Saverin. Eres el del fondo de inversión, ¿verdad? Eduardo se sonrojó, pero en el fondo se sentía halagado de que el miembro de Phoenix reconociera su nombre. Era una exageración --él no tenía ningún fondo de inversión, simplemente había ganado algún dinero invirtiendo con su hermano durante el curso anterior-- pero no pensaba corregir el error. Los miembros de Phoenix estaban hablando de él, y si estaban de algún modo impresionados por lo que habían oído... bueno, tal vez tuviera una oportunidad. Era una idea embriagadora, y el corazón de Eduardo comenzó a latir un poco más deprisa mientras trataba de soltar la cantidad suficiente de chorradas para conservar el interés que había despertado. Más que ninguno de los exámenes que había realizado en su primer o segundo curso, este era el momento que iba a decidir su futuro. Eduardo sabía lo que supondría para su estatus social ser admitido en Phoenix durante sus dos últimos años de universidad, y también para su futuro, cualquiera que fuera el que decidiera perseguir. Igual que las sociedades secretas de Yale, tan presentes en la prensa en los últimos años, los Clubs Finales eran el alma apenas disimulada de la vida en el campus de Harvard; alojados en mansiones centenarias repartidas por todo Cambridge, aquellos ocho clubes exclusivamente masculinos habían allanado el camino de varias generaciones de líderes mundiales, gigantes de las finanzas y corredores de bolsa con poder. Más importante aún, la pertenencia a uno de los ocho clubes garantizaba un reconocimiento social instantáneo; cada uno de ellos tenía una personalidad distinta, desde el extraexclusivo Porcellian, el club más antiguo del campus, al que habían pertenecido nombres como Roosevelt o Rockefeller, hasta el pijo Fly Club, que había producido dos presidentes y un puñado de millonarios; cada uno de los clubes tenía su propia esfera específica de poder y definía inmediatamente a sus miembros. El Phoenix no era el más prestigioso, pero en muchos sentidos era el rey en el terreno social; el austero edificio del número 323 de la calle Mt. Auburn era el destino preferido los viernes y los sábados por la noche, y si eras miembro del Phoenix no sólo formabas parte de una red de contactos con un siglo de antigüedad, sino que pasabas los fines de semana en las mejores fiestas del campus, rodeado de las tías más buenas que podían encontrarse en todas las escuelas del código postal 02138. --El fondo de inversión es un hobby en realidad --reconoció modestamente Eduardo ante el expectante grupito de americanas--, nos centramos sobre todo en los futuros de petróleo. Veréis, siempre me ha obsesionado la meteorología y he hecho unas cuantas predicciones acertadas de huracanes que el resto del mercado no había tenido en cuenta. Eduardo sabía que estaba caminando por el filo de la navaja al reconocer lo estúpido del método que le había permitido adelantarse al mercado del petróleo; sabía que el miembro del Phoenix quería oírle hablar de los trescientos mil dólares que había ganado comprando y vendiendo petróleo, no de la pringada obsesión por la meteorología que lo había hecho posible. Pero Eduardo también deseaba un poco de lucimiento personal; la mención del fondo de inversión no hacía más que confirmar lo que Eduardo ya sospechaba: que la única razón de que estuviera en aquella sala era su reputación de promesa del mundo de los negocios. A ver, estaba claro que no tenía mucho más a su favor. No era ningún atleta, no procedía de una antigua familia de dinero, y ciertamente no estaba en la cresta de la vida social de la universidad. Era desgarbado, con unos brazos un poco demasiado largos en relación con su cuerpo, y sólo lograba relajarse realmente cuando bebía. Pero a pesar de todo estaba allí, en aquella sala. Con un año de retraso --la mayoría de los chicos eran «fichados» durante el otoño de su segundo año, no del tercero-- pero allí estaba. Todo el proceso de los fichajes le había cogido por sorpresa. Apenas hacía dos noches que una invitación se coló por debajo de la puerta de su habitación, mientras Eduardo estaba sentado en su escritorio escribiendo un texto de veinte páginas acerca de una estrambótica tribu de la selva amazónica. No era ningún billete directo al mundo de Nunca Jamás --de los doscientos alumnos sobre todo de segundo curso que habían sido invitados al primer cóctel, sólo una veintena se convertirían en nuevos miembros del Phoenix-- pero había sido tan excitante para Eduardo como el momento de abrir la carta de aceptación de Harvard. Había suspirando por tener la posibilidad de entrar en alguno de los clubes desde que había ingresado en Harvard, y ahora finalmente se presentaba esa oportunidad. Ahora ya sólo dependía de él... y por supuesto de los tíos con corbatas negras moteadas de pajaritos. Cada uno de los cuatro encuentros --como la fiesta de toma de contacto de aquella noche-- era una especie de entrevista masiva. Cuando Eduardo y el resto de invitados se fueran de regreso a sus diversos dormitorios diseminados por todo el campus, los miembros del Phoenix se reunirían en alguna de las habitaciones secretas del piso de arriba para deliberar acerca de sus destinos. Después de cada evento se reducía el número de invitaciones para el siguiente, hasta que los doscientos quedaran reducidos a veinte. Si Eduardo superaba el corte, su vida cambiaría. Y si eso requería cierta «elaboración» de un verano dedicado a analizar cambios barométricos y a predecir cómo afectarían esos cambios a los patrones de distribución del petróleo... bueno, Eduardo no tenía nada en contra de la creatividad aplicada. --Lo importante es encontrar el modo de convertir esos trescientos mil en tres millones --Eduardo sonrió--. Pero eso es lo divertido de los fondos de inversión. Te despiertan la imaginación. Eduardo estaba totalmente lanzado, y arrastraba consigo a todo el grupo de americanas. Había estado cultivando su habilidad para comer el tarro a lo largo de numerosas fiestas previas en sus dos primeros cursos; lo importante era olvidarse de que esto no era ya un ejercicio, sino la guerra de verdad. Eduardo se esforzaba en pensar que estaba todavía en una de esas veladas menos importantes en las que nadie le estaba juzgando realmente, en las que no estaba luchando por entrar en alguna lista crucial. Recordaba una al menos que había ido increíblemente bien: una fiesta temática caribeña, con falsas palmeras y arena en el suelo. Eduardo se esforzó en trasladarse mentalmente otra vez a esa fiesta, en recrear los detalles mucho menos imponentes del decorado, en recordar lo fácil que había sido la conversación. En unos instantes se había relajado aún más y había conseguido quedar atrapado en su propia historia, por el sonido de su propia voz. Era como si volviera a estar en la fiesta caribeña, hasta el último detalle. Recordaba la música reggae que rebotaba contra las paredes, el sonido de los bajos que le zumbaba en las orejas. Recordaba el ponche de ron y las chicas con bikinis floreados. Incluso recordaba a un tío con una melena rizada como una fregona que se quedó plantado en un rincón de la sala, apenas a tres metros de donde estaba Eduardo; el chico

estuvo contemplando sus progresos mientras luchaba por reunir los ánimos necesarios para seguir sus pasos y acercarse a alguno de los tipos del Phoenix antes de que fuera demasiado tarde. Pero no se había movido de la esquina; de hecho, su incomodidad había sido tan palpable que había actuado como un campo de fúerza hasta dejar limpia toda una zona de la sala a su alrededor, en virtud de una especie de magnetismo invertido que había terminado alejando a todos los que estaban cerca de él. Eduardo había sentido algo de simpatía por el chico del pelo rizado en ese momento, no sólo porque le había reconocido sino también porque no había ninguna posibilidad de que alguien así entrara en el Phoenix. Un tío así no tenía opción en un cóctel de ingreso en ninguno de los Clubs Finales; sólo Dios sabía lo que hacía ya en aquella fiesta previa. Harvard tenía toda clase de lugares adecuados para tíos así; laboratorios informáticos, asociaciones ajedrecistas, decenas de organizaciones underground y hobbies al gusto de cualquier clase de disfuncionalidad social. Con una sola mirada, Eduardo había confirmado que el tío no tenía la menor noción de cómo había que moverse en una red social para ingresar en un club como el Phoenix. Pero en aquel momento, igual que ahora, Eduardo estaba demasiado ocupado persiguiendo su propio sueño como para dedicar mucho tiempo a pensar en el chico torpe de la esquina. Ciertamente, no tenía forma de saber, ni entonces ni ahora, que el chico del pelo rizado iba a revolucionar algún día el concepto mismo de lo que es una red social. Y el día que lo hiciera, el chico del pelo rizado que luchaba por encontrar su lugar en aquella fiesta previa iba a cambiar la vida de Eduardo más de lo que podría hacerlo jamás ningún Club Final.



CAPÍTULO 2: Harvard Yard

Eran la una y diez de la madrugada y las decoraciones comenzaban a tener serios problemas. No era sólo que las cintas blancas y azules de papel crepé que colgaban de pared a pared comenzaran a colgar demasiado --una de ellas amenazaba con cubrir completamente el enorme bol de ponche bajo sus rizos-- sino que ahora los carteles chillones que ocupaban buena parte del espacio que dejaba vacío el papel crepé también habían comenzado a descolgarse y a caer al suelo con alarmante frecuencia. En algunas zonas, la moqueta beige había desaparecido prácticamente bajo montañas de páginas brillantes impresas por ordenador. Una inspección más detallada revelaba la lógica que había detrás de la catástrofe de los decorados: no costaba mucho ver los extremos despegados de las tiras de cinta adhesiva que sostenían los coloridos carteles y las cintas de papel crepé, resultado de la condensación generada por los radiadores a máxima potencia que se alineaban en las paredes, y que en ningún momento dejaban de trabajar por la destrucción de la improvisada ambientación. El calor sin embargo era necesario, pues estaban en Nueva Inglaterra y en pleno mes de octubre. Ciertamente, la pancarta que colgaba del techo sobre los carteles moribundos era toda calidez --encuentro de ALPHA EPSILON PI, 2003-- pero ninguna pancarta podía competir con el hielo que comenzaba a formarse en las ventanas exageradamente grandes de la pared del fondo de la cavernosa aula. En definitiva, el comité de decoración había hecho lo que había podido con la sala, que normalmente albergaba las clases de historia y filosofía más numerosas, alojada como estaba en un rincón de la quinta planta de un viejo edificio de Harvard Yard. Habían apartado las innumerables filas de sillas gastadas y mesas destartaladas, se habían esforzado por cubrir las paredes anodinas y llenas de grietas con pósters y papel crepé, y habían colgado la pancarta cubriendo buena parte de los feos y desproporcionados fluorescentes. Y luego estaba el golpe de gracia: un reproductor iPod conectado a dos altavoces enormes y de aspecto caro, que habían dispuesto sobre el pequeño estrado en la cabecera del aula, donde se encontraba habitualmente el atril del profesor. Era la una menos diez de la mañana, y el iPod funcionaba a todo trapo, llenando el aire con una mezcla de pop y folk-rock anacrónico, reflejo de una lista de reproducción esquizofrénica o de la incapacidad del comité de superar sus diferencias internas. Aun así, la música no era tan mala y los altavoces eran una aportación nada desdeñable por parte de quien fuera que estuviera a cargo de la fiesta. El sarao del año anterior había consistido en un televisor en color situado en el fondo del aula que reproducía interminablemente un DVD alquilado de las cataratas del Niágara. A nadie le importaba que las cataratas del Niágara no tuvieran nada que ver con Alpha Epsilon Pi o con Harvard; el sonido del agua parecía de algún modo adecuado para una fiesta, y el comité no había tenido que gastar ni un duro. El sistema de altavoces era una mejora, igual que los carteles a medio caer. La fiesta, por otro lado, se mantenía dentro de lo previsible. Eduardo estaba de pie bajo la pancarta, con unos Dockers colgando sobre sus piernas de cigüeña y una camisa Oxford abrochada hasta la garganta. Le rodeaban cuatro tipos vestidos de forma similar, la mayoría alumnos de segundo y tercero. Todos juntos constituían un tercio de la asistencia a la fiesta. La mezcla incluía también a dos o tres chicas, en algún lugar al otro extremo de la sala. Una de ellas se había atrevido incluso a ponerse falda para la ocasión, aunque había optado por llevarla sobre unas tupidas mallas grises, por respeto a la climatología. No era exactamente el escenario ideal de Animal House, pero, por otro lado, el ambiente en las fraternidades underground de Harvard estaba lejos de las bacanales griegas que podían encontrarse en otras universidades. Y Epsilon Pi no era exactamente la perla de las underground, como principal fraternidad judía del campus, sus miembros destacaban más por sus calificaciones medias que por sus tendencias fiesteras. Esta reputación no tenía nada que ver con sus tendencias religiosas nominales; los judíos realmente practicantes, los que observaban el kosher y sólo tenían novias dentro de la tribu, formaban parte de Hillel House, una fraternidad que tenía su propio edificio en el campus y disponía de un verdadero presupuesto, por no hablar de miembros de ambos géneros. Epsilon Pi era para los judíos seculares, cuyos apellidos eran el elemento más claramente judío en ellos. Para los chicos Epsilon Pi, una novia judía estaba bien porque hacía feliz a papá y mamá. Pero en realidad era mucho más probable que tuvieran una novia asiática. Eso era precisamente lo que Eduardo les estaba explicando a los compañeros de fraternidad que le rodeaban (un tema de conversación que visitaban con frecuencia, pues giraba alrededor de una filosofía que todos podían compartir). --No es que los tíos como yo se sientan en general atraídos por las chicas asiáticas --exponía Eduardo, entre sorbo y sorbo de ponche--, es que las chicas asiáticas se sienten atraídas en general por tipos como yo. Y si se trata de optimizar mis opciones de ligar con la tía más buena posible, debo orientar mi apuesta hacia el tipo de chicas que es más probable que estén interesadas. Los otros asintieron, apreciando su lógica. Otras veces habían desarrollado esta sencilla ecuación hasta convertirla en un algoritmo mucho más complejo que supuestamente explicaba la conexión entre los chicos judíos y las chicas asiáticas, pero hoy preferían quedarse con una versión simple, tal vez por respeto a la música, que ahora reverberaba a tal potencia a través de los altavoces que resultaba difícil desarrollar ningún tipo de pensamiento complejo. --Aunque por el momento --dijo Eduardo con una mueca, mirando hacia la chica con la combinación de falda y mallas-- este estanque parece un poco seco. De nuevo todo fue asentimiento a su alrededor, pero no daba la impresión de que ninguno de sus cuatro compañeros de fraternidad fuera a hacer nada para cambiar la situación. El chico de la derecha de Eduardo medía metro y medio y era más bien regordete; también formaba parte del equipo de ajedrez de Harvard y hablaba seis idiomas con fluidez, ninguno de los cuales parecía ayudar cuando se trataba de comunicarse con las chicas. El chico que tenía al otro lado dibujaba una tira cómica para Crimson y pasaba la mayor parte de su tiempo libre jugando a videojuegos RPG en la sala de estudiantes que había sobre el comedor de la Residencia Leverett. El compañero de habitación del dibujante, que estaba a su lado, superaba sin problemas el metro ochenta; pero en lugar de dedicarse al baloncesto en secundaria había optado por la esgrima, en un instituto de alumnado mayoritariamente judío; era bueno con la espada, lo cual resultaba tan útil para ligar con chicas como en cualquier otro aspecto de la vida moderna. Sin duda estaría preparado si un grupo de piratas del siglo dieciocho atacara el dormitorio de alguna tía buena, pero en cualquier otra situación su habilidad era más bien inútil. El cuarto chico, el que estaba de pie frente a Eduardo, también había hecho esgrima --en Exeter--, pero no tenía ni mucho menos la complexión del chico de su izquierda. Era más bien desgarbado, como Eduardo, aunque sus piernas y sus brazos estaban más proporcionados en relación con su cuerpo delgado, no del todo antiatlético. Vestía bermudas en lugar de Dockers y sandalias sin calcetines. Tenía la nariz prominente, una mata de pelo rizado entre rubio y castaño y unos ojos azul claro. Había algo juguetón en aquellos ojos, pero ahí terminaba toda impresión de emoción natural o de empatia posible. Su estrecho rostro estaba por lo demás vacío de toda expresión. Y su postura, su aura en general --su forma de encerrarse sobre sí mismo, incluso aquí, en la seguridad de su propia fraternidad, por más que participara en la dinámica del grupo-- reflejaba una incomodidad casi dolorosa en un contexto social. Se llamaba Mark Zuckerberg, era alumno de segundo y aunque Eduardo había pasado bastante tiempo con él en varios actos de Epsilon Pi, además de al menos una fiesta previa--que Eduardo recordara-- en el Phoenix, apenas le conocía. La reputación de Mark, sin embargo, le precedía: Mark era un estudiante de informática alojado en la Residencia Eliot; había crecido en Dobbs Ferry, localidad de clase media-alta del estado de Nueva Y hijo de un dentista y de una psiquiatra. En secundaria había sido una especie de hacker ork, estrella, tan bueno penetrando sistemas informáticos que había terminado por figurar en alguna lista del FBI, o al menos eso se decía. Fuera eso cierto o no, Mark era ciertamente un genio de la informática. También se había hecho un nombre en Exeter, donde comenzó por afinar sus habilidades programadoras creando una versión informatizada del juego del Risk, para luego crear con un amigo un programa de software llamado Synapse, una extensión para reproductores MP3 que les permitía «aprender» las preferencias del usuario y crear listas de reproducción personalizadas en función de esa información. Mark había colgado Synapse como una descarga gratuita por Internet, y las grandes compañías del sector le habían llamado casi al momento tratando de comprar su creación. Se rumoreaba que Microsoft le había ofrecido entre uno y dos millones de dólares para que fuera a trabajar con ellos... y asombrosamente Mark había rechazado la oferta. Eduardo no era ningún experto en informática y sabía muy poco de hackers, pero el sentido de los negocios le venía de familia y la idea de que alguien pudiera rechazar un millón de dólares le resultaba fascinante... y levemente repelente. Mark era un enigma y sin duda también un genio. Después de lo de Synapse había hecho algo llamado Course Match, un programa desarrollado ya en Harvard que permitía a los alumnos saber las clases a las que se habían matriculado otros alumnos; Eduardo lo había usado un par de veces para seguirles la pista a un par de tías buenas que había conocido en el comedor, aunque con escaso éxito. Pero el programa era lo bastante bueno como para tener muchos fans; la mayor parte del campus apreciaba las virtudes de Course Match, si no las del tío que lo había creado. Cuando los otros compañeros de fraternidad se fueron a rellenar sus vasos en el bol de ponche, Eduardo aprovechó para estudiar un poco más de cerca a aquel alumno de pelo infantil. Eduardo siempre había estado orgulloso de su habilidad para ver el fondo de las personas: era algo que le había enseñado su padre, una forma de ir un paso por delante de los demás en el mundo de los negocios. Para su padre, los negocios lo eran todo: hijo de ricos inmigrantes que se habían escapado por los pelos del Holocausto viajando a Brasil durante la Segunda Guerra Mundial, había educado a Eduardo en las verdades a veces duras de los supervivientes; procedía de un largo linaje de hombres de negocios que sabían la importancia de triunfar, fueran cuales fueran las circunstancias. Y Brasil sólo fue el principio: la familia Saverin se había visto obligada a trasladarse casi igual de precipitadamente a Miami cuando Eduardo tenía trece años, al descubrirse que su nombre figuraba en una lista de secuestros posibles a causa del éxito financiero de su padre. En el instituto, Eduardo se había encontrado a la deriva en un mundo desconocido, tratando de aprender un nuevo idioma --el inglés-- y una nueva cultura --Miami-- al mismo tiempo. De modo que no sabía nada de ordenadores, pero entendía perfectamente lo que era ser un extraño en un lugar; ser diferente, por cualquier razón. A juzgar por su aspecto, Mark Zuckerberg era indudablemente diferente. Tal vez fuera por su gran inteligencia, que le impedía encajar incluso allí, entre los suyos, no por ser realmente judíos sino por ser frikis como él; tíos que convertían sus fetiches en algoritmos, que no tenían nada mejor que hacer un viernes por la noche que pasar el rato en una aula llena de papel crepé y carteles chillones, hablando de chicas que no se estaban ligando realmente. --Esto sí que es una fiesta --dijo Mark finalmente para romper el silencio. Casi no había inflexión en su voz, y Eduardo era incapaz de decir cuál era la emoción (si es que había alguna) que trataba de transmitir. --Es verdad --respondió Eduardo--. Por lo menos este año el ponche tiene ron. El año pasado creo que era Capri Sun. Esta vez han tirado la casa por la ventana. Mark tosió, luego alargó el brazo hacia una de las cintas de papel crepé y tocó el tirabuzón que tenía más cerca. La tira adhesiva se despegó y la cinta fue a parar al suelo, sobre sus sandalias Adidas. Mark miró a Eduardo.



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