María Camila Daza Leguizamón



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PRISIONES

La prisión no ha sido al principio una privación de libertad a la cual se le confiriera a continuación una función técnica de corrección; ha sido desde el comienzo una "detención legal" encargada de un suplemento correctivo, o también, una empresa de modificación de los individuos que la privación de libertad permite hacer funcionar en el sistema legal. (pág. 213)


  1. UNAS INSTITUCIONES COMPLETAS Y AUSTERAS

La forma y constitución de las prisiones han variado a través de la historia que como bien afirmaba Michel Foucault, se encargaba más de una estrategia correctiva orientada al dominio sobre los reclusos. Por consiguiente, se discierne entre la gravedad de los delitos para darle a cada quien un castigo igualitario en proporción a sus crímenes. Es por ello que al infligir la ley unas penas más graves las unas que las otras, no se puede permitir que el individuo condenado a unas penas ligeras se encuentre encerrado en el mismo sitio que el criminal condenado a penas más graves .si la pena infligida por la ley tiene por fin principal la reparación del crimen, persigue asimismo la enmienda del culpable.

Verbigracia, en los centros penitenciarios es común ver como se separan por medio de cuadrantes o bloques distintos a los individuos dependiendo de su peligrosidad, al igual, también se diferencian reclusorios de la misma índole, empero, estos buscan especialmente la corrección de personas menores de edad. Estos sitios son llamados correccionales. Cabe resaltar entonces que, la prisión debe ser un aparato disciplinario exhaustivo. En varios sentidos: debe ocuparse de todos los aspectos del individuo, de su educación física, de su aptitud para el trabajo, de su conducta cotidiana, de su actitud moral, de sus disposiciones; la prisión, mucho más que la escuela, el taller o el ejército, que implican siempre cierta especialización puesto que es omnidisciplinaria.

Por otro lado, un elemento distintivo de las prisiones es el aislamiento, el cual da la oportunidad de reflexionar acerca de lo cometido par lograr un arrepentimiento al tener la presión de una infinita soledad. Esta ultima, se encarga además de reformar las conciencias de los reos y prepararlos para las técnicas de corrección que se utilizaran en el claustro. En otras palabras, la prisión debe ser concebida de manera que borre por sí misma las consecuencias nefastas que provoca al reunir en un mismo lugar a condenados muy diferentes (asesinos, violadores, estafadores), debe aniquilar los reclamos y los motines que puedan formarse, del mismo modo impedir que se forjen complicidades futuras o que nazcan posibilidades de chantaje y por ultimo ha de obstaculizar la inmoralidad de tantas amistades peligrosas.

Concedido todo esto, la soledad debe ser un instrumento positivo para la reforma de los reos, así, el aislamiento de los condenados garantizara que se pueda ejercer sobre ellos, con el máximo de intensidad, un poder que no será contrarrestado por ninguna otra influencia siendo la soledad la condición primera de la sumisión total. Posteriormente, en vez de encerrarlos como fiera en una jaula, hay que reunirlos con los demás, hacerlos participar en común en ejercicios útiles, obligarlos en común a buenos hábitos, previniendo el contagio moral por medio de una vigilancia activa, manteniendo el recogimiento por la regla del silencio. Añádase a esto que dicha sumisión profunda implica una educación superficial, un cambio de moralidad y no de actitud.

Ahora bien: el control sobre las actividades de los reclusos es esencial para modificar sus pensamientos, desde asignarles tiempo para dormir, comer y bañarse, hasta contar los minutos que gastan en cada plegaria. Esto genera un efecto de dominio y jerarquización que posteriormente les servirá para readaptarse a la sociedad. De hecho, los centros penitenciarios llegan a ser una pequeña sociedad perfecta2. Al final, arrojan a los presos a considerar que los muros son el castigo del crimen y dentro de la celda esta pone al detenido en presencia de sí mismo, el cual se ve obligado a escuchar su conciencia. Aceptando todo lo anterior, el trabajo en la prisión es más bien un consuelo que una obligación, por consiguiente provoca que los vigilantes no tengan que ejercer una coacción que está asegurada por la materialidad de las cosas, y que su autoridad, por consiguiente, pueda ser acatada. A propósito Michel Foucault dice:

Esta celda cerrada, es un sepulcro provisional en donde los mitos de la resurrección toman cuerpo fácilmente.

Pero… ¿Qué significa esto? Es simple, esta institución emplea el recurso religioso de manera prudente para que el reo abra su alma al arrepentimiento, y este utilizando las mismas artimañas podrá exponerse con más confianza a las tentaciones, que la recuperación de la libertad le presentará de nuevo, haciéndolo mas fuerte ante la oportunidad de cometer algún delito. Traduciendo esto, el trabajo se introduce la regla en una prisión, donde reina sin esfuerzo, sin el empleo de ningún medio represivo y violento. Al tener ocupado al recluso, se le dan hábitos de orden y de obediencia, se le hace diligente y activo, de perezoso que era y con el tiempo, encuentra en los trabajos manuales a los que se le ha sometido un remedio seguro contra los desvíos de su imaginación. El trabajo pasa a ser la religión dentro de la penitenciaria.

Desde un punto de vista paralelo, la prisión no es un taller, mas bien, es una máquina de la que los detenidos (obreros) son a la vez los engranajes y los productos, la máquina los ocupa continuamente con el fin de llenar su tiempo. Cuando el ánimo se aplica a un objeto determinado, las ideas importunas se alejan, el sosiego renace en el alma. La fe de los presidiarios es su trabajo ya que se convierte en su esperanza de rehabilitación. Sin embargo, para aquellos que son lo observadores de esta situación, lo que se busca es producir unos individuos mecanizados según las normas generales de una sociedad industrial. Por su puesto, al igual que el ateo y la religión, esta técnica penitenciaria convierte al ladrón en obrero dócil

En consecuencia, el salario hace adquirir el amor y el hábito del trabajo, da a esos malhechores que ignoran la diferencia de lo mío y de lo tuyo, el sentido de la propiedad, puesto que se lo ha ganado con el sudor de la frente, siendo el caso muy similar a los preceptos dictados por un ser superior. Además, una representación exacta seria la descripción que hace Foucault de una cárcel de mujeres:

En un pulpito, sobre el cual hay un crucifijo, está sentada una religiosa. Ante ella, y alineadas en dos filas, las presas realizan la tarea que se les ha impuesto, y como el trabajo de aguja domina casi exclusivamente, resulta de ello que se mantiene constantemente el silencio más riguroso.

Pero la prisión excede la simple privación de libertad de una manera más importante. Tiende a convertirse en un instrumento de modulación de la pena: un aparato que a través de la ejecución de la sentencia de que se halla encargado, estaría en el derecho de recuperar, al menos en parte, su principio. Aquella pena fue individualizada a partir del sujeto castigado. Por esa razón, si algo puede despertar en el ánimo de los reclusos las nociones de bien y de mal y conducirlos a reflexiones morales es la posibilidad de alcanzar algunas recompensas.

No obstante, aunque el sistema penitenciario requiere un grado de exigencia elevado para poder sanar las conductas, su misión en ocasiones no puede llevarse a cabo por dos motivos. El primer obstáculo es la personalidad y grado de madures de los confinados, de tal modo que llega a ser mas sencillo domar la conducta de los criminales adultos que la de los delincuentes juveniles; los primeros son más sumisos, más trabajadores que los últimos, rateros, libertinos, perezosos. En segunda instancia, se enfrenta a las falencias propias de la indiscriminada utilización del poder, concediendo libertades por favores o afinidades. A despecho de ello, también se puede hablar de un exceso o de una serie de excesos del encarcelamiento en relación con la detención legal. Se deduce que, la gran maquinaria carcelaria se halla vinculada al funcionamiento mismo de la prisión. Se puede ver bien el signo de esta autonomía en las violencias inútiles de los guardianes o en el despotismo de una administración que tiene los privilegios del lugar cerrado.

Posteriormente, surge la técnica penitenciaria la cual utiliza par su objetivo diversos medios como la arquitectura. Retomemos la estructura del panóptico, que constituye toda una maquinaria con una celda de visibilidad donde el detenido se encontrará metido y un punto central desde donde una mirada permanente pueda controlar a la vez a los presos y al personal. Pero el Panóptico penitenciario es también un sistema de documentación individualizante y permanente. Es decir, hace obligatorio el sistema de la cuenta moral que consiste en un boletín individual en el cual el director o el guardián-jefe, el capellán y el maestro han de inscribir sus observaciones a propósito de cada detenido.

Aun más complejo es la inserción de la ciencia jurídica junto con la criminalística y la psicología al mundo de los centros penitenciarios. Así converge la observación del delincuente, que se distingue también del infractor en que no es únicamente el autor de su acto que está ligado a su delito por todo un haz de hilos complejos: se debe remontar no sólo a las circunstancias sino las causas de su delito, buscarlas en la historia de su vida, bajo el triple punto de vista de la organización, de la posición social y de la educación, para conocer y comprobar las peligrosas inclinaciones de la primera, las terribles predisposiciones de la segunda y los malos antecedentes de la tercera.

Se concede la idea de que la delincuencia3, desviación patológica de la especie humana, puede analizarse como síndromes mórbidos o como grandes formas teratológicas. En este punto se amalgaman la técnica penitenciaria y el hombre delincuente que son, en cierto modo, hermanos gemelos.


  1. ILEGALISMOS Y DELINCUENCIA

A demás del aislamiento sufrido por los reclusos, se sumaba la pena de ser atados a cadenas de grandes y pesados eslabones. No obstante, la infamia no culminaba allí puesto que eran paseados llenando dichas cadenas. ¿Que tiene de malo un paseo en medio del encierro? Eso podría pensarse pero en verdad era otra táctica para moldear sus mentes ya que se los sometían a las opiniones de los demás ciudadanos. Si bien unos eran abucheados y despreciados, u otros extrañamente eran ovacionados por la multitud debido a sus hazañas. De igual manera, este tipo de salidas permitían que la población clasificara según el fenotipo que tipo de criminales había allí. También los condenados respondían por sí mismos a este juego, exhibiendo su crimen y ofreciendo la representación de sus fechorías: tal es una de las funciones del tatuaje, viñeta de sus proezas o de su destino: Llevan sus insignias, ya sea una guillotina tatuada sobre el brazo izquierdo, ya sea en el pecho un puñal clavado en un corazón chorreando sangre. En suma, con esta actividad se pretendía concretar la labor de corrección de los reos al empujarlos de nuevo a pensar en su redención.

Conjuntamente, se adopto el carro celular para remplazar la cadena- no fue el simple carro cubierto de que se había hablado por un tiempo, sino un artefacto que había sido elaborado muy cuidadosamente. Se trataba de un coche concebido como una prisión con ruedas, es decir, un equivalente móvil del Panóptico. Aquel vehículo proporcionaba efectos exteriores los cuales tenían una perfección completamente benthamiana (como se analizo anteriormente). En segundo lugar, ofrecía efectos interiores en donde a pesar de que el viaje no duraba más de setenta y dos horas, es un tormento espantoso cuyo efecto actúa durante largo tiempo, según parece, sobre el preso, a tal punto que al salir de allí se volvían sumisos. En resumen, el coche celular es un aparato de reforma. Lo que ha remplazado el suplicio no es un encierro masivo, es un dispositivo disciplinario cuidadosamente articulado. En principio al menos.


Empero, el suplicio en lugar de incitar al remordimiento, agudiza el orgullo; se recusa la justicia que ha condenado, y se censura la multitud que acude a contemplar lo que ella cree arrepentimientos o humillaciones. Por ejemplo, los forzados cantaban canciones de marcha, cuya celebridad era rápida y que durante mucho tiempo se repitieron por doquier. En ellas se encuentra sin duda el eco de las narraciones que las hojas sueltas atribuían a los criminales: afirmación del crimen, heroificación negra, evocación de los castigos terribles y del odio general que los rodea. Así, las prisiones no disminuyen la tasa de la criminalidad. En verdad puede muy bien extenderla, multiplicarla o tras formarla, y la cantidad de crímenes y de criminales se mantiene estable o, lo que es peor, aumenta.

Es por ello que la detención provoca la reincidencia. Después de haber salido de prisión, se tienen más probabilidades de volver a ella, por consiguiente, en lugar de devolver la libertad a unos individuos corregidos, enjambra en la población unos delincuentes peligrosos. A consecuencia, la prisión no puede dejar de fabricar delincuentes. Al respecto Michel Foucault afirma:

La prisión fabrica también delincuentes al imponer a los detenidos coacciones violentas; está destinada a aplicar las leyes y a enseñar a respetarlas; ahora bien, todo su funcionamiento se desarrolla sobre el modo de abuso de poder. Arbitrariedad de la administración: "El sentimiento de la injusticia que un preso experimenta es una de las causas que más pueden hacer indomable su carácter. Cuando se ve así expuesto a sufrimientos que la ley no ha ordenado ni aun previsto, cae en un estado habitual de cólera contra todo lo que lo rodea; no ve sino verdugos en todos los agentes de la autoridad; no cree ya haber sido culpable: acusa a la propia justicia. (pag. 246)
Se concluye entonces que la cárcel hace posible, más aún, favorece la organización de un medio de delincuentes, solidarios los unos de los otros, jerarquizados, dispuestos a todas las complicidades futuras. Para ilustrarlo, debido al quebrantamiento de destierro, la imposibilidad de encontrar trabajo y la vagancia se logra configurar la reincidencia. Además también es un factor de delincuencia que la prisión haga caer en la miseria a la familia del detenido; la misma sentencia que envía a la prisión al jefe de familia, reduce cada día que pasa a la madre a la indigencia, a los hijos al abandono, a la familia entera a la vagancia y a la mendicidad. En este aspecto es en el que el crimen amenaza perpetuarse.
En contraposición de la realidad, la administración de las cárceles insisten en evitar el fracaso de su gestión. Es por ello que proponen los siguientes principios para aplicarlos en las penitenciarias:


  1. Principio de la corrección.

  2. Principio de la clasificación.

  3. Principio de la modulación de las penas.

  4. Principio del trabajo como obligación y como derecho.

  5. Principio de la educación penitenciaria.

  6. Principio del control técnico de la detención.

  7. Principio de las instituciones anejas.

A posteriori, la penalidad sería entonces una manera de administrar los ilegalismos, de trazar límites de tolerancia, de dar cierto campo de libertad a algunos, y hacer presión sobre otros, de excluir a una parte y hacer útil a otra; de neutralizar a éstos, de sacar provecho de aquellos. En suma, la penalidad no reprimiría pura y simplemente los ilegalismos, mas bien los diferenciaría, aseguraría su economía general. En primer lugar, el desarrollaba la dimensión política de los ilegalismos populares de dos maneras: unas prácticas hasta entonces localizadas y en cierto modo limitadas a sí mismas. Verbigracia, dieron resultado durante la Revolución unas luchas directamente políticas, que tenían por objeto, no ya simplemente que cediera el poder o la supresión de una medida intolerable, sino el cambio del gobierno y de la estructura misma del poder. En cambio, ciertos movimientos políticos se apoyaron de manera explícita en formas existentes de ilegalismo.


Por otro lado, se gestaron los primeros ilegalismos obreros a comienzos del siglo XIX, los cuales estuvieron en contra del nuevo régimen de la explotación legal del trabajo. Aquellos crímenes iban desde los más violentos, como el destrozo de máquinas, o los más duraderos como la constitución de asociaciones, hasta los más cotidianos. De igual modo surgió un ilegalismo campesino en los últimos años de la Revolución, este tomo sus bases en las nuevas leyes de la propiedad. Sin embargo, de aquellos ilegalismos se derivo el aumento de la violencia, las agresiones, los robos, los saqueos y hasta las grandes formas del bandidismo político.
Al fin y al cabo, la prisión, al fracasar aparentemente, no deja de alcanzar su objeto, cosa que logra, por el contrario, en la medida en que suscita en medio de los demás una forma particular de ilegalismo. Ciertamente, contribuye a establecer un ilegalismo llamativo, marcado, irreductible a cierto nivel y secretamente útil, reacio y dócil a la vez. Dibuja, aísla y subraya una forma de ilegalismo que parece resumir simbólicamente todos los demás, pero que permite dejar en la sombra a aquellos que se quieren o que se deben tolerar. Esta forma es la delincuencia propiamente dicha. Así las cosas, la afirmación de que la prisión fracasa en su propósito de reducir los crímenes, hay que sustituirla quizá por la hipótesis de que la prisión ha logrado muy bien producir la delincuencia.
Ahora bien, el establecimiento de una delincuencia4 se constituye como un ilegalismo cerrado que ofrece, en efecto, cierto número de ventajas, por ejemplo que sea posible controlarla. También, la organización de un ilegalismo aislado y cerrado sobre la delincuencia no habría sido posible sin el desarrollo de los controles policíacos. Luego, la cárcel y policía forman un dispositivo acoplado ya que entre las dos garantizan en todo el campo de los ilegalismos la diferenciación, el aislamiento y la utilización de una delincuencia. En los ilegalismos, el sistema policía-prisión aísla una delincuencia manejable.
En otra instancia, la existencia del delito manifiesta afortunadamente una incompresibilidad de la naturaleza humana puesto que hay que ver en él, más que una flaqueza o una enfermedad, una energía que se yergue, una protesta resonante de la individualidad humana que sin duda le da a los ojos de todos su extraño poder de fascinación. Sin el delito que despierta en nosotros multitud de sentimientos adormecidos y de pasiones medio extinguidas, permaneceríamos mucho más tiempo en el desorden, es decir, en la inconsistencia.
Pero esta criminalidad de necesidad o de represión enmascara, por la resonancia que se le da y la desconsideración de que se la rodea, otra criminalidad. Es la delincuencia de arriba, propia de la riqueza se halla tolerada por las leyes y cuando cae bajo sus golpes está segura de la indulgencia de los tribunales y de la discreción de la prensa. Es decir, la justicia no es la misma para los que vienen de clases diferentes, lo que ocasiona que los delincuentes provengan en su mayoría de estratos bajos, mientras que los que se encargan de su corrección son magistrados de la alta sociedad. Así, se evidencia un orden jerárquico para el delincuente, sus delitos y su verdugo.


  1. LO CARCELARIO

Como se expuso en los apartes anteriores, las prisiones no son instrumentos represivos ni buscan tan solo privar de su intrínseco derecho de libertad al Ser humano, deben ser herramientas que contengan todo tipo de disciplina (reflexión, trabajo, educación, etc.) que sirva para la transformación de los presidarios en individuos correctos que no reincidan en sus faltas. Foucault afirma que se ha visto que la prisión transformaba, en la justicia penal, el proceso punitivo en una técnica penitenciaria, pero recurre al ejemplo especial de la colonia penal de Mettray que transporta esa técnica de “institución penal” al cuerpo social entero. Con varios efectos, dentro los cuales los principales son:

En primer lugar, lo carcelario, junto con sus distintas herramientas, da pie a un reclutamiento de grandes delincuentes y organiza “carreras disciplinarias” en las que se da un trabajo completo de elaboración. Todo esto dada la presencia de exclusiones y rechazos. En segundo lugar, es efecto del sistema carcelario y de los más importantes, el volver natural y legítimo el poder de sancionar, es decir, que instituciones penitenciarias tienen reglamentos que reproducen leyes, sanciones que imitan veredictos y penas.



Por último, el sistema carcelario se consolida como el instrumento de castigo que va más acorde con la “nueva economía del poder”. Su funcionamiento panóptico, ha sido durante años la herramienta más simple pero más necesaria que desarrolla la actividad de examen, la cual ha objetivado el comportamiento humano.



MICHEL FOUCAULT

Nacido en 1926 en Poitiers, en el seno de una familia acomodada. A los 20 años ingresa en la École Normale Supérieure, donde es discípulo de Merleau-Ponty y se acerca, a través de Luois Althusser, al partido comunista. En 1948 se liecencia en filosofía y, en 1950, en psicología. Agregado de filosofía en 1951, se traslada a Lille, donde dirige el Instituto de Psicología. En 1954 publica Maladie mentale et personnalité. Viaja a Suecia en 1955, donde trabaja como lector de laUniversidad de Uppsala y director de la Maison de France en esta ciudad, al tiempo que escribe Histoire de la folie à l’âge classique. En 1958 se trasladada a Varsovia, pero debe abandonar el país por presiones policiales que denuncian su homosexualidad y se dirige a Hamburgo.

En 1961 lee su tesis doctoral en la Universidad de Clermont-Ferrand, donde ejerce la docencia en filosofía. En 1966 publica su obra más conocida, Les mots et les choses, y se incorpora a la Universidad de Túnez, desde donde volverá a París atraido por los movimientos de mayo del 68. En 1969 publica otra de sus obras claves, L'archéologie du savoir, e ingresa un año más tarde, después de pasar por la Universidad de Vincennes, en el Colegio de Francia, institución de referencia académica en la que permanecerá como profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento hasta su muerte por sida en 1984.

A mediados de los años setenta había publicado Surveiller et punir. Naissance de la prison (1975) y La volonté de savoir (1976), primera parte de su Histoire de la sexualité, que tendrá continuidad en L'usage des plaisirs (1984) y Le souci de soi (1984). Sus cursos en el Colegio de Francia han sido recogidos como obras póstumas en Il faut défendre la société (1997), Les anormaux (1999) y L'herméneutique du sujet (2001). La vida académica e intelectual de Foucault estuvo asociada a un permanente compromiso frente a las exclusiones y discriminaciones de la sociedad actual (presos, enfermos mentales, homosexuales, emigrantes...), que le llevaron a desplegar una relevante actividad en los foros públicos, en los medios de comunicación y en las aulas universitarias.Prácticamente toda su obra ha sido traducida a las lenguas española y portuguesa. 

1 Michel Foucault. (2008) vigilar y castigar. Pagina 191

2 Así lo decía Foucault, pero considerando la situación actual de estos lugares, sucede todo lo contrario, ya que llegan a acontecer sucesos mas complejo dentro de aquellos muros que fuera de ellos, el control que debía ser impartido por los guardias, ahora lo poseen los reclusos mas destacados. Bueno, claro esta que esto sucede en un sistema penitenciario corroído por la corrupción (como el nuestro), sin embargo, en otros países la descripción de Foucault podría ajustarse a la perfección.

3 “La delincuencia es la venganza de la prisión contra la justicia”. Michel Foucault

4 Esta producción de la delincuencia y su investidura por el aparato penal, hay que tomarlas por lo que son: no por unos resultados adquiridos de una vez para siempre sino como tácticas que se desplazan en la medida en que no alcanzan jamás del todo su objeto. La separación entre su delincuencia y los demás ilegalismos, el volverse contra ellos, su colonización por los ilegalismos dominantes, son otros tantos efectos que aparecen claramente en la manera en que funciona el sistema policía-prisión; sin embargo, no han cesado de encontrar resistencias; han suscitado luchas y provocado reacciones.



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