Ma gyan darshana



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VIDA

AMOR

Y RISA
Una nueva visión

De la espiritualidad

OSHO


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FINA CORTESÍA DE LUCÍA SAMANÉZ

MA GYAN DARSHANA

Osho_library@gruposyahoo.com

ÍNDICE
VIDA

  1. Lo primero es lo primero: ¡toma una taza de té!

  2. Sin principio ni final

  3. Un asunto de vida o muerte

  4. Deshazte del pasado a cada instante

  5. ¡Mantén los ojos abiertos

AMOR


  1. El milagro del amor

  2. Deja que el amor sea tu oración

  3. Tres preguntas

    1. La permanencia en el amor

    2. Sé que el estar enamorado no me conducirá a la felicidad, pero…

    3. ¿Es el mundo de la conciencia como el mundo de la geometría?

RISA


  1. La clave más allá de las palabras

  2. La vida no es seria

  3. No hagas chistes maliciosos

  4. Vuélvete de nuevo un niño

  5. Un sentido del humor que trasciende la mente

  6. Aprende a reírte de ti mismo

Referencias

Acerca de Osho

El Resort de Meditación de Osho



Otras obras de Osho

VIDA

La vida carece de importancia en sí misma.

Sólo es significativa si eres capaz de cantar una canción a lo

Eterno, si puedes liberar un poco de fragancia divina, un poco

De eternidad: si eres capaz de convertirte en una flor de loto,

Inmortal y eterna. Si aprendes a convertirte en puro amor, si

Eres capaz de embellecer esta existencia, si puedes convertirte en

Una bendición para esta existencia, solamente entonces la vida

Tiene significado; en caso contrario, no tiene sentido.

Es como un lienzo en blanco: puedes cargar con él durante

Toda tu vida y morir aplastado bajo su peso, pero ¿para qué?

¡Pinta algo en él!

Tú has de darle significado a tu vida; ese significado no te es

Dado. Se te ha dado libertad, se te ha dado creatividad, se te

ha dado la vida, se te ha dado todo lo necesario para que le

confieras un significado. Te han sido proporcionados todos los

ingredientes esenciales para su significado, pero ese significado

no te ha sido dado. Tú has de crearlo. Tú mismo te has de

convertir en creador.

Y cuando tú mismo te conviertes en creador, participas de

Dios, formas parte de Dios.

1

Lo primero es lo primero:

¡toma una taza de té!
Una historia zen:
Joshu, el maestro zen, preguntó a un novicio del monasterio:

-¿Te he visto antes?

El novicio le replicó:

-No, señor.

Joshu le dijo:

-Toma entonces una taza de té.
Joshu se volvió entonces hacia otro monje:

-¿Te he visto antes?

El segundo monje le contestó:

-Sí, señor; desde luego. Ya me conoce.

A lo que Joshu le respondió:

-Toma entonces una taza de té.
Más tarde, el superior que dirigía el monasterio le preguntó a Joshu:

-¿Por qué contestas a cualquier pregunta ofreciendo té?

A lo que Joshu contestó gritando:

-¡Abad! ¿Estás todavía aquí?

El superior le replicó:

-Desde luego, maestro.

Y Joshu le dijo:

-Toma entonces una taza de té.
La historia es simple aunque difícil de comprender. Siempre ha sido así: cuanto más sencilla es una cosa, más difícil es de comprender. Para poder comprender algo es necesario que sea complejo; para comprender, has de dividir y analizar. Una cosa sencilla no puede ser dividida ni analizada; no hay nada que dividir ni analizar. El hecho es muy simple. Lo más simple siempre escapa a la comprensión. Por eso Dios no puede ser comprendido. Dios es lo más simple, es lo más simple posible. Puedes comprender el mundo; es muy complejo. Cuanto más complejo es algo, más puede la mente manipularlo. Cuando es sencillo, no hay nada a lo que agarrarse; la mente no puede trabajar.

Los lógicos dicen que las cualidades simples son indefinibles. Por ejemplo: alguien te pregunta qué es “amarillo”. “Amarillo” es una cualidad muy simple; ¿cómo lo definirás? Tú dirás: “Amarillo es amarillo”. Y el hombre te dirá: “Ya lo sé, pero ¿cuál es la definición de amarillo?”. Si contestas “amarillo es amarillo” no lo estás definiendo. Tan sólo repites lo mismo otra vez. Es una tautología.

G.E. Moore, una de las mentes más penetrantes de este siglo, ha escrito un libro, Principia Ethica. El libro en su totalidad consiste en un persistente e intenso esfuerzo por definir “bien”. Tras esforzarse desde todos los ángulos en doscientas o trescientas páginas –y doscientas o trescientas páginas de G. E. Moore equivalen a tres mil páginas de cualquier otro- llegó a la conclusión de que “bien” es indefinible. No puedes definir “bien”. Es una cualidad absolutamente simple.

Cuando algo es complejo tiene múltiples facetas. Y puedes definir una en función de otra presente. Si tú y yo estamos en una habitación y tú me preguntas: “¿Quién eres?”, al menos puedo contestar que no soy tú. Esto se convertirá en la definición, la indicación. Pero si estoy sólo en una habitación y me pregunto a mí mismo: “¿Quién soy yo?”, la pregunta queda planteada, pero no hay respuesta. ¿Cómo puedo definirme a mí mismo?

Por eso, Dios ha sido omitido. El intelecto lo niega; la razón dice “no”. Dios es el común denominador de la Existencia; lo más simple, lo fundamental. Cuando la mente se detiene, no existe más que Dios, de modo que ¿cómo definir a Dios? Se encuentra solo en la habitación. Por eso las religiones tratan de efectuar divisiones; entonces la definición es posible. Ellos dicen: “Dios no es este mundo, Dios no es el mundo, Dios no es materia, Dios no es el cuerpo, Dios no es deseo”. Esos son modos de definirlo.

Si sitúas algo contra un fondo, entonces puedes dibujar su límite. ¿Cómo vas a poder dibujar un límite si no hay contra qué? ¿Dónde colocarás la cerca de tu casa si no tienes vecinos? Si no tienes vecinos, ¿cómo vas a vallar tu casa? El límite de tu casa se basa en la presencia de tu vecino. Dios está solo, no tiene vecinos. ¿Dónde empieza? ¿Dónde acaba? En ninguna parte. ¿Cómo definirás pues a Dios? Tan sólo para definir a Dios fue creado el diablo. Dios no es el diablo –al menos puedes afirmar esto-. Puede que no seas capaz de definir qué es Dios, pero puedes decir lo que no es: Dios no es el mundo.

Estaba leyendo un libro de un teólogo cristiano. En él se dice que Dios lo es todo excepto el mal. Con esto basta también para definirlo. Dice: “Todo excepto el mal”. Esto basta para fijar un límite. Y él no se da cuenta: si Dios lo es “todo”, entonces ¿de dónde surge el mal? Ha de proceder de este “todo”. Si no fuera así, habrá de existir otro origen distinto a Dios, otra fuente de la existencia que fuera equivalente a Dios. Entonces el mal nunca podría ser destruido, entonces tendría su propio origen, entonces el mal no dependería de Dios, ¿cómo podría entonces Dios destruirlo? Dios no lo destruiría. Una vez el mal es destruido, Dios no puede ser definido. Para definirle necesitas que el diablo esté presente, a su alrededor. Los santos necesitan pecadores, de lo contrario no existirían. ¿Cómo sabes tú que alguien es santo? Todo santo necesita pecadores a su alrededor. Esos pecadores le definen.

Lo primero que hay que comprender es que sólo lo complejo puede ser comprendido; no puedes comprender lo simple. Lo simple es simple. Esta historia zen sobre Joshu es muy simple. Es tan simple que se te escapa: tratas de agarrarla, tratas de aferrarte a ella y se te escapa. Es tan simple que tu mente no puede manejarla. Trata de sentir la historia. No te digo que trates de comprenderla porque no podrás comprenderla; trata de sentir la historia. Si tratas de sentirla descubrirás muchas cosas ocultas en ella. Si tratas de comprenderla no verás nada. La anécdota te resultará absurda.


Joshu vio un monje y le pregunto:

-¿Te he visto antes?

El hombre le dijo:

-No, señor, no es posible. Acabo de llegar por primera vez, soy nuevo.

No puede haberme visto antes.

Joshu le dijo:

-De acuerdo. Toma entonces una taza de té.
Entonces le preguntó a otro monje:

-¿Te he visto antes?

El monje le contestó:

-Sí, señor; ha de haberme visto. Siempre he estado aquí. No soy nuevo.
El monje debía de ser un discípulo de Joshu. Y Joshu le contesta: “De acuerdo. Toma entonces una taza de té”.

El Abad del monasterio se quedó perplejo: ante dos personas distintas que le habían respondido de diferente manera eran necesarias dos respuestas distintas. Pero Joshu había respondido de la misma manera al desconocido y al amigo, al que había llegado por primera vez y al que había estado allí desde siempre. Joshu había contestado de la misma manera al desconocido y al conocido. No había hecho ninguna distinción, ninguna en absoluto. No había dicho: “Tú eres nuevo. ¡Bienvenido! Toma una taza de té”. No le había dicho al otro: “Siempre has estado aquí, de modo que no es necesaria la taza de té”. Ni había dicho: “Siempre has estado aquí de modo que no necesito responderte”.

La familiaridad genera aburrimiento. Nunca agasajas a lo familiar. Nunca miras a tu esposa. Ella ha estado contigo desde hace muchos, muchos años y te has olvidado por completo de que existe. ¿Cuál es el rostro de tu esposa? ¿Te has fijado en ella recientemente? Puede que te hayas olvidado por completo de su cara. Si cierras tus ojos y meditas recordándola, puede que recuerdes el rostro que miraste por primera vez, pero tu esposa es un flujo, un río, constantemente cambiando. Su rostro ha cambiado; ella ha envejecido. El río ha seguido fluyendo por nuevos vericuetos; el cuerpo ha cambiado. ¿La has mirado recientemente? Tu esposa te es tan familiar que no necesitas mirarla. Sólo miramos aquello que no es desconocido, nos fijamos en aquello que nos llama la atención por novedoso. Se dice que la familiaridad alimenta el contento; no, alimenta el aburrimiento.

He oído una anécdota.

Dos hombres de negocios muy ricos estaban de vacaciones en Miami Beach. Estaban tumbados tomando el sol y uno le dijo al otro:

-Nunca comprenderé lo que la gente ve en Elizabeth Taylor, la actriz. No comprendo lo que ven en ella, por qué se vuelven locos con ella. ¿Qué tiene de especial? Si le quitas los ojos, si le quitas el pelo, si le quitas los labios, si le quitas su figura, ¿qué le queda? ¿Qué queda?

El otro hombre lanzó un gruñido, se puso serio y replicó:

-Mi esposa. Eso es lo que queda.


En eso es en lo que se ha convertido tu esposa, tu marido: en nada. Debido a la familiaridad, todo ha desaparecido. Tu marido es un fantasma, tu esposa es un fantasma, sin figura alguna, sin labios, sin ojos; simplemente algo repugnante. No siempre ha sido así. Una vez te enamoraste de esa mujer. Ese instante ha desaparecido: ahora ni siquiera la miras. Los maridos y las esposas evitan mirarse a la cara. He convivido con muchas familias y he observado a maridos y esposas evitar mirarse entre sí. Han creado muchos trucos para evitar mirarse. Cuando se quedan solos siempre están intranquilos. El invitado es siempre bienvenido; así pueden mirarle y evitar mirarse entre ellos.

Joshu parece ser absolutamente distinto comportándose de la misma manera con un extraño y con un amigo.


El monje le dijo:

-Siempre he estado aquí, señor. Me conoce bien.

Y Joshu le replica:

-Toma entonces una taza de té.
El superior no supo comprender. Los superiores son siempre estúpidos; para ser gerente de lo que sea es necesaria una mente estúpida. Y un gerente nunca puede ser muy meditativo. Es difícil: has de ser matemático, calculador; has de observar el mundo y disponerlo todo en función de ello. Él se quedó perplejo: “¿Qué hacer? ¿Qué está sucediendo? Parece ilógico. Esta bien ofrecer una taza de té a un extraño, pero no a este discípulo que siempre ha estado aquí”.

De modo que le pregunta:


-¿Por qué responde de la misma manera a dos personas distintas, a dos preguntas distintas?

Joshu le contestó gritando:

-“¡Abad! ¿Estás aquí?”.

El superior le contestó:

-Sí, señor; evidentemente estoy aquí.

Joshu le dijo:

-Toma entonces una taza de té.
Al decir en voz alta: “¡Abad! ¿Estás aquí?”, está llamando su atención, activando su presencia. La atención es siempre algo nuevo, es siempre lo extraño, lo desconocido. El cuerpo puede volverse familiar, pero no el alma; el alma, nunca. Puede que conozcas el cuerpo de tu mujer, pero nunca conocerás lo desconocido, la persona oculta. Nunca. Eso no puede ser conocido. No puedes conocerlo. Es un misterio; no puedes explicarlo. Cuando Joshu dijo: “¡Abad! ¿Estás aquí?”, de repente el abad se volvió consciente. Se olvidó de que era el superior, olvidó que era un cuerpo. Respondió desde su corazón. Le dijo, “Sí, señor”.

Pedírselo en voz alta fue algo tan imprevisto que para él fue un shock. Y era algo absurdo; por eso contesto: “Evidentemente estoy aquí. No tienes que preguntármelo. La pregunta no tiene sentido”. De repente, el pasado, lo viejo, la mente, desapareció. El superior dejó de estar allí. Sólo había una conciencia respondiendo. La conciencia es siempre nueva, constantemente nueva. Siempre está naciendo; nunca envejece. Y Joshu le dijo: “Toma entonces una taza de té”.

Lo primero que has de ver es que para Joshu todo es nuevo, extraño, misterioso. Tanto si es conocido como desconocido, familiar o no familiar, no hay diferencia alguna. Si vienes a este jardín cada día, poco a poco dejarás de mirar a los árboles. Creerás que ya los has mirado lo suficiente, que ya los conoces. Poco a poco dejarás de oír a los pájaros. Ellos seguirán cantando, pero tú no los oirás. Te habrás familiarizado con todo; tus ojos estarán cerrados, tus oídos estarán cerrados. Si Joshu viniera a este jardín –y puede que haya estado viniendo cada día durante muchas, muchas vidas- escucharía los pájaros, los árboles. Todo, a cada instante, es nuevo para él.

Esto es lo que significa “atención”. Para la atención todo es constantemente nuevo. No hay nada viejo, nada puede envejecer. Todo es creado a cada instante. Es un continuo flujo de creatividad. La atención nunca carga con los recuerdos.

Lo primero: una mente meditativa vive siempre en el ahora, en lo fresco. Toda la existencia acaba de nacer a cada instante, tan fresca como una gota de rocío, tan fresca como una hoja brotando en la primavera. Es como los ojos de un recién nacido; para ellos todo es fresco, claro sin asomo de polvo. Esto es lo primero que has de sentir: si miras el mundo y sientes que todo es viejo, eso demuestra que no eres meditativo. Cuando sientes que todo es viejo, eso revela que tienes una mente vieja, una mente podrida. Si tu mente es fresca, el mundo es fresco. El mundo no es el punto central, el espejo ventral. Si el espejo tiene polvo, el mundo resulta viejo. Si el espejo no tiene polvo, ¿cómo va a ser viejo el mundo? Las cosas envejecen si vives en el aburrimiento. Y todo el mundo vive en el aburrimiento, todo el mundo se aburre en grado sumo.

Observa los rostros de la gente. Transitan por la vida como si ésta fuera una carga, un aburrimiento, sin significado alguno. Parece que todo fuera una pesadilla, una broma muy cruel, como si alguien les estuviera torturando, haciéndoles una jugarreta. La vida no es para ellos una celebración, no puede serlo. Con una mente aplastada por los recuerdos la vida no puede ser una celebración. Aunque rías, tu risa oculta el aburrimiento. Observa a la gente reír: ríen esforzándose, ríen ara ser corteses; su risa es una formalidad.


He oído de un alto dignatario que fue a África a visitar una comunidad muy primitiva, una antigua comunidad de aborígenes. Les soltó un largo discurso. Se puso a contarles una anécdota muy larga. Durante casi media hora continuó con ella. Entonces el intérprete se levantó. Dijo sólo cuatro palabras y aquellos primitivos se pusieron a reír de todo corazón. El dignatario estaba perplejo. Había estado contando aquella anécdota durante media hora: ¿cómo podía ser traducida en tan sólo cuatro palabras? Parecía imposible. Y la gente la había entendido, se estaban riendo. Totalmente confuso le dijo al intérprete:

-Has hecho un milagro. Sólo has dicho cuatro palabras. No sé lo que has dicho, pero ¿cómo has podido traducir mi historia, que es tan larga, en sólo cuatro palabras?

El intérprete le dijo:

-Historia muy larga. Por eso yo decir: “Él contar chiste. Reíd”.


¿Qué clase de risa surgirá así? Sólo será una risa formal… ¡y aquel hombre había estado hablando durante media hora!

Observa la risa de la gente. Es mental, están haciendo un esfuerzo. Su risa es falsa, es forzada, tan sólo esbozada en los labios, como un ejercicio del rostro. No surge de su ser, del centro, no nace del vientre; es algo forzado. Resulta obvio que estamos aburridos y que todo lo que salga de ese aburrimiento creará más aburrimiento. Eres incapaz de celebrar. La celebración solamente es posible cuando la existencia resulta una continua novedad, cuando la existencia es siempre joven. Cuando nada envejece, cuando nada muere realmente –porque todo renace constantemente-, todo se convierte en una danza. Entonces fluye una música interior. No importa si tocas o no tocas un instrumento: la música fluye.


He oído una historia. Sucedió en Ajmer. Habrás oído hablar de un místico sufí

–Moinuddin Chisthi- cuyo draga, cuya tumba, se encuentra en Ajmer. Chisthi fue un gran místico, uno de los más grandes que nunca hayan nacido. Y era músico. Ser músico es estar en contra del islam porque en él la música está prohibida. Él tocaba el sitar y otros instrumentos. Fue un gran músico y disfrutaba siéndolo. Nunca rezaba en las cinco ocasiones diarias en que todo musulmán es convocado para las cinco oraciones rituales. Simplemente se ponía a tocar su instrumento. Ésa era su oración.

Y eso era algo absolutamente antirreligioso, pero nadie podía objetarle nada. En muchas ocasiones, cuando la gente acudía a él, empezaba a cantar y la canción era tan hermosa que se olvidaban por completo de por qué estaban allí. Empezaban a tocar su instrumento y la atmósfera de oración era tan intensa que incluso los eruditos, los pandits y maulvis que acudían ante él para reprobarle, se quedaban callados. Sólo se acordaban cuando estaban de nuevo en su casa. Cuando se hallaban de nuevo en su casa, entonces recordaban por qué habían ido a él.

La fama de Chisthi se extendió por todo el mundo. Desde todos los rincones del mundo la gente empezó a acudir a él. Un hombre, Jilani, un gran místico, fue desde Bagdad simplemente para verle. Cuando Chisthi oyó que Jilani estaba en camino pensó: “Si quiero ser respetuoso con Jilani no es adecuado que toque mi instrumento porque él es un musulmán ortodoxo y no sería una buena bienvenida. Podría sentirse herido”. Por eso decidió que aquel día –la única excepción en toda su vida- no tocaría, no cantaría. Desde la mañana estuvo esperando y por la tarde Jilani se presentó. Chisthi había escondido sus instrumentos. Cuando Jilani llegó y ambos se sentaron en silencio, los instrumentos empezaron a sonar. Toda la habitación se llenó de música. Chithi se quedó totalmente perplejo sin saber qué hacer. Había escondido sus instrumentos pero nunca antes había escuchado una música igual.

Julani le dijo:

-Las reglas no son para ti. No tienes por qué esconder los instrumentos. Las reglas son para la gente corriente. Las reglas no son para ti. No has de retirarlos. ¿Cómo vas a esconder tu alma? Puede que tus manos no toquen, puede que tu garganta no cante, pero todo tu ser es musical. Esta habitación está tan colmada de música, de tantas vibraciones, que ahora es ella la que está tocando.


Cuando tu mente es fresca, toda la existencia se convierte en una melodía. Cuando estás fresco, esa frescura se expande en todas direcciones y la existencia al completo responde. Cuando eres joven, cuando tu memoria no te aplasta, todo resulta joven, nuevo y extraño.

Este Joshu es maravilloso. Has de percibirlo en profundidad y entones le entenderás. Pero esa comprensión será más un sentimiento que una comprensión. No será mental, sino del corazón. Esta historia encierra muchas otras dimensiones. Otra dimensión apunta a que, cuando acudes ante un iluminado, lo que puedas decir no tiene importancia. Su respuesta será siempre la misma. Tus preguntas, tus respuestas, carecen de importancia, no son relevantes. Su respuesta será la misma. Joshu respondió a los tres de la misma manera porque un iluminado es siempre el mismo. Ninguna situación le cambia; la situación no es importante. A ti te cambia la situación, resultas completamente cambiado, eres manipulado por la situación. Al encontrarte con un desconocido te comportas de modo diferente. Estás más tenso, tratando de juzgar la situación: ¿qué clase de hombre será? ¿Será o no peligroso? ¿Será o no amistoso? Estás a la expectativa con miedo. Por eso ante extraños te sientes incómodo.

Si viajas en tren, de lo primero que te das cuenta es de que los pasajeros se preguntan unos a otros en qué trabajan, adónde van. ¿Para qué hacen esas preguntas? Esas preguntas tienen sentido porque así pueden tranquilizarse. La gente empieza a hacer preguntas no porque tenga curiosidad respecto a ti, no. Evalúan la situación: si pueden relajarse, si se encuentran en una atmósfera familiar, o si en ella hay algo extraño. Están en guardia y ésas son preguntas para sentirse seguros.

Tu rostro cambia continuamente. Si ves a un extraño, muestras un rostro, si ves a un amigo, de inmediato tu rostro cambia. Si estás ante tu sirviente, presentas un rostro; si tu jefe está ante ti, tienes una expresión distinta. Continuamente cambias tus máscaras porque dependes de la situación. No tienes un alma, no estás integrado. Las cosas de tu entorno te cambian. Ése no es el caso con Joshu. Con Joshu la situación es totalmente distinta. Él cambia su entorno; no es cambiado por el entorno. Suceda lo que suceda a su alrededor, es irrelevante; su expresión es la misma. No necesita cambiar de máscara.


Se dice que una vez un personaje importante fue a visitar a Joshu. Era un gran político, un hombre poderoso, un gobernador. Escribió en un papel: “He venido a verte”, junto a su nombre y su condición de gobernador de aquél y de otro Estado. Consciente o inconscientemente debía de estar deseando impresionar a Joshu.

Joshu leyó el papel, lo tiró y le dijo al hombre que le había traído el mensaje:

-Dile que no quiero verle. ¡Que se marche!

El mensajero regresó y le dijo:

-Joshu ha dicho: “¡Que se vaya!”. Ha tirado tu carta de presentación y ha dicho: “No quiero ver a este individuo”.

El gobernador comprendió. Tomó de nuevo un papel y simplemente escribió su nombre y un “Quisiera conocerte”.

Cuando Joshu leyó el papel dijo:

-¡Este si es el hombre! ¡Trámelo!

El gobernador entró y le preguntó:

-¿Por qué te has comportado de forma tan extraña? ¡Me invitaste a irme!

Joshu le dijo:

-Aquí no se permiten fachadas. “Gobernador” es una fachada, una máscara. Te reconozco perfectamente, pero no reconozco las máscaras y, si vienes con una máscara, no te permitiré entrar. Ahora todo está bien. Te conozco muy bien, pero no conozco a ningún gobernador. La próxima vez, deja al gobernador, déjalo en casa. No lo traigas contigo.


Casi siempre estamos utilizando fachadas, de inmediato, cambiamos. Si percibimos variaciones en la situación, cambiamos de inmediato como si no tuviéramos un alma integrada, un alma cristalizada.

Para Joshu todo es lo mismo: un extranjero, este amigo, un discípulo, el superior. Con su respuesta, “Toma una taza de té”, permanece él mismo interiormente. Y, ¿por qué tomar una taza de té? Es algo muy simbólico para los maestros zen. El té fue descubierto por los maestros zen y para ellos el té no es algo ordinario. En cada monasterio zen tienen una habitación para tomar el té. Es especial, como un templo. Seguro que no entenderás… el té es un asunto tremendamente religioso para un maestro zen o un monasterio zen. El té es como la oración. Ellos la descubrieron.

En India, si ven a un sannyasin bebiendo té pensarán que no es un buen hombre. Gandhi no permitía que nadie en su ashram bebiera té. El té estaba prohibido, era pecado; nadie podía tomar té. Si Gandhi hubiera leído esta historia se hubiera sentido ofendido: ¡un iluminado, Joshu, invitando a la gente a tomar té! Pero el zen tiene una actitud distinta frente al té. Su nombre proviene de un monasterio chino, Ta. Allí, por primera vez, descubrieron el té y se dieron cuenta de que el té ayuda a meditar porque el té te hace estar más alerta, te facilita el estar atento. Por eso, si tomas té, te será difícil irte a dormir acto seguido. Descubrieron que el té mantiene la atención, la conciencia, de modo que en un monasterio zen el té forma parte de la meditación. ¿Y qué puede Joshu ofrecer más que atención? Cuando dice: “Toma una taza de té”, está diciendo: “Toma una taza de conciencia”. El té es muy simbólico para ellos. Te está diciendo: “Toma una taza de conciencia”.

Eso es todo lo que la iluminación puede hacer. Si tú vienes a mí, ¿qué puedo ofrecerte? No tengo más que una taza de té.

Eso es todo lo que un Buda puede ofrecer: al conocido o al desconocido, al amigo o al extraño, el incluso al superior que ha estado siempre al frente de su monasterio –“Ven y toma una taza de té”-. Pero no ha nada más valioso que eso. En los monasterios zen tienen una habitación para tomar el té. Es como un templo: el lugar más sagrado. No puedes entrar en ella con zapatos porque es una habitación de té. Ni siquiera puedes entrar sin darte un baño. “Té” significa conciencia y su ritual equivale a orar. Cuando la gente entra en un habitación no se les permite charla alguna; guardan silencio. Se sientan en el suelo en postura meditativa y el anfitrión o la anfitriona prepara el té. Todo el mundo está en silencio. El té empieza a hervir y todos prestan atención al sonido, a la música que crea la tetera. Todos han de escucharlo. Han empezado a beberlo aunque el té no ha sido ni siquiera preparado.

Si preguntas a la gente del zen te dirán: “El té no es algo que tú sirvas con descuido y bebas como una bebida cualquiera. No es una bebida. Es meditación, es oración”. De modo que escuchan cómo la tetera crea la melodía y en esa escucha van volviéndose más silenciosos, más atentos.

Luego se colocan ante ellos unas tazas y las tocan. Esas tazas no son corrientes. Cada monasterio tiene sus propias tazas, prepara sus propias tazas. Aunque las hayan comprado en el mercado, primero las rompen y después las encolan de nuevo de forma que la taza se convierte en algo especial. No puedes encontrar otra igual en ninguna parte. Y entonces todos tocan la taza, sienten la taza. La taza representa al cuerpo. Si el té representa la conciencia, la taza representa al cuerpo. Y has de estar alerta, has de estar atento desde el centro mismo de tu cuerpo. Al tocarla, se mantienen alerta, en meditación. Entonces es servido el té. Se percibe su aroma, su olor. Esto lleva largo tiempo: una, dos horas…, no te bebes el té en un minuto, dejas la taza y te vas; no. Es un largo proceso, lento, en el que vas siendo consciente de cada paso. Y entonces lo beben. Su sabor, su calidez… todo es hecho con máxima atención. Por eso es el maestro el que sirve el té al discípulo. Con un maestro sirviéndote el té en tu taza estás más atento y consciente. Con un sirviente vertiendo el té en tu taza, simplemente te olvidas de él. Cuando Joshu sirve el té en tu taza –o si yo me acercara y sirviera té en tu taza- tu mente se detiene, te quedas en silencio. Algo especial está sucediendo, algo sagrado. El té se convierte en una meditación.

Joshu les dice a los tres: “Toma una taza de té”. El té es sólo una excusa. Joshu les sirve más conciencia y esa conciencia les llega a través de la sensibilidad. Has de ser más sensible en todo lo que hagas, incluso en algo tan trivial como tomar el té. ¿Sabes de algo más trivial que tomar el té? ¿Puedes encontrar algo más vulgar, más corriente, que tomar el té? No, no puedes. Y los monjes y maestros zen han elevado esto tan vulgar hasta lo más extraordinario. Han unido el “esto” con el “eso”, como si el té y Dios se hubieran vuelto uno. A menos que el té se vuelva divino, no serás divino, porque lo más bajo ha de ser elevado hasta lo más alto, lo ordinario ha de ser elevado hasta lo extraordinario, la tierra se ha de convertir en cielo. Han de ser unidos sin que quede separación alguna.

Únelos, de forma que tomar el té se convierta en una oración y lo más profano se convierta en lo más sagrado. Es un símbolo. Y el zen dice que sólo si tu vida corriente se vuelve extraordinaria, eres espiritual. Si no, no eres espiritual. Lo extraordinario ha de ser descubierto en lo ordinario. En lo conocido has de descubrir lo desconocido; en lo familiar, lo nuevo; en lo próximo, lo lejano; en “esto”, “eso”. Por eso Joshu dice: “Ven y toma una taza de té”.

En esta historia existe otra dimensión más y es la dimensión de la bienvenida. Todo el mundo es bienvenido. Quién seas no es importante: eres bienvenido. A las puertas de un maestro iluminado, a las puertas de un Joshu, o de un Buda, todo el mundo es bienvenido. La puerta está, en cierta manera, abierta: “Entra y toma una taza de té”. ¿Qué significa: “Entra y toma una taza de té”? Joshu está diciendo: “Entra y relájate”.

Si acudes a los mal llamados maestros, a los mal llamados monjes y sannyasins, te sentirás más tenso; no podrás relajarte. Acudes ante un sannyasin: te pones más tenso, tienes miedo. Él creará culpa en ti; te mirará con ojos condenatorios y, por la forma en que lo hace, te estará diciendo que eres un pecador. Y empezará a condenarte: esto está mal, eso está mal; deja esto, deja eso. Así no se comporta una persona realmente iluminada. Ésta te hará sentir más relajado. Hay un refrán chino que dice: “Si acudes ante un verdadero sabio, te sentirás relajado; si acudes a un farsante, creará más tensión en ti”. Consciente o inconscientemente se esforzará por demostrarte que eres inferior –un pecador- y que él es superior, que está por encima, que ha trascendido.

Un Buda te ayudará a relajarte porque solamente relajándote profundamente te convertirás en Buda. No hay otra forma.

“Toma una taza de té”, dijo Joshu. “Ven y relájate conmigo”. El té es simbólico: relájate. Si bebes té con un Buda, de inmediato sentirás que no sois desconocidos, que no sois extraños. Un Buda sirviéndote té en tu taza… Buda ha descendido hasta donde tú estás. Buda se ha acercado a “esto”, ha llevado el “aquello” al “esto”. Los cristianos, los judíos, no pueden comprender; los musulmanes no pueden entenderlo. Si llamas a las puertas del cielo, ¿puedes imaginarte a Dios viniendo y diciéndote: “Ven y toma una taza de té”? Parece algo completamente profano.

Dios ha de estar sentado en su trono mirándote con sus mil ojos, escudriñando cada parte, cada rincón de tu ser. Buscando cuántos pecados has cometido. Serás juzgado.

Este Joshu no juzga. No te juzga; simplemente te acepta. Digas lo que digas, lo acepta y dice: “Ven y relájate conmigo”. La relajación es lo que importa. Y si eres capaz de relajarte con un iluminado, su iluminación empezará a penetrar en ti porque cuando estás relajado estás poroso. Cuando estás tenso estás cerrado; cuando te relajas, él puede entrar. Cuando estás relajado, cómodo, bebiendo té, entonces Joshu está actuando. Él no puede entrar a través de tu mente pero sí puede entrar en ti a través de tu corazón. Preguntarte si quieres tomar una taza de té es hacer que te relajes, que te abras; es ayudarte a que te acerques, a aproximarte. Recuérdalo: siempre que comes o bebes con alguien, vuestra intimidad aumenta. Comida y sexo son las dos únicas intimidades. En el sexo, intimas; en la comida, también. Y la comida es una intimidad más básica que el sexo, porque cuando nace un niño lo primero que recibe de su madre es comida. El sexo vendrá más adelante cuando madure sexualmente, a los catorce o quince años. Lo primero que recibe en este mundo es comida y esa comida llega en forma de bebida. De modo que el primer contacto íntimo que conoces en este mundo es el que se da entre madre e hijo.

Joshu está diciendo; “Ven, toma una taza de té. Déjame ser tu madre. Deja que te dé de beber”. Y un maestro es una madre. Insisto: un maestro es una madre. Un maestro no es un padre y los cristianos se equivocan cuando llaman “padres” a sus sacerdotes, porque la figura del “padre” no es algo natural; es un fenómeno social. En la naturaleza la figura del “padre” no existe en ninguna parte; sólo en la sociedad humana. Es una creación, un producto de la cultura. La madre es natural. En ausencia de toda cultura, en ausencia de toda educación, en ausencia de toda sociedad, está presente en la naturaleza. Incluso los árboles tienen madres. Puede que no sepas que una madre no es la única que te da vida, sino que incluso un árbol tiene una madre. Lo han estado experimentando en Inglaterra. Allí hay un laboratorio especial en el que han estado experimentando con plantas y han descubierto algo realmente misterioso. Si siembras una semilla y la madre de la que procede esa semilla se encuentra en las proximidades, aquélla germina antes. Si la madre no está cerca, tarda más. Si la madre ha sido destruida, cortada, entonces la semilla tarda largo tiempo en germinar. Incluso para una semilla, la presencia de la madre es una ayuda.

Un maestro es una madre; no es un padre. Con un padre te relacionas sólo intelectualmente; con una madre tu relación es total. Has sido parte de tu madre, le perteneces por completo. Igual ocurre con un maestro, en orden inverso. Has nacido de tu madre; tú entrarás en el maestro. Es un retorno al origen.

Por eso los maestros zen siempre te invitan a beber. Te están diciendo de forma simbólica: “Ven conviértete en hijo mío, déjame ser tu madre, déjame ser tu segundo vientre. Entra en mí y yo te daré un nuevo nacimiento”.

Comer es intimar y está tan profundamente arraigado en ti que toda tu vida resulta afectada por ello. Los hombres –de cualquier parte del mundo, de diferentes sociedades, diferentes culturas- están pensando siempre en los pechos de la mujer. En cuadros, esculturas, películas, novelas, en lo que sea, los pechos son el punto central. ¿Por qué les atraen tanto los pechos? Han supuesto ti primer contacto íntimo en el mundo; has conocido la existencia a través de ellos. Lo primero que percibes del mundo es un pecho. A través de un pecho, por primera vez te aproxima a la vida, por primera vez conoces al otro. Por eso los pechos son tan atractivos. Una mujer que no tenga pechos, que tenga poco pecho, no te resulta atractiva. Te es difícil porque de esa manera no puedes percibir a la madre. Por eso, incluso una mujer repugnante se vuelve atractiva si tiene hermosos pechos, como si los pechos fueran el punto central del ser. Y, ¿qué son los pechos? Los pechos son comida. El sexo vendrá después; la comida es primero.

La invitación de Joshu a los tres, para que se acerquen y tomen una taza de té, es una llamada a la intimidad. Los amigos comen juntos; si un extraño se te acerca cuando estás comiendo, te sientes incómodo. Los desconocidos se sienten incómodos si han de comer juntos. Por eso, en los hoteles, en los restaurantes, las cosas han ido a peor. Al comer con extraños, la comida se convierte en veneno; te pones tenso, estresado. No estás en familia, no estás relajado.

La comida preparada por alguien que te ama tiene una calidad distinta; incluso su química cambia. Los psicólogos dicen que si tu esposa está enfadada no te ha de preparar la comida. Si lo hace, será un veneno. Y es difícil ¡porque las esposas están casi siempre enfadadas! Y los psicólogos dicen que si tu esposa empieza a crear problemas mientras comes –hablando, discutiendo-, es mejor que dejes de comer…; pero en este caso morirás, porque las esposas casi siempre crean problemas mientras uno está comiendo.

Éste es un mundo muy poco amoroso. La esposa sabe –por poca comprensión que tenga- que el peor momento para causar un conflicto es mientras el marido está comiendo, porque cuando él está tenso, estresado, cuando no está relajado, la comida se convierte en veneno y tarda más tiempo en ser digerida. Los psicólogos dicen que entonces se necesita el doble de tiempo para digerir la comida y que todo tu cuerpo sufre.

Comer es intimar, es amar. Y los maestros zen siempre te invitan a un té. Te llevan a la habitación del té y te sirven té. Te están dando comida, bebida. Te están diciendo: “¡Ábrete! No te mantengas tan alejado. Acércate. Siéntete como en casa”.

Ésas son las dimensiones de la historia, pero son dimensiones que pertenecen al sentir. No puedes comprenderlas pero puedes sentirlas, y el sentimiento es una comprensión de orden superior. El amor es una sabiduría superior. El corazón es el centro supremo del saber, no la mente. La mente es algo secundario, práctico, útil. La mente sirve para conocer superficialmente, pero nunca para conocer el centro.

Pero te has olvidado por completo del corazón; como si no existiera, como si no supieras de él.

Si te hablo del corazón, del centro del corazón, piensas en el pecho y no en el corazón. El pecho no es el corazón; el pecho es tan sólo el cuerpo del centro del corazón. El corazón está oculto en el pecho, en algún lugar de su interior. De la misma forma que el alma se oculta en tu cuerpo, en tu pecho se oculta el corazón. No es un componente físico, de modo que si acudes a un médico te dirá que no existe el corazón, el centro del corazón; sólo el pecho.

El corazón tiene sus modos propios de sabiduría. Joshu solamente puede ser comprendido a través del corazón.

Si tratas de comprenderle mediante el intelecto es posible que le mal-interpretes; sin embargo, es seguro que nunca lo bien-interpretarás (*)


(*) Juego de palabras en ingles, en el original, entre mis-understand=mal-interpretar (lit., “perder la comprensión”) y understand=comprender. (N. del T.).





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