M rostovtzeff Roma de los orígenes a la última crisis



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M. Rostovtzeff


ROMA

De los orígenes a la última crisis


TEMAS DE EUDEBA

EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES
Título de la obra original:

ROME
©1960 Oxford University Press, New York
Traducido por

Tula Núñez de Latorre

Cuarta edición. Junio de 1977

EUDEBA S. E. M.

Fundada por la Universidad de Buenos Aires

©1477

EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES



Sociedad de Economía Mixta

Rivadavia 1571/73

Hecho el depósito de ley

IMPRESO EN LA ARGENTINA — PRINTED IN ARGENTINA



ÍNDICE


PÁG.

I. Italia primitiva. Fuentes de información

II. Italia del 800 a. C. al 500 a. C: etruscos, samnitas, latinos

III. Roma en el siglo V y comienzos del IV a. C

IV. Roma en la primera mitad del siglo IV y comienzos del III a. C

V. Roma y Cartago

VI. Roma, el Oriente helenístico y Cartago en el siglo II a. C

VII. Las provincias romanas

VIH. Roma e Italia después de las guerras púnicas y orientales

IX. Los Gracos y el comienzo de la revolución política y social en Roma

X. Comienzo de la guerra civil. Los aliados. Mario y Sila

XI. Pompeyo y César: la segunda etapa de la guerra civil

XII. La dictadura de César. La tercera etapa de la guerra civil: Antonio y Octavio

XIII. Roma, Italia y las provincias en el siglo I a. C

XIV. El principado de Augusto

XV. Religión y arte en la época de Augusto

XVI. La dinastía Julio-Claudia

XVII. La época del despotismo ilustrado: los Flavios y los Antoninos

XVIII. Las provincias en los siglos I y II d. C

XIX. Gobierno del Imperio Romano en los dos primeros siglos d. C

XX. Desarrollo social y económico del Imperio en los dos primeros siglos

XXI. La crisis del Imperio Romano en el siglo III d. C

XXII. Las reformas de Diocleciano y de Constantino: el

despotismo militar de Oriente

XXIII. Las tendencias religiosas del Imperio durante los tres primeros siglos

XXIV. La decadencia de la civilización antigua

XXV. Causas de la decadencia de la civilización antigua
Mapa de Italia
Mapa del Imperio Romano
Cronología
Bibliografía
índice alfabético

Láminas entre páginas



NOTA A LA EDICIÓN CORREGIDA DE 1928
Los cambios introducidos en la segunda edición del primer volumen de esta obra (The Orient and Greece) son pocos y de escasa importancia y, en consecuencia, no consideré necesario aña­dir cosa alguna al prefacio que aparece al comienzo de ese volumen. En cambio, las modificaciones introducidas en la segunda edición del volumen segundo son más numerosas y exigen una nota explicatoria.

Esos cambios tienen por objeto satisfacer a mis críticos y, por supuesto, a mis lectores. Como es natural, no he podido descartar hechos determinados por las investigaciones arqueoló­gicas y reemplazarlos con las afirmaciones intuitivas y novelescas deseadas por uno de mis críticos. Tampoco he considerado opor­tuno transformar mi historia de Roma en un tratado sobre la constitución y el derecho romanos. Por último, en ciertas cues­tiones debatidas no he querido mudar de opinión, aunque algunos críticos poco informados hayan tomado, temerariamente, mis con­cepciones por errores.

Sin embargo, ha sido posible y me ha parecido conveníante corregir algunas aserciones erróneas, algunas expresiones ambiguas que pudieran tomarse por errores o falsear la comprensión del texto, y, sin que le reste importancia por decirlo al final, algunas erratas. Agradezco mucho a mis críticos el haberme llamado la atención con respecto a esos pasajes. En especial, expreso mi gra­titud al profesor F. B. Marsh, de la Universidad de Texas, quien ha tenido la gentileza de sugerir (a mi pedido) una lista de los cambios que resultarían de utilidad en el texto de mi libro. Le ruego que acepte mi más sincero agradecimiento.

ADDENDA

Este libro de Rostovtzeff vale por sí mismo; los descubri­mientos y las investigaciones recientes no le han restado actuali­dad. Sin embargo, hay hallazgos nuevos y la investigación exhaustiva ha 'resultado fructífera. Se indican a continuación los detalles más importantes a ese respecto.



Página 7. Los nuevos descubrimientos demuestran que la pre­historia de Italia fue mucho más compleja que el sencillo esquema de las invasiones indoeuropeas trazado en el texto. Cf. M. Pallotino, The Etruscans (trad. Pelican, 1955); E. Pulgram, The Tongues of Italy (Harvard University Press, 1959).

Página 11. En la edad de bronce (mediados del segundo mile­nio a. C. ) ya vivían hombres en las colinas de Roma. Las nuevas excavaciones prueban la existencia de chozas (del mismo tipo de las representadas por las urnas cinerarias) en las dos cimas del Palatino durante la primera fase de la edad de hierro, es decir, aproximadamente en el siglo VIII a. C. Las tumbas descubiertas debajo del Foro, sobre el Esquilino y sobre el Quirinal pertenecen al mismo período. Por otra parte, el Capitolio estaba 'habitado hacia el 600 a. C. y lo que habría de ser el Foro se empedró por vez primera hacia el 575. De este modo, el testimonio arqueológico confirma la fecha tradicional (753 a. C. ) de la instalación de "Rómulo" en el Palatino. Pero una interpretación más exacta de los datos arqueológicos y su correlación con la primitiva historia de Roma resultan muy difíciles, de modo que los problemas conexos se discuten acaloradamente. C. E. Gjerstad, Early Rome (vols. I M, 1953 y ss., en curso de publicación); R. Bloch, The Origins boj Rome (1960); A. Boethius, The Golden House of Ñero (University of Michigan Press, 1960), pp. 3 y ss. y 186; también, publicaciones de divulgación: S. M. Puglisi, "Huts on the Palatine Hill", Antiquity XXIV (1950), pp. 119-121; E". Gjerstad, "Stratigraphic Excavations in the Forum Romanum", Antiquity XXVI (1952), pp. 60 y ss.

Página 31. La hipótesis de que Quirino era un dios sabino no puede defenderse. Cf. G. Dumézil, L'héritage indo-européen á Rome (1949), pp. 87 y ss.

Página 8Jf. En la época de Cicerón solo se consideraba parte de la nobleza, esto es, de las mejores familias de Roma, a los descendientes directos de un cónsul (o dictador, o censor). Cf. H. H. Scullard, Román Politics (Londres, 1951), p. 6.

Páginas 84-85. Las relaciones entre tribus y centurias cons­tituyen un problema muy complejo, indebidamente simplificado en el texto. Cf. H. Hill, The Román Middle Class in the Republican Period (1952), pp. 38 y ss.; E. S. Stavely, "The Constitution of the Román Republic", Historia V (1956), pp. 112 y ss.

Página 96. Es probable que nunca llegaran a existir las tribus supernumerarias. Al final, los itálicos fueron distribuidos entre las tribus primitivas. Cf. L. R. Taylor, The Voting Districts of the Román Republic (Papers and Monographs of the American Acádemy in Rome, vol. XX, Roma, 1960), pp. 101 y ss.

Página 135. Los testimonios conservados no dan asidero para la inferencia de que Ático se dedicara al negocio editorial. Cf. G. Pasquali, Storia della tradizione (1934), p. 399.

Página 156. Acerca de la situación constitucional de Augusto, véase la compilación de opiniones recientes en una revista alemana, Historia I (1950), pp. 408 y ss., que contiene un artículo de G. E. F. Chilver.

Páginas 156 y 175. Una inscripción descubierta recientemente (la Tabula Hebana) demuestra que por lo menos hasta el 19 d. C. cónsules y pretores eran elegidos por el pueblo, pero el pueblo solo podía rechazar o aceptar los candidatos oficiales, seleccionados con anterioridad por votación de un comité de senadores y caba­lleros. Este complejo sistema eleccionario fue introducido por Au­gusto. Cf. J. H. Oliver y R. E. A. Palmer, "Text of the Tabula Hebana", American Journal of Philology LXXV (1956), pp. 225 y ss.

Página 173. Calígula exigió que se le rindieran honores divi­nos, pero no se proclamó "Señor y Dios".

Página 218. Nuevos hallazgos prueban que la tarifa de Diocleciano también estaba en vigencia en Occidente. Cf. T. Frank, An Economic Survey of Ancient Rome, vol. V (1941), pp. 305 y ss., W. L. Westermann, The Age of Diocletian (Nueva York, The Metropolitan Museum, 1953), p. 29.

Página 258. El imperio hitita no fue destruido por los tracios, sino por los "pueblos del mar". Cf. O. R. Gurney, The Hittites (Pelican, 1961).
ELIAS J. BICKERMAN
ITALIA PRIMITIVA. FUENTES DE INFORMACIÓN
En el siglo IV a. C, en el preciso momento en que el mundo griego se hundía políticamente, a pesar de un trasfondo de flo­reciente civilización, en otra parte del mundo se cumplía un pro­ceso inverso. En Italia, la unificación se llevaba a cabo a ritmo acelerado y toda la península se hallaba envuelta en un proceso de formación. Ese desarrollo no tenía lugar entre las colonias griegas de Italia y Sicilia que, como ya hemos visto, eran incapaces de mantener entre sí una unión permanente, sino entre las tribus itálicas, las cuales habían mantenido durante mucho tiempo rela­ciones con los etruscos y los griegos, y habían ido adoptando poco a poco su cultura. Gracias a ese proceso de unión, Italia se puso con rapidez en primer plano en el siglo IV a. C; a partir de fines del siglo U, su voz fue decisiva en los asuntos políticos de Oriente y los griegos tuvieron que obedecer sus órdenes.

Este estado de cosas, que determinó el curso de la evolución humana durante muchos siglos, plantea un problema fundamental. ¿Cómo fue posible, en tierra itálica y con la base de una liga conducida por uno de sus miembros, llegar a la creación de un poder único con un ejército fuerte y grandes riquezas, mientras que Grecia, a pesar de su genio creador, nunca logró dar cima a ninguna de sus tentativas para conseguir el mismo resultado? Dicho de otro modo: ¿Por qué Roma, que no era más que una ciudad-Estado como Atenas y Esparta, logró resolver el conflicto que no habían podido superar Atenas ni Esparta, ni tampoco las monarquías griegas fundadas en el poder militar por los sucesores de Alejandro?

El surgimiento de tal imperio, con Roma por capital, y su extensión por la península y, más tarde, por todo el mundo cono­cido, resultaba, en verdad impresionante, como hecho histórico, para todos los filósofos e historiadores de la Antigüedad, bien fuesen nativos de Italia y, por consiguiente, coautores también ellos de ese imperio o griegos y, en consecuencia, gentes obligadas a someterse a su mandato. Grandes intelectuales, como Polibio, el historiador griego que describió los días triunfales de Roma y sus brillantes victorias en Oriente y Occidente en el siglo II a. C, y prominentes hombres públicos romanos de gran saber y de des­tacada actividad política, todos dirigieron sus mentes hacia ese problema, en busca de una explicación satisfactoria. La explica­ción que dieron estaba inspirada por las ideas filosóficas y políticas vigentes en aquel tiempo.

Partiendo del principio de que el bienestar de un Estado depende en parte de las cualidades morales de los individuos y, en parte también, de la bondad de su constitución, los historiadores filo­sóficos griegos atribuyeron el éxito de Roma a dos causas: a las virtudes de los ciudadanos romanos y a la perfección de su cons­titución, que realizaba en la práctica el ideal forjado mucho antes por los filósofos griegos, desde Platón en adelante. Sin embargo, nosotros no podemos aceptar esa explicación como suficiente. La investigación de las condiciones de vida en Roma e Italia nos ha mostrado algo de lo que el propio Polibio ya advertía al final de su vida, y es que la opinión que tenían los antiguos pecaba de exagerada, tanto en lo. que respecta a la constitución como a las virtudes cívicas y morales del pueblo romano; esa opinión no concuerda por entero con los hechos y, en todo caso, no constituye una plena respuesta al problema.

Es claro que las causas del éxito de Roma son más complejas y más profundas, y solo se pueden descubrir mediante un cuidado­so estudio del contorno histórico que moldeó la vida de Italia desde la más remota Antigüedad. Pero nosotros sabemos muy poco de ese proceso inicial. Los griegos se interesaban especialmente en la suerte de sus propias colonias de Sicilia y el sur de Italia. Tenían conocimiento acerca de las tribus itálicas desde el siglo VI a. C, pero no pusieron gran interés en ellas hasta dos siglos más tarde; su preocupación acerca de esas tribus fue mayor a fines del siglo IV y comienzos del III. Hay que añadir a todo esto que la copiosa literatura histórica producida por los griegos de Sicilia e Italia no ha llegado hasta nosotros y la que ha llegado consiste solo en pobres fragmentos. El más valioso de esos fragmentos fue recogido por los escritores romanos entre el año 100 a. C. y el año 100 d. C; se trata de fragmentos del historiador griego Timeo, nativo de Tauromenium (hoy Taormina) en Sicilia, que vivió desde fines del siglo IV hasta la primera mitad del III a. C. Este historiador recogió todo cuanto se sabía en aquel entonces acerca de los clanes itálicos.

La tradición histórica, tal como la conservaron los propios itálicos y la rehicieron los historiadores romanos de los tres últimos siglos anteriores a Cristo, no solo es pobre sino que está delibera­damente falseada. Las tribus itálicas apenas tenían documentos en los que se registrasen sus acontecimientos históricos.


El arte de ITALIA PRIMITIVA
la escritura les llegó muy tardíamente y se empleaba muy poco para perpetuar la memoria de sus acontecimientos. Había una raza, residente en Italia, que hubiera podido crear una tradición histórica: eran los etruscos; pero éstos hablaban y escribían una lengua que no entendía la mayoría de los itálicos ni tampoco los hombres cultos de Roma. Por otro lado, la tradición etrusca proba­blemente no era de larga data y, en todo caso, no merecía mucho crédito. Los pocos textos epigráficos que se conservan no remon­tan más allá del siglo IV a. C.

Ante tal estado de cosas, no es de extrañar que los historia­dores se encontrasen perplejos cuando a fines del siglo III a. C. comenzaran a recoger hechos acerca de la primitiva historia de Roma e Italia. Con los métodos de investigación histórica cono­cidos por aquel entonces, apenas hallaron algo en la literatura grie­ga o en las tradiciones locales que les pudiera ayudar para hacer una narración, digna de confianza, de las vicisitudes por las que habían pasado los itálicos antes del siglo IV a. C. Más tarde, en el siglo IV y en el ni a. C. la cuestión mejoró porque, tanto en Grecia como en Italia hubo personas que se interesaron en la historia itálica y registraron los sucesos contemporáneos de Roma y de las tribus itálicas. Entre esos estudiosos, los más eminentes eran los propios romanos. Para el período anterior tenían que ba­sarse en las siguientes frentes: 1) alusiones occidentales de los historiadores griegos del sur de Italia; 2) conjeturas de los mismos escritores acerca del pasado de Roma, sobre el cual sabían muy poco y que además trataban de relacionar con el pasado legenda­rio de Grecia; 3) listas de los magistrados romanos. Pero estas listas eran incompletas e inexactas, al menos hasta el año 320 a. C, fecha en que el colegio de pontífices comenzó a reunir listas de cónsules con la intención de hacer un calendario, agregando noticias de acontecimientos importantes; ese documento se cono­ció con el nombre de "anales de los pontífices"; 4) la tradición oral, conservada en los cantos que se entonaban en las casas de algunas familias de vieja estirpe o asociados con los más antiguos monumentos existentes en la ciudad; 5) supervivencias de la An­tigüedad en ciertas instituciones civiles y religiosas; 6) algunos fragmentos informativos que procedían de la literatura histórica de los etruscos.

Con tales fundamentos, no se pudo construir la historia conexa de Roma e Italia desde los tiempos antiguos. Pero, mientras tanto, el orgullo nacional de Roma y el papel que comenzaba a represen­tar dentro de la familia de- los imperios helenísticos exigía que también ella tuviera, como los otros imperios y ciudades del mundo civilizado, su propia historia y, además, una historia que partiera desde el comienzo, es decir, desde la fundación de la ciudad. Asimismo, la historia de Roma tenía que relacionarse de un modo u otro con la del mundo civilizado o, dicho de otro modo, con Grecia y con el episodio más antiguo de esa historia, la propia guerra troyana. Roma debía ocupar un sitio en el poema de Ho­rnero, el monumento más antiguo de la tradición histórica griega. Para el último período, era preciso mostrar cómo Roma avanzaba, cada vez con mayor fuerza, hasta convertirse en la dueña de Italia y cómo fue formándose, poco a poco, su constitución, que hasta los griegos reconocían como un modelo de perfección.

Con estos objetivos a la vista, los primeros historiadores de Roma crearon, mediante esfuerzos combinados, una cronología más o menos aceptada y una historia bastante detallada de la Roma primitiva, de un contenido sumamente patriótico pero fundado en cimientos muy endebles. Algunos de esos historiadores eran inmigrantes procedentes del sur de Italia, helenizados, tales como Ennio y Nevio, que vivieron y escribieron durante las guerras pú­nicas; otros eran romanos que desempeñaron un papel en la polí­tica de fines del siglo DI a. C. y a principios del II a. C, como, por ejemplo, Fabio Pictor, Cincio Alimento, Gayo Acilio (todos los cuales escribieron en griego), y Marco Porcio Catón, Casio Hemina, Calpurnio Pisón, Gneo Gelio, y Claudio Cuadrigario. Como ya he­mos apuntado anteriormente, esos autores poseían fuentes muy poco fidedignas para el período primitivo. Como trataban, de cons­truir una narración continua del desarrollo de la ciudad con frag­mentos de tradición histórica, recurrían a una serie de suposiciones arbitrarias, fundadas en interpretaciones fantasistas y carentes de' valor científico, o bien utilizaban palabras referentes a algunas ins­tituciones civiles y religiosas que no comprendían o a nombres de ciertos monumentos erigidos en los inicios de Roma. Esos histo­riadores confiaron en suposiciones parecidas de los historiadores griegos que procuraban hacer conexiones caprichosas entre la his­toria de la Roma primitiva y la mitología griega. De esta manera, consiguieron hacer narraciones, más o menos conexas, desde la llegada de Eneas, cuando ese héroe huyó a Italia después de la toma de Troya, hasta el momento en que pudieron emplear los hechos más o menos auténticos de la historia de Roma, que la tradición oral había conservado en una forma semilegendaria, y también la primitiva información realmente auténtica sobre asun­tos internos y externos.

Con estos hechos aislados y semihistóricos, asociados a nom­bres que figuraban en los primeros tiempos, pero a los que no se les puede asignar una fecha determinada, los historiadores romanos intentaron de nuevo construir una narración ordenada de los acon­tecimientos. Colocaron los hechos siguiendo un determinado orden cronológico, de. acuerdo con su propio juicio; inventaron nuevos

héroes, para los que no tenían base en la tradición, y describieron detalladamente sus hazañas; dijeron cómo esos hombres alzaron a Roma sobre sus vecinos y dieron vida a la constitución romana. Este cuadro era, en gran medida, imaginario y todavía fue fal­seado aún más por los escritores de la segunda mitad del siglo II a. C. y comienzos del I, que trataban de encontrar un apoyo en el pasado remoto para las reformas políticas y sociales que ellos mismos propiciaban.

Mediante un análisis cuidadoso de esas obras históricas es posible entresacar algunos hechos constitucionales, religiosos y po­líticos, a partir del siglo VI a. C; pero esos hechos son tan genera­les que es casi imposible construir una historia continua y algo completa de Roma e Italia en el siglo V y gran parte del siglo IV. Para tiempos más remotos, los escritos de los historiadores roma­nos son prácticamente inutilizables.

Por ese motivo, resultan especialmente valiosos los resultados de la investigación arqueológica en Italia. Ellos nos permiten for­marnos una idea del desarrollo cultural del país desde la época paleolítica. No es fácil compaginar los resultados1 así obtenidos con los informes de los historiadores romanos, en especial con el que nos muestra la distribución de los diferentes pueblos estable­cidos en Italia. Pero algunos puntos se pueden dar por seguros y, aunque son pocos, tienen mucha importancia para la comprensión de la historia ulterior de la península.

Geográfica y geológicamente, Italia se parece, en líneas gene­rales, a Grecia. La península Apenina es una continuación de la Europa Central que llega hasta el Mediterráneo. Italia está limi­tada al norte por los Alpes. Aunque éstos parecen constituir a primera vista, una formidable barrera entre Italia y Europa cen­tral, la realidad es que tal barrera no es tan enorme como parece. Porque los grandes ríos de Europa central, el Ródano, con sus afluentes, que sigue la dirección sudoeste, y el Rin, que corre hacia el norte, nacen en los Alpes; era, pues, muy posible seguir sus cursos por los pasos que atraviesan los Alpes hasta Italia y de allí descender por los valles de los ríos, en su mayoría tributarios del Po, hasta la fértil llanura del norte de Italia. Una franja costera permitía la conexión de Italia y Galia. También era relativamente fácil penetrar en Italia por la región del Danubio y sus afluentes.

La línea de los Apeninos forma la columna vertebral de la península itálica; va más allá del mar, reaparece en Sicilia y se conecta geológicamente con el norte de África. Esas montañas son mucho menos inaccesibles y peladas que las de Grecia; están en­trecortadas por un crecido número de fértiles valles y se hallaban cubiertas en tiempos antiguos con bosques y ricos pastos disponi­bles en todas las estaciones del año. En la costa oriental, las montañas se acercan al Adriático, salvo en Apulia, en donde existe una extensa llanura de óptimo pasto para ganado vacuno y lanar. En el Occidente, las condiciones varían. Allí existe una fila de volcanes, en especial en Etruria, el Lacio, en Campania y las islas adyacentes, incluyendo Sicilia, y su secular actividad ha creado en la ladera occidental de los Apeninos llanuras sumamente fér­tiles, cruzadas por ríos que nacen en la parte central para terminar en el Mar Tirreno. El mayor de estos ríos y el único adecuado para la navegación es el Tíber. Este río divide uno de los valles en dos porciones: el Lacio y Etruria; otro valle es la Campania, separada del Valle del Tíber por algunas estribaciones de los Ape­ninos que descienden hasta las orillas del mar.

Ya hemos hablado de la extraordinaria fertilidad de la Cam­pania. Las llanuras de Etruria y el Lacio son más pobres en cuanto a su formación geológica; el suelo consiste en un fértil estrato de toba volcánica porosa sobre una capa de arcilla impermeable y, por consiguiente, se puede convertir fácilmente en pantano. Pero, mediante un cuidadoso drenaje y un trabajo persistente, se pueden obtener buenas cosechas e incluso, aunque se halle en parte su­mergido, suministra en invierno buen pasto para los ganados de los valles superiores de la cercanía.

La costa itálica es menos rica en puertos que la de Grecia; pero posee, en especial en su parte occidental, excelentes bahías. Los mejores puertos son los de Ñapóles y Genova; hay también bastantes puntos a donde pueden arribar las embarcaciones de tamaño regular y descargar sus materiales. Así, pues, en conjunto, la parte más fértil de Italia mira al oeste; sus llanuras más produc­tivas corren hacia el oeste; además, se une al Occidente a través de Sicilia, de la que solo la separa el angosto estrecho de Mesina y de la costa del Golfo de Liguria. También es íntima su conexión con Oriente: el Po corre al Adriático, una serie de islas acerca su costa oriental a la costa occidental de Grecia y la bahía de Tarento ofrece libre acceso a las embarcaciones que salen del Golfo de Corinto. Esas condiciones geográficas han determinado la his­toria de Italia. El país era accesible, por un lado, para las tribus de Europa central y, por otro, para los navegantes de Oriente. Unos y otros se sentían atraídos por su riqueza natural, su clima templado y su rica vegetación. Los pastores y campesinos de Eu­ropa central llegaban tentados por los excelentes pastos y la fer­tilidad de sus campos, mientras que los inmigrantes orientales buscaban los puertos del sur, que daban acceso a la próspera Cam­pania, a los fértiles valles del sur de Italia y a los antiguos bosques de las colinas circundantes, que suministraban maderas excelentes para la construcción de barcos.




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