Lucien israel



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ELOGIO DE LA HISTERIA
El término elogio no debe sorprendernos; el elogio de la locura, de todas las formas de la locura, no es nuevo.

Hablar aquí, para hacer el elogio de la histeria, restablece una tradición: el <> que los psiquiatras desgraciadamente han olvidado, pues el discurso en el cual fue hecho este elogio no era el discurso de la ciencia o del saber sino el discurso de una meditación reflexiva que osaba cuestionar a aquel que lo enunciaba. Hay otras razones todavía para hacer el elogio de la histeria. Este elogio está justificado en primer lugar por el título que yo mismo elegí: << el goce de la histérica>>, que puede entenderse como un genitivo objetivo o como un genitivo subjetivo, razón por demás suficiente para hacer el elogio de nuestra histérica; pero sus méritos no se limitan a esto.


Al menos por esta noche, propondré la siguiente definición de la histeria: uno de los dispositivos neuróticos de ordenamiento de las pulsiones. Adviertan que trato de introducir de entrada toda una serie de puntos que son centrales en la búsqueda psicoanalítica actual así como en las búsquedas <66
Dispositivo neurótico. ¿De qué se trata? Recordarán que Freud enfocaba a menudo la neurosis como un conflicto, como un conflicto entre dos instancias que él definía como el Yo y el Ello (o el Superyó). Leeremos los síntomas en este registro conflictual cuando pongamos en práctica esa extraña relación llamada psicoanálisis. Tenemos por un lado la ligazón con la pulsión, por el otro, con lo racional. Pero el síntoma es algo que sobreviene mucho después de la aparición de las pulsiones. La pulsión es anterior no sólo al síntoma sino también a lo que puede llamarse sujeto del inconsciente. Una palabra para situar a lo que se debe entender por sujeto del inconsciente: el sujeto del inconsciente no tiene nada que ver con el Yo o al menos no hay que entenderlo como lo que un análisis

psicológico enseña que es el Yo. Les daré un ejemplo que nos acerque al sujeto del inconsciente sin que por ello lo defina: es posible que aparezcamos en un sueño que nosotros soñamos. Pero entonces cabe la pregunta: ¿quién sueña? . Esta distinción, entre el sujeto que aparece en el sueño y la hipótesis necesaria de otro sujeto que sueña ese sueño, nos proporciona una primera vía de aproximación a lo que es el sujeto del inconsciente. Ahora bien, la pulsión, que según la definición freudiana se sitúa como un límite entre lo psíquico y lo somático, como el


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representante de lo biológico en el discurso, esa misma pulsión precede al sujeto del inconsciente. Esto hace que las otras instancias freudianas en adelante clásicas, el Yo y el Superyó, devengan representantes no de la pulsión ni del sujeto del inconsciente sino de una exterioridad la mayoría de las veces represiva.
De paso, esto nos lleva a descubrir (a veces me permito algunas digresiones, pues no me gusta permanecer demasiado fijado en un punto, tengo más bien tendencia a dejarme llevar por las digresiones de acuerdo a lo que vaya apareciendo en mi campo de conciencia), esto nos lleva tal vez a descubrir en la psicosis una salida, una vía de descarga para esas pulsiones que escapan al dispositivo ofrecido, al dispositivo propuesto por esta exterioridad que he mencionado y que relacionando con las enseñanzas de Jacques Lacan se podría designar como « el Otro con mayúscula>>. Esos dispositivos son siempre dispositivos simbólicos, o sea correspondientes al lenguaje, o sea articulados sobre ese soporte del lenguaje que se puede llamar significante. Pero no nos precipitemos demasiado (no teman, no voy a limitarme sólo a áridas consideraciones metapsicológicas); voy a retomar el elogio de la histérica, pues no he agotado las razones que tenemos para estar agradecidos. La histeria es para el psicoanálisis la primera neurosis escuchada, la primera neurosis que haya
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sido escuchada, luego la primera que permitió a quien la escuchaba introducir o crear el discurso psicoanalítico; y lo que era verdadero para Freud lo sigue siendo para cada uno de nosotros. Ningún analista es introducido en el análisis sin haber seguido el itinerario de una histeria. El psicoanalista es siempre precedido aún hoy por una histérica, al menos una. Para aquellos que están algo habituados al discurso lacaniano ese «al menos una» lo escribirán como Lacan se entretiene a veces en escribirlo: HOMMOINSUNE*. La histérica instaura el discurso analítico al igual que al analista; veremos en seguida que esta instauración, que esta creación del psicoanalista y del psicoanálisis por la histérica, no está exenta de peligros para el analista, y es el haber sucumbido a esos peligros, o más bien a esas trampas, es por haber caído en ellas que algo ha aparecido en la historia psicoanalítica llamada postfreudiana. Podríamos hablar de freudismo, en la medida en que dar a un estado el nombre de una persona hace de ese estado un saber.
Hace un instante he señalado el peligro de la constitución en saber de cualquier método de búsqueda, de descubrimiento o de creación. Si el freudismo o el postfreudismo es el conjunto del saber
* Juego homofónico del francés entre «au moins une» y «hommoinsune> . (N. del T.)
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psicoanalítico, no hay entonces posibilidad de evolución, de revolución o de discusión en el sentido psicoanalítico mismo. Hemos pues de desconfiar de nosotros en la trampa que nos tiende la histérica, ya que es verdad que la histérica nos crea, pero esa no es una verdad fácil de asumir y tenemos además tendencia a colocarnos en un lugar que especificaré en seguida, en un lugar donde la histérica busca a alguien, espera a alguien que lo sepa todo de ella. Se trata, pues, de evitar la trampa que sería la de situarnos allí donde el discurso de la histérica nos instaura, de situarnos allí donde el discurso de la histérica nos invita, pues seguramente ella crea al analista pero no al personaje del cual ella cree o pretende hablar. Es evidente que si el analista se engancha en ese señuelo, en ese espejo, él se confunde con el personaje o con la imagen a quienes la histérica se dirige, y no habrá allí más análisis porque la relación analítica es desconocida. Estas son las generalidades.
Último mérito de la histérica: el síntoma ofrecido clásicamente por las histéricas, aunque sea raro actualmente, el síntoma desconcierta, interpela suficientemente al médico porque él se esfuerza en hacer el pasaje de la naturaleza : somática del síntoma a su traducción en palabra. Freud ha hablado del salto en lo que él llamaba inervación somática. El análisis de la histérica es el reverso
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de ese salto, es la restitución a la palabra de algo que se expresaba por el cuerpo. No vayamos demasiado rápido e interroguémonos sobre eso que ha permitido que un síntoma devenga interpretable. ¿Cuál es la condición para que una producción cualquiera del inconsciente sea interpretable? En esto se puede ser completamente preciso; es necesario que el objeto interpretable esté constituido como consumado. No se puede, y esto es verdadero tanto en análisis como en cualquier tentativa de relación no alienante en el otro, no se puede tratar de interpretar algo que está en proceso de desarrollo. Si Freud ha sido tan reservado después de haber descubierto las neurosis actuales, tan reservado en cuanto a su elaboración, tan reservado en cuanto a la utilización del psicoanálisis en el tratamiento de esas neurosis, es justamente porque no tenía nada que ver con algo consumado. El síntoma histérico en cambio es una especie de marca, de trazo de algo terminado desde hace mucho tiempo. Terminado tal vez de modo no satisfactorio, pero allí no está la cuestión, sino en algo a lo que nada se agrega. Puesto que estamos en Bretaña, por qué no ver el síntoma histérico como una especie de megalito en el cual hemos de reencontrar la historia pasada. Creo que verán, que evaluarán por este ejemplo la dificultad que existe al interpretar. No estoy seguro de
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que se esté mucho más avanzado en materia de interpretación de la significación de los megalitos. Pero lo seguro es que las pocas veces que es posible interpretar, es cuando tenemos entre manos un objeto consumado. Que ese objeto sea el sueño, que sea el chiste, que sea el lapsus, cada una de estas manifestaciones del inconsciente son; alguna de tantas otras manifestaciones de un juego que ya está jugado. Ese juego que está jugado es siempre el deseo, el deseo que no es realizado; el término realización de deseo es un término discutible que resulta de una traducción errónea de ciertas expresiones freudianas, el deseo del que se trata no es el deseo realizado sino el deseo cumplido. Poco importa que este cumplimiento haya sido alguna vez satisfecho o no. Un juego se puede ganar o perder, la puesta en juego del deseo puede a veces triunfar, pero también fracasa a menudo. Esto me lleva a retomar lo que decía antes del peligro corrido por el analista. No sólo el analista corre riesgos. El analista puede hacer correr peligros al analizado y uno de los peligros sería justamente que se equivocara de lugar, colocándose en el lugar donde la histérica representa ese personaje; el analista le vendría a anticipar el deseo, ese deseo especialmente en juego en la semiología histérica. Él puede proyectar su propio deseo y alienar así en uno de los dispositivos designados
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más arriba lo que podría ser el deseo del sujeto mismo. Es allí que se asiste a una utilización del análisis a menudo ignorada por el analista. Pero es una utilización que no se la puede designar de otra forma que como una

explotación política.


Deseo cumplido, he dicho, que no es un deseo muerto, pues el deseo cumplido se distribuye, renace hacia otros objetos; renace es un término ambiguo, tal vez sea mejor resucita: es suficientemente vago para que no se sepa exactamente lo que ocurrió antes. El deseo resucita hacia otros objetos pero, de estar cumplido una primera vez, deja trazos y son esos trazos los que vienen a constituir justamente al sujeto del inconsciente, al que podemos definir como un cenotafio, o sea como una tumba vacía, porque el deseo no se deja enterrar.
Estamos siempre, me disculpo por ello, en los preliminares. Todos estos preliminares para decir que el síntoma histérico es una palabra que falta, un significante que falta y que por el agujero que resulta de esa ruptura en la cadena hablada, por el agujero que resulta de ese corte en la cadena significante, aparece algo, y es ese algo la especificidad de la histeria, lo que aparece en el corte de la cadena significante es el cuerpo bajo todas sus formas, nombrables e innombrables. Esa remisión al cuerpo por un corte en la palabra, esa remisión me
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incita, o me invita, no directamente a una digresión, sino a una pequeña ampliación de lo que tendría que decirles. Un corte en el discurso, una ausencia en el discurso, una falta en el discurso se soporta por el individuo, por la persona que habla, en la medida en que ese corte no reenvía a otro corte, situado precisamente al nivel del cuerpo. Cuando, en cambio, el corte en el discurso se superpone a lo que puede ser el equivalente de un corte al nivel del cuerpo, una pérdida, por ejemplo, al nivel de un cuerpo habitualmente vivido como entero, cuando corte en el discurso y corte en el cuerpo se superponen, se asiste a esa manifestación que es la depresión, cuyo nombre es bastante mal usado actualmente. En los casos típicos se trata de ese estado que se descubre cada vez que hay una pérdida de objeto real al nivel del cuerpo; en el postparto por ejemplo, en lo que sigue al parto, no es rara una depresión. Hay allí una pérdida a nivel del cuerpo, pero no sólo en el postparto. Todos los «post» que quieran, que se traduzcan por una pérdida de objeto, sea objeto del propio cuerpo u objeto introducido, determinan la misma reacción, sea el postcoito, sea también la llegada de la menstruación. En todos estos casos la histeria se va a manifestar clínicamente por un intento de retención del objeto. Partiendo de ese vacío llego poco a poco a los síntomas,
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partiendo de ese vacío creado en alguna parte del cuerpo, vacío que ya había sido referido por Galeno que describía la histeria, a mi entender, en términos totalmente aceptables aún en la actualidad: como una migración de los úteros descontentos por no ser fecundados, que iban a buscar su pitanza a alguna parte. Asimismo, ustedes conocen el empleo que ciertos mitos han podido dar a ese útero voraz, yendo a recoger las cosechas de quién sabe qué indios o esquimales; no es muy diferente del útero galénico subiendo al cerebro, lo que el lenguaje popular, pienso que tanto en Bretaña como en Alsacia, traduce diciendo «eso se le subió al cerebro». No es sólo la retención del macho púber y prepúber que reemplaza al líquido cefalorraquídeo por un esperma que no encontró su salida natural, es también el útero migratorio de Galeno que se manifiesta y espera, retirado en alguna parte de no sé qué ventrículo lateral, que Freud vino a interpretar, porque en realidad la teoría de Freud no es tan diferente de la teoría galénica. Está dicho en un lenguaje diferente. Galeno probablemente no creía tanto en eso, en los paseos de úteros; seguramente él habría podido constatar, como todos en una determinada época de su vida, que el útero estaba en su lugar y no donde se comentaba. Dicho de otra forma, era una buena metáfora que él utilizaba. Ha sido preciso
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escuchar a Freud para proponernos una teorización distinta del útero vacío, frustrado,y es la teoría traumática de Freud, teoría traumática de la histeria, la cual bien se sabe que Freud abandonó después de haberse dado cuenta de que las histéricas no devenían histéricas después del traumatismo sexual, que nos resuena aún en los oídos. Por otra parte son sobre todo los <Freud jamás abandonó completamente la teoría traumática. Nosotros sólo vamos a releer esta teoría traumática, ayudados por la referencia galénica. Una de las definiciones freudianas de histeria es ésta, intentaré recordarla en los términos de Freud : «Considero como histérica a toda persona que en una situación de excitación sexual no experimenta sensación alguna o experimenta repugnancia». Esta definición de la histeria la brinda después del supuesto abandono de la teoría traumática. Intenten imaginarse de pronto esto: que no experimentan ninguna sensación, en una situación
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donde toda nuestra civilización, toda nuestra cultura, toda nuestra literatura, toda nuestra formación espera de nosotros, exige de nosotros que justamente experimentemos el summum que un ser humano puede experimentar.
No sentir nada en ese momento es la máxima decepción; el traumatismo es eso. El traumatismo nunca es la invasión de un cúmulo de excitación, el traumatismo es el descubrimiento de que en una situación donde se debería sentir algo, donde se esperaba sentir algo, no se siente nada. Freud nunca abandonó esta teoría traumática. No sentir nada allí donde el otro siente algo o al menos pretende sentir algo, eso los deja en la máxima derrota; y no es más que una histérica quien nos revela ese traumatismo, bajo su forma más habitual: la frigidez. Lanzo acá un término como si fuera un término conocido. A propósito pienso que J. J. Kress se acordará de nuestra sorpresa cuando trabajábamos con ginecólogos que nos enviaban toda clase de enfermas, salvo mujeres frígidas. Les preguntamos si ellos no veían esos casos; nos contestaron que sí, pero que esos casos los trataban ellos mismos. Los envidio. no por sus supuestos métodos naturistas más que naturales del tratamiento de la frigidez ‑como decía uno de nuestros buenos maestros al ver la clientela habitual de los ginecólogos: <77
puede curar la frigidez con inyecciones, con píldoras, con masajes a otra fisioterapia.
LOS SÍNTOMAS
Ya entramos de pleno en los síntomas. Pero no voy a hablar del síntoma frigidez, voy a hablar primero de los síntomas clásicos. En principio, de las crisis, para liquidarlas. Porque las crisis, basta releer los documentos referidos a la historia de la histeria, para descubrir que esas crisis eran largamente inducidas. Nosotros ya nos habíamos ocupado de uno de los efectos de alienación que he denunciado antes, provenientes no del psicoanálisis sino de algún médico que trataba la histeria y que llevaba a la histérica a producir el síntoma que el médico esperaba. Pienso que encontrarán la más rica descripción de las crisis histéricas en las obras históricas, sobre todo en el diccionario Dechambre, Diccionario enciclopédico de las Ciencias Médicas. Dechambre era un señor que se llamaba Dechambre y que nada tenía que ver con la música de cámara *. En su diccionario está descrito en forma extraordinaria todo el saber sobre la histeria desde el comienzo
* Juego homofónico del francés entre Dechambre (nombre propio) y <del T.)
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del siglo xix. Si toman ese texto y lo colocan al lado del de Galeno, nadie sería capaz de decir cuál es más antiguo, cuál data de más tiempo. De todos modos la descripción de las crisis histéricas está hecha notablemente, tan notablemente que pienso que la mayoría de los psiquiatras, neuropsiquiatras, médicos, psicólogos, psicoanalistas, no han visto jamás algo parecido, yo no al menos. En cambio, la crisis de nervios, eso sí (pero justamente si les hablo de esa crisis de nervios es para hacer caer esa frontera entre salud y enfermedad mental, pues la crisis de nervios es lo que nos puede garantizar que jamás termina o que jamás terminará esa frontera). Esa crisis de nervios es más exactamente lo que se ha descrito como crisis histérica y allí, una vez más, uno de los méritos de la histérica, el de manifestarnos por sus síntomas que la histeria está entre nosotros. No es que se pueda designar como histérica a tal o cual persona aquí, en esta sala. Sino que hay en nosotros, en cada uno de nosotros un trozo de histeria, una partícula, una pepita, si quieren.
Esto coloca en su lugar a la semiología de la histeria. Verán que los síntomas de los que voy a hablar son justamente síntomas que pueden hablarnos. Dejemos a un lado las interpretaciones un poco simplistas de la supuesta crisis, interpretaciones basadas en las manifestaciones
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provocadas por aquel que va a interpretar dicha crisis. Vean en qué pliegue narcisista cae aquel que quiere interpretar un síntoma así fabricado. Lo que quisiera retomar primero son esos síntomas que han tenido su hora de gloria, que se los ve muy raramente en la actualidad, pero que existen; es lo que llamaré los síntomas cortados. Esos síntomas de los que se habla en los libros de psiquiatría tradicional y que se manifiestan todos por una limitación neta, una limitación a cuchillo, síntomas recortados según diferentes modas de ropa, los síntomas en puño, en dedos de guante, en mitón, en calcetín, etc. Se inventaron cantidad de términos para designar a esos síntomas que no se llegaba a localizar anatómicamente; no más según las ramificaciones nerviosas que según las metámeras. De golpe se encontró al encargado del vestuario o sea el fabricante de ropa, para descubrir la topografía de esos síntomas, y se ha tenido toda la razón al tomar al sastre, porque el sastre es aquel que arregla, que corta y que recorta. Es esto lo importante a tener en cuenta en esos síntomas: se trata de un recorte que afecta a las funciones sensoriales y a las funciones motrices. Se trata de anestesias y parálisis histéricas
A partir de este punto de referencia del recorte de los síntomas, vamos a poder entender toda una serie de distintos síntomas histéricos
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y vamos igualmente a señalar como síntoma recortado a las manifestaciones que hasta acá tal vez no entraban mucho en ese cuadro. Los síntomas cervicales, por ejemplo. Todo el mundo conoce esos síntomas de constricción cervical, de bolo histérico, de ahogo, de respiración entrecortada, todas esas cosas que pasan a nivel del cuello, o sea de ese istmo corporal, ese lugar del cuerpo tan designado para ser recortado. Se podría designar el cuello como «para recortar según la línea de puntos», el Doctor Guillotina no se equivocó en eso, él ha recortado muy bien siguiendo la línea de puntos. La histérica también reconoce que al nivel de ese estrechamiento, de ese recorte natural del cuerpo, algo puede detenerse. Agreguen a los síntomas clásicos ese síntoma que me es caro porque me es muy útil; yo no lo he inventado sino escuchado a la gente que me hablaba y que me ha sido confirmado por los profesores de dicción, el síntoma de la voz de falsete. La voz de falsete es esa voz que corta los armónicos que resultan del uso de la laringe y de toda la caja torácica y aun abdominal para provocar alrededor de un sonido toda una serie de resonancias. Lo que pasa en ese momento, cuando la voz deja repercutir tal o cual parte del cuerpo, lo que pasa es que se exhibe al mismo tiempo, por la voz, la parte del cuerpo con la que se habla. No se habla sólo con la
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laringe, está todo el cofre musical, toda la caja musical que resuena al mismo tiempo, a menos que por razones que aparecen luego evidentes, a menos que se decida hacer como si ese cuerpo no existiera, como si el falsete existiera solo y como si la caja de resonancia no fuera parte del cuerpo. Es eso lo que da a la histérica esa voz en falsete, no siempre, pero sí muy frecuentemente; voz en falsete totalmente característica que está dada por un síntoma que afecta justamente al órgano de la comunicación por la palabra, de la comunicación verbal, al órgano o más bien al vehículo de esta comunicación. Ese síntoma se entiende inmediatamente, sin que ese entendimiento pase por la comprensión, por el entendimiento en el sentido usual del término. Esa escucha induce al otro a una conducta tal que no hará nada o a lo sumo será extremadamente prudente en todas sus maniobras que hubiera podido imaginar para poner en juego, para hacer participar al cuerpo de esa persona que le habla con una voz en falsete: Pueden agradecerme por el consejo que les he dado.
Continuemos señalando los recortes. Hay otro más, un recorte muy común, otro lugar de línea de puntos o puntillismo: es el recorte por el maquillaje. También allí se tiene entre manos no un síntoma histérico, me apresuré al decirlo, sino un esbozo, un trazo de un corte sobre
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el cuerpo. Pues aquello que es eficaz en el maquillaje es el contorno; maquillaje, así como joyas que vienen a cercar, que vienen a cortar. Para no dar un ejemplo demasiado psiquiátrico, tomaré una escena del cine. Pienso que la mayoría de ustedes vio alguna vez el film que a mi criterio fue muy divertido y que se llamaba <un zapato negro». Recordarán que en un momento del film hay una joven muy seductora que aparece con un vestido negro muy cerrado y cuando la actriz se da vuelta, se descubre que la parte delantera era sólo una fachada que deja al resto desnudo. Ese desnudo es todavía realzado por la existencia de una cadenita en el lugar de la cintura, un pequeño recorte cuyo efecto erótico es absolutamente indiscutible. Les he dicho que eso no era exclusivamente histérico; lejos de ello, tocamos acá una proximidad frecuente en la histeria, a saber, el fetichismo. Completarán ustedes mismos los distintos síntomas que sigue a esto: maquillaje y joyas no son síntomas sino medios o métodos. ¿Pero usados con qué fin? ¿Es sólo para pinchar el erotismo del otro ofreciéndose como fetiche? Se ve todo el dominio ofrecido a la búsqueda, pero no creo que sea el único efecto pretendido. Hay una búsqueda de otra cosa que puede llamarse belleza. Maquillaje y joyas están destinadas a reforzar la belleza. Sin embargo, esto no es lo mismo que provocar
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al prójimo. Pero esto debe hacernos dirigir la escucha a lo siguiente: si la belleza no está destinada a provocar la emoción sexual ¿para qué sirve, entonces? Podría indignar a la gente mejor informada que yo en cuanto a estética al preguntar ¿para qué puede servir la belleza? Sólo puedo hablar desde el campo de mi práctica. La belleza tiene una función, tal vez varias, pero hay una en particular, la de hacer olvidar precisamente aquello de lo que hablaba antes: que entre los recortes del discurso aparece de modo subyacente un corte o un agujero al nivel del cuerpo, un agujero en la piel, simplemente; y bajo esa piel agujereada, ¿qué se descubre? Cuando era chico e iba a la escuela primaria, y aún en las primeras clases del secundario, había una especie de cadáver que colgaba en un rincón. Se lo llamaba «despellejado>>. Un despellejado presentado bajo el término de despellejado no es tan inquietante. Pero una piel agujereada se llama a menudo cadáver. Lo que se esconde detrás de la belleza, en segundo plano de la belleza, es justamente lo que antes designaba como el cuerpo innombrable, el cuerpo muerto. El cuerpo muerto es el que amenaza aparecer si el recorte, si el recortado no es sólo un dibujo sino un corte. De ahí la conclusión: esos síntomas que pretenden el refuerzo de la belleza, no he dicho del encanto, señalan una necesidad donde
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podrán encontrar a la histérica, la necesidad de perfección.
LA PERFECCION
No debe haber fallas, no debe haber dehiscencias en la belleza de la histérica. (Dicho sea de paso ‑pues no lo desarrollaré aquí‑, en el momento que la histérica reencuentra el cadáver, por ejemplo bajo las ruedas de su coche, ahí la histérica se cura, el cadáver es arrojado al otro lado del espejo. Escapemos, es muy complicado para este momento.) Para retomar la perfección, no se trata de la perfección que es la preocupación habitual imputada a la neurosis obsesiva, sino de una perfección particular, de la perfección de la imagen ofrecida a lo ajeno. Esto nos prepara para el reencuentro con ese otro. De pronto surge un problema cómo esa preocupación de perfección es compatible con lo que he llamado síntomas cortados o síntomas a recortar siguiendo la línea de puntos. ¿Se trata en esos síntomas de un sacrificio propiciatorio? Tal sacrificio no es simple y el mismo requiere una interpretación. Propondré antes que nada, para comenzar a comprender cómo la preocupación de perfección es compatible con el hecho de dibujar sobre el cuerpo una parte a recortar, propondré partir de esa
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frase pronunciada por un analizando. Esa frase se las entrego textualmente: «El sexo de la mujer es eso donde no hay nada». Este tipo de frase es justamente aquella a la que se debe dirigir la escucha: la construcción es incorrecta. Se escucha una vacilación, una dificultad para experimentar algo. Esa curiosa formulación se aclara en tanto la entendamos como una formulación incompleta y en tanto nosotros la completemos. «El sexo de la mujer» ‑decía ese analizando‑ «es aquello donde no hay nada». La frase encuentra su equilibrio en tanto se formule así: «El sexo de la mujer es aquello donde no hay nada a quitar».
Seguramente es siempre chocante este tipo de interpretaciones. Es chocante justamente porque parece traer a escena lo que designaba antes como el peligro: ¿cómo se puede permitir completar las frases ajenas? Es algo que se debe evitar. No se trata de lanzar a cualquiera que está comprometido en un análisis, el estilo de completarle sus propias frases. Le corresponde a él encontrar el complemento necesario. Todo lo que podemos permitirnos hacer, es remarcarle que hubo un desnivel en la frase, un obstáculo, un tropiezo, una frase mal construida. Por otra parte, si escuchamos una frase parecida pronunciada por un hombre pero que también podría haber sido dicha por una mujer, eso parece llevar al encuentro
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del llamado penis‑neid. ¿Qué es el penis‑neid? Pienso que la mayoría de ustedes lo sabe. Es lo que Freud había indicado como la reivindicación sexual femenina. Se han dicho muchísimas cosas sobre Freud y la sexualidad femenina: que él no comprendió nada, que le tenía miedo a las mujeres, que a partir de los cuarenta años se paralizó, etc. Todo esto hace que los arqueólogos norteamericanos estén en la búsqueda de cartas comprometedoras donde Freud hubiera revelado tal o cual escándalo que el psicoanálisis se apresuraría a enterrar. No estoy totalmente convencido de la certeza de esto. Freud ha tenido tal vez la caridad de hacer creer a sus sucesores que el penis‑neid, esa envidia de tener un pene propio, era uno de los constituyentes esenciales de la sexualidad femenina. No pienso de ningún modo que eso sea específico de la sexualidad femenina, y menos aún específico de la histeria, pues probablemente no hay una sola histérica que no reconocería al penis‑neid si tuviera alguna posibilidad de encontrar ese pene más allá de su fantasma; o sea reencontrar un hombre que lo sea a sus ojos de histérica, ojos que es necesario reconocer están en parte cerrados. ¿Por qué cosa? Por una cierta imagen del padre, y aquí pido disculpas por las abreviaturas que me veo obligado a hacer, pero de lo contrario aún estaríamos acá dentro de algunas semanas. Aquí
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aparece algo así como la posibilidad de un deseo insatisfecho, deseo insatisfecho por la situación del padre, del lugar del padre como imposible, como no pudiendo ser tocado; un deseo insatisfecho, un deseo contrariado por el padre. Esta ambigüedad que he desarrollado sucintamente entre los síntomas recortados y el penis‑neid, nos lleva inmediatamente a la relación con el hombre. Esa ambigüedad traduce la existencia de una fractura, de una fisura que es tal vez el descubrimiento fundamental de Freud, al mismo tiempo que su testamento, pues esa fisura, Spaltung en alemán, constituye uno, de los últimos textos redactados por Freud, texto incompleto, fechado el 2 de enero de 1938. Les resumo ese texto. Se trata de un niño que habría sido seducido «por una nena» un poco mayor que él, que le habría mostrado los órganos genitales y lo habría inducido a una actividad masturbatoria. Esta masturbación acarreaba las amenazas de la gobernanta y para escapar a dichas amenazas, el pequeño imagina que la niña no estaba desprovista de pene. Importa recalcar que ese penis-neid, que ese deseo de que la mujer tenga un pene, es un deseo que viene del hombre, aquí del niño. ¿Cuál era la amenaza de la gobernanta? Siempre la misma. Cada vez que Freud hace aparecer una gobernanta o una niñera, y el diablo sabrá por qué las hace aparecer en tal
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cantidad en sus trabajos, es la amenaza : «le diré a tu padre que te la corte». La vía final común es siempre esa amenaza de castración proferida por una mujer, cuyo resultado es el deseo del hombre, que sea bueno con los animales, como se es siempre muy bueno con las mujeres, que la mujer tenga uno o una, o como quieran. La amenaza de castración es una amenaza enarbolada por las mujeres, es la amenaza acarreada en este ejemplo, pero hay sin duda mil vías para poner en evidencia la escisión en el sujeto. Es la escisión que resulta de una tentación pulsional y una restricción de la realidad ambiente.
Triebanspruch

Spaltung =

Realitatseinspruch

EL MAESTRO


Es necesario situar rápidamente esta escisión, esta Spaltung, esta ruptura para pasar a la relación con el otro. Freud descubrió esa fisura, esa escisión, a partir de una experiencia relacional, y esa experiencia relacional nos lleva a formular una pregunta: ¿a quién está destinada la perfección de la histérica?, ¿quién es el otro de la histérica? La respuesta es simple.
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El otro de la histérica es el maestro. Pero ¿quién es el maestro? Se podría hacer un extenso desarrollo filosófico al respecto; podría decirse que son aquellos designados como tal por la sociedad. El término maestro funciona en distintas profesiones para designar a toda una serie de gentes. Hay maestros de armas, hay abogados, hay ordenanzas, todos ellos son maestros. Hay algunos cuya función los sitúa en posición de reconocido maestrazgo, me refiero con ello a la psiquiatría más clásica; se conocen los amores de los sacerdotes, médicos, militares, finalmente de todo el que lleva un uniforme, que tiene un nombre, que tiene una situación. También se conoce, aunque no sea psiquiátrico, las relaciones que unen a patrones y secretarias, por ejemplo. En realidad les atañe a todos aquellos que se atribuyen algún magisterio. ¿Quiénes se lo atribuyen? Mi pequeña referencia anterior a la Spaltung, a la escisión, nos invita a reflexionar sobre el modo en que se hacen estas atribuciones. Es la histérica misma que atribuye el magisterio a aquel que ella ha elegido, y esa atribución se hace según criterios que a menudo se nos escapan y que sólo el análisis puede poner en evidencia. De cualquier modo, habiendo encontrado ese maestro, lo que cuenta para la histérica es tratar de ofrecerle ese cuerpo perfecto, su cuerpo perfecto. Esperando, en el sentido en que se
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dice «espera un poco», esperando que ese goce perfecto así ofrecido al maestro se revierta sobre ella. Es allí cuando fracasa. El goce del maestro no es el goce de la histérica. El maestro es incapaz de hacer superar a la histérica esa fisura, esa fisura entre lo que he indicado anteriormente como las tentaciones pulsionales por un lado y las restricciones de la realidad por el otro. La incapacidad del maestro para franquear esa falla causa la imperfección del goce. De pronto el maestro decae y sobreviene el desengaño, la decepción característica de la histérica. No hay que creer, sin embargo, que cada vez que ustedes sientan una decepción amorosa o sexual haya que diagnosticar histeria. Se la diagnostica cuando la decepción es sistemática, cuando esa cuestión nunca camina. Dora, por ejemplo, la Dora de los «Cinco psicoanálisis»; «Análisis fragmentario de una histeria», para los que recuerdan. Se pueden enumerar las decepciones vividas por Dora, sin que ella haya tenido necesidad de experimentar las aptitudes eróticas de sus parejas. Era suficiente, le era suficiente a Dora cualquier indicio mínimamente sutil para darse cuenta de que sus parejas no eran aptas para hacerle salvar, para hacerle superar esa fisura intolerable. Dora fue

«abandonada» por el llamado Señor K., pero fue igualmente abandonada por su padre, como fue finalmente abandonada por


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Freud. Para tomar a otra histérica célebre de la literatura psicoanalítica, recordaré a Anna 0. que fue abandonada por Breuer. Esta Anna 0, que la encuentran en los «Estudios sobre la histeria», lo hizo huir a Breuer cuando éste descubrió que la joven, que según su convencimiento era inaccesible a toda emoción sexual, desarrollaba un embarazo nervioso, cuyo autor era él sin duda alguna... Esa decepción genera toda una serie de tentativas de reparación por parte de la histérica y una de las tentativas de reparación de esa prostitución... de esa decepción [risas]... Vamos a ver el porqué del lapsus: una de las formas más habituales de reparación, es el fantasma de la prostitución. Fantasma de prostitución porque en la prostitución lo que cuenta no es tanto el cliente, sino el rufián, el proxeneta, que aparece como maestro del cuerpo; si se informan, si cada tanto tienen la mala suerte de no escapar a esa literatura trivial de la cual nos quieren hacer adeptos, allí se les describe el arte consumado del rufián, que justamente acompaña ese goce que escapa siempre a la histérica... Tranquilícense señores, él no hace más que ustedes o sea lo que ustedes harían en lugar de él, si llegaran a sostener la maestría. Otro fantasma que sirve para intentar superar la decepción, será tomado de Dora; para los que se acuerdan en forma poco precisa del caso, se trata del pasaje
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donde Dora cuenta que ella ha pasado varias horas en el museo de Dresde, en especial dos horas frente a la imagen de una Madona. ¿Qué podría significar, para Dora, esa fascinación por la imagen de la Madona sino el descubrimiento de su propia imagen en espejo y el intento en esa fascinación de confundirse con esa imagen? La fusión con la imagen del espejo sería fantasmáticamente una de las vías que permitirían superar esa escisión. Dije fantasmáticamente porque cualquier psiquiatra les dirá que una persona que ha unido su imagen en el espejo ‑o sea que ha pasado del otro lado del espejo­ha entrado en la psicosis. Lo que habría podido pasar, por ejemplo, para Dora ‑usando la imaginación‑, lo que habría podido pasar tan bruscamente, es que esa Madona, ese cuadro fue puesto hacia Dora marcando un vientre encinta. Esto no ocurre en la realidad, al menos habitualmente, aunque de vez en cuando cada uno de nosotros sea capaz de una travesía hacia el espejo. Descubrir que lo que se consideraba como un vidrio protector podría dejarse atravesar, es algo a lo que el psicoanalista está constantemente expuesto. Y aún podemos imaginar otros intentos histéricos para superar la decepción: fantasía de amor universal (por ejemplo, en Anna 0.), y sobre todo esa tentativa más sutil, que es descrita una vez más por un hombre, pienso en Tournier
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en << El rey de los Alisos». Tournier definía a la mujer como el órgano genital del hombre. Todavía podemos descubrir que ciertos hombres son capaces de comprender muy bien la fantasía histérica y una de esas fantasías es precisamente ofrecer al hombre el goce en el sentido de posesión, que a él le falta. Lo que le falta a él, al hombre, son evidentemente los órganos genitales de la mujer. Es la realización de la operación bien conocida, de la ecuación bien conocida: mujer = falo. En esta ecuación queda siempre algo misterioso, pero funciona totalmente.
LA LEY
No teman, llega el final. ¿Qué es lo que puede significar en la histérica ese deseo de un maestro? Es el deseo de que alguien venga a garantizar una ley, la verdad de una ley; y supongamos que esta ley se puede representar por la diferencia de los sexos. Hemos visto que ese maestro es un sustituto paterno. Aparentemente es una banalidad del psicoanálisis. Sólo que el padre en el caso que nos interesa se halla descalificado. Dora, por ejemplo, para retomar su caso, sabía que su padre era impotente y sifilítico, o sea que probablemente haya sido siempre incapaz de aportar el menor trazo
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de goce a su mujer, abandonada a su rol de madre. De allí la ausencia de modelo identificatorio para nuestra histérica.
Habría mucho para decir sobre la aparición o sobre la función de las mujeres como modelo en las histéricas, pues qué busca la histérica sino alguien que venga a probarle no sólo la diferencia de los sexos, sino sobre todo que su sexo no se limita, no se resume en la maternidad, que la mujer y la madre casi diría que no tienen relación. Otro de los méritos de la histérica es el no reducir la mujer a la madre; contra eso levanta su protesta. La histérica se alza contra esta reducción, protesta contra un cierto uso ‑aquí reencontramos a nuestros ginecólogos‑, protesta contra cierto estilo médico que habla de la función sexual como se habla de una función digestiva o de una función respiratoria. La sexualidad no es una función. Hay tal vez una función genital, pero no hay seguramente una función sexual. Esto es lo que proclama la histérica. El sexo no es algo prefabricado, no es algo que se desarrolla según un esquema previsto con anticipación, como un «limonaire» ‑ustedes saben, esas bandas con agujeros que hacen funcionar a los órganos mecánicos‑; la histérica es una combatiente del sexo y por el sexo, o sea por todo lo que el sexo puede revelar y conservar de creador y que no se deja absorber por la maternidad.
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Relacionar la creación por el sexo con la creación de hijos es una reducción que la histérica rechaza. La histérica protege a la mujer contra el hundimiento de la sexualidad en la mera maternidad. No digo que la maternidad no puede ser también una creación, sino que no es lo único, que no es lo único posible, tal vez sea lo más palpable pero no por ello lo más eficaz. A partir de este punto, el itinerario de la histérica será la renuncia a la perfección del objeto amado, es decir, de quien hubiera podido ser el padre imaginario, el padre ideal. Renunciando a la perfección de ese objeto amado, renunciando a que el objeto amado sea el maestro, ella descubre la vía que, tal vez, podrá seguir hacia la asunción de su propia castración ‑me disculpo por el término‑. Ese itinerario se formulará como el deseo de ser amada no por su perfección sino por sus imperfecciones. Deseo o hallazgo, que el otro la ame no

por su perfección sino por sus imperfecciones.


Pienso que notarán en esto el camino hacia el cual la histérica ha llevado al psicoanalista, por el cual la histérica ha precedido al psicoanalista, pues no es el psicoanalista el que ha descubierto esa báscula necesaria. Es verdad que el psicoanalista por su escucha ha permitido a la histérica abrir ese camino, pero los descubrimientos que lo han adornado pertenecen a la histérica. La renuncia a la
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perfección es al mismo tiempo la asunción de la castración, la renuncia al goce perfecto es también la asunción de la mortalidad. Aceptarse como mortal. Esto no tiene ninguna relación con el saberse mortal. Saberse mortal todo el mundo lo sabe, pero aceptarlo es harina de otro costal. Aceptarse como mortal nos vuelve capaz de correr los riesgos del deseo y del amor. ¿Qué es el riesgo del deseo y del amor, sino la pérdida del objeto amado? Esa condición de aceptar la posibilidad de perder a aquel o aquella que se ama, es esa condición necesaria para que el placer real interrumpa el goce fantasmático. Es el abandono de los límites prudentes, el abandono del amor garantizado por contrato, contrato que liga y entrega el uno al otro.
Ese renunciamiento a la perfección no tiene ninguna relación con la resignación, muy por el contrario. En la medida que la asunción de la mortalidad o la aceptación del riesgo del deseo y del amor nos llevan a cierta posición, es una posición de lucha por lo que se desea. La posición donde se ve lo que se desea no es de ningún modo de renuncia a ejercer su deseo. Es renunciar al fantasma de la esperanza, a la esperanza de que hay algo que nos espera en el mundo. Nada está previsto para nosotros, no hay un ser hecho para otro. Pero a partir del momento en que asumimos el riesgo de perder,
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adquirimos al mismo tiempo la posibilidad de ganar. Por lo tanto ningún renunciamiento en el sentido de la resignación.
Resumiendo, se trata de superar la decepción amorosa, puramente narcisista, o sea la decepción que resulta de aquello de descubrir que el otro no es nuestra imagen, que lo que adquirimos con el otro no es sólo la recuperación de una imagen halagadora, agradable, de nosotros para nosotros. El otro del amor permanece extraño. El amor comienza por el narcisismo. Allí comenzará para nosotros un capítulo distinto. La aceptación de la incompletud del otro permitirá una creación amorosa más allá del narcisismo, pues aceptar una imagen incompleta es renunciar a. buscar en el otro nuestra propia imagen. Creer en un único amor es evidentemente una mistificación. Es una mistificación necesaria para el mantenimiento de ciertas instituciones, entre ellas las más venerables. Esta mistificación es la que hace a la creación amorosa tan difícil y a menudo imposible, por la exigencia de una garantía de duración. Lo que exige la mujer histérica es un hombre capaz de amarla, sabiendo que puede perderla mañana. Es así que la histérica lucha contra la perversión del amor, y es en esta introducción de la perversión que me detendré.
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Indice

Prólogo 7



La histeria, hoy como ayer 19

El goce de la histérica 63




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