Lucien israel



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para atravesarlo, se mostró osado y por eso mismo inventó y descubrió algunas cosas. Este joven se atrevió a presentar una breve reseña que tituló « histérica perversa» e «histérica gentil». Estas expresiones me parecen perfectamente adaptadas a todo lo que podemos oír acerca de la histeria. Cada vez que, con nuestro orgullo herido de machos, queramos vengarnos de la histérica, siempre encontraremos a alguien que nos recordará que existen «histéricas gentiles. Y, en forma recíproca, cada vez que nos erijamos en defensores ‑o defensoras, porque el movimiento de liberación femenina ha tomado la palabra también‑, cada vez que hablemos de la histérica como de una víctima, surgirá toda una legión que nos asegure: «Nada de eso, la víctima no es la histérica: nosotros somos las víctimas de las histéricas».
Algo de esto ocurrió un día en que yo presenté uno de mis primeros trabajos sobre la histeria. En el momento en que hablé de la víctima de la histérica, la sala se puso de pie en la persona de un solo hombre (o como un solo hombre, como ustedes prefieran), para decirme «Pero usted no sabe nada; no sé qué le han hecho las histéricas, pero para mí son muy gentiles». Ese hombre tenía razón. Pero no he dicho que yo estuviera equivocado.
Ambos nos equivocaríamos si olvidáramos que habíamos elegido en la histérica sólo el aspecto
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o la versión que nos completaba a nosotros mismos, es decir, el que nos permitía ignorar nuestros propios agujeros, nuestras propias amputaciones y nuestra propia castración. La histérica perversa y la gentil es lo mismo que el objeto bueno y el objeto malo, es igual a la madre buena y a la madre mala: no se trata de dos personas diferentes sino de una misma persona, que puede ser la misma en el mismo momento siempre que tenga ‑tal como ella lo desea‑ testigos suficientes para que una parte de los presentes la viva como gentil y la otra parte como perversa, como dócil o agresiva, como víctima o como verdugo. En todo momento, sea cual fuere la actitud que se haya adoptado ante ella, protectora o persecutoria, la histérica podrá decir, podrá enarbolar esa consigna que tendría que figurar entre las armas parlantes de la histérica: « nadie me quiere» incluyendo también allí a quienes la protegen, porque «nadie me quiere» no es, evidentemente, una formulación completa.
Dado que para la histérica también juegan esos dos aspectos ‑‑de lo que se dice y de lo que no se dice‑, la formulación completa de lo que dice la histérica es: « nadie me quiere, de los que yo desearía que me quisieran». Aquí vuelvo a remitirme al título de esta conferencia que ‑no voy a ocultarlo‑ lo tomé de una canción de Brassens, donde aparece aquel verso
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que dice : «aujourd'hui comme hier, si tu ne m'aimions pas c'est moi qui t'aimerons». Esto es lo que de verdad sucede con la histérica, a nivel de observación y de comportamiento cotidiano.
Si estuviéramos en Alsacia (no sé si alguno de ustedes conoce esa región), recordaría que en una de sus canciones tradicionales hay algo de esto mismo. Se trata de la canción titulada Hans im Schnokeloch, es decir, «Juan en el agujero de los mosquitos». Alsacia es una comarca húmeda y llena de mosquitos; es necesario que haya mosquitos en. Alsacia porque constituyen el alimento de las ranas, y las ranas, a su vez, atraen a las cigüeñas. Cuando se inició una campaña contra los mosquitos desapareció el principal atractivo de Alsacia que son las cigüeñas. En todo caso, el agujero de los mosquitos, el síndrome del alsaciano Juan, es que «lo que quiere no lo tiene y tiene lo que no quiere» . Así, se define como un perfecto histérico, con lo cual contradice las afirmaciones tan habituales acerca de que los alsacianos son, en el fondo, germanos de cabellos rubios y ojos azules, aunque no lo sepan. El hecho de que hayan elegido la celebración de la histeria como canto nacional muestra con claridad que no tienen nada que ver con la obsesionalización del otro lado del Rhin.
La histérica, pues, no quiere a quien la quiere
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sino que en general ama a otro, a alguien inaccesible. Es lo que he denominado el síndrome del novio canadiense, a partir del caso de una paciente histérica que aseguraba que tenía novio pero que jamás lo había visto, aunque mantenía correspondencia regular con él, afirmando que éste vivía en Canadá y que vendría a Francia al cabo de diez o quince años. Creo que este ejemplo ilustra de un modo impecable la relación de la histérica con el amor e incluso con el deseo.
Algo menos crudo, menos grosero que el síndrome del novio canadiense, es el señalamiento de la insatisfacción. No me refiero a la insatisfacción conyugal, porque recaeríamos en las tonterías acerca de la información sexual, la enseñanza del sexo en la escuela, la escuela del matrimonio y todo lo que se deriva de ello. Lo que quiero definir es esa especie de reserva que existe en el espíritu de muchas histéricas que, en apariencia, no expresan clínicamente la necesidad de venir a hablar de sus síntomas. Esto no quiere decir de ninguna manera que tales síntomas no existan o que el sufrimiento no exista; sus síntomas se conservan en ella bajo esta reserva mental: < estoy casada, quiero a mi marido, pero en realidad yo sabía desde el principio que él no era el hombre ideal». Queda un lugar para la idea de que podría haber encontrado algo mejor. Desde luego, no se trata
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de plantear esto como una pregunta a la histérica, porque no es nuestra función hacer que se tambalee su ya precario equilibrio. Así planteada, esa pregunta retornaría de inmediato según el principio designado bajo las expresiones de histeria perversa y de histeria gentil.
Si al cabo de la primera sesión o de una primera entrevista o consulta, incurrieran en el error de preguntar a la histérica: «¿está usted satisfecha de su marido? ¿No existe un pequeño espacio para otro, para alguien que tal vez no conoce aún? No piense que la acuso de ser una mala esposa, pero ¿nunca imaginó a alguien mejor que su marido?> , tan pronto como la paciente regrese a su casa, dirá: «el doctor ha comprendido de inmediato que tú no eres el hombre que me conviene». Para ella, y también para quien le haya planteado esa pregunta, por supuesto, está sobreentendido que el hombre que le haría falta es el mismo analista. Esto nos lleva a otra de las contradicciones de la histérica: siempre seduce e irrita a un mismo tiempo. Ahora veremos los efectos de esta seducción en el médico.
Dejando atrás la caracterización clínica tradicional de la histérica, hallaríamos innumerables ejemplos de estas contradicciones. Cada uno de nosotros conoce a más de una histérica: son muy numerosas, y no sólo como enfermas o pacientes ya que no podemos evitar
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que la mujer de nuestro amigo, la vecina o una tía vieja sean histéricas y, de cuando en cuando, nos vemos obligados a soportarlas, si no a cumplimentarlas.
Recuerdo el caso reciente de una histérica que me comentó cuánto le gustaba la buena comida, la buena carne en especial. Pensé que eso venía muy bien, porque cerca de mi casa hay un restaurante donde se come una carne exquisita. Muy contento, invité a mi histérica y a su marido a cenar. Pues bien, en cuanto llegó al restaurante, la histérica pidió pescado. Esto se denomina comportamiento anoréxico, pero forma parte de la histeria. Otra contradicción de la histeria es la existente entre el comportamiento que se llama hiperfemenino ‑si es que puede haber algo más femenino que una histérica‑ en el discurso, en la presentación, en la mímica, y la frigidez tradicional de la histérica.
Tal vez ahora tengamos interés en mirar un poco más de cerca este aspecto de la frigidez. ¿Qué se enseña acerca de la frigidez? Esta pregunta la dirijo tanto a los psiquiatras como a los no psiquiatras. ¿Qué nos enseñan sobre la frigidez en una facultad de medicina? En la mayor parte de los casos, cada vez que surge un interrogante que, de quedar abierto, podría quizás introducirnos por el camino de la respuesta, la enseñanza médica opta por

reemplazar este


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interrogante por un calificativo bárbaro que hace creer que se ha comprendido todo: la frigidez es algo bien simple, se trata de la ausencia de reacción afrodisíaca; en los casos más graves se habla de dispareunia, y si nos atenemos a un nivel de « ciencia fundamental>>, se trata de anestesia genital. Con esto, creemos haber dicho todo acerca de la frigidez. Los más finos, los más sagaces, señalan los lugares que deben ser respetados para que no se produzca la frigidez.
En el combate entre el clítoris y la vagina, entre el cuello del útero y la pared posterior de la vagina, los fisiólogos tendrán mucho más que yo para decir. Todos sabemos que cualquier cosa o cualquier persona puede curar la frigidez, incluso los ginecólogos. Ésta es la respuesta que captó una de mis «antenas». Y debo hablarles de mis antenas, en una nueva digresión.
Llamo antenas a equipos de psiquiatras, más o menos jóvenes, mas o menos en proceso de formación analítica, más o menos «psiquiatrizados», más o menos psicosomaticistas, que en el marco de los hospicios civiles de Estrasburgo están adscritos a clínicas no psiquiátricas. De esta manera tengo catorce antenas que ejercen en otras clínicas, ya sean quirúrgicas, de medicina interna o de otras especialidades, en particular en las distintas secciones ginecológicas.
Un día, las antenas que trabajan en las clínicas
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ginecológicas se acercaron a los ginecólogos para decirles : «ustedes nos envían muchas pacientes para examinar, pero nunca mandan a nadie que presente problemas de frigidez ¿por qué?> La respuesta fue: «a ésas las tratamos nosotros mismos». Reconozco que los ginecólogos se mostraron muy honestos. No dijeron «las curamos nosotros mismos». Porque no es totalmente seguro que se trate de algo que tiene que ser curado ‑ya volveremos sobre esto‑, pero lo que sí es seguro es que, si todo el mundo, todos los métodos y técnicas pueden intervenir en un tratamiento, nos vemos remitidos a una fórmula clásica de preguntas al residente hospitalario, que dice que la multiplicidad misma de las terapéuticas propuestas constituye la prueba de su ineficacia.
Pero tomemos un ejemplo clínico, uno de los primeros casos que comenzó a hacerme reflexionar sobre la frigidez, porque hasta ese instante me atenía no a mi experiencia personal (es demasiado breve la experiencia de un hombre para abordar un problema de esta naturaleza) sino a mis comienzos como analista. Tenía en tratamiento a una señora cuyo diagnóstico de histeria no dejaba lugar a duda, presentaba todas las características de la histérica: encantadora conmigo e insoportable con su marido, y no había motivo para que esa situación cesara. Tanto es así que tiempo más tarde,
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después de una escena de particular violencia, el marido abofeteó a su mujer. ¿Qué había ocurrido en esa oportunidad? El marido estaba asociado con su suegro; la mujer consideraba que su padre no pagaba una cantidad adecuada al marido, de modo que había incitado a éste para que presentara algunas facturas falsas a fin de lograr un mayor beneficio. Una vez logrado esto, la mujer se apresuró a ir a contar a su padre lo que el marido había hecho. Esto decidió al marido, que le propinó una leve bofetada a su mujer. Y he aquí que una mañana, al salir de mi casa muy temprano, a las ocho, ¿a quién encuentro bañado en lágrimas ante mi puerta? No a la histérica sino al marido, que lloraba como un ternero porque había alzado la mano contra su mujer: «¡Ya ve usted qué clase de monstruo soy ! » Así se desbloqueó la situación y se produjeron ciertos cambios felices en ese análisis que atravesaba la etapa inicial, y en la que yo estaba imposibilitado de producir cualquier clase de cambio. Algo cambió, entonces, y podía adjudicarme un triunfo: llegué a sentirme muy contento el día en que esta histérica, que era frígida por supuesto, de una frigidez absoluta, y que tal como la histérica del novio canadiense estaba segura de haber entrevisto una gran divinidad rubia en sus sueños; esta histérica de perfecta, sólida y obstinada frigidez con su marido, llegó
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un día y me dijo : «ya sucedió, doctor: he gozado con mi marido». Me restregué las manos con satisfacción, mientras me decía que muy pronto ese análisis llegaría a buen fin. Después de haberme relatado los hechos de la

semana, hacia el final de la sesión, la paciente me dijo: «A propósito, doctor, había olvidado decirle que ahora puedo gozar con mi marido pero a partir de ahora no volveré a acostarme con él».


Esto no dejó de hacerme reflexionar sobre la frigidez. Era sólo el comienzo, pero de todas maneras descubrí que la frigidez no era quizás una incapacidad de experimentar placer, sino más bien una especie de rechazo, una negación o incluso una lucha contra el placer. Hoy todos sabemos que esta frigidez de la histérica constituye la obediencia a la demanda de un otro, o más bien de una otra, de una madre que ha tenido buenas razones para que la frigidez

‑‑fisiológica en determinado momento‑ persistiera y perdurase. Una de mis histéricas logró objetivar, materializar esta prohibición del goce (por ahora, y para no complicarnos la vida, aceptaremos este concepto común de goce; después veremos si existe razón para separar placer y goce). Una de mis pacientes, pues, logró materializar la prohibición de gozar o, más exactamente, la orden de mantener la frigidez, al hablarme un día de su ginecólogo a quien le adjudicaba


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propósitos bien curiosos. Mediante algunas preguntas obtuve nuevos datos acerca de ese ginecólogo, que resultó ser una ginecóloga, soltera empedernida, representante sin duda del MLF [Movimiento de liberación femenina]; además de los exámenes ginecológicos y del tratamiento para una dismenorrea, la doctora adoctrinaba con bravura a mi paciente para que adoptara una actitud de rechazo y de evacuación del hombre. Por fortuna, como ocurre siempre en estos casos, se produjo lo que es de esperar con las histéricas: este adoctrinamiento consciente (la demanda de la madre no es de ningún modo algo que pasa a nivel consciente, sino algo que resulta mucho más activo porque se sitúa en lo reprimido), ese adoctrinamiento ofrecido por la ginecóloga que verbalizaba así algo reprimido, obtuvo exactamente lo contrario de lo esperado y me proporcionó una ayuda valiosísima en el tratamiento. Tal vez ella lo sabía; lo ignoro. Pero aunque estas personas se acerquen a nosotros para quejarse de su frigidez, debemos escuchar su demanda. Aunque no vengan para ser curadas, sino para dar prueba de su buena fe ante su compañero habitual y, al mismo tiempo, para infligir al médico la prueba de su impotencia para curarla.
Un pequeño paréntesis analítico: en el tema de la histeria es donde encontramos más variaciones
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aparentes. En el psicoanálisis, que el mismo Freud definió como una libido‑teoría, como una teoría de la libido, ¿qué se dice del deseo de la histérica?
En torno a ese deseo todo el mundo ha acuñado frases hechas: es el deseo del deseo del otro, el deseo del deseo insatisfecho, el sostén del deseo del padre. Todo esto puede resumir al mismo tiempo el deseo y el fantasma de la

histérica. En rigor, la histérica trata de buscar fuera de sí una justificación para su propio deseo, o una manera de expresarlo siquiera en términos de insatisfacción, porque expresar que un deseo permanece insatisfecho es, con todo, la mejor manera de probar que ese deseo existe. Quizá corresponda reservar el término goce para esta toma de conciencia referida a la existencia de un deseo; darse cuenta de que un deseo existe tal vez implique gozarlo, y



satisfacer ese deseo tal vez signifique perderlo –al menos por un instante‑ y perderse al mismo tiempo. Es como experimentar los límites en ciertos casos, los límites que cada uno puede alcanzar, no los límites patológicos. En el placer de la retención, por ejemplo, cada uno puede comprender hasta qué punto es imperioso un deseo. Pero hay aquí una imagen peligrosa que amenaza confundir deseo y necesidad. No existe ninguna relación entre deseo y necesidad, y el uso de la necesidad como modelo del deseo nos
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llevaría, sin duda, a graves confusiones. Lo que es indudable es que el goce del deseo, que no siempre es consciente, es algo que perdemos en el momento de la satisfacción del deseo. Y aquí hay que otorgarle a Lacan lo que le corresponde. Él ha introducido en el pensamiento analítico esta diferencia entre placer y goce. Para él, más allá del principio de placer, hay que señalar el goce que está más allá del placer. Esto le ha permitido decir que el placer aparece a menudo como lo que se opone al goce. Mediante esta fórmula aparentemente paradojal, Lacan indica que el goce está ligado al deseo.
No continuaré utilizando términos técnicos. Pero quiero subrayar que la preocupación de la histérica por mantener la afirmación de su frigidez, por creerse frígida o por ser frígida, importa poco. Su preocupación estriba en preservar algo que podría ser infinitamente más precioso que el placer que podría experimentar, algo que está ligado a la conservación de su deseo, un deseo que constituye el único testimonio de esa cosa perfectamente inaccesible, de eso que en el lenguaje lacaniano se denomina sujeto del inconsciente. Al parecer, esta expresión no resulta chocante y cualquier formación analítica o filosófica puede aceptarla. Este sujeto del inconsciente se manifiesta tan sólo por esa especie de emanación metonímica
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que es el deseo. Y al perder el deseo, el propio sujeto del inconsciente resulta amenazado. Por esta razón, el placer concebido bajo cierta forma constituye una amenaza tan grande para la histérica. Aquí estamos en el camino de una cierta búsqueda de la histérica, una búsqueda de sí misma que ella nos obliga a descubrir también a nosotros. Esta búsqueda que nos conduce más allá de lo visible en este inconsciente pasa a través de lo visible. La búsqueda de la histérica está sostenida por lo que ella nos muestra, por lo que nos invita a mirar; y si no olvidamos la duplicidad fundamental, lo que ella nos hace mirar recalca que hay algo que quiere ser ocultado. En general, ocultamos algo cuando no queremos perderlo, se, oculta lo que se intenta poner a resguardo. Está claro que hablo con una terminología consciente; no puedo recordar a cada instante que ni para la histérica ni para el compañero que esté ante ella (ya sea su pareja amorosa, el entorno o el médico elegido para un determinado momento) todo ocurre a espaldas no del inconsciente ‑ya que así daría una imagen demasiado gráfica del inconsciente‑ sino del sujeto del enunciado. En el momento en que la histérica muestra algo, ignora que lo hace para ocultar mejor o simplemente para ocultar otra cosa. En ese juego (y cuando digo juego no hay estrictamente nada de peyorativo ni de lúdico, sino que este término me sirve
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para designar una especie de conducta), en esta búsqueda la histérica experimenta como la presencia de algo que está a punto de nacer en nuestro entendimiento, algo que no ha aparecido aún con claridad en los textos freudianos, aunque éstos hayan sido orientados y guiados ampliamente merced al trabajo de la histérica. Eso hacia lo que ella nos conduce es justamente este descubrimiento que hace unos momentos he denominado goce; lo que la histérica señala a nuestra sagacidad es esa especie de límite, goce como fantasma, y tal vez goce como triunfo sobre la pulsión de muerte que hace del placer su propio instrumento. El goce fantasmático hacia el que nos guía la histérica se podría definir como una experiencia del cuerpo que no se acompaña por una caída. Si utilizo el término caída es para subrayar los distintos ámbitos que es posible tocar con esta caída del cuerpo, esta caída que Freud describió como la descarga, utilizando una imagen de algo que cae, aunque se trate de la tensión. Además de la tensión que cae, también cae el cuerpo entero ; y esta caída, este hundimiento de una vida humana hasta un nivel donde el deseo ya no existe es el retorno a lo inanimado, a lo inorgánico, a lo que Freud señaló como el fin de la pulsión de muerte.
Aquí llegamos al segundo nivel de nuestras consideraciones: histeria y agresividad (sabemos que este término no designa una pulsión sino un comportamiento complejo y elaborado, que cada vez ha de ser sometido al análisis; la agresividad no es un instinto ni una pulsión ni tampoco una necesidad).
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Esta agresividad es fácil de captar clínicamente. Es la actitud que más irritante resulta al médico, que adorna su ira con la púdica denominación de contratransferencia, aunque debamos leer allí la rabia del impotente.
Impotente para comprender, impotente para hacer gozar; ya hemos visto las causas. Ante esta impotencia del médico ¿qué queda por hacer? Lo que todavía se encuentra a menudo es el insulto; yo mismo, en el curso de esta exposición, demostré una tendencia a servirme de ejemplos clínicos de histeria para traer a colación alguna circunstancia graciosa, para reírme a espaldas de otros. Es el insulto que se repite una y otra vez, cuando en un servicio se envía una histérica al psiquiatra, con la pregunta <<¿se trata de una simuladora?>> O el que está implícito en el uso de la expresión «histeria perversa», que todo psiquiatra ‑joven, en especial‑ ha hecho cundir con su uso, como si la histeria» no fuera una palabra bastante expresiva.
También aquí vemos la demostración de un nuevo fracaso, la imposibilidad de establecer una línea de unión entre nuestra experiencia
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clínica y nuestra insuficiencia teórica. Porque sí una teorización diera sentido a palabras como neurosis, psicosis, perversión, goce, castración, identificación, sería magnífico... no estaríamos atados por la constante tentación de probar nuestra habilidad o de poner a prueba la de los demás utilizando una terminología que sólo quiere significar esta angustia, este desamparo que experimentamos ante ciertos enfermos.
Otro tanto ocurre con otra expresión que oímos a menudo: histeria paranoica. ¿Por qué las dos? Es imprescindible elegir. Cuando el insulto no basta, se recurre a los actos, a la terapéutica. El diccionario Dechambre, que he citado antes, propone medicaciones que evocan la cocina de las brujas. No he tenido la oportunidad ni el tiempo para releerlo, pero recuerdo algo acerca de fragmentos de cuernos de ciervo, patas de ranas, etc., que se obligaba a ingerir a las histéricas; y esto incluso en una época de relativa calma, que ni siquiera tenía muy en cuenta a la hidroterapia, el aislamiento, la coerción y, en especial, a esas formas particularmente sutiles de la psicoterapia ‑que recibiera el mote de <55
aperitiva e imperativa para sentarse a la mesa a confesar. Cuanto más se grite, ya se trate del médico o del paciente, menos riesgo habrá de comprender el significado de esas conductas. Y, no obstante, la significación es siempre la misma: te obligaré a abrir todo, tanto la boca como las piernas.
Antes del ataque final, una pequeña pausa. Yo me guardaría muy bien de atribuir pura y exclusivamente al médico algo que tiene que ver con una agresividad contra la histérica. Tampoco representará un avance considerar que la agresividad está balanceada entre una y otra parte. Sabemos que la histérica provoca, provoca mediante su palabra, sus actitudes, su aspecto. Antes hablé del maquillaje y volveré a referirme a él para tratar de esclarecer un poco el significado de la agresividad. Veamos unas breves consideraciones sobre el maquillaje. Desde siempre, las ojeras han jugado un papel importante en el maquillaje. Debemos considerar que las ojeras no son esa zona que rodea los ojos y que da testimonio de la consumición de la grasa periorbital en el juego del amor, sino que debemos entenderlas en sentido etimológico, como el círculo que delimita, el círculo que recorta. Aquí está la expresión válida: el círculo que recorta.
El maquillaje recorta, y para mostrar hacia dónde lleva ese recorte yo diría que el maquillaje
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despedaza. Nos queda algo por estudiar:¿qué es lo que se maquilla? La boca y los ojos, por supuesto. Pero en tiempos en que el libertinaje ‑esencialmente literario, por otra parte- franquea las barreras de un pudor tradicional. se maquillan las areolas de los senos, los pezones; una vez que se ha llegado a eso ¿por qué no maquillar los labios menores? Ese maquillaje, ese círculo que recorta ¿está destinado a poner en evidencia la parte maquillada? Si pensáramos así, estaríamos entendiendo muy mal el término maquillaje, porque cuando se «maquilla» un coche o un animal que se pone a la venta, no es seguramente para mostrar algo. Aquí el maquillaje tiene la función de una verónica, para usar el lenguaje de las corridas de toros. La verónica sirve para hacer que el toro pase de largo; para llevar la atención del psicoanalista hacia esos afeites que se exhiben y no hacia otra cosa. Ese maquillaje, ese aparente llamado de atención sobre ciertas partes, centra el interés, trata de hacer olvidar que entre esas partes existen zonas intermedias que no tienen nada para ofrecer, zonas intermedias que gracias al fantasma del maquillaje o a su fantasía, desaparecen. Retornamos, así, a la primera fuente de la agresividad histérica, la que clásicamente se designa como pénis‑neid. Si consideramos que el maquillaje implica poner de manifiesto algo que podría hacer saber de la existencia
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de un equivalente del pene, el escamoteo consiste en el despedazamiento mismo, en ese despedazamiento que la histérica impone a nuestra contemplación y que quizás no deja de estar relacionado con el malestar del

médico frente a la histérica. Desde el comienzo he dicho que la histérica nos obliga a una nueva lectura del cuerpo y, a menudo, a una lectura de los signos inscritos en el cuerpo. Lo que ella inscribe es lo que probablemente

hoy llamaríamos el splitting del ego, la escisión, el despedazamiento o la fragmentación del <

donde debemos comprender las últimas palabras de Freud. Se trata de algo infinitamente más grave que el despedazamiento del < yo», del Yo de los psicólogos del Yo; nos referimos a la Spaltung, a la escisión, a la ruptura –no se trata de una palabra demasiado, fuerte‑ no ya de la imagen sino de la ficción de que podría haber un objeto satisfactorio. Lo que se despedaza ante nuestros ojos, lo que se desmorona ante nuestros ojos de hombre‑médico frente a la mujer histérica que exhibe un maquillaje, es nuestro fantasma de una totalidad que vendría a completarnos, a darnos el sentimiento de completud. Y así nos enfrentamos con algo que la mitología ‑por ejemplo, la del vampiro­utiliza habitualmente.


Todos los filmes o toda la literatura sobre el tema nos han hecho creer que bastaba con hundir una
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estaca en el corazón de un vampiro para verlo descomponerse. Pues bien: eso es lo que ocurre con la histérica, que nos muestra que está a punto de caer en pedazos. Y está tan a punto de caer en pedazos que, cuando toma conciencia de este estallido de sí misma, de esta imposibilidad de asumirse como ser, es capaz de hacernos creer que ante ese desamparo intolerable se contentará con una tentativa de suicidio. Cuántas veces hemos oído decir a los jóvenes psiquiatras: <Hemos matizado las posibles significaciones de la agresividad final de la histérica, y hemos
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podido señalar el impacto de esta división del sujeto del inconsciente, que hace que la histérica no logre sostenerse. Esta agresividad, en el fondo, revela su dirección: va contra el padre, contra los padres que se denominan odiados o destruidos. Podrían desarrollarse muchos ejemplos como los de Dora o de Anna 0, para no citar los de las histéricas que han pasado por el diván. Todas ellas ‑por fortuna sólo de palabra‑ están dispuestas a destruirnos, y a menudo deben su salud o su salvación (utilizo estas dos palabras de manera intencional) únicamente a la experiencia de una

agresión contra el padre. Tal experiencia les ha aportado la prueba de que ese padre era por completo capaz de sobrellevar aquel odio.


Después de esto ¿qué quiere la histérica?. Ya hemos visto las contradicciones y las ambigüedades de la histérica y no voy a recordarlas otra vez. Se ha dicho que la histérica no sabe si es hombre o mujer, también se ha hablado

de la homosexualidad de la histérica. Y todavía falta decir alguna palabra al respecto. Pero es suficiente con escuchar el discurso de la histérica. ¿Qué dice? No se trata de homosexualidad sino de insuficiencia del hombre como sujeto deseante. La neurosis de la histérica consiste en una tentativa de ajuste de su propio deseo. La histérica intenta identificarse con el hombre deseante (es decir, con aquel cuyo deseo­


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ya no es puesto a prueba; de aquí el interés por el novio canadiense, que responde a la demanda desde lejos y que no vendrá a presentar sobre el propio terreno las pruebas convincentes). La histérica intenta, pues, identificarse tanto con el sujeto deseante -haciendo lo necesario para que ese deseo se mantenga- como con el objeto deseable, es decir, con la mujer. Pero este intento de identificación con la mujer significa que no existe la seguridad de serlo; en esta identificación con el objeto deseable esta mujer aparece con lo que uno de mis amigos ha llamado «maquillaje de guerra»: ese maquillaje del que hablábamos hace un momento, un maquillaje que bien puede extenderse a todo lo exterior, a toda la vestimenta.
Y la llamada homosexualidad no es más que un intento de conquistar al objeto que será en última instancia el sostén suficiente de un deseo del hombre que no se desplomará jamás. Si se ofrece al padre, da igual. La así llamada homosexualidad, por lo tanto, no es una verdadera homosexualidad en ese sentido, al menos en el caso de la histérica. No estoy afirmando que la homosexualidad de la mujer no exista. Nada de eso. Pero la homosexualidad o la así llamada homosexualidad de la histérica no es algo que esté destinado a ofrecer a sí misma un objeto de deseo, sino a servir como mediador entre un objeto considerado deseable
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y un sujeto deseante. Y en esta oscilación entre ese objeto deseable y ese sujeto deseante, encontramos a la histérica basculando entre ambos polos. Aquí está la ambigüedad, la contradicción, la paradoja permanente de la histérica que, ante nuestros ojos, juega los dos papeles en forma sucesiva e incluso simultánea. De todos modos ‑y para terminar con el maquillaje de guerra‑, la guerra, la muerte, el asesinato, las pinturas despedazan, tal como he dicho antes. Si no es reconocida como deseable por sí misma, la histérica recorta su cuerpo, siempre en búsqueda de ese Eros que unifica las partes disociadas, porque Eros une, liga el conjunto. Y repito una vez más que por esta causa no debemos tomar a la ligera la tentativa de autolisis (aquí utilizo este término en su acepción total, en el sentido de recorte, de división en pedazos) : no podemos menos que considerar seriamente este intento de la histérica.
Hemos hablado del maquillaje de guerra y esto nos permite usar como frase final una consigna de moda: «Haz el amor, no la guerra». Podríamos preguntarnos si frente a la histérica, los hombres no se han visto obligados a elegir la guerra, porque les produce menos miedo que el amor, menos miedo, inclusive, que la histérica.
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EL GOCE

DE LA HISTÉRICA


Conferencia pronunciada en Brest el 19 de Abril de 1974
El título de esta exposición merece una justificación.* En efecto, introduce de entrada un término que trae problemas. Problemas no referidos a la histérica, pues sobre este término es posible ponerse de acuerdo, sino problemas con respecto al goce. Este será, sin duda, objeto de discusiones, y probablemente yo no podré más que adherirme a los interrogantes que surjan. Doy a este término el uso que se le da en general, es decir, un uso muy mal definido y flotante, por ello no verán aparecer ese goce más que al final de mi exposición y comenzaré por lo que es necesario hacer siempre que se habla de histeria ; a saber, el elogio de la histeria.
* En el original «La jouissance de l'hystérique», y como pronto lo explicará su autor, implica más de un sentido: el del goce en relación a la histeria en tanto entidad, el del goce en relación a la persona histérica (incluyendo ambos géneros). Si bien en la primera parte del trabajo se deberán tener en cuenta todos los sentidos citados, a medida que se avanza es la referencia a la histérica la que se impone. (N. del T.)
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