Lucien israel



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LUCIEN ISRAEL
EL GOCE

DE LA


HISTÉRICA
BIBLIOTECA DE PSICOANÁLISIS
EDITORIAL ARGONAUTA




BIBLIOTECA DE PSICOANALISIS
Titulo original:

L'hystérie aujourd'hui comme hier

La jouissance de l'hystérique
Traducción de <Ana Goldar


Traducción de El goce de la histérica»

Marta Giacomino


Revisión: Luis Páramo
Diseño de colección: Roberto Alvarado

Portada: Argonauta


Primera edición diciembre 1979
© Lucien Israël

© 1979 Editorial Argonauta, Barcelona / Buenos Aires


Distribución en España:

Les Punxes, S. L. Siglo xxi

Escornalbou, 12 ‑ Barcelona, 26
ISBN : 84.85464.08.7

Depósito legal: B. 3475‑1980


Impreso en España ‑ Printed in Spain

Gráficas Diamante ‑ Zamora, 83 ‑ Barcelona


PROLOG0
Érase una vez una mujer, que no sabía qué significaba ser mujer para el deseo del hombre, y decidió acudir a preguntarlo a quien presuntamente podía saberlo: un médico. Le llevó su cuerpo sufriente. Dibujó en él una anatomía diferente. Recibió como respuesta la pintura de un cuadro clínico que debía organizar sus síntomas según un ordenamiento de lógica médica. Una estética de la muerte, cuando ella demandaba por una ética de vida. Deambuló por diagnósticos, pronósticos, tratamientos, denunciando constantemente la impotencia de un presunto saber. Como era su cuerpo el que gritaba, sólo un médico podría descifrar su pregunta... a condición de escucharla. Y de su encuentro con quien decidió poner en juego su oreja, nació el Psicoanálisis. Elogio, entonces, de la histérica: es fundadora, pero a condición de descubrir luego su trampa.
Lucien Israël repite en acto ese encuentro inaugural, pero si de repetición se trata, sus encuentros llevan inevitablemente la marca de fallidos. No hay nueva fundación, queda sólo la nostalgia; sufre de reminiscencias al igual que sus histéricas, goza al elogiarlas o al quejarse de ellas, atrapado como está en su propio deseo insatisfecho.
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Y es que Freud no sólo es Sujeto supuesto saber, sino que además, detenta un saber. La histérica grita en la verdad de sus síntomas que no hay saber sobre el sexo, transmitiendo de este modo un conocimiento que en rigor, no posee. Si sus actos son en homenaje al reencuentro con un Otro prehistórico, como deduce Freud en carta a Fliess, y reproducen algo del orden de un acto sexual, es que denuncia que la relación sexual no existe y que ella es pura alienación de su ser en el ser f alo, y por ende nada queda de una presunta esencia femenina que no puede destinarse más que a su status de enigma, de permanente interrogación.
Algo de todo esto comenzaba a esbozarse para los maestros de Freud. Quedaba atrás el tiempo

de las brujas y las poseídas, de las convulsionarias y las milagreras, o de esas enfermedades « femeninas» inespecíficas a solucionar con ventosas o ungüentos varios. Como bien dice Israël, la histérica, que cree representar a la mujer, viola constantemente al médico al obligarlo a realizar una nueva lectura del cuerpo. «El médico llena con fantasmas los agujeros que se le presentan cuando no comprende algo,.» A partir de ese momento, «la histérica crea al psicoanalista, alguien supuesto saber lo que desea; pero no hay que confundirse

con ese personaje». Efectivamente, la teoría de la etiología sexual de la neurosis no es un puro descubrimiento freudiano, ni siquiera lo es de Charcot, o Breuer, o Chrobak, es el discurso mismo de la histeria que funda una nueva historia al instaurar, al igual que el analista, el discurso analítico: « es creación del psicoanálisis y del psicoanalista por la histérica».
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En su «Historia del Movimiento Psicoanalítico», Freud recuerda: «La idea de que se me hacía responsable no había nacido en mi cerebro. Me había sido comunicada por tres personas, cuya opinión podía constar con mi más profundo respeto. Estas tres personas eran el mismo Breuer, Charcot y el ginecólogo de nuestra Universidad, Chrobak, quizá el más sobresaliente de nuestros médicos vieneses. Los tres me habían comunicado un conocimiento que, en rigor, no poseían». Se refiere a la teoría de la etiología sexual de la neurosis, conocimiento que, en rigor, nadie poseía, ni siquiera la histérica, para quien no constituía un saber a transmitir, pero sí un secreto a revelar a través del misterio de sus síntomas en la ceremonia ritual de su encuentro con el médico. Como era un secreto y no una teoría, sólo podía perpetuarse en la secta, decirse a media voz, circular entre elegidos, dar sentido de iniciación en los sagrados misterios. Era el Supuesto Saber de y sobre la histérica. Su ejemplo perfecto, el que sigue relatando Freud: «Años después, en una de las reuniones nocturnas a las que Charcot invitaba a sus discípulos y amigos, me encontraba yo cerca del venerado maestro, a quien Brouardel parecía relatar alguna historia interesante de su práctica médica de aquel día. Un joven matrimonio de lejana procedencia oriental: la mujer, gravemente doliente; el marido, impotente o muy torpe. `Tâchez donc ‑oí repetir a Charcot‑, je vous assure, vous y arriverez'. Brouardel, que hablaba en voz más baja, debió de expresar entonces su asombro de que en tales circunstancias surgieran síntomas como los que presentaba su enferma, replicando Charcot vivamente:
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‘Mais, dans des cas pareils, c'est toujours la chose génitale, toujours..., toujours..., toujours'. Y al hablar así cruzó sus manos sobre el vientre y movió dos o tres veces el cuerpo con su peculiar vivacidad. Recuerdo que por un momento quedé poseído del más profundo asombro y me dije: Pero si lo sabe, ¿por qué no lo dice nunca?».
Es que era, aún, un saber ilegítimo, aquél que se encarna en un secreto, se estructura como misterio, se procesa como revelación, se perpetúa en la secta, tiene el sentido de la iniciación. Fue Freud quien dio el siguiente paso para convertir el saber en legítimo, configurar una teoría, capaz de escribirse como matema, y por ende, transmisible en una Escuela cuyo sentido sea el de la formación. La etiología era sexual, pero eso no equivale a decir que «la cosa es genital». Hay una discordancia fundamental entre el sujeto y el ser, de la que el neurótico sufre, y por la que lo que el sujeto no puede decir en palabras lo grita por todos los poros de su ser de síntomas. Síntomas que remiten a la sexualidad, pero a la realidad sexual del inconsciente, aquélla que para Freud, ya desde los llamados Tres Ensayos, está constituida por las pulsiones parciales para venir a decirnos que la relación sexual no existe, que no tiene representación. Y eso lo aprendió del goce de la histérica. Por eso, Israël recuerda: « Sólo existe un inconsciente sexual y no hay sexualidad humana a excepción de la que subyace en el inconsciente».
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Del útero frustrado migrante al cerebro, que Israël rememora, a la teoría del trauma. La palabra que falta, y en el corte de la cadena hace su aparición el cuerpo. Seducción por el padre, luego teoría de la fantasía, represión. Primera hipótesis de la división pulsional, con elaboración de un aparato necesariamente regulador de una pulsión concebida como fuerza constante. Aportes y, al mismo tiempo, trampas de la histérica. «Mis histéricas me decepcionan», se quejaba Freud, quizá demasiado impregnado de la queja siempre decepcionada de sus pacientes. Es necesaria la llegada de Schreber para salir del atolladero y abrir el campo a nuevas elaboraciones. Narcisismo, pulsión de muerte, relación de la sexualidad con la emergencia y danza de las palabras. Por fin, las perversiones, las paradojas del deseo y el objeto, el masoquismo primordial, fetichismo, escisión del Yo. Pero ya es otra historia, en cuyo transcurso se podría decir que el Psicoanálisis debió olvidar lo que debía a la histérica para esbozar su progreso. Del padre perverso y seductor a la Función del Padre, quizá medie el camino que va de Isabel a Schreber.
Pero si Isabel es el cuerpo parlante de la histérica, testimonio de lo que ese cuerpo debe al significante para trascender el puro Ser‑allí, la lección sobre el deseo Freud la recibió de una hermosa carnicera. El «síndrome del novio canadiense», que, no sin humor, describe Israël, no es suficiente ejemplo para delinear sus matices. Deseo del deseo del Otro, por conocida que sea la fórmula no es a desdeñar como mero artefacto
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teórico. «Sólo la formalización de una teoría, aun, que fuera parcial, es susceptible de proteger contra el dogmatismo», dice Charles Melman. Habría que agregar, también, contra el desviacionismo. Si efectivamente, Freud otorgaba a sus discípulos una cierta libertad técnica, no exigiendo a nadie que hiciera en lo real de la clínica exactamente lo mismo que él, fue en cambio riguroso en la línea de la transmisión de los conceptos y el mantenimiento de su autoridad en lo que a teorización y formación del analista se refiere. Sesgo siempre peligroso, por ende, el de cierto practicismo, que apela a la llamada «experiencia clínica» en función de regirse por la ley del placer de comprender fácil y no por el goce de la dificultad y el obstáculo. Falta, quizás, a marcar en el discurso, de Israël, demasiado preocupado en la exhaustiva descripción de un ente nosológico inaprehensible en desmedro de la investigación del orden de razones que estructuran esa fenomenología del llamado cuadro histérico.
Es que el estilo es el Otro. ¿A quién dirige Israël sus conferencias? Su lenguaje, lo que dice, más aún lo que no dice, delimita su campo de acción con coordenadas precisas. Es más un llamado a la impotencia del presunto saber médico que vehículo de aporte o renovación de la teoría psicoanalítica. Repite el encuentro inaugural de Freud, no para fundar, sino para violar, junto a sus histéricas, la ignorancia que el práctico en diversas especialidades médicas se empeña en desconocer. Se diría que denuncia la impotencia de los que se empecinan en creer que pueden curar en
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vez de aprender a callarse para oír lo que puede enseñarles la geografía anatómica de alguien que siempre, sobre su cuerpo, sabrá más que ellos.
Su deseo, es el de la histérica. Deseo que Lacan nos ha enseñado a desbrozar del sueño de la hermosa carnicera. Deseo que ubica partiendo de Breuer en lo que se refiere al embarazo de Anna 0, pero que en Freud se refiere a un deseo de saber. Gozar de un deseo insatisfecho porque el deseo es coalescente con la idea de su insatisfacción. Entre lo buscado y lo hallado habrá siempre una diferencia, que es la que posibilita el relanzar del deseo, por lo cual Lacan subraya esa frase de Picasso cuando afirma: «Yo no busco, encuentro». Búsqueda del deseo, encuentro con el objeto a. La cabeza perfecta del carnicero que el pintor busca pintar, y el trozo de trasero de cualquier mujer bonita con el que responde el interpelado, que parece querer apuntar al goce. El acto neurótico, en cambio, apunta al deseo, «se sostiene de lo que constituye el efecto del deseo ‑dice Lacan~ que no tiene nada que ver con el acto sexual vuelto imposible, pues el pasaje por el lugar del Otro tiene efecto bajo la forma de la represión». Disyunción cuerpo‑goce, entonces, en una relación de separación con el objeto a, como parte del cuerpo donde el goce puede refugiarse, pues si de represión se trata, la aparición del objeto testigo de la castración produce angustia, signo de todo advenimiento de lo real. Otra cosa es la Verleugnung: el hombre sólo en tanto perverso puede abordar el objeto‑resto, la insignificancia, en su vertiente
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de goce. Freud lo atisbó en sus trabajos sobre la vida erótica masculina.
De ahí la pregunta de la histérica: ¿qué es ser el objeto del goce del hombre? ¿Qué es estar en el lugar del trozo de trasero? Estar en ese lugar es, para la histérica, verse confrontada con la angustia más radical. Al lecho, ella envía a la otra mujer de su perenne triangulación. Denuncia que la relación sexual no existe, pero para afirmar que entonces, el acto es imposible. El psicoanálisis, en cambio, reafirma que la relación sexual no existe, que no hay posible complementariedad, pero para teorizar ese encuentro fallido en términos de acto.
La imposibilidad de un saber; la imposibilidad de una relación. Denuncia molesta que ella representa constantemente en el anfiteatro de las presentaciones de casos clínicos, por lo que los seres humanos han intentado no escucharla durante siglos. Ella agujerea, taladra, todo lo que venga a obturar la hiancia de la relación inexistente. Representa lo irrepresentable en un último intento de no descorrer los velos detrás de los cuales no puede haber sino nada. Es contestataria, es fanática, es mística, es demandante. Enaltece hasta la exasperación las características femeninas para lograr la ilusión de que la mujer exista. Dado que no hay trazo específico que pueda marcar la pertenencia de una mujer a una clase, sino especificidad de la privación del trazo que la destina a ser nombrada sólo como una, las mujeres recorren la vida en permanente demanda de un. lugar, de una representación. Queja reivindicativa que el hombre no puede sino escuchar, guante que la
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histérica recoge porque siendo el falo, aunque lo sea sin tenerlo, se constituye en algo. Ella es. La mujer no existe; la histérica sí. Extrañada permanentemente en lo que no es, para poder ser algo, aunque ese extrañamiento la destine al sacrificio de su goce.
Goza del deseo insatisfecho de gozar, porque así es alguien, pertenece a una clase, representa a La Mujer. Mientras, el místico goce femenino, ése que se goza como en una revelación, sin saberlo, queda confinado en una perversión a interpretar como síntoma paranoico: la otra mujer, la paranoica, la que recibe su mensaje viniendo de afuera bajo la forma de un « pagarás tu goce», «pagarás tu transgresión». Histeria y paranoia, ambas las ubicaba Freud en la primitiva célula de la relación de la niña con su madre, pero sólo la primera se ha erigido en representante de la feminidad, de la mascarada. Tanto, que el problema de la histeria masculina pasa a ser otra

falta del discurso de Israël. La mujer es histérica, y se enorgullece; el hombre histérico se avergüenza, se lo llama hipocondriaco.
Frente a todo esto, y luego de la abundancia de ejemplos clínicos que nos presenta Israël, indudablemente el final de una de sus conferencias no puede sino llamar nuestra atención. Está seguro que una de, sus pacientes es histérica pues tiene un comportamiento absolutamente encantador para con él y absolutamente insoportable con su marido y esa situación aparece como incambiable. Se queja de aquella otra que afirmaba gustar de la buena carne para terminar pidiendo pescado
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cuando es invitada a un restaurante donde cocinan excelentes manjares «carnales». Subraya con acierto el recorte del maquillaje histérico en las líneas del cuerpo despedazado que puede resquebrajar hasta tal punto la ilusión de ser el falo que la posibilidad del suicidio llega a ser tan cierta como en un cuadro melancólico.
Y sin embargo, termina con una especie de canto a la esperanza del arreglo amoroso. Aceptar las imperfecciones, poder trascender el narcisismo, aparece en su discurso como una salvación cierta de la hecatombe.
Esperanza vacua a juzgar por lo que cierta historia del erotismo puede plantear al respecto. Frase a dejar, de todos modos, en puntos suspensivos, puesto que Israël así lo hace en el momento en que se plantea la perversión del amor. Según Lacan, Dios es perverso, con lo que la unión. gozosa con él devendrá en necesidad de replantear muchos puntos oscuros con respecto al goce femenino. Que la mística esté del lado de lo femenino, no deja de implicar que aún hay bastante que preguntarse sobre ese goce inefable que se goza pero que no se sabe. Campo sobre el cual no podríamos pedir definición alguna a Israël, puesto que es inaugurado por Lacan en su Seminario «Encore» , editado con posterioridad a estas conferencias.
Quizás uno de los problemas es que la aparente transparencia del discurso histérico plantea la trampa de una ilusoria creencia de comprensión. Por eso no es inútil precipitar el momento de concluir recordando algo que Lacan no se cansa de repetir:
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« Lo que cuenta cuando se intenta elaborar una experiencia, no es tanto lo que se comprende sino lo que no se comprende. Es en eso que el método de los comentarios se revela fecundo. Comentar un texto es como hacer un análisis: allí una de las cosas de las que debemos cuidarnos es de comprender demasiado, de comprender más de lo que hay en el discurso del su jeto. Interpretar e imaginar comprender no es lo mismo. Quizás es más bien sobre la base de un cierto rechazo de comprensión que podemos acceder a la verdadera comprensión psicoanalítica».
No comprender a la histérica es la posibilidad misma de aprender de ella.
SARA GLASMAN
LA HISTERIA,

HOY COMO AYER



Conferencia pronunciada en Bourg‑en‑Bresse, el 26 de noviembre de 1972.
Hoy como ayer, desde Hipócrates a Freud, registramos y comprobamos el mismo estancamiento sintomático; pero el síntoma no es el síntoma «histérico», el síntoma es aquí un estancamiento del pensamiento médico frente a lo que se denomina histeria.
Hay que reconocer que desde Freud no hubo mucho de nuevo, cosa que nos hace pensar en un ritmo un poco lento en materia de progresos en el campo de la histeria. Hoy como ayer, las histéricas (hablo de la histeria femenina) plantean las mismas preguntas; la histérica plantea las mismas preguntas a los hombres (aquí utilizo «hombre» en el sentido de la palabra alemana Mann, no en la acepción de especie humana). En última instancia, las preguntas aludidas pueden resumirse en dos polos simétricos y diferentes por completo, que serán los temas que trataré de abordar. Dichos polos son la sexualidad y la agresividad.
Si bien el término sexualidad está lo bastante vacío de sentido para hacerse comprensible a cualquiera, la palabra agresividad plantea una
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cuestión un tanto distinta, dado que cualquier persona al decir «agresividad» piensa que ha dicho algo importante. En la misma medida en que el término sexualidad puede jugar un papel a causa de su carácter vacío, el vocablo «agresividad» es un término que debe ser vaciado porque constituye un tapón. Siempre se considera que la palabra agresividad significa algo y cada uno proyecta en ella sus pequeños recuerdos personales: peleas, partidos de rugby, antagonismo frente a los padres, rivalidad, competitividad.
Cada uno sabe qué significa el término agresividad, pero cuando se hace un balance es fácil comprobar que no se trata de una misma cosa para todos. Esto forma parte de ese juego de mediaciones que hace creer que nos entendemos, para mantener oculto el hecho real de que no hay nada que se pueda entender.
Cuando se acusa a Lorenz de habernos querido enseñar qué es la agresividad al hablarnos de sus gansos blancos o grises, o de cualquier otro animal, y se compara a esos animales con el hombre, estamos asistiendo a una prueba del bajo nivel al que nos precipitamos, ya que Lorenz jamás ha dicho ‑aun cuando haya estado tentado de hacerlo‑ que el hombre y el ganso son la misma cosa. El hombre no tiene alas, no engorda de la misma manera. De modo que la palabra agresividad puede ser un vocablo-pantalla,
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una pantalla sobre la que chocan toda una serie de momentos en la evolución de un individuo. Esto lo resumimos en el término agresividad.
Es muy posible caer en la falta (no se trata de una expresión demasiado fuerte) de considerar que la agresividad constituye una explicación, algo así como un hecho simple que, por ejemplo, da testimonio de un instinto. Y también es posible que muchos se contenten con este concepto. Sin embargo, resulta evidente que de este modo se limita el análisis y se eliminan de él algunos elementos sin duda embarazosos para el médico (como la angustia o la pulsión de muerte) y por eso mismo rechazables.
Así pues, decir «todo esto es el instinto agresivo» nos remite a los análisis biológicos. Dejaremos establecido entonces que sexualidad y agresividad serán las dos fuentes en las que vamos a nutrirnos, y me disculpo con anticipación por incurrir en retrocesos, repeticiones y encabalgamientos ‑y aun contradicciones- perfectamente inevitables.
Localizar las contradicciones constituye un interesante objetivo que nos ayudará a mantenernos en estado de alerta. Tomar nota de ellas nos permitirá comprobar también que puede haber contradicciones que deban ser necesariamente sostenidas.
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A pesar de todo, al parecer, aun cuando los espíritus sensatos hayan visto en la sexualidad y la agresividad las dos caras de una misma moneda, siguen siendo dos hechos ‑tal como se infiere de lo dicho hace unos momentos‑ separados por no pocas cavidades, por agujeros en los que cada uno podrá establecer equilibrio. Y pido que se advierta que no he dicho que cada uno podrá establecer su equilibrio.
Asimismo, se presentan las viejas preguntas, las que se refieren a la frigidez ‑término muy trillado y gastado‑, a la bisexualidad, al sadismo, etc. Esto no es, en el fondo, lo que se espera de una exposición actual sobre el tema de la histeria. Si tienen interés por precisar la semiología histérica, las crisis, los síntomas de conversión, los síntomas psíquicos de la histeria, incluso el síndrome biológico que puede presentarse en ciertos casos, me pondré a disposición de ustedes y trataremos de hablar sobre el tema.
Por ahora, consideremos a la histérica como tal en un plano histórico, en el momento en que se presentó ante Freud. La primera pregunta que surge es la de quién fue hacia quién: ¿Freud se aproximó a las histéricas o han sido las histéricas las que se acercaron a Freud? No estoy muy seguro de poder responder con exactitud. Creo que, en un primer momento, fueron las histéricas las que se acercaron a Freud;
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pero más tarde es posible que haya sido Freud el que se acercó, de cuando en cuando, a la histérica. En esta manera de plantear la pregunta, lo importante estriba en subrayar una vez más la función capital de la histérica. Una función que se pone en evidencia tanto en la investigación como en la práctica médica y en los pacientes. La histérica vuelve a visitar al médico una y otra vez para plantearle nuevamente las mismas preguntas que recordábamos hace un momento: las preguntas que la histérica plantea a los hombres. En la pregunta que la histérica formula al médico, ella se sitúa como representante de la mujer ante un médico de función ambigua, porque no es una función ligada al sexo ya que el médico puede ser hombre o mujer. Y en esa pregunta la histérica plantea sin saberlo una pregunta referida al sexo.
Subrayémoslo con énfasis: el lugar que ocupa el médico no es un lugar sexuado por su ocupante, sino sexuado por la función que la histérica le atribuye. Así la histérica, que no es ya una mujer sino que representa a la mujer, se acerca al médico para preguntarle quién es él, el médico. Aquí advertimos una función heurística, una función de investigación dentro del descubrimiento atribuido a la histeria. No es posible excluir la idea de que el estancamiento tan prolongado de la medicina en general, y
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de la psiquiatría en particular, esté en relación con la sordera voluntaria o inconsciente ‑histérica quizá­ ante la pregunta o las preguntas que formula la histérica.
Porque la histérica fuerza al médico, lo fuerza a hacer algo que él no quiere hacer: lo viola constantemente. La histérica obliga al médico a una nueva lectura del cuerpo, y veremos que esta lectura llegará a apoyarse sobre los signos escritos o inscritos en el cuerpo. Tomaré como ejemplo el maquillaje. El hombre adopta ante el maquillaje una posición extremadamente cómoda: «ya sabemos qué significa eso». Esta aseveración le dispensa de reflexionar y de intentar comprender que, tal vez, haya otro significado muy distinto al que él imagina. Porque no existe la absoluta seguridad de que siempre haya que leer en el maquillaje esa especie de regocijo callejero o atrevido que se le adjudica. Y basta que recordemos ciertos maquillajes que, por ejemplo, el teatro contemporáneo o la expresión corporal han valorizado: de inmediato evocaremos un efecto de sorpresa aplastado, ahogado y borrado con excesiva premura. Ese efecto de sorpresa nos invade cada vez que alguien, sea hombre o mujer, se presenta ante nosotros con un maquillaje inesperado.
En ese instante de sorpresa podría introducirse una vacilación que quizá conduciría a una nueva formulación de preguntas acerca del
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sentido de ese maquillaje, pero que también conduciría, la mayor parte de las veces, a cerrar con rapidez ese capítulo para no ir a desembocar en consideraciones extrañas. Porque desembocaríamos precisamente en las preguntas de la histérica, preguntas absolutamente intolerables que nos negamos a escuchar.
Ahora me sumergiré en otra digresión. Esa función heurística esa función investigadora de la histérica está presente aún hoy, y de una manera muy visible, en otras malas compañías de la histérica. Todos saben que en la actualidad existen numerosos trabajos que tratan de fijar un límite entre lo que se denomina histeria y esa especie de embudo al que se conoce por medicina psicosomática. Se trata de una mala compañía, pero en vista de que se constituye aquí un límite, o una transición o una continuidad con la histeria, nos vemos obligados a ocuparnos del tema. Una vez situados en este terreno, podríamos desarrollar extensamente lo que en otro lugar he llamado la inflación psicosomática y las preguntas sin respuesta a las que van a desembocar todas estas concepciones del hecho, del concepto psicosomático. Tanto el hecho como el concepto psicosomático tienen un alcance tan amplio que

no hace mucho una joven larva del psicoanálisis utilizaba la expresión «fantasma de la medicina psicosomática».


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Aun en el caso de que nos atengamos al nivel más primigenio de la medicina psicosomática, es decir, a la concepción que establece que ciertos tipos de afecciones estrictamente médicas, ciertas lesiones, nacen de un hecho al que se denomina psicosomático, aun cuando nos atengamos a esto, es evidente que tanto una úlcera de estómago como una eczema no son fantasmas y que el médico llena con fantasmas los agujeros de lo que no comprende. Tan cierto es esto, que algunos teóricos de la concepción psicosomática se arrogan el patrimonio de la fantasmática, el patrimonio de los fantasmas, para declarar que lo que caracteriza al enfermo psicosomático es la ausencia de fantasmas.
Semejante afirmación no puede menos que dejarnos estupefactos. Sólo con haber visto a esos enfermos, sólo con haber hablado con ellos el tiempo suficiente, habremos descubierto que los fantasmas que gruñen en ellos estallan en nuestros oídos a condición de que los tengamos mínimamente destapados, a condición de que superemos esa angustia particularmente sensible para el psiquiatra y para el psicoanalista, esa angustia de particular intensidad que se desprende de todos los enfermos psicosomáticos. Porque psiquiatras, psicoanalistas o médicos psicosomáticos, todos aquellos que se ocupan de la «psi», no tienen demasiada experiencia
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en enfermos psicosomáticos, es decir, en lo que los médicos conceptúan como verdaderos enfermos. Como todos sabemos, incluido el psicoanalista más ignorante, estas verdaderas enfermedades, por ejemplo la úlcera de

estómago, pueden degenerar en cáncer; y también es sabido que el cáncer no es algo demasiado bueno. En estos casos el profesional se siente invadido por una especie de temor que no sabe enfrentar, porque la disciplina psicoanalítica no lo ha preparado para ello, y para evitar ese temor evitará al enfermo psicosomático. No obstante, de cuando en cuando vendría bien hablar con él: no es un hecho frecuente que un enfermo psicosomático acuda en busca de un tratamiento analítico, porque, en general, no quiere saber demasiado acerca de su enfermedad. A menudo su enfermedad psicosomática se revelará durante el curso del análisis.


En todos los casos el enfermo tiene mucho que decir. Pero no siempre el analista está dispuesto a escuchar las cosas que el enfermo quiere decir, tal como vimos antes con respecto a la pregunta de la histérica. Esto ocurre porque hay

algo que no se quiere escuchar, algo que hay que hacer callar : la pulsión de muerte, la muerte, lo que no se quiere saber. Algo relacionado con estas cosas advierte al analista que no siempre será el analista. Estamos en un campo vecino al de la histeria


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y nos vemos forzados a proseguir nuestra reflexión sobre un ámbito que creíamos cerrado, que queríamos desestimar y que también nos induce a tratar de superar ciertas posiciones actuales sobre el problema. Es evidente que con profundizar el método anatomoclínico no ganaremos mayor claridad respecto a las enfermedades psicosomáticas. Tampoco avanzaremos más aplicando de manera rígida cierta forma de lógica, de razonamiento o de racionalización psicoanalítica.
No nos detengamos por más tiempo. Ahora hablaremos de lo que nos concierne. Se podría utilizar una especie de consigna: «vender la medicina psicosomática al médico». El médico clínico, el especialista que no es psiquiatra sino preferentemente práctico, el médico de familia, el que conoce el entorno y conoce al paciente y su historia, tal vez tanto como el mismo enfermo, es quizá el que está mejor situado para captar algo de lo que representa esa medicina psicosomática, para comprender también que ese campo excede a nuestras categorizaciones.
La úlcera gástrica, la eczema, la hipertensión arterial, el asma bronquial y otras manifestaciones de alergia no son las únicas enfermedades que entran dentro del ámbito de la medicina psicosomática. Prácticamente, no existe ninguna enfermedad que escape a ese ámbito, ya sea la leucosis o el cáncer, una fractura de pierna o el sarampión.
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Para cada una de ellas existe una actitud psicosomática, una aptitud psicosomática, una actitud de escucha psicosomática. Ni el psiquiatra ni el analista están suficientemente bien situados para esa escucha. En este caso, su lugar es secundario. No secundario en cuanto a importancia, sino secundario en el tiempo. El mejor servicio que el analista puede brindar al enfermo psicosomático será establecer una cooperación con los médicos clínicos ‑en términos que todavía deben inventarse‑, para estudiar juntos el material recogido en el terreno. Y únicamente el médico general está en condiciones de recoger ese material. En este campo hay que crear, inventar nuevas formas de cooperación médica, nuevas formas susceptibles de restituir de inmediato al clínico gran parte del interés de su profesión, y a través de esta mediación, restituir al enfermo el mensaje que ha dirigido a su médico. Ahora bien, si el médico clínico se ve obligado a enviar su enfermo definido como psicosomático al psiquiatra de la esquina, lo único que el enfermo podrá entender de esa derivación a otro médico será: «no quiero escuchar lo que me estás diciendo», ya que el enfermo no se molestaría para nada si escuchara una frase como «no comprendo lo que me estás diciendo», puesto que esa expresión significa: « repite lo que has dicho».
Sabemos muy bien que en muchas situaciones­
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el « vuelve a decírmelo» no ocasiona ningún daño, todo lo contrario. Pedir al paciente que repita lo que tiene que decir puede llevarlo, asimismo, a proporcionar a su médico clínico la interpretación que mencionaba antes. En estos casos, el papel del psiquiatra será establecer una especie de colaboración donde su función será rellenar las lagunas demasiado evidentes que haya dejado la formación médica, esa formación médica que sólo prepara al profesional para leer en el enfermo algunos hechos orgánicos, sin tomar en cuenta los hechos específicamente humanos.
Dada esta circunstancia, ni el médico, ni el psiquiatra ni el enfermo perderán la posibilidad de restituir, mediante un trabajo en común, esa dimensión que siempre resulta ser embarazosa en la medicina y, en especial, en la medicina psicosomática. Sería la restitución a quien corresponda de una humanidad que desborda. Y si se me exigiese una definición de la enfermedad psicosomática, yo diría que es «una enfermedad en la que el enfermo desborda de humanidad» , en la que el enfermo, en lugar de escudarse tras respuestas bien localizadas y seriadas, bien precisas, expondrá a su médico algo que no debería haber ocurrido. Por ejemplo, si preguntamos a ese enfermo «¿cuándo comenzó su enfermedad?» , en lugar de decirnos una fecha, el primero de enero o el 14 de julio,
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incurrirá en la falta de cortesía de responder : «todo comenzó a la muerte de mi padre>>. Nos encontramos así, de pronto, dentro de un dominio que el día de mañana será evacuado por la medicina. Al menos, esto es lo que se podría inferir de cierta forma de enseñanza de la medicina. Una vez más, entonces, esta histeria linda con las enfermedades psicosomátiças, porque son muchos los médicos, así como los que enseñan medicina, que en la actualidad ponen todo en una misma bolsa. Para ellos, histeria y enfermedad psicosomática son una misma cosa. Se trata de personas que no se sostienen en su lugar, de personas más o menos molestas. Así es cómo la histeria nos obliga a intentar, con cierto rigor, la demarcación de una línea divisoria, siquiera con el fin de delimitar mutuamente los dos campos que resultan de esa separación. El objetivo de esta digresión acerca de la medicina psicosomática estriba ‑como en el caso de la histeria‑ de arrancar al médico de lo que yo llamaría «la enseñanza académica» , es decir, de la enseñanza de las facultades, esa enseñanza que suprime toda curiosidad posible, todo posible interés.
Hemos llegado al último punto de esta introducción. No teman: este desarrollo previo me permitirá avanzar con mayor rapidez en lo que resta. Último punto: el inconsciente, no mencionado hasta ahora. El inconsciente es
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aquello a lo que se ve remitido el médico frente a la histérica o por la histérica. Sin duda, ha sido la histérica quien ha llevado a Freud al descubrimiento del inconsciente o, al menos, a articularlo tal como él lo hizo, es decir, en una relación coextensiva y consustancial con la sexualidad, con el sexo.
No existe otro inconsciente que el sexual: éste será probablemente el único punto en que me arriesgue a expresar un axioma o postulado. Y lo hago porque todos los analistas, sea cual fuere su formación, Sean cuales fueren sus opciones teóricas, aun cuando hayan tenido muy poca experiencia directa ‑ninguna teorización puede reemplazar la experiencia que representa esa relación, esa situación excepcional y privilegiada de escuchar lo que dice un paciente tendido sobre el diván‑ todos los analistas, en la medida en que quieran serlo, en que quieran reconocerse y declararse analistas, estarán de acuerdo con esto: si hay un inconsciente es porque existe una sexualidad humana. Sólo la sexualidad humana, sólo el sexo (elijo deliberadamente una fórmula muy vaga y muy amplia) puede configurar lo no dicho que constituye el reverso del discurso.
Sólo existe un inconsciente sexual y no hay sexualidad humana a excepción de la que subyace en el inconsciente. Esta afirmación tendría que delimitar todas las tentativas bien intencionadas
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de enseñanza o de información acerca de la sexualidad. Sin lugar a dudas, no está mal hablar de cosas que, hasta hace poco tiempo, debían permanecer ocultas. Pero reducir la enseñanza y la información sobre la sexualidad a un ámbito biológico, donde nada diferencia al hombre del animal, o a una normativa moral, donde nada diferencia al hombre del ángel, o sea, del fantasma, en ningún caso puede ser considerado como una información o una enseñanza acerca de la sexualidad, porque en ningún, caso (a menos que se empleen métodos coercitivos que, supongo, ya han quedado atrás en Francia), será posible develar a un sujeto que no lo demanda la parte inconsciente de su pregunta, de su cuestionamiento sobre la sexualidad. Esta no es una tarea que corresponde más a un docente que a un sacerdote o a quien sea; es tarea del sujeto mismo elegir a quien quiera ‑a un analista, en el peor de los casos para que esa pregunta retorne a él en forma tolerable y soportable. El mérito de la histérica, aquí, consiste en hacernos meter la nariz no en nuestro semi‑ángel, semi‑bestia, sino en nuestro ni‑ángel, ni‑bestia. La histérica lo logra, con su cuerpo que habla, que grita.
De modo que ahora abordaré este primer nivel de mi histeria o de mi histérica: la histeria y el sexo.
No repetiré los datos históricos por todos conocidos
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ni el cuadro clínico, más conocido aún. Pero si fuera necesario, si quieren entretenerse en sus momentos de ocio, les recomendaría una excelente compilación de conocimientos acerca de la histérica: la que encontrarán en algo que se titula Diccionario enciclopédico de las Ciencias Médicas, también conocido como Diccionario Dechambre, que debe haberse publicado hacia 1844; allí encontrarán todo lo que hay que saber sobre la histeria y todo lo que puede constituir el objeto de un saber, algo que da forma al cuadro dentro del cual el médico tratará de insertar, ensartar o encerrar a su histérica. Este diccionario describe en detalle todos los síntomas y, además, lo que veremos a continuación: las teorías y, sobre todo, los tratamientos. En el fondo, este saber acerca de la histérica es conocido por todos, hasta tal punto que el término «histérica» ya ha dejado de ser un vocablo médico para convertirse en una palabra que hace sentir su presencia en el grupo social, una palabra que ha pasado al lenguaje común: cualquier persona tiene una idea formada acerca de la histeria, idea que aunque no sea la misma para todos, es propia de cierto lenguaje.
Freud ha descubierto y demostrado que este saber es eminentemente propicio al rechazo y. por lo tanto, a evidenciar el rechazo. Tal vez en esto estribe el mérito esencial de la histérica dentro
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del descubrimiento freudiano ; ella ha puesto el dedo en esa dimensión del rechazo, es decir, en el sentimiento de la misma incompletud del discurso. La interpretación del rechazo, que es al mismo tiempo su cosecha y, además, su creación, su creación consciente, no intenta completar a nuestra histérica, aunque en un principio tal vez haya sido precisamente su fantasma, a lo largo de los meses o los años, que le han permitido descubrir los «gozos» de la

incompletud. Este saber sobre la histérica funciona siempre del mismo modo: el saber de una parte de la clínica de la histeria, el saber de una parte de su terapéutica, el saber de una parte de la teoría o de la teorización analítica de la histeria, oculta necesariamente otro saber.


En todo momento, la histeria contribuye a la liberación y a la consolidación del rechazo; la histeria se nos presenta bajo dos aspectos: el que devela y el que oculta, el que nos lleva a descubrir y el que nos lleva a ocultarnos a nosotros mismos. Estos dos aspectos, esta duplicidad, esta contradicción inherente a la histeria, volverá a aparecer a lo largo de nuestras reflexiones sobre la histérica. Si en un momento dado la histérica nos parece simple, si se nos muestra como resumible en un solo aspecto de una persona, de una personalidad, de una reflexión, tengamos por seguro que ella nos aguarda muy cerca, allí en la dimensión
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que hemos olvidado o ignorado. Pero en esto mismo, superada la aversión narcisista a reconocer que no lo sabíamos todo, en esto mismo nos presta un servicio: nos impide fijarnos en un saber que estaría definitivamente vacío de interés, o que correría el riesgo de estarlo, porque no sería más que repetición, es decir, aparición ‑una vez más‑ de la pulsión de muerte.
Si hay un lugar donde podemos comprender por qué Freud vincula la pulsión de muerte con la repetición, es en el acto médico, tal como se nos presenta para que le adjudiquemos una determinada enseñanza, un acto repetitivo que sólo puede acarrear aburrimiento, un acto del que se producen centenares de copias cada semana, que vacía al médico de todo lo que podría ser valioso para él, suficientemente valioso como para que deposite y arriesgue su interés, por no decir su deseo.
He aludido a los dos aspectos de la histérica y trataré de emplear los términos más simples que me sea posible, al menos en el comienzo, para describir esos dos aspectos. Hace algunos años organicé, con jóvenes colaboradores de mi servicio, un seminario sobre la histeria. El primero de aquellos colaboradores que tuvo el valor de arrojarse a ese océano de la histeria, sabiendo que era un océano y que él no estaba enteramente preparado para nadar o, al menos,



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