Los miles de desertores usa durante las guerras intercapitalistas de rapiña en Vietnam e Irak



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AGONIA INTERIOR

El correo electrónico iba dirigido a Carl Rising-Moore, veterano del Vietnam y pacifista convencido, que se comprometió a esperarle en Indianápolis para viajar con él hasta la frontera. Entraron en un Ford Mustang por las cataratas del Niágara, con la excusa de que eran hinchas de baloncesto, deseosos de ver cómo los New York Knicks machacaban a los Toronto Raptors.

Rising-Moore regresó a las pocas horas, después de ver el partido en la televisión de un motel. Hughey se quedó en Canadá, con 19 años y una bolsa de viaje, a sabiendas de que aquel era el primer día del resto de su vida. Ni siquiera le contó sus planes a sus padres, partidarios de Bush, partidarios de la guerra.

El tercer desertor se llama Dave Sanders, 20 años, de Bullhead City, Arizona. En marzo de 2003 completó su formación en la Marina y se hizo a la idea de que acabaría en la guerra. Pero entonces empezó a abonarse en Internet a la BBC y a Al Jazeera, y descubrió una versión de la guerra muy distinta.

«Las piezas no encajaban», afirma Sanders. «Yo no veía por ningún lado la conexión terrorista y estaba empezando a pensar que íbamos a Irak para que unas cuantas compañías hicieran dinero». La agonía interior le duró varios meses, hasta que llegó la orden de despliegue para su compañía, estacionada en una base naval de Florida. Un día, sin decir nada a nadie, se levantó con una decisión irrevocable: comprar un billete de ida a Toronto.

Allí estuvo durante varias semanas, ocultando su identidad y viviendo en un refugio para homeless. Hasta que llegó a sus manos un periódico local con la historia de Jeremy Hinzman.


Sanders ha terminado también bajo el aura protectora del abogado Jeffry House. «Vamos a ver a muchos reservistas llevando a los tribunales al Pentágono y denunciando las leyes abusivas que no les permiten dejar el Ejército», vaticina el abogado (el presidente Carter concedió una amnistía a los prófugos del Vietnam y muchos volvieron).

Otro factor va a empezar a pesar también en el Ejército, según House, y es la fatiga y la baja moral de los soldados. Según un reciente estudio del Ejército de Tierra, uno de cada seis soldados en Irak tiene síntomas de depresión, ansiedad y estrés postraumático. Los expertos advierten que si la situación no mejora, la proporción será pronto de uno de cada tres, como en Vietnam.

Stephen Robinson, director del Centro de Recursos de la Guerra del Golfo y experto en los efectos psicológicos de la guerra, augura así lo que nos espera: «Está llegando un tren cargado de gente que viene de Irak y que va a necesitar ayuda durante los próximos 35 años».

Durante la guerra de Vietnam, los norteamericanos en edad militar tenían otras dos opciones: la cárcel o Canadá. Durante el conflicto, unos 50.000 individuos quemaron las tarjetas de reclutamiento y se exiliaron en Canadá. John D. Mac-Arthur, profesor de Sociología de la Northwestern University narra en su libro (que firmó como John Hagan) «Northern Passage» (Pasaje hacia el Norte) lo que fue el mayor éxodo político de los EEUU desde la revolución de 1776. Tildados de traidores, para el millón de activistas del movimiento pacifista que convulsionó a los EEUU en los 60, fueron unos héroes. MacArthur lo vivió de primera mano. Hacia 1964, con la escalada bélica en Vietnam, Canadá se convirtió en la principal vía de escape para los objetores, prófugos y desertores de los EEUU. Entre 1964 y 1973, casi 210.000 estadounidenses violaron la ley de reclutamiento. Los primeros en exiliarse fueron los prófugos civiles: jóvenes de clase media y de buena educación cuyo activismo eclosionó en las universidades. Más tarde arribaron los desertores militares, en torno a un millar, de clase social más baja y a menudo tras regresar de Vietnam. El Pentágono registró 500.000 «incidentes» disciplinarios, pero no hay datos precisos. Al principio, las autoridades canadienses se mostraron en contra de esta migración clandestina pero la presión de la iglesia y de los grupos de libertades civiles canadienses dio un giro a esta política. Al final se convirtió en un movimiento de afirmación nacional; por primera vez el país asumía una política independiente ante el poderoso vecino del sur. En 1969 el primer ministro canadiense, el liberal Pierre Trudeau, ofreció su «profunda simpatía» y «un refugio contra el militarismo» a los exiliados. El objetor más célebre fue el boxeador Mohamed Ali. Muchos de ellos nunca regresaron, Canadá se convirtió en su hogar y con el tiempo, el antiguo dominio británico se convirtió en santuario de otros pueblos perseguidos. Pero los EEUU no olvida, salvo dos indultos presidenciales limitados, Ford (1974) y Carter (1977), el delito de sedición no prescribe. Los indultos fracasaron tras el boicot de la comunidad de exiliados en Canadá, Francia, Suecia o el Reino Unido. Rechazaron el agravio comparativo del «juramento de fidelidad a la patria» mientras Nixon, tras el Watergate, obtenía un generoso perdón presidencial de Ford y una pensión, sin realizar juramento alguno. Un total de 8.744.000 soldados norteamericanos fueron a Vietnam y 50.000 murieron en combate. Vietnam del Sur perdió 400.000 personas; Vietnam del Norte y el Viet-Cong unos 900.000. Los EEUU se retiraron en 1973. En el 2006 está previsto en la Columbia Británica un gran evento llamado «Our Way Home» que reúna a aquellos que vivieron el éxodo canadiense.

Cfrt.: Suplemento de “El Mundo”. Domingo 2 de enero de 2005 Nº 481

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Estos desertores estadounidenses de la guerra de Irak podrían conseguir asilo político en Canadá

Por Tamara Khandaker

Agosto 22, 2016 | 9:55 am

Joshua Key trabajó durante meses en un hospital infantil de Ramadi, en Irak. Había sido destacado como soldado del ejército de su país, Estados Unidos. Key cuenta que, en sus ratos libres, logró preservar la cordura en aquel dantesco escenario gracias a las visitas espontáneas que recibía a diario de una inesperada, amiga, una niña de 6 o 7 años. La pequeña, como si fuera ajena a la devastación que había a su alrededor, se acercaba cada día a la posición de Key y le repetía casi sin aliento las únicas dos palabras que parecía conocer en inglés: míster y food. Keys la bautizó como a su "hermana pequeña". Cada día aparecía la pequeña y casi cada día Key le regalaba su ración de comida, a menudo ofreciéndole el único plato que podía comer —la enchilada de ternera. En un momento dado, la pequeña empezó a llevarle pitas de pan y agua del río Éufrates en señal de agradecimiento. La sonrisa de su "hermanita pequeña" le recordaba a la de sus propios hijos, y era lo más parecido a la felicidad que sintió durante aquellas desoladoras jornadas en las que el tiempo no parecía pasar.

Una de aquellas visitas cambiaría su vida para siempre. Key la recuerda como si fuera ayer. Él estaba apostado sobre una roca, mientras observaba a su hermanita pequeña dirigirse hacia él, cuando de pronto el sonido de un disparó perforó el silencio. "Le explotó la cabeza como si fuera un champiñón", cuenta Key a VICE News. "Me quedé en estado de shock". Aquel único disparó —el sonido inconfundible de los mismos M-16 que cargaban todos los miembros de su escuadrón— le derrumbó. "Pensé en presentar una queja, ya que di por supuesto que el disparo provenía de uno de mis hombres. Pero entonces me dijeron que aquello no era cosa mía".

Key trabajaba como soldador y se alistó al ejército estadounidense como voluntario para ayudar a construir puentes en Estados Unidos. Sin embargo terminó encontrándose destacado en la mismísima primera línea del campo de batalla iraquí. Al poco tiempo empezó a sentirse sobrepasado por el comportamiento de los estadounidenses en Irak. Y, por encima de todo, el asesinato de la pequeña le impidió seguir desempeñando el papel que había venido realizando hasta entonces.

Así que decidió emigrar al Canadá, país en el que vive a día de hoy con su mujer y sus tres hijos. Él es uno de los 24 estadounidenses que siguen allí luchando por su derecho a quedarse en Canadá, un país cuyo gobierno lleva años tachándoles de delincuentes, una consideración que hizo insostenible su presencia en el país. En un momento dado hasta 200 miembros del ejército de Estados Unidos solicitaron asilo político en Canadá, a la espera de ser admitidos como refugiados por su país vecino, tras la guerra de Irak. La gran mayoría se ha ido voluntariamente o han sido deportados. Sin embargo, las dos docenas restantes han aguantado y han apostado por llevar su batalla hasta los tribunales. Todos saben que regresar a su país de origen les supondrá, con toda probabilidad, tener que enfrentarse a un juicio militar como desertores. Y que lo mínimo que les caerá, será una buena temporada en la sombra y la inhabilitación pública.

La muerte, el precio por ayudar a los desertores en Corea del Norte. Leer más aquí.

Pero ahora, se aproxima un momento decisivo. El primer ministro canadiense, Justin Trudeau y su partido, el Partido Liberal, tienen hasta el próximo 16 de septiembre para decidir si su ejecutivo seguirá con los postulados de su antecesor, el conservador Stephen Harper. Este se opuso a que cuatro de los desertores se quedarán en su país — así que sea cual sea la decisión que se tome entonces, todo apunta a la misma determinará lo que sucederá con los casos sucesivos. Una encuesta reciente concluía que el 63 por ciento de los canadienses está a favor de que los desertores estadounidenses consigan la residencia permanente en el Canadá. De hecho fue el padre de Justin Trudeau, el ex primer ministro Pierre Elliott Trudeau quien abrió las fronteras de su país para dar asilo a los refugiados y desertores de la guerra del Vietnam en las décadas de los años 60 y 70. Ahora, a pesar de que el gobierno no se ha manifestado sobre cuáles son sus intenciones, hay esperanza en que esta vez sí se decida apoyar a esta generación de soldados que han conocido de primera mano el horror de la guerra en Irak.

Al menos, tales son las sensaciones que dejó una reunión celebrada hace unas semanas en la ciudad de Toronto organizada por el grupo de Apoyo a los Objetores de la Guerra. Se trata de una organización que se dedica a brindar apoyo a las objetores de consciencia y a los desertores de la guerra de Irak que han atravesado la frontera canadiense. La portavoz del grupo, Michelle Robidoux, ha comentado que la campaña ha recibido el visto bueno del equipo del ministro del Interior canadiense, John Mc. Callum. Su gabinete asegura que todo marcha viento en popa y que la idea es acoger a los desertores. A finales del pasado mes de julio, los responsables de la campaña pro objeción se reunieron por primera vez en sus 12 años de historia, con el funcionario de rango más elevado que se encarga de sus casos en la capital del país, la ciudad de Ottawa.

Se trata de un gran paso adelante para esta ecléctica organización, que viene reuniéndose desde que fuera fundada una vez por semana en la sede del sindicato de los trabajadores metalúrgicos. Se trata de un anodino edificio de ladrillo enclavado en Toronto. Allí se reúnen religiosamente una vez por semana desde 2004. Y allí, también, planean eventos, actos benéficos y hasta discursos motivacionales para asegurarse de que los objetores no sucumban a la debilidad ni se sientan olvidados. La oficina de la organización está sepultada por montañas de papeleo, un calendario inscrito en una pizarra blanca en el que se destacan las fechas venideras más importantes, y estanterías plagadas de libros relativos a su lucha. Las paredes, a su vez, están plagadas de posters de acontecimientos ya celebrados y de recortes de prensa.

Los activistas de la asociación, un grupo integrado por activistas antiguerra de varias generaciones, se ha convertido como una familia para los objetores y desertores estadounidenses. El trabajo de la asociación va más allá de la denuncia y el apoyo; también les ofrece un servicio de asesoría práctica y de información sobre los casos de desertores veteranos, algunos de los cuales llevan viviendo en este limbo legal desde la última década.

"Te cuentan la situación de la mejor manera que pueden", cuenta Key sobre su conversación con Robidoux. "Ella me contó que la incertidumbre es la divisa, que no saben qué es lo que va a pasar, pero me garantizó que harán todo lo que esté en su mano para apoyarnos".

Para algunos de los implicados, se trata de un asunto que a menudo asume dimensiones personales. Tal es el caso de Frank Showler, un canadiense que decidió objetar a la Segunda Guerra Mundial y que más adelante ayudó a los desertores de la guerra del Vietnam para que se trasladaran con ellos al Canadá. Una de las integrantes de la generación Vietnam es Carolyn Egan, una estadounidense que se trasladó al Canadá con su pareja, un desertor. Carolyn no tardaría en convertirse en una de las líderes más insobornables de la lucha contra el aborto, en el seno del movimiento abortista de su nueva ciudad.

No existe un recuento oficial del número de desertores y de prófugos que fueron admitidos en el Canadá durante la guerra del Vietnam. Existen informes, como el de las autoridades de inmigración, que estiman que habrían sido entre 30.000 y 40.000. Muchos se dedicaron a cosas que nada tenían que ver con la guerra. Y no cabe duda de que son una de las generaciones mejor formadas y preparadas jamás acogidas en el país", tal y como se refiere a ellos una web del departamento de Ciudadanía y de Migraciones del Canadá.

Los últimos avances legislativos significan noticias especialmente buenas para una persona en particular: Phil McDowell, un desertor de la guerra de Irak que lleva en Canadá desde 2006. Si bien McDowell se ha manifestado largo y tendido sobre los motivos por los que se opone a la guerra, ha declinado la invitación a ser entrevistado para este artículo. El motivo bien lo justifica: el suyo es uno de los cuatro casos que serán llevados ante los tribunales en noviembre. 'Invadimos su país y ni siquiera teníamos un motivo para hacerlo'.

McDowell es licenciado en ingeniería informática. Se alistó al ejército de su país poco después de los atentados del 11-S. Sin embargo, no tardaría en descubrir que la guerra de Irak no le interesaba lo más mínimo. Lo comprobó en sus carnes cuando estuvo en Oriente Medio, de manera que la segunda vez que fue convocado para viajar de nuevo rumbo al mismo destino, decidió no hacerlo. Al igual que sucede con muchos desertores, el principal motivo por el que decidió no regresar fue la vergüenza y la repulsión que sintió ante el trato que sus paisanos y colegas dispensaban a los civiles iraquíes. Hasta entonces había sido un defensor convencido de la misión. Sin embargo, no tardaría demasiado en largarse.



Un desertor estadounidense de Estado Islámico, capturado por los kurdos. Leer más aquí.

Key rememora episodios sucedidos en Irak con una precisión escalofriante — se acuerda de todas las puertas de residencias civiles que reventó; de cómo entraba con cinco o seis compañeros a cualquier departamento, con órdenes de llevarse consigo a cualquier hombre que midiera más de 1'60 para someterle a severos interrogatorios. Y se acuerda de disuadir a mujeres y a niños de que movieran un solo dedo a punta de pistola. Hay un detalle que lleva especialmente marcado a fuego en la memoria —observar a sus compañeros de pelotón, soldados estadounidenses, jugar al fútbol con las cabezas decapitadas de inocentes iraquíes, civiles a los que su ejército había aniquilado.

Dean Walcott era miembro de la Armada estadounidense. En 2006 decidió buscar refugio en Canadá después de haber sido destacado en dos ocasiones distintas a Irak. Walcott sigue pensando a día de hoy que el odio que cualquier iraquí pueda sentir por los estadounidenses no solo está completamente justificado, sino que también es merecido. En 2004 Walcott trabajaba en un hospital militar cuando un mortero estadounidense cayó de pleno en mitad de un asentamiento de civiles situado en las afueras de Mosul. Se trataba de un campamento donde todo el mundo vivía en tiendas de campaña.

El asentamiento fue devorado por las llamas y quedó completamente destruido. Y de sus brasas afluyeron cuerpos calcinados, cientos de ellos. Los supervivientes fueron trasladados en camiones hasta el hospital militar. Walcott se acuerda de escuchar los gimoteos de algunas de las víctimas en la distancia. "Cuando te acercabas un poco adonde estaban comprobabas que no gimoteaban, sino que estaban gritando", recuerda. "Había niños y bebés completamente calcinados. Ni siquiera parecían seres humanos. Al principio pensé que eran bolsas devoradas por el fuego", cuenta. "Uno siempre escucha la expresión 'daños colaterales', sin embargo no hay nada que te prepare para comprender qué significa realmente". Las imágenes que presenció en Irak le dejaron postrado con un cuadro de estrés postraumático y convencido de que aquella guerra era una obscenidad amoral. Sin embargo, Walcott se quedó atrapado en aquel infierno — intentó buscar ayuda en el seno del ejército, pero se encontró con que todos se pensaban que estaba simulando un cuadro ansiedad para conseguir largarse de allí cuanto antes.

º "Invadimos su país sin tener ningún buen motivo para hacerlo", cuenta a VICE News. "Les intoxicamos el agua, registramos sus hogares de manera arbitraria y ultraviolenta, les arrebatamos sus armas y hasta les quitamos su ganado por miedo a que sus ovejas estuvieran preñadas de explosivos. Por no hablar del sinsentido de las armas de destrucción masiva, una falacia absoluta: en Irak nunca existieron tales armas". Por aquel entonces apenas conocía la existencia de la Convención de Ginebra ni la ley internacional. Pero de lo que no me cabía la menor duda es de que lo que se estaba haciendo allí estaba mal", añade Key. "En Irak nosotros éramos los jueces y los verdugos. Éramos cualquier cosa que nos diera la gana ser. Nadie supervisaba lo que hacíamos".

Key no se decidió a desertar hasta después de viajar dos semanas a su casa. Entonces se le ocurrió contactar a un abogado, contarle que sospechaba ser víctima de un caso de estrés postraumático y preguntarle por cuáles eran sus opciones. "Tiene dos opciones: o se vuelve para Irak.... O se va a la guerra, soldado", le dijo el abogado. En vista del percal, Key prefirió huir. Se llevó a su familia consigo. Se hicieron las maletas y se mudaron a Filadelfia. Allí vivirían clandestinamente durante los siguientes 17 meses. Entonces, casi un año y medio después, contactaron con la asociación canadiense y en vista de la buena acogida que le brindaron, Key decidió mudarse hasta el país vecino en compañía de los suyos. Para entonces ya tenía muy claro que si algún día tenía que volver a Estados Unidos, lo haría esposado.

A diferencia de lo que sucede con la mayoría de los miles de desertores estadounidenses que no soportaron la guerra de Irak, Key decidió no abandonar a su ejército silenciosamente, al contrario. Key que ahora vive con su familia en Winnipeg, en Manitoba, decidió relatar la crónica de su experiencia en un libro: A deserters tale (La historia de un desertor), que ha sido redactado por el escritor canadiense Lawrence Hill a partir de las entrevistas y las charlas sostenidas con el soldado.

Otros desertores, como Robin Long y James Burmeister, también decidieron proclamar públicamente por lo que habían pasado. Claro que, en su caso, sus palabras iban a regresar para perseguirles. Long y Burmeister tuvieron la desgracia de que el ejército de Estados Unidos decidió convertirles en casos ejemplarizantes. El tribunal marcial de su país decidió emplear sus declaraciones a la prensa canadiense como evidencias en su contra en el juicio sumarísimo que les cayó. Long, que llevaba viviendo en la Columbia Británica canadiense tres años (de 2005 a 2008) fue sentenciado a 15 meses de prisión por sus palabras. Long tuvo que ser no solo deportado, sino que fue apartado de cualquier cargo público de manera permanente acusado de "conducta deshonrosa". Burmeister, por su parte, fue condenado a 9 meses de cárcel [ambos cumplieron sus penas en prisiones militares], y fue relevado de su rango por mala conducta. Lo mismo le sucedió a Kim Rivera, una soldado embarazada de cinco meses en el momento de su sentencia, en 2013. Rivera se pasó 10 meses encerrada, de manera que fue obligada a dar a luz encontrándose bajo custodia militar.

"No tenemos la menor duda de que a todos ellos no solo se les ha castigado por no haber querido regresar a Irak, sino que se les ha castigado de manera ejemplarizante por ejercer su derecho a la libertad de expresión, es decir, por contar lo que estaba sucediendo en Oriente Medio", cuenta la abogada Alyssa Manning, que representa a 15 de los disidentes estadounidenses afincados en Canadá. Sucede, además, que los comandantes del ejército estadounidense pueden decidir de manera discrecional cómo tratar a los desertores. De entre todos los soldados estadounidenses que desertaron entre 2001 y 2014 tan solo una ínfima parte ha sido juzgada — 1.932 de 36.195 —. Claro que el porcentaje se dispara cuando se trata de desertores que han abandonado el país: cuando tal es el caso, se juzga al 50 por ciento de los prófugos.

La mayoría de ellos son gente como mis clientes. Personas que han hablado alto y claro de lo que Estados Unidos estaba haciendo en Irak", apunta. Sin embargo, el ejecutivo canadiense que antecedió a Trudeau tampoco se caracterizó nunca por tratar a los desertores de manera ecuánime. La hostilidad con que se emplearon, de hecho, convirtió a Canadá en un destino más bien indeseable para todos ellos. Cuando Kim Rivera fue deportada y detenida en la frontera en 2012, los congresistas conservadores aplaudieron a raudales para celebrarlo. Y lo hicieron en el mismísimo parlamento del país, en el que eran mayoría.

Durante una parada en Winnipeg celebrada en el trascurso de la campaña electoral canadiense del año pasado, Trudeau condenó la reacción del parlamento ante la deportación de Kim Rivera como "conflictiva y decepcionante". Y aprovechó para proclamar que los desertores del Vietnam son "gente extraordinaria, que ha participado activamente de nuestra comunidad y enriquecido a nuestra sociedad". Trudeau también expresó entonces que, desde su punto de vista, el gobierno conservador dirigido por el primer ministro Stephen Harper se comportó sin mostrar "la menor compasión o entendimiento" ante las circunstancias de los desertores".

La mujer de Key, Alexina, se encontraba entre la muchedumbre aquel día, y aprovechó para preguntarle a Trudeau cuál sería la suerte de su esposo. "Yo apoyo el principio que permite que los objetores de consciencia y los desertores de guerra se queden en el Canadá. Y me comprometo a examinar el caso con toda mi benevolencia y compasión, abierto a que Key se quede entre nosotros", le respondió el primer ministro.

En 2009, el entonces ministro de migraciones, Jason Kennedy mostró su enfado ante la errónea manera en que se trataba y se caracterizaba a los desertores iraquíes. Kennedy condenó que se emplearan apelativos como "refugiados de mentira" que se "estaban aprovechando" del sistema migratorio canadiense. "Estamos hablando de desertores, no de prófugos", proclamó entonces Kennedy ante los micrófonos del programa televisivo Canwest News. "Estamos hablando de personas que decidieron acudir a ayudar a sus fuerzas armadas como voluntarios de países democráticos. Personas que, en un momento dado, deciden cambiar de opinión. Y está todo bien. Es su decisión, pero lo cierto es que no son refugiados".

En 2010 Kennedy promovió la puesta en funcionamiento de la llamada Operación Bulletin 202, una guía de instrucciones para los funcionarios de migraciones en la que se tachaba a los desertores de guerra como individuos que no pueden ser enjuiciados criminalmente en Canadá. De tal forma, la guía advertía a todos los funcionarios que en caso de encontrarse con un caso así, transfirieran el caso al ministerio de Migración.

Robidoux, por su parte, considera que la administración Harper se mostró "particularmente rencorosa" con los desertores, y asegura que tanto ella como su equipo esperan que el ejecutivo que lidera Trudeau cambie la política de sus antecesores. Los liberales ya proclamaron en su día, cuando estaban en la oposición, su apoyo a los desertores. En 2008 aprobaron una moción no vinculante que permitía que los desertores y objetores se quedaran en el Canadá. Además, también apoyaron una legislación que permitía a los extranjeros que hubiesen dejado a sus respectivos ejércitos nacionales o que rechazaban el servicio militar obligatorio, no comparecer ni ser reclutados para participar en conflicto ilegal alguno. Pese a todo, aquella propuesta de ley no fue aprobada por el parlamento.

Rodney Watson es un soldado veterano del ejército de Estados Unidos que se ha pasado los últimos 7 años viviendo como un refugiado. Lo ha hecho en una iglesia, donde ha vivido con su mujer, una canadiense, y con el hijo que tienen en común. Watson se sumó en julio a la campaña de la política Jenny Kwan en favor de los desertores y los objetores militares.

Kwan es una miembro del parlamento que milita en una de las formaciones de la oposición, el Nuevo Partido Democrático. La política canadiense compareció en una rueda de prensa celebrada el pasado mes de julio en Vancouver en compañía de Watson. Allí aprovechó para hacer un llamamiento al gobierno para que tome medidas inmediatamente a favor de los estadounidenses varados en su país. Watson compareció al lado de Kwan e interpeló directamente al primer ministro, Justin Trudeau: "Te suplico, por favor, que hagas lo correcto y lo necesario para permitirme vivir en libertad junto con mi hijo, nacido en el Canadá", proclamó. "Que me permitas ser parte de su vida, ayudarle, ser un buen padre, un modelo a seguir. Quiero formar parte activa de esta sociedad".

Cfr.: https://news.vice.com/es/article/desertores-estadounidenses-guerra-irak-asilo-politico-canada.



Epílogo

¿Qué es un “desertor” en una guerra? Todo aquél que decide por sí y ante sí no participar en ella, después de ser aprobada mediante ley en el Parlamento por mayoría simple, promulgada y ejecutada por el gobierno de su país. Como ha venido sucediendo desde la primera guerra mundial. A este precepto se le opone lo que se ha dado en llamar “objeción de conciencia”, un acto privativo de cada ciudadano que responde a lo decidido por su gobierno beligerante, con actos propios cumpliendo con lo que le dictan sus principios éticos o religiosos. Es el derecho subjetivo entendido como la facultad o poder de decisión reconocido por el ordenamiento jurídico a cualquier persona objetora a una guerra, para que cumpliendo con su propia conciencia y libertad, actúe de la manera que estime más conveniente a fin de satisfacer sus necesidades e intereses —personales y sociales—, que presuponen la correspondiente protección o tutela en su defensa. Es un derecho que se contrapone con la eventual obligación o exigencia de alcance general para todos los individuos, de ir a la guerra sin excepción, considerada como un “derecho objetivo impuesto por ley también votada en el parlamento y aprobada por esos mismos presuntos “representantes del pueblo”, que el poder ejecutivo promulga y es el encargado en la sociedad civil de su obligado cumplimiento. ¿Por qué hasta hoy los representantes políticos han podido prevalecer sobre sus respectivas mayorías de representados a la hora de decidir el desencadenamiento de las guerras bajo el capitalismo? Porque una mayoría de esas mayorías de representados decidieron delegar esa decisión, en la falsa creencia de que sus representantes políticos actúan no para satisfacer sus propios intereses personales y de fracción, sino en “defensa de la Patria”.

Pero a la vista de lo que reiteradamente ha venido significando el indecible sufrimiento humano de la barbarie perpetrada hasta hoy por las guerras inter-capitalistas, ¿cómo se puede resolver políticamente esta contradicción jurídica entre los representantes sociales y políticos beligerantes, frente a sus respectivos representados hasta hoy todavía irrisoriamente minoritarios objetores de conciencia, teniendo en cuenta que las guerras son un pingüe negocio y que quienes padecen y mueren en ellas son simple carne de cañón en esos conflictos? La única respuesta necesaria y posible a esta pregunta, solo puede ser viable si la objeción de conciencia —frente a cualquier intento de guerra interburguesa se apodera previamente a su desenlace de la mayoría social en los países beligerantes, de tal modo que se convierta en una revolución social de carácter internacional. ¿Con qué programa? Insistimos una vez más:


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