Los miles de desertores usa durante las guerras intercapitalistas de rapiña en Vietnam e Irak



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Los miles de desertores USA durante las guerras intercapitalistas de rapiña en Vietnam e Irak

Los pacifistas dicen que toda guerra en la sociedad moderna es una trágica estupidez endémica de los seres humanos, cuando en realidad esos crímenes de lesa humanidad no están en el espíritu ni la voluntad de nadie, sino en la naturaleza de las cosas bajo el capitalismo. Y entre esas cosas prevalece la competencia, derivada de la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio. Una realidad social objetiva que ha hecho al sistema capitalista de vida y determinó el comportamiento social inhumano perverso y belicoso de la burguesía, sin excepción, en todos los países del Mundo. Tan espontáneamente como que de la relación entre las formas naturales más sencillas de materia inerte, surgió la vida en la Tierra hace ya 4.600 millones de años.

Lo más estúpido en las guerras tampoco es que ciertos sujetos al mando de tropas cometan equivocaciones, sino que sus mandados aceptemos todavía esa condición subalterna combatiendo unos contra otros, ya sea al servicio de las fracciones en que a menudo se pelean nuestros respectivos patrones y superiores políticos jerárquicos, ya sea al interior de cada estado nacional en las llamadas guerras civiles, o ya sea en las guerras internacionales entre distintos países.

Lo más trágico e insensato de todo esto, es la indecisión de las mayorías sociales explotadas y oprimidas, que tardan en ponerse de acuerdo para superar este absurdo estado cosas. Y es que entre las distintas fracciones del sistema capitalista divididas en Estados nacionales, es de ley educar a sus respectivas clases subalternas en el espíritu de la “tolerancia", el mismo espíritu que rige las relaciones internacionales bajo condiciones económicas normales. Pero el caso es que bajo condiciones de crisis —cada vez más dolorosas, frecuentes y difíciles de superar cuando ya no se trata de dividir ganancias sino pérdidas—, el único idioma en el que los explotadores resuelven entre sí sus diferencias, siempre acaba siendo el de la violencia bélica rapaz, destructiva y genocida, el único en el que tales despreciables sujetos saben hablar y relacionarse.

Conclusión: que en cualquier guerra los ciudadanos de las clases subalternas que huyen de ella tratando de sobrevivir y lo consiguen, no son más que eso, unos simples sobrevivientes debidamente instruidos para que no atinen a ver de la realidad, más allá de sus propias narices. Pero los desertores de esas guerras —que se niegan a participar en ellas porque han llegado a comprender que son ajenas y contrarias, no sólo a sus propios intereses sociales sino a los de la propia humanidad—, esos son los que merecen no la cárcel si no todos los honores, porque la suya es una forma digna de luchar por un futuro igualitario, pacífico y prometedor en nuestro Planeta.

GPM.

La República de Vietnam —junto con Laos y Camboya en la península de indochina—, a mediados del Siglo XIX ese territorio fue colonizado por Francia mediante la fuerza de las armas, pretextando que varios misioneros católicos destacados allí habían sido ejecutados. Así fue cómo los revolucionarios vietnamitas comenzaron la llamada “Primera Guerra de Indochina”, hasta que ese conflicto acabó con la derrota de las tropas galas en 1954. Pero tras los acuerdos de la Conferencia de Ginebra ese país se dividió a lo largo del paralelo 17, quedando al norte gobernado por el movimiento Viet Minh dirigido por Ho Chi Minh y, al sur bajo control de un gobierno pro-occidental apoyado por EE.UU. Una partición que derivó en la “Segunda guerra del Vietnam”, donde las tropas del llamado “Viet Cong” combatieron contra las del Sur. El conflicto continuó entre las dos partes de Vietnam enfrentadas, hasta que otra ofensiva del Norte logró que Vietnam del Sur se rindiera el 30 de abril de 1975, y el 02 de julio de 1976 el país se reunificó bajo un gobierno socialista revolucionario. Se estima que el conflicto costó unos 200 mil millones de dólares, y las bombas que explotaron en ese territorio superaron la cantidad arrojada por el bando aliado vencedor sobre Alemania, Italia y Japón en la Segunda Guerra Mundial. Según el departamento de defensa de EEUU citado por la cadena informativa C.N.N., los soldados estadounidenses que combatieron en esa Guerra Mundial sumaron 8.744.000 efwctivos. El número total de militares muertos en todas las partes fue de 1.300.000 y los civiles 1.000.000.  

Algunos países enviaron personal militar de refuerzo para ayudar a Estados Unidos. En su nivel máximo Corea del Sur aportó 50.003 combatientes; Tailandia 11.586; Australia 7.672; Filipinas 2.061 y Nueva Zelanda 552. Por su parte, China envió un número sustancial de soldados a Vietnam del Norte: 170.000 en su nivel máximo, para reparar el daño causado por las bombas y ayudar en la defensa contra los ataques aéreos de Estados Unidos.

Y en cuanto a las pérdidas materiales medidas en términos de valores económicos:



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Departamento de Defensa de EEUU estimó que el coste total (quitando lo que se hubiera gastado de todas maneras, si hubiera sido un período de paz) fue de 145.000 millones de dólares de 1974. A esto había que sumarle la influencia que este gasto había provocado: una inevitable inflación económica, la producción perdida, el pago continuo de los préstamos y las pensiones de los veteranos de guerra. Se ha estimado que la cifra final es casi el doble, estando cerca de los 300.000 millones de dólares (unos 1.100 dólares por cada ciudadano, sea hombre, mujer o niño).

Por otra parte, Vietnam del Norte gastó una ínfima fracción de este total. Aunque los datos de la guerra son incompletos y a veces poco confiables, se calculó en la década del 70 que, entre 1965 y 1971, Vietnam del Norte tenía un presupuesto de defensa equivalente a 3.560 millones de dólares. De hecho, sin la ayuda financiera constante de China y la URSS, esta nación asiática hubiera posiblemente sucumbido por cuestiones monetarias. Se calcula que los soviéticos contribuyeron con unos 1.660 millones de dólares durante toda la guerra, y los chinos con 670 millones (esto es, además de la suma citada previamente). Por su parte, Vietnam del Sur ayudada por EEUU, contó con un monto de dinero hasta 17 veces superior.

El costo tecnológico y bélico en Vietnam fue un conflicto de transición, en el que se utilizaron enormes cantidades de armamento anticuado y barato, pero también escasa cantidad de armamento mucho más nuevo y caro. El despliegue de todas estas armas por parte de EEUU generó a su vez todo tipo de datos estadísticos.

Si se cuentan las bombas lanzadas sobre Vietnam del Norte, Laos y Camboya, junto con las misiones tácticas dentro del Vietnam del Sur, se suman unos 8 millones de bombas, es decir, cuatro veces la cantidad utilizada durante la Segunda Guerra Mundial. La gran mayoría eran bombas de hierro convencionales, de 254 kilogramos, lanzadas por bombarderos B-52. Cada vez que uno de ellos abría sus bodegas de armas, dejaba caer como 80.000 dólares en explosivos.

Simplemente teniendo en cuenta el año 1966, se contabilizaron 148.000 misiones de bombardeos tácticos y estratégicos sobre Vietnam del Norte (totalizando 128.000 toneladas de bombas). Esto hace un total aproximado de 1.247 millones de dólares gastados en estas misiones, sin contar los aparatos derribados (818), que debían reponerse.

Sin embargo, este exorbitante gasto militar no fue muy efectivo, si tenemos en cuenta los daños causados a la nación oponente. Aquí tenemos otra arista del porqué el fracaso estadounidense. Durante el mismo año de 1966, sus ataques le hicieron gastar a Vietnam del Norte apenas unos 130 millones de dólares: por cada dólar gastado en reconstruir su país, EEUU gastó 9,6. No es una relación nada favorable.

A esto hay que sumarle, como ya dijimos, la gran cantidad de aparatos derribados. EEUU perdió en la guerra 4.865 helicópteros; si promediamos un costo de 250.000 dólares de la época por cada uno, tenemos una cifra muy elevada, a la cual se le añade la de 3.720 aviones de modelos y costos muy diversos, desde aviones mono-motores de observación hasta los enormes bombarderos B-52.

Si la guerra aérea fue la parte más costosa e ineficiente del conflicto, la que se desarrolló en tierra tampoco fue barata. De la misma manera, la combinación de enormes cantidades de municiones baratas y el ensayo con nuevas tecnologías, creó muchos gastos. Durante los años más activos de la guerra, la artillería estadounidense disparaba 10.000 proyectiles por día: cada uno de ellos costaba unos 100 dólares, elevando el costo a total a 1 millón de dólares diarios.

Por otra parte, los costos logísticos eran exageradamente altos debido a una enorme burocracia. Apenas un 10% de los hombres estadounidenses en edad militar sirvieron en la guerra. Pero su reclutamiento necesitaba de grandes cantidades de papeleo y trámites. Además, el sistema de reclutamiento por un año hacía que hubiera constantemente jóvenes novatos que debían ser entrenados y equipados desde cero, gastándose muchos recursos en este aspecto. Mantener en funcionamiento una división estadounidense costaba 20 veces más que mantener una división sud-vietnamita equivalente. Cfr.: http://niebladeguerra.blogspot.com.es/2010/02/los-frios-numeros-de-la-guerra-de.html.

En 1986 el gobierno vietnamita inducido por el stalinismo afianzado en la ex URSS, inició la senda reformista del capitalismo de Estado, que puso a ese país en el camino que le condujo hacia la integración con la economía capitalista global4. Ya corriendo el año 2.000 tenía relaciones diplomáticas con la mayor parte de naciones al interior del sistema.



En el siglo XXI el crecimiento económico de Vietnam fue de los más altos y acelerados del mundo4, un éxito que en 2007 permitió el ingreso del país en la Organización Mundial del Comercio. Estos datos no hacen más que ratificar la tesis marxista de que las crisis y las guerras, muy lejos de debilitar vivifican y consolidan el sistema capitalista. Al contrario de lo que ocurre bajo las mismas condiciones bélicas en el sistema de vida socialista revolucionario, tal como se pudo comprobar en la Rusia soviética tras la destrucción y muerte de la guerra civil iniciada por la burguesía internacional entre 1918 y 1923. Lo que puso más en evidencia la NEP en la Rusia Soviética por el revés de la trama histórica del capitalismo, fue que éste último sistema hunde las raíces de su subsistencia NO en la promoción del progreso material sostenido y pacífico, sino en el recurso periódico a la destrucción sistemática de riqueza creada, miseria humana integral y muerte masiva, es decir, en el atraso o retroceso de las fuerzas sociales productivas, tal como se pone de manifiesto durante las crisis y las guerras. Es un sistema de vida humana cada vez más autotanático.
El socialismo revolucionario está en las antípodas de semejante lógica irracional. Sólo saca su fuerza vital del desarrollo económico creciente y, por el contrario, toda destrucción de riqueza y vidas humanas le impele a retroceder económica y socialmente hacia etapas pretéritas. Esta distinción se ha podido demostrar, categóricamente, por el hecho de que, ante los catastróficos efectos de la primera guerra mundial y la subsecuente guerra civil, la revolución rusa en tránsito al socialismo, debió hacer concesiones al capitalismo. A este fenómeno se refirió Lenin en marzo de 1923, un año antes de su muerte:

<nuevo sistema creado por la revolución, pero tampoco le permitieron dar en seguida un paso adelante que justificara las previsiones de los socialistas, que les permitiera desarrollar con enorme rapidez las fuerzas productivas, desarrollar todas las posibilidades que, en su conjunto, habría producido el socialismo, demostrar a todos y a cada uno en forma evidente y palpable que el socialismo encierra gigantescas fuerzas, y que la humanidad ha entrado en una nueva etapa de desarrollo, cuyas perspectivas son extraordinariamente brillantes”. (V. I. Lenin: “Mejor poco, pero mejor” 02 de marzo de 1923. Obras Completas. Ed, cit. T. XXXVI Pp. 523. El subrayado nuestro)>>. Versión digitalizada.
El espectacular crecimiento económico de Vietnam tras la destrucción y muerte durante la guerra civil entre el Norte y el Sur, culminó en la reciente crisis que agudizó las crecientes desigualdades de ingresos entre las dos clases sociales fundamentales, al mismo tiempo que deterioró el acceso a la asistencia sanitaria de los más necesitados 5 6 7.

Y en lo que respecta a la guerra de Irak, en marzo de 2015 aportamos a la tarea de desmitificar la supuesta identificación del gobierno de Sadam Hussein con la organización terrorista Al Qaeda, así como la no menos presunta posibilidad de que ese país tuviera armas de destrucción masiva, cuando EE.UU. publicó el informe de la CIA en el que se amparó el Gobierno estadounidense, para justificar así la invasión de Irak en 2003. Se trata de un documento de 93 páginas cuyos datos fueron deliberadamente falsificados por la Administración Bush, para conseguir el respaldo del Congreso a la participación de los EE.UU. en esa guerra, tal como así fue.



GPM.

--oo0oo—

A continuación, reproducimos dos textos para sumarnos al merecido homenaje de los miles de ciudadanos norteamericanos, que decidieron valientemente negarse a ser convertidos en carne de cañón, durante las pasadas guerras de rapiña, primero en Vietnam y luego en Irak:



Los desertores USA en las Guerras de Vietnam e Irak

<<Como en los años 60 y 70, en 2005 los jóvenes estadounidenses buscaron refugio en Canadá para no ir a la guerra de Irak. Entonces fueron entre 30.000 y 50.000 los que cruzaron la frontera para esquivar Vietnam. Hoy todavía luchan en los tribunales para que se les considere refugiados políticos>>.

Por CARLOS FRESNEDA. Nueva York / MIGUEL ROZAS.

Jeremy Hinzman hizo por última vez el petate para huir de la guerra. Con el mayor de los sigilos, en plena noche de invierno, llenó el maletero de su Chevy Prizm hasta arriba, acomodó en los asientos a su mujer vietnamita, Nga, y a su hijo de 21 meses, Liam, y enfiló hacia el norte como si escapara de la escena del crimen.

Atrás quedaban los rigores cuarteleros de Fort Bragg y la orden de inminente despliegue en Irak de su regimiento, el 504 de Infantería de la División Acorazada 82. Por delante, el negro del asfalto y el blanco de la nieve que no le abandonaría en los 1.500 kilómetros que recorrió hasta llegar a su meta incierta: Canadá.

«Vengo a visitar a unos amigos», le dijo al agente de aduanas.Y no mintió. Al otro lado de la frontera, en Toronto, le recibió un hospitalario grupo de cuáqueros que le dio cobijo, como si fuera un refugiado de guerra.

Su país, EEUU, se perdió en la frágil lejanía. Hinzman sabía que una vez traspasado el umbral hacia el santuario canadiense, no había posibilidad de dar marcha atrás. En sus alforjas pesaba el estigma de desertor, pero su conciencia estaba tranquila: «Al menos ya no tendría que manchar mis manos de sangre en una guerra injusta».

Jeremy Hinzman, 25 años, fue el primer soldado en pedir asilo político en Canadá por su oposición a la guerra de Irak. Siguiendo su estela, por caminos distintos, llegaron Brandon Hughey y Dave Sanders. Otros tres soldados están a punto de dar la cara ante los tribunales y dos más se lo están pensando.

«No tendremos una avalancha como la que hubo cuando la guerra del Vietnam, pero la tentación de romper filas es cada vez mayor...Yo ya he despachado con más de 100 soldados que están explorando la posibilidad de exiliarse en Canadá».

Quien así habla, desde su despacho en Toronto, sabe bien lo que dice porque lo experimentó en sus carnes. Jeffry House, 57 años, empezó una nueva vida a los 22 en Canadá, adonde llegó huyendo desde Madison, Wisconsin, días después de que su nombre saliera en la fatídica lotería del Vietnam. Entre 30.000 y 50.000 norteamericanos se exiliaron en los años 60 y 70.

House habla un español virado al chileno, fruto de su experiencia con la avalancha de exiliados que llegaron también a Canadá huyendo de Pinochet. Ahora, todos los caminos, tejidos por una red de cuáqueros y ex prófugos del Vietnam, conducen inevitablemente hacia su despacho en Toronto. «Pero a todos los soldados que llaman les recomiendo que se acojan a la objeción de conciencia, que busquen apoyo legal en el G.I. Hotline y otras asociaciones de ayuda a los militares, que apuren las armas legales que tienen antes de dar el salto y romper de un día para otro con sus vidas».

Según las severas leyes militares americanas, la deserción puede ser castigada incluso con la pena de muerte, aunque la última ejecución fue en 1945 y los casos más recientes han sido despachados con condenas menores, de seis meses a un año de cárcel, más el estigma de la baja en el Ejército con deshonra.

El número oficial de desertores en el último año fue de 2.774 soldados. Según el Pentágono, se trata de cifras relativamente normales y no se ha detectado una avalancha en los últimos meses (un año antes de la guerra de Irak, la cifra oficial de desertores superó los 4.000).

Sin embargo, las llamadas de soldados que quieren dejar el Ejército se han duplicado y superan las 3.000 mensuales en líneas calientes como G. I. Hotcline. Y las noticias de soldados rompiendo filas son cada vez más frecuentes en los telediarios, cajas de resonancia del patriotismo americano...

Pablo Paredes, marinero en tierra. Hijo de inmigrantes puertorriqueños, 23 años. El 6 de diciembre se niega a zarpar a Irak con su compañía de 3.000 marines: «No puedo subirme a ese barco sabiendo que 100 soldados o más nunca volverán. Prefiero un año en la cárcel que seis meses haciendo el trabajo sucio en una guerra en la que no creo».

Wassef Ali Hassoun, 24 años. Traductor de los marines, desaparecido en Faluya. Los medios americanos le dan por ejecutado hasta que reaparece milagrosamente en Líbano. Regresa a EEUU y le acusan de desertor, por haber urdido su propia captura... «No dejé mi puesto. Fui capturado y estuve 19 días en manos de las fuerzas anti-coalición. Pienso defender mi honor ante los tribunales».

David Qualls, 35 años, especialista de la Guardia Nacional de Arkansas. «He servido en el Ejército cinco meses más de lo que estipula mi contrato de un año», afirma. «Tan sólo reclamo el derecho a volver con mi esposa y mi familia». Qualls ha recibido un ultimátum para incorporarse a su unidad y partir hacia Irak. Se ha atrincherado junto con otros siete compañeros y ha llevado a los tribunales al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Piden la derogación de las polémicas normas que retienen en el Ejército «por necesidades de guerra» a miles de soldados en la reserva.

Camilo Mejía, 29 años, ex sargento del Batallón de Infantería 124. Hijo del cantante nicaragüense Carlos Mejía Godoy y condenado a un año de cárcel por desertor: «Tras estos barrotes me siento un hombre libre porque he escuchado un poder superior: la voz de mi conciencia». Cuenta los días que le faltan, más de 130, para recobrar la libertad y trabajar por la causa pacifista.



«LA BUENA VIDA».

Camilo Mejía, Pablo Paredes, Jeremy Hinzman, Brandon Hughey y tantos otros soldados arrepentidos se debaten estos días entre la solidaridad de una parte de sus compatriotas y la condena de esa mayoría que aún piensa que la guerra de Irak estuvo justificada y que, a fin de cuentas, nadie les obligó a alistarse en el Ejército.

La columnista Michelle Malkin fusiló recientemente a Hinzman en las páginas del New York Post como «el hombre vivo más sexy» del movimiento pacifista. Malkin, y tantos otros, le recriminan «la buena vida» que se está pegando en Canadá mientras sus compañeros del Regimiento 504 de Infantería, los temibles Diablos Blancos, mascan el polvo y la sangre del desierto «en el nombre de la libertad».

Desde su exilio en Toronto, Jeremy Hinzman rebate uno por uno los argumentos a favor de la guerra de Irak. A la pregunta inevitable, por qué se metió en el Ejército, Hinzman responde con sobrada elocuencia: «Me alisté por la misma razón que miles de jóvenes en EEUU: para poder pagarme los estudios universitarios. Cuando tomas la decisión eres muy inmaduro e impulsivo, y la última idea que ronda tu cabeza es que te acabarán mandando a una guerra».

Hinzman vislumbró lo que se le venía encima cuando empezó a entrenar con los Diablos Blancos y a descubrir que gran parte de la preparación consiste en «aniquilar esa predisposición que tenemos los seres humanos a no matar». Sus compañeros gritaban: «Kill we will!» (¡Queremos matar!) y «Blood, blood, blood!» (¡Sangre, sangre, sangre!), y Hinzman sintió que aquello no iba con él. Su esposa, Nga Nguyen, nació en Laos en 1972 y arrastró durante toda su infancia el estigma de la guerra. Hinzman nació en Dakota del Sur a tiempo para ver los estragos de Vietnam en la sociedad americana. La llegada del pequeño Liam y las visitas a la Casa de los Cuáqueros en Fayetteville, Carolina del Norte, le pusieron poco a poco en la senda de la paz y la no violencia.

«Aunque aún tengo un gran deseo de eliminar la injusticia, me he dado cuenta de que matar no sirve más que para perpetuarla», escribió Hinzman en su solicitud para acogerse a la objeción de conciencia. El Ejército alegó tiempo después que su petición se había perdido y en octubre de 2002 ordenó su partida a Afganistán (la mitad de las 61 solicitudes de objeción de conciencia del último año han sido denegadas).

Hinzman marchó con su unidad, participó en varias misiones de combate y pidió de nuevo que le reconocieran su condición de objetor. Se la negaron por reconocer que «mataría en defensa propia» y le tuvieron meses fregando platos para la tropa en Afganistán, en turnos de 14 horas, siete días a la semana.

Al volver, con los cañones de la otra guerra ya cargados, le hizo una promesa a su mujer: «Nunca iré a Irak». Barajó la posibilidad de desertar y pasar un año en la cárcel, pero la perspectiva de volver a estar todo ese tiempo lejos de su hijo le echó para atrás. Los cuáqueros le ofrecieron entonces algo más que refugio espiritual: la posibilidad de iniciar una nueva vida en Canadá.



REFUGIADO POLITICO

Allí sigue Hinzman, en un barrio de la periferia de Toronto, viviendo gracias a la generosidad de sus correligionarios y de cientos de canadienses que han contribuido a una fundación para defender la causa de los desertores. Hace 10 días compareció ante el Tribunal de Inmigración y Asilo para ver si le reconocen la condición de refugiado político.

Hasta febrero no habrá veredicto, y a Hinzman le espera un purgatorio legal de dos años si se apuran todos los recursos. El ex soldado piensa a veces que le habría sido más fácil ocultar su condición de desertor y abrirse paso en Canadá.

Pero Hinzman ha querido hacer causa común con el movimiento pacifista en Canadá, y prestar su voz cuantas veces haga falta contra la guerra en Irak, unida a la del alevín Brandon Hughey, que ha seguido también sus pasos hasta el santuario de Ontario.

«No quiero convertirme en un peón de la guerra de este Gobierno por el petróleo», escribió Hughey en el último e-mail que envió desde Fort Hood, Texas, donde estaba estacionado con su compañía. «He dicho a mis superiores que quiero dejar el Ejército, pero me han respondido que no tengo otra opción que hacer el petate y estar listo para salir hacia Irak. Todo esto me ha dejado desesperado y he pensado a veces en el suicidio».


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