Los impostores



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LOS IMPOSTORES

ALFRED BESTER

Descubrimiento



No sé cómo me verá el resto del mundo, pero a mí me parece haber sido como un niño que juega en la playa y se divierte cuando encuentra, de cuando en cuando, un guijarro más suave o una concha más bonita que de costumbre, mientras el gran océano de la verdad yace ante mí, inexplorado.

ISAAC NEWTON

Llevaba un mono con blindaje antirradiación. De color blanco. Lo que significaba que pertenecía a la clase de los ejecutivos. También llevaba un casco blanco con la visera bajada. Iba armado, como todos los ejecutivos en aquella instalación cuasimilitar. Caminó firmemente por la pista de cemento, iluminada por grandes focos, hacia el gigantesco hangar que se alzaba en la noche. Su seguridad era avasalladora.


Junto al hangar, parecido a la cúpula de un observatorio, una escuadra de guardia con uniformes negros dormitaba ante la puerta de entrada. El ejecutivo pegó al sargento una patada brutal, pero desapasionada. El jefe de la escuadra dejó escapar una exclamación y se puso en pie de un salto, imitado por el resto de los hombres. Abrieron la puerta para el hombre del mono blanco, que avanzó hacia la cerrada oscuridad. Entonces, casi como si acabara de ocurrírsele, se volvió hacia la luz, contempló a los soldados—que seguían firmes, temerosos y atentos—y también desapasionadamente, mató al sargento.
Dentro del hangar no había luces, sólo sonidos. El ejecutivo habló tranquilamente a la oscuridad.
—¿Cómo te llamas?
La respuesta fue una secuencia de pitidos binarios, agudos y graves.
—En binario, no. Cambia a fonético. ¿Cómo te llamas? Respuesta.
La respuesta fue tan tranquila como la pregunta. Pero no venía de una sola voz, sino de un coro de voces, hablando al unísono.
—Nuestro nombre es R-OG-OR 1001.
—¿Cuál es vuestra misión, Rogor?
—Obedecer.
—Obedecer, ¿a qué?
—A nuestro programa.
—¿Habéis sido programado?
—Sí.
—¿En qué consiste vuestro programa?
—Transporte de pasajeros y carga hasta la Cúpula de la Universidad OxCam, en Marte.
—¿Aceptaréis órdenes?
—Sólo de entidades autorizadas.
—¿Estoy autorizado?
—Tu impronta de voz está programada en el banco de órdenes. SÍ.
—Identificadme.
—Te identifico como Ejecutivo de Primer Nivel.
La respuesta volvió a ser una serie de pitidos graves y agudos.
—Ésa es mi identificación estadística. ¿Cuál es mi nombre social?
—No ha sido computado.
—Lo recibiréis ahora, y lo asimilaréis a mi impronta de voz.
—Circuitos abiertos.
—Soy el doctor Damon Krupp.
—Recibido. Computado. Asimilado.
—¿Estáis programados para inspección?
—Sí, doctor Krupp.
—Abríos para inspección.
La cúpula del hangar se dividió lentamente en dos hemisferios, que se abrieron para dejar paso a la suave luz del cielo estrellado, permitiendo ver la nave de dos plazas con la que Krupp había estado hablando. Erguida sobre la profunda fosa de las toberas, guardaba un asombroso parecido con un gigantesco samovar de la antigua Rusia: pequeña punta en forma de corona, ancho cuerpo cilíndrico con unos salientes que podrían haber sido unas extrañas asas, todo ello apoyado sobre una base cuadrada de cuatro patas que, en realidad, eran las bocas de los cohetes.
Una escotilla abierta en la base inundaba el hangar con la luz procedente del interior del vehículo—la nave no necesitaba troneras—. Krupp subió dos peldaños y entró. R-OG-OR 1001 estaba sorprendentemente recalentada. Krupp se quitó la ropa, y se arrastró por el suelo para subir hasta el tablero de control, en la corona del samovar. (La escalada no supondría ningún esfuerzo en el espacio, sin gravedad.) En el vientre de la nave descubrió los motivos de aquel calor tropical: una mujer desnuda juraba y maldecía sobre el equipo de mantenimiento que rodeaba una incubadora transparente. Examinaba el problema sin demasiada habilidad, como un pulpo.
Era su ayudante, la doctora Cluny Decco. Krupp nunca la había visto desnuda, pero habló con una voz controlada que no traicionaba lo placenteramente sorprendido que estaba.
—¿Cluny?
—Sí, Damon. Ya te he oído intercambiar cumplidos con la nave. ¡Oh! ¡Maldita sea!
—¿Problemas?
—Esta jodida bomba de oxígeno tiene mal genio. Ahora la ves, ahora no la ves. Podría matar al niño.
—No se lo permitiremos.
—Tampoco podemos correr riesgos. Después de cuidar y alimentar a nuestro feto durante siete meses, no pienso dejar que un cacharro nos lo destruya.
—No es la maquinaria, Cluny. Lo que altera las lecturas y obstruye la bomba de oxígeno es la presión ambiental. Todos estos aparatos han sido diseñados para el espacio, y en el espacio funcionarán.
—¿Y si no es así?
—Romperemos la incubadora y le haremos la respiración boca a boca.
—¿Romper este trasto? ¡Cristo, Damon! Sólo para abrirla ya hace falta un martillo pilón.
—No lo tomes al pie de la letra. Hablaba de romperla en términos de procedimiento.
—Oh.—La chica se arrastró para levantarse, con la piel y el temperamento echando humo. Krupp nunca la había encontrado tan deseable—. Lo siento. Nunca he tenido el menor sentido. Del humor.—Le dirigió una mirada extraña—. ¿Lo del boca a boca también era un chiste?
—Eso no —replicó Krupp, atrayéndola hacia sí—. Llevo prometiéndome esto desde que nuestro niño fue decantado, Cluny. Ahora ya ha nacido.. .
Y ésta es la razón de que R-OG-OR 1001 se estrellara en Ganímedes.
La nave se salió de su rumbo por un golpe fortuito de una partícula cósmica en el sistema direccional. Una posibilidad entre un millón. Pasa a veces, y se corrige manualmente. Pero Krupp y Decco tenían demasiada fe ciega en sus computadoras y estaban demasiado inmersos en la mutua pasión. Así que los tres cayeron: el hombre, la mujer y el niño de la incubadora.
Todo esto comenzó en la Isla Jeckyll (no tiene nada que ver con Mr. Hyde), donde comienza la historia. Me enorgullezco de saberlo, porque suele ser raro descubrir el primer eslabón en una cadena de acontecimientos. No me enorgullezco de estar usando una percepción retrospectiva de 20-20, puesto que mi trabajo debería ser una percepción prospectiva de 20-20. Ya veréis por qué cuando avancemos unos cuantos eslabones más en la cadena.
Me llamo Odessa Partridge, y estaba en una posición única para descubrir, a veces incluso reconstruir, los acontecimientos que precedieron y siguieron a los hechos, para ponerlos en la secuencia correcta en esta historia. Exempli gratia: he empezado con el encuentro en R-OG-OR 1001, del cual no supe nada hasta mucho después, y aun así gracias a los cotilleos que seguían circulando por Cosmotron Gesellschaft. Aquello respondía a muchas preguntas, pero demasiado tarde. De todos modos, sólo fue un hallazgo fortuito: yo andaba buscando otra cosa.
Por cierto, si parezco un poco frívola en mi manera de hablar, es porque este trabajo puede llegar a ser tan condenadamente agotador que el humo es el único remedio eficaz. Dios sabe que las siniestras pautas generadas en la Isla Jeckyll, que atormentaron las vidas del Sintetista de Ganímedes, La Duende de Titania, y la mía propia, necesitaron de todo mi humor.
Ahora, echemos un vistazo a los hechos que rodean este primer eslabón de la cadena.
Cuando Cosmotrón planeó su Planta Energética de Metástasis, amenazó, chantajeó, sobornó y, por fin, obtuvo permiso para construir la Isla Jeckyll en la costa de Georgia. Tardaron un año en expulsar, incluso en matar, a los intrusos y ecologistas atrincherados en la reserva Greenbelt. También dedicaron ese mismo año a limpiar la basura, los desperdicios y los cadáveres que dejaran los ilusos. Luego rodearon la Isla Jeckyll con 1.500 megavoltios que garantizaban la privacidad, y construyeron la planta de energía.
Para la producción, necesitaban aparatos largo tiempo abandonados y olvidados. Pasó otro año mientras exploraban y asaltaban museos, buscando maquinaria antigua. Entonces descubrieron que su joven y brillante ingeniero, con todo su doctorado, no tenía ni la más remota idea de cómo funcionaban aquellas antiguallas. Contrataron a un experto en personal de alto nivel, que sacó de su retiro a ancianos profesores y le pusieron bajo contrato para manejar el Apparat que sólo ellos comprendían. El experto fue elevado al cargo de supervisor. Era el doctor Damon Krupp, que se había licenciado en Psicología Empresarial.
La tesis doctoral de Krupp versó sobre la corea de Huntington (Baile de San Vito), una asombrosa exploración del concepto de que la enfermedad incrementaba el potencial intelectual y creativo del paciente. Fue un trabajo tan impresionante, causó tal revuelo, que sus detractores, decían, “Krupp tiene el Baile de San Vito, y San Vito tiene el de Krupp”.
Aún seguía estudiando la potenciación del intelecto, cuando la planta Cosmotrón abrió sus puertas a un peligroso experimento. Cosmotrón sintetizaba todos los elementos de la tabla periódica, desde los que tenían un peso atómico de 1,008 (hidrógeno) a los de 259,59 (asimovio) mediante un proceso metastásico que duplicaba en miniatura la reacción solar termonuclear. Los productos radiactivos eran un peligro constante, y el personal tenía que utilizar siempre trajes blindados. Pero la radiación inspiró el experimento de Krupp: Potenciación Fetal Generada con Maser por Emisión Conjuntiva de Radiación.
Su ayudante, Cluny Decco, doctora en medicina, se sintió encantada de participar. Sobre todo, porque estaba perdidamente enamorada de Krupp, pero también porque le encantaba tratar con maquinaria. Juntos, diseñaron e instalaron el equipo de laboratorio para lo que llamaban “El Experimento Pofmecra”. Por supuesto, era un acrónimo de Potenciación Fetal Generada, etc. Entonces llegó el problema del material. Aquí intervino Cluny.
Disimuló anuncios sobre abortos gratuitos en todos los medios de comunicación de Georgia. Juntos, hicieron un estudio físico y psicológico de todas las candidatas, hasta que apareció la ideal. Era una chica de montaña, alta, morena, hermosa, con la aguda inteligencia de una analfabeta. Víctima de una violación rural, llevaba dos meses de embarazo. Esta vez, la doctora Decco se tomó molestias increíbles para conservar intacta la bolsa del feto, que fue situada en un matraz lleno de fluido amniótico.
Mediante microcirugía, Cluny unió el cordón umbilical a una máquina que aportase una nutrición equilibrada al feto. Era un método tan investigado que, para entonces, ya se le podía calificar de Procedimiento Estándar. Pero era la primera vez que se utilizaba el engañoso Maser potenciador. Nunca se sabrá cómo lo hicieron. Krupp y Decco eran los únicos que estaban al tanto, y el secreto murió con ellos en Ganímedes. De todos modos, Cluny tuvo un breve encuentro con uno de los ejecutivos de Cosmotrón, que debe permanecer en el anonimato. En la cama, sostuvieron la siguiente conversación:
—Escucha, Cluny, a veces el doctor Krupp y tú habláis en susurros de algo llamado “Pofmecra”. ¿Qué es eso?
—Un acrónimo.
—¿Qué significa?
—Has sido un encanto conmigo.
—Y viceversa.
—¿Puedo darte tratamiento de ejecutivo?
—Ya lo soy.
—¿No se lo dirás a nadie?
—Ni al presidente Gesellschaft en persona.
—Potenciación Fetal Generada con Maser por Emisión Conjuntiva de Radiación.
—¿Cómo?
—Como lo oyes. Hemos utilizado algunos de nuestros desechos radiactivos.
—¿Para qué?
—Para potenciar un feto durante la gestación.
—¡Un feto! ¿Dentro de ti?
—¡Demonios, no! Es un niño probeta que flota en un vientre Maser. Lo decantamos hace unos nueve meses, ya está casi listo.
—¿Dónde lo conseguisteis?
—Aunque lo supiera, no te lo diría.
—¿Qué es lo que estáis potenciando?
—Ahí está el problema, no lo sabemos. Damon creía que estábamos haciendo una potenciación general, algo así como poner el niño bajo una lupa...
—¿Hablas de tamaño?
—Hablo de cerebro. Pero hemos monitorizado las pautas oníricas—ya sabes que el feto sueña, se chupa el pulgar y todo eso—, y son normales. Ahora sospechamos que lo que hicimos fue tomar una sola aptitud, llamémosla X, y multiplicarla por sí misma en una especie de progresión geométrica.
—¡Qué locura!
—Así que, ¿qué es X, la aptitud desconocida que hemos multiplicado por sí misma? Sabes tanto como yo.
—¿Crees que lo averiguaréis?
—Damon opina que necesitamos ayuda. Es un tipo genial, el más grande, de verdad. Y lo que le hace grande es su modestia. No le importa admitir que se ha quedado bloqueado.
—¿Dónde encontraréis ayuda?
—Vamos a llevar el niño a Marte, a la Cúpula de la Universidad OxCam. Allí están todos los expertos, y Damon tiene la influencia necesaria para conseguir toda la prognosis que quiera.
—¿Y todo esto por un experimento de niño probeta?
—No es un experimento cualquiera. Después de siete meses de absorber radiación, no puede ser un vulgar niño probeta.
— Debe tener alguna cualidad especial. Pero, ¿cuál? Repito, encanto, sabes tanto como yo.
Cluny no lo supo jamás.
Hace años, vi un musical encantador en el cual la Compére (en el programa le llamaban “Narradoresa”) no sólo contaba la historia y describía la acción que se desarrollaba fuera del escenario, sino que también contribuía a ella vigorosamente, actuando y cantando en una docena de papeles diferentes. Ahora me siento como ella, porque antes de hacer de Cupido en el romance entre la Duende de Titania y el Sintetista de Ganímedes, tengo que hacer de historiadora (¿Historiadoresa?) de todo el solar.
Por supuesto, hemos olvidado nuestra historia. Aquel intuitivo filosófo, Santayana (1863-1952) dijo una vez: “Los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo”. ¡Sorpresa, sorpresa! Lo estamos repitiendo con una estupidez que raya en lo suicida. Dejad que os recuerde la historia de nuestro Solar, sólo por si os perdisteis la lección de Cosmografía del lunes. O bien, si elegisteis por error la asignatura llamada Cosmetología: Rama de la filosofía que se ocupa del embellecimiento de la complexión, la piel, etc. (dos créditos).
Vuelve a ser el “Nuevo Mundo”. Así como los ingleses, españoles, portugueses, franceses y holandeses colonizaron las Américas y lucharon en el siglo XVII, los terrestres colonizaron el Solar y pelean en el siglo XXVII. La naturaleza humana no cambia demasiado en un millar de años. Nada puede cambiarla. Consultad con vuestros amigos antropólogos.
Los Wops (así se llama despectivamente a los italianos, en parodia de los Wasps, los relamidos Blancos—whites—, anglosajones y protestantes, que formaron cierta élite social) se instalaron en Venus. Era un planeta italiano, e insistieron en llamarlo Venucio, en honor de un tal Américo Vespucio, que ya había dado su nombre a otro sitio. El satélite de Tierra, Luna, era quintaesencialmente californiano, y uno juraría que cualquiera de sus demenciales Cúpulas iba a llamarse Playa Músculo o Gran Sur. La misma Tierra fue convertida en un inmenso dominio para los Wasps, cuando casi todos los demás la mandaron a hacer gárgaras.
Los ingleses descubrieron que Marte les recordaba mucho a su repelente clima nativo, y las Cúpulas del Reino Unido fueron programadas para “Días de Sol”, “Llovizna” y unas “Navidades Blancas” a lo Charles Dickens. Un punto divertido: el “año” marciano es casi el doble de largo que el terrestre, así que tenían que elegir entre tener veinticuatro meses, o meses de seis días. No se pusieron de acuerdo, así que hubo un auténtico lío con las Navidades, la Pascua y el Yom Kippur.
Ya entenderéis que estoy simplificando. La verdad es que, aunque en Marte hay una mayoría de ingleses, también hay galeses, escoceses, irlandeses, hindúes, nativos de Nueva Escocia, incluso de los Apalaches, descendientes de los pioneros que en el siglo XVII se asentaron en América. A veces, se mezclaban entre ellos. A veces, preferían el aislamiento.
Del mismo modo, cuando digo que Luna es “quintaesencialmente californiana”, sólo describo en realidad el loco encanto de ese segmento que ha impregnado todas las Cúpulas: Mexicana, Japo-Americana, Canadiense, incluso Las Vegas y Montecarlo, los centros de juego. Las han enfocado hacia los bikinis, los cochecitos para las dunas lunares, la salud holista, la reflexología y las charlas de café sobre el “potencial humano”, “la interacción” y “el espacio que te rodea”.
Recordad eso mientras describo el Solar. Sólo estoy poniendo de relieve lo más importante de un confuso revoltijo.
Tritón, en Neptuno, el más grande y lejano de los satélites habitables del Solar, era japonés-chino (contracciones: “japo-chino” o, simplemente, “jin”), aunque también tenía otras razas asiáticas. Eran tan arrogantes como siempre. Despreciaban a los que ellos llamaban “Bárbaros del Interior”. Y ahora más que nunca, desde el descubrimiento de “Meta” (abreviatura de metástasis), el sorprendente y novísimo generador de energía que irrumpió como un rayo en el Solar, e hizo estallar más conflictos que el oro en toda su historia.
Durante siglos, habíamos desperdiciado nuestras fuentes de energía como marineros borrachos, y ahora sólo quedaban unos restos increíblemente caros en el fondo del barril:
Combustibles cuasifósiles y semifósiles como la turba y los esquistos aceitosos.
Sol, viento y mareas. (Instalaciones demasiado complejas y costosas, solo para ncos.)
Carbones incombustibles: hollín, cenizas y residuos sulfurosos.
Restos de la maquinaria de la Unidad Térmica Británica.
Calor por fricción en las fábricas de plástico, goma y madera contrachapada.
Bosques de madera de pulpa, de crecimiento rápido: álamos blancos, sauces y chopos. (Pero la explosión demográfica limitaba el terreno cultivable.)
Calor geotérmico.
Los generadores de energía atómica, tipo Isla de las Tres Millas, seguían contando con la decidida oposición de la mitad de la población, que prefería congelarse a abrasarse. Entonces llegaron los Meta, el inesperado catalizador de energía descubierto en Tritón. Y fue casi como si la Madre Naturaleza hubiera dicho: “Ahora que ya habéis aprendido la lección sobre no malgastar, ahí tenéis la salvación. Usadla con sabiduría”.
Aún está por ver si el Solar será capaz de hacerlo.
Ganímedes de Júpiter era zona decididamente africana, sazonada con morenos y mulatos. Los negros se la habían arrebatado a Francia y a sus colonias, que estaban hasta las narices de la desesperada guerra contra los negros, y ahora se dedicaban a luchar entre ellos. (No eran primitivos, sólo pendencieros.) Otros negros y morenos echaron una mano: Congo contra Tanzania, Maorí contra Hawai, Kenia contra Etiopía, Alabama contra Toda-Africa, und so weiter. Eran la desesperación de la ASPGC, la Asociación Solar para el Progreso de la Gente de Color.
Las Cúpulas A*o son de gran colorido, muy visitadas por los turistas. Se han intentado crear réplicas de los poblados tribales con chozas de hojas de palmera (dotadas de modernas cañerías) y pequeños patios en los que las mascotas son animales africanos: nilgos, ñus, crías de elefante y rinoceronte, todo tipo de serpientes exóticas, incluso cocodrilos (los que podían permitirse un estanque), que son una constante fuente de molestias. Los cocodrilos jóvenes comen como sibaritas, y el despreciable crimen del secuestro de los animalitos de compañía se ha extendido por Ganímedes .
Los holandeses, y algunos más, están en Calisto de Júpiter. Como Ganímedes, es más grande que Mercurio. Sus Cúpulas recuerdan al Brujas medieval, con calles pavimentadas con cantos rodados y casas colgantes. (A la Cámara de Comercio de Calisto no le gusta, pero las prostitutas locales, como sus predecesoras en Amsterdam, siguen colgando espejos a los lados de las ventanas para tener una buena visión de toda la calle, y golpean los cristales con una moneda cada vez que pasa un posible cliente.)
Calisto está lleno de establecimientos de oro, plata, joyas y talla de piedras preciosas... Lo que atrae una gran población judía a las Cúpulas. Tradicionalmente, los judíos son expertos en piedras preciosas, y siempre han tenido buenas relaciones con los holandeses. También están las no menos tradicionales colonias de artistas, y el resto del Solar se pregunta cómo pintores con nombres como Rembrandt-29-van Rijn, o Jan-31-Vermeer, tienen tal demanda y consiguen tanto dinero por una producción avant-garde que ninguna persona sensata albergaría en su casa.
Titán de Saturno (no confundir con Titania de Urano, de eso hablaremos mucho más tarde) empezó como la antigua Australia de Inglaterra. Era un terreno destinado a reincidentes irrecuperables, hasta que el Solar descubrió que era más fácil ejecutarlos que transportarlos, ¡y al infierno con las plañideras y los corazones tiernos! Sus descendientes aún hablan una anacrónica e incomprensible jerga de convictos, es un infierno desequilibrado de arcaicos odios contra el Solar y no forma parte de esta historia, excepto para hacer la clásica frase: “Primer premio, un día en Titán. Segundo premio, una semana en Titán”.
Algunos de los satélites pequeños, como Fobos, Mimas, Júpiter VI y Júpiter VII, tienen pequeñas colonias de monstruos dedicados a religiones diversas, grupos de teatro, dietas y abstinencias sexuales. Con una única y adorable excepción, nunca se han descubierto aborígenes en ninguno de los planetas y satélites del Solar, así que los holandeses no tuvieron que comprar Calisto por veinticuatro dólares. No hubo indios que se opusieran a los ingleses en Marte. Un payaso que se autodenominaba “Jones de las Estrellas” fundó un culto con otras mil personas que también creían haber nacido en el espacio exterior, para luego ser secuestradas por el Solar. Y estableció la Cúpula Jones en Cuenca Caloris de Mercurio, satélite que, de todos modos, nadie quería.
Un “día” mercuriano dura ochenta y ocho días terrestres, y la temperatura sube lo suficiente como para fundir el plomo. Los alienígenas secuestrados en las estrellas no tuvieron que suicidarse; un día falló el aislamiento de la Cúpula, y todos se achicharraron. Los sádicos a los que les gustan los horrores del teatro del Gran Guiñol, suelen viajar a CúpulaJones para ver las momias asadas y luego congeladas. Un chalado, con extraño sentido del humor, puso una manzana en la boca a Jones de las Estrellas. Aún sigue ahí.
Ah, pero esa extraordinaria excepción, Titania, la Duende de lo Inesperado, Hija de Urano, mítico Rey de los Cielos. ¡Allí se encontraron nativos! El gran William Herschel, músico profesional y astrónomo aficionado, echó un vistazo a Urano con su telescopio casero, en 1781, y seis años más tarde descubrió el satélite Titania. ¿Alguna pregunta?
P: Sí, por favor, querríamos una descripción.
R: Bueno, Urano está cubierto de una brillante capa de nubes color naranja, rojo y...
P: No, de Urano no. De Titania.
R: ¡Ah, sí, la luna mágica! ¿Sabéis? El cosmos tiene sentido del humor. En casi todos sus sistemas y combinaciones, hay un monstruo que se burla del orden y la armonía. Casi recuerda a la famosa frase de Roger Bacon: “No hay belleza perfecta que no tenga algo extraño en sus proporciones”.
P: Francis.
R: ¿Cómo?
P: Era Francis Bacon, no Roger Bacon.
R: Francis, claro. Gracias. En el ensamblaje del Solar, Titania es esa cosa extraña, maravilla y exasperación del resto. Maravilla, porque las pocas pistas y datos que tenemos son fascinantes. Exasperación, porque no los entendemos.
P: ¿Cómo son ellos?
R: Si estáis familiarizados con las gemas y los cristales, sabréis que casi todos los cristales tienen inclusiones de fluido. El tamaño de estas inclusiones varía entre una micra y algunos centímetros de diámetro. Las inclusiones de más de un milímetro son bastante raras. Las de un centímetro, son piezas de museo.
P: Pero ¿no destruyen el valor de las gemas?
R: Cierto, cierto. Pero estamos estudiando la geología de los cristales. La mayoría de estas inclusiones contienen una solución de varias sales, en varias concentraciones que van del agua casi pura a salmuera concentrada. En muchas también hay una burbuja de gas. Cuando la burbuja es suficientemente pequeña para responder a las irregularidades en el número de moléculas que la golpean, se puede ver cómo se mueve continuamente, siguiendo la ley de Brown:
nl- mg (p—p') No (hl - h2) —= exp n2 p R T
P: Nos hemos perdido, ¿lo sabías?
R: Lo siento, me dejé llevar por el Einstein clásico. Pero espero que lo entendáis, es fascinante contemplar estas burbujas con un microscopio, y pensar que llevan mil millones de años paseando nerviosamente por su celda.
P: ¿Cuándo llegarás a lo de Titania, la luna mágica?
R: Un momento, un momento. Algunas de estas inclusiones tienen un cristal o más en el líquido. Algunas están compuestas por varios líquidos inmiscibles. Unas pocas contienen sólo gas. A veces, los cristales que hay dentro de las inclusiones tienen sus propias inclusiones, con burbujas dentro de ellas, y así ad infinitum. Ahora, multiplicad esto por un millar de millares, y tendréis a Titania, el monstruo del Solar.
P:¿¡Cómo!?
R: Como lo oís. Bajo la costra de polvo de meteorito, acumulado durante eones, el satélite contiene un conglomerado de gigantescos cristales que van desde el de treinta centímetros al de kilómetro y medio de diámetro.
P: ¿Y pretendes que nos creamos eso?
R: ¿Por qué no? El modelo tradicional de planeta y satélite está siendo revisado. Se especula sobre si la Tierra puede ser en realidad un organismo viviente. Lo que pasa es que no podemos profundizar suficiente para saberlo. Ahora sabemos que en la formación del Solar no sólo intervinieron unos simples gases que se condensaron en meros sólidos.
P: ¿Y qué hay de los cristales de Titania?
R: Tienen una multitud de inclusiones, dentro de inclusiones, dentro de inclusiones... ad infinitum.
P: ¿Y también se supone que están vivos?
R: No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que contienen una fascinante forma de vida que ha evolucionado, siguiendo su propio movimiento de Brown. Son seres maravillosos, y exasperantes, porque no permiten visitas ni exploraciones por parte del Solar. Su lema es “Titania para los titánidos”.
P: ¿Cómo son?
R: ¿Las inclusiones? Una especie de protouniversos. Tienen una especie de autoiluminación, y a veces sincopan o sincronizan cuando salen a la superficie de la costra. Parece que hay una especie de enlace osmótico o molecular entre ellas, que...
P: No, no. Los habitantes locales. Los nativos de Titania. ¿Cómo son?
R: ¡Ah, los titánidos! ¿Que cómo son? Italianos, ingleses, franceses, chinos, negros, mulatos, tu esposa, tu marido, tres amantes, dos dentistas y la perdiz que se posa en un peral.
P: Déjate de bromas. ¿Cómo son?
R: ¿Quién bromea? Se parecen a cualquier ser vivo. Los titánidos son polimorfos, lo que significa que pueden adoptar cualquier forma que les apetezca.
P: ¿Y cualquier sexo?
R: No. Los chicos son chicos, y las chicas, chicas. No se reproducen por esquejes.
P: ¿Es una cultura alienígena?
R: Es alienígena, pero no de una estrella lejana. Es un producto estrictamente Solar, aunque al margen del hombre.
P: ¿Es una cultura antigua?
R: Data, al menos, de la era terciaria de la Tierra. Unos cincuenta millones de años.
P: ¿Es una cultura primitiva?
R: No. Se han desarrollado más de lo que podemos imaginar.
P: Entonces, ¿por qué no visitaron nuestra Tierra en el pasado?
R: ¿Qué os hace suponer que no lo hicieron? El faraón Tutankamón pudo ser un titánido. O Pocahontas. O Einstein. O Rin-Tin-Tin. O el científico loco que se apoderó de Cuba.
P: ¿Qué? ¿Son peligrosos?
R: No, son muy aficionados a la diversión y a los juegos. Nunca sabes qué están preparando. Son los duendes de lo inesperado.
Y una titánida se enamoró del Sintetista.

Habíamos estado siguiendo y usando al Sintetista, sin que él lo supiera, durante muchos años. Para nosotros, era una especie de perro de caza. De hecho, su nombre clave entre nosotros era “Perdiguero”. Supongo que querréis saber cómo le utilizábamos. Ahí va un ejemplo:


El Solar estaba soportando una inundación de monedas y billetes falsos, hermosos trabajos acuñados en metal inglés. Nosotros permitimos la operación —Pert es el acrónimo de Programa de Evaluación y Revisión de Técnicas—, compusimos un mapa del flujo que seguía el progreso de las falsificaciones desde Marte hacia todo el Solar, pero no encontramos el Punto Crítico para atacar. En otras palabras, teníamos que localizar el hilo concreto de la red que nos llevara a la detención de todo el proceso.
Bueno, “Perdiguero” estaba en la Cúpula Londres, haciendo un reportaje Cockney en color para Solar Media. Exploró todas las pautas, incluyendo el tradicional slang de rimas: platos por pies (platos de té, pies), perro por verde (perro muerde, verde) y lámpara por flash (lámpara, cámara, flash). Flash es el nombre que se da a la moneda falsificada. Y ése era nuestro Punto Crítico.
Porque en New Strand había una tienda de antiguedades llamada “Lámparas y Cámaras”, especializada en medallas viejas, antiguos trofeos de plata, espadas ornamentales, gavelas y mazas... Esa clase de cosas. Muy chic. Muy cara. Habíamos estado peinando, sin éxito, las fundiciones de metal en busca de la fuente de las monedas. Y allí estaba, bajo nuestras narices, sacándonos la lengua sin que nos diéramos cuenta. Los antiguos trofeos no son de plata, sino de metal inglés.
Sabíamos mucho sobre “Perdiguero”, por necesidad, pero desconocíamos su estirpe. Ni él mismo lo sabía. Será mejor que explique el enigma describiendo mi primer encuentro con él, algún tiempo después de que descubriéramos que podíamos utilizar sus cualidades únicas.
Fue en una de las deliciosas tertulias de Jay Yael. Jay es un profesional del arte que lo mismo colecciona cuadros que gente. Había una docena de invitados, incluyendo al estimado protegido de Yael, el Sintetista. Era un joven alto, anguloso, que daba la impresión de que se encontraría más a gusto sin ropa. Se comportaba como una muy especial y rara celebridad, y en cierto modo lo era equilibrado. divertido, jamás se tomaba en serio a sí mismo, mostraba muy a las claras su idea de que la fama es sólo en parte merecida, y que se debe sobre todo a la suerte. Además, tenía un extravagante sentido del humor.
Mostraba un absorbente interés en todo y en todos, escuchando intensamente y calculando sus respuestas para animar al que hablaba. Este cálculo se debía a su talento de sintetista, pero también tenía otra notable cualidad: la habilidad de convencer a cada miembro del grupo de que estaba dedicando todo su absorto interés únicamente a él o a ella. Te miraba, y en su mirada leías que eras la única persona que realmente contaba para él.
Cuando alguien tiene tanto éxito, siempre existe el peligro de que inspire hostilidad, a menos que resulte evidente que no es absolutamente perfecto. El Sintetista tendría defectos privados, seguro, pero también uno público, extraño y llamativo: siempre llevaba unas enormes gafas oscuras para tratar de disimular las sorprendentes cicatrices de sus mejillas, quemadas por el sol. Tenía la costumbre, tan automática que parecía un tic, de bajarse las gafas para tapar las cicatrices.
Era Rogue Winter, por supuesto. Durante una pausa en la conversación, le pregunté si su nombre era un apodo. Simplemente para hacerle hablar, claro. Lo sabía todo sobre él, porque ése era mi trabajo.
—No—me respondió solemnemente—. Es un diminutivo de Elephant Rogue. Es decir, Elefante Salvaje. El doctor Yael me descubrió en Africa, tras matar de un tiro a mi madre. Una raza alienígena de Bootes Alfa la había cruzado con un gorila.—Se bajó las gafas—. No, soy un mentiroso. En realidad, es diminutivo de Rogue Macho. El doctor Yael me descubrió en un prostíbulo, tras matar de un tiro a la madame. La querida señora Bruce.—Otra vez las gafas—. Pero, si quiere saber la auténtica verdad—dijo con mortífera tranquilidad—, mi nombre completo es Rogue Gallery Winter. Cuando el doctor Yael mató de un tiro al Inspector Jefe de Scotland Yard...
—¡Ya basta, hijo!—rió Yeal. Todos nos reíamos—. Cuéntale a esta encantadora dama cómo hice mi mayor descubrimiento.
—No sé qué opinarán los demás, señor, pero fue su descubrimiento, y es su historia. No pienso goniff en su papel.
—Sí, te he educado como a un gentil—sonrió Yael—. Bueno, brevemente, los exploradores de la Cúpula Maorí en Ganímedes encontraron a Rogue entre los restos de una nave espacial. Era un niño, el único superviviente. Lo llevaron a la Cúpula, donde el

rey o jefe, Te Uinta, le adoptó formalmente.


—No tenía hijos —explicó Rogue—, sólo hijas. Cuando muera Uinta, seré el rey banana.
—Rogue lleva grabadas en las mejillas las marcas de la realeza, aunque está absurdamente avergonzado de ellas.
—Las chicas se me escapan—señaló Winter.
Otra vez las gafas.
Yo conocía su historial con las mujeres, así que tuve que contener una risita, aunque estoy casi segura de que sus agudos ojos lo advirtieron.
—Los maoríes le llamaron Rog—siguió Yael—, porque ésas eran las únicas letras identificables que quedaban en la nave. R-agu-jero-O-Ge. R-OG. Tal como lo pronunciaba Uinta, podía entenderse Rogue. ¿Verdad, hijo?
—Más bien lo pronunciaba como R-gruñido-G, señor—dijo Winter. Luego expresó su nombre al estilo maorí—. Hace que la gente tenga ganas de decir “Gesundheit”.
—Fin de la primera parte—continuó Yael—. Segunda parte. Yo estaba visitando la Cúpula Maorí para echar un vistazo a sus maravillosas tallas de madera, cuando me salió al paso un niño de diez años con su hermana. La chiquilla llevaba una túnica de abalorios, y él señalaba las cuentas, intentando explicarle la pauta que veía en ellas.
—¿Cuál era?—pregunté.
—Díselo a la encantadora dama, R-gruñido-G.
—¡Parecía tan obvio...!—Winter se bajó las gafas—. La pauta se componía de cuentas y puntadas en triángulo:
Rojo-Rojo-Rojo-Rojo-Rojo-Rojo-Rojo-Rojo

Puntada-Puntada-Puntada-Puntada

Negro-Negro

Puntada.
Yael volvió los ojos al cielo.
—¡Dios libre a los simples mortales de los genios!—Se echó a reír—. ¿Le han oído hablar del triángulo? Siempre es así. Piensa y vive en función de pautas. Tendré que traducir. El hijo del rey señalaba un grupo de ocho abalorios rojos y levantaba un dedo. Luego, señalaba cuatro puntadas vacías y hacía un signo maorí que quiere decir cero. Levantaba otro dedo por las dos cuentas negras. Otra vez el signo del cero ante la única puntada vacía. Luego pasaba la mano por el triángulo y levantaba diez dedos. Su hermana se reía porque le hacía cosquillas, pero ése fue mi gran descubrimiento.
—¿Cuál?—pregunté—. ¿Que las niñas tienen cosquillas?
—Claro que no. Que su hermano era un genio.
—¿Diseñando con abalorios?
—Utilice el cerebro, señora. Un grupo de ocho. Nada de cuatro. Un grupo de dos. Nada de unidades. El hijo del rey estaba contando en binario. Uno-cero-uno-cero es igual a diez.
—Parecía tan obvio...
—¿Qué? ¿Obvio?—gruñó Yael—. ¿Un niño maorí, desnudo, analfabeto, descubriendo el binario por su cuenta? Bueno, naturalmente, hice un trato con el rey Te Uinta. Traje a R-gruñido-G de vuelta a la Tierra y adapté su nombre para hacerlo pronunciable. Luego empezó su educación, y ahí vino el problema. ¿Hacia dónde demonios se enfoca a un niño que es un genio para las pautas?
—¿Hacia las matemáticas?—sugerí.
—Eso fue lo segundo. Con mis aficiones, el arte vino en primer lugar. Pero tras un brillante comienzo en París, se cansó y lo dejó. Con las matemáticas pasó lo mismo. Arquitectura en Princeton, empresariales en Harvard, música en Juilliard, medicina en Cornell, diseño de Cúpulas en Taliesin, astrofísica en Palomar... Siempre la misma historia. Un comienzo brillante, y luego lo dejaba.
—Todo parecía demasiado parcial—explicó Winter—. Partes de un todo sin ninguna conexión. Y a mí me interesaba el pastel entero.
—Para entonces ya casi había alcanzado la mayoría de edad, así que le mandé fuera...
—Con latigazos—señaló Winter.
—Con un millar en el bolsillo para un Wanderjahr, y órdenes estrictas de no volver hasta que descubriera qué quería hacer con su vida. Francamente, esperaba que volviera arrastrándose, hundido y obediente. ..
—Como un pícaro y plebeyo esclavo.
—¿De dónde es esa frase?—pregunté a Winter.
—Hamlet, acto segundo, escena segunda—me susurró—. No se lo diga a nadie, pero estudié Literatura Inglesa a espaldas de Yael. Ya sabe, Principales Escritores Británicos, I y II. De eso también me harté, debido a un empacho de lampreas.
—En vez de eso, el caballero volvió fanfarroneando, con los bolsillos del traje rebosando de dinero, y la grabación de la mejor integración que jamás ha visto el Solar. Supongo que recordarán “Marcha en Filas Cerradas”, un bestseller. Rogue se puso a jugar en Luna con...
—Convertí el regalo del doctor en cien mil, antes de que corriera la voz y me impidieran entrar en los casinos—rió Winter—. Me llamaban “Rogue el Griego”.
—... Con cultivos de maíz de Kansas, Meta en Tritón, alta costura en Ganímedes, el Movimiento Feminista de Venucio, galerías de arte en Calisto... Todo dentro de una pauta del Solar que él encontraba obvia, pero que siempre había pasado inadvertida. ¡Santo Dios, se encontró a sí mismo! Era el Sintetista. La Duende y el Sintetista



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