Los europeos son ahora más críticos con la economía de mercado


- La sociedad del crecimiento eterno



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36 - La sociedad del crecimiento eterno

- “El mito del crecimiento económico infinito es un fracaso” (BBCMundo - 29/9/11)


(Por Tim Jackson - Universidad de Surrey) Lectura recomendada
Toda sociedad se aferra a un mito y vive por él. El nuestro es el del crecimiento económico. Las últimas cinco décadas la persecución del crecimiento ha sido el más importante de los objetivos políticos en el mundo. La economía global tiene cinco veces el tamaño de hace medio siglo. Si continúa creciendo al mismo ritmo, será 80 veces en el año 2100.
Este extraordinario salto de la actividad económica global no tiene precedentes en la historia. Y es algo que no puede estar más en desacuerdo con la base de recursos finitos y frágil equilibrio ecológico del que depende para su supervivencia. Y ya ha venido acompañado de una degradación estimada de un 60% de los ecosistemas del mundo.
La mayor parte del tiempo, evitamos la realidad de estos números. El crecimiento debe continuar, insistimos. “¡Acumulad!, ¡acumulad!, es lo que dicen Moisés y todos los profetas”, como dijo Karl Marx.
Y no sólo por el bien de los países más pobres, donde (lo sabe el cielo) es desesperadamente urgente una calidad de vida mejor, sino en el opulento Occidente, donde el consumismo rampante amenaza el tejido de nuestra sociedad.
Las razones por esta ceguera colectiva son fáciles de encontrar. El capitalismo occidental se basa de forma estructural en el crecimiento para su estabilidad. Cuando la expansión se tambalea, como ha pasado recientemente, los políticos entran en pánico.
Los negocios batallan por sobrevivir. La gente pierde sus trabajos y en ocasiones sus viviendas. La espiral de la recesión es una amenaza. Cuestionar el crecimiento se toma como un acto de lunáticos, idealistas y revolucionarios.
Ahora, cuestionarlo es un deber. El mito del crecimiento infinito ha fracasado, ha fracasado para 2.000 millones de personas que viven con menos de US$ 2 al día. Ha fracasado para el frágil sistema ecológico de cuya supervivencia depende. Ha fracasado, espectacularmente, en sus propios términos, para proveer estabilidad económica y asegurar la vida de las personas. La prosperidad para unos pocos, basada en la destrucción medioambiental y la persistente injusticia social, no es fundamento para una sociedad civilizada.
Pero la crisis económica se nos presenta como una oportunidad única para invertir en el cambio, barrer las creencias en el beneficio a corto plazo que fueron una plaga durante décadas. Y para el compromiso, por ejemplo, en una reforma radical de las disfuncionales instituciones de los mercados de capitales.
La especulación sin trabas en materias primas y derivados financieros llevaron al mundo financiero al filo del colapso hace tres años. Es necesario que sea remplazado por un más duradero y lento sentido de las finanzas: inversión sólida en activos productivos, en tecnologías limpias de bajas emisiones de carbono, en salud y educación, en viviendas de calidad y en sistema de transporte eficientes, en espacios públicos abiertos. Es decir, inversión en el futuro de las comunidades.
El empresariado también debe ser revisado. Obtener beneficios a expensas de los contribuyentes es inmoral. La mano invisible del mercado debe ser domesticada y puesta al servicio del pueblo. Los ejecutivos más previsores de las empresas más visionarias ya entienden estas demandas. La empresa social está comenzando a prosperar en la economía post-crisis.
Arreglar la economía es sólo parte de la batalla. También tenemos que confrontar la lógica del consumismo. Los días de gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para impresionar a personas que no nos importan deben terminar. Vivir bien es buena nutrición, un hogar decente, buenos servicios públicos, comunidad estable y un empleo satisfactorio.
La prosperidad, en todos los sentidos de la palabra, trasciende las preocupaciones materiales, reside en el amor de nuestras familias, el apoyo de nuestros amigos y la fuerza de nuestras comunidades, en nuestra capacidad para participar en la vida en sociedad, en tener un propósito para darle sentido a la vida. El desafío para nuestra sociedad es crear las condiciones para que hacer esto posible.
- Crecimiento económico ilimitado, un mito (Financial Times - 4/10/12) Lectura recomendada
¿Podría estar acabándose el crecimiento? Ésta es una pregunta herética. Sin embargo, Robert Gordon, un profesor de la Universidad de Northwestern, experto en productividad, lo ha cuestionado en un provocativo estudio llamado Is US Economic Growth Over? Faltering Innovation Confronts the Six Headwinds. En él, desafía la visión convencional de los economistas de que “el crecimiento económico... continuará indefinidamente”.
Sin embargo, el crecimiento ilimitado es una suposición descomunal. Durante la mayor parte de la historia, se registró un crecimiento en la producción por persona casi cercano a lo no mesurable. El crecimiento que se produjo provino del aumento en la población.
Luego, en la mitad del siglo 18, algo comenzó a agitarse. La producción per cápita en las economías más productivas del mundo -el Reino Unido hasta 1900 y Estados Unidos a partir de entonces- comenzó a acelerarse.
El crecimiento de la productividad alcanzó un pico en las dos y media décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, el crecimiento se desaceleró de nuevo, a pesar de un repunte al alza entre 1996 y 2004. En 2011 -de acuerdo con la base de datos del Conference Board- la producción por hora de Estados Unidos fue un tercio menor de lo que hubiera sido si la tendencia de 1950-1972 hubiera continuado. Gordon va más allá. Él sostiene que el crecimiento de la productividad podría continuar desacelerándose durante el próximo siglo, llegando a niveles insignificantes.
El futuro es inescrutable. Sin embargo, el pasado es revelador. El centro del argumento de Gordon es que el crecimiento es impulsado por el descubrimiento y por la subsecuente explotación de tecnologías específicas y -sobre todo- por las “tecnologías de propósito general”, que transforman la vida de manera amplia y profunda.
La implementación de una serie de tecnologías de propósito general descubiertas a finales del siglo 19 llevó a la explosión en productividad de mediados del siglo 20, argumenta Gordon. Éstas incluyen la electricidad, el motor de combustión interna, el agua corriente y el alcantarillado doméstico, las comunicaciones (radio y teléfono), los químicos y el petróleo.
Éstas constituyeron “la segunda revolución industrial”. La primera, entre 1750 y 1850, se inició en Reino Unido. Ésa fue la era del vapor, que culminó con el ferrocarril. Hoy en día, vivimos en una tercera y que ya tiene unos 50 años de edad: La era de la información, cuyas tecnologías líderes son la computadora, el semiconductor y el Internet.
Gordon argumenta, a mi juicio convincentemente, que en su impacto sobre la economía y la sociedad, la segunda revolución industrial fue mucho más profunda que la primera o la tercera.
La energía motorizada reemplazó la tracción animal, en todos los ámbitos, eliminando los desechos animales de las carreteras y revolucionando la velocidad. El agua corriente reemplazó el acarreo manual de agua y de los residuos domésticos. El petróleo y gas sustituyeron el acarreo de carbón y madera. Las luces eléctricas sustituyeron a las velas. Los aparatos eléctricos revolucionaron las comunicaciones, el entretenimiento y, sobre todo, el trabajo doméstico. La sociedad se industrializó y se urbanizó. La esperanza de vida se disparó.
Gordon señala que “es poco conocido el hecho de que la tasa anual de mejora en la esperanza de vida en la primera mitad del siglo 20 fue tres veces más veloz que en la segunda mitad”. La segunda revolución industrial transformó mucho más que sólo la productividad. Las vidas de los estadounidenses, los europeos y, más tarde, los japoneses, fueron cambiadas por completo.
Muchos de estos cambios fueron algo excepcional. La velocidad de desplazamiento pasó del caballo al del jet. Luego, hace unos 50 años, se estancó. La urbanización fue algo extraordinario. También lo es el colapso de la mortalidad infantil y la triplicación de la esperanza de vida, así como el control de las temperaturas en el hogar. Y la liberación de la mujer de la servidumbre doméstica.
Bajo esas normas, la actual era de la información está llena de ruido y luces pero significa poco. Muchos de los beneficios de las computadoras que sirven para ahorrar tiempo se produjeron décadas atrás. Hubo un aumento en el crecimiento de la productividad en la década de 1990. Pero el efecto se desvaneció.
En la década de 2000, el impacto de la revolución de la información llegó en gran parte a través de dispositivos de información y comunicación fascinantes. ¿Qué tan importante es eso? Gordon propone un experimento mental:
¿Qué pasaría si sólo pudieras conservar los brillantes dispositivos inventados desde 2002 o el agua corriente y los baños en el interior de tu casa? Es más, incluiré a Facebook en la oferta. ¿Eso te hace cambiar de opinión? Sabía que no. Yo no mantendría todo lo inventado a partir de 1970 si la alternativa fuera perder el agua corriente.
Lo que estamos viviendo es un intenso, pero estrecho, conjunto de innovaciones en una importante área de la tecnología. ¿Tiene importancia? Sí. Después de todo, podremos ver que en una o dos décadas a partir de ahora todos los seres humanos tendrán acceso a toda la información del mundo. Pero la visión de que la innovación es ahora más lenta que hace un siglo es convincente.
¿Qué nos dicen estos análisis? En primer lugar, Estados Unidos sigue siendo la frontera de la productividad global. Si el ritmo de avance de la frontera se ha desacelerado, alcanzarlo podría ser más sencillo.
En segundo lugar, alcanzarlo podría impulsar el crecimiento mundial a un ritmo elevado durante mucho tiempo (si los recursos lo permiten). Después de todo, el promedio del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita de los países en desarrollo sigue siendo de sólo una séptima parte del de Estados Unidos (en paridad de poder adquisitivo).
Tercero, el crecimiento no es sólo producto de los incentivos. Depende aún más de las oportunidades. Los rápidos incrementos de la productividad en la frontera son posibles sólo si las innovaciones adecuadas ocurren. Las tecnologías de transporte y energía apenas han cambiado en medio siglo. Bajar los impuestos no cambiará esta situación.
Gordon señala otros obstáculos para la mejora del nivel de vida de los estadounidenses comunes. Estos incluyen: La inversión del bono demográfico que provino de los baby boomers y el movimiento de las mujeres hacia la fuerza laboral; la estabilización de los logros educativos; y los obstáculos para los niveles de vida del 99% de la población en el nivel más bajo. Estos obstáculos incluyen la globalización, el aumento en los costos de los recursos y los altos déficits fiscales y deudas privadas.
En resumen, Gordon prevé que el aumento de los ingresos reales disponibles de aquellos fuera de la élite se desaceleren. De hecho, parece que ya está sucediendo. Lo mismo está ocurriendo en otros países de altos ingresos.
Durante casi dos siglos, los actuales países de altos ingresos disfrutaron de olas de innovación que los hicieron mucho más prósperos que antes y mucho más poderosos que todos los demás. Éste era el mundo del sueño americano y el excepcionalismo americano.
Ahora la innovación es lenta y la economía la alcanzará rápidamente. A las élites de los países de altos ingresos les gusta bastante este nuevo mundo. Al resto de la población le gusta mucho menos. Hay que acostumbrarse. Esto no va a cambiar.
(Martin Wolf es jefe de opinión en la sección de economía del Financial Times)

37 - Capitalismo vs. capitalismo

- ¿Está el capitalismo condenado al fracaso? (Project Syndicate - 15/8/11)

(Por Nouriel Roubini) Lectura recomendada

New York.- La masiva volatilidad y la aguda corrección de los precios de las acciones que en la actualidad golpean a los mercados financieros globales son indicadores de que las economías más avanzadas se encuentran al borde de una recesión de doble caída. Una crisis financiera y económica causada por el exceso de deuda y apalancamiento del sector privado condujeron a un masivo re-apalancamiento del sector público con el fin de evitar la Gran Depresión 2.0. Sin embargo, la recuperación posterior ha sido anémica y mediocre en la mayoría de las economías avanzadas dado el desapalancamiento doloroso.

Hoy en día una combinación de los precios altos del petróleo y productos básicos, los disturbios en el Oriente Medio, el terremoto y tsunami del Japón, la crisis de deuda de la eurozona y los problemas fiscales de Estados Unidos (y ahora la rebaja de su calificación crediticia) han llevado a un aumento masivo en la aversión al riesgo. Económicamente los Estados Unidos, la eurozona, el Reino Unido y el Japón funcionan al ralentí. Incluso los mercados emergentes en crecimiento (China, Asia emergente y América Latina), y las economías orientadas a la exportación que se basan en estos mercados (Alemania y Australia, un país rico en recursos naturales), están experimentando desaceleraciones agudas.

Hasta el año pasado, los políticos siempre pudieron sacar un as de bajo la manga para reactivar los precios de los activos y detonar la recuperación económica. Estímulo fiscal, tasas de interés de casi cero, dos rondas de “flexibilización cuantitativa”, separación estricta de las deudas incobrables y billones de dólares en rescates y provisión de liquidez para los bancos y entidades financieras: las autoridades ejecutivas intentaron todo esto. Ahora se han quedado sin ases.

La política fiscal hoy en día es un lastre para el crecimiento económico tanto en la eurozona como en el Reino Unido. Incluso en los EEUU, los gobiernos estatales y locales, y ahora el gobierno federal, recortan el gasto y reducen los pagos de transferencias. Muy pronto, ellos subirán los impuestos.



Otra ronda de rescates para los bancos es políticamente inaceptable y económicamente inviable: la mayoría de los gobiernos, especialmente en Europa, están tan estresados que los rescates no son asequibles; de hecho, el riesgo soberano está, en realidad, alimentando por la preocupación por la salud de los bancos europeos, que tienen en sus carteras la mayor parte de los cada vez más inestables valores gubernamentales.

Tampoco la política monetaria puede ser de mucha ayuda. La flexibilización cuantitativa en la eurozona y el Reino Unido se ve limitada por una inflación por encima del nivel objetivo. La Reserva Federal de EEUU probablemente inicie una tercera ronda de flexibilización cuantitativa (QE3), pero esta ofrecerá muy poco y llegará demasiado tarde. El año pasado la flexibilización cualitativa (QE2) de $ 600 millardos y de $ 1 billón de dólares en recortes de impuestos y transferencias logró un crecimiento de apenas el 3% durante un trimestre. Posteriormente, el crecimiento cayó bruscamente a menos del 1% en el primer semestre del año 2011. QE3 será de mucho menor tamaño, y logrará mucho menos en cuanto a reactivar los precios de los activos y restaurar el crecimiento.

La depreciación de la moneda no es una opción viable para todas las economías avanzadas: todas ellas necesitan una moneda más débil y una mejor balanza comercial para recuperar el crecimiento, pero no todas ellas pueden estar en esta situación al mismo tiempo. Así que depender de los tipos de cambio para influir en la balanza comercial es un juego de suma cero. Por esta razón se vislumbran en el horizonte guerras cambiaras; Japón y Suiza son los participantes de las primeras batallas por debilitar sus tipos de cambio. Otros pronto seguirán el ejemplo.

Mientras tanto, en la eurozona, Italia y España están ahora en riesgo de perder acceso al mercado, y en la actualidad las presiones financieras sobre Francia también van en aumento. Sin embargo, Italia y España son países demasiado grandes para quebrar y demasiado grandes para ser rescatados. Por el momento, el Banco Central Europeo comprará algunos de sus bonos como un puente con el nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (EFSF, por el nombre en inglés) de la eurozona. Sin embargo, si Italia y/o España pierden su acceso al mercado, los € 440 mil millones ($ 627 mil millones) del arca de guerra del EFSF podrían agotarse hasta finales de este año o principios del año 2012.

En ese momento, a menos que se tripliquen los fondos del EFSF -una medida a la que se opondría Alemania- la única opción que quedaría sería una reestructuración ordenada pero coercitiva de la deuda italiana y española, tal como ha ocurrido en Grecia. La reestructuración coercitiva de la deuda no garantizada de los bancos insolventes sería el siguiente paso. Por esta razón, aunque apenas ha empezado el proceso de desapalancamiento, se harán necesarias las reducciones de deuda si los países no pueden crecer o ahorrar o agrandarse por cuenta propia para salir de sus problemas de deuda.

Parece que Karl Max estuvo parcialmente en lo correcto al argumentar que la globalización, la intermediación financiera fuera de control, y la redistribución del ingreso y la riqueza de los trabajadores en beneficio del capital podría llevar al capitalismo a su autodestrucción (sin embargo se demostró que su idea de que el socialismo da mejores resultados fue errónea). Las empresas están recortando puestos de trabajo porque no hay suficiente demanda final. Sin embargo, al recortar puestos de trabajo se reduce el ingreso de los trabajadores, se aumenta la desigualdad y se reduce la demanda final.

Las protestas populares recientes, que se extienden desde el Medio Oriente hasta Israel y el Reino Unido, y la creciente ira popular en China -y que más temprano que tarde llegarán a otras economías avanzadas y mercados emergentes- son todas impulsadas ​​por los mismos problemas y tensiones: creciente desigualdad, pobreza, desempleo, y desesperanza. Incluso las clases medias del mundo están sintiendo la presión de la caída de ingresos y oportunidades.

Para permitir que las economías orientadas al mercado operen como deberían y como pueden, tenemos que retornar al equilibrio adecuado entre los mercados y la provisión de bienes públicos. Esto significa alejarse tanto del modelo anglosajón de laissez-faire y economía vudú como del modelo europeo continental de los estados de bienestar impulsados por el déficit. Ambos modelos están resquebrajados.

El equilibrio adecuado hoy en día exige la creación de puestos de trabajo de manera parcial a través de estímulos fiscales adicionales dirigidos a las inversiones en infraestructura productiva. También requiere de impuestos más progresivos; más cantidad de estímulos fiscales a corto plazo junto con disciplina fiscal de mediano y largo plazo; de apoyo de préstamos de última instancia por parte de las autoridades monetarias a fin de prevenir corridas bancarias destructivas; de reducción de la carga crediticia de los hogares insolventes y de otros agentes económicos que atraviesan dificultades económicas; de supervisión y regulación más estricta de un sistema financiero que está fuera de control; y de fraccionamiento de los bancos que son demasiado grandes para quebrar y de los fondos de inversión oligopolísticos.

Con el tiempo, las economías avanzadas tendrán que invertir en capital humano, capacitación y redes de seguridad social para aumentar la productividad y permitir que los trabajadores compitan, sean flexibles y prosperen en una economía globalizada. La alternativa es -igual que en la década de 1930- interminable estancamiento, depresión, guerras cambiarias y de balanza comercial, controles de capital, crisis financiera, insolvencias soberanas, y masiva inestabilidad política y social.

(Nouriel Roubini es presidente de Roubini Global Economics, profesor en la Escuela Stern de Administración de Empresas de la Universidad de Nueva York y coautor del libro Crisis Economics)

Un sistema en el que se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias, no es el capitalismo

Lo que podemos hacer, lo que deberíamos hacer, es reconocer que limitar los intereses en la inversión de capital propio de los bancos comerciales es en el interés de la competencia abierta y justa, así como de la protección de la provisión de servicios financieros esenciales”…

Deberíamos imponer límites a las negociaciones de valores con capital propio por parte de los bancos y los holding bancarios, así como restricciones a la propiedad o auspicio de fondos de cobertura o fondos de capital privado de inversión”…

Cuando un banco es de hecho un cliente al negociar su propia cuenta, “inevitablemente se encontrarán a sí mismos consciente o inadvertidamente, actuando en fines cruzados para los intereses de cliente comercial no relacionado de un banco”…

Los bancos no deben ser hedge funds”… “La red de seguridad que el Gobierno ofrece a los bancos a través del Fondo de Garantía de Depósitos (FDIC) y de los rescates de emergencia de 2008, no debe amparar las actividades de alto riesgo que han provocado la crisis. Es decir, esta protección debe aplicarse a los depositantes, no a los especuladores”…

La primera regla de esta reforma sea que los bancos no pueden poseer ni operar hedge funds… Aunque no pretende prohibir estos vehículos, como tampoco el capital riesgo; lo que no se quiere es que ni ellos ni los bancos que actúan como ellos operen con una red pagada con dinero público”... “Estos vehículos son, y deben ser, libres para operar, innovar, invertir... y quebrar”…



Se trata, de imponer los métodos para minimizar estas quiebras en “las fábricas básicas de los mercados financieros”. “La necesidad esencial es protegernos contra el exceso de apalancamiento, e insistir en los niveles de capital y liquidez adecuados”…

(Paul Volcker (82 años) ex presidente de la Reserva Federal en los años 80 y antecesor de Alan Greenspan representa a la mano de hierro de la política monetaria, más cercano a las tesis ortodoxas y restrictivas del Bundesbank, que a la fiesta de tipos bajos y dinero gratis desencadenada por sus sucesores en la última década)



La Volcker “rule” (como Gary Cooper: “sólo ante al peligro”)

- ¿Se puede reformar el sistema financiero global? (Project Syndicate - 4/6/12)

(Por Paul Volcker) Lectura recomendada

Hong Kong.- En la actualidad hay abundantes pruebas de que los sistemas financieros pueden dejar de funcionar correctamente, de lo que sirven como ejemplo Asia en los noventa y Estados Unidos y Europa una década después. Cuando ello ocurre, se paga un costo intolerable en la forma de interrupción del crecimiento y desempleo.

Pero una reforma del sistema no será posible, o resultará muy endeble, a menos que se alcance un consenso internacional en torno a ciertos temas clave. La libertad del dinero, de los mercados financieros y de las personas para trasladarse de un lugar a otro (y, de ese modo, eludir reglamentaciones e impuestos) puede ser un freno aceptable e incluso constructivo al exceso de intervención oficial, pero no cuando eso da pie a una competencia desregulatoria entre países que impide la adopción de normas éticas y prudenciales necesarias.

Tal vez lo primero en lo que habría que pensar sea adoptar un enfoque coherente y uniforme para enfrentar las situaciones de quiebra inminente de instituciones de “importancia sistémica”. Tanto los contribuyentes como los gobiernos están cansados de salvar instituciones financieras por temor a una sucesión de quiebras en cadena con efecto destructivo, sabiendo que la posibilidad de rescate alienta a los acreedores a asumir riesgos desmesurados.

En Estados Unidos, la legislación ha instaurado nuevos métodos que sustituyen a los procedimientos de quiebra vigentes y exigen la disolución (y no el rescate) de las empresas en bancarrota, sea por venta, fusión o liquidación. Pero para que esta iniciativa tenga éxito será necesario que la acompañen medidas complementarias en otras partes del mundo, especialmente en el Reino Unido y otros centros financieros clave.

Esto no implica necesariamente una estricta uniformidad regulatoria. Por ejemplo, respecto de la protección de la banca comercial contra los riesgos de la inversión con fondos propios, de carácter más especulativo, puede ser que los tipos de políticas que emplean el Reino Unido y Estados Unidos sean diferentes, pero el temor que las inspira es bastante similar; a su vez, este problema tal vez no sea tan acuciante en otros países que siguen otras tradiciones y donde las operaciones de inversión están más limitadas. Pero aun así, una jurisdicción no debería tomar medidas que con el fin de competir menoscaben las restricciones impuestas por otra.



Hay otra reforma estrechamente relacionada, que es la del sistema monetario internacional. Incluso podríamos preguntarnos si lo que hay en la actualidad es realmente un “sistema”, al menos en comparación con los acuerdos de Bretton Woods y, más allá en el tiempo, con la aparente simplicidad del patrón oro. Hasta ahora nadie ha sido capaz de ejercer autoridad en forma sistemática y coherente, y no existe una moneda internacional que cuente con aprobación y control internacional.

Es de suponer que el ideal de tener un régimen monetario internacional bien definido y eficaz se ha vuelto más difícil de llevar a la práctica, ahora que los mercados y los flujos de capitales son muchísimo más grandes e impredecibles que antes. También se dice que la economía mundial creció (y los países emergentes prosperaron) a pesar de no haber un sistema más organizado.

Pero a menudo se pasa por alto que la falta de un orden monetario internacional estuvo en el origen de las sucesivas crisis financieras de los noventa, y que su papel fue incluso más evidente en la crisis que estalló en 2008. En esto se destacan los desequilibrios sostenidos y, en cierto modo, complementarios, de Estados Unidos y Asia.

Entre 2000 y 2007, Estados Unidos acumuló un déficit de cuenta corriente por valor aproximado de 5,5 billones de dólares, acompañado por aumentos compensatorios casi simétricos en las reservas de China y Japón. A China le convenía mantener un gran superávit comercial y usar la elevada tasa de ahorro interno y el ingreso de inversión extranjera para sostener su industrialización y su veloz crecimiento.

En cambio Estados Unidos, enfrentado al problema del crecimiento lento, se limitó a sostener niveles de consumo excepcionalmente altos en perjuicio del ahorro personal. Esto permitió que se formara una enorme burbuja inmobiliaria que al estallar hizo muchísimo ruido (y dejó a todo el mundo muy alterado).

La lección práctica insoslayable es que cuando se deja a los países aplicar a su arbitrio sus propias herramientas políticas, puede ocurrir que las preferencias de cada uno conduzcan a la aparición de desequilibrios prolongados y a la larga, insostenibles. Antes o después, será necesario un ajuste: si no es a través de una política interna cuidadosa o del buen funcionamiento del sistema monetario internacional, será a través de una crisis financiera.

No hace mucho tiempo, hallábamos tranquilidad en la teoría de que para mediar los ajustes internacionales en forma oportuna y ordenada era suficiente permitir la flotación de los tipos de cambio. Pero en el mundo real, hay muchos países (sobre todo las pequeñas economías abiertas, pero también otras) para los que sencillamente resulta inviable o indeseable permitir la flotación de sus monedas.

La conclusión inevitable, por desagradable que sea, es que para formar parte activa de una economía mundial abierta es preciso ceder cierto grado de soberanía económica. O, para expresarlo en términos más positivos, estar dispuestos a una coordinación de políticas más efectiva. Esto admite diversas posibilidades, por ejemplo:

· Una mayor vigilancia por parte del Fondo Monetario Internacional y un compromiso más firme de los países a respetar las “buenas prácticas” y las normas acordadas.

· Un mecanismo de consultas obligatorias, seguidas por la formulación pública y directa de recomendaciones por parte del FMI, el G‑20 u otros organismos.

· Un sistema de calificación o descalificación para el uso de fondos del FMI u otras fuentes de financiación (por ejemplo, los acuerdos de intercambio monetario entre bancos centrales [swaps]).

· Cobro de intereses u otras multas financieras (en sintonía con las propuestas que se estudian en Europa).

Pero si adoptar soluciones que aprovechen las lecciones de los fracasos del pasado no fuera suficientemente efectivo, podría ser más promisorio repensar la idea de la flotación cambiaria. Esto exigiría llegar a algún acuerdo respecto de cuáles son los tipos de cambio de “equilibrio” adecuados, dejando una franja de valores bastante amplia que dé cuenta de la incertidumbre y permita al mercado ejercer su propia disciplina. Pero cada país por separado debería orientar sus intervenciones y sus políticas económicas hacia el objetivo de defender el tipo de cambio de equilibrio; o se podría emplear una modalidad más radical, en la que una autoridad internacional autorizara a los socios comerciales de un país a aplicar medidas contundentes para fomentar la coherencia del sistema.

Otro tema muy importante es que haya una moneda de reserva apropiada y liquidez internacional suficiente. Por muchos años, la respuesta práctica fue usar para ello el dólar (y hasta cierto punto, otras monedas nacionales), pero esto provocó quejas por el “privilegio excesivo” que se le confería a los Estados Unidos. Sin embargo, a Estados Unidos no lo beneficia acentuar y ampliar su déficit de balanza de pagos en detrimento de una economía con competitividad internacional, fortaleza industrial y restricción del consumo. Y al resto del mundo le conviene la flexibilidad que ofrece la moneda de la economía más grande, más fuerte y más estable del mundo.

Para que una moneda sirva como medio de reserva, su oferta debe ser limitada, pero también debe tener elasticidad suficiente para satisfacer las necesidades, grandes e impredecibles, que pueden surgir en un mundo financiero turbulento. Y sobre todo, debe ofrecer garantías de estabilidad y disponibilidad, lo cual es un argumento más a favor de la practicidad que supone usar una moneda nacional, o tal vez una canasta de ellas.

(Paul Volcker is a former chairman of the US Federal Reserve Board)

- Cuentas y cuentos: no están todos los que son… pero sí, son todos los que están

Después de este listado de “agravantes” (políticamente incorrecto, tal vez desordenado, y seguramente incompleto), podemos volver a la pregunta original:

¿Se ha perdido de confianza en la “economía de mercado”, en los países avanzados?

El escepticismo de las clases medias es, probablemente, la consecuencia política más palmaria de la crisis económica. La cohesión social que ha permitido mantener a las clases medias dentro del “sistema de economía de mercado” ha saltado por los aires.

Está acreditado que a medida que se produce un ensanchamiento de las desigualdades salariales o un deterioro creciente de las condiciones laborales (empleo de usar y tirar), la polarización social tiende a aumentar. La identificación con el sistema económico se evapora. No hay interés para permanecer dentro.

Si el modelo económico y social no es capaz de proteger a los hogares, parece evidente que no hay ninguna razón para creer en él. Sobre todo cuando en paralelo el sistema fiscal se ha apoyado fundamentalmente en los asalariados al tiempo que privilegiaba a quienes obtienen sus rentas de fuentes no salariales.

Hasta hace muy poco tiempo se entendía que la erradicación de la pobreza dependía fundamentalmente de la creación de empleo, pero el nuevo orden económico internacional lo que ha provocado es, en realidad, un deterioro sin parangón de las condiciones salariales en los países occidentales, lo que explica que ya no basta con tener una ocupación para escapar de la pobreza. De ahí que muchos gobiernos se vean obligados a echar mano de los impuestos para asegurar un mínimo de supervivencia.

El problema es que esos recursos salen, precisamente, de otros asalariados con ingresos insuficientes, lo que provoca un círculo vicioso. Una especie de socialización de la pobreza. Se ha quebrado la creencia de que la historia es una progresión continúa -con altibajos en determinados procesos históricos- en pos de mayores cotas de libertad y educación.

Millones de hogares que antes tenían sentido de pertenencia a las clases medias se ven hoy muy cerca de la pobreza relativa. Sin duda, por la eclosión de eso que se ha venido en denominar “trabajadores pobres”, y que afecta no sólo a los empleados de baja cualificación, sino también a ciudadanos bien formados atrapados por una frustración creciente.

Anteriormente, el sistema se basaba en que los empresarios pagaban a los trabajadores lo suficiente para que éstos pudieran comprar lo que sus empresas vendían. Ese pacto social es el que se ha quebrado, y de ahí la radicalización de las clases medias, que progresivamente se han visto amenazadas y han ido abandonando su papel de ciudadanos para convertirse en espectadores de una realidad que se cuenta en la televisión como un producto de entretenimiento.

El costo de la desigualdad y la falta de oportunidades, han acabado por demostrar a las clases medias de los países avanzados, que esa “realidad” que se cuenta por televisión es pura propaganda, y como lo resumió muy bien George Orwell: “Toda propaganda es mentira, incluso cuando dice la verdad”.

La crisis de las clases medias en los países avanzados es anterior al estallido de la burbuja del crédito. Su origen hay que encontrarlo en la insuficiencia de puestos de trabajo (los altos niveles de desempleo estructural en muchos países) y el deterioro de algunos servicios públicos esenciales (deficiencias de los sistemas educativos y sanitarios) que antes servían de pararrayos social, Como consecuencia de ello, un número cada vez más relevante de ciudadanos se siente extraño al sistema económico.

Lo que se ha roto son las certezas y el mundo previsible. El mundo de la seguridad, del que hablaba Stefan Zweig. Hasta hace bien poco, se pensaba que los avances técnicos -y su corolario en términos de productividad- serían suficientes para lograr el progreso social. Hoy ya no es así.

Mientras que en la sociedad industrial o de clases la cuestión social giraba en torno a cómo repartir la riqueza producida de forma colectiva (y la historia del siglo XX refleja hasta qué punto la lucha entre los diferentes agentes económicos fue encarnizada), en la nueva sociedad del riesgo se seguirá produciendo de una manera desigual, pero su volumen ya no estará garantizado. Y es aquí cuando surge lo que ha venido a definirse como los “nuevos pobres”. O la nueva pobreza, como se prefiera. Un fenómeno en el que se ven envueltos nuevos colectivos que antes se consideraban protegidos contra las inclemencias económicas: profesionales, empleados públicos, pensionistas, parados de larga duración o estudiantes con dificultades para su inserción laboral.

Antes el trabajador era necesario para que algunos ganaran, ahora hay gente que gana sin necesidad de que nadie trabaje para ellos. El resultado de esta situación es una profunda desigualdad. Que no solo alcanza a los parados, sino también a una gran parte de los trabajadores asalariados.

- Vamos, total, al fin “nada” es cierto (aria di bravura)

No es cierto que los pobres sean los culpables de la crisis (créditos subprime).

No es cierto que las reformas estructurales se deben limitar al sector trabajo.

No es cierto que para mejorar la competitividad los trabajadores deban aceptar contratos basura y despido libre.

No es cierto que para resolver el problema del déficit público haya que limitar el gasto en sanidad, educación, pensiones y otros gastos sociales.

No es cierto que el problema de la deuda en la eurozona sea más grave que en los Estados Unidos o en el Reino Unido.

No es cierto que no se puedan restablecer el crecimiento en el corto plazo y, al mismo tiempo, abordar los problemas de la deuda en el mediano y largo plazo, como respuesta válida a la crisis.

No es cierto que los países que manejan su política monetaria necesiten del mercado para financiar su deuda.

No es cierto que el poder lo tenga el “mercado”. En los países soberanos el poder lo tiene el Estado a través de su banco central y Ministerio de Hacienda. Nunca el “mercado”.

No es cierto que (únicamente) con “rigor fiscal” se sale de la crisis. Es mucho lo que está en juego. Sin una acción audaz, Europa (me animaría a decir que EEUU también) podría verse arrastrada a una espiral bajista de deterioro de la confianza, de estancamiento del crecimiento y de menor empleo. Y ninguna región quedaría inmune ante semejante catástrofe.

Es aritméticamente imposible que todos los países en la eurozona se escapen simultáneamente de la crisis de la deuda a base de deflación. ¿Vamos a morir juntos?

Coda: puede pasar lo peor o lo mejor (viejas y queridas causas perdidas)

Estos “relatos” (de cabotaje), intentan de una manera “sencilla” responder la pregunta sobre ¿por qué se ha perdido de confianza en la “economía de mercado”, en los países avanzados? Se trata de resaltar el poder del dinero frente a la fuerza de la verdad. Denunciar que reinan los principales por encima de los principios. Afirmar que la economía (y la justicia) queda(n) huérfana(s) de esperanza.

Las mías son “advertencias”, no “predicciones”. Puedo estar equivocado (probablemente), pero no soy “interesado” (cómplice), ni “pluma mercenaria” (lacayo), con absoluta seguridad. A partir de esta confesión, ustedes mismos.


Luego, en el Anexo III, se reproducen partes del Informe: 2015 Index of Economic Freedom - The Heritage Foundation - WSJ
Catálogo: papers
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papers -> Deslocalización inversa
papers -> Imagining Keynes (It’s time to get stimulated vs. ¡Take the money and run!)
papers -> 5th laccei international Latin American and Caribbean Conference for Engineering and Technology (laccet’2007)
papers -> Submission Format for ims2004 (Title in 18-point Times font)
papers -> ¿Qué funciones desarrollan las aplicaciones de internet en la relación escuela familias? Un análisis piloto de 10 centros educativos. Autores


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