Los Estados Unidos Desde La Guerra Civil Hasta La Primera Guerra Mundial



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Isaac Asimov

Los Estados Unidos Desde La Guerra Civil Hasta La Primera Guerra Mundial



Isaac Asimov

Los Estados Unidos Desde La Guerra Civil Hasta La Primera Guerra Mundial

Título Original: The Golden Door- The UnitedStates fron 1865 to 1918





  • Las secuelas de la guerra

  • Riqueza y corrupción

  • El triunfo republicano

  • Grover Cleveland

  • El segundo mandato de Cleveland

  • El imperialismo triunfante

  • Theodore Roosevelt

  • El progresismo

  • Roosevelt y Taft

  • Woodrow Wilson

  • La Primera Guerra Mundial

  • Cronología

1. Las secuelas de la guerra.

Lincoln contra el Congreso.

¡La Unión Federal había sobrevivido!

Durante cuatro años, una guerra enconada y costosa había hecho estragos en la región sudoriental de los Estados Unidos. Once Estados se habían alineado, en esa guerra conducida con habilidad y decisión, contra el resto de la nación, y habían perdido, pero no antes de morir 620.000 hombres de ambas partes y de ser heridos 375.000. Hubo un millón de bajas, de una población total de unos 33 millones*.

Grandes partes de la antigua Confederación quedaron duramente marcadas por la guerra, particularmente en aquellos Estados, como Virginia y Tennessee, donde se habían librado la mayor parte de las batallas, y en aquellos otros, como Georgia y Carolina del Sur, donde los ejércitos de la Unión, hacia el fin de la guerra, habían llevado a cabo una deliberada devastación.

Pero la Unión habían sobrevivido. Al terminar la guerra, el territorio de los Estados Unidos estaba intacto, cada centímetro cuadrado de él, y su economía, globalmente, se hallaba tan fuerte como siempre. Los Estados de la Unión victoriosa habían prosperado económicamente, y sus pérdidas en mano de obra habían sido compensadas por la inmigración y un elevado índice de natalidad.

También,- además, los antiguos Estados Confederados, después de luchar magníficamente en circunstancias muy adversas, demostraron ser aún más excepcionales en la derrota que en la guerra, pues, en general aceptaron la decisión. Volvieron al redil y, si bien las cicatrices de la guerra subsistieron por décadas y el recuerdo reverente de la «causa perdida» y de los hombres que lucharon por ella nunca desapareció, los Estados jamás intentaron nuevamente abandonar la Unión; ni en ninguna crisis futura dieron ningún motivo de sospecha sobre su lealtad.

Pero cuando la guerra llegaba a su fin, no había modo de prever tal aceptación por la Confederación del veredicto. Algunos miembros del gobierno de la Unión sentían odio hacia los Estados cuyos ejércitos habían humillado a la Unión en muchas batallas. Otros temían el resurgimiento de los sentimientos de rebelión y estaban seguros de que esto sólo podía ser impedido mediante un duro control. Otros estaban ansiosos de asegurar que la vergüenza de la esclavitud desapareciese de los Estados Unidos y opinaban que no se podía confiar en que los antiguos amos de esclavos lo hicieran.

Por todas estas razones, y también por consideraciones políticas, un sector del Partido Republicano adoptó una actitud particularmente vengativa hacia los anteriores Estados Confederados. Ese sector del partido fue llamado «republicano radical».

Se oponía a él el presidente republicano, Abraham Lincoln, que había gobernado a la Unión durante los peligrosos años de la guerra. Lincoln sostenía que puesto que la secesión era ilegal, los Estados de la Confederación nunca habían abandonado la Unión. Era sólo un grupo de hombres obstinados, sostenía, el que había provocado la guerra. Una vez que esos hombres eran eliminados del poder y una vez que una parte suficiente de un Estado rebelde declaraba su lealtad a la Unión, ese Estado, en su opinión, quedaba rehabilitado como miembro de la Unión, con todos los derechos y privilegios de un Estado.

Como era un hombre de gran visión y estaba ansioso de evitar un futuro en el que un grupo de Estados albergara siempre un motivo de queja, aspirara siempre a la independencia y luchara una y otra vez por alcanzarla -y quizá, con el tiempo tuviese éxito-, Lincoln se esforzó para hacer el retorno lo más fácil posible a los Estados rebeldes. Fue generoso en sus amnistías, y pidió un juramento de lealtad de sólo el 10 por 100 de los votantes de cualquier Estado ocupado por fuerzas de la Unión. También era menester dar otro paso importante: dicho Estado tenía que convenir en abolir la esclavitud.

En 1864, cuando todavía duraba la guerra, se obtuvieron suficientes juramentos de lealtad en Arkansas y Luisiana como para satisfacer las condiciones de Lincoln. Éste reconoció la reintegración en la Unión de ambos Estados, que formaron gobiernos estatales y eligieron senadores y diputados al Congreso.

Pero los republicanos radicales eran fuertes en el Congreso y no aceptaron a los representantes elegidos por Arkansas y Luisiana. Consideraban que las condiciones de Lincoln eran inadmisiblemente suaves. En verdad, no querían que el presidente estuviese en absoluto a cargo de la reconstrucción de la Unión. Durante los veinte años anteriores a la Guerra Civil, los Estados Unidos habían sido gobernados por presidentes débiles, y los poderes de tiempo de guerra de Lincoln, que lo hacían poderoso y debilitaban al Congreso, eran considerados excepcionales. Una vez restablecida la paz, los republicanos radicales esperaban que el presidente retornase a su debilidad habitual y el Congreso asumiese el poder.

Pensando en esto, los republicanos radicales elaboraron un plan de «Reconstrucción por el Congreso», en oposición a la «Reconstrucción Presidencial» de Lincoln. Los radicales juzgaban que una lealtad del 10 por 100 no era suficiente; exigían que al menos el 50 por 100 de los votantes de un Estado jurasen lealtad. Más aún, el juramento debía ser retrospectivo; los que prestasen juramento no sólo debían jurar ser leales en el futuro, sino también que nunca habían sido desleales en el pasado (algo casi imposible de esperar de la mitad de la población, a menos que hubiese un perjurio al por mayor).

A tal fin, se presentó al Congreso un proyecto de ley el 4 de julio de 1864. Lo presentó el senador Benjamin Franklin Wade, de Ohio (nacido en Feedings Hills, Massachusetts, el 27 de octubre de 1800), un ardiente reformador que no sólo se oponía vigorosamente a la esclavitud de los negros, sino que también era un defensor de los trabajadores y de los derechos de las mujeres. En la Cámara de Representantes, el defensor del proyecto fue Henry Winter Davis, de Maryland (nacido en Annapolis el 16 de agosto de 1817). Aunque oriundo de un Estado esclavista, fue firmemente leal a la Unión y desempeñó un papel decisivo en las acciones destinadas a impedir que Maryland optase por la secesión.

Lincoln sabía que con el Proyecto de Ley Wade-Davis ningún Estado de la Confederación podría cumplir con los requisitos para reincorporarse a la Unión por años; las condiciones eran exorbitantemente severas. Los republicanos radicales, desde luego, eran conscientes de esto; no se hacían ninguna ilusión al respecto. Algunos de ellos eran suficientemente vengativos como para considerar justificada su actitud; otros pensaban que era un buen modo de asegurar la dominación de Estados Unidos por el noreste industrial durante largo tiempo.

Pero Lincoln no tenía ningún ánimo vengativo ni estaba interesado en asegurar el predominio de ninguna parte de la nación sobre la totalidad. Puesto que el Congreso estaba a punto de suspender sus sesiones, sencillamente dejó de lado el proyecto de ley («se lo metió en el bolsillo», hablando en términos figurados). Al no firmarlo lo anuló hasta el próximo periodo de sesiones: un ejemplo de «veto indirecto» [poc-ket veto; literalmente, 'veto de bolsillo'].

Esto enfureció a los republicanos radicales, que intentaron deshacerse de Lincoln y nombrar un candidato propio para las elecciones presidenciales de 1864, que eran inminentes. Lincoln esperó pacientemente, y las victorias militares le dieron suficiente popularidad como para demostrar a los republicanos radicales que no conseguirían nada oponiéndose a él. Apoyaron a Lincoln a regañadientes, y éste fue reelegido.

Pero el 14 de abril de 1865, cinco días después de que el general confederado Robert E. Lee se rindiese, en Appomatox Courthouse, Virginia, poniendo fin a la Guerra Civil, Abra-ham Lincoln fue asesinado. Ocupó su puesto el vicepresidente, Andrew Johnson, quien de este modo se convirtió en el decimoséptimo presidente de Estados Unidos.

Andrew Johnson

Andrew Johnson nació en Raleigh, Carolina del Norte, el 29 de diciembre de 1808. Fue aprendiz de sastre a los doce años, conservó su habilidad en este oficio hasta el fin de su vida y se enorgullecía de ello. (¿Por qué no?) Se trasladó a Tennessee Oriental en 1826 y vivió en este Estado el resto de su vida.

Nunca estuvo ni un solo día en la escuela, pero después de casarse, en 1827, su esposa le enseñó a leer y a escribir. Tennessee Oriental era una tierra de granjeros pobres que no simpatizaban con la aristocracia propietaria de esclavos de la parte occidental del Estado y preferían las rudas y sencillas virtudes de Johnson. Su falta de educación fue para él una ventaja, y se admiraba su estilo estridente y llano de polemizar.

Ocupó cargos gubernamentales cada vez más altos, y de 1853 a 1857 fue gobernador de Tennessee. Luego entró en el Senado, donde mantuvo una inquebrantable posición a favor de la Unión. Fue el único senador de un Estado separado que permaneció en el Senado pese a las protestas y vilipendios de sus propios electores. Fue un acto de gran coraje político, pero Johnson siempre mantenía sus opiniones con la mayor obstinación.

En 1862, cuando los ejércitos de la Unión ocuparon la mayor parte de Tennessee, Lincoln recompensó a Johnson por su actitud nombrándolo gobernador militar del Estado reconquistado. Johnson ocupó eficazmente su cargo durante dos años.

Luego, en 1864, cuando Lincoln se presentó por el Partido de la Unión (formado por los republicanos y aquellos «demócratas de la guerra» que se habían comprometido a obtener la victoria), pareció importante elegir como candidato a vicepresidente a un demócrata de la guerra, y Johnson recibió la aprobación para ocupar la candidatura.

En la segunda investidura de Lincoln, el 4 de marzo de 1865, Johnson, por supuesto, asistió a ella. Sintiéndose enfermo, tomó un trago de una bebida alcohólica para reanimarse. No fue una buena idea. Johnson no toleraba bien el alcohol, y la bebida le cayó mal. En las ceremonias parecía claramente borracho, cosa que sus adversarios nunca permitieron que el público olvidase.

Después del asesinato de Lincoln, Johnson ocupó la presidencia.

Aunque enemigo de la aristocracia propietaria de esclavos, sentía simpatía por los Estados de la Confederación. Adoptó la actitud generosa de Lincoln hacia los ex rebeldes y procedió lo más rápidamente que pudo a reconstruir los gobiernos federales de anteriores Estados Confederados.

Desde luego, era necesario poner fin a la esclavitud. Muchos de los factores emocionales de la Guerra Civil giraban alrededor de la cuestión de la esclavitud, y cuando los propietarios de esclavos fueron derrotados, la esclavitud no pudo sobrevivir.

De hecho, los Estados de la Unión estaban efectuando una votación concerniente a una enmienda constitucional que hacía formalmente ilegal la esclavitud en los Estados Unidos. El 18 de diciembre de 1865 se obtuvieron los necesarios tres cuartos de votos de los Estados a favor de esa enmienda, que se convirtió en parte de la Constitución como la Decimotercera Enmienda. Así, medio año antes del nonagésimo aniversario del nacimiento de los Estados Unidos, la esclavitud llegó a su fin en la nación que siempre se había considerado como «la Tierra de los Libres».

Pero aunque la esclavitud fue abolida como sistema legal y los Estados antaño esclavistas tuvieron que aceptar este hecho, éstos consideraron natural tomar otras medidas para asegurarse que los negros seguirían siendo equivalentes a esclavos, es decir, una fuente de mano de obra barata sin derechos políticos y escasos derechos humanos.

Sin duda, los negros tenían problemas. Había cuatro millones de «libertos» en los anteriores Estados esclavistas, hombres que, a causa de la posición servil a la que habían estado encadenados, ahora carecían de educación, eran ingenuos, inexpertos ante la libertad y a menudo temerosos de ella. Si hubiera habido un mundo ideal habrían sido ayudados y recibido enseñanza, y, en particular, sus hijos habrían sido educados en la libertad y la igualdad desde el comienzo*.

* Éste no es un sueño imposible. La segunda generación de inmigrantes de toda clase ha ocupado su lugar en la vida norteamericana en un pie de igualdad. Mis padres me llevaron a los Estados Unidos de la Unión Soviética cuando yo tenía tres años. Mi padre carecía de educación y no pudo ser más que un pequeño comerciante minorista durante toda su vida. Pero el sistema educativo norteamericano estaba abierto para mí, y como resultado de ello llegué a ser escritor científico y profesor universitario. Y si esto me fue permitido ¿por qué no a otros también?

Los Estados Unidos en 1865.

Desgraciadamente, no hay un mundo ideal. La creencia en la inferioridad de los negros era demasiado fuerte en los anteriores Estados esclavistas (y en el resto de la Unión también, en verdad) y, además, existía un constante temor a revueltas de los negros. Fue un temor que los negros no merecían, pues nunca ha habido un conjunto de personas tan oprimido y pisoteado durante tanto tiempo, y que, sin embargo, mostrase tan poco deseo de venganza. Pero tal temor existía y fue un factor que contribuyó a que sucediese lo que sucedió.

Los diversos Estados ex esclavistas, tan pronto como pudieron, establecieron sistemas de leyes destinados a impedir que cambiase el estatus social de los negros solamente porque ya no eran esclavos legalmente. El primero de estos «Códigos de Negros» fue establecido en Mississippi el 24 de noviembre de 1865, antes de que la Decimotercera Enmienda aboliese la esclavitud.

Los Códigos de Negros variaban en severidad de un Estado a otro, pero en general limitaban los derechos de los negros a muy poco más de los que poseían como esclavos. Podían ahora casarse legalmente y podían poseer cantidades limitadas de tierra, pero no podían votar ni comparecer como testigos ante los tribunales. Su derecho a trabajar se limitaba a ciertas ocupaciones domésticas, y, si eran «vagabundos», se les podía obligar por la fuerza a aprender determinada tarea, en condiciones que no eran distinguibles de la esclavitud. No se perdió ninguna pasión de inculcar a los negros la idea de que su estatus era el de un ser absolutamente inferior, en todo aspecto, a cualquier blanco.

Podemos suponer que Lincoln, si hubiese vivido, se habría opuesto a los Códigos de Negros, no sólo por su profunda humanidad, sino también por la sagaz comprensión de que los Estados victoriosos los verían como una crueldad y villanía sureña, lo cual haría mucho más difícil la tarea de la verdadera reconciliación. Que Lincoln hubiese podido impedir el surgimiento de los Códigos de Negros y asegurado un compromiso razonable es incierto, pero podemos estar seguros de que lo habría intentado.

Johnson no lo intentó. No abrigaba sentimientos de simpatía hacia los negros. La esclavitud estaba abolida y esto era todo. No estaba dispuesto a dar un paso más allá, y aceptó los Códigos de Negros con ecuanimidad.

No así los republicanos radicales del Congreso, quienes, encolerizados por la predisposición que veían en Johnson a permitir a los Estados esclavistas que anulasen el veredicto de la guerra, pasaron a una firme e implacable oposición. Su líder en esta lucha era el resuelto e implacable congresista Thaddeus Stevens, de Pensilvania (nacido en Danville, Ver-mont, el 4 de abril de 1792).

Stevens había nacido con pie zopo y había tenido una infancia miserable. Ambos hechos pueden haber contribuido a su fanática simpatía por los oprimidos y, en particular, por los esclavos negros. Estaba a favor de todo género de desvalidos; se cree que tuvo una amante negra, y, cuando estaba agonizando, ordenó que se lo enterrase en un cementerio para negros, para demostrar hasta en la muerte su devoción a la igualdad.

Su gran defecto consistía en ser un hombre lleno de odio, que no podía perdonar, ni olvidar, ni aceptar compromisos. Para él, los Estados conquistados por la Confederación eran regiones ocupadas sin ningún derecho. Quería dividir las fincas de los poseedores de esclavos y entregarlas a los ex esclavos que las habían trabajado.

Para los republicanos radicales, y para Stevens en particular, los Códigos de Negros eran una prueba clara de que los antiguos Estados Confederados no se habían regenerado, que no había ocurrido nada que los hiciese abandonar sus anteriores opiniones. Los Códigos de Negros, y el apoyo de Johnson a ellos -insistían-, suprimía el nombre, pero no la vergüenza de la esclavitud en los Estados Unidos. Los antiguos líderes confederados, no escarmentados ni avergonzados, podrían, gracias a la política de Johnson, seguir administrando sus fincas y tratando a los negros como esclavos.

Stevens dominaba la «Comisión Conjunta de los Quince», un grupo de seis senadores y nueve diputados, todos republicanos radicales, que empezaron a proponer leyes que protegían los derechos de los negros. Tales leyes eran vetadas por Johnson, quien sostenía que violaban los derechos de los Estados, el mismo argumento que los anteriores Estados esclavistas habían usado para mantener la esclavitud y justificar la secesión. Esto enfureció aún más a los republicanos radicales, y algunas de las leyes fueron aprobadas, pasando sobre el veto de Johnson.

Sobre todo, Stevens abogó incesantemente por otra enmienda a la Constitución, una enmienda destinada a hacer del negro no solamente un no-esclavo, sino un ciudadano americano de pleno derecho. Esta nueva enmienda fue aprobada por el Congreso el 16 de junio de 1866 y fue presentada a los Estados, tres cuartos de los cuales debían votar su aprobación antes de que pudiese formar parte de la Constitución.

La enmienda declaraba a toda persona nacida en Estados Unidos o debidamente naturalizada, independientemente del color de su piel, ciudadano de los Estados Unidos y del Estado en que residiese. Se prohibía a los Estados aprobar leyes que redujesen los derechos de cualquiera de sus ciudadanos. Se prohibía participar en la vida política a los ex funcionarios confederados que anteriormente habían ocupado cargos nacionales y, por ende, habían traicionado la confianza de la nación, y se prohibió el pago de todas las deudas de guerra de los confederados. De este modo se introducía a los negros en la vida política, se descalificaba a los blancos más importantes y se penalizaba a los que habían invertido en la Confederación mediante la pérdida permanente de su inversión.

El Congreso, además, decretó que ningún antiguo Estado Confederado podía estar representado en el Congreso si no aceptaba la nueva enmienda. Tennessee fue el único Estado que lo hizo, el 19 de julio de 1866. Por ello, el 24 de julio fue formalmente readmitido en la Unión por el voto del Congreso. Los diez Estados Confederados restantes, con un optimismo fuera de lugar y con el apoyo de Johnson, se negaron a aceptar la enmienda y esperaron las elecciones al Congreso de.1866, con la esperanza de que surgiera un Congreso más moderado.

Johnson hizo todo lo que pudo a este respecto, atacando con vehemencia a los republicanos radicales y tratando de crear un nuevo partido de moderados. Pero lo hizo con tan poca habilidad que terminó hallando sus únicos aliados entre los demócratas que, durante la guerra, habían estado a favor de una paz que concediese la independencia a los Estados Confederados, y que eran llamados copperheads por los que deseaban la victoria.

Johnson, además, trató de apoyar la causa de la moderación recorriendo la nación en una gira de discursos, entre el 28 de agosto y el 15 de septiembre de 1866. Difícilmente podía haber hecho algo más desastroso para su causa. Llevó a las grandes ciudades de la Unión las tácticas que le habían dado buen resultado en las apartadas regiones de Tennessee Oriental, tácticas que sólo sirvieron para provocar risa y ponerlo en ridículo. Cuando lo interrumpían con preguntas molestas, perdía los estribos y soltaba indignos vituperios.

Los republicanos radicales, mientras tanto, hacían resonar los tambores del patriotismo y explotaban el odio aún fuerte contra los antiguos rebeldes. Los exaltados de los Estados que habían sufrido la derrota hacían el juego a los radicales entregándose a motines racistas en ciudades como Memphis y Nueva Orleáns. Mataron a negros de manera brutal e indiscriminada, con lo cual los sureños aparecieron como impenitentes villanos.

El resultado de todo esto fue una clara y resonante victoria de los republicanos radicales. En el Cuadragésimo Congreso, los republicanos superaban a los demócratas por 42 a 11 en el Senado y 143 a 49 en la Cámara de Representantes. Había suficientes radicales entre los republicanos como para obtener la mayoría de dos tercios necesaria para superar los vetos de Johnson.

El enjuiciamiento

El Cuadragésimo Congreso se preparó para gobernar el país desafiando a Johnson y presentó su propia versión de la Reconstrucción. Para ello sólo necesitaba aprobar los necesarios proyectos de ley, esperar él inevitable veto de Johnson y luego reunir los necesarios dos tercios de los votos en cada Cámara para superar el veto y convertir los proyectos en ley.

Procedieron a hacerlo. El 8 de enero de 1867, por ejemplo, se otorgó el voto a los negros en el Distrito de Columbia, pese al veto de Johnson. El 1 de marzo Nebraska fue admitida en la Unión como el decimoséptimo Estado, y, puesto que sus simpatías republicanas eran indudables, tuvo que ser admitida pasando por encima del veto de Johnson. (Cuando el territorio se convirtió en Estado, su capital, Lancaster fue rebautizada con el nombre de Lincoln, en homenaje al presidente muerto, y ha conservado este nombre desde entonces.)

Luego, el Congreso aprobó un proyecto de ley de Reconstrucción de línea dura, y cuando Johnson lo vetó, el 2 de marzo de 1867, fue aprobado, pese a su veto, ese mismo día. Según este Decreto de Reconstrucción, los diez antiguos Estados Confederados que aún no habían sido readmitidos en la Unión (todos menos Tennessee) serían tratados como provincias conquistadas.

Fueron repartidos en cinco distritos militares: 1) Virginia; 2) Carolina del Norte y Carolina del Sur; 3) Georgia, Alabama y Florida; 4) Mississippi y Arkansas, y 5) Luisiana y Texas. Cada uno de ellos quedó en manos de un gobernador militar.

Para escapar de esta situación, cada uno de los Estados tenía que convocar una nueva convención constitucional, elegida por todos los hombres en edad de votar, incluidos los negros. Las nuevas constituciones tenían que aceptar la nueva enmienda que concedía la ciudadanía a los negros. Los dirigentes confederados destacados quedaban excluidos del gobierno, y el Congreso se reservaba el derecho de examinar todos los decretos de los Estados y decidir cuándo podían volver a entrar en la Unión. Posteriores Decretos de Reconstrucción endurecieron todavía más los requisitos.

Johnson reconoció los nuevos decretos como leyes y los aplicó concienzudamente. Nombró gobernadores militares e hizo todo lo necesario; pero interpretó cada acción lo más estrechamente que pudo y retrasó la aplicación de cada medida todo lo posible. Cada retraso del presidente aumentó la cólera de los republicanos radicales y fortaleció su intención de lograr todos sus objetivos.

Los blancos de los Estados ocupados empeoraron las cosas al negarse a tomar parte en las actividades políticas. Al parecer, esperaban que, al negarse a participar, impedirían gobernar a los militares y harían que la frustración obligase a abandonar los intentos de liberalizar las instituciones de los Estados.

Fue un mal cálculo. Puesto que los blancos locales se mantuvieron apartados, la dirección política en los distritos militares cayó en las manos de personas de otras partes de la nación. Algunos de esos recién llegados eran idealistas que deseaban ayudar a los negros y encauzar a los antiguos Estados Confederados por canales más democráticos. Otros acudieron por lo que pudiesen obtener, pensando que en medio del caos el botín sería rico. Y así fue. Muchos de los recién llegados, al actuar bajo el gobierno de militares que carecían en gran medida de experiencia política, pudieron manipular las cosas para enriquecerse a expensas del Estado. Por supuesto, fueron estos forasteros corruptos los que hicieron caer sobre el conjunto la mala reputación que nunca los ha abandonado.

La gente de los antiguos Estados Confederados consideraba a esos hombres de otros Estados como intrusos que llegaban para saquear; eran hombres tan pobres e insignificantes que llegaban con todo su miserable conjunto de pertenencias en una sola bolsa. En aquellos días, las bolsas de viaje baratas se hacían de tejido de alfombra [carpet en inglés], por lo cual los intrusos eran llamados carpetbaggers* ['los que llevan bolsas de tejido de alfombra'].

Los gobernadores militares, acuciados a lograr resultados, no tenían más opción que tratar con estos carpetbaggers y con los blancos locales dispuestos a cooperar. (Estos últimos eran llamados scalawags por los resistentes pasivos, y el término tenía el mismo significado que hoy asignamos a quisling.)

Los carpetbaggers se adueñaron de los gobiernos estatales, incluyendo el cargo de gobernador de varios de los Estados. Impusieron nuevas constituciones estatales, mucho más democráticas que las viejas. Las nuevas constituciones revocaban los Códigos de Negros, permitían votar a los negros, establecían la educación universal gratuita, abolían la prisión por deudas y hasta contenían intentos de defender los derechos de la mujer.

Todo esto era admirable en abstracto, pero, desgraciadamente, el interés por los votos de los negros a menudo no era un verdadero interés por el bienestar de los negros, sino una manera de reunir votos que podían ser manipulados en el interés de los carpetbaggers.

Fueron elegidos negros para la legislatura estatal, y se desempeñaron con notable mérito. Nunca propusieron ninguna acción punitiva contra los blancos ni trataron de aumentar su estatus social más allá de lo que era concebible en aquellos días, por ejemplo, permitiendo los matrimonios mixtos. Sin embargo, la hoja de servicios de los negros quedó empañada por el hecho de que sus votos podían ser manipulados, aprovechando su inexperiencia, por los carpetbaggers.

El uso .del voto de los negros y de los gobernadores militares permitió a los carpetbaggers aumentar mucho las deudas de los Estados. No todo fue resultado del cohecho personal. Hubo algunos gastos legítimos, necesarios para la reparación de daños de guerra, la construcción de nuevos caminos y edificios, etcétera.

Pero también hubo cohecho. Un carpetbagger particularmente notorio era H. C. Warmouth. Había sido un oficial de la Unión de dudoso valor durante la Guerra Civil y fue gobernador de Luisiana por cuatro años, período durante el cual logró acumular una fortuna personal de medio millón de dólares (de mucho más valor en aquellos días que ahora) a expensas del Estado.

No todos los blancos de la antigua Confederación estaban totalmente pasivos. El 24 de diciembre de 1865 un grupo de antiguos oficiales del ejército confederado formaron un grupo social que llamaron Kyklos -palabra griega que significa 'círculo'-, y puesto que muchos de ellos eran de ascendencia escocesa o irlandesa, se consideraron como un clan, que escribían erróneamente «klan» por aliteración. El nombre pronto se convirtió en «Ku Klux Klan», y el antiguo jefe de caballería confederado Nathan Bedford Forrest, que nunca había sido derrotado en batalla, se convirtió en su primer Gran Maestre.




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