Lo ъnico que nos proponemos con esta anйcdota es instruir



Descargar 1.09 Mb.
Página8/8
Fecha de conversión16.12.2018
Tamaño1.09 Mb.
Vistas121
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8

—No conocí al Viejo Epaminondas —dijo Trespalacios—. ¿No se comía a una vieja como cuarentona ella, muy buena? Parece que ahora se la está comiendo el viejo Upegui. Mi amigo Fabián Acosta tuvo tratos con Epaminondas. Una noche, de pasadita, conocí a la hija de la vieja. ¡Una culicagada requetebuena! Pagaría millones por comerme una chimbita de esas, fresquita y muy de la jai.

Omitió decir que "esa vieja como cuarentona" era ahora su socia en el negocio del gimnasio.

—Le entrego el muñeco y la grabación —dijo Ríoseco al despedirse de Trespalacios.

Guardó en un bolsillo de su larga chaqueta de cuero con remaches metálicos el sobre de papel de manila. No contó el dinero. Confiaba en la palabra de Trespalacios.


No se requiere inteligencia criminal para tener una inteligencia superior a la de los criminales. Pero la inteligencia sólo sirve si se usa oportunamente. No valen de nada los presentimientos. Y Upegui había tenido el presentimiento la noche anterior.

Una llamada de Trespalacios lo acorraló con una nueva exigencia: le reducía el plazo, le quedaban tres días para devolver el dinero. Solo en la inmensidad de su casa de Teusaquillo, no podía conciliar el sueño. No le dio importancia al presentimiento porque no pudo ordenar el flujo difuso de impresiones. Salió a cumplir una cita con Amparo Consuegra. Le tenía un negocio. Como siempre, su mediación costaba el diez por ciento del contrato. Amueblar y decorar un hotel y un conjunto residencial en tierra caliente, valía la pena. Había mucha plata detrás.

Mientras circulaba por la Avenida Circunvalar —se había citado con Amparo en su casa— y hacía el alto en el semáforo de El Castillo, sintió repetidas ráfagas en puertas y vidrios de su carro. ¿De dónde estaban disparando? Comprendió en cosa de segundos la jugada de Ríoseco, el recomendado de Yances. Confirmó demasiado tarde la razón de sus presentimientos. Alcanzó a ver la moto estacionada en la parte superior de la calle que se empina hacia el barrio exclusivo de este costado de los cerros. Dos hombres disparaban al mismo tiempo. ¿Disparar en pleno día, en medio del espantoso tráfico de las cinco y treinta de la tarde?

Su cabeza cayó sobre el volante. Con sangre fría, como si acabaran de encender fuegos pirotécnicos celebrados por una multitud deslumbrada, los tipos caminaron hacia el vehículo y siguieron disparando. Le cosieron el pecho y el rostro a balazos. Regresaron a la moto y emprendieron la fuga hacía el norte, adelantando a los vehículos que, al escuchar el tiroteo, aceleraron o se detuvieron al borde de la cuneta. La moto zigzagueó y se perdió entre vehículos que en aquel tramo circulaban al ritmo del embotellamiento.

Virginia conoció la noticia en la noche, mientras inscribía a nuevas alumnas y esperaba que Upegui la llamara. Había dado una entrevista a un programa de televisión. ¿Cómo se le había ocurrido abrir este gimnasio? Respondió que la ciudad necesitaba un spa como el suyo. ¿Le temía a la competencia? No, la competencia debe temerme a mí. ¿A personas de qué edad estaba destinado? No había edad para mantenerse en forma, los jóvenes para seguir siendo más jóvenes y bellos, los viejos para lucir menos viejos, respondió. Las cámaras se pasearon por el salón de aeróbicos.

La noticia había llegado minutos antes a oídos de Verónica, a quien Leo Pradilla llamó diciéndole que pusiera el noticiero de las siete. Nada más, que prendiera el televisor y viera las noticias. La llamaría más tarde.

Una Toyota de puertas y ventanillas cosidas a balazos. Nada diferente a tantas y tan cotidianas escenas de coches perforados a balazos. Un hombre con el cuerpo inclinado sobre el volante. Nada diferente a tantos otros hombres, conocidos o anónimos, con el cuerpo abatido por ráfagas de revólver o subametralladoras. Restos de cristales sobre la silla delantera. Verónica no alcanzó a identificar el rostro de Javier Upegui, pero era Javier Upegui, acribillado por sicarios en la intersección de la Avenida Circunvalar con el sector de El Castillo. Los delincuentes se habían dado a la fuga —decía la presentadora de noticias—, ante la mirada impávida de los testigos. ¿Por qué sonríe la presentadora si está leyendo una noticia trágica?, se preguntó. Los hechos habían ocurrido hacía las cinco y media de la tarde. Upegui, conocido constructor, natural de Pacho, Cundinamarca, era ampliamente conocido en círculos sociales de la ciudad. La presentadora debe tener veintidós o veintitrés años, calculó Verónica. Se desconocían los móviles del crimen, añadía la presentadora. Todo indicaba, por el modus operando de los sicarios, que podía tratarse de otra acción criminal perpetrada por el narcotráfico. ¿Quién era Javier Upegui? Su última aparición en público, ampliamente registrada por los medios de comunicación, lo vinculaba como accionista de un spa, uno de los más lujosos y exclusivos gimnasios del norte de la capital, inaugurado recientemente. Van a pronunciar su nombre, temió Leo, listo para salir. Omitieron el nombre de Virginia, pensó satisfecho. Las primeras informaciones de las autoridades aseguraban que Upegui no tenía antecedentes penales. ¡Quién va a saber!, se dijo Verónica. Había figurado tres años atrás en el tercer renglón de la lista de candidatos a la Cámara encabezada por el ganadero Ambrosio Yances. No había salido elegido. Un profesional de vida correcta.

Verónica cerró los ojos. Al abrirlos, sintió la vista nublada por la telaraña de la perplejidad. Llamó a Virginia pero las dos líneas del gimnasio estaban ocupadas. Leo volvió a llamar. ¿Se había comunicado con su madre? Si hablaba con ella, que le aconsejara no dar declaraciones, más aún, debía negarse si preguntaban por ella. En pocos minutos, la jauría de los periodistas estaría ladrando en la puerta del gimnasio. Dile que se haga negar, repitió Leo.

—Espérame en tu casa.

Verónica reaccionó con lucidez y sin lágrimas, sin poder responder a Teresa, ¿qué sucede niña?, ¿qué pasa?, sin responder a sus propias, vagas preguntas ni a la mirada de pánico de la empleada. Algo muy horrible, Teresa, alcanzó a decir a la empleada. Mataron a Javier. ¿Don Javier? ¿A ese señor tan bueno?

—No te quedes en el gimnasio —dijo Verónica al comunicarse con Virginia—. Ven de inmediato a casa. No le des declaraciones a nadie —dijo obedeciendo la sugerencia de Leo—. Acaban de pasar por otro noticiero de televisión una foto de Javier a tu lado, tomada el día de la inauguración del spa. ¿Me oyes? Ven a casa.

Verónica reconoció el ruido del motor del Porsche. Se asomó a la ventana y corrió a abrir la puerta. ¿Qué estaba empezando? ¿Qué sórdido episodio estaba cerrándose o anunciaba la sucesión de nuevos, sórdidos episodios?

—Espantoso —dijo Leo al abrazarla—, John Peralta insiste en hacer entrevistar a Virginia para el noticiero de las nueve. Le dije claramente: si la entrevistas, no acepto tu oferta. Si insistes en entrevistarla, te mando a la mierda. Llamé al director del otro noticiero pero ya era tarde. Usaron las tomas de la inauguración del gimnasio. ¿Lo viste? —Verónica asintió—. Castro, el director, me prometió que evitaría mencionar a Virginia. Mi agencia les consigue la pauta publicitaria, así que no va a romper su palabra.

—¿Quién era en realidad Upegui?

—Un constructor —dijo Leo, caminando hacia la sala de la casa—. Eso es lo que se sabe. Desconozco lo que no se sabe.

Si Verónica conseguía dar salida a las lágrimas, no sería a causa de la muerte de Upegui sino por la estrecha relación que lo unía a su madre.

—Mi madre debe saber quién era realmente Javier.

Se conoce tarde y mal a la gente, pensó la muchacha. Todo, la vida social y pública, sus personajes y héroes, componía una comparsa de seres enmascarados. Un día se quitarían o les quitarían la máscara y se conocerían sus identidades verdaderas, pensaba Leo al ver el rostro de preocupación de Verónica.

Ríoseco llegó al apartamento de Raúl Trespalacios antes del mediodía siguiente, seguido por dos de sus hombres. Traía la grabación con la voz de Upegui. Trespalacios en persona le abrío la puerta y lo invitó a pasar.

—Vi las noticias de anoche —dijo con acento desganado—. Nunca pensé que fuera esa rata hijueputa.

Ríoseco había visto a la entrada del edificio a dos de los hombres de Trespalacios. Seguían el partido de fútbol que América jugaba en Buenos Aires. Desde la sala podía verse uno de los dormitorios. Vislumbró a manera de aparición el paso fugaz de una jovencita desnuda, posiblemente camino del baño. En la mesa de centro de la sala había botellas vacías, una hielera y un montón de cocaína regada sobre la superficie de un pequeño espejo y periódicos del día abiertos en la página donde se registraba la muerte de Upegui.

Trespalacios le pidió que esperara, se dirigió a otra habitación y al rato regresó con un fajo de billetes. Ríoseco tomó la iniciativa de poner en la grabadora la cinta y a Trespalacios le molestó hasta la cólera escuchar la voz de Upegui, le molestó tanto o más que ver el cuerpo acribillado en el noticiero de televisión.

—Guárdela de recuerdo —le dijo Ríoseco. Y contó los billetes hasta que se cansó de hacerlo y dio por correcta la cantidad. Embolsilló el fajo en su chaqueta. La muchacha pasó de nuevo del baño hacia el cuarto. La perdió del ángulo de visión reducido por la puerta entreabierta. Trespalacios, que observó el interés del asmático por el espectáculo de su cuarto, dio unas zancadas y cerró la puerta con disgusto.

—No salga, mamita, tengo visitas —gritó—. Tiene dieciséis —dijo con jactancia—. Una chimbita, hermano. Me costó una moto nueva. Si vos estás en condiciones de regalar una moto, te comés las hembritas que querás. Les compras ropita bien bacana, las invitás a rumbear, les regalás algo y, zas, abren las páticas y el chocho. Esos chochitos andan locos, hermano. Si preferís una de catorce, la conseguís en la calle. ¿Se toman un trago?

Ríoseco buscó el consentimiento de sus hombres. Arqueó una ceja y los tipos dispararon sobre el cuerpo de Trespalacios. Si la muchacha del cuarto hubiera estornudado, se habría escuchado el ruido en la sala. Ella, en cambio, no habría podido escuchar los disparos hechos con silenciadores. El cuerpo de Trespalacios se derrumbó sobre la alfombra morada. A Ríoseco le llamó la atención la exhibición de sombreros mejicanos que decoraban las paredes del bar. Tomó uno, se lo encasquetó e hizo un cómico ademán. ¡Ay Jalisco, no te rajes!, cantó. Se dirigió a pasos tranquilos hacia la otra habitación. La caja fuerte estaba abierta. ¿Qué disparate era éste? Un maniquí vestido de mariachi con un guitarrón en sus manos de plástico. Fotos de Trespalacios al lado de músicos y cantantes, ataviado con un sombrero que le tapaba a medias el rostro. Un cactus gigantesco. Lo tocó. Un cactus gigantesco de plástico. Sin prisas, metió la mano en la caja fuerte y sacó lo que encontró. No era mucho. Si comparaba el volumen de los billetes con que Trespalacios acababa de pagarle, podría tratarse de una cantidad más o menos mayor. Hojeó los tres pasaportes y se asombró al ver que la misma foto correspondía a identidades distintas. En los tres estaba estampada la visa múltiple de entrada a Estados Unidos.

—¿Qué hacemos con los de abajo?

—Denle del mismo remedio —ordenó Ríoseco guardando como pudo los billetes en un bolsillo de su chaqueta. Volvió a poner el sombrero en su sitio. Sacó la cinta del equipo de sonido y se la pasó a uno de sus muchachos. Hizo una llamada.

—¿El doctor Yances? —esperó unos segundos—. Duerma tranquilo. Trespalacios es cadáver —y colgó. Uno de sus muchachos se dedicó a pasar un pañuelo por cada uno de los objetos tocados por el asmático. Por si acaso, patrón —dijo, envanecido por la precaución. ¿Por si acaso qué, güevón?, —le preguntó Ríoseco. Por si acaso, patrón —repitió el tipo. ¿Puedo? —pidió permiso para llevarse un sombrero, el más pequeño y vistoso de la colección. Vea qué bacanería, patrón —dijo— tiene la firma de Rocío Durcal.

¿Por qué estaba interesado Yances en eliminar a Trespalacios? El único que lo sabía era Ríoseco. Si se conjetura y se acierta, se puede decir que Yances quería borrar de la lista a un mafiosito de poca monta. Esas ruedas sueltas estorban. Pero ¿qué relación podía existir entre un ex parlamentario, propietario ganadero, diligente organizador de grupos armados de autodefensa, y un mafioso que llevaba años trabajando por la libre? A Ríoseco se le iluminó la mirada: Trespalacios se estaba haciendo el vivo con el pago de la finca que Yances le había vendido, dilataba los plazos, se envalentonaba en cada excusa, espere que corone en un negocito. Si se dejaba ganar ventaja, respondería con plomo a los requerimientos.

—Salgan como si nada —les dijo a sus muchachos—. Y usted, quítese ese sombrero, ¿no ve que parece un payaso?

Decidieron bajar por las escaleras. Los escoltas de Ríoseco veían el partido de fútbol en un televisor en blanco y negro.

—¿Quién va ganando? —pregunto Ríoseco.

—América —dijo uno de los escoltas sin voltear a mirar—. Va la madre si no nos traemos la Copa. ¿Vos sos del América o del Cali?

—Del Nacional —llevó la contraria Ríoseco.

Los hombres de Ríoseco hicieron que miraban el partido. Uno de ellos dijo que era de Millonarios. Y yo del Santa Fe, dijo el otro. Mi Santafecito del alma, se sobajeó las manos. Cada uno de espaldas a los escoltas, casi rozándolos. Dispararon a quemarropa y en la cabeza. Ni siquiera el portero del edificio vio el rápido descenso de los cuerpos hacia el piso.

—¡Ah, hijuepuchas! —gritó el portero en una frustrada jugada de gol—. No seamos pendejos, el tullido ése botó el gol. Se lo sirvieron en bandeja.

Cuando alzó la vista, no encontró a los hombres que lo habían acompañado en sus emociones. Alcanzó a ver la silueta de tres hombres que salían apresuradamente del edificio. Desde el mostrador de la recepción, el portero creyó que sus acompañantes habían partido con los visitantes.

—¡Gol, gol, gol! —gritó. Y se tapó el rostro con la ruana—. ¡Nos empataron, carajo!

Ni Leo ni Verónica encontraban una explicación a la muerte de Upegui. ¿Por qué Virginia se negaba a ofrecerla? Las noticias del mediodía le permitieron respirar un poco de aire puro en medio del aire envenenado que empezó a soplar con las noticias de las siete de anoche. Un sujeto llamado Raúl Trespalacios había sido asesinado en su domicilio. Al parecer, dos de sus escoltas también habían sido asesinados en la recepción del edificio mientras veían un partido de fútbol de la Copa Libertadores. Las tres muertes se relacionaban. Trespalacios, balbuceó Virginia. Verónica creía reconocer aquel rostro. ¿No era el acompañante de Acosta la noche en que se citó con Beatriz en la discoteca de La Calera, el mismo patán que quiso retenerla a la fuerza?

—¿Lo conocías? —preguntó Verónica a Virginia.

—Nunca lo había visto.

A la distancia, evitando inmiscuirse en un asunto de familia, Leo seguía las reacciones de Virginia: el ceño fruncido al seguir el informe sobre el asesinato de Trespalacios, la actitud nerviosa con que apagó el televisor al final del informe.

—Era amigo de Fabián Acosta —dijo Verónica.

La llamada de una periodista no se hizo esperar. ¿De dónde? Dile que no estoy, le dijo a Verónica. Del noticiero, dijo ésta al colgar. Me está jugando sucio, se dijo Leo. Y recordó la advertencia que le hizo a Peralta: no acoses a Virginia, si tus periodistas insisten en entrevistarla, ten por seguro que rechazo tu oferta y hago que te corten la pauta. Protegía a Virginia pero, en el fondo, estaba protegiendo a Verónica.

—¿Upegui le debía plata a alguien? —se atrevió a preguntar.

—Le debíamos trescientos mil dólares a Fabián Acosta —le respondió Virginia—. Era el capital de su participación en nuestra sociedad.

—Y la plata de Acosta era plata de Trespalacios, ¿me equivoco? —se atrevió de nuevo Leo.

—Puede ser —fingió Virginia—. Javier era muy misterioso con la plata.

—Tarde o temprano, todo misterio se resuelve —dijo Leo—. Upegui mandó matar a Trespalacios y éste se le adelantó. ¿Quién mató entonces a Trespalacios?

¿Qué diablos estaba sospechando? Virginia frunció aún más el ceño. Miró fijamente a Leo.

—Explícate.

—Hago lo que en este momento deben de estar haciendo policías y jueces. Relacionar los crímenes, barajar y descartar hipótesis. Acosta y Trespalacios eran amigos y las muertes de hoy se relacionan. Upegui no tenía relaciones con Trespalacios, ni siquiera lo conocía, pero Acosta y Upegui eran socios. La plata de Acosta, que era posiblemente la plata de Trespalacios, no se ve por ninguna parte ni hay documentos firmados que lo prueben. ¿Cuál es entonces tu preocupación? —encaró a Virginia.

—Nadie sabía que Acosta era socio del gimnasio. Ni que trabajaba con la plata de Trespalacios. Ni siquiera Upegui figura en la sociedad Nuevo Horizonte.

—Pero van a investigar el origen de la plata de Upegui, tu socio secreto.

—La sociedad registra un capital de apenas doscientos mil dólares, al cambio de hace tres meses. Vendí mi BMW, vendí mis joyas, invertí mis ahorros, hipotequé... —se detuvo.

—¿Qué hipotecaste? —saltó de inmediato Verónica.

—Necesitaba capital para garantizar mi participación mayoritaria en la sociedad.

—¿Fuiste capaz? ¿Hipotecaste sin mi consentimiento nuestro patrimonio?

—No podía hacer otra cosa.

Verónica les dio la espalda y subió las escaleras hacia la segunda planta. Furiosa e indignada, motivos no le faltaban para estarlo. Virginia y Leo se miraron. Espera que se calme, le quiso decir Leo con un movimiento de las palmas hacia el suelo.

—Tarde o temprano se daría cuenta —dijo Virginia.

—No quiero, por ningún motivo, ver a Verónica metida en este asunto —dijo Leo—. Le van a caer encima, como le cayeron a Beatriz. Siempre caen sobre el blanco más vulnerable.

—¿Quién le va a caer encima?

—Los periodistas o los que se hacen pasar por periodistas. Si acepto dirigir el programa que me propuso Peralta, necesito que Verónica se prepare, que haga un curso intensivo y sea una de las presentadoras, si da la talla. No me ensucies el proyecto. Sácala por un tiempo de tu vida.

—¿Qué intenciones tienes con mi hija? —a ella misma le sonó ridícula la pregunta.

Leo sacó espontáneamente la sonrisa que muchos atribuían a la desdeñosa distancia que mantenía con todo aquello que le desagradaba. Los lugares comunes, por ejemplo, el melodrama de ciertos lugares comunes.

—Pretendo que se salve de toda esta mierda —subió la voz—. Por ahora, la voy a llevar a vivir a mi casa. Si ella está de acuerdo, por supuesto.

—¿Son amantes?

—¿Tú qué crees? —allí estaba de nuevo su desdeñosa respuesta—. Somos amigos.

—Tú sabes lo que quiero decir.

—¿Si nos acostamos? ¿Es eso lo que quieres saber? Lo sabes desde el principio. Pero ése no es el motivo que me lleva a protegerla.

—Así que mi hija encontró al padre que no buscaba.

—No soy capaz de ser padre de nadie y menos de una muchacha joven y muy bella. Soy el amigo que nunca ha tenido.

—Y de paso te la tiras —torció la boca con amargura—. Un cuarentón comiéndose a una niña de diecinueve. Juegas con ventajas, Leo.

—Es mucho más sano que una mujer de cuarenta dejándose tirar por viejos sesentones —pasó a la ofensiva, molesto por las recriminaciones de Virginia—. Si eres capaz de concebir que hay una generación de muchachas que no se dejan tirar sino que se tiran al hombre que les gusta, cambiarías de idea.

Leo sabía de qué hablaba. La generación de muchachas de la que hablaba frecuentaba sus oficinas, buscaba dinero y gloria inmediatas. Pagaban el precio que les exigieran. No pensaba en las razones morales que empujaban a esas muchachas a un camino a veces ilusorio, recordaba la decisión irrevocable que las llevaba a elegir, conscientes de su belleza, el camino más corto hacia el éxito.

—¿Como la pobre de Beatriz?

—La pobre Beatriz y tú se parecen. Creo que Verónica no busca parecerse a su mejor amiga ni mucho menos a su madre. Ésa es la diferencia.

Virginia trató de darle una bofetada. Leo apartó la cara.

—No te estoy culpando de nada —le dijo, tomándola de una mano—. En muchos sentidos, tú y yo nos parecemos. Ambos hemos vendido lo mejor que tenemos y ambos lo hemos hecho para evitarnos la humillación de seguir siendo pobres.

Verónica descendió las escaleras. Se había calmado. En silencio, se acercó a Virginia y la abrazó con timidez. Leo les dio la espalda. Era demasiado sensible al melodrama. Prefería evitarlo.

—Saldremos de ésta —le dijo Verónica a la madre.

—Lo mejor sería que pasaras unos días en el apartamento de Leo —aceptó.

—¿En el apartamento de Leo?

—Se lo acabo de decir a Virginia —dijo él—. Mientras escampa este aguacero. No vas a vivir conmigo, vas a vivir en mi casa.

—¿Por qué haces todo esto? —Virginia lo preguntaba porque todavía no descifraba los motivos de su generosidad.

—Cuando una fruta empieza a pudrirse, no se bota a la basura. Se corta con cuidado el pedazo podrido y se aprovecha lo que queda en buen estado. Te espero mañana por la mañana en mi casa —dijo dirigiéndose a Verónica—, Te advierto una cosa; no soporto el desorden. Otra cosa: tengo televisor pero también tengo biblioteca. Y una buena colección de videos.

Llamó a John Peralta y lo citó para el día siguiente. Madre e hija escucharon la advertencia de despedida:

—No le mandes periodistas a Virginia. Dile a tus periodistas que investiguen por el lado de Acosta y Trespalacios. Un caso típico de ajuste de cuentas —¿Y Upegui?, parecía estar preguntando Peralta—. Virginia nunca supo de dónde sacó la plata que lo convirtió en socio del gimnasio. Además. Upegui no figura directamente en la sociedad. Tengo que hablar con el Gran Jefe —le dijo antes de colgar. Se refería a Isaías Bueno. Era un golpe duro para su empresa. Perdía a su mejor creativo, pero Leo lo consolaría diciéndole que la agencia tenía muchachos más ingeniosos y agresivos que él. Si le servía estaba dispuesto a seguir como asesor externo. No se retiraba de la publicidad. Hacía la travesía por el túnel subterráneo que comunicaba publicidad con televisión.

Leo extendió el dorso de su mano derecha y le dio a Virginia una sincera caricia en los pómulos.

Virginia durmió hasta tarde. Sólo había conciliado el sueño en la madrugada. Por momentos, a medida que reconstruía inconexos episodios de su vida, se sentía espectadora/protagonista de una película incomprensible, ella era la protagonista pero, como si en el hecho de evocarlos involuntariamente se le impusiera la necesidad de justificarlos, se perdía en ellos como si fuera una extraña, eran tantos y tan confusos que acabó renunciando a la posibilidad de ordenarlos y comprenderlos. No podía detenerse en ninguno ni ofrecerse justificaciones morales.

Asistiría al sepelio de Upegui. Una hermana menor del difunto se había encargado de los trámites. Una ceremonia discreta, le dijo a Virginia. Aunque Upegui nunca hablaba de la existencia de esta hermana, madre separada de tres hijos, sabía vagamente de su existencia.

Le pidió a Verónica pasar por el banco y cobrar un cheque de cinco millones. Correría con los gastos de la funeraria. Además, necesitaba efectivo para pagar a proveedores menores. Llamaría al gerente del banco.

—¡No es posible! —se alarmó—. Aquí dice que tengo un saldo de veintiocho millones quinientos mil pesos.

Descubrió que Upegui había girado y cobrado personalmente un cheque por veinticinco millones. ¿Estaba seguro? Sí, el cheque había sido cobrado antes de ayer a las dos y media de la tarde. ¡Miserable! —dijo para sí en voz alta. ¿Sabía la hermana de Upegui que el difunto tenía participación en la sociedad propietaria del gimnasio? Quizá no lo supiera. Heredaría un cadáver y una hermosa casa que los bancos reclamarían como pago de las deudas contraídas por el difunto. Empezaba a preguntarse si, en realidad, había conocido a Upegui, si había hecho algún esfuerzo para penetrar en el alma de aquel hombre en ocasiones patético. No lo había hecho. Se había quedado en la superficie de las apariencias. Ahora le resultaba más repugnante que el Viejo Epa, mucho más, porque Romero no simulaba ser lo que no era, se mostró siempre grosero, se exhibió como era, como si pidiera ser aceptado o rechazado sin condiciones.

Cuando Verónica salió de casa con una maleta, Virginia, vestida de negro, se dirigió a la funeraria donde velaban a Upegui. Diría después que nunca se había imaginado funeral más patético para un hombre que conocía a casi todo el mundo. Ni siquiera Amparo Consuegra se dejó ver entre las diez personas que acompañaron el féretro. Una mujer de aspecto humilde, con rigidez de palo, recibía las condolencias de los escasos asistentes. A Virginia le llamó la atención la silenciosa presencia de un hombre bajo y gordo que cada cierto tiempo sacaba un inhalador y se lo aplicaba en la boca.

Virginia llegó al gimnasio y se encerró en su oficina. No me pase llamadas, ordenó a la secretaria. Había estado antes en el baño y se había mirado en el espejo. El maquillaje no podía disimular las ojeras intensas, la base que se aplicaba en el cuello no escondía la línea de arrugas que descendía hacia las clavículas. Se aterró al comprobar que ésa no era la mirada brillante de siempre, que algo parecía estarse marchitando ese día. Se hizo una patética reflexión: dos cadáveres en su memoria, ninguna vergüenza en su conciencia, dos amantes en apariencia distintos y sin embargo amarrados con la misma cuerda.

Examinó documentos, cotejó cifras, leyó una y otra vez el papel de la hipoteca, extendió sobre el escritorio el acta donde constaba la constitución de la sociedad, pero sintió que se perdía en un laberinto de números.

A las siete de la noche entendía menos de aquello que había querido comprender. Ordenó los cheques con los que sus alumnos habían pagado matrícula y mensualidad y llenó el volante de consignación. Lo hacía de manera automática. Pensó en Verónica. Reconstruyó confusamente su conversación con Leo Pradilla. Viéndolo bien, se sentía ridícula al recordarla. ¿No era ridículo haberle preguntado por las intenciones que tenía hacia su hija? Abrió la billetera y contempló dos fotografías: en una, Verónica a los doce años; en otra, el día de sus quince. No guardaba fotos recientes.

Se quedaría hasta el cierre del gimnasio. Los últimos clientes terminarían a las diez de la noche. Recibió una llamada de Verónica: cenarían, ella y Leo, con John Peralta. Estaba ordenando sus cosas en el closet. Leo le había hecho arreglar el cuarto de huéspedes, ¿te imaginas?, me cedió el cuarto de huéspedes. Mañana por la mañana empezaría clases de expresión oral, Leo dirigiría las pruebas de cámara, no sería fácil, tendría que hacer ejercicios de lectura, improvisar parlamentos, ensayar entrevistas, someterse a pruebas de maquillaje, le decía a Virginia, muerta del susto sí estaba. ¿Le parecía bien si almorzaban mañana? Pensaba visitar a Beatriz un día de estos. El único que la visitaba era Frank Rueda, a diario y siempre pendiente de todo. ¡Quién iba a pensar que reaccionara de esa manera!

En todo momento, Verónica estuvo tentada de preguntarle por el sepelio de Upegui. No lo hizo. Quedaron de verse al día siguiente.

Un poco antes de las diez, Virginia salió de su oficina hacia el salón. En un extremo las máquinas de ejercicios, en el otro la pista de aeróbicos. Observó todo como si nada fuera el resultado de su obstinación. La emoción de los días anteriores, el orgullo de saber que las cosas marchaban como lo había imaginado, pasaba ahora por el tupido y exigente cedazo de la indiferencia. Le entregó a la secretaria de la noche el sobre con la consignación de la mañana siguiente. Se quedaría hasta que terminara la última sesión de aeróbicos. ¡Qué jóvenes eran! ¡Qué cuerpos! Los cultivaban con devoción religiosa. Se miraban de frente o de reojo y la imagen que les devolvía el espejo correspondía a sus expectativas. Las mujeres mayores lidiaban con entereza contra el efecto desalentador de los años, se oponían a la naturaleza con terquedad envidiable. Tonificar los muslos, endurecer el vientre y las nalgas, levantar esos senos con ejercicios de pesas. Virginia miraba con desazón su propio espectáculo. En las pausas, jóvenes y adultos secaban sus sudores y bebían litros de agua mineral y bebidas hidratantes. Caminó hacia las duchas y admiró la belleza desnuda y sin pudor de las muchachas. ¿Qué había de sospechosa ambigüedad en los dos jóvenes que se tocaban bíceps y tórax?

Le llegó el vaho de los baños turcos. Una sonámbula, se imaginó como una sonámbula recorriendo un territorio desconocido y sin embargo propio, enteramente suyo, ahora sin la sombra compartida de Upegui. Propio y al mismo tiempo extraño. Como si acabara de pisarlo y el deslumbramiento de la belleza se hubiera extinguido y cedido a la penumbra de sus pensamientos. ¿Había empezado a perder a Verónica? Verla salir con una maleta en la mano, notar su tristeza, sentir que se le partía el alma, alguna vez había pensado que esa escena ocurriría en alguna fecha del futuro, pero vivirla fue tan descorazonador que estuvo a punto de rogarle que se quedara. ¿Qué significaba todo esto, la prosperidad o el éxito, si los alcanzaba, si su hija empezaba a alejarse? No hay peor temor que el que nace y crece dentro de nosotros, sin causa exterior aparente, desconociendo el lugar de donde nacen temores y aprensiones.

Los últimos instructores se despidieron de Virginia. ¿Le llamaba un taxi?, preguntó la secretaria. No, se quedaría un rato más, tenía que ordenar unas cuentas. Quince millones de hipoteca, menos de lo que Upegui había sustraído sin su consentimiento. Era el único documento desplegado encima del escritorio. La hipoteca de su casa. Las luces de los salones se fueron apagando. Sólo quedaba encendida la luz de su oficina. Si una mano criminal incendiara y destruyera lo que la rodeaba, sentiría más liviano el peso de esa noche. Era una fantasía siniestra, pero cruzó instantáneamente por su imaginación.

Beatriz se había convertido en la reina consentida de la prisión. Era la muñeca de porcelana que nadie toca por temor de romperla, ¿Cómo había conseguido hacerse fuerte en medio de reclusas que hubieran hecho lo imposible para pasar una noche en su cama, que por el solo hecho de imponer sus reglas le habrían rajado la cara a cuchilladas? Pagando, le dijo a Verónica. ¿Pagando cómo? Con plata y mucha simpatía, dijo Beatriz, acompañada en todo momento por una muchacha de aspecto taciturno.

—Yolanda, le presento a mi amiga Verónica Oropeza.

—Mucho gusto, su mercé —dijo Yolanda al estrechar fuertemente la mano de Verónica. ¿De dónde había sacado la plata para pagar la protección que le ofrecían?

—Un padrino misterioso —dijo Beatriz.

—¿Un padrino misterioso?

—Sí, alguien vela desde fuera por mi seguridad.

—¿Frank Rueda, el Gordis? —preguntó Verónica. No, no era el Gordis, se estaba portando divinamente con ella, la visitaba casi cada día, le hacía llegar ropa y comida especial, pero estaba segura de que su ángel de la guarda no era Rueda, pobrecito, seguía perdidamente enamorado de ella, se desvelaba con el abogado montando la estrategia de la defensa.

—Frank y el abogado dicen que tengo grandes posibilidades de salir libre, que actué en legítima defensa.

Alguien, el protector y ángel de la guarda, se había ganado el testimonio de uno de los escoltas de Fabián Acosta, cómo no, el señor la golpeaba y torturaba, la encerraba en un cuarto, la hacía vigilar día y noche, estuvo a punto de matarla, y Beatriz supo que el escolta no era otro que Daymer, el fornido muchacho a quien por un inexplicable impulso rencoroso le había pedido que la poseyera en la alcoba de Fabián. Su testimonio era decisivo, le decía a Verónica. Pero, ¿quién era el misterioso ángel de la guarda? No te lo puedo decir, dijo Beatriz.

—Puede ser un enemigo de Acosta —conjeturó Verónica.

¿Qué pasaba allá afuera? Había visto en televisión lo de la muerte de Trespalacios y el terrible asesinato de Javier Upegui.

—Empiezo mañana mis cursos —le informó a la amiga—. Pruebas de cámara, ejercicios de lectura, respiración abdominal, la voz es mi fuerte, una voz grave y femenina —se lo había dicho Leo a medida que estudiaba el perfil de su pupila y corregía los defectos de su dicción. Qué chévere que vivieran juntos, le dijo Beatriz y Verónica le replicó que eso de vivir juntos era un decir, dormía en el cuarto de huéspedes, Leo seguía siendo amoroso y lindo con ella, en menos de cuarenta y ocho horas había descubierto un temperamento difícil, la asustaba a veces, demasiado perfeccionista y exigente, frío y duro cuando le reprochaba ciertas cosas, un neurótico incorregible, lo definió Verónica, no perdona que las cosas no se hagan como las desea, cuando no se muestra distante revela tendencias irascibles, ¿serán manías de viejo?, se preguntó Beatriz. ¿Lo amaba? Estoy segura, dijo Verónica. ¿Te ama? No sé. Me protege, quiere a toda costa que me aleje por un tiempo de mi casa, que no frecuente por un tiempo a mi madre, no me pide que rompa con ella, me pide que evite caer en el pantano de aguas podridas, dice así, evita caer de bruces en el pantano de aguas podridas de Virginia.

A la distancia, vigilante y enfurruñada, la muchacha de aspecto taciturno seguía la conversación de Verónica y Beatriz. Cuando las vio tomadas de las manos dejó salir un gesto de disgusto.

—Es callada y servicial —dijo Beatriz.

—¿No será que se enamoró de ti? —preguntó Verónica.

—Sí, pero me respeta —dijo Beatriz—. Creo que sigue las instrucciones de mi ángel de la guarda.

—Te dejo —dijo Verónica—. Leo me espera en el estudio.

Se abrazaron. Beatriz acarició los cabellos de la amiga y la despidió con un beso en la boca. Estás divina, le dijo. La muchacha de aspecto taciturno les dio la espalda. Al salir del área de visitas, Verónica fue silbada por un grupo de reclusas. Le sacaban la lengua, le hacían gestos obscenos.

—A estas viejas se las comen los mañosos —gritó una de las mujeres—. Y una aquí aguantando hambre —rió a carcajadas.


No levantes la voz de esa manera, la instruía Leo. Mire su cámara como si no existiera, le decía el camarógrafo. Toda frase tiene su propio sentido y debes darle la inflexión necesaria, aconsejaba Leo. Si lees antes el libreto, atrapa el sentido de cada párrafo, así, si te toca improvisar o te pierdes del libreto, no la embarras, evita pausas muy largas y, sobre todo, no mires alarmada hacia la cámara. ¡Corten! Y repetía la lectura del párrafo.

Sesiones extenuantes. No iba a presentar un noticiero. Leo iba a dirigir un magazine de variedades y esperaba que Verónica fuera una de las tres presentadoras. De nada te servirá ser linda, le decía, tienes que seducir al espectador, no por tu cara sino por tu manera de proyectarte, no te esfuerces tratando de ser agradable, tienes que serlo con naturalidad.

—¡Basta por hoy!

¿Cómo le parecía?, le preguntaba a John Peralta al proyectar el video de las pruebas de una semana. Tiene garra, respondía el vicepresidente de producción. ¿Había hecho el casting para escoger a las presentadoras que faltaban? Por lo menos a veinte. No se salva ninguna ¿Alguna candidata? Ninguna. Reinas de belleza, modelitos sin gracia. ¿Cuál segmento presentaría Verónica? Si rinde un poco más, le reservó la entrevista central. Tiene carisma pero no quiero que lo sepa. ¿Le podría hacer un favor?, preguntó Peralta. Y no me digas que no. ¿Se acordaba de Argüello, el viceministro de Comunicaciones? Se está tirando a una preciosura de veintiséis años y me pidió que le hiciera el favor de abrirle un campito en el programa, ¿Le debes algún favor?, preguntó Leo con sorna. Se portará muy bien con nosotros en la próxima licitación. ¿Quería entonces que le hiciera casting a Marcela Avendaño? Se lo haría con gusto. No me has entendido, dijo Peralta: Marcela tiene que ser la segunda presentadora. Ni puel chiras, exclamó Leo. ¿Hacían un pacto? La tercera sería la que Leo eligiera. Dale una cita a la reina, aceptó Leo. Tenía que transar con Peralta. Conocía de vista a Marcela, diseñaba trapitos, había abierto y cerrado boutiques, su padre era un influyente político de provincia, había sido reina de belleza y se había fugado de tres carreras universitarias. ¿Por qué insistía en incluir en el programa una entrevista con políticos?, le preguntó Peralta. Se le podría salir de las manos. ¿No se salía del formato de variedades? Los políticos son un espectáculo divertido, dijo Leo. ¿No había acordado hacer un buen programa de entretenimiento? Ese es mi segmento, se atrincheró Leo en su propuesta. Pienso acorralar al invitado, dijo. Yo mismo haré la entrevista de 180 segundos, precisó. Peralta negó con la cabeza. No hacemos un programa de opinión, insistió. Empiezas haciendo preguntas incómodas a políticos y ministros y acabas atacando al gobierno. Pero Leo había puesto sus condiciones bien claras: un poquito de frivolidades, otro poco de seriedad. Ya vería los resultados. Tal vez introdujera un segmento con caricaturas dramatizadas de personajes célebres. No me busques problemas, dijo Peralta con preocupación. No me ahuyentes a los anunciantes, ¿No les estaba vendiendo la idea de un programa ligero y ameno?

Leo estaba decidido a transigir sólo hasta un punto. Peralta estaba convencido de que un solo asomo de conflictos ahuyentaría a los anunciantes. La televisión que él concebía no estaba hecha para pensar o provocar polémicas innecesarias. ¿No era acaso un negocio, el más arriesgado de los negocios? Por muy buen negocio que sea, no podemos olvidarnos de la política, decía Leo. ¡A la mierda la política!, se defendía Peralta. Sí, pero te renuncio, decía finalmente Leo. No me pongas contra las cuerdas, aceptaba el vice. Ten cuidado con lo que haces.



Verónica nunca supo de estas disputas. El curso que había empezado a tomar su vida, compartida con Leo en un espacio en el que se sentía a menudo como invitada de paso, le abría preguntas que, al no ser resueltas, aumentaban la sensación de incertidumbre que, como nubarrones, empañaban "su visión del futuro inmediato. Habían pasado tres meses. ¿El amor, cómo se seguía manifestando el amor, si en realidad había amor y no un ambiguo pacto de conveniencias entre ella y Leo? Había días en que la ofuscaba su indiferencia o la irritaban sus exigencias. Tienes que dar más de ti, le decía él. Hacían el amor. La delicadeza de sus rituales —la champaña, la música, la cena, los juegos nocturnos— y la admiración con que ella descubría un nuevo rasgo de la inteligencia de Leo, eran de repente borrados por la actitud severa con que le exigía dar más de sí. Lo odiaba, sobre todo cuando subía la voz y le recordaba que no vivían juntos, que sólo compartían la misma casa. ¿No eran amantes? Somos amigos, le aclaraba él. ¿Y cuál era la diferencia? El sentido de la posesión, respondía. Evita pensar que me posees porque en ningún momento pienso que te poseo. Le hablaba entonces de la amistad amorosa. Extendía los brazos, paseaba la vista por el apartamento, por sala o dormitorio, y le decía que la conquista de ese territorio era el resultado de un propósito, si quieres pensarlo así, ésta es la fortaleza en la que me protejo. Se sentía incómodo con su presencia en ese territorio?, se inquietaba Verónica. No, si la había invitado a vivir en su casa era porque disfrutaba con su cercanía. ¿Me amas? Leo guardaba silencio. Y las dudas de Verónica renacían. Como se levanta una casa, ladrillo a ladrillo, pared a pared, así se construye el amor, decía al cabo de un rato. Evasivas, pensaba ella. Un soplo de esperanza y entusiasmo introducía aire fresco en la conciencia enrarecida: el hombre que le hacía el amor, que le concedía el tiempo y la libertad de hacerlo según sus deseos, tenía que amarla, no podía estar fingiendo, el amante que se complacía y la complacía en los juegos que improvisaban en las noches (pedirle que se pusiera un vestido liviano y no llevara ropa interior, sugerirle que le hiciera el amor mientras él permanecía inmóvil, bocarriba en la alfombra, proponerle que se masturbaran en el cine, que condujera ella el Porsche y se dejara acariciar el Monte de Venus mientras circulaban por la Autopista del Norte a ciento cincuenta kilómetros por hora, regresar al apartamento y ducharse, sentarla en el lavamos y penetrarla con violencia, acariciarla largo rato como si memorizara la piel, sentarse uno frente al otro, ojos cerrados, desnudos en la alfombra, mirarse imaginándose interiormente sin abrir los ojos y evitando el impulso de tocarse, modalidades desconocidas por la muchacha que aceptaba obedecer a sabiendas de que descubría sensaciones nuevas y placenteras), ¿no eran la prueba cierta de que la amaba? Pero Verónica aprendió con dolor que Leo la amaba a su manera y no de la manera como ella había pensado que se amaba.

¿Cómo saber si no se trataba de un capricho, si alguien distinto a Leo podría también amarla y llevarla al éxtasis? Recordó su experiencia con Max Domínguez. Lindo, rico y con mucha clase, pensó. Pero decepcionante. De él no quedaban más que recuerdos frágiles. Y un precioso collar de oro con figuras precolombinas.

¿Se acostaba Leo con otras mujeres?

A los diecinueve años se vive con demasiadas preguntas y muy pocas certidumbres. Verónica se exigía respuestas. Cada una de sus preguntas debía ser respondida de inmediato o dirigirse a un confuso lugar que alimentaría nuevas incertidumbres. La dominaba la ansiedad. Sin saberlo, era la víctima de sus ansiedades. No podía concebir que el aprendizaje del amor fluía sobre la lentitud del tiempo. Cuando lo supo, ya no era la joven amante de Leo Pradilla. Tres meses de difícil convivencia y ansiedades renovadas no bastaban para cambiar los hábitos y las reservas defensivas de un hombre. Convertida por él en presentadora de un programa de gran audiencia, enfrentada a la fama repentina. Verónica Oropeza experimentó el amor pero empezó a exigir más y más del amante, compromisos perentorios, respuestas imposibles, acuerdos inconcebibles. No era justo que él le pidiera no olvidarse de sus estudios y desconfiara de su carrera de presentadora, pues no era otra cosa que desconfianza aconsejarla que no abandonara la universidad, el mundo que estaba conociendo, las compensaciones de la fama, podían ser castillos de arena. La televisión alimenta y devora, le recordaba él.

¿Por qué no cambiar de lugar aquel cuadro o tapizar de ocre el sofá de la sala?, proponía ella con la intención de dejar sus huellas en el espacio del apartamento. ¿Por qué no ir al cine esta noche? ¿Podía poner el disco de Hombres G mientras él escuchaba "Don Giovanni" de Mozart? No entiendo la ópera. ¿No era demasiado aburrido ver por enésima vez El cartero siempre llama dos veces?, se quejaba. ¿Por qué cenar en casa si ella quería conocer un nuevo restaurante de Usaquén? ¿Por qué le reprochaba haber aceptado una entrevista en "esa revistucha de mierda", como le dijo colérico? No te dejes manosear, le dijo con rabia. Me debo al público, dijo Verónica con frase aprendida de otras estrellas. Te debes a ti misma, respondió él. No repitas las pendejadas que repiten las otras. Podían pasar un día sin que se hablaran. Grababan el programa de la semana, una hora de emisión, muchas horas de tensiones en el estudio. ¡Carajo, vocalice bien, no joda!, se encolerizaba. ¡Corten! ¿Y a usted quién le dijo que metiera las tetas los ojos de los televidentes?, gritaba y hacía repetir la grabación de la escena. Y usted —se dirigía al camarógrafo— deje de morbosear con primeros planos a las tetas de las presentadoras. Lo odiaba, lo odiaba en esos momentos. Veían la emisión del programa en casa y volvía el sosiego. No me gustan los claveles, le reprochaba a Verónica. En esta casa sólo ha habido rosas y orquídeas, y cogía el florero y lo vaciaba en el tacho de la basura. ¿Dónde estaba el video de Lo que el viento se llevó? ¿Había visto por casualidad el disco de los Beatles? No lo encontraba en su sitio. La censuraba por comer demasiado de prisa, por abandonar la mesa sin que él hubiera terminado. Disputas por nimiedades. Verónica perdía la paciencia o se sentía culpable. ¿Quién cambió de lugar la litografía de Warhol? ¿Por qué la monografía de Egon Schiele estaba en la mesa de centro? No es un the table book, protestaba. Por eso está siempre en la biblioteca. Disculpa, lo estaba hojeando, se excusaba Verónica. Se excitaba y a los pocos minutos era el ser más amoroso con ella. No te entiendo, tengo la impresión de que te incomodo, le decía ella. No me incomodas. Y la sostenía abrazada sobre su pecho, le daba la champaña de su propia copa, tomaba un sorbo en la boca y le mojaba los labios. ¿Te van a entrevistar en mi casa?, preguntaba con sorna. Ni hablar, a mi casa no entra una cámara. Pero si es un apartamento muy bello, decía Verónica. Sí, gracias, pero lo decoré para mi satisfacción, no quiero que nadie entre en mi vida privada. Ella lloraba. Se encerraba en su cuarto y no salía sino cuando Leo iba a buscarla. ¿Cenamos fuera?, quería conciliar Leo. No tengo hambre, se atrincheraba ella en el capricho de no conciliar con quien no había hecho otra cosa que humillarla y tratarla como a una nena.

El tiempo vuela, se dijo un día Verónica, pero vuela y me arrastra como si fuera una hoja llevada por el viento.

Un día, sin hablarlo siquiera, Verónica hizo las maletas en ausencia de Leo y apareció en su vieja casa de la Circunvalar. No podía más, le dijo a Virginia. ¿Y tu trabajo? No creía que Leo hiciera nada contra ella. Y no lo hizo. Los días siguientes fueron tensos, pero nunca temió que él se deshiciera de ella. Lo peor de todo es que lo quiero, le dijo a la madre. Y Leo no hizo nada para recuperarla. Respetó su decisión, no le exigió más responsabilidad que la que le había exigido siempre. Quiere vivir solo, le dijo Virginia. ¿Cómo iba el gimnasio?, cambió de tema Verónica. La tempestad de hace tres meses se había disipado. La policía había encontrado en la casa de Teusaquillo veinticinco millones de pesos en efectivo, sus veinticinco millones, la plata que Upegui le había robado de su cuenta, pero no se podía hacer nada. ¿Con qué argumentos iba a reclamarlos?

¿Sabía que Beatriz iba a ser absuelta? No lo sabía. Alguien poderoso a quien ella llamaba "mi ángel de la guarda" había movido cielo y tierra para sacarla de la cárcel. ¿Un ángel de la guarda?, se interesó Virginia. Pedro Pablo Porras, le dijo Verónica. Beatriz le había revelado su identidad: un hombre de cuarenta años, discreto y muy rico, éste era el perfil del ángel de la guarda. ¿Otro traqueto?, exclamó alarmada Virginia. Verónica se encogió de hombros. No vivía en Colombia, vivía en Miami, desde donde manejaba su negocio de exportación de pulpa de frutas tropicales. Frutas en pulpa o un peculiar polvo blanquísimo, dijo con ingenio Virginia. Porras había descubierto a Beatriz por las fotografías que se publicaron en sus días de modelo. Se había enterado por los periódicos de su problema. Las cartas iban y venían de Miami a la cárcel. La muchacha de aspecto taciturno que protegía a Beatriz en la cárcel era pagada por Pedro Pablo Porras. La correspondencia empezó a ser casi diaria. Le mandó una foto: un hombre de rostro redondo, con bigote y papada. Las cartas pasaron de la devoción al amor. ¿Y el Gordis? Nunca la abandonó. Aceptó ser el segundo defensor de su causa. Beatriz le reveló que, cosa rara en ella, la correspondencia con el misterioso ángel de la guarda había pasado de la amistad al amor. ¿Era posible que sin conocerlo personalmente se hubiera enamorado de él? Es inexplicable pero cierto, le dijo Beatriz. ¿Se alarmaría si le contaba un secreto? Había hecho el amor con Yolanda, por gratitud, por soledad, por la pena que le producía esa muchacha, no sabía por qué, pero había aceptado primero sus caricias furtivas y, después, sin decidirlo ni resistirse, se dejó hacer el amor como si así recompensara tanta lealtad. ¿Era entonces lesbiana?, preguntó Verónica. No creo, me gustan los hombres, dijo Beatriz. Me ha protegido, cambió de tema. Porras le ha pedido que pruebe suerte de modelo en Miami, siguió contándole Verónica a Virginia ¿Lo quieres o le pagas el favor?, le había preguntado Verónica a su amiga. ¡Qué importa!, había respondido ella. Vendría a visitarla personalmente la próxima semana. Quería casarse con ella. Saldría libre, se casaría con Porras, viajaría con él a Miami. ¿Qué más podía esperar de la vida? Porras prometía montarle una boutique en Miami.


En las noches. Verónica retrocedía en el tiempo. Era un camino breve, pero tenía la sensación de estar transitando una extensión ilimitada. Extrañaba a Leo, revivía episodios, sin dolor, apenas con nostalgia. Celebraba su actitud amistosa. La estimulaba en su trabajo, corregía con igual severidad sus defectos, elogiaba sus aciertos. Tenía que acostumbrarse a la idea de haberlo perdido. Todo había sido demasiado rápido. ¿Se había equivocado al esperar algo más de la relación?, le preguntó a la madre. Uno necesita equivocarse, respondió ella. ¿Por qué no sales?, le preguntaba Virginia, No tengo ganas, decía Vero. Eres famosa, le recordaba. Te reconocen en la calle, te piden autógrafos, te invitan a todas partes. ¿Hasta cuándo?, se preguntaba Verónica como si repitiera las palabras de Leo. ¿Se habían solucionado los problemas del gimnasio? Quería decir; ¿estaba claro el asunto de la sociedad? Estaba claro: era la titular única de las acciones. Estoy limpia. La habían llamado a declarar tras la muerte de Upegui. Varias veces, ¿No se lo había contado? Te veo tan poco, se quejó. No conocía sus relaciones ni amistades, declaró. Upegui siempre fue misterioso en ese aspecto. ¿No era su socio?, le preguntaron. Capital de trabajo, dijo Virginia. Si el negocio prosperaba, Upegui tendría una participación, no había documento firmado, todo había quedado en compromiso de palabra, a ese arreglo habían llegado desde el principio. ¿Relacionaba la muerte de Upegui con el asesinato de Raúl Trespalacios? Nunca supo que fueran amigos o tuvieran relaciones de ningún tipo. Sí, había algo más que amistad entre ella y Upegui, ¿tenía eso alguna importancia? La tiene, le replicaron, porque sabemos que usted también tuvo relaciones íntimas con Epaminondas Romero. Es mi vida privada, replicó Virginia.

¿Así de fácil, se resolvió todo así de fácil?, preguntó Vero. No, no había sido fácil. La aparición providencial de Rodolfo Roldán había ayudado a borrar sospechas engorrosas. No sabía cómo ni con qué medios, de la noche a la mañana, la investigación abierta por sus relaciones con Upegui pasó a ser polvo de legajos, como el vínculo con Romero. ¿Había aparecido Roldán? Sí, había renunciado a la embajada para lanzar su candidatura al senado. ¿Se veían?, preguntó Verónica, intrigada por la reaparición del hombre que había admirado a los doce años. Como amigos, aclaró Virginia. Dos o tres veces. En el Monte de Venus. ¿El Monte de Venus? En La Calera, tradujo Virginia. Roldán siempre llamó Monte de Venus a La Calera, explicó riéndose. Un tupido bosque sobre una montaña. ¿Tenían algo... íntimo? ¡Cómo se le ocurría! El corazón no revivía en un lecho de cenizas, ¿Cómo así?, preguntó Verónica. Virginia se ausentó por unos instantes: reconstruía el rostro de Roldán. Había envejecido, las canas no sólo vestían las sienes, dibujaban un paisaje intensamente gris en su cabeza. Está más viejo, dijo al regresar del fugaz recuerdo del hombre. También ella se sentía envejecer. Las turbulencias de los últimos meses habían dejado sus huellas.

El corazón no revive en un lecho de cenizas, repitió Verónica.

—¿En qué piensas?

—En Leo —dijo.

Conversaban en el dormitorio principal de la vieja casa, con el televisor encendido. Verónica vio las imágenes y le subió el volumen.

—¡Pusieron una bomba en El Espectador! —exclamó.

Leo la llamó horas más tarde.

—Destruyeron El Espectador—le dijo a Vero. ¿Podían cenar mañana? Verónica aceptó.

Virginia no mostró interés en las imágenes, era un paisaje patético. Un atentado más, parecía decirse. Destrucción y escombros.

—¿No te hace daño? —preguntó.

—¿Verme con Leo? Menos que antes —dijo Verónica.

La cámara recorría un inmenso espacio destruido de la Avenida 68.

—¿Qué fecha es hoy? —preguntó Virginia.

Verónica no recordaba la fecha exacta. Sabía que era un día cualquiera del mes de septiembre del año 1989.

—Tengo la impresión de que mi vida apenas empieza —le dijo a la madre.

Virginia la abrazó y le acarició los cabellos.

—¿Qué te parece sí nos arreglamos y salimos juntas?

Vero no lo pensó. Era una idea fantástica. Se pondría el vestido de Gianni Versace, cenarían en El Refugio Alpino, hacía tiempo que Virginia no probaba los escargots ni el cibet de jabalí, quería comer con una buena salsa, si la hacían engordar, qué importaba, irían después a tomarse unos tragos en la plaza de Usaquén. Que sea champaña, exigió Verónica.

—Ponte bien linda —le dijo Vero a Virgie. Se dirigió al tocadiscos y seleccionó una canción de Frank Sinatra: "Lady is a tramp". Llamaría luego a Max Domínguez. No le interesaba salir con él pero nunca estaba mal hacerse acompañar por un hombre rico y de clase.

Cartagena de Indias, junio de 2003.

Cumplió los veinte años. Leo se lo festejó en el estudio del canal: un pastel con una muñequita bailando en la cima de fresas, la réplica de una muchacha que lleva un pequeño televisor de corona, el cuerpo salpicado por estrellas doradas. John Peralta acompañó al coro que cantó el "Happy Bírthday".



Al regresar a casa a medianoche, Verónica encontró un precioso ramo de orquídeas con la tarjeta de Leo. "La vida apenas empieza", había escrito con su puño y letra.


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos