Lo ъnico que nos proponemos con esta anйcdota es instruir



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porque está dispuesto a dispararlas.

Frank la aconsejó como si la causa de Beatriz fuera su propia causa. ¿Quiénes eran testigos del maltrato? Necesitaba testigos. Virginia, Verónica, Upegui podían actuar como testigos. Upegui no abrirá la boca, es un pusilánime, dijo Frank. No bastaba que él confesara, si actuaba de testigo en el juicio, que el tipo era un matón que lo había amenazado por medio de su abogado, ni el mismo matón que les había ordenado a sus escoltas darle una paliza sólo por sospechar que iba detrás de su novia. ¿Testigos? Verónica, Virginia y Upegui, repitió Beatriz. No cuentes con Upegui.

Sorprendida por la lógica de Frank Rueda, le preguntó si era abogado.

—Estudié Derecho antes de dedicarme a la Administración de Empresas. Además, por si no lo sabías, devoro novelas policíacas. Me encanta Ross MacDonald.

¿Qué podía decir Amparo Consuegra de su cliente Fabián Acosta? Le había prestado servicios profesionales. Le decoré la casa y le he decorado la casa a mucha gente que no conozco, dijo en privado. Pobre muchacha, se compadeció. ¿No le hacía las relaciones públicas a Fabián? No, nada de eso. Coincidieron en fiestas y reuniones y tuvo la buena educación de presentarlo a sus amigos. ¿Frecuentaba su casa? A veces, como la frecuentaron periodistas, políticos, industriales y banqueros. Una no rechaza invitaciones de sus clientes. Ese es mi negocio, decorar casas.

Pese a las evasivas y la negativa de no actuar como testigo, Amparo pensó en la suerte de Upegui. ¿No le había dicho que Fabián Acosta había invertido plata en el gimnasio? En su fuero interno, sabía que Upegui se saldría con la suya.

Frank Rueda prometió y cumplió lo prometido. No sólo fue el visitante más fiel de la reclusa. Se entrevistó con la madre, le ofreció ayuda, tal vez tuviera un trabajo para ella. ¿Quién podía pagar un precio justo por las joyas de su hija? Lo averiguaría. Primero que todo, habría que tasarlas. Eran joyas valiosas, aunque, dada la situación de Beatriz, muchos pretenderían comprarlas por debajo de su precio. ¿Por qué hacía esto por su hija si ella lo había abandonado? Porque la quise y quizá la quiera todavía, dijo el Gordis.

Doña Dolores se conmovió con la sinceridad de Frank Rueda. No puedo escupir para arriba, le dijo él. Y al decirlo, recordó el reproche de Leo Pradilla. No se escupe para arriba ni se tiran piedras sobre el propio tejado.

Javier Upegui le dijo a Virginia que la muerte de Fabián, pese a las circunstancias deplorables y escandalosas y a la suerte que esperaba a Beatriz Lopera, seguramente la condenen si el juez no encuentra atenuantes, los favorecía en muchos sentidos. ¿Reclamaría alguien su parte en la sociedad? ¿Alguien distinto a él sabía de los trescientos mil dólares invertidos en el gimnasio? Nadie, que él supiera. ¿Su abogado? —preguntó Virginia. Un abogado no reclama dinero de procedencia desconocida. Estás jugando con fuego, le advirtió ella. No reclaman por vía legal, pueden hacerlo por otras vías.

—Todos jugamos con fuego —le dijo Upegui.

Contemplaba a Virginia sentado en un taburete del baño. La había estado mirando cuando se sentó en la taza del inodoro a depilarse las piernas y cuando orinó copiosamente. La contempló luego, mientras se duchaba. La ayudó a secarse y pidió que se recostara contra el lavamanos. Perfecto, se dijo. Y se arrodilló con el rostro metido entre las nalgas que se ofrecieron húmedas y espléndidas, como en otras ocasiones desde el día en que adquirió la costumbre de mirarla en el baño, presencia que Virginia aceptaba como prolongación de un rito amoroso que se enriquecía con modalidades inéditas. Tomó el vibrador y lo hundió poco a poco en el sexo de Virginia mientras le lamía el trasero con devoción infinita. Virginia simulaba con gemidos la felicidad que Upegui sabía simulados. ¿No era la mentira, esta clase de mentira, una parte insustituible del rito?

—¿Despediste a Verónica? —preguntó Upegui.

—¡Pobre niña! Quería que la acompañara. No te imaginas cómo lloró al abrazarme.

Upegui maniobraba el vibrador y lamía la flor abierta y limpia de la mujer que sollozaba quedamente, que simulaba los sollozos a sabiendas de que el hombre disfrutaba con sus simulaciones. Por las rendijas de su impotencia se asomaba otra clase de placer, estimulado siempre por Virginia. Mirar es como penetrar, le había dicho ella y Upegui había incluido la mirada en su repertorio de placeres. Virginia retorcía la cintura, rotaba sus nalgas. ¿Dónde había aprendido a ser la mujer más complaciente del mundo?, quería saber Upegui y ella le respondía que toda mujer aprendía de los mandatos del instinto. ¿Quería imaginarse que ella era otra?, concedía Virginia generosamente. ¿Por ejemplo, tu hija? No, de ninguna manera podía imaginar que ella era otra, exceptuando su hija. Bromeaba, se excusó Upegui. Entonces Virginia giraba el cuerpo y tomaba a la fuerza el enjuto cuerpo de su amigo. ¿No era eso lo que esperaba y deseaba? Lo obligaba a ponerse en cuatro patas y le introducía en el culo, sin pausas ni compasión, el mismo objeto plástico que la había estado taladrando. Upegui lloraba quedamente. Pronto, por unos pocos instantes, se endurecería su tripa.

Max decidió quedarse dos días más con Verónica. Llamó a Bogotá y aplazó la fecha de la junta. Cambió las reservas de habitaciones separadas y le ofreció mudarse a una cabaña. Verónica aceptó. ¿No era hermosa la cabaña situada a pocos metros de la playa, rodeada de cocoteros y rústicos quioscos sombreados?

Hacer el amor sin amor, Verónica aceptó que esto podía suceder con un hombre joven y guapo, de modales delicados. Le dijo que estaba enamorada de Leo. ¿Estás segura?, preguntó Max, Me di cuenta de que estaba enamorada cuando se fue, confesó. Puede ser, dijo Max. A su edad, ¿tienes diecinueve, no?, el amor no era probablemente el amor sino la necesidad de amar. ¿Cuántos años tenía él? Treinta, dijo. Leo tiene cuarenta y dos, dijo Verónica. Podría ser tu padre, anotó Max. Podría ser. No tengo los años que tengo sino los que he vivido, enfrentó a Max con orgullo.

Verónica no fue sincera con Max. Durmió con él, se dejó hacer el amor, fingió el placer que se represaba a último momento en algún lugar de su cuerpo. En alguna parte de mi mente. ¿Qué sucedía en alguna parte de su mente? Nada, dijo ella. Pensaba en voz alta. Tuvo la prudencia de no exagerar sus reacciones. Le satisfacía sentirse penetrada, pero el suave escozor no daba lugar a emociones más profundas. Dejaba escapar quejidos bajos evitando gritar como sabía que gritaban ciertas mujeres en el momento del orgasmo, como había gritado la primera vez encima de Leo. Sentía la respiración de Max, más acelerada, y respondía alterando también su respiración. Fingir, ¿por qué tenía que fingirle a un desconocido?

Algo sin embargo le faltaba, algo extrañaba mientras hacía el amor con Max, algo que había encontrado en Leo Pradilla. La gentileza, la comprensión, la sabiduría de las caricias, la estudiada indiferencia. Leo le daba tiempo a sus deseos, permitía que los deseos de ella crecieran en una explosión de ansiedad y urgencia. Max suponía, en cambio, que sus deseos eran simultáneos a los de su pareja. Se excitaba, se ponía el condón de prisa y, tras unas pocas caricias, la penetraba. Verónica adivinaba en qué instante iba a ser penetrada. Con Leo no podía prever ese instante. Dilataba el tiempo. Max lo abreviaba. Encontraba atractivo y deseable al joven presidente de la papelera, disfrutaba con su sentido del humor, admiraba la discreción con que firmaba las cuentas del restaurante y del bar, el buen trato que daba a los meseros, las propinas razonables añadidas sin ostentación a la cuenta. Su ropa de playa, su ropa de noche. Max se parecía a Leo en la medida de la elegancia. ¿Qué le impedía ser sincera y reconocer que su placer tenía un raro, desconocido límite?



Verónica se sentía atraída por un estilo, por una aureola. Estilo y aureola nacían de la riqueza. ¿Desde cuándo? Acaso desde que empezó a conocer el semblante de la riqueza. Aunque Leo confesara no ser rico, lo era en su modo de vida. Max era rico por herencia y familia. A diferencia de Max, a Leo lo embellecían la agudeza de su inteligencia y la espontaneidad de su cinismo. Max parecía bondadoso, Leo, perverso, con esa clase de perversión que le daba una vida hecha a pulso desde abajo hasta la cima. La manera como Max elogiaba la belleza de Verónica no era igual al escepticismo con que Leo juzgaba la belleza de una mujer, comparable a la visión nocturna de la ciudad: terrible y engañosa, recordó Verónica. Siempre lo recordaría. Y todo siempre tiene su límite en el breve o largo curso de una vida.

Se sentía bien, era cierto. La compañía de Max la separó por unos días del malestar que le había producido ver a la amiga enredada en las groseras redes de un crimen. ¿Cuál iba a ser el destino de la amiga? Jugaban tenis, navegaban en motos acuáticas, Max la instruía en el buceo, alquiló un pequeño velero y le enseñó a manejar las velas. Al atardecer se sentaban bajo la rústica enramada de un quiosco y él elegía los cocteles: entre margaritas, daiquiris, mojitos, ginebra con agua tónica y zumo de naranja, whisky sauer y pina colada. Verónica prefería el mojito por la frescura de la yerbabuena. Cenaban en la mesa más apartada del restaurante. Verónica vistiendo blusas amplias y cortas, faldas de lino y sandalias, ajuar con que Max la había sorprendido al día siguiente de la llegada. Veo que no tienes ropa de verano, observó antes de dirigirse a la boutique del hotel. Él vestía trajes claros y ligeros, también de lino, siempre impecable en cada atuendo, sin más adorno que el reloj ni más colgandija que una fina cadena de oro en el cuello. Es un regalo de mi madre. Max respetaba sus silencios. La dejaba sola cuando la veía alejarse hacia la playa, descalza, con las sandalias en la mano y la falda blanca de algodón transparente recogida a la mitad de sus muslos. Era una visión de película: verla alejarse, contemplarla desde el quiosco, esperar que regresara del paseo solitario. En la noche, después de la cena, solían caminar tomados de las manos. Regresaban al bar del hotel y Max proponía beber una última copa. En la suite, fatigada por el sol, Verónica le pedía que le aplicara cremas en el cuerpo, temía una insolación. ¿Era frágil, para su gusto demasiado frágil? Demasiado educado, pensó Verónica. Elemental, quería decir. Previsible en cada uno de sus actos, reculares como la costumbre de salir de la ducha con pijama, oloroso a colonia, de acostarse en una de las camas gemelas y sólo después de un rato de conversación insinuar que no sería mala idea dormir juntos, el tacto con que la desnudaba o la pasividad con que se dejaba desnudar no era lo que ella deseaba. Demasiado previsible, tanto que a partir de la segunda noche Verónica experimentó algo parecido al aburrimiento, soportable en todo caso, no tanto como obligarla a resistirse o a mantener distancias. Dejarse acariciar unos minutos, sentirse penetrada, siempre él encima de ella, besada en las orejas o sintiendo sobre su hombro la cabeza, en silencio, como silenciosa era explosión de sus orgasmos. Soportaba unos minutos al lado de Max y volvía a su cama. Despertaba en la mañana y lo encontraba duchado y vestido. ¿Le gustaría ir al casino? Por una sola vez, Verónica conoció la emoción de ganar y de perder. De perder, sobre todo. No era en todo caso su dinero. Jugaba a la ruleta, él black jack. Una ansiedad parecida a la imposibilidad de su orgasmo. ¿Llegaría la suerte en la siguiente apuesta?, pensaba, pero la suerte era esquiva. Jugar con dinero ajeno era más placentero que ganar con el propio. Al decirle que sentía un extraño placer perdiendo el dinero de otro, Max le dijo que lo mejor sería retirarse a dormir. Soy economista, le recordó. Aspiramos a ganar donde otros pierden. ¿Le gustaba la administración de empresas?, preguntó él. Es una carrera de moda, dijo ella.

—¿Qué piensas hacer al regreso? —le preguntó Max— ¿Aceptarás la oferta de John Peralta?

—No sé, quiero estudiar.

—¿Aceptarías hacer un curso rápido de relaciones públicas y trabajar en mi empresa? Te financiaríamos el curso, harías prácticas con nosotros. Hablas inglés, podrías hacer una buena carrera. Eres bella e inteligente.

—Me tienta más la oferta de Peralta.

Por un instante, Verónica se imaginó iluminada por las luces de un set, centro único de una cámara que devolvía su imagen a millones de espectadores. La misma fantasía había pasado por su cabeza cuando era apenas una niña. Debería ser maravilloso sentirse mirada por millones de espectadores.

Los cinco días pasados en Isla Margarita aliviaron el peso soportado la semana anterior. ¿Cuándo exactamente llegaría Leo?, se preguntó. ¿Qué rumbo estaba tomando el destino de Beatriz? John Peralta la había aconsejado:

—Si aceptas trabajar en mi programa, aléjate de todo aquello que te convierta en escándalo. Una presentadora es un modelo que muchos quieren imitar.

—Piensas en él, ¿no es cierto? —adivinó Max al sentirla distraída.

—Sí, pienso en él.

Max no preguntó más. La última noche durmieron en camas separadas. Al rato, cuando la creía dormida, la sintió ir al baño. Verónica no regresó sino minutos más tarde, desnuda, iluminada por el resplandor que se colaba por las cortinas de bambú. Durante su ausencia, Max escuchó el ruido de la ducha. ¿Por qué gemía, si eran gemidos los ruidos provenientes del baño? ¿Se sentía mal? No se atrevió a preguntar. Gozó con la visión de una silueta que se movía parsimoniosamente en medio de la semioscuridad de la cabaña.

Verónica se había masturbado antes de regresar a la cama. Pensó en todo momento en Leo, imaginándolo a su lado, cubriendo su cuerpo de miel y pétalos de rosa. ¡Qué divertido era verter jabón sobre su Monte de Venus, verlo cubierto por la espuma! Apoyar la palma de la mano sobre las vellosidades y extender los dedos hacia el sexo, cerrar los ojos. ¿Durante cuánto tiempo quedaría en su memoria esa imagen del placer, la metáfora contenida en la miel y las rosas? Se masturbaba y recordaba su cuerpo cubierto de miel y rosas.

Regresaron al día siguiente. ¿Se verían mañana?, preguntó Max antes de bajar del avión. Virginia la esperaba. Lo llamaría, respondió Verónica. Tenía que poner orden en su cabeza. En verdad, no pensaba llamarlo. En verdad, estar al lado de Max no había pasado de ser una experiencia grata, la satisfacción de una curiosidad. Sin embargo, lo llamó al día siguiente, ¿dónde residía el atractivo de este hombre? En su riqueza, en sus maneras. También en la discreción, porque discreto fue el gesto de la mano que le extendió un estuche cubierto con sedoso papel negro, discreta la mirada que seguía los movimientos de la mano. ¿Por qué le regalaba un collar con figuras precolombinas, por qué precisamente un collar tan caro y tan precioso? Por el placer de hacerlo, dijo Max. Cenaron en Pajares, tomaron unas pocas copas en un pequeño bar de la Zona Rosa. Si Max no hubiera sido saludado efusivamente por otras mujeres hermosas, si los hombres no se hubieran parado de sus sillas para saludarlo en la mesa donde se encontraba con Verónica, ésta no hubiera experimentado la vanidad de estar al lado de un hombre a todas luces importante. ¿Podía definirse así la vanidad femenina? Un hombre solicitado por bellas mujeres multiplica el orgullo de la quien tiene el privilegio de estar a su lado. ¿Quería hacer algo en especial?, le preguntó Max. Tengo sueño, dijo Verónica. Si hubiera pedido irse con él a su apartamento, si hubiera dicho directamente que quería estar con ella, habría aceptado. Lo curioso y preocupante es que en ningún instante pudo deshacerse del recuerdo de Leo. Max la condujo en su Volvo hasta la casa. Se despidieron de beso en las mejillas. Llámeme, le pidió Verónica.

Upegui dio un giro brusco al timón de su carro pero el vehículo que lo seguía de cerca le dio un golpe intencional en el parachoques trasero. No había querido llamar al escolta ocasional. Tal vez prescindiera de sus servicios. Pensó que era un accidente. Se quedó mudo cuando otro auto lo adelantó y le cerró el paso. ¿Qué querían los tres hombres que se bajaron y se acercaron a la ventanilla? ¿Conocía al hombre que caminaba hacia su auto? Recordaba haberlo visto en casa de Acosta. Se encontraba solo al final de la Avenida Circunvalar, antes de tomar el puente que desvía la ruta hacia La Calera.

Ningún hombre salió del vehículo que lo había chocado en la parte trasera. Bajó el cristal de la ventanilla y uno de los tres tipos, a menos de un metro de distancia, le pidió que lo siguiera. No cometa imprudencias, dijo un segundo. El carro de atrás dio reversa, los tres ocupantes subieron de nuevo a la camioneta que le cerraba el paso y arrancaron con las luces de estacionamiento encendidas. Circularon un largo tramo. El de adelante puso las luces direccionales y giró a la izquierda, al pie del mirador. Upegui obedeció y estacionó detrás de la camioneta. Le hicieron señales de bajarse.

Upegui nunca se había detenido en el mirador. Las luces parpadeantes de la ciudad le hubieran parecido hermosas si no se hubiera sentido entre cinco hombres que lo conminaban a sentarse.

—Cuando muere el acreedor no mueren las deudas —dijo con amabilidad el hombre que le había pedido seguirlos.

—¿A qué se refiere?

—Usted sabe a qué me refiero —dijo Raúl Trespalacios.

Metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y le extendió un papel. Upegui leyó. La lividez de su rostro no podia ser advertida en la oscuridad. El tipo le arrebató el papel de la mano y lo leyó en voz alta:

—"Viejo Raúl: invertí tus trescientos mil dólares en el negocio de Javier Upegui. Están a su nombre pero son los trescientos mil que íbamos a invertir en el hotel de Santa Marta. El negocio del gimnasio parece ser bueno. Te los devuelvo con intereses. Tu parce, Fabián".

—Necesito esa plata dentro de una semana —dijo el tipo—. ¿Tiene una cita con su socia? No la haga esperar, mompa. Siga su camino y diviértase. ¿Se la está comiendo o no? Me dicen que es uno de los mejores polvos de la ciudad —y dio una palmada a la puerta del coche, como si le autorizara la partida.

A Upegui le hubiera gustado quedarse sentado en el mirador. Nunca había contemplado la ciudad desde allí ni jamás había imaginado que se pareciera a un gigantesco lagarto iluminado, un reptil cuyo vientre se expandía hacia el oeste. Identificó las remotas luces del extremo sur, lánguidas y parpadeantes en la cima de un desierto montañoso. ¿Qué hacía a las seis y media de la tarde, a pocas cuadras de la casa de Virginia? Se proponía visitar a Amparo Consuegra. Un amigo había pedido servir de intermediario en el trabajo de decoración de un nuevo hotel, a pocos kilómetros de Girardot. Un buen contrato. Desistió de la visita y tomó el sentido contrario, descendiendo hacia la ciudad. Tomó la carrera Séptima hacia el norte, bajó por la calle 93. Virginia lo esperaba a cenar algo en su casa, pero necesitaba rodar sin rumbo por la ciudad. No le diría nada de lo sucedido. Se alarmaría. Se dirigió de nuevo hacia la Circunvalar.

Apenas comió. Bebió tres whiskies, uno tras otro y sin pausa. ¿Le pasaba algo?, preguntó ella al notar el nerviosismo de sus movimientos, la mirada en todo momento dirigida hacia las ventanas que daban a la calle. No me pasa nada, dijo Upegui. Pero Virginia era una mujer de intuiciones. Si le pasaba algo, conseguiría que le explicara los porqué. No era esta la clase de encuentro que había planeado. Ella misma se había ocupado de la cocina, hacía tiempo no preparaba unos canelones de salmón, dedicar tres horas de su tiempo a la cocina no merecía tanta indiferencia. ¿No ibas a traer el vino?, le reprochó. Se me olvidó, se excusó. Comieron en silencio. Upegui se ofreció a llevarla al gimnasio. ¿Podrían verse más tarde?

—No creo —dijo él—. Ah, disculpa —recordó—, los canelones estaban exquisitos.

—Te noto raro —le dijo ella—. Más tarde hablamos.

¿De qué se trataba, carajo? Conocía a los hombres, sobre todo a hombres elementales y misteriosos como Upegui, aunque elementalidad y misterio no le impedían quererlo de la manera como lo estaba queriendo, un afecto mucho más intenso que el experimentado con el senador Roldan, algo que comprometía sus sentimientos, lo que no había sucedido con Epaminondas Romero, una alianza de intereses, era cierto, pero con el corazón poco a poco entrometido en aquella relación de solitarios manchados con la tinta de sus actos.

—Paso por ti a las once de la noche —aceptó él—. ¿Cómo van las matrículas?

—Estamos llegando al setenta y cinco por ciento del cupo. Hoy vienen a entrevistarme para una revista de modas.

La respuesta de Virginia no consiguió interrumpir la pesada capa de malestar que Upegui sintió crecer a partir de ese instante. Una hora de confusas preguntas explicaban el nervioso silencio que dominó la rápida cena ofrecida por Virginia. Al estar de nuevo solo, revivió la presencia amenazante del hombre que lo había interceptado. Raúl Trespalacios había hablado claro. Y Upegui sabía que el cerco se estrechaba con los días, que acabaría por estrangularlo. Esas eran las reglas.

¿Cómo le quedaría a Verónica el vestido de Giani Versace que había comprado dos días antes en una boutique en la rué du Faubourg Saint-Honoré? Lo prefirió al conjunto de Galiano, para su gusto demasiado clásico y formal. El Galiano era demasiado atrevido. Eligió el Versace. Lo extendió sobre la cama, al lado de la ropa que sacaba de su maleta. Separaba con meticuloso orden la limpia de la sucia. Colgó en el closet el traje nuevo de Hugo Boss.

Leo Pradilla decidió descansar. Tomaría un baño y se recostaría un rato. Llamaría después a Verónica. No quería hablar con el Gran Jefe ni con John Peralta, lo hacían todavía en Paris, así que acabó de desocupar la maleta, vació el bolso de mano y encontró el documento firmado en la Dirección Nacional de Impuestos y Aduanas. Había declarado el ingreso al país de nueve mil doscientos dólares en efectivo. Al salir, había declarado veinticinco mil, con el respectivo comprobante del banco. Guardó el recibo en su billetera. ¿Cuánto le queredaba en el cupo de su tarjeta de crédito?

La empleada del aseo había dejado el apartamento impecable: sábanas de satén limpias debajo del llamativo patchwork, perfectamente ordenada la sala y la cocina "como una tacita de plata", expresión que la mujer usaba orgullosamente cuando la cocina era un modelo de orden y limpieza. Leo nunca soportó tener durmiendo en casa una empleada fija. Cada día doña Rocío ponía orden, recogía la ropa sucia y la enviaba a la lavandería, lavaba a máquina la otra ropa, camisas, calcetines y ropa interior. No tenía otra misión. Quitaba el polvo, limpiaba los cristales de las ventanas, le hacía una lista de las bebidas que faltaban, de la comida que se agotaba en la despensa. Conocía sus gustos. Pocas veces le cocinaba, por lo general una trucha asalmonada al horno, papas al vapor y una ensalada de lechuga o endibias, una omelette de verduras o queso. Sabía no obstante lo que faltaba en la despensa o la nevera, las lonchas de salmón ahumado empacadas al vacío, las cervezas, la botella de vino blanco frío, el paté de fois a las finas hierbas, las tostadas, que prefería de ajo, las latas de filetes de atún, los potes de sopa Campbell, un poco de jamón serrano y la infaltable mostaza de Dijon que Leo prefería en los bistecs a la plancha. Con el tiempo, doña Rocío se le volvió insustituible. Llevaba las cuentas de la casa, tenía su propio presupuesto, le hacía las consignaciones o los retiros en el banco, lo regañaba siempre por su vida de soltero, aquí lo que hace falta es una mujer, repetía de buen humor. Leo no hacía fiestas en su casa. Y doña Rocío se lo reprochaba. Vive como ermitaño, le dijo. ¿Le gustaría a doña Rocío la chaqueta de terciopelo que le había comprado en las Galerías Lafayette? Estaban de rebaja. No hacía fiestas, le bastaba con soportar las fiestas de los demás y el compromiso de asistir por exigencias profesionales. Unos tragos con un amigo, una visita femenina, sus reuniones con el Gran Jefe, la visita de un político que pedía su asesoría y al que, por cortesía, no ofrecía más que una taza de café y un cognac. Alexandra no había vivido allí más de dos semanas, tiempo suficiente para percatarse de la equivocación de haberla invitado a vivir a su casa, ¿Alexandra? Tenía treinta años, diseñaba ropa que copiaba de revistas, modificaba algún detalle, pero se bebía a diario una botella de vodka, fumaba dos paquetes de cigarrillos al día y el apartamento parecía un muladar. No la había amado. Una rara crisis de soledad lo había cogido con las defensas en el piso.

Apiló los discos de música francesa adquiridos en el aeropuerto: Charles Aznavour, Gilbert Bécaut, Jacques Brel, Leo Ferré, sólo sus clásicos, Yves Montand, y una verdadera reliquia: Serge Regiani.

Anne-Marie, ¿dónde diablos vivía Anne-Marie ahora? No dejó de preguntárselo desde su llegada a París, se lo estaba preguntando ahora. Adoraba una de las canciones de Regiani. "La femme qui est dans mon lit/ n’a plus vingt ans depuis longtemps". Sí. tal vez fuera así, el tiempo habría pasado como un cuchillo sobre su piel. "La mujer que está en mi cama hace tiempo que no tiene veinte años". Entonces, cuando escuchaban juntos la canción, Anne-Marie tenía veinte y él veinticuatro. Eran muy jóvenes, muy hermosos, poseídos ambos por el delirio de la revolución. La buscó en París sin importarle si estaba casada o vivía con alguien, si tenía hijos o había envejecido a los cuarenta. No encontró rastros de ella. Marcelo, el amigo chileno, le informó que tal vez viviera en la Normandía en una casa de campo, casada con un arquitecto y sin hijos. Marcelo: la boîte del joven arquitecto, a quien recordaba como el mejor amigo de la época, era hoy un próspero estudio con tres colegas y numerosos delineantes. No me va mal, diseñamos y construimos para clientes de Egipto y otros países árabes, le había dicho. Grandes complejos, le informó cuando volvieron a cenar en Polydor, el viejo y siempre atestado bistro de la rué Monsieur Le Prince. Construyo lo que más detestaba, le dijo Marcelo. Complejos de vivienda popular. Cuando se mueren los sueños —le dijo con melancolía— se sigue haciendo de la mejor manera lo que se sabe hacer. Casado, separado de dos matrimonios, el arquitecto que se regocijaba repitiendo la frase escrita en los muros de su facultad ("Los arquitectos son los urbanistas de la segregación social"), Marcelo envejecía con el pragmatismo de esa época, un carpe diem que lo llevaba a atrapar al vuelo cuanta oportunidad se le ofreciera. Tenía una linda casa de campo en las cercanías de Ibiza. ¿No se parecían acaso, no habían visto languidecer los mismos sueños?

Alquilar un coche, viajar a la Normandía, buscar en un mapa un pequeño pueblo llamado Noyent-le-Rotrou, preguntar por Anne-Marie Weiler, ¡qué disparate! El tiempo, se dijo, no se recupera. Menos aún el tiempo de la felicidad.

¿No lo había abandonado ella después de vivir juntos durante casi dos años? Regresar con él a Colombia no estaba en sus planes. El dolor de entonces se había convertido en una amable herida de guerra. Y el recuerdo de Anne-Marie era hoy una plácida reminiscencia del amor extraviado.

Se dirigió a la sala y puso el disco de Brel. Se sirvió un vaso de vino blanco y, con los pies descalzos, extendidos en el sofá, pensó que la mejor recompensa de su vida se la debía a él mismo. En el París que quiso volver a descubrir quedaban las huellas de su antigua pobreza pero también el palpitante recuerdo de la felicidad. De los viejos sueños, nada, Cambiar el mundo, cambiar la vida. Descubrió a Rimbaud. "Senté un día la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”… Leo sabía desde hacía años que el mundo no había cambiado al ritmo de sus deseos. Se había perfeccionado el lado oscuro de sus pesadillas. Nada había ya de la generosidad del sueño, su mundo se estaba pareciendo a algo, se parecía a una despiadada jungla de sobrevivientes. ¿Quién hablaba hoy de la fraternidad? Supo por Marcelo que Lucien, el animoso e intransigente Lucien, cabecilla de la pandilla, estudiante de sciens-po, hacía negocios oscuros en alguna antigua colonia africana. Nadie como él hacía cocteles molotov con tanta rapidez. Nadie más temerario a la hora de lanzarlos a los CRS. Maderas finas o algo así, dudó Marcelo. Mathilde, su amiga, ¿se acordaba de Mathilde, la trotskista más trotskista del grupo? Tenía una boutique en el Distrito XVI. ¿No se había acostado nunca con Mathilde?, le preguntó Marcelo. Escuchaba la palabra "égalité" y abría las piernas a quien la pronunciara. Había sido feminista. Unos pocos años. Feminista radical. La visitaba a ratos en su boutique.

Volvió a la cocina y se sirvió otro vaso de vino. “Uno no olvida, se acostumbra", cantaba Jacques Brel. "Se acostumbra, eso es todo". ¿Se había acostumbrado sin remordimientos a la vida de un publicista de éxito?

No había viajado a París a recuperar el pasado. La ciudad de sus veinticuatro años era otra, las metamorfosis impuestas en calles y edificaciones la hacían distinta: aquí y allá, seguían sin embargo las formidables, magníficas huellas de su pasado. Aquí y allá, extrañas visiones de un feo mundo entrometido en su magnificencia de cristales. Por mucho que hubiera preferido un modesto hotel del Boulevard Saint-Michel a cualquier otro hotel de lujo —podría haber elegido uno menos modesto en la rué de Rivoli—. Leo no esperaba nada especial de esa elección. ¿Cuántos años habían pasado de 1968 a 1989? ¡Veintiún años! ¿Por qué le había mentido a Verónica diciéndole que tenía cuarenta y dos si ya había llegado a los cuarenta y cinco?

Una sola escena lo devolvió al escenario de sus veinticuatro años: un vagabundo, vestido con harapos sobrepuestos a otros harapos, de nariz rubicunda y rasguños en el rostro, cantaba a la entrada del metro una canción obscena. Sostenía una botella de barato vino rojo en la mano. Una joven esquelética, borracha como el viejo clochard, acompañaba en coro destemplado sus obscenidades. Afuera, en la calle, no había visto jóvenes airados marchando al ritmo de las consignas sino seres apresurados, de expresión adusta, atropellándose en las aceras. No se huía de la embestida de la policía ni del gas de las bombas lacrimógenas. Como oleadas amorfas, esperaban el cambio de luz de los semáforos y se lanzaban, obedientes y en masa, al otro extremo de la acera. Si iban a alguna parte, parecían ir arrastrados compulsivamente hacia el fin del mundo. Todo era ordenado y pulcro. Los adoquines habían sido reemplazados por el asfalto. ¿Estuvo antes allí el restaurante de comida rápida, monumental y sin gracia que se detuvo a mirar antes de bajar hacia las escaleras del metro? Vestían así los jóvenes de entonces, uniformados en la misma moda, como lo hacían los jóvenes de Nueva York o Los Ángeles, como lo repetían las imágenes de la televisión de cualquier ciudad del mundo?

Leo se inclinó, dejó un billete de cincuenta francos sobre el trapo sucio donde quedaban unas pocas monedas. El viejo miró el billete, lo tomó incrédulo en sus manos, lo besó, lo enseñó a la muchacha escuálida y ambos se abrazaron regando sobre sus cuerpos el contenido de la botella. "L'espoir —gritó el viejo—, ça existe, encore". Para el viejo vagabundo, la esperanza existía todavía, la olfateaba. La esperanza se le había aparecido en un billete de cincuenta francos. Leo le arrebató a la chica la botella de vino y bebió un trago. Pensó responderle: no, la esperanza ya no existía sino en la forma de un billete de cincuenta francos. Si le daba otro en un gesto de generosidad extravagante, el viejo vagabundo sentiría nacer otra esperanza. Dos inmigrantes africanos, vestidos con túnicas de su país, aplaudieron el gesto generoso de Leo.

No quedaba una gota en la botella. La muchacha le estampó un fétido beso en los labios. "Tu aurais pu être mon mec”, dijo. "Hubieras podido ser mi hombre", le repetía la muchacha tratando de besuquearlo.

Leo se zafó de ella.

Si salía del metro por la boca del Odeón regresaría al café donde había conocido a Anne-Marie. Vagabundeó en cambio por el barrio, sin rumbo fijo. Compró una botella de vino tinto, una baguette, un poco de queso y salchichón y se dirigió a la Isla de la Cité. ¿Cuánto dinero llevaba encima? ¿Tres mil, cinco mil francos en efectivo? ¿Cuál era el cupo de su tarjeta de crédito? Nunca antes le había sabido a gloria cada mendrugo de pan ni cada trozo de queso ni cada mordisco de salchichón ni cada sorbo del vino barato comprados en la rue de Buci. ¿No había sido aquí, en uno de estos bancos, donde había besado la primera vez a Anne-Marie? Hubieran podido hacer el amor a la vista de todos en aquel frío atardecer de marzo. Nanterre, ça brûle, le había dicho ella. Nanterre se incendia. Lo invitó a su cuarto de la rue Dauphine, a unas pocas calles de donde se encontraban tres horas después de haberse conocido en el Café del Odeón.

La muchacha vivía en un cuarto con un lavamanos, agua caliente y una cocina minúscula. Dominaba el espacio un colchón en el suelo cubierto por una tela india. Una de las paredes estaba decorada con un afiche de Ernesto Che Guevara. El cabinet quedaba en el pasillo. ¡Cómo le fastidió siempre ese ruido de guerra del cabinet! Si se querían duchar, habría que hacerlo en baños públicos o ir a casa de amigos. Una semana más tarde, compartían el cuarto de la rue Dauphine. Las clases de español que Leo impartía cada mañana a la escritora Christianne Rochefort daban para malvivir sin quejarse, comidas en restaurantes universitarios, poca ropa de rebajas, el ácido olor de un pullover. Se ganó un tiempo la vida haciendo retratos y caricaturas en la calle, preferiblemente frente a la iglesia de Saint-Germain. Trabajó de mesero en un bar del Marais, traducía al español documentos burocráticos, trabajaba en lo que saliera, ¡se vivía con tan poco!

Leo regresaba a un lugar cartografiado en la memoria. ¿Qué leía en el Café del Odeón mientras bebía una cerveza? Leía los Caligramas de Apollinaire, el imán que atrajo a la chica de la mesa vecina. Aimez-vous Apollinaire?, le había preguntado ella. ¿Le gustaba Apollinaire? ¿Qué hacía él? Quería escribir poemas como Apollinaire, le dijo a la chica. ¿Y ella? Estudiaba Bellas Artes. Venía de la Normandía, de un pequeño pueblo, no muy lejos de Alençon. ¿Latinoamericano?

Sí, de Colombia. Camilo Torres, café, dijo ella como si ésas fueran las señas de identidad del país que él acababa de nombrar. Hoy, pensó Leo desde el sofá de su sala, desde donde medía la distancia de veintiún años, Anne-Marie no hubiera asociado el nombre de Colombia con el cura guerrillero ni con el prestigio del café colombiano. Otras palabras hubieran salido de manera automática de la asociación de país con productos exportables: cocaína, carteles, masacres, guerrilla, paramilitares, Pablo Escobar.

A la medianoche, aplastado por la modorra, Leo había escuchado los discos de Brel, Yves Montand y Leo Ferré. Lo mejor sería retirarse a dormir. Era tarde para llamar a Verónica. Deseaba acostarse y poder reconstruir el rostro de Anne-Marie pero se vio de repente asaltado por un rostro de pómulos salientes y boca perfectamente dibujada, el rostro de una joven de largos cabellos rizados. Apagó el televisor cuando la cortina musical anunció el final de las emisiones del día. sonaron extraños los primeros acordes de ese Himno Nacional. Los creía olvidados. Extraños y ajenos después de haber escuchado las canciones que, veinticuatro años atrás, empezaron a pertenecer al recuerdo de una muchacha provinciana venida de un pueblo de la Normandía.

Si Upegui no podía devolver el dinero dentro de unos días, ¿qué iba a hacer entonces? Traspaso las acciones de Acosta a su nombre, propuso desesperado. Pero el tipo no quería papeles sino trescientos mil dólares contantes y sonantes. Que no lo creyera imbécil, le dijo. ¿Hipotecar el gimnasio con todo lo que contenía? El gimnasio era algo especial para Virginia. Sería la primera en oponerse. ¿Por qué no le daba un plazo de un mes? No, el tipo no quería plazos. Y los dos hombres que lo acompañaban parecían estar de acuerdo con quien parecía su jefe. Esperaban nerviosos. Bonita casa, le había dicho el tipo al bajar de la camioneta, cuando Upegui estacionó el carro en el garaje y le pidió que pasara.

Desde que dejó a Virginia en el gimnasio se sintió seguido y lo mejor que podía hacer era enfrentarlos y conducirlos hacia su casa. Venga y conversemos, le dijo a Trespalacios. ¿Cuánto puede valer esta casa?, quiso saber el tipo al penetrar en la sala seguido por sus escoltas. No más de ciento cincuenta mil dólares, calculó Upegui. Tal vez la aceptara como abono a la deuda. ¿Y el resto? ¿Tomaban algo?, preguntó por preguntar algo. Sabía que el tipo no aceptaría su amabilidad de anfitrión. Se sirvió un whisky solo y lo bebió de un sorbo. Le daba apenas una semana de plazo. Necesito esa plata, le repitió.

Si la cortesía del tipo no tuviera el sonsonete de una tosca ironía amenazante, Upegui podría haber pensado que no sería difícil convencerlo de un plazo más sensato, un mes, no le pedía más que un mes. Trataría de hacer entrar en razón a Virginia, de todas maneras era una suma invertida en la sociedad y no importaba saber a quién pertenecía sino aceptar que si se conseguía hipotecar el negocio, tarde o temprano, pagada la hipoteca, les pertenecería sólo a ellos dos.

—Una semana —dijo el tipo—, Ni un día más.

Al verlos salir, Upegui dio media vuelta y se echó encima de un sofá. Cerró los ojos. Dos semanas atrás el mundo era un vasto espacio de horizonte luminoso. Mientras mantuvo los ojos cerrados, el mundo se convirtió en un cubículo estrecho. Al abrirlos, el mundo no sólo era estrecho y oscuro sino amenazante. Pasó la llave a las tres cerraduras de la puerta, se aseguró de que las ventanas de la primera y segunda planta estuvieran cerradas, ordenó al vigilante de la garita estar atento a cualquier movimiento extraño. ¿Entregar su casa? Bebió un segundo vaso de whisky. Si subía a la segunda planta y se acostaba, no estaba seguro de poder dormir. ¡Y ese maldito aguacero! Ahogaría cualquier ruido de la calle. Llovía desde hacía media hora.

Llamó a Virginia al gimnasio. No podía pasar a buscarla. Decírselo y hacerlo sin ofrecerle ninguna explicación, la convenció de que algo más grave de lo imaginado le estaba pasando a Upegui. Decidió llamar a Verónica. ¿Le importaba si llegaba tarde? Eran las diez de la noche.

—Estoy con Leo —dijo Verónica—. Me invitó a cenar.

Vestida para salir, Verónica no se molestó con la excusa de su madre. Pese al aguacero, saldrían y cenarían en un restaurante. Estaba emocionada por la visita inesperada de Leo Pradilla, fascinada con el vestido de Versace, feliz por el regreso del amigo y mucho más feliz al saber que Leo no había llamado a nadie, ni al Gran Jefe Isaías Bueno ni a Peralta, que la única persona que sabía de su regreso era ella.

Tranquilizada por la hija, Virginia decidió sorprender a Upegui: pediría un taxi y le caería por sorpresa en su casa.

Medía hora después, Upegui pegó un salto en la cama. Seguía desde hacía rato la televisión sin concentrarse en la programación de ningún canal, como si buscara en aquella tediosa continuidad de programas el somnífero que deseaba. Un flash informativo atrajo su interés: acababa de morir Luis Carlos Galán. Lo habían conducido herido de Soacha al hospital pero no habían podido salvarlo. Galán asesinado, abrevió. Las imágenes del atentado se repetían una y otra vez: el candidato a la Presidencia en la tarima, el cuerpo que se desploma, sus escoltas disparando hacía ninguna parte. Apagó el televisor. Nada le dijo a Upegui esta muerte.

Sentía miedo, un miedo diferente al experimentado aquella tarde en el mirador de La Calera, miedo de que el castillo de naipes construido con sus propias manos empezara a deshacerse en segundos. ¿Qué pretendía el tipo? ¿Tender un cerco, acosarlo hasta verlo asfixiado en el asedio? Se levantó y miró por la ventana hacia la calle, asomándose por la cortina entreabierta cautelosamente con los dedos.

¿Qué hacía Virginia a esas horas, llamando a su puerta, protegida apenas del aguacero con un paraguas de colores, cortesía de Benetton? Bajó a abrirle. A unos pocos metros, en la esquina, alcanzó a divisar la figura del vigilante cubierto con un impermeable negro, guarecido dentro de su garita. Le hizo un saludo agitando las manos. El vigilante le respondió encendiendo y apagando su linterna.

—Mataron a Galán —dijo al entrar.

¿Qué quería Virginia? No podía esperar más. Tenía que decirle la verdad. Su comportamiento era demasiado extraño, le dijo a Upegui. Conocía comportamientos extraños, no me mientas, y algún motivo debía haber: su nerviosismo al encontrarse con él en el almuerzo de su casa, su silencio durante el viaje, la llamada diciéndole que no pasaría a buscarla al gimnasio. No la preocupaba tanto aquello que Upegui pudiera estar escondiendo, la preocupaba el sentimiento que en las pocas semanas se había convertido en cariño, los en principio inciertos y ahora fuertes hilos que la vinculaban a él.

¿Lo quería? ¿Había aprendido a querer a este hombre interesado y calculador? Nunca habían hablado de la relación, pero ésta había tomado el rumbo deseado por ambos, en la intimidad y en la manera de vivirla. Pese a la sórdida procacidad de sus rituales, parecía haberse abierto en ambos la rendija del afecto mutuo. Virginia dejó de ser La Tarzana y abrió sin decidirlo los lugares incontaminados de su corazón a un hombre que se le reveló pronto en su inmensa debilidad y cobardía.

Upegui no pudo resistir la terquedad de Virginia. No pudo seguir ocultando su situación. Lo estaban acorralando, le dijo. No veía una solución inmediata ni satisfactoria. El tipo que le reclamaba el dinero de Acosta no estaba jugando. ¿Qué hacer?

Virginia rechazó el trago que le ofreció Upegui. Y éste descartó la posibilidad de pedirle que si había una solución no era otra que la hipoteca del gimnasio. No tenían créditos pendientes. Todo se había pagado en efectivo. Temía la reacción de Virginia. Más que él, era ella la que había encontrado en aquel negocio la salvación de una vida hasta hace poco cruzada de humillaciones. ¿No llevaba desde hacía seis años una vida partida en dos, sabiéndose obscenamente célebre y al mismo tiempo despreciada por quienes la conocieron cobrando en oro por su belleza de viuda complaciente? Upegui había aceptado la evidencia de ese pasado. Lo ignoró al conocerla. Y lo siguió ignorando, como si sólo así fuera posible que ella ignorara las servidumbres de él, la pusilanimidad que le atribuían, la bajeza de sus negocios, su soledad impenitente, el fracaso de sus amores, los sucios vínculos que él pretendía esconder aunque todos supieran que, además de constructor, Upegui era mediador en turbias operaciones, las mismas que ahora le hacían temer por su vida.

—Me están amenazando.

—¿Qué quieren?

—Trescientos mil dólares en una semana —dijo—. La inversión de Acosta.

—Acosta no dejó documentos.

—Dejó uno.

Le explicó de qué documento se trataba. Y aunque no existiera documento alguno —añadió— hubiera bastado la palabra. ¿No conocía ella el precio de la palabra empeñada en aquel mundo sin documentos ni constancias legales? Valían más que éstas. Derivaban su poder de un inflexible código de lealtades, le explicó a Virginia como si ella no lo hubiera sabido en su relación con Epaminondas Romero. Le explicó lo que ella sabia, y en muchos sentidos temía, que en algún momento, si alguien desenredaba la madeja tejida por el Viejo Epa, encontrara un hilo extraviado, un hilo delgado por el tamaño de su colaboración, pero un hilo que se empataba con otros hilos del entramado.

—¿De dónde vamos a sacar trescientos mil dólares? —se exasperó ella—. Todo lo que tenía lo invertí en esto. Si ahora es una realización más grande que mi sueño fue gracias a ti. Sin ti hubiera sido un negocio más modesto. No me pidas que rebaje el tamaño de mi sueño. ¿Qué quieres? —gritó casi sirviéndose ella misma un vaso de ginebra pura—. ¿Sabes una cosa que mi hija no sabe? Hipotequé la casa.

—Tendremos que devolver la inversión de Acosta —dijo Upegui ignorando lo que significaba para Virginia poner en riesgo el único patrimonio de su familia—. La plata no era de él sino de uno de sus socios. Lo que Acosta hizo fue preferir la inversión en un gimnasio a la inversión en esmeraldas exportables. Acosta trabajaba con plata ajena.

—¡Todos trabajamos con plata ajena! —gritó Virginia—. ¡Hasta los bancos! ¿No sabías de mi amistad con Epaminondas Romero?

—Siempre lo supe.

—¿Sabías que hacía pequeños viajes a Panamá para introducir los dólares que guardaba en sus cuentas o en las cuentas de sus socios?

—No me creas tan pendejo —dijo Upegui sin alterarse—. Sabía quién eras antes de conocerte. Supe de tus amores con el senador Roldán, que tuviste enredos con el viejo Isaías Bueno y muchos hombres de su círculo, que te jugaban a las cartas, que el ganador tenía el privilegio de irse contigo, supe siempre dónde podía encontrarte si me daba el capricho de acostarme contigo. Pero ése no es el problema. Ni tú ni yo podíamos saber que Acosta sería un problema —sollozó Upegui.

Virginia no deseaba volver a recostar esa horrible cabeza desnuda en su regazo.

—Para nosotros y para esa pobre muchacha, Acosta siempre fue un problema —dijo Virginia al pensar en Beatriz—. ¿En cuál solución has pensado?

—En muchas y en ninguna.

—¿Lo adivino?

Si Virginia adivinaba la más extrema y desesperada de las soluciones urdidas por Upegui, tal vez la amara más, tal vez le confesara que la estaba amando como nunca antes había amado a una mujer, se convertiría en su cómplice y la complicidad ata más que las lealtades, pero Virginia no podía penetrar tanto en los pensamientos de su socio porque éstos se movían en lo más oscuro de su mente.

—Voy a hacer unas gestiones mañana mismo —dijo Upegui—. Tal vez consiga la plata en el plazo que me dio el tipo.

—¿Quién es el tipo?

—Un tal Raúl Trespalacios —dijo Upegui—. Por lo que sé, trabaja solo. Vivió en Nueva York y creo que en Atlanta, regresó al país hace dos años para hacer sus propios negocios. No le ha ido mal, por lo visto. No es un tipo, digamos de clase, ni se deja ver en sociedad. Se da la gran vida, nadie lo ve en lugares distintos a los antros donde bota la plata. Quería que Amparo Consuegra le decorara una casa estrafalaria que hizo construir en Melgar y ella le salió con evasivas. La misma Amparo me dijo que no iba a decorar un adefesio mozárabe, recargado de adornos, aunque le pagaran en oro. Dentro de todo, Amparo tiene sus escrúpulos. Cuando el tipo la llevó a conocer la casa regresó horrorizada.

—¿Dónde lo conociste?

—En la casa de Fabián Acosta.

—¿Lo conocía Beatriz?

—Posiblemente.

Virginia se sintió en el centro de un círculo vicioso. Upegui y ella, atrapados en el centro infernal del círculo. Si había una salida, sería un salto por la tangente.

—Voy a dormir a mi casa —dijo—. Llámame un taxi.

No sintió piedad por el hombre que, al suspender sus sollozos, imploraba con la mirada un poco de compasión, que se quedara, así sería menos terrible saberla a su lado. ¿Quería que lo acompañara? Lo pensó unos segundos.

—Sírveme una ginebra doble con hielo —le ordenó Upegui.

Se quedaría. Verónica regresaría tarde, si es que regresaba. Tampoco ella podría resistir la sensación de estar sola.
Espléndida, había repetido Leo al verla vestida con aquella pieza maestra de Versace. Pieza maestra, repitió burlándose de la calificación dada al vestido. ¿Qué permitía llamar pieza maestra al diseño de un vestido y a "Don Giovanni" de Mozart? Imponente y espléndida. Sin pudor, Verónica se había desnudado delante de él.

—Ahora entiendo por qué son los nuevos dioses de la cultura —dijo Leo.

—¿Quiénes?

—Los diseñadores de moda —dijo Leo—. Le están dando a las mujeres la medida exacta de sus fantasías.

—A las mujeres ricas.

—Y a las pobres. El prêt à porter democratiza el lujo de las ricas. La ropa de marca se vende en grandes almacenes. O en las calles: detrás de la mercancía de marcas chiviadas está el propósito de satisfacer la demanda de los pobres. Los enseñamos a admirar el original y les vendemos la falsificación.

Habló de los grandes símbolos del lujo, de esas diosas subalternas y trágicas, como Beatriz, de las aspirantes a diosas que atiborraban los gimnasios y se convertían en mercado de los productos dietéticos. El tiempo de la gloria duraba poco, pero lo consumían en el espectáculo efímero de la belleza. Le habló sin nostalgia de la búsqueda de un remoto amor y de su vagabundeo por la ciudad donde había vivido dos años de su juventud. No buscó a Anne-Marie para recuperarla, dijo. Cuando se busca recuperar el pasado se corre el riesgo de encontrar ruina y decadencia, el implacable efecto del tiempo. La buscó para saber cuánto habían cambiado en el curso de los años ella y la ciudad, para descubrir lo que había quedado de una época exaltada por el amor sin fronteras y la revolución a la vuelta de la esquina. Podría haberse mirado en el espejo de la ciudad y en el envejecimiento de la antigua amante. No importaba que Verónica encontrara extrañas estas evocaciones o que nada de lo que evocaban sus palabras fuera familiar a sus oídos. Ella lo escuchaba. Y sentía celos.

—Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio, le confesó Leo—. Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo, ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. Fuimos auténticos, ahora somos impostores.

—No entiendo lo que quieres decir.

—Lo entenderías si me hubieras conocido entonces y, dando un salto en el tiempo, vieras quién soy ahora.

—¿No eres feliz?

—No —dijo Leo—. Sólo soy un hombre satisfecho —le dijo, sugiriéndole que se pusiera de pie y diera unos pasos por la sala—. Espléndida, magnífica. Hace veinte años hubiera despreciado el lujo de ese vestido y sentido rencor por la mujer que lo llevara. El vestido y la mujer eran el símbolo de lo que más despreciaba: vidas artificiales imponiéndose a la verdadera vida. Mírame ahora: después de haber despreciado a los ricos, vivo rodeado de ellos, como de ellos, miento por ellos. Yo mismo soy, en muchos sentidos, uno de los ricos que desprecié con toda mi alma. Esta noche asesinaron a Luis Carlos Galán y, minutos después, un hombre y una mujer se encierran a admirar un diseño de Versace. ¿No te das cuenta? ¡Asesinaron a un candidato a la Presidencia!

Verónica no podía atribuir a la champaña bebida la ronca voz de la conciencia que le hablaba y por momentos la abrazaba como ella deseaba ser abrazada, con el calor de quien la protege en todo instante. Conocía la capacidad alcohólica de Leo. Nunca iba más allá de la exaltación de su propia lucidez. Un humor cruel, hecho con el juego de las palabras que salían como agua de un surtidor, creaba el límite entre la ebriedad y la conciencia. ¿Por qué le hablaba con esa voz, con ese tono y ese dolor?

—Tú no conoces el sufrimiento —le dijo Leo.

—Claro que lo conozco —dijo ella separándose del cuerpo que la abrazaba sobre la superficie de cuero del sofá—. Perdí a mi padre a los diez años, conocí la pobreza, supe que mi madre... —y se detuvo.

—¿Qué supiste de tu madre?

—Que era una puta de lujo —dijo en voz baja, como de confesión íntima—. Lo supe aunque ella me lo ocultara. Y la compadecí por ser lo que no quería ser. Me ha estado enseñando a vivir como rica aunque nuestro bienestar, si se puede llamar a esto bienestar, venga de sus humillaciones.

—Todos, en algún momento de nuestras vidas, aceptamos alguna clase de humillación.

—Para ella han sido demasiadas.

La cena había transcurrido en un pequeño restaurante italiano donde ambos coincidieron en el pedido: carpaccio al funghi con una ensalada césar, un liviano vino tinto de la Toscana y un aguardiente seco de manzana con el café. Leo sentía aún la fatiga del viaje, por ello propuso regresar a su apartamento. ¿Podría quedarse a dormir? ¿Por qué no? Su madre sabía que habían ido a cenar juntos.

—Preferiría que no tuvieras diecinueve años —le acarició la cabeza y enredó los dedos en los cabellos—. No puedes amarme. Yo podría amarte, pero no toleraría sentirme envejecer al lado de una mujer joven que un día me despreciaría.

—¡Pero si yo te amo! Además, ya tengo diecinueve —alzó la voz, molesta por la frase que Leo le estaba repitiendo después de haberla pronunciado antes de su viaje a París.

—Tú no me amas —repitió—. Amas el deseo de amar.

Verónica se levantó con brusquedad del sofá y le dio la espalda, caminó unos pasos y lo enfrentó de pie. ¿Lo desafiaba?

—Quiero oír otra vez "Lady is a tramp".

Se quedó inmóvil, a la expectativa. Leo se levantó y puso el disco de Sinatra.

— Siéntate donde estabas —le pidió ella.

Verónica empezó a bailar sola, con lentitud, girando sobre sí misma, descalza, cerrando los ojos como si siguiera letra y melodía. Llevó una mano a su cuello y bajó la cremallera del vestido, agitando tos cabellos, dándole la espalda, que se exhibió desnuda. Movió los hombros y el vestido se deslizó hasta caer a sus pies. No llevaba ropa interior. Frente a Leo, decidió quedarse así, quieta, como una hermosa esfinge sin vida.

—Me asusta tanta belleza y juventud.

—A mí me asusta tanta madurez y tanta sabiduría —dijo ella, acercándose con los brazos extendidos.

—No soy sabio, sólo soy un hombre con experiencias. Pero la experiencia no sirve de nada: se cometen siempre los mismos errores.

—¿No es lo mismo? ¿No es lo mismo sabiduría y experiencia? —y se arrodilló al pie del sofá—. Bésame los senos —acercó el torso al rostro de Leo, incapaz de responder al instante a la exigencia—. Bésalos, si son bellos, son como la ciudad: hay que poseerlos —le recordó la frase que había guardado en la memoria desde el día que lo conociera. Por fin pudo obedecer y lamió los pezones ofrecidos mientras ella tomaba una mano y la conducía a sus nalgas—. Acaríciame —exigió echando la cabeza hacia atrás, los pechos ofrecidos a la boca que los succionaba suavemente.

¿Seguía Leo creyendo que Verónica era demasiado joven? Quiere demostrarme que es mujer. Volvió a inclinarse hacia el cuerpo de Leo y empezó a desvestirlo. Tal vez hubiera algo de rabia en la brusquedad de sus gestos, quizá el deseo tomara la forma de la rabia. Leo pensó que en Verónica actuaba el orgullo ofendido. Creía que por ser joven era excluida de la vida de este hombre y trataba de probarle que esa juventud también era capaz de amar con el desenfado de la madurez. Tal vez buscara llegar al lugar que sólo había vislumbrado, saltar sobre las barreras que le imponía su cuerpo en instantes de desesperación, porque a veces desesperaba en la imposibilidad de conseguir lo que deseaba. Tal vez. Está ansiosa quiere conseguirlo por sí misma.

Lo desnudó de prisa, lo agarró del cuello y lo atrajo hacia ella. ¿Dónde lo aprendió? Seguro que no con un hombre. Ambos cayeron sobre la alfombra, ella de espaldas, él encima del cuerpo que abría las piernas y lo atenazaba por las caderas. Elegía cada paso y movimiento. Si intervengo le corto la posibilidad de encontrar lo que busca. Si Leo insinuaba alguna iniciativa, ella lo repelía, le ordenaba dejarse llevar y maniataba sus manos. Me dejaré llevar no haré nada haré lo que ella quiera. Lo abrazó por la cintura y lo obligó a girar el cuerpo. Quedó encima de él, sentada sobre su vientre, inmovilizándolo con la presión de las manos en sus muñecas. Subió la pelvis hacía el tórax, se ayudó con las piernas y expuso su sexo a la cabeza inmóvil.

—Chúpame —ordenó—. Méteme tu lengua. Chúpame el coño.

¿De dónde esta procacidad? Rotaba la cintura agarrada a la cabeza de Leo, como se agarra el náufrago al madero. Huele a talco se echa talco en el coño. Leo temía hacerle daño con sus dientes. Buscaba, exploraba rincones, hasta que encontró el pequeño pistilo erecto, aquí está el maldito secreto, donde se detuvo con deliberada paciencia hasta sentirlo crecer en la punta de la lengua. Es increíble tiene vida propia.

Verónica gritó, como si esa voz fuera el signo de la libertad alcanzada. Lo está consiguiendo. Gritó, un grito que se parecía más a un maullido de gata. Se derrumbó sobre el cuerpo de Leo, con languidez, sollozando, cerrando los ojos a la maravilla de sentirse sin fuerzas y sin vida. No dijo una sola palabra. No puedo hablarle. Se sintió débil, como si la debilidad del cuerpo fuera otra clase de derrota. Leo sabía que cualquier palabra sería inoportuna. No le había hecho el amor. Se había dejado conducir por ella, obediente y sumiso.

Verónica resbaló el cuerpo y quedó bocarriba al lado de Leo. No hablaron. Cuando él subió encima de ella y besó su boca, supo que era el esperado. Espera que le haga el amor. Penetró la morada húmeda, generosamente abierta, mojada y cálida, y se movió con cadencias sosteniéndose con los codos para seguir mirándola. No tocaría su cuerpo ni sus cuerpos se aplastarían uno encima del otro. Sólo el sexo entrando y saliendo, con lentitud sin esperas. Ella empujó la pelvis y en pocos segundos Leo vio venir el desgarramiento de nuevos gritos. Gritaron juntos.

La sala, la música que había cesado, los muebles, la decoración del entorno, la opacidad de la luz, todo había dejado de existir.

—Tengo sed —dijo Verónica al abrir los ojos, como si acabara de nacer.

Leo se levantó hacia la nevera, abrió una botella de champaña, sirvió dos copas y se sentó al lado de la muchacha. Mojó sus dedos en la copa y regó el espumoso sobre el rostro y los senos de Verónica. La champaña se mezcló con el sudor.

—Repite "Lady is a tramp" —pidió ella en voz baja.

—¿Sabes una cosa, muchachita? —Verónica sonrió intrigada—. Te quiero mucho.

—¿Qué hora es? —preguntó ella—. ¿Dormimos?

Leo despertó al amanecer y la sintió profundamente dormida. Aquel rostro, milagrosamente más joven en el sueño tenía la vulnerable belleza de una niña. Se levantó, fue a la cocina por un vaso de agua. No tenía sueño. Encendió la pequeña radio y escuchó las noticias.

Había aprendido a no ser indiferente pero evitaba convertir en signos trágicos las punzadas del dolor y la impotencia. Mientras esperaba que el café humeara en la cafetera, escuchó el flash informativo sin que rabia ni dolor ganaran y abrumaran su conciencia. ¡Quince muertos en un nuevo atentado en Medellín! La ausencia de rabia y dolor no se debía a la indiferencia. ¡Reducida a cenizas una aldea del Urabá antioqueño! Leo sabía que, para seguir viviendo, era preciso construir corazas protectoras, impedir que cada nueva noticia calamitosa tuviera efectos perniciosos sobre la conciencia. ¡Asesinada una familia: sus cuerpos aparecieron mutilados, fraccionados con motosierras! El genocidio ha sido atribuido a grupos de autodefensa. Se estaba consolidando la alianza entre narcotraficantes y terratenientes. Se mataban inocentes, para matarse entre ellos, mataban inocentes, pero la vida seguía colándose por el compacto y miserable eco de los crímenes, por una de sus fisuras se escapaba el deseo de seguir viviendo.

—¿Qué pasa? —se sorprendió al ver a Verónica en la cocina.

—Nada —mintió—. O lo mismo de siempre. ¿Quería un café?

—Un tinto y un jugo de naranja.

Se había puesto de pijama una de sus camisas. Había mirado la etiqueta de "Lacoste" y espiado en el interior del armario. Tanta ropa, tanta que tal vez hubiera todavía prendas sin estrenar.

—¿Son todas de marca? —preguntó, retorciendo el cuello y mirando la etiqueta de la camisa de polo.

—Todas —dijo Leo—. Duran más y no estropean la piel. Llama a tu madre.

Verónica llamó a su casa. Al cabo de un tiempo sin respuesta, contestó Teresa, la empleada. La señora no estaba. ¿No estaba en casa a las siete de la mañana? No, y su cama estaba intacta. Quizá, pensó Verónica, estuviera en casa de Upegui.

—Si llega o llama, dígale que llego por ahí a las nueve de la mañana.

Colgó. Aunque su madre acostumbrara dormir a veces en casa de Upegui, Verónica sintió una extraña inquietud.

Leo tostaba pan y freía huevos. Verónica lo abrazó por la espalda. No puedo defraudarla Hace todo lo que puede para demostrarme que me quiere Quizá no me ama. Encuentra en mí al hombre que la protege en su tremendo desamparo No puede entrar sola al futuro que la espera O a lo mejor no vislumbra el futuro y teme caminar a tientas en la oscuridad ¿Soy el lazarillo?

—¿En qué piensas? —se abrazaba a él, pegando su vientre a las nalgas de Leo.

—En ti.


—¿Qué piensas de mí?

Leo calló. No podía mentirle, tampoco quería defraudarla.

—¿La quisiste mucho?

—Como se quiere a los veinte —dijo Leo a sabiendas de que la pregunta estaba dictada por la inofensiva curiosidad de los celos—. Como si no hubiera otra oportunidad en la vida.

—Dicen que has tenido muchas mujeres.

Leo soltó una carcajada, como si se burlara de su propia leyenda.

—Muchas y ninguna —dijo—. Si hago un inventario, a lo sumo recuerdo dos o tres rostros. Sé lo que estás pensando: preferirías haber sido la primera y la única. Un día aprenderás que cuando se vuelve a amar es siempre como la primera vez. Se nace de nuevo y sin memoria. Todo lo anterior es como el oleaje del mar en calma: un ruido monótono y adormecedor, algunas sombras sin rostro en el horizonte. Un alcatraz planea en el aire y cae en picada sobre las aguas.

Verónica cerró los ojos. Preguntaba porque deseaba escuchar una voz que la adormeciera. Apretó más el cuerpo a la espalda de Leo y le acarició el sexo con una mano. Leo protestó riéndose. Se le caerían los platos antes de llegar a la mesa de la cocina. Metió la mano por la bragueta sin botones del pijama y siguió acariciándolo, pegado a su espalda. ¿Por qué no hacer el amor en la cocina? Leo alcanzó a poner los platos encima de los individuales. No harían el amor, decidió él. Le ordenó sentarse juiciosa en la mesa, los huevos revueltos con jamón y champiñones, el pan tostado, ¿no iba a agradecerle el detalle? Verónica tomó un trozo de melón y se lo llevó a la boca. Besó a Leo y la fruta mordisqueada pasó a la boca del amigo.

Virginia no podía adivinar las intenciones de Upegui. Para hacerlo, tendría que penetrar en un lugar demasiado acorazado de la mente de un hombre que a duras penas hablaba de su pasado. Aunque él decía tener la solución en sus manos, voy a hacer unas gestiones, Virginia no pensó que Upegui pudiera acudir a soluciones extremas. Habló por teléfono con palabras que a Virginia parecieron excesivamente misteriosas. Con el inalámbrico en mano, se apartó de ella. ¿Me permites? Hizo otra llamada, más misteriosa que la anterior. Entre una y otra llamada parecía haber una relación lógica, como si trazara un puente de una orilla a otra.

¿Quién era el doctor Yances a quien trató amistosamente pero con respeto inusual? ¿Con quién habló en la segunda llamada y por qué ese seco tono telegráfico al hablar? Virginia alcanzó a escuchar algo así como que "lo llamo de parte del doctor Yances". No le dio importancia al asunto. Podría tratarse de un agiotista. Si los bancos no abrían créditos sin garantías, los agiotistas lo hacían con otra clase de contraprestaciones, seguramente tan implacables como las de los bancos. Upegui podía haber hablado con un usurero, aunque nadie podía concebir que en el mercado de la usura se dispusiera fácilmente de trescientos mil dólares.

—¿Con quién hablabas?

—Con un viejo amigo —respondió Upegui—. Hago gestiones.

—¿Yances?

—¿Te acuerdas del Representante a la Cámara? Se dedica ahora a sus negocios de ganadería en los Llanos. Me debe un favor.

—¿En qué te puede ayudar ese Yances? —lo recordaba remotamente—. ¿No es el mismo a quien acusan por la creación de grupos de autodefensa?

—Yances no sería capaz de una cosa así —dijo Upegui—. Defiende simplemente sus propiedades. ¡Fuera de la ley! No entiendo lo que quieren decir. Son propietarios que se defienden cuando las autoridades no pueden hacerlo. La guerrilla los roba, les pide contribuciones, los secuestra. Tienen que protegerse.

Virginia se despidió de Upegui. Pasaría por su casa, iría después al gimnasio.

—Te llamo después de almuerzo.

No podía adivinar las intenciones de Upegui porque el lugar donde se fraguaban sus pensamientos y se resolvían sus intenciones era por el momento un lugar desconocido por ella. ¿Quién era el misterioso viejo amigo con quien habló en la segunda llamada? Upegui estaba acostumbrado a "evolucionar" con ingenio en la resolución de sus problemas: créditos, canjes, adelantos de dinero sobre sus proyectos, venta de edificios en obra negra, devolución de sus créditos, firma de letras de cambio, préstamos de usura a conocidos y clientes, nuevos proyectos de vivienda, líos con los arquitectos, maniobras con políticos que agilizaban los trámites a los permisos de construcción, alianzas con otros que le pedían proyectar viviendas de interés social en terrenos de alto riesgo, entrada de grandes sumas a sus cuentas, salida de las mismas a los pocos días, solicitud de moratoria a sus créditos. Gran parte de esto lo conocía Virginia. ¿Cómo haría para encontrar de la noche a la mañana trescientos mil dólares en efectivo?

Upegui se citó con el misterioso "viejo amigo" en una cafetería del centro, a la altura de la calle 23 con carrera 13. El hombre no llegó solo. No ofrecía el aspecto de quien está acostumbrado a andar solo. Cuadró en la acera su camioneta y bajó escoltado por tres tipos, que se quedaron al pie

del vehículo, mirando a las putas y a los travestis que se estacionaban en la acera opuesta, a la entrada de hoteluchos y pensiones. ¿Por qué conocía Upegui el conducto para llegar a este hombre? ¿Yances, el tal Yances, le había dado las pistas para llegar a él? Se sabía de la existencia de un mercado, de la oferta y la demanda de servicios criminales, de los precios fijados según la categoría de la futura víctima, unos pocos miles por miserables anónimos, mucho más dinero, sumas fabulosa a medida que se subía en el orden jerárquico y en la eventualidad de los riesgos. ¿Cómo había conseguido Upegui, con tanta prisa y sin provocar desconfianza, esta cita con Ríoseco? Estaba claro: el conducto regular era Yances, a quien Upegui había vendido tres años atrás una casa de campo en la sabana.

—El trabajito le cuesta cincuenta millones —le dijo el tipo a Upegui.

—¿Tanto?

—Vale mucho menos de lo que vale el muñeco —se jactó el tipo—. Se lo saco del camino y usted empieza a vivir en paz.

—Le pago con un cheque al portador.

—No me crea huevón, ingeniero —chasqueó la lengua—. En efectivo, un billullo sobre otro. Le hago el trabajito porque me lo recomendó el doctor Yances. La mano de obra cobra la mitad por adelantado y el resto con el trabajo a satisfacción. Este es un contrato de prestación de servicios con póliza de cumplimiento —jadeó enseñando dos colmillos de oro. Se quedó sin respiración. Sacó del bolsillo de la chaqueta un inhalador y lo aplicó a la boca abierta. Es asmático, pensó Upegui.

—Le doy la mitad esta tarde —propuso Upegui—. El resto cuando veamos al muñeco.

Siempre había una primera vez. Upegui conocía el mercado. Aunque nunca se hubiera valido de esos medios, lo conocía como lo conocían quienes pedían esta clase de servicios para presionar a deudores morosos o dirimir pasiones personales. Sacar de en medio a un acreedor incómodo, mandar a mejor vida a un competidor agresivo. Dar una lección de lealtad a un sapo. Quebrar a un juez, taparle la boca a un periodista, eliminar a un comunista de mierda. Le repugnaba el método, pero, en su desesperación, la repugnancia era menor al hecho de saberse libre de amenazas. Le hacemos un favor a la sociedad, pensó para tranquilizar su conciencia. Si no lo hacía él, lo haría el otro. Alguien tiene que dar el primer paso.

Imposible llegar a las profundidades de un propósito parecido, se diría Virginia después. No se acaba de conocer a los hombres. Guardan como reserva de emergencia lo peor de sí mismos, exhiben en la superficie lo mejor y a menudo lo mejor es sólo apariencia. Al final de cuentas, todo el enigma de los hombres se resuelve en la brutalidad o amabilidad de sus acciones, en la generosidad o la mezquindad y en el recóndito propósito que las anima.

—¿Dónde recojo la plata?

—En mi casa, a las cuatro —dijo Upegui.

Virginia podía comprender las razones de la bajeza, justificar conductas extremas, armarse de comprensión y aceptar que siempre existe un motivo de peso para explicarse lo peor de los hombres, pero su capacidad de comprensión nunca habría llegado a la aceptación de un crimen. La salida salvadora de Upegui bastaba para condenarlo ante ella. Virginia ignoró siempre los motivos de esa cita, las intenciones de Upegui, el desenlace de su propósito. Y Upegui desconoció la astucia de su enemigo Raúl Trespalacios, olvidó que en el tejido del crimen existen hilos que se desenredan como trampas mortales y se devuelven contra el objetivo contrario, tratar de atrapar a una serpiente por la cola, sentir al instante que se tiene el colmillo en la propia piel.

El tipo del mandado, Eugenio de Jesús Ríoseco, se puso en contacto con Trespalacios esa misma tarde, después de haber recibido el anticipo de veinticinco millones de Upegui. Los tenía en su caja fuerte. Pero no tenía los veinticinco restantes que pagaría a Ríoseco una vez terminara su trabajo. Se sirvió de la cuenta del gimnasio, en la que tenía firma autorizada. Fue al banco, hizo el cheque y cobró los veinticinco millones. En el saldo de la cuenta quedaron tres millones quinientos mil pesos.

—Se lo entrego al forense por cincuenta mil dólares.

El tipo tenía un delicado repertorio de eufemismos.

—¿Quién es?

—Ni pendejo que fuera, don Raúl.

Ocultó la identidad de quien le pagaba cincuenta millones por su cadáver. Trespalacios no pensó en Upegui. Demasiado débil, demasiado cobarde, demasiado incapaz de sacar las tripas y mostrarlas, pudo haber pensado. Alguien del negocio, conjeturó Trespalacios. El gonorrea de Blásquez, quizá. Le había bajado a tiros a dos de sus mejores hombres, por faltones, recordó. Había querido tumbarlo con veinte de los cincuenta kilos que salieron por Barranquilla, venirle con el cuento de que no eran cincuenta sino treinta, ni marica que fuera. Podía ser el gonorrea de Blásquez.

—¿Querés que te ayuden mis hombres? —se ofreció Trespalacios.

—¡Ni hablar! Ese trabajo lo hago solo. Yo me gano lo que me como —y sacó el inhalador al sentir que la respiración le faltaba—. El asma se me alborota cuando hablo de negocios.

—¿Cómo me probás que ese es el gonorrea que quiere bajarme?

—Le tengo pruebas —dijo Ríoseco—. La cinta tiene ruidos de la calle, hay partes en las que se escucha un chirrido, pero lo que le interesa se puede escuchar nítidamente. ¿Ve la venntaja de usar chaqueta de cuero? En los bolsillos cabe una Luger o una Beretta, y también una grabadora. No se olvide que fui sargento y trabajé en Inteligencia del Ejército. Si me van bien en las cosas, le ofreceré los servicios de mi empresa de vigilancia privada. Ando en esas. El negocio promete. Uno tiene su experiencia.

—Te pago los cincuenta en dólares.

—La mitad ahora, la otra mitad cuando le entregue al marrano degollado con la cinta que lo compromete. Si se le antoja, puede hacer morcillas con el muñeco, aunque esté un poco viejo.

—Te doy mi palabra.

—Tranquilo —dijo Ríoseco—. Yo sé que usted es un hombre de palabra.

—¿Nos conocíamos?

—No sé si usted a mí, a usted lo conozco porque vamos a veces al mismo establecimiento. ¿Le siguen gustando las canciones de Vicente Fernández?

—Me chiflan los mariachis —dijo Trespalacios—. Tengo la mejor colección de sombreros mejicanos. Si tenés uno original que yo no tenga, te lo compro. Ando buscando uno con la firma de Vicente.

—Le hice unos trabajitos al Viejo Epa —se jactó Ríoseco—. ¿Se acuerda del viejo? Se moría con los mariachis —se quedó pensativo—. La vida sí es muy rara, ¿no le parece? Morirse metiendo perico en un motel con una puta y un travesti, esa no es manera de largarse.




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