Lo ъnico que nos proponemos con esta anйcdota es instruir



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—Disculpen —dijo el hombre.

Al verlo de espaldas, Verónica recordó que se trataba de Evelio Varón, su profesor de literatura en décimo grado.

—Me voy —dijo Verónica con voz enfática. Tomó su pequeño bolso de la mesa.

—Hernández —ordenó Fabián al escolta que seguía de pie a espaldas de la mesa—. No deje que la señorita, por ningún motivo, cometa la locura de irse sola. Llévela a su casa y regrese.

Verónica evitó ser vista por el Gordis.

Al salir, los porteros de la discoteca le pidieron esperar un momento. Se abría paso hacia la entrada un hombre y su pareja, rodeados por escoltas que avanzaban a empujones. Don Fidelio —dijo el hombre que acompañaba a Verónica. El duro de las esmeraldas —añadió. En el camino de regreso, el conductor le dijo a Verónica que don Fidelio era amigo intimo de su jefe. Ella se limitó a repetir la dirección de su casa. Sé dónde vive, señorita —dijo él mirándola por el retrovisor. ¿No se acuerda de mí? —preguntó—. Trabajé para don Epaminondas Romero, que en paz descanse.

A Verónica no le sorprendió la llamada de Beatriz. Empezó diciéndole que, mientras bailaba con Fabián, no había podido evitar encontrarse en la mitad de la pista de baile con el Gordis. No se sorprendió porque temió desde el principio la escena. Beatriz tampoco había podido evitar la furia de Fabián ni el puñetazo que le dio a Frank Rueda en el rostro. Lo terrible no había sido el puñetazo. Frank no estaba allá para buscar a nadie, trató de decir al agresor. Por casualidad se había encontrado con ellos en la misma discoteca. ¿No veía que venía con su pareja? Fabián le pegó otro puñetazo en la boca. Y al estirar el brazo, se le abrió la chaqueta. Iba armado. Uno de los escoltas recogió al Gordis del suelo, saquen a esta basura de mi vista, y lo empujó a la calle. Le cayeron a patadas sin que Fabián hiciera nada para impedirlo. Dos escoltas dándole patadas a un hombre que no hacía ni estaba en condiciones de hacer nada para defenderse. La escena puso histérica a Beatriz. ¿Por qué habría de sorprenderse si ella misma temió un incidente mucho peor que éste? Se lo advertí, Frank, le gritaba Fabián. Le advertí que se arrepentiría si nos veíamos personalmente. Beatriz gritaba enloquecida, déjelo, no joda, ¿no ve que lo están matando?, gritaba.

De nada valieron las súplicas. Dos agentes de policía que miraban la escena se desentendieron de la pelea, si se podía llamar pelea la saña con que dos hombres pateaban a un tipo tendido en el suelo. Presa de la histeria, Beatriz trató de correr y subirse a un taxi. Fabián la tomó de un brazo y la zarandeó. ¿Adonde iba? A mi casa —dijo ella llorando. A su casa la llevo yo, si es que va para su casa —le gritó Fabián.

Tuvo miedo, le dijo a Verónica. Ya habían dejado tranquilo a Frank Rueda, inmóvil en el piso, atendido por una mujer que gritaba pidiendo auxilio. Había bastado un gesto de Fabián a los escoltas para que dejaran de patearlo. La muchacha que acompañaba a Frank pegaba alaridos de impotencia. Se arrodilló al pie del cuerpo y trató de reanimarlo.

—¿Qué quiere que le diga, Beatriz? —le preguntó Verónica—. Usted sabía de lo que son capaces esos tipos.

¿Qué le aconsejaba? Todavía estaba a tiempo, le dijo Verónica. Sí, pero sería peor si cortaba su relación con Fabián. Pensaría que lo hacía para volver con el Gordis y, en ese caso, el pobre pagaría los platos ratos. No es que pensara volver con Frank Rueda, de eso estaba segura. Le gustaba mucho Fabián. No pensaba abandonarlo sino darle a entender que no era justo pegarle de esa manera a un hombre que no la buscaba ni había vuelto a acosarla. ¿Cómo lo convencía de eso? No la había dejado regresar a su casa. Fabián había llamado a doña Dolores y le había dicho que su hija se quedaba con él, que no se preocupara, iban a seguir la fiesta en una finca de Tabio, no se preocupe, señora, se la devuelvo sana y salva mañana por la mañana, le dijo con galantería. ¿Le habían gustado las flores? ¿Verdad que eran hermosas? Detuvo a la fuerza a Beatriz cuando hizo un nuevo amago de pedir un taxi y la llevó a su casa, donde se deshizo en excusas.

Se había dejado llevar por los celos, repetía. Que lo perdonara, le suplicó mientras depositaba en el cajón de un fino armario de madera la pistola que no lo había abandonado en toda la noche. Que estuviera segura de él, le daba su palabra, tenía que comprender que lo primero que se le vino a la cabeza fue que Frank Rueda había ido a la discoteca a buscarla. Y si no estaba allí para buscarla, venía acompañado por una putica para humillarla. Él no podía permitir que nadie pretendiera humillar a la niña más linda del mundo. ¡No sabes cuánto te adoro!

Por miedo, porque temía algo peor y no quería provocar más problemas, Beatriz aceptó sin oponerse ir a la casa de Fabián, le dijo a Verónica. No había podido dormir en toda la noche. Ya estaba más tranquila. ¿Qué quería que le dijera?, le preguntó Verónica. No podía decidir por ella. Y, por lo visto ella había decidido seguir con Fabián.

¿Se acordaba que la inauguración del gimnasio era mañana? Verónica le proponía encontrarse antes en su casa y salir juntas a la fiesta. ¿Cómo? ¿Quién autorizaba a Fabián para invitar al patán de Trespalacios? Dile que no es conveniente que venga con ese tipo. Mi mamá va a pegar el grito en el cielo.

No había visto nunca a Beatriz en tal estado.

—Ven a almorzar a mi casa —le propuso—. Hagas lo que hagas, te vas a encontrar con Fabián en la inauguración del gimnasio. Pero hazme el favor de llamarlo y pedirle que no vaya con ese boleta.

Verónica se quedó atrapada entre las turbulencias de su amiga. ¿Aconsejarla de qué manera y con qué clase de argumentos?

—¿Con quién hablabas? —le preguntó Virginia.

—Con Beatriz.

—¿Le pasa algo?

—Viene a almorzar.

—Almuercen, que yo quedé de almorzar con Javier —dijo Virginia—, Vamos a comer algo en el gimnasio.

Beatriz no venía solamente a almorzar —sospechó Virginia. Algo le estaba pasando a esa muchacha. Venía a visitarla porque estaba muerta de miedo, se dijo Verónica. Miedo de lo que había elegido o al aceptar que Fabián no la dejaría irse de sus manos.

La Beatriz que llegó al cabo de una hora tenía los ojos rojos e hinchados. Sí, estaba nerviosa. No había podido darle a la madre una explicación convincente: le dijo que de la discoteca se habían ido a una finca de Tabio, no había dormido nada, de la finca habían salido a desayunar en la Avenida Caracas, ¿se me nota en los ojos? Verónica la invitaba a almorzar, le dijo a doña Dolores mientras, extendida en la cama, se aplicaba en los párpados bolsas de té frío.

Beatriz se encontró en la disyuntiva de cortar por lo sano alejándose de Fabián o aceptar que, en efecto, su reacción de la noche anterior no había sido más que un explicable ataque de celos. Si abandonaba a Fabián, no podría evitar la sospecha de que lo hacía para volver con Frank Rueda, le repitió a Verónica. Descargaría sobre él toda su furia. Lo conocía poco, pero empezaba a conocer lo peor de él. Un hombre violento e implacable —le bastaba haberlo visto reventar de un disparo la rueda de un carro que trataba de adelantarlo—, amparado en el poder del dinero, podía llegar demasiado lejos en la defensa de su vanidad, opinó Verónica. No pretendía desilusionarla. Además, la presionaba para que decidiera irse a vivir con él. Lo hace por celos —dijo Verónica—. Es la única manera de tenerte a su lado.

Beatriz no probó bocado, ni siquiera la ensalada de filetes de atún, lechuga, cebolla y tomates que les sirvió Teresa.

Coma aunque sea un poquito, niña Betty.

—Le voy a dar otra oportunidad —dijo a Verónica.

—¿Lo quieres?

—No sé —se quedó pensativa—. Me atrae, tiene algo que me lleva a él como sí me hubiera quitado la voluntad. Cuando estoy con él me siento protegida, no solamente por él sino por todo lo que lo rodea: su casa, sus vigilantes, sus escoltas, sus perros.

—...y por su plata —dijo Verónica buscando en sus ojos la sinceridad de una respuesta.

—También —dijo Beatriz—. Resulta que todo lo que me hace sentir protegida no existiría sin la plata.

—Y tú sabes de dónde sale la plata, ¿cierto?

—¿De dónde va a salir? De sus joyerías.

—Las joyerías son los negocios donde invierte y mueve la plata que viene de otras partes.

—¿Qué quieres decir?

—Tú lo sabes, Beatriz —se enfureció Verónica—. Sabías desde el principio de dónde salía la plata de Fabián Acosta.

—Pero él no es como los otros —se defendió. ¿No era como los otros quien disparaba a las ruedas de un auto que pretendía adelantarlo? ¿No era como los otros un tipo que ordenaba patear sin misericordia a un hombre indefenso? —se preguntó Verónica.

—Todos son iguales —Verónica bajó la voz—. Mi mamá tuvo un amante que tenía un concesionario de carros. Apareció muerto en un motel, de un infarto. Las vagabundas que lo acompañaban salieron huyendo pero no se llevaron el perico que el tipo había estado metiendo toda la noche. Para casi todo el mundo, Epaminondas Romero era un próspero negociante. Primero exportó orquídeas, después importó carros de lujo. Hace una semana, lo leí en el periódico, se supo qué hacía verdaderamente. Les blanqueaba millonadas a sus socios, no había exportado orquídeas sino cocaína. El caso del "Viejo Epa", como lo llamaba mi madre, se está convirtiendo en un escándalo. La DEA dice que detrás de él hay inversionistas y políticos. Los gringos le estaban siguiendo los pasos e iban a pedir su extradición. ¿No lees los periódicos? —Beatriz respondió encogiéndose de hombros.

Verónica no tenía en cambio motivos para encogerse de hombros: si se escarbaba más en los negocios del difunto Epaminondas, algún hilo conduciría a su relación con Virginia. Ojalá hubiera tenido la prudencia de no dejar huellas. Esos viajes a Panamá, el dinero de sus cuentas, la tarjeta de crédito pagada por Epaminondas,

—¿Quieres decir que Fabián lava plata con sus negocios?

—No digo eso exactamente —matizó—. Digo que podría estar metido en esos negocios. No se gana tanta plata de un día para otro.

—¿Y quién no lo está haciendo?

Es bueno que lo sepas. No digo que el tipo no se haya enamorado de ti ni tú de él. Te digo que debes saber dónde te metes.

—Le voy a dar otra oportunidad —dijo al llevarse un trozo de atún a la boca.

—Tal vez él esté pensando lo mismo.

¿Por qué no dormía un rato? ¿Por qué no se tomaba una pastilla que la relajara? ¿Quería un Valium? ¿Por qué no fumarse un varillo? Virginia fumaba un poco de marihuana para rebajar la tensión. ¡Ni hablar! La única vez que fumó marihuana le dio un vómito espantoso. ¿No se molestaba si le confesaba algo? Gran parte de su tensión era debida a la coca que metió con Fabián. ¿Metía entonces coca? De vez en cuando. Ahora entiendo, dijo Verónica, ¿Para qué reprochárselo? Muchas chicas de su edad lo hacían, las que no metían perico metían yerba, las que no metían perico ni yerba tomaban anfetas y bebían litros de coca cola. Algunas le están jalando al bazuco, añadió Beatriz. ¿Lo había probado? Me supo a mierda, dijo haciendo un gesto de asco.

La despertaría a las cuatro.

—Acuéstate un rato.

A las tres y medía de la tarde llamaron a la puerta. Verónica abrió. Era Fabián Acosta. ¿Estaba Beatriz? La había llamado a su casa y doña Dolores le había dicho que estaba almorzando con Verónica. Sin abrir del todo la puerta, le impedía el acceso. ¿Podía pasar? Claro, pasa. Beatriz se había acostado a descansar. Despiértala, dijo el tipo, mirando hacia la segunda planta. Espera, voy a llamarla.

Beatriz descendió adormilada.

—¿Nos vamos, mi amor? Te estaba llamando a tu casa.

No respondió. Parecía una autómata. Tomó el bolso que había dejado encima de una mesa auxiliar y se dejó tomar por el brazo. Parecía dopada.

—¿Van a alguna parte? —preguntó Verónica.

—Por ahí de compras —dijo Fabián. Beatriz volteó a mirar y Verónica adivinó el sentido de esos ojos desmedidamente abiertos del pánico.

A la mañana siguiente le contaría que habían paseado por la Zona Rosa y la Hacienda Santa Bárbara, que Fabián no paraba de comprar para ella vestidos, blusas, zapatos y accesorios, que habían entrado al cine y la había llevado, no a su casa, como ella deseada, sino a dar un loco paseo nocturno por la Autopista del Norte, que manejaba a toda y en silencio que apagaba deliberadamente las luces del carro por el placer de circular a oscuras a ciento sesenta kilómetros por hora, que, al regreso, sin darle tiempo de pedir que la llevara a su casa, se había dirigido a su apartamento. Te quedas conmigo, le había ordenado él.

No le hizo el amor, contó Beatriz a su amiga. ¿Se imaginaba lo que había hecho? Juguemos, le dijo Fabián. ¿A qué? preguntó ella. A que resistes una noche encerrada en un cuarto sin decir una sola palabra. ¿Qué juego era ése? La agarró del brazo, la condujo a uno de los cuartos vacíos y la dejó adentro. Pensó que el juego no pasaría de esa broma. Sintió que Fabián daba doble vuelta de llave a la cerradura. Si una de las reglas del juego consistía en no decir una palabra ni protestar, obedecería esa regla. Pasó el tiempo. Escuchó la música que venía de la sala. Heavy metal a volumen progresivo. Sintió sueño pero al sueño se le oponía la asfixiante sensación de encierro. Se propuso no decir una sola palabra. Si Fabián descubría su lado débil, la torturaría con un nuevo juego. La música se escuchaba a mayor volumen. Un rock tras otro, el seco golpe de la percusión. La apagaba. Beatriz creía que por fin se había cansado de su juego macabro. Estaba decidida a dormir. Pero el estruendo volvía. Y así, sucesivamente silencio y estruendo, el ciclo repetido de la misma tortura. ¿Cuánto había durado la prueba? Se acostó vestida. La venció el cansancio. Escuchaba en duermevela el eco de la música. Se tapó con bolitas de papel los oídos, pero la música resonaba en su memoria.

Muy temprano en la mañana, ¿qué hora es?, vio a Fabián de pie en el vano de la puerta.

—Veo que no eres claustrofóbica —le dijo a manera de saludo—. Ven y desayunamos.

Al salir al comedor, vio el desorden de la sala: botellas, una hielera, huellas de cocaína en la mesa de centro. ¡Tener la desfachatez de preguntarle si le había gustado el juego! La trató con delicadeza, la hizo comer prácticamente de su mano, coma algo, mamita.

Le permitió irse a su casa. Se encontrarían en la inauguración del gimnasio.

—Póngase bien linda —le dijo.
Un pasacalle anunciaba la inauguración del gimnasio Perfect Body. Media hora antes de lo indicado en la invitación, ya no había espacio para estacionar en las aceras de la calle ni en los parqueaderos cercanos. Las cámaras de televisión hacían tomas a la entrada registrando la llegada de los famosos. Actores, actrices, personajes de la política y los negocios, modelos de éxito, eran recibidos por Virginia en la puerta. En un segundo plano, más discreto, Javier Upegui saludaba a conocidos y amigos, radiante con su cráneo rapado y su smoking. Se había permitido la licencia de una pajarita morada.

A medida que los invitados entraban eran recibidos por chicas de minifalda negra y delantal de cuero blanco, debajo de los cuales se asomaban sus pechos desnudos. Los chicos vestían sólo pantalón blanco ajustado y delantal negro. Virginia había decidido que la bienvenida se daría con una copa de champaña. En una pantalla gigante se proyectaban fragmentos de películas musicales elegidas por Upegui: Cantando bajo la lluvia y West side story, Porgy and Bess, Cabaret y Los paraguas de Cherburgo, reliquias conseguidas después de muchas búsquedas en la cinemateca de la ciudad. Al fondo del gran salón, se había abierto espacio al escenario. Cuando llegara la mayoría de los invitados, Virginia ordenaría a bailarines y bailarinas dar comienzo a la función, una coreografía de quince minutos concebida como alegoría de la gimnasia aeróbica. Virginia pronunciaría unas palabras de bienvenida redactadas por Upegui, me cago del susto Javier, unas breves palabras agradeciendo la presencia de tan prestantes personalidades.

A las siete y quince de la noche no cabía un invitado más, un éxito, mi amor, esto está repleto. De la copa de champaña se había pasado al whisky, el vino, el vodka y la ginebra. Los invitados se lanzaban a la caza de los bocaditos de queso, anchoas y salmón ahumado, los muslitos de pollo apañados y el bacon con dátiles no duraban un segundo en las bandejas. Todo nos está saliendo divino, Javier.

Se interrumpió la proyección de las películas. Tres bailarines, con sus respectivas parejas, se instalaron inmóviles en el centro del escenario. Vestían licras verdes, negras y moradas, rodilleras y balacas en la frente. La sala se quedó a oscuras. Un círculo de luz arropó a los artistas. Los acordes de "Life is life", del grupo Opus, empezaron a escucharse en el salón. A su alrededor, los instructores del gimnasio hacían sincronizados movimientos aeróbicos. A "Life is life” le siguieron "Walk the dinosaur", de Was not was y "Never can say goodbye" de Communards. Elton John contribuía a la banda sonora con "I guess that’s why they call it the blues". La coreógrafa había insistido en poner solamente música de la década. El show se cerraría con "Money for nothing", de Dire Straits. Un cuidadoso trabajo de edición unía una canción con la siguiente.

¿Cómo se llamaba el espectáculo? "Goodbye to the 80's" —decía el programa de mano. Adiós a los años ochenta. Verónica había aprobado la selección de las canciones contra el gusto de su madre, que había propuesto algo más "excitante", por ejemplo "I can get not satisfaction", de los Rolling, pero la hija le dijo que Mick Jagger armaría demasiado desorden entre los asistentes. En el fondo, madre e hija pugnaban por la defensa de su época. La clientela del gimnasio va a ser de los ochenta, mamá, los de tu época no hacen aeróbicos sino jogging —argumentó para defender el menú musical de esa noche. Todo un éxito, repetía Upegui. Te saliste con la tuya, le dijo al oído Isaías Bueno. Te traje las cámaras de regalo, se jactó John Peralta. ¿Quién era ese bailarín mulato, el de la izquierda? Te lo presento al final, pero es perdidamente marica, dijo Upegui. Como me lo recetó el médico, dijo Peralta con la copa de Margarita en la boca.

Las palabras de Virginia fueron aplaudidas por casi doscientos invitados. "No abrimos un simple gimnasio, estamos abriendo la más espectacular escuela de belleza y salud corporal de la ciudad" —improvisó subiendo la voz. "Una escuela para jóvenes de ocho a ochenta años. Así que diviértanse y regresen mañana a matricularse. Aceptamos cheques y tarjetas de crédito. Les advierto que no recibimos dólares falsos".

Antes de descender del escenario, brindó con la copa en alto. La cámara la siguió hasta el grupo donde la esperaban Upegui, Verónica y Beatriz, protegida por Fabián Acosta: su brazo arropaba los hombros desnudos de la modelo, ¡Fantástico! —la exclamación se repetía en distintos grupos y rincones de la fiesta.

John Peralta e Isaías Bueno se acercaron a felicitar a Virginia. Te vamos a dar tres minutos del noticiero —le informó Peralta. Una fiesta francamente suntuosa —le dijo a Upegui. Más discreto, Isaías la felicitó de beso en la mejilla. Virginia sonrió aún más discretamente al escuchar el cumplido del publicista, ¿Qué le dijo? Nadie lo sabría. Peralta sí sabía que, cuatro años atrás, Bueno había estado dos o tres veces con La Tarzana. Lo sabía también Upegui, a quien no molestó el secreteo de Bueno.

Retrato de grupo: los fotógrafos dispararon sus flashes: Upegui abrazando a Virginia, Verónica y Beatriz a izquierda y derecha de Fabián Acosta, Peralta y Bueno en los extremos, aunque a Bueno no le hiciera gracia salir en páginas sociales y, menos aún, al lado de Upegui y ese tipo extraño, ¿quién era? ¿Quién era el tipejo de traje brillante que abrazaba a esa muchachita tan hermosa? El camarógrafo del noticiero hizo una última toma. Saquen la nota en el noticiero del mediodía de mañana —le ordenó Peralta a la periodista que dirigía a los camarógrafos. A mí me sacas de esa toma, le ordenó Bueno a Peralta. Ni puel chiras voy a salir con extraños, dijo enfadado. No te lo ruego, te lo ordeno: tu programadora me debe mucha plata. Y Peralta le dijo que tranquilo, pediría que editaran la imagen. No me gusta el joyerito ese, añadió Bueno.

Verónica se encontró sola al lado de Bueno. Sabía de su amistad con Pradilla. Le preguntó por él, como si no hubiera recibido un telegrama que hablaba de miel y rosas. Parece que se va a quedar apenas una semana más —le dijo el viejo Isaías. Y Peralta, que se había acercado a ellos tratando de evitar que le tomaran una foto con Amparo Consuegra, pescó al vuelo la frase de Bueno.

—Te lo voy a robar, Isaías —le dijo dándole una palmadita en la espalda—. Necesito un director para mi magazine de la noche. Prime time. Voy a introducir un formato de éxito: breves de farándula, chismes de la política, muchachas hermosísimas, avances de películas, todo un panorama de la actualidad. Mucho fashion, mi querido Isaías, un programa muy high life, ya verás la cantidad de pauta que van a ordenar tus clientes.

—Te va a costar una millonada —respondió Bueno—. Leo es un gran publicista y no dudo de que pueda ser un buen director para tu programa, pero la gracia te va a costar más de lo que calculas.

—Cueste lo que cueste, quiero a Pradilla en mi magazine de una hora.

—¿Están hablando del mismo Guido Leonardo Pradilla? —los interrumpió Verónica.

—Del mismo —dijo Peralta—. Lo vamos a tener muy pronto entre nosotros —volvió a palmetear la espalda de Bueno.

—John le quiere joder las vacaciones a mi mejor pupilo.

Amparo superó el obstáculo de varios grupos y se aproximó a Upegui.

—Te felicito, viejo —le dio un beso en la boca—. Y a ti, por supuesto, Virginia. Este gimnasio va a marcar una época. No me gustó la decoración de la oficina, la veo desabrida y con poca vida. Si necesitas mis servicios, te echo una mano —dijo al besar a Virginia.

—No lo decoré pensando en tu clientela —se defendió Virginia.

—Tus socios son mi clientela —lanzó a manera de estocada la Consuegra—. ¿No es así, Fabiancito? ¡Ay, pero si está aquí la preciosura de Beatriz! —exclamó buscando sus mejillas—. Tienes al pobrecito Frank Rueda llorando como Magdalena.

Fabián apretó un brazo de Amparo, lo apretó con la intención de hacerle daño. Te quedó divina la casa, Fabiancito —dijo la decoradora sin protestar—. Elegí cuidadosamente la decoración pensando en ti. A propósito, te tengo una silla, Le Corbusier, ya verás qué cómoda y linda. Me la acaban de traer de Milán, en cuero negro y marrón, la silla de diseño que te falta. Convéncelo, Beatriz, es la silla más preciosa y confortable del mundo. ¿Sabes, Fabiancito, quién es Franco Maria Ricci? Te voy a mandar su revista. Estoy ahora mismo encargando productos con su firma. Es el no-va-más de Italia y Europa. Si quieres productos sofisticados, te consigo algo de Franco Maria Ricci.

Amparo tomó del brazo a Virginia y la separó del grupo.

—No se deje joder de nadie, mija —le dijo—. La Tarzana murió esta misma noche. Usted tuvo la verraquera de matarla. Pero si quiere que le dé un consejo, escuche: Upegui anda metido en líos. Yo lo conozco. Haga bien sus cuentas, Virginia, separe bien lo suyo de lo de su socio. No piense que se lo digo por resentimiento porque yo fui quien lo abandonó a él y no al contrario.

Upegui nunca sabría lo que Amparo Consuegra le dijo esa noche a Virginia.

—¿Qué te dijo esa bruja? —le preguntó al recuperarla de las garras de Amparo.

—Que La Tarzana había muerto esta noche.

—La Tarzana murió hace mucho tiempo, Virginia, desde el día en que empezamos a salir juntos.

Verónica se vio de un momento a otro rodeada por Isaías Bueno y John Peralta.

—¿No has pensado probar suerte en la televisión? —le preguntó Peralta,

—Estoy estudiando Administración de Empresas.

—¿Cuántos años dura esa carrera? ¿Cuatro, cinco? Te sugiero empezar un curso de expresión oral. Si lo dejas en mis manos, te pondré a un profesional que te prepare. Voy a necesitar niñas lindas y ambiciosas como tú, ¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.

—Digamos que veintiuno —siguió Peralta—. Puedes parecer de veintiuno. En seis meses, en tres, si le pones las agallas necesarias, te abro un huequito en uno de mis programas. Preparo un magazine que va a dividir en dos la historia de la televisión. Creo que lo tendré al aire en menos de un año. ¿Te le mides al casting?

Bueno seguía el monólogo de Peralta con expresión escéptica.

—No te dejes embaucar por este encantador de serpientes.

—Pensaba también estudiar Periodismo —dijo Verónica, apabullada por Peralta—. Si no me va bien en Administración de Empresas, me paso a Comunicación Social y Periodismo.

—¡Periodismo! —exclamó Peralta—. Dentro de unos años no vamos a necesitar periodistas sino niñas lindas que sepan leer las noticias. Los periodistas nos van a servir en la retaguardia. Harán la información pero sólo serán peones que trabajan para una imagen central: los que leen las noticias —insistía en su pronóstico—. La imagen de las noticias no se hará con periodistas.

Prometía foguear a Verónica en un magazine donde aprendería a dominar las cámaras. A partir de allí pegaría el salto hacia las noticias. ¿Para que perder el tiempo en una escuela de periodismo si podía invertirlo leyendo periódico y revistas, viendo mucha televisión?

—Canto de sirenas —se burló Isaías Bueno.

Un tipo de ademanes pausados se acercó al grupo. No debía pasar de los treinta. Bueno lo saludó con respeto y Peralta se quedó mudo en el momento en que pensaba seguir con su perorata.

—Max Domínguez —lo presentó Bueno—. Mi amigo Max acaba de ser nombrado presidente de la mayor productora de papel del país. Mi amigo el imposible John Peralta del Canal Equis-Zeta. Nuestra amiga Verónica, estudiante de Administración de Empresas —dijo Isaías Bueno al presentarlos.

—He oído hablar de usted —dijo Peralta al apretarle la mano—. ¿No acaba de terminar un máster en el MIT?

—Las noticias vuelan, pero vuelan mal —corrigió Domínguez—, Terminé un máster en Harvard.

—¿Ves, Verónica? Esa es la clase de información que te quiere enseñar Peralta. En la confusión de las fuentes está el error de la noticia.

Verónica se excusó. Virginia le estaba haciendo señas desde hacía rato.

—¿Es de verdad o de mentiras? —preguntó Max al seguirla con la mirada.

—Tan de verdad como que es la amiga de Leo Pradilla —lo desalentó Bueno.

—Esa niña le alegra la noche a cualquiera —dijo Max.

A partir de ese instante, Domínguez siguió solamente por cortesía la conversación del grupo. Miraba inquieto y su inquietud tenía un objetivo.

—¿Te gustó? —preguntó Bueno.

—¿Que si me gustó? —respondió—. Me dejó un clavo ardiente en el estómago.

—¿Qué hace tu padre, Max? No lo veo hace rato.

—Jugar golf, almorzar todos los días en el Jockey y aburrirse con mi madre. Pero sigue lúcido. El Grupo, y tú sabes en lo que anda El Grupo, le quiso hacer una jugada sucia a través de sus intermediarios pero el viejo blindó bien blindadas sus acciones. Compró las que andaban sueltas en el mercado, llamó a cada uno de los pequeños accionistas y les compró a mejor precio las que tenían —contó Max a Bueno, interesado en la jugada. Apreciaba a J.J. Domínguez.

Hacia la medianoche quedaban en la fiesta decenas de irreductibles. Upegui le sugirió a los meseros suspender el servicio y el mejor método para suspenderlo era ofrecer más trago a los invitados que tuvieran los vasos llenos. ¿Podían apagar y encender las luces en señal de advertencia? Las personalidades habían abandonado el salón hacia las diez y media de la noche.

—Los invito a mi casa —ofreció Fabián Acosta.

Bueno y Peralta querían despedirse. Distanciado de ellos, Max Domínguez, que sólo probaba un poco de vino, dudaba entre salir o quedarse. No había dejado de buscar a Verónica con la mirada.

Virginia le agradeció a Fabián la invitación a su casa. Estaba rendida. Los pies le pesaban, sentía nudos en la espalda, sus nervios le pedían tomar un baño y dormir hasta el mediodía siguiente. Gracias, será otro día. Upegui le dio la razón. ¿Por qué no hacían una reunión de socios mañana?

—¿Me están despreciando?

—Ni lo pienses —dijo Upegui—. Lo que pasa es que las fiestas de tu casa duran hasta el día siguiente.

—Usted manda, Javier Upegui —dijo Fabián, añadiendo con sorna el apellido al nombre—. Sólo en algunas cosas —añadió—. Así que los invito a un asado el domingo —dijo abrazando por la cintura a Beatriz—. Ha sido todo un éxito. Si seguimos así, podemos dormir tranquilos, ¿no, Javier? La felicito nuevamente, Virginia. Todo esto es obra suya.

Las miradas de Verónica y Max se encontraron. Ella sonrió. Él hizo un saludo de mano y caminó hacia la puerta de salida.

Verónica, que en toda la velada no había perdido de vista el comportamiento de Fabián con Beatriz, notó algo extraño en la manera como él la separaba del grupo, ciñendo un brazo a su cintura. Si no hubiera visto el cambio de color en el rostro de Fabián, las venas del cuello hinchadas por la presión que seguramente hacían sus dientes, la tensión de las mandíbulas y los ojos de un momento a otro enrojecidos; si la mirada de Beatriz no hubiera sido interpretada como el llamado de auxilio. Verónica no hubiera dado los pasos que dio hacia la pareja ni hubiera preguntado a la amiga si se iba a quedar esa noche en su casa.

—Déjanos solos —le dijo Fabián—. Estamos arreglando unas cositas.

—¿Te quedas o te vienes con nosotros? —insistió Verónica—. Le dije a tu mamá que te quedabas a dormir en mi casa.

—¡Se queda conmigo! —gritó sin gritar Fabián.

A Verónica no la intimidó la voz intimidante del tipo.

—Nos vamos ya —dijo Beatriz zafándose de la tenaza que la sostenía al lado de Fabián.

—Ven —la tomó de la mano Verónica—. Le voy a pedir a Javier que nos lleve a la casa.

Virginia y Javier esperaban la salida de los últimos invitados. Si quedaban borrachitos, los meseros se encargarían de echarlos a la calle. Verónica se acercó a Virginia y a Javier tomando de la mano a Beatriz. ¿Nos vamos? —preguntó.

—¡Usted no se va a ninguna parte! —se interpuso Fabián— y la haló con fuerza, arrastrándola hacia la salida.

—Lo que mal empieza, mal acaba —dijo Virginia.

Fabián abrió la puerta derecha de su camioneta e introdujo a Beatriz a empujones. Se disponía a entrar por la derecha, pero se detuvo en el instante en que introducía la llave en la cerradura. También Virginia, Upegui y Verónica se quedaron paralizados. Fue sólo el eco de un estruendo lejano, al que siguieron dos nuevos estruendos. Todos dirigieron la vista a izquierda y derecha, hacia ninguna parte. Las explosiones venían seguramente del centro —alcanzó a calcular Upegui. El eco se repitió en algún lugar de los cerros y fue devuelto a la ciudad en una lánguida duplicación instantánea.

Fabián encendió el motor de la camioneta, giró bruscamente y aceleró tomando por sorpresa a sus escoltas. Verónica creyó haber visto la expresión del pánico en el rostro de su amiga.

Uno de los vigilantes, con un pequeño radio transistor pegado a la oreja, trataba de volver más nítida la sintonía de una emisora. Pasaron algunos minutos. La partida de Fabián y Beatriz los había dejado pensativos. El celador lidió con el pequeño transistor. Upegui escuchó casi indiferente sus versiones.

—¡Ah, hijuepuerca! —gritó el viejo de la ruana y la linterna—. Parece que fueron los narcos.

Apartó el transistor de la oreja y se secó las lágrimas con la punta de la ruana.


Le rasgó la ropa a zarpazos. Primero la había abofeteado. Como Beatriz intentara defenderse, Fabián consiguió dominarla con otra bofetada en el rostro. Arrojó la blusa de seda al suelo y la pisoteó. Faltaba la falda. Bastó un manotazo y un fuerte jalón hacia abajo para que la cremallera se reventara y la costura de la falda se deshiciera. La acabó de rasgar a pisotones. La tenía ya inmovilizada sobre la alfombra. Le sacó a violentos tirones la ropa interior y se sentó sobre su vientre con las manos rodeándole el cuello. De la nariz de la muchacha se escurría un hilo de sangre. Ya no se resistía ni gritaba. Le abrió las piernas con la tenaza de los brazos, se abrió la bragueta del pantalón. Volteó el cuerpo indefenso, haciendo palanca con el brazo que sujetaba la nuca, le abrió los muslos y la penetró de espaldas con el mismo ensañamiento que había puesto al desnudarla. Si hubiera pronunciado alguna palabra, Beatriz hubiera podido suplicarle que no le hiciera más daño, pero la violencia silenciosa de estos actos imponía mas silencio a su indefensión. Lo mejor sería no resistirse. Si se resistía, caerían más golpes sobre su rostro.

Los perros que habían ladrado al escuchar los primeros gritos, se asomaron jadeantes al ventanal, los hocicos pegados al cristal blindado. Beatriz no sintió la dureza de taladro de la penetración, ni siquiera sintió segundos después la densa, pegajosa humedad que se escurrió por la cara interior de sus muslos. Cerró los ojos y rogó a Dios que todo acabara pronto. Al final, levantándose del piso y abrochándose el pantalón, Fabián pronunció unas pocas palabras:

—Nadie me pone en ridículo y menos delante de la gente.

Beatriz hubiera deseado tener a mano una manta, un trapo, un abrigo, algo que cubriera la desnudez y atenuara el desamparo. Giró el cuerpo y quedó bocarriba. Se cubrió como pudo con blusa y falda rasgadas.

—Nadie y mucho menos una mujer me pone en ridículo —repitió Fabián dirigiéndose al bar.

Se sirvió un largo trago de whisky. Beatriz pensó que si se movía, si daba señales de vida o de recuperación, Acosta volvería a golpearla. Pasó una mano por su frente y sintió el ardor de un rasguño, provocado tal vez por el grueso anillo que Fabián no se quitaba nunca de la mano derecha. No le dolía el lugar penetrado, le dolían los senos golpeados cuando trató de resistirse.

Decidió quedarse inmóvil, con los ojos entreabiertos. Si los cerraba, la silueta borrosa de Fabián desaparecería del salón. Lo vio sentarse en uno de las altos butacones del bar y beber en silencio otro vaso de whisky sin hielo. Lo vio regar el polvo blanco en la superficie de madera de la barra del bar, sacar una tarjeta de su billetera y extenderlo en rayas delgadas. Lo vio aspirar ruidosamente, una y otra vez. Lo vio sostener en la mano la pistola que había dejado encima de la barra.

La contemplaba, tocaba la punta del cañón y la culata. Lo vio levantar el arma, apuntar hacia el techo. Escuchó tres, cuatro, cinco disparos. Algo se desprendió del techo y cayó sobre la alfombra. Y escuchó el ladrido de los perros. Cada nuevo disparo produjo un golpe seco en su estómago. Y nuevos ladridos de los perros. No me está disparando a mí, se decía Beatriz. Le está disparando a su rabia. Lo vio caminar con el arma hacía el ventanal que daba al jardín. Vio sus esfuerzos para abrirlo después de haber desactivado la alarma. Vio a los perros que se le acercaban y le lamían los pies. Vio el gesto de la mano que apuntaba a la cabeza de un Rossweiler, escuchó un

único disparo y cerró los ojos. Beatriz imaginó al animal revolcándose en su agonía. Imaginó al otro perro en estampida hacia su refugio del jardín.

Dos escoltas, que entraron al salón, la miraron aterrados. Ella entendió que la miraban con misericordia. De espaldas al ventanal, quieto con el arma colgando de la mano, la silueta de Fabián parecía perdida en medio de la niebla. ¿Sucede algo, patrón?, preguntó uno de los escoltas. ¡Lárguense, carajo!, gritó Fabián.

¿Fue brusco o gradual su desvanecimiento? No lo recordaba. Recordaba que segundos antes del desvanecimiento había llegado a sus oídos algo parecido al llanto de un hombre. Podría haberlo imaginado.

Despertó en una cama, desnuda y cubierta por pulcras sábanas y cobijas de lana. Era tanto el dolor del cuerpo, que no había lugar preciso para señalar el origen del dolor. Alguien, Fabián quizá, la había depositado en la cama. En un sillón, tapizado de terciopelo morado, en batín de seda y pantuflas, pensativo y con el rostro dirigido hacia la alfombra, Fabián había esperado que ella despertara. Clareaba. La bruma del amanecer, hacia los cerros, era una claridad gradual en la sabana.

¿Había soñador? Si se trataba de un sueño, éste se parecía al confuso curso de sensaciones liberadas desde algún lugar de la memoria. Pocas veces recordaba al padre o soñaba con él, le dijo alguna vez a Verónica. Esta vez, sueño o memoria la acercaron a la niña de acaso seis años que corría sola entre la multitud de un parque de atracciones. El padre se había distraído disparando a los osos de peluche de un estante con una escopeta. Atraída por las gracias de dos payasos, los había seguido hasta perder el rumbo de regreso. Corría confundida entre otros niños, tomados de la mano por sus padres. De repente, la detuvo un disparo y el grito de júbilo de un hombre. Era su padre. Recibía el oso de peluche del premio y se lo entregaba en las manos, alzándola en brazos y besándola en la frente.

Fueron éstas las primeras imágenes recordadas al abrir los ojos. Y en la dulce bondad de las imágenes se entrometió el espanto de un disparo en la cabeza de un perro. Sintió algo superior al miedo. El miedo era una prisión de la que no se salía fácilmente, se diría al día siguiente.

—No sé lo que me pasa —había escuchado la voz de Fabián—. Hago sin pensar muchas cosas y después me arrepiento.

No hablaba para ella. Hablaba para sí mismo.

—Todo se me nubla en unos instantes y no puedo frenar mis impulsos.

Por supuesto que no hablaba para ella, hablaba para sí mismo.

—Estás enfermo —le dijo Beatriz desde la cama, temiendo que su diagnóstico disparara de nuevo el irracional mecanismo de la cólera.

—Sí —aceptó él—. Estoy enfermo.

—¿Has matado a alguien? —si había aceptado el riesgo de hablar, diría con prudencia lo que pensaba en esos instantes—. Mataste el Rottweiler.

—¿Me quieres creer? —había alzado la vista hacía ella—. Adoraba a ese perro.

—¿Has matado a alguien?

—Se mata para seguir viviendo —dijo él—. No puedes entenderlo, pero se mata antes de que te maten.

—¿Has matado a quien no merecía estar muerto?

—No he matado a nadie —había aceptado Fabián—. He ordenado matar a quienes podrían matarme.

¿Lloraba? Si quebraba la voz con un nuevo gemido, vería llorar al hombre que la había golpeado y violado sin misericordia.

No quiso levantarse de la cama. Se sentía resguardada dentro de sábanas y cobijas. Y mucho más resguardada al ver a Fabián sentado, con el torso inclinado y las manos en la cabeza.

—¿Puedo bañarme y vestirme?

—Tienes una muda de ropa en mi closet.

Salió con cuidado de la cama y atravesó el dormitorio. Se encerró en el baño y puso el seguro de la puerta. Los labios se habían hinchado, los moretones de sus senos serían en pocas horas azulados. El rasguño de la frente era cubierto por una línea seca de sangre.

Recordaba que en el camino del gimnasio a su casa, Fabián había conducido saltándose los semáforos, descargando su rabia en la acción de hundir el pie en el acelerador y mover la palanca de velocidad, siempre en silencio, con las venas del cuello brotadas y las mandíbulas apretadas. Recordaba su furia cuando otro carro trató de adelantarlo. Fabián se lo impidió. Se hizo al lado de la ventanilla del conductor, sacó la pistola y disparó a una rueda delantera.

—¡Hijueputa! ¿Qué te has creído? —gritó Fabián. El otro auto disminuyó la velocidad y zigzagueó antes de estrellarse contra el andén. Recordaba haber sentido el frenazo del auto en la puerta del garaje y la prisa del vigilante al abrirle la puerta desde el dispositivo electrónico. Recordaba haber entrado a la casa halada a la fuerza. Entre su entrada a la casa de Fabián y el instante de su desvanecimiento se sucedieron los hechos que le refirió a Verónica.

¿Qué explicación había dado a la madre? ¿Qué dijo ella al verla llegar en ese estado? Un accidente, menos mal que no había sufrido heridas mayores. El carro de donde regresaban de La Calera se había desviado al esquivar al que venía en sentido contrario, se había estrellado milagrosamente contra una cuneta, le dijo. Si hubieran chocado contra el vehículo que venía en sentido contrario, Dios sabe lo que podría haberle pasado. No era nada, mintió. Unos moretones y ese rasguño en la frente, le dijo a doña Dolores. Si la llamaba Fabián, le dijo, debía decirle que no se sentía bien. No podía sin embargo guardar silencio, aunque sintiera un hueso atravesado en la garganta. Fue cuando decidió llamar a Verónica.

Pasó todo el día en la casa. Y el siguiente, hasta que aceptó la invitación a almorzar. El rasguño de la frente era insignificante. Los moretones de sus senos habían adquirido una fuerte coloración azulada.

Un día después de aquella madrugada de espanto, uno de los escoltas de Fabián llamó a la puerta del apartamento de Beatriz, le entregó las llaves del Mazda y le indicó que estaba estacionado frente a la acera del edificio. ¿No había un garaje? No, déjelo allá fuera, dijo Beatriz sin ganas. Le entregó también el permiso de conducir a su nombre. Ya había advertido a la madre que compraría a plazos un carro.

Verónica adoptó la estrategia de no preguntar. Si Beatriz guardaba algún secreto, se desahogaría tomando ella misma la iniciativa. Todo era cuestión de paciencia. ¿Qué había pasado la noche de la inauguración del gimnasio? Sí, la había llevado a su casa, estaba realmente furioso, habían pedido comida a un restaurante chino y se había quedado a dormir con él, mintió. Verónica no creyó esta versión. Al verla llegar con gafas oscuras en un día de lluvia y sin sol, pensó que la amiga no ocultaría por mucho tiempo lo sucedido aquella noche. Había empezado mintiendo. Le daría tiempo a la aparición espontánea de la verdad. Seguiría hablándole.

—Leo regresa dentro de diez días —le dijo a Beatriz—. El viejo Isaías Bueno me llamó.

Si pretendía abrir la ceremonia de las confidencias, empezaría abriéndose ella. Leo la había llamado desde París. Miel y rosas, ¿cómo seguían las rosas bañadas en miel? La frase se había convertido en la clave secreta de sus relaciones. ¿No te parece fantástico?

—¿Por qué regresa?

—Aceptó la propuesta de dirigir el magazine que está preparando John Peralta. ¿Y adivinas qué? Peralta quiere que yo haga unos cursos y después el casting para trabajar con otras dos muchachas en la presentación del programa.

—¿Qué le dijiste?

—Que lo estaba pensando.

—¡Bruta! —exclamó Beatriz—. Eso ni se piensa.

—¿Te imaginas? Dirigida por Leo Pradilla. Eso es lo más tentador.

Verónica preparó un cóctel de champaña y zumo de naranjas. Notó cierto nerviosismo en los gestos de Beatriz, cierta inquietud en la mandíbula y los párpados. No se estaba quieta. Caminaba de un lado a otro de la habitación, tocaba cuanta cosa encontraba, la dejaba en su sitio, subía la voz innecesariamente.

—¿Te puedes quedar quieta?

—No puedo.

Verónica la enfrentó sin agresividad.

—¿Estás metiendo perico, no es cierto?

Beatriz lo negó. Verónica se lanzó sobre el bolso que la amiga había dejado sobre la cama, lo abrió y buscó en su interior. Extrajo una papeleta y miró a Beatriz a los ojos.

—Sólo un poco —dijo Beatriz—. Y de vez en cuando.

Verónica devolvió la papeleta al bolso. Beatriz justificó el consumo de cocaína diciéndole que era lo único que le quitaba la depresión de las mañanas. Bebió el cóctel.

—¿Con quién metiste la primera vez?

—En el colegio. Un jíbaro se la vendía a Juanca Arias, ¿te acuerdas? Juanca nos invitaba en el recreo. ¿Te acuerdas de Juanca? Se volvió jíbaro y se salió del colegio. Ahora tiene carro y apartamento propios. ¿Te imaginas? Todo eso a los veinte años.

Demoraba la verdadera respuesta. ¿Metía con Fabián?, le preguntó Verónica.

—Si me tranquilizo un poco, te juro que no vuelvo a meter. ¿Te molesta? —y sacó la papeleta del bolso, la abrió y espolvoreó en la cuenca del pulgar y el índice abiertos. Aspiró con fuerza.

Verónica la observó sin reprochárselo.

—¿Sabes lo qué le gustaba a Juanca? Ponía un poco en la yema de un dedo y me la untaba en los labios inferiores, ya sabes, allá abajo.

—¿Te acostabas con Juanca?

—¡Ay, Vero! ¿A quién no se comía Juanca? Andaba siempre con billete, pagaba las cuentas, era rumbero y divertido.

La confesión que en otras circunstancias podía haberle resultado graciosa, le pareció ahora escandalosa y grosera ¿Cocaína en la vulva? ¡Estaban locos!

De allí en adelante, Beatriz se abrió poco a poco y narró los episodios de aquella noche. Sin dejar de moverse, dándole la espalda a Verónica. El regreso a casa de Fabián, la violencia con que la hizo entrar al salón, los golpes en el cuerpo, sobre todo en los senos y el rostro, la violación, el sacrificio del perro, el desvanecimiento, el instante en que despertó en la cama, Fabián mirándola desde el sillón, la aceptación de su propio desconcierto.

—Un día de éstos te mata —le dijo Verónica.

Beatriz repitió lo que ya le había expresado a la amiga: el miedo es una prisión de la que no se sale fácilmente.

Y refirió un sueño. Pese a la inquietud que le impedía quedarse quieta en un sitio más de unos pocos segundos, lo refirió con pausas nerviosas. La prisionera sacude las rejas y se aterra a los barrotes de la celda. Pide que se le deje salir, no hay razones para mantenerla encerrada, llama al carcelero y éste pone un nuevo candado de seguridad en las rejas. En cada nueva súplica, la seguridad de la prisión se vuelve más inexpugnable. Un día las rejas no son rejas sino muros de concreto que se levantan e impiden toda visión al exterior. Ve la construcción del muro, hecha día a día con la paciencia de carceleros sin rostro. Las rejas que antes permitían ver el movimiento de los pasillos e incluso sentir las ráfagas de aire puro provenientes del exterior, son ahora un muro y un pequeño hueco rectangular por donde se alcanza a ver como enmarcado el rostro del carcelero. Le falta el aire, cree haber empezado a asfixiarse.

Beatriz se esforzó por poner orden en las imágenes y mayores fueron sus esfuerzos por conseguir la descripción que le hizo a Verónica. Debió ordenar antes las piezas del rompecabezas. Al despertar de la pesadilla, recordó otro detalle del sueño: nadie la había conducido a su celda, sola y sin guardianes que le impidieran continuar o devolverse y regresar a la calle trasponiendo la puerta de una prisión sin vigilantes, había penetrado en el recinto carcelario. Las rejas de su celda no tenían cerradura ni candado. Cuando al cabo de mucho tiempo empezó a golpear y a llamar con gritos desesperados, las rejas dieron paso a un grueso muro de concreto cuya única comunicación con el exterior era un reducido rectángulo protegido por barrotes.

Verónica la compadeció. No quiso darle a entender que la compasión era el sentimiento que la llevó a abrazarla con ternura.

Beatriz disfrutó de una semana de sosiego. Se dedicó a buscar la mejor escuela de diseño de modas, no una escuela de costureras sino una verdadera escuela de modas. Su decisión de dedicarse a la moda era alentada por doña Dolores. Veía casi a diario a Verónica, consagrada a sus estudios en la universidad, vacilando todavía si aceptaba o no la oferta de John Peralta.

—¿Adivina quién está estudiando en mi curso? —Verónica pensaba aliviar el dramatismo de las conversaciones—. No sé si te hablé de un niño que estudió conmigo en el colegio. Nelson Sarmiento. Cuando tenía trece años, lo engañé, le hice creer que me gustaba, le di mi primer beso, lo ilusioné para que me hiciera el examen de mate. El pobre niño se enamoró de mí. Le di la espalda cuando aprobé el examen. El niño tuvo que salirse del colegio, era tan grande la traga que no pudo soportar más y pidió que lo cambiaran de colegio. Pues resulta que estudia conmigo. Ni siquiera se digna dirigirme la palabra —contó Verónica—. Tiene una beca para toda la carrera. Todo el mundo dice que será un genio de las finanzas. Traté de saludarlo pero me dijo que no se acordaba de mí.

El sosiego de Beatriz hubiera sido mayor si no se hubiera percatado de que, frente al edificio donde vivía, un jeep esperaba su salida y la seguía a todas partes. Reconoció a uno de los escoltas de Fabián. Aunque él había aceptado distanciarse por unos días —viajo por unos días a Miami—, Beatriz conoció otra clase de pánico. Que destinara un escolta a la vigilancia diaria, que no pudiera dar un paso fuera de su casa sin sentir que la seguían de cerca, reavivó en ella las terribles secuencias de la prisión. Imaginaba a Fabián agazapado en cada esquina. ¿No había aceptado distanciarse cuando ella le pidió que lo hiciera por unos días? No podía decirle nada a su madre. Si se lo decía a Verónica, tampoco ella podría ofrecerle una salida. Despertaba después de unas pocas horas de sueño. Se asomaba a la ventana. El jeep blanco del escolta seguía estacionado en la acera de enfrente. Se movía de un lado a otro de la habitación, como animal enjaulado. Para darse fuerzas o para sobreponerse a la fatiga, aspiraba un poco de cocaína. Al rato, otro poco. Su inquietud se hacía mayor cada vez que se asomaba a la ventana.

Conoció varias escuelas de diseño de modas y se decepcionó al saber que no preparaban diseñadoras sino costureras. Regresó a casa con la invariable sensación de saberse vigilada, ¿Por qué no enfrentar al vigilante? Sí, ¿pero decirle qué? Fabián no la hacía vigilar porque deseara protegerla. La hacía vigilar porque desconfiaba de ella. Los escoltas se turnaban en la vigilancia, uno de día, otro de noche, hasta la mañana siguiente. ¿Qué le pasaba?, se interesó la madre, alertada por el comportamiento de la hija. Estudiaba, mintió Beatriz, encerrada en su cuarto. La veo muy nerviosa, mija, decía doña Dolores. Y Beatriz se excusaba diciendo que no iba a ser fácil encontrar la escuela de diseño adecuada. ¿Cuándo empezaría a trabajar en el nuevo contrato? Todavía estaban diseñando la campaña, le dijo. Se imaginaba modelando vistosas joyas. ¿Cuándo piensa formalizar su relación con Fabián? No me gusta que se esté quedando a dormir en su casa, decía la voz resignada de la madre.

Se veía en una prisión sin vislumbrar la salida. La cocaína se había terminado. Raspó la papelina encerada y pasó la lengua por la superficie. ¿Dónde conseguir un poco más? ¿Le haría Verónica el favor de comprarle uno o dos gramos? Me da miedo salir a la calle.

—¡Ni hablar! —le dijo la amiga.

—Por favor, Vero, la necesito.

—Si te quieres matar, hazlo tú misma.

—¿No ves que no puedo salir del apartamento, que Fabián me hace vigilar y seguir adonde vaya?

—Habla con él —le sugirió Verónica.

Al colgar el teléfono Beatriz tomó la determinación de enfrentarse al vigilante. Se vistió y salió a la calle. Se acercó al vehículo del escolta y le pidió que la llevara a la casa de Fabián.

—El patrón no está en la ciudad —le dijo el escolta—. Pero tengo órdenes de llevarla a su casa, si usted lo desea. ¿Necesita algo la señorita?

—¡Necesito perico!

—Suba —aceptó el tipo—. La llevo a la casa del patrón y se lo consigo.

—¿Cuándo regresa él?

—Esta noche, como a las ocho.

—¿Me puede conseguir un gramito?

—Si se va a quedar tranquilita en la casa del patrón, le consigo lo que quiera.

Antes de llegar a la casa de Fabián, el escolta le dijo que le había dado mucha pena ver cómo la golpeaba. No era asunto suyo, nadie y menos un escolta se podía meter en los asunto de su patrón, pero él, lo que era él, nunca golpearía a una mujer ni con el pétalo de una rosa.

—Si quiere comer o tomar algo, dígamelo —le dijo al acompañarla hasta la sala.

—¡Tráigame el perico! —alzó la voz y se arrepintió de hacerlo al instante—. Disculpe, son los nervios.

Beatriz alcanzó a ver desde el sillón de la sala al perro que pegaba el hocico al ventanal del jardín. Le hubiera gustado salir y acariciarle la cabeza y el lomo. El tipo le extendió una pequeña caja. Ella la abrió y hundió una uña en la superficie blanca y brillante.

—Cójalo suave, señorita —le aconsejó el escolta.

—¡Tráigame un trago! —ordenó Beatriz al hundir nuevamente la larga uña esmaltada en el polvo.

—¿Dónde enterraron el perro?

—El patrón lo hizo enterrar en el jardín —dijo el tipo—. ¿Quiere ver una cosa? Venga le muestro.

Beatriz lo siguió hasta el jardín. Caminaba muy cerca del escolta, rozando casi sus brazos. Un hombre musculoso y primario. Nada feo, pensó. Palpó intencionalmente los músculos de su espalda. ¿Hacía ejercicios? Todos los días, le dijo el tipo. Ejercicios y prácticas de tiro al blanco. Fui policía, le dijo.

—Mire —dijo señalando hacia la derecha. El Rottweiler reposaba con la barriga aplastada y el hocico recostado contra la tierra—. Se la pasa así casi todo el santo día. Como si velara al muerto.

—¿Por qué lo hizo?

—Porque quería matarla a usted.

Regresaron a la sala. El escolta dijo que iba a lavar el carro del patrón. Preguntó por el Mazda. ¿Bonito, no? Sí, bonito, dijo Beatriz. No había podido estrenarlo, seguía en la calle, iba a ver si le alquilaban un cupo en el parqueadero del edificio.

Una mujer joven de uniforme blanco y cofia negra le trajo un vaso de whisky. Beatriz bebió con ansiedad.

—¿Va a comer algo, señorita?

—Más tarde, María.

—Le preparé un ajiaco a los muchachos —dijo la empleada—. Si quiere, le preparo otra cosa. ¿Le provoca un bisté a la plancha? Tengo lomito fino.

—Más tarde.

Recorrió la casa de un extremo a otro, sin detenerse en ningún sitio. Las obras de arte de las paredes, los muebles, los objetos decorativos, ningún detalle merecía más que un vistazo distraído. El refinamiento del decorado no casaba con la sordidez que Beatriz empezaba a descubrir en la personalidad de Fabián. Era obra de Amparo Consuegra.

—¿A qué horas me dijo que llegaba Fabián?

—El patrón llega en el vuelo de las siete —dijo el escolta—. Estará aquí a eso de las ocho. ¿Lo va a esperar? —preguntó y salió hacia el porsche.

Beatriz asintió con la cabeza. Se recostó en un amplio sofá de cuero marrón y entrecerró los ojos. Aunque se sentía fatigada y el nerviosismo de antes había remitido, estaba segura de que no podría descansar.

—Si quiere descansar —le dijo María—, acuéstese en la cama de don Fabián.

Abrió de nuevo la pequeña caja de plata y hundió la uña en la superficie. María chasqueó la lengua e hizo un pausado movimiento de reproche con la cabeza.

A partir de ese instante, Beatriz dio curso libre a una sola idea obsesiva.

El inmenso dormitorio de Fabián tenía una no menos inmensa ventana que daba al jardín y a los cerros. Las ramas de un eucalipto chocaban contra el cristal. Un closet, de pared a pared, contenía el fabuloso ropero. Lo abrió y la mirada no alcanzó a describir el orden de los trajes, la distribución de las chaquetas, las camisas de algodón y seda, los estantes donde se amontonaban ropa interior y calcetines. Frente a la cama, recostado con una de las paredes, a una distancia no menor a los diez metros, estaba el precioso mueble de madera con un cajón central y compartimentos laterales, una antigüedad en la que no faltaba nunca un jarrón con tulipanes blancos. A la derecha de la cama, a cuatro metros de una de las mesitas de noche, se abrían las puertas del cuarto de baño, precedido por un vestier con espejos.

Beatriz abrió uno de los cajones laterales del mueble colonial y tropezó con un pesado objeto metálico. Lo sostuvo en las manos, como si midiera su peso. Regresó al pie de la cama y lo introdujo debajo de la almohada, en el lado izquierdo, el opuesto al sitio donde Fabián acostumbraba dormir. Ordenó las mantas y el edredón. Tomaría un baño, se vestiría con el salto de cama transparente y pediría a María que le llevara a la habitación el bisté prometido. Fabián la encontraría en ropa de cama.

Salió de la ducha y llamó a uno de los escoltas, asomándose a la puerta del dormitorio con una toalla enrollada en la cabeza.

—Daymer, ¿me sube otro trago? —calculó que el compañero se encontraba limpiando el Mercedes en el garaje.

El escolta no tardó un minuto. Llamó a la puerta entreabierta con los nudillos de los dedos. ¿Entrar al dormitorio de don Fabián? Vaciló un instante pero el pedido de Beatriz lo autorizó a entregarle el vaso de whisky en la mano. Había vacilado porque la muchacha, en tanga y sin brasier, secaba sus cabellos con una toalla.

—Gracias, Daymer —dijo ella al recibir el vaso—. Dígale a María que me prepare el bisté a la plancha.

Toda obsesión no es más que un propósito continuado e incanjeable de la mente de un ser humano.

Beatriz actuó ante el escolta como si no estuviera desnuda. El escolta se retiró de la habitación y dio media vuelta en la puerta.

—¿Algo más, señorita?

—Nada más, Daymer —dijo ella con el vaso en la mano—. Ah, sí, espere... —y el escolta se detuvo en el umbral de la puerta mientras Beatriz desenrollaba la toalla de su cabeza y la arrojaba al piso—. Pásele el seguro a esa puerta.

Lo hizo de manera desesperadamente vengativa, sin premeditación, como si obedeciera la rencorosa orden de su espíritu. El escolta era joven y fornido. Lo hizo dejándose caer de espaldas sobre la alfombra, llamando al tipo con los brazos extendidos, dése prisa Daymer cómame yo sé que le gusto, apúrese métame esa cosita con ganas, vulgaridad imperativa que correspondía a una ocurrencia que sonó estridente en sus oídos. Tan de prisa lo hizo que el tipo se quedó con los pantalones en las rodillas. Rápido rápido, le exigió. ¿Dónde estaba su compañero? Limpiando el carro de don Fabián. Apúrese no joda métamela con ganas. Le dijo que se sentía agradecida por la mirada misericordiosa que le dirigió al encontrarla golpeada y ultrajada en la alfombra, quería agradecerle la compasión que demostró al encontrarla en el piso. Así Daymer usted sí es un macho hágale con fuerza. Don Fabián ni nadie podía enterarse de lo que hacían. Así rico rico rico véngase carajo que lo estoy esperando, fingió. Si el pat rón se entera me mata. Nos mata, dijo Beatriz levantándose del piso. El escolta salió del cuarto. Beatriz se dirigió al baño y se lavó en el bidé.

No se puso el salto de cama. Continuó desnuda dentro de las cobijas, arropada hasta el cuello. Encendió el televisor desde el mando a distancia. Recordó que en el betamax seguía la última película que había visto al lado de Fabián. Tomó el otro control e hizo retroceder la cinta. Vio la hora en el pequeño reloj electrónico de la mesita de noche. Eran las seis y quince de la tarde.

María entró en la habitación con una bandeja de plata cubierta con un individual de hilo blanco. Usted sabe lo que hace, mija, pero le aconsejo que sea más prudente. ¿A qué se refería? A nada, señorita.

—Quiero darle una sorpresa a Fabián —dijo Beatriz al colocar la bandeja en el regazo, encima del blanco edredón de plumas.

—Cómase esta carnecita —dijo María—. Tiene cara de no haber comido nada en todo el día.

Comió unos pocos bocados y dejó la bandeja en el piso, a un costado de la cama. Le gustaba la película, tanto o más de lo que le gustaba a Fabián, a quien divertía la actuación de Marlon Brando en su papel de Vito Corleone, le divertía tanto que hacía esfuerzos por imitar su ronca voz baja de silbidos asmáticos introduciendo una bola de papel dentro de la boca.

La memoria se mueve a menudo por recodos ajenos a la voluntad. Y ajenas a su voluntad fueron las imágenes siguientes, separadas de la película: se vio de nuevo en esta cama despertando con intensos dolores en el cuerpo. Se vio en la sala de esta casa, golpeada y ultrajada. Presenció la crueldad de un hombre que disparaba a boca de jarro sobre la cabeza de su perro. Recordó la estricta vigilancia de los días siguientes. Hubiera querido cerrar los ojos y dormir un poco, así fuera unos minutos, pero su cuerpo permanecía tenso dentro de la cama. Se levantó, fue hacia la puerta y le pasó el seguro. Regresó al lecho, buscó debajo de la almohada y comprobó que el arma estaba cargada. La puso de nuevo debajo de la almohada. Regresó a la puerta, quitó el seguro y la dejó entreabierta. Si conseguía relajarse y concentrarse en la visión de la película, el tiempo transcurriría más rápido.

Beatriz recuerda haber visto la figura inmóvil de Fabián en la puerta del dormitorio, con el saco colgando de un hombro. Recuerda su sonrisa y la expresión de triunfo en su rostro. Recuerda haberse dejado besar en la boca y haber respondido al beso con idéntica o mayor pasión. Le traje un regalito, mija. Recuerda haber sentido la mano que acarició sus senos desnudos y el gesto de regocijo del hombre que la descubría desnuda, ¿me esperaba así para darme la sorpresa, mijita? Recuerda haberlo visto desvestirse y dirigirse al cuarto de baño. Le va a gustar el regalito que le traje. Recuerda haberlo visto salir envuelto en una bata de algodón blanca, con los cabellos húmedos, removidos con la punta de los dedos. No dejé de pensar en usted ni un segundo, mi vida. Recuerda el movimiento decidido de su propia mano buscando debajo de la almohada. ¿Ha estado metiendo perico, mija?

Los dos escoltas, los vigilantes de la calle, el jardinero y María, la empleada, recuerdan haber escuchado sucesivos disparos en la habitación de Fabián. Creyeron que jugaba a disparar al jardín. La recuerdan de pie y desnuda en el centro de la habitación, mal arropada con una sábana, al pie del cadáver, desnuda y sin el arma que reposaba a sus pies. No estoy armada, les dijo. ¿Le van a disparar a una mujer desarmada y desnuda?, gritó cuando uno de los escoltas hizo el gesto de apuntar hacia ella. Daymer le hizo bajar el brazo. El cuerpo de Fabián yacía de costado, una mano en el pecho, la otra apoyada sobre la alfombra.

Cuanto digan de lo recordado ya no concierne a la muchacha, que por algunas horas no recordará nada ni podrá responder al interrogatorio de la policía. Los escoltas dirán que el señor llegó de viaje, que Beatriz lo esperaba desde la tarde en su dormitorio. No dirán nada, fue el pacto sellado cuando sus miradas se cruzaron y decidieron no hacer nada contra la muchacha. ¿Por qué matarla? ¿Disparar contra el cuerpo desnudo de una joven hermosa y desarmada? María dirá que le subió al cuarto un bisté con rebanadas de tomate. Los vigilantes de la cuadra y el jardinero dirán que el ruido de los disparos les pareció lejano, como si viniera de otra casa. El señor se desaburría a veces disparando contra los árboles. Todos coincidirán al decir que la señorita Beatriz era desde hacía poco la novia de Fabián. María dirá que ella nunca imaginó que podría suceder algo tan terrible. ¡Tan linda muchacha!

Al recobrar el habla, Beatriz alcanzó a decir que Fabián la maltrataba, que la hacía seguir, que vigilaba cada paso que daba. Alcanzó a mostrar las huellas de los golpes en sus senos de matices azulados, y el rasguño ya reseco de la frente. Dijo en medio de sollozos que había sido ultrajada. Que cuando Fabián empezó a interrogarla sobre lo que había hecho en su ausencia, temió ser golpeada de nuevo. Se lo vio en su actitud. Lo conocía muy bien. Había aprendido a leer su mirada ¿Ultrajada cómo?, preguntó un agente. Un raro pudor le impidió decir que había sido sodomizada porque desconocía esta palabra y en su lugar se hubiera visto obligada a contar que Fabián la había penetrado a la fuerza por el sitio que no quería nombrar. Pensó decir que la había violado por detrás, que se sentía acorralada, que lo único verdaderamente liberador había sido hacer lo que hizo. Uno de los escoltas, Daymer, de veintiséis años, corroboró la versión de Beatriz. ¿Su nombre? Daymer Ruiz Ruiz. ¿A qué se dedicaba su patrón? A sus negocios de joyerías. ¿Por qué los había contratado? Para protegerlo, los ricos necesitan protección a toda hora. ¿Era verdad que el occiso Fabián Acosta golpeaba a la acusada? No lo sabían. Bueno, a veces se ponía violento y perdía el control de sus actos. Celoso sí era, celoso y posesivo, añadió Daymer. ¿Era cierto, como decía Beatriz Lopera, que Fabián Acosta le había disparado en la cabeza a uno de sus perros? Era cierto, pobre animal, era uno de sus dos perros preferidos.¿A qué atribuía tal acto de crueldad? A lo mejor le había dado un ataque de rabia, dijo Daymer.

¿Conocía Verónica las circunstancia previas al desenlace. Sabía que Fabián Acosta maltrataba a su amiga, testificó ante la policía. Sabía y le constaba personalmente que el tipo creía que Beatriz era un objeto de su propiedad. Muchos hombres lo creen, añadió. Limítese a responder la pregunta, replicó el agente. No aprobaba lo que había hecho su amiga, pero dígame: ¿quién que se sienta acorralada por un hombre que un día podrá matarla como mató al más querido de sus perros, no haría lo que hizo Beatriz? No me interrogue, subió la voz el agente, el que pregunta soy yo. Disculpe, dijo Verónica. ¿Podía añadir algo más a su declaración? Verónica dijo que sí: Fabián Acosta obligaba a su amiga a "meter vicio". ¿Meter vicio? Sí, cocaína, añadió ella. Todo el santo día. La había vuelto viciosa. ¿También bazuco? No sé, dijo Verónica. El patrón no metía bazuco, dijo un escolta.

"Joven modelo asesina a su amante", tituló en primera página un periódico sensacionalista de la tarde. Y debieron pasar muchos días antes de que la noticia dejara de ser la comidilla de las informaciones diarias. Recluida en la cárcel de mujeres, Beatriz Lopera esperó la apertura del juicio. Esperaría muchos meses. Las fotografías de su último desfile aparecieron ilustrando las notas de prensa, ya no en las páginas de cultura y Espectáculos sino en las páginas de sucesos. Su abogado de oficio le aconsejó decir que había actuado en legítima defensa. Antes de que el proceso volviera a ser noticia, el nombre de Fabián Acosta, muerto a tiros por la joven modelo Beatriz Lopera, ocupó titulares de diarios y noticieros de televisión; se investigaba si en verdad era el mismo Fabián Acosta quien se seguía por sus supuestos vínculos con una red de lavadores de dinero. Sus propiedades, sus cuentas, sus relaciones comerciales eran objeto de seguimiento e investigación por parte de las autoridades. No se le había probado nada. Los muertos no pueden responder a acusaciones tan descabelladas, dijo el abogado de Acosta. Mi cliente era un honrado y próspero comerciante. Sí, eso es lo que usted cree. dijo el funcionario encargado de la investigación. Pero nuestras informaciones dicen lo contrario: el occiso figuraba en una lista de presuntos narcos que las autoridades americanas hicieron llegar a este despacho. Presuntos, puntualizó el abogado. Presunción de culpabilidad y no inocencia, dijo socarronamente el funcionario.

Javier Upegui respiró aliviado. Verónica, asediada por los periodistas, todo por ser la amiga íntima de Beatriz, no soportaría otra semana de acoso: viajaría de vacaciones a Isla Margarita. Se le ocurrió de repente. Viajaría sola, creyó ingenuamente Virginia. Pero no viajó sola, la acompañó Max Domínguez, el joven ejecutivo, presidente de la papelera. ¿Cómo se habían vuelto a ver? De casualidad. O por una casualidad programada por Max. ¿Cómo se encontraba su amiga Beatriz Lopera?, llamó a preguntar. Pobre niña, se compadeció Max. Verónica le contó que se sentía abrumada por el asunto de su amiga, que le gustaría descansar. Se vieron, almorzaro juntos. Se iría de vacaciones a Isla Margarita, su mamá le pagaba el viaje. Max se ofreció a acompañarla, sólo el fin de semana, podrían viajar el viernes, él regresaría el lunes a una junta de su empresa. ¿Puedo acompañarte?, insistió. Que mi mamá no se entere. Si el escándalo la salpicaba, y no había razones para que la salpicara por el hecho de ser la amiga de Beatriz Lopera, una sombra difícil de borrar mancharía su inmediato futuro, le dijo a Max. Tal vez aceptara el trabajo propuesto por Peralta. ¿Acompañada a un viaje de reposo por un desconocido?, objetó la conciencia de Verónica. Antes de conocerse, todos somos desconocidos, dijo él. ¿Había decidido entonces aceptar la propuesta de John Peralta? Piense bien, mija, le había dicho Virginia. ¿Cuándo regresaba Leo Pradilla?, se interesó Max Domínguez. Dentro de diez días, respondió. Sigue en París.

Virginia viuda de Oropeza no tenía nada que temer. Tampoco Javier Upegui, al menos por el momento, le dijo la conciencia a Virginia.

Max le dijo a Verónica que lo considerara un amigo. Me encantas, desde el día en que te vi siento punzadas deliciosas en el estómago. Tenía esos días libres. ¿Conocía Isla Margarita? No, dijo Verónica. Nos encontraremos en el aeropuerto, le propuso ella a Max. Mi madre va a despedirme, dijo ella. ¿Tienes los pasajes? Sí, en clase turística. Dámelos, los cambiaré a Primera. ¿Otro hombre espléndido?, se preguntó Verónica. Se dejaba llevar, nada de lo que aceptaba hacer con Max era deseado, era sólo una fuerza interior, irreflexiva, la que empujaba sus actos. No era de todas maneras un hombre desagradable.

Virginia le recordó a Upegui que como intermediario y titular del capital invertido por Fabián Acosta en la sociedad Nuevos Horizontes, tendría que estar dispuesto a devolver la inversión a quien la reclamara legalmente y con pruebas. No hay pruebas, dijo Upegui. Ningún documento, exceptuando el papel firmado por ambos, probaba que Acosta fuera el poseedor de un 35% de las acciones del gimnasio Perfect Body.

Virginia y Upegui respiraron aliviados. ¿Podrían disponer de tan importantísimo aporte? ¿Qué rastros había dejado Fabián para que alguien reclamara como suyos trescientos mil dólares?

Frank Rueda, el Gordis, encontró motivos suficientes para celebrar la noticia de la muerte de Fabián Acosta. Su respiro no fue de alivio sino algo más profundo, el respiro liberador de un hombre acorralado. Desde la noche de la paliza en la discoteca del Monte de Venus temió más represalias por parte de un loco que se creía dueño del mundo. Fabián era la clase de tipo que no olvidaba el pasado de las mujeres con hombres distintos a él. Ni lo olvidaba ni lo perdonaba. ¡Qué vaina con los hombres!, Solía decirle Virginia a Verónica. Se creen dueños de nuestro pasado.

¿Por qué no visitar a Beatriz? Frank la visitó en la cárcel y le hizo saber que no alimentaba ningún rencor hacia ella, ni siquiera el rencor de haberse sentido engañado. ¿Necesitaba algo? Tanta generosidad enterneció a la muchacha. Habría que cambiar al abogado de oficio por un buen abogado. No es posible que existan tipos así, debió de haber pensado Beatriz. ¡Podía hacer algo por su madre? Frank le prometió hacer algo por doña Dolores. Quizá pudiera recomendarla en la fábrica, necesitaban mujeres serias y maduras que se encargaran de dirigir el equipo de operarías. ¡Qué casualidad!, le dijo Beatriz. Su madre había probado suerte con una pequeña fábrica de confección de ropa para niños. Fábrica, lo que se dice fábrica, era mucho decir. Produjo en pequeña escala ropa para niños. ¿Podía ayudarla a vender el Mazda? Le informó que se trataba de un regalo "de ese tipo". ¿Tenia los papeles de propiedad? No los tenía, así que nada se podía hacer para vender un vehículo que estaba seguramente a nombre del difunto. Le sugirió pedir a su abogado la devolución del carro. ¿A quién? ¿En dónde? Si fuera posible, lo rociaría con gasolina y le prendería fuego. Mira la manera de contactar a Daymer, el escolta, y se lo entregas, se le ocurrió. Dile que es un regalo de parte mía, dijo. Le servirá más que a mí. Podía, si quería, vender sus joyas, contratar a un buen abogado y dejar libre al defensor de oficio. Era lo mejor. ¿Quién podía asesorarla? Frank Rueda le prometió buscar a ese abogado, era amigo de un penalista especializado en homicidios. No imaginaba la cantidad de tipos que había sacado libres. Hasta donde entendía, su caso tenía atenuantes de peso, dijo Rueda. El sentido común le decía que ella había actuado en defensa propia, no sería difícil refutar la hipótesis de la premeditación, si actuaba con cabeza fría y sin incurrir en contradicciones, podía alegar defensa propia diciendo que esa noche había sido nuevamente amenazada por Acosta. Temió ser golpeada y ultrajada. ¿Dónde guardaba él el arma? En algún lugar de la casa debía de haber estado el arma homicida, perdón, se excusó Frank, el arma disparada contra el occiso. Y si ella había disparado en el dormitorio, pues allí, al alcance de la mano, debía estar la pistola. En el cajón de una cómoda, precisó Beatriz. Veamos, en un cajón de la cómoda. Te sentiste amenazada, recordaste dónde guardaba la pistola y antes de que empezara a agredirte actuaste en defensa propia. Un hombre que porta o guarda armas al alcance de su mano es




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