Lo ъnico que nos proponemos con esta anйcdota es instruir



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¿Quién era el dueño de casa? La dueña de casa —corrigió Beatriz señalando con la mirada a la única mujer mayor de la fiesta. Amparo Consuegra. Salía con un joven actor veinticinco años menor que ella y era gracias a ella que el joven tenía pequeños papeles en series de televisión. Por lo poco que sabía —le contó Beatriz—, Amparo era decoradora de interiores: embellecía o remodelaba casas y apartamentos y sugería la compra de obras de arte. Pradilla abundaría en detalles: Amparo vendía esculturas y pinturas de firmas famosas, seleccionaba el mármol de los baños, las griferías de cobre u oro, hacía de inmensos potreros urbanos o rurales verdaderos palacios, elegía los muebles de marca o una vez elegidos ordenaba su importación de Nueva York o Milán, una decoradora de interiores que en pocos años había ganado montones de plata. Ella era la anfitriona. Y ese jovencito que la seguía como un perro faldero era el actor a quien ella prometía conducir al estrellato. ¿Quiénes eran sus clientes? ¿Quiénes iban a ser? Los duros, dijo Beatriz. Y no te cuento más —la cortó. Lo demás se lo contaría días después Leo Pradilla. Le ocultó a la amiga que conocía a Amparo Consuegra mucho más de lo que simulaba. Amparo le había asegurado su selección en un casting, por su mediación había sido elegida como actriz secundaría en la telenovela. ¿A cambio de qué? Unos pocos días satisfaciendo su capricho de estar con una joven bella y ambiciosa. Sólo unos días, tan pocos que no habían dejado huellas ni remordimientos en Beatriz.

Después del buffet. Verónica aceptó salir al balcón con Pradilla. Era una terraza rectangular sembrada de plantas, iluminada por el resplandor del salón, con mesas y sillas blancas de hierro. Abajo, en un horizonte cercano y a la vez remoto, aparecía la luminosidad parpadeante de la ciudad dormida.

—¿Ves todo eso? —señaló Pradilla—. Es sólo un complejo y hermoso dibujo de luces. Así es la belleza mirada desde lejos: una ilusión óptica. Si la conoces de cerca será menos hermosa.

—¿Por qué lo sabes?

—Trabajo con esa clase de belleza, mi trabajo consiste en concebir ilusiones y venderlas.

Le había pasado el brazo por la cintura. Verónica no se opuso. Sentía frío, pero el brazo que se deshizo de la cintura y arropó sus hombros le dio el calor esperado. La voz grave que le hablaba era tan cercana que creyó tenerla dentro de su cuerpo.

—La única belleza cierta es aquella que se deja poseer —dijo Guido Leonardo Pradilla—. Lo demás es ilusorio. Por ejemplo, ahora tú no eres sino una ilusión óptica. Dejarías de serlo en el momento en que te poseyera. No te asustes, solamente divago. En el momento en que alguien te poseyera.

—Es hermosa —dijo Verónica—. La ciudad, digo.

Hermosa, terrible y engañosa —siguió él—. Habría que entrar a cada casa para saber que las desgracias son más numerosas que la felicidad. Entonces se desharía el hechizo de esta noche.

Verónica no había escuchado nunca esta clase de reflexiones, ni siquiera la inteligente combinación de tantas palabras. No había sentido antes la seguridad que le ofrecía aquel hombre. Empezaba a ser la elegida, pensó. No elegía ella. Desde el principio se supo envuelta en una red de la que no podía deshacerse sin parecer ridícula o anticuada.

—Voy a buscar un trago —se excusó Pradilla—. ¿Sigues con champaña?

Abandonada y sola en la terraza, cerró unos instantes los ojos y se imaginó la ciudad dormida, la enigmática ciudad nocturna calificada de hermosa y terrible. ¿Buscaba impresionarla con la inteligente facilidad de sus palabras? ¿Dónde empezaba y terminaba la juventud de un hombre? ¿Era acaso una simple niña al lado del adulto que la cortejaba? ¿Dónde residía la debilidad de este hombre, dónde la fortaleza de la jovencita llevada a un balcón casi a oscuras desde donde la silueta de la ciudad era un irregular trazado de luces? ¿Se invertía a veces el axioma de la madre como para pensar que en la fortaleza de algunos hombres estaba la debilidad de muchas mujeres?

—¿En qué piensas? —se acercó Pradilla sigilosamente y por la espalda, casi hasta rozar sus nalgas, extendiendo la copa de champaña por encima del hombro de Verónica, dejándole en el cuello el aliento de la pregunta y la fragancia de Paco Rabanne—. Aquí tienes.

—Pensaba en lo que dijiste sobre la ciudad.

—Verónica, Verónica —repitió y brindó mirándola a los ojos—. Así se llama uno de los más elegantes y sencillos lances del torero al toro. Lo llama y lo provoca

—No entiendo nada de toros.

—Yo tampoco —se echó a reír Pradilla—. Lo único que sé es que entre el torero y el toro existe una relación de amor y odio, como entre la mujer y el hombre. La cornada es la respuesta del toro a la arrogancia del torero. El torero mata al toro porque le teme y no puede con su fortaleza. El toro embiste y clava sus cuernos en el cuerpo del torero para evitar la estocada de la muerte.

Verónica escuchaba maravillada. Por un instante se imaginó en el centro del ruedo, expuesta a las embestidas de la bestia. Su acompañante se extendió en la exposición de nuevas metáforas: el torero y el toro, la mujer y el hombre, el triste destino de las parejas, la estocada mortal de los hombres, las cornadas sangrientas de las mujeres. Ella comprendía superficialmente las metáforas de Pradilla. Comprendía mejor el propósito de sus palabras. Quería impresionarla. En toda la noche no había hecho nada distinto a impresionarla.

Verónica se asomaba frágil y temerosa al poder de las palabras y al tramposo juego de la inteligencia. Si se sentía vulnerable, no le quedaba más remedio que resistirse, cerrar sus oídos a la palabrería de un hombre que la trataba con una galantería desconocida. Callarlo, ¿de qué manera? No deseaba que se callara, aquel arrullo a veces incomprensible de palabras podía continuar toda la noche.

Depositó la copa aflautada en una matera y tomó la iniciativa de besarlo. De este tamaño era la ansiedad y la indefensión de la muchacha. No esperaría que él lo hiciera primero. Si quería ganar una pequeña ventaja tenía que anticiparse a la iniciativa de él. Dejaría momentáneamente de ser vulnerable. Su conducta no era dictada por ninguna lección de la madre, ni siquiera por una reflexión anterior a esa noche. Enredó sus brazos en el cuello del hombre, acercó el cuerpo al otro cuerpo y aceptó que unas manos apretaran su cintura y acariciaran sus nalgas. Retiró las manos intrusas sin brusquedad. Disfrutó por instantes la exploración del beso, pero puso límite a la pasión cerrando los labios.

Acercarse y huir. Aceptar y rechazar. Lo que era sólo una conducta dictada por el instinto acabaría convirtiéndose en un método. Sólo abrió los ojos, sobresaltada, al escuchar la voz de Beatriz.

—Vero, es tarde —dijo la amiga al acercarse—. Tenemos que irnos.

Desvió entonces la vista hacia la ciudad dormida, hacia la ilusión óptica de la belleza. ¿No era esto lo que aseguraba Pradilla, que esa, la belleza de la ciudad, era una ilusión óptica?

—Tenemos que irnos —repitió Verónica a Leo. Si se quedaba volvería a sentirse vulnerable. No lo era con los chicos de su edad. La experiencia de su vulnerabilidad ante un hombre era nueva, podría decir que se inauguraba esa noche.

Pradilla las acompañó hasta la puerta. Tenía en la mano una tarjeta y la extendió a Verónica. La despidió con un suave beso en la boca. Llámame cuando quieras —dijo.

—Te llamaré cuando pueda.

Beatriz la llevaría a casa en taxi. Se despidieron de Frank Rueda, el gerente de mercadeo, de Amparo, la anfitriona. ¿Por qué Frank no se ofrecía a llevarlas en su coche? Se excusó diciendo que en la fiesta se encontraba presente un comprador interesado en exportar su nueva línea de ropa a Centroamérica. Se verían mañana. Pórtate bien, mi vida —dijo besándola en la boca.

—¿Está casado? —preguntó Verónica. Pensaba en Guido Leonardo Pradilla.

—Soltero y sin hijos.

—¿Crees que es muy mayor?

—¿Para ti, quieres decir?

—No, pregunto si es muy mayor.

—Se ve joven —respondió la amiga—. No te imaginas el éxito que tiene con las mujeres.

—Ese es su defecto —dijo Verónica.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —ambas habían salido de la fiesta con sendas copas de champaña. Beatriz humedecía la yema de un dedo y lo pasaba por el lóbulo de la oreja de su amiga—. ¿Sigues virgen?

—¿Te puedo preguntar otra cosa?

Verónica le preguntó si valía la pena dejar de ser virgen porque sí, porque era la edad, porque las amigas habían dejado de serlo. Seguía virgen y no le inquietaba seguir siendo virgen como no le molestaba saber que la leyenda urdida alrededor de ella era sólo eso, una leyenda, todo porque se había mostrado más libre y atrevida que todas. No era una mosquita muerta, tampoco la muchacha fácil que muchos imaginaban. Y una prueba de ello era que seguía siendo virgen.

¿Se acostaba Beatriz con su gerente de mercadeo? Sí, desde hacía dos meses. No había perdido la virginidad con él —confesó, la había perdido a los quince años en la inconsciencia de una fiesta de amigos —unos pocos tragos, dos copiadas de marihuana— y sin darse tiempo de elegir a su pareja. Todo había sucedido de prisa y sin preámbulos: el verdugo la había arrastrado hacia un cuarto de la casa y le había bajado los calzones, ni siquiera se había tomado su tiempo para desnudarla, la había arrojado bocarriba en una cama y la había penetrado sin que ella pudiera resistirse. No tuvo tampoco ganas de resistirse. Algo de su consentimiento había en la aceptación del suceso. Y el verdugo, ¿quién había sido el verdugo? Ambas conocían al sujeto, un deportista grandullón, compañero de ambas en el antiguo colegio. Beatriz lo encaró al día siguiente. Todavía sentía el escozor sin placer en el sexo, un escozor de piel herida y la sensación de tener aún dentro al intruso.

—Si dices que te acostaste conmigo, yo le diré a todo el mundo que eres impotente, que eres un marica musculoso con un baboso gusanito entre las piernas —le dijo—. Y no sólo eso: si dices una sola palabra diré que me forzaste. ¿Sabes lo que es una violación?

La anécdota provocó en ambas un ataque de risa.

—Es cierto, ¿lo amenazaste de esa forma?

—Absolutamente cierto —confesó Beatriz—. Tan cierto como que, por lo que recuerdo, Alfredito Navas tiene una respetable artillería pesada.

—¿No te dio miedo?

—¿De quedarme embarazada? No, lo obligué a venirse afuera.

No era un tono habitual en las confidencias de amigas. Después de perder la virginidad estuvo con muchos chicos, dijo. Había algo de divertido en la crudeza gráfica de Beatriz. Y en sus metáforas. ¿De dónde sacaba aquello de la artillería pesada? De los cañones, dijo muerta de risa.

—¿Te cuento algo? —entró en confidencias Verónica—. Júrame que no se lo dirás a nadie.

El taxi se detuvo frente a la casa de Verónica. ¿Por qué no se quedaba a dormir? Beatriz aceptó. Si no llegaba a casa esa noche, su madre sabría que dormía donde Verónica.

—Lo juro —respondió ella al aceptar la invitación. Se quedaron un rato en la cocina. Ninguna de las dos tenía sueño.

—Cuando siento que quieren ir más lejos, les agarro la tripa y les hago la consoladora. Se tranquilizan y no siguen insistiendo. Nadie ha abierto mi cajita de sorpresas.

—¿Te cuento un chisme? —dijo Beatriz—. Carmencita, ¿te acuerdas de Carmencita?, la que no mataba una mosca, pues Carmencita me contó que los aplacaba con una mamada y que cuando lo hacía le entraban ganas de morder duro y quedarse con eso en la boca.

Verónica hizo un gesto de asco. No se imaginaba recurso más repugnante ni fantasía más asquerosa. ¡Quedarse con un pene cercenado en la boca! La pobre Carmencita —anotó— podía hacerlo: fea y gorda, no pasaba de ser una fea gorda y arrecha.

Hablaron del destino y la suerte de las feas, de cómo ciertos hombres las preferían a las hermosas. ¿Por lo feas, por lo fáciles? Dicen que por lo esforzadas —aclaró Beatriz Lopera. No le constaba, era lo que decían quienes sabían de mujeres, Los hombres temían a las bonitas. A las feas no. Para tener éxito, una fea debía esforzarse y prometer lo que las bonitas no eran capaces de hacer.

—Llama a Pradilla —le sugirió a Verónica—. Es un tipo interesante,

—No le des mi teléfono —pidió a la amiga—. Voy a esperar unos días. ¿Qué tal lo hace tu gerente de mercadeo?

—Como los dioses —exclamó riéndose—. Así bajito y gordito como lo ves me pone a temblar. Me hace lo que nunca pensé que pudieran hacerme.

—¿Qué te hace? —se entusiasmó Verónica.

—Me mete la lengua allí y se queda largo rato y con toda la paciencia del mundo como si buscara un tesoro. ¿No ves que a los muchachos de nuestra edad les da asco hacerlo? Me estremezco, Vero, me estremezco. No me vengo cuando me la mete, me vengo cuando me explora con su lengua. Antes, yo no sabía que el clítoris era un tesorito escondido que se encontraba mejor con los dedos y la lengua. Cuando me lo encontró, casi me muero.

—¡Cochina! —exclamó Vero.

Verónica le diría a Beatriz Lopera que nunca antes se había sentido más indefensa ante el peligro como aquella noche, sola con un hombre en la terraza. Los chicos que frecuentaba eran fácilmente controlables, no eran más que niños mayores, muchachos sin experiencia, cortos de palabra, exhibicionistas o ansiosos, corrían a contar lo que hacían y lo que no hacían con sus parejas como si lo hubieran hecho; querían comerse el mundo en unas horas. Se les podía mantener a raya, bastaba dejarse besar o acariciar y retirarse a tiempo, prometerles que después, que no era todavía tiempo de hacerlo, no seas impaciente, esperemos la oportunidad, argumentos no faltaban para llenarlos de esperanzas y mantenerlos amarrados a la promesa. Todos sin excepción eran iguales. Unos egoístas que sólo pensaban satisfacerse. Si se ponían pesados, quedaba el recurso de la consoladora, la mano ajena en lugar de la propia porque muchos eran diestros en el ejercicio de la mano.

El mundo de estos adolescentes no era diferente al mundo de las confidencias, quizá no lo había sido nunca porque en toda época la adolescencia había sido el soplo de turbulencias pasajeras. El sexo, hablado o silenciado, deseado o realizado, era el mismo fantasma, como la procacidad y el pudor extremos que chicas y chicos adoptaban al hablar de sus experiencias. Si Beatriz era proclive a la procacidad y Verónica al pudor, la una a la ligereza y la otra a cierta estudiada contención, las unía sin embargo el mismo fantasma: las tribulaciones de la edad, el tránsito incierto de una edad a otra. A la impúdica le divertía el pudor, la pudorosa se excitaba con la procacidad. ¿Se miraban al espejo desnudas? Beatriz, veces, Verónica, casi siempre. Por costumbre, cada vez que se cambiaba los pantis, Beatriz los olfateaba y miraba antes de arrojarlos al cesto de la ropa sucia. Verónica hacía gesto de asco pero se reía de las costumbres de la amiga. Ella prefería el hábito de mantener las pantaletas protegidas con toallas higiénicas. Así, al final del día, se quitaba una prenda inmaculada. Y echaba talco en su pelambre. ¿Tenía alguna gracia cambiarse la ropa limpia?, preguntó Beatriz. Si se cambiaba era porque estaba sucia, porque el sudor del día, porque unas gotas de orines, en fin, las confidencias siempre pasaban de castaño a oscuro.

Durmieron en la misma cama. Beatriz rechazó el pijama que le ofreció Verónica. Acuérdate de llamar a mi madre cuando te despiertes —le pidió a la amiga—. ¿Duermes siempre con pijama? —le preguntó al ver a Verónica con un infantil juego de blusa y pantalón decorado con nubes y ositos.

Continuaron hablando con la luz apagada. Verónica bostezó de sueño y Beatriz le dio las buenas noches con un beso en la boca.

Desde esa noche y casi a diario, Verónica le pedía a Beatriz que le contara sus experiencias y le describiera cada detalle de su relación con Mi Gordis, como llamaba a Frank Rueda. Beatriz no ahorraba detalle en la descripción de su aventura secreta, secreta al menos para la madre, quien la hacía durmiendo en casa de Verónica.

—¿Te imaginas? —le había dicho exaltada—. ¿Qué podía imaginarse? —le preguntó Vero.

—Ayer sacó del closet una maleta llena de muestras de ropa interior, de todos los modelos. Se sentó en un sillón whisky en mano, y me pidió que desfilara con cada una de las prendas. Prefería las de seda y encajes. No quería tocarme, se encaprichó mirándome de lejos.

Verla de lejos, vaso de whisky en mano. ¿Nada más verla? Le daba pena decirlo. La miraba a la distancia y se acariciaba. Y, colmo de los colmos, el Gordis no solamente se acariciaba. Se masturbaba y gemía. Caía después en un silencio profundo. ¿Contento, mi vida? —le preguntaba ella. Contento, mi amor. Un día el desfile en ropa interior, al siguiente el capricho de pedirle cosas absurdas, me da pena describírtelas, se contenía Beatriz ruborizada. ¿Se imaginaba a un hombre, a todo un hombre, porque el Gordis era todo un hombre, pidiéndole que le metiera un dedo en el culo?

La confesión de sus propias experiencias soldó el vínculo amistoso entre Beatriz Lopera y Verónica Oropeza. Se encontraban más a menudo. A Beatriz la intrigaba saber que la amiga seguía virgen, pero ella le decía que una rara intuición la llevaba a preservar para el futuro lo que para muchos hombres era un codiciado vellocino de oro. ¿Un vellocino de oro? Ninguna de las dos conocía la fábula. Ambas suponían que se trataba de la preservación de un tesoro escondido al que todos buscaban con empecinamiento y codicia.

Verónica había aprendido a abrir y cerrar las piernas y a contener a tiempo los avances del enemigo. Los chicos seguían revoloteando alrededor de su panal de mieles y ella los consolaba con sus caricias, así hirvieran de ganas. El alvéolo seguiría intacto. Cuando los chicos conseguían aliviar la tensión del deseo, se retiraban tranquilos. A un hombre impaciente —le decía a Beatriz— hay que darle lo que busca.

Éstas eran sus divisas en una época de encuentros cada vez más temerarios. No era que Verónica no hubiera despertado a la sexualidad, como pretendió hacerle creer a la amiga. Me preocupa que no sientas nada —le dijo Beatriz. Todo lo contrario. Era una insomne presa de la sexualidad, se complacía sola, se admiraba sola, se amaba en largas sesiones solitarias mientras se contemplaba en el espejo.

De este tono fueron las confidencias de las dos amigas. Un día, Beatriz le preguntó a Verónica si nunca había besado a una chica. ¿Qué dices? Besado a una chica. Besarla, lo que se dice besarla, en la boca y con la lengua húmeda, nunca. Juegos de niñas, caricias sin malicia. A los trece años, dijo Beatriz, se había dejado besar en la boca por una chica tres años mayor que ella. No había sentido asco sino el temor de dejarse arrastrar hacia un camino sin salida. Una muchacha de último grado la había acorralado en los baños del colegio y la había besado en la boca, maniatándola con los brazos. En los primeros instantes, no supo qué hacer. Se dejó besar y estrujar los senos. Una mano acarició su sexo debajo de la falda. Se zafó de ella y corrió hacia los pasillos. A la mañana del día siguiente, la misma chica le había entregado una nota. Sé que te gustó, no tengas miedo. ¿En qué había parado todo? Beatriz le dijo a Verónica que las cosas no habían pasado de esa única experiencia. Sí, era cierto, tenía miedo de enredarse en una experiencia tan loca. Siguió ocultándole su rápida experiencia con Amparo Consuegra.

Virginia viuda de Oropeza no fue ajena al sesgo tomado por la vida íntima de su hija.

—Todo se resume en un gesto —le dijo—, Abrir o cerrar las piernas.

Verónica se ruborizó al escucharla.

—Como casi todos los hombres son impacientes, sírvete de la impaciencia sin comprometer tu integridad.

¿Había actuado así en sus años mozos? —se preguntó Verónica. Su madre venía de los "felices años sesenta". Guardaba en viejas carpetas sus fotos de hippy luciendo informes vestidos de seda y balacas en la frente. Le hablaba a la hija de sus aventuras de adolescencia, de fugas nocturnas sin el consentimiento de los padres, de sus viajes hacia apartados lugares de la montaña donde acampaba con jóvenes igualmente maravillados por el descubrimiento de la libertad. Una foto la mostraba a la orilla de un río, sentada bajo un árbol, tomando el sol al lado de escuálidos chicos sin camisa. No tenía más de dieciséis años. Guardaba los discos de Santana y Iron Butterfly. Su primer cigarrillo de marihuana lo había fumado escuchando "Let it be", no podía ella imaginarse el dolor que les había causado la trágica muerte de Jonis Japlin, pobrecita, borracha y drogada, desengañada de sus amores. Su cuarto de adolescente siempre estuvo decorado por un afiche de los Beatles en la época de "Sargent Pepper" reemplazado después por otro de los "Rolling Stones", ¿Se lo decía? Había amado secretamente a Mick Jagger.

—Era callada, romántica y melancólica —le dijo a Verónica. No sabía dónde quedaba Vietnam, pero gritaba que era una mierda lo que los gringos hacían en esa guerra remota. Era una muchacha de familia humilde y de futuro incierto, la vida que vivía iba de asombro en asombro.

—No olvides, Vero —insistía—, que todo reside en el movimiento de las piernas. Si ya las abriste, por mí no hay problema, pero cuando empieces a abrirlas recuerda que pueden ser tu salvación o tu perdición. Hay que conseguir un punto medio porque los hombres se cansan de las muy difíciles y no toman en serio a las muy fáciles.

De aquellos años dorados, interrumpidos cuando debió convertirse en secretaria, le quedaba la costumbre de fumar ocasionalmente un cigarrillo de marihuana, nunca delante de la hija, por lo general antes de acostarse. Confesaba que en su juventud la virginidad no era un tesoro sino una tara, que se dejaba de ser virgen para no sentirse fuera de la época. No pudo entrar a la universidad, debió consolarse con una carrera intermedia, el secretariado bilingüe que le abrió las puertas al trabajo. Tuvo entonces que abandonar las costumbres de la década, olvidar las faldas multicolores de seda y las viejas botas de cuero, las blusas floreadas, las balacas y el pachulí con que se perfumaba, dejar atrás y para siempre los largos cabellos enredados y la bisutería de los hippies. Tomó conciencia de su propia belleza, olvidó las monsergas de las feministas, brujas amargadas —así quiso llamarlas— que le exigían cuidarse de los hombres. Tomó conciencia de su propia belleza en los primeros meses de 1970 cuando su jefe, el ingeniero Raúl Oropeza, la invitó por primera vez a cenar y cayó en la cuenta de que en su ropero no había más que baratijas del mercado de las pulgas.

La conciencia de su belleza significaba una nueva conciencia de lo que haría con la precariedad de sus ingresos. Maquillarse, perfumarse, ¿cómo y con qué? Vestirse de manera distinta, con ropa de marca, como deseaba, ¿cómo hacerlo con su sueldo? Virginia aceptó que estaba dando la vuelta a una página de su vida. ¿Qué la esperaba en la siguiente hoja, cómo construir el siguiente episodio? Tenía veinticinco años. Vivía con el padre y la madre en una modesta vivienda del barrio Palermo. Era hija única y en ella habían puesto sus esperanzas padre y madre. No habían podido pagarle una carrera universitaria, todo cuanto podían hacer por ella lo habían hecho al pagarle estudios de secretariado.

Pocas veces le habló a la hija de este pasado de zozobras familiares. Cuando lo hizo, le ocultó aquello que ella consideraba un estigma, ser hija de familia pobre y sin futuro. Vivía con ellos, trabajaba y ganaba su primer sueldo. Sin embargo, un sórdido episodio seguía guardado en su memoria: sentir vergüenza de los padres que tenía, ocultarlos como se ocultan actos vergonzosos, sobre todo a medida que Virginia se abrió a un mundo diferente y promisorio. Creía que tenía derecho a labrarse un porvenir distinto al de sus padres, se justificaba sin poder justificar en su conciencia la distancia cada vez más grande que la separaba de sus viejos. Una sensación de alivio cayó sobre su conciencia cuando ellos decidieron abandonar la ciudad y regresar a un pequeño pueblo del Valle del Cauca. El padre podría vivir decorosamente con su pensión de obrero de una fábrica de cemento, lidiando con las dificultades respiratorias ganadas en años de trabajo. La capital se había convertido en un multiplicador de sus necesidades. Y lo hicieron cuando Virginia se casó con el ingeniero Oropeza. En adelante, lejos de ella, padre y madre dejarían de ser la fuente de los complejos que la recién casada iría convirtiendo en un nuevo tejido de sueños. Redimirse de la pobreza. Si ésta no era la explicación que se daba al saberse culpable de la distancia que deliberadamente trazaba con el hogar donde había crecido, ¿cuál era entonces la explicación que pudo darse cuando se sintió en muchos sentidos aliviada al verlos partir hacia el pequeño pueblo del Valle del Cauca?

¿Le había sido enteramente fiel al marido? Si Verónica se lo hubiese preguntado le hubiera dicho que sí. En ésta como en otras pequeñas cosas le hubiera mentido. Un desliz, más que una infidelidad, pensaba Virginia. Una aventura en un principio feliz con un hombre más joven que ella, subalterno del marido, cuyo final, como se sabe, tuvo una razón casi patética: aquel joven le había recordado que sus ancestros se resumían en la maraña negra y ensortijada de sus pelos. Tienes pelos de negra, también esta frase hizo mella en los antiguos complejos y fue el origen del cuidado que a partir de entonces puso en la maraña de su Monte de Venus.

Beatriz no había decidido lo que haría al terminar el colegio. Ya era hora de decidirse. Pensaba vagamente en el diseño de modas o en su carrera de modelo y actriz. Verónica cursaba ya el primer semestre de Administración de Empresas. Si se levantaba y prosperaba el negocio de la madre, ella tendría que ayudarla en su administración. Si se cumplían las expectativas de Virginia de Oropeza, el negocio exigiría el concurso de las dos, madre e hija luchando por la prosperidad de la inversión.

Virgie propuso que la inauguración del spa coincidiera con el cumpleaños diecinueve de Verónica. Faltaban tres meses. La hija le habló de la fiesta donde había conocido a Pradilla, omitiendo detalles inconvenientes: las bebidas, el balcón, los besos, la edad del hombre que deseaba volver a ver esa noche. La madre se entusiasmó y le pidió que le hiciera una lista de cada una de las personalidades presentes. Le habló del valor de una agenda, sin una agenda con nombres clave, no había negocio que alzara el vuelo sin agenda. Ella hacía lo suyo con aplicación y método: seguía las páginas sociales de diarios y revistas, anotaba los nombres de famosos, buscaba luego en el directorio y escribía dirección y teléfonos, si no encontraba señas las averiguaba en las redacciones de periódicos y revistas, con cualquier pretexto, así empezó a hacer su propia agenda, su mailing, decía, habría que conseguir el mailing de otras empresas, de salones de belleza, de gimnasios, de discotecas y bares de moda, de galerías de arte y clubes sociales. Una secretaria, le urgía conseguir una secretaria que se ocupara de estas cosas, de la agenda, de las llamadas, de las invitaciones, una secretaria bonita y eficiente. ¿Por qué no tú?, le insinuó a Verónica.

—Porque estudio, porque no soy muy eficiente —le respondió ella.

Sólo una semana después de la fiesta Verónica tomó la iniciativa de llamar a Pradilla. Beatriz aplaudió la idea. Esa noche desfilaría en el lanzamiento de una nueva línea de ropa interior y Leo estaría allí como el alma del lanzamiento: había dirigido las sesiones de fotografía, elegido la publicidad de prensa, coordinado la grabación de los spots de televisión. Lo llamó pero no pudo encontrarlo. Insistió repetidas veces y la secretaria le dijo que el señor Pradilla no iría a su oficina el día de hoy, ¿Quién lo llamaba? No importa, respondió Vero y colgó.

—Vas al desfile como mi invitada —le propuso Beatriz—. Mi padre no irá porque no quiere encontrarse con mi madre y mi madre dice que tampoco porque a lo mejor se encuentra con él. En el fondo, a ella le da pena verme desfilar en ropa interior.

Nunca antes había puesto tanto cuidado en la elección de la ropa, nunca tanto como el que puso para vestirse esa noche. Buscó la asesoría de la madre. Y en una sesión de tres horas vaciaron el ropero, extendieron prendas sobre la cama y la alfombra. Verónica se probaba y descartaba vestidos y blusas, pantalones y bodies, ¿Por qué no esta transparencia? —le sugirió finalmente Virginia. Si se trataba de impresionar, era la mejor elección. ¿Pantalón negro de seda, de piernas anchas, ajustado a las nalgas, blusa gris transparente, de tonalidades plateadas? ¿Con brasier o sin brasier? —preguntó Verónica. Definitivamente, sin brasier —aconsejó Virginia. Era un conjunto insinuante. Y Verónica se probó pantalón y blusa, se miró al espejo, desfiló delante de la madre. Los senos le habían crecido hasta adquirir la talla definitiva de la mujer, una 34b de redondez y firmeza envidiables. La transparencia de la blusa no era exagerada, las escarchas plateadas que rodeaban y adornaban el diámetro de los pechos imponían a la prenda un sello de refinada sutileza. En su parte inferior, la blusa se abría en una V invertida, dejando al descubierto la piel a la altura del ombligo. El pantalón, ancho de los muslos hacia las botas, se ajustaba en cambio en el talle y las nalgas. Los tacones de los zapatos no tendrían que ser muy altos —aconsejó Virgie—, preferiblemente unas sandalias doradas. ¿Con medias o sin medias? Sin medias. Nada de collares ni adornos. Unos pendientes discretos, una pulsera. Y encima del conjunto el abrigo de astracán negro, ¿me lo prestas?, pidió Vero a la madre al recordar la existencia del abrigo que Epaminondas Romero le había regalado, un detalle traído de Nueva York en el invierno de 1987. Virginia recordaba haber llorado de emoción al abrir la caja. Retiró el fino papel de seda y encontró doblado el abrigo de astracán.

—¡Te ves divina! —exclamó cuando Verónica hizo una última prueba. ¿Podría acaso decirle a Beatriz que la invitara? No habría problema, le dijo la hija, aunque prefería ir sola, la cohibiría su presencia. Le encantaría sentirse acompañada por ella —se deshizo en excusas—, estaba segura de que tendría mucho éxito, pero no sabría comportarse naturalmente, estaría todo el tiempo pidiéndole aprobación en cada paso que diera. Y aunque Virgie comprendió las razones de la hija, la entristeció no poder estar en el evento. Conocería gente nueva y distinta, podría hacer relaciones públicas y vender la idea del gimnasio. Esto era lo decidido en la tarde, antes de que Virgie tomara la iniciativa de llamar a Beatriz sin consultar a la hija. ¿Podía invitarla al desfile de esa noche? ¡Claro que sí! —aceptó Beatriz. Entonces —le pidió confidencialmente a la amiga de su hija—, llama a Vero y le dices que me invitaste, no le digas que te pedí el favor.

Verónica se sintió contrariada por la jugarreta de la madre. No podía humillarla poniéndola al descubierto. Simuló creer que, en efecto, era la invitada de Beatriz. La asesoró en la elección de la ropa, no sin antes aconsejarle que recordara su edad, tienes cuarenta y dos años, que lo que vistiera no podía ser exageradamente juvenil. ¡Tengo cuarenta y uno! —corrigió Virgie. No la estaba llamando vieja. Ninguna mujer de su edad —precisó Vero— podía exhibir como ella tanta juventud ni derrochar tanto atractivo. Se lo decía porque, a partir de cierta edad e independientemente de la Juventud, la austeridad era preferible al atrevimiento. ¿Qué tal este vestido negro? —preguntó sacando del ropero la prenda. Le dibujaría mejor la silueta. Un discreto escote en la parte superior, una insinuante abertura en los muslos, el ancho cinturón rojo que apretaba la cintura y resaltaba las caderas. ¡Cómo le envidiaba sus largas piernas! —la consoló Verónica. Y el cuello, un cuello largo y sin pliegues, al que con razón dedicaba cuidados especiales, cremas hidratantes y afirmantes, constantes masajes.

Virginia desterró la primera sospecha de la tarde. Había pensado que Verónica no deseaba tenerla como sombra en la fiesta. Una mujer madura, deslumbrante si se lo proponía contaba con armas mucho más diabólicas que una adolescente. Su propósito no era competir con la hija sino conocer "gente nueva". No desconocía el vínculo estrecho entre la publicidad, la moda y la naciente industria de los gimnasios. Su intención no era otra que la de codearse con el alto mundo que asistiría al desfile de esa noche.

Verónica le sugirió completar el atuendo con un último accesorio: la estola de zorro. Podía jugar con ella, si se ponía nerviosa, podía envolver los dedos en sus puntas, coquetear al quitarla o ponerla, mucho mejor que un abrigo, aconsejó la hija, porque serás la única mujer con estola de zorro.

—¿Quieres de verdad que te acompañe?

—Claro que sí —dijo Vero sin convicción—. Beatriz quiere que presencies su debut de modelo.

Jugaban a creerse sabiendo que se mentían. Y se mintieron toda la tarde haciéndose cumplidos mutuos, sugiriéndose retoques o cambios sutiles en el maquillaje o el peinado, si te recoges el cabello y despejas la frente haciéndote un moño resaltarás el cuello y la cara, le sugirió Vero a la madre, pero la madre creía que el moño la haría ver un poco mayor. No, le dijo Vero, no te hace mayor, te vuelve altiva e imponente, aprovecha tu porte de gitana, insistía la hija hasta que, al final, Virgie optó por la frente despejada y el moño. No deseaba contrariar a la hija. Lástima que ya vendí el BMW—dijo con pesar—. Tenemos que irnos en taxi. Menos mal que no había vendido el collar de esmeraldas.

Antes de las siete de la noche salieron de casa hacia un hotel del Centro Internacional. Verónica pensaba que debía haber sido sincera con la madre al insistirle que prefería ir sola al desfile. Virginia lamentaba haberse hecho invitar sin consultar a la hija, por educación no le iban a decir que no, aunque por educación o por el temor de no herirse siguieron simulándose armonía y respeto. ¿Era normal que madre e hija recelaran una de otra? Era frecuente —sabía Verónica— que las madres tuvieran celos de sus hijas, sobre todo si eran hermosas, si se daba la circunstancia excepcional de estar conviviendo solas, la hija en plena la juventud, la madre alejándose de ella. A Virginia empezaba a rondarla el temor de aceptar que no habría hombre en su vida, maduro o joven, que no se sintiera atraído por Verónica. ¿No había sentido acaso las miradas de Epaminondas, las burdas miradas del viejo verde complacido y seguramente excitado por la belleza adolescente de su hija?

Lo sucedido aquella noche levantaría una barrera de aprensiones entre la madre y la hija. Si Verónica estuvo todo el tiempo atendida y visiblemente cortejada por Pradilla, no podía decirse que ella no hubiera llamado también la atención. Se sabía blanco de miradas. Cuando llegó la hora del cocktail, después de haber presenciado el desfile de Beatriz en ropa interior —era la modelo más joven del desfile y la ropa más atrevida la habían reservado para ella—, Virginia no sólo se sintió blanco de miradas sino objeto de toda clase de atenciones. Me llamo Javier Upegui —se presentó un hombre al verla momentáneamente sola.
Upegui era un hombre que pasaba de los sesenta años, convencionalmente trajeado de pantalón gris y blazer azul marino, de escasos cabellos ralos y amplias entradas en el cráneo. A la distancia, Verónica presenciaba la escena: un hombre mayor se acercaba a la madre, le hablaba, saludaba de mano, ella sonreía, él decía al parecer algo gracioso, la sonrisa se convertía en carcajada, el hombre arrebataba al mesero dos copas de champaña, le ofrecía una a Virgie, brindaban. Perdió la visión de la escena cuando Pradilla la condujo del brazo hacia un extremo del salón y la presentó a un grupo de amigos. Virginia siguió de reojo los movimientos de la hija, radiante porque Upegui le acababa de decir algo al oído, tal era el bullicio de la sala, intrigada por la identidad del apuesto compañero de la hija.

—¿Me dejas adivinar? —le había preguntado Upegui a Virginia—. Debes ser diseñadora de modas.

Virginia jugó a las adivinanzas, rechazó otra de las conjeturas del tipo, ¿publicista, entonces? ¿Libretista de televisión? ¿Redactora de una revista? Frío, frío. Le contó que estaba montando un gimnasio, que dentro de poco, a más tardar dentro de cuatro o cinco meses, lo inauguraría "con bombo y platillos". Sería un spa con todas las de la ley, con la más completa dotación y el servicio más esmerado, instructores e instructoras profesionales, un médico nutricionista, una fisioterapeuta, con servicio de sauna y cafetería, le enviaría su invitación.

—Mi tarjeta —dijo Upegui—. Espero que me invites.

Virginia leyó: JAVIER UPEGUI, CONSTRUCTOR. En la parte inferior, la dirección de su oficina y los teléfonos.

Una copa tras otra, Upegui detenía al vuelo al mesero y renovaba los tragos. Aunque Virginia quería saber qué clase de constructor era Upegui, a quien empezó a llamar por su nombre de pila, pensó que no era prudente hacerlo en ese momento. Haría sus propias averiguaciones.

En uno de los extremos del salón, donde se accedía a un salón más pequeño, amueblado con sofás forrados en terciopelo rojo. Verónica y Pradilla escuchaban a Beatriz, flanqueada por el Gordis, como llamaba a todo momento al gerente de mercadeo. Mi Gordis, Gordis, ¿te gustó el desfile? Hablaba de su experiencia de modelo. De sus pinitos de actriz. La escuchaban y miraban como suelen mirar los hombres a una mujer joven y bella, vestida para el caso con una transparencia más atrevida que la de Verónica. O las miraban a ambas, adolescentes soberbiamente atractivas, acompañadas por dos hombres mayores que ellas. ¿No me han visto en la novela? Ayer pasaron un capítulo en el que parecía la protagonista.

Verónica no dijo a Pradilla que había venido acompañada por la madre. No la avergonzaba su presencia. Estaba radiante. Tampoco debía sentirse responsable de lo que ella hiciera, pues la sabía capaz de introducirse entre desconocidos y hablarles como si fueran conocidos de siempre, éste era, entre otros, el mayor de sus encantos, una extraordinaria capacidad para socializar en cualquier medio. No era el tipo de mujer que se resignara a pasar sola una velada. No te preocupes por mí —le había dicho Virgie a Verónica—. Sé desenvolverme sola.

Por momentos. Vero tenía la impresión de haber venido sola a la fiesta. Si la perdía de vista, si Virgie se extraviaba con el amigo o se mezclaba con otra gente, no sería necesario buscarla, la sabía capaz de moverse con soltura en el ambiente. Si la perdía de vista, como empezaba a perderla al aceptar la propuesta de Pradilla, sentémonos cómodamente en esa salita —dijo señalando los sillones y sofás de terciopelo rojo—, si se extraviaba en otro espacio, no le preocupaba en lo más mínimo.

Pradilla, el Gordis, Beatriz y Verónica ocuparon la salita. Era evidente que el gerente de mercadeo se tomaba con Beatriz más licencias que Pradilla con Vero. La abrazaba y besaba, le repetía que había estado fantástica, su desfile había sido el más aplaudido, no dudaba del éxito de la campaña. El próximo desfile se haría en Medellín. ¿Cuándo terminaba su actuación en la telenovela? Le faltaban tres capítulos. Le esperaban desfiles en las ciudades más importantes. Tendría que ver cómo le conseguía una asesoría de imagen. La mía no basta, le dijo. No se puede ser objetivo cuando te ha picado el bicho del amor.

Verónica se tomó la libertad de pasar por un instante su brazo por el hombro del amigo y éste aceptó el desafío: la besó a la ligera en la boca, dejó caer la mano sobre la transparencia de la blusa y rozó involuntariamente uno de los senos. Al sentir el calor de una mano en el pecho. Verónica hizo un rápido movimiento, no de rechazo, en ningún momento pensó rechazar la caricia, sino un movimiento estratégico que devolvió la mano de Pradilla a su posición inicial. Disculpa —le dijo él al oído. ¿Se disculpaba por el beso, por la caricia en el seno? Verónica aceptó las disculpas. Tranquilo, le dijo.

La intimidad del pequeño grupo fue perturbada por la presencia de dos hombres que saludaron familiarmente a las parejas. ¿Podían sentarse? No había problema —aceptó Pradilla. Y los presentó a las chicas: el uno, el mayor, era el propietario de la agencia de publicidad para la que trabajaba, el otro el vicepresidente de producción de un canal de televisión. El desfile había sido todo un éxito. Sería un éxito la línea de ropa interior lanzada esa noche. Ya era hora de atreverse a mostrar más de lo que se acostumbraba mostrar en esta clase de desfiles, un país como éste —decía el vicepresidente de producción— tenía que dejar atrás el lastre de la falsa moral y modernizar agresivamente sus estrategias de mercado. Celebraba que la nueva colección le diera importancia a las transparencias, que redujera sugestivamente el tamaño de las prendas e introdujera por fin en el mercado líneas que ya eran moda en Europa. Y en el Brasil —añadió el gerente de mercadeo. La tanga nació en las playas de Copacabana.

¿Era también modelo la preciosura que acompañaba a Pradilla? No, era estudiante de Administración de Empresas. No podía creerlo, exclamó John Peralta, el vice de producción. ¿Por qué no se decidía por el modelaje? ¿Había pensado hacer un casting? Podría probar suerte en televisión. Su programadora pensaba introducir en las noticias un segmento dedicado enteramente al espectáculo. Se iban a necesitar muchachas muy hermosas y muy jóvenes. Porque quiero ser administradora de empresas —intervino Verónica, consciente de que el vicepresidente de producción desviaba la vista hacía las transparencias—. Si no puedo con la carrera, me paso a Comunicación Social y Periodismo —añadió.

—¿Qué van a hacer más tarde? —preguntó el vice de producción. Había preparado una reunión en la sala de juntas de su oficina. ¿Le harían el honor de asistir? —preguntó mirando alternativamente a Beatriz y a Verónica, quienes miraron alternativamente a sus acompañantes. ¿Por qué en su oficina y no en su casa? Peralta respondió a Pradilla con una sonrisa maliciosa.

—¡Pobrecito Upegui! —dijo de repente y sin venir a cuento Isaías Bueno, el propietario de Publicidad Ultra—. Desde hace una hora se le cae la baba de felicidad. No se separa de La Tarzana.

—¿Quién es La Tarzana? —quiso saber Pradilla. Bueno se despachó a gusto con una carcajada. ¿No conocía a La Tarzana? Desde que la vio en el salón trató de evitarla. La verdad es que no quería ponerla en evidencia. Para un hombre que pasaba de los setenta años, no estaba bien ponerse en evidencia, Si el pobre Upegui caía en las garras de La Tarzana, lo tenía merecido por pendejo. Por ella estaba babeando. No podía negar que era una mujer hermosa, que esa noche estaba radiante. No le pasan los años, dijo Bueno.

Una repentina intuición estremeció a Verónica. Si el tipo seguía ofreciendo detalles, la intuición inicial se convertiría en una constatación dolorosa. Menos mal que no pasaba de ser un relámpago.

Pradilla salvó el curso de la conversación y dijo que, con Tarzana o sin Tarzana, Upegui nunca dejaría de ser un pendejo. Un pendejo afortunado —terció el Gordis. ¿No era el constructor de fastuosas urbanizaciones en la falda de los cerros, de la Ciento Veintisiete hacia el norte? ¿No se vendía de inmediato, todavía en obra negra, cada uno de sus proyectos de vivienda? El éxito en los negocios no evita los fracasos en la vida—intervino el vice de producción. Ya me gustaría manejar la mitad de la plata que maneja Upegui —dijo Pradilla con benevolencia. Yo, en cambio, no le tengo ni un tantico así de envidia —dijo el vice Peralta—. Le debe a los bancos más de lo que invierte, nadie sabe si la plata que maneja es de él o sólo administra la de otros. ¿De otros? ¿De quiénes?, preguntó Bueno, pero Peralta respondió con una sonrisa.

—¿Y a quién le vende sus apartamentos de alto standing? —atacó de nuevo el Gordis—. A los duros, son los únicos que pueden pagar trescientos y quinientos mil dólares por apartamento.

—¿Es cierto que fue el amante de Amparo Consuegra, la decoradora? —preguntó John Peralta.

—Una sociedad perfecta —dijo Bueno—. Él construye, ella decora. Caminan sobre la misma línea de crédito. Pero Amparito le salió torcida: llevaban seis meses de amores y el pobre Upegui no sabía que a ella le gustaban los muchachos de la tele. Y, de paso, alguna muchachita.

—Los muchachos y las muchachas —dijo con conocimiento de causa el vicepresidente de producción—. Hace poco la dejé asistir a una sesión de casting. ¡Si la vieran! Me rogó que le diera un papelito a la muchachita que la volvía loca. Y tuve que dárselo. Asistía a las grabaciones, le llevaba refrigerios especiales, salía de las grabaciones con la muchacha y se la llevaba a su casa. La muchacha le salió viva: obtuvo el papel y le dijo chao a Amparito. Lección: invierte en acciones seguras.

Miró de reojo a Beatriz. ¡Qué hijueputa!, pensó la muchacha. Está hablando del milagro, sólo falta que hable del santo. No temas —le dijo al oído más tarde—. De esta boca no saldrá ni una palabra.

No quedaba casi nada de la integridad de Upegui, sólo seguía a salvo su innegable éxito de constructor. Verónica había sentido una refrescante brisa de alivio cuando la conversación tomó otro rumbo. Nadie volvió a pronunciar el nombre de La Tarzana. Le quedó el escozor de la intriga. ¿Quién era La Tarzana? Podría haber salido de la sala con cualquier pretexto e identificar a la acompañante de Upegui. No lo hizo. En medio de cuatro hombres, no valía la pena más certeza que la felicidad de saberse el centro de atención. No volvió a rechazar los discretos avances de Pradilla. A un hombre no se le pone en ridículo delante de sus amigos, no se hiere la vanidad de un hombre poniendo en evidencia su fanfarronería o restándole importancia a su prestigio de conquistador, pues no era otro el prestigio de Pradilla, un seductor irresistible, rodeado siempre de bellas mujeres. Si invertía los términos de la evidencia, le convenía dar a entender que era la nueva presa de este hombre, sin duda atractivo e inteligente. No había intervenido en el chismorreo que decapitó a Upegui y coronó de glorias licenciosas a La Tarzana. Era un hombre discreto, no era fanfarrón como el Gordis, en todo momento agarrado a la cintura de su amiga, en todo momento entregado al besuqueo, como quien muestra a los demás los atributos de su conquista. Así que aceptó la aproximación del nuevo amigo, la mano que tomaba su mano, la suave caricia en su piel, el brazo que distraídamente acariciaba su cuello o los dedos que se entretenían ensortijando sus cabellos rizados.

—Los espero en mi oficina —dijo Peralta. Y salió de la casa, acompañado por Isaías Bueno, el Gran Jefe, como lo llamaba Pradilla. Le merecía todo su respeto, se lo merecía la agencia de publicidad donde había hecho carrera gracias a la confianza de Bueno, a quien también debía el haber hecho el tránsito de poeta aficionado a copy, de copy a creativo de éxito. Nunca olvidaría la frase del Gran Jefe:

—Como poeta eres ingenioso, pero nunca serás un gran poeta. Usa mejor tu habilidad para manipular palabras y conseguir efectos sorprendentes —le aconsejó—. Creo que el dadaísmo y el futurismo, además de la poesía concreta, son el origen de la publicidad moderna. El mejor lugar para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad.

Fue un consejo cruel y oportuno. Pradilla aceptó que hubiera sido mucho más cruel vivir con la fantasía de ser un gran poeta y morirse de hambre en el propósito. Allí empezó a crecer su afecto hacia el Gran Jefe. El incipiente bardo de veintiséis años, cuya gloría pasajera quedaba registraba en revistas de aparición única, era hoy un publicista disputado por grandes empresas y reclamado por políticos a quienes creaba imágenes de la nada. Si no tenían pasado, les inventaba el presente. De allí los disparaba hacía el futuro.

No había abandonado la poesía. Escribía ocasionalmente poemas en verso libre, artefactos humorísticos sobre la irrisión de la vida y paradojas sobre el ser y la nada. Si la publicidad le exigía optimismo, la poesía que escribía secretamente era la expresión del más incorregible pesimismo. No le molestaba que lo tuvieran por cínico ni que se dijera que había convertido el amor propio en una de sus bellas artes. Amor propio o vanidad, lo dejaban indiferente los comentarios de los poetas de su generación, aquellos que lo llamaban a pedirle favores o lo abordaban, sable en mano, en tumultuosas fiestas de la tribu. Con gusto y sin mayores esfuerzos, sin esperar recompensa alguna, ni siquiera la recompensa que verse publicado, Pradilla les conseguía avisos para sus revistas. Dos Pradillas no caben en el mismo Parnaso —bromeaba al referirse al otro Pradilla, gran poeta y amigo. Este Pradilla, pese a sus setenta años cumplidos, conservaba en el centro de Bogotá su antigua oficina de abogado. Corregía allí sus poemas, leía a ratos, concertaba citas con secretarías pobres. De vez en cuando invitaba al publicista homónimo a beber unos whiskies.

¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. No creía en el producto que vendía. Ponía todo su ingenio en mentir, aceptaba antes de que lo dijeran sus enemigos. Jamás se le ocurrió consumir los productos que promocionaba. Decía que tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas, sobre todo si eran exitosas. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un apartamento, consideraba impresentable, además de corrupto, al senador que hizo elegir mediante una sofisticada reelaboración de su imagen, jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas higiénicas que por arte birlibirloque o por el arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más delicada y extraplana del mercado, no correría el riesgo de viajar en la aerolínea que recompensó a su agencia con una de las cuentas más seguras, las gaseosas le producían flatulencia y aceleraban su ritmo cardíaco, la marca de yines que impuso no era más que una burda copia de marcas establecidas en Estados Unidos, de confección defectuosa y tejido de lija. Sí, era un cínico que se ganaba la vida imponiendo baratijas y mentiras. La publicidad es la única mentira que goza de credibilidad universal —le dijo el Gran Jefe Isaías Bueno, orgulloso de tener en su nómina al embustero más eficiente del mundo. Del país —corrigió Pradilla en un rasgo de humildad. No sobes, carachas, que el mundo es lo que vemos y donde nos movemos, mijo.

Éste era el hombre al que Verónica cedió aquella noche el lado menos peligroso de su voluntad. Si le vas a dar algo a un hombre, por poco que sea —diría después como si repitiera una de las lecciones de la madre—, dáselo como si fuera lo más importante de ti. Le dio pues su compañía. Y con la compañía la ilusión de sentirse perdidamente atraída por él.

Al salir de la salita en busca de la madre, respiró aliviada. Virginia conversaba animadamente con Amparo Consuegra. Lejos de allí, Upegui daba vueltas al salón con una copa en la mano, así que ya no sería posible identificar a La Tarzana ni vincularla con Upegui, menos aún alimentar la sospecha que había cruzado un instante por su imaginación. Le dijo a la madre que la acababan de invitar a una fiesta, que si deseaba quedarse un poco más en la reunión, por otra parte agonizante, que se quedara, también podía acompañarla de regreso a casa.

—Leo nos hará el favor —dijo y aprovechó la ocasión para presentarle al amigo. Aceptó ser llevada a casa y se despidió de Amparo Consuegra con besos en las mejillas. La notó nerviosa. Sólo Verónica vio el gesto: Virgie extendió la mano hacia una mesita auxiliar, acarició el cenicero de bronce y lo tomó con gesto distraído. Iba a decirle "no lo hagas", pero la madre ya lo había introducido en su bolso.

En un rincón del salón, vaso de whisky en mano, Upegui conversaba con su sombra, pues sólo con su sombra debía de estar hablando un tipo con la vista perdida en el trajín de las modelos y el revoleteo de sus acompañantes. Un joven bien vestido, de unos cuarenta y pocos años, el mismo que no había apartado los ojos de Beatriz, se acercó a hacerle compañía. Seguía con la mirada los pasos de la modelo. Era Fabián Acosta, propietario de una cadena de joyerías.

—Vero me ha hablado mucho de usted —mintió Virginia al subir al Porsche.

Un hombre de cuarenta y pocos años, guapo y seductor, un Porsche rojo, traje de Ermenegildo Segna, reloj barato en la muñeca izquierda, corbata Hermés y zapatos Sebago, bastaban estos elementos para que Verónica completara el retrato robot del publicista. No mientas, mamá, no me hagas quedar mal —debió de haber pensado Verónica.

Si se ha mirado siempre el paisaje y la vista se ha acostumbrado a convertirlo en emoción se distinguirá un paisaje de otro. El paisaje que los ojos de Verónica habían empezado a convertir en emoción era el paisaje que cubría cuerpos, vestidos, chaquetas, zapatos, marcas. Nada extraordinario. Éste era el paisaje de la sensibilidad naciente, de la televisión y el cine, de las revistas que ella hojeaba distraída. La mirada callejera se dirigía siempre a ese paisaje y lo discriminaba como si se tratase de dividirlo en partes odiosas y admirables, irrelevantes y llamativas. Las largas horas pasadas frente al televisor, con frecuencia más dormida que despierta, si no dormida, adormilada en un sopor de imágenes y sonidos que se superponían y anulaban con la imagen y el sonido siguientes, éstas eran las horas que moldeaban la mirada. Una nueva mirada, distinta a la de la madre, que prefería el cine a la televisión, aunque compartiera con la hija el ocio de sábados y domingos, ambas en pijama, entregadas al dulce hacer nada de las tardes, esa era la mirada que Verónica y acaso también sus contemporáneos dirigían hacia el mundo.

Aquella noche, cuando la madrugada vestía a la ciudad con una irregular capa de neblina, Verónica sintió que se le abrían las puertas de un mundo, que las llaves de ese mundo tintineaban en la mano extendida de Pradilla. La reunión de unos pocos amigos en la sala de juntas del despacho de John Peralta parecía apenas un pretexto para su cita con Alejo Jara, el joven protagonista de la telenovela que su programadora lanzaría en unos pocos días. Le servía el whisky, alababa la originalidad de la estrecha camiseta que vestía debajo de la chaqueta de lino. Peralta había sometido al modelo de pasarela a cursos intensivos de actuación. Le había pedido al director de la serie ser indulgente con él. El muchacho podía convertirse en un buen actor. Si no lo conseguía, su belleza de ejemplar viril enloquecería dentro de unas pocas semanas a las espectadoras. ¿A quién le recordaba su rostro? Tal vez tuviera algo, un no-se-sabe-qué que le recordaba a Richard Gere.

Hacía las tres de la mañana, contrariando la petición de Virginia, no llegues muy tarde, Verónica aceptó la invitación de Pradilla a su apartamento: tenia hambre, le ofrecía calentar un tarro de sopa Campbell, tenía en la despensa pan tostado con ajo, no estaba seguro, creía que le quedaban unas lonchas de salmón ahumado, le dijo Leo, tal vez quedara en la nevera una botella de vino blanco.

No lo había vivido aún en carne propia. Ésta era la clase de trampa que los hombres tendían a esas horas de la madrugada: una última copa en mi casa, un último bocado en mi sala, la música oportuna, el oportuno ponte cómoda que ya regreso. Y aceptó la trampa, segura de que, en adelante, sería ella y solamente ella la responsable de sus actos.

Y no había calculado mal. Leo encontró la botella de vino blanco, un Blanc de Blancs no está mal, calentó el pote de sopa Campbell y sirvió el salmón ahumado con tostadas y mantequilla, partió un limón en rodajas. No le dijo que se pusiera cómoda. Se ausentó unos pocos minutos y regresó en mangas de camisa. Le preguntó si prefería el jazz o los boleros. No había alternativas: jazz o boleros. Le dijo que esa sencilla litografía con la reproducción de la lata de sopa que iban a tomarse era una de las obras maestras del más grande publicista de todos los tiempos. Pronunció el nombre de Andy Warhol. Doble ve, a, erre, hache, o, ele —deletreó. Warhol. Puso en el tocadiscos un disco de Frank Sinatra y le pidió que le hablara de su vida. "The lady is a tramp" —dijo para sí tarareando la canción.

—¿Una trampa? —preguntó Verónica, aventajada alumna de inglés.

—"That's life"—respondió Leo citando otra canción de Sinatra.

No era una trampa. Lo adivinó al interpretar la conducta de Pradilla como una actitud desdeñosa, amable en todo momento, distante en la manera de ignorarla. ¿La ignoraba acaso? Se complacía sabiéndola cerca, espléndida en su belleza de dieciocho años. Y ella no podía por menos que sentirse intrigada. Los hombres son siempre previsibles —le había dicho Virginia. No lo eran, éste no era un hombre previsible. ¿Qué habría hecho un hombre previsible, veinte o más años mayor que ella? Tratar de seducirla, envolverla en la tela de araña de su atractivo y en la sabiduría mundana de sus palabras. Pradilla, en cambio, tarareaba las canciones de Sinatra y le pedía que tararearan juntos la versión de "Yesterday". Le habló nuevamente de Andy Warhol y de lo que le debía la publicidad del mundo a este genio, exhibicionista y marica, para más señas. Lo de marica es un elogio —añadió. Le mostró la monografía del artista y se detuvo en los rostros de Marilyn Monroe y Mao Tzedong, como se decía ahora, Mao Tse Tung, como se dijo antes. Réplicas de tragedia y épica del siglo. Éstas fueron sus palabras: la tragedia de Marilyn, la épica del

viejo revolucionario que en edad avanzaba nadaba a brazadas de muchacho contra la corriente de un río legendario.

—¿Más vino? —y volvió a llenar la copa de Verónica como si en el acto de llenarla estuviera vaciando sus expectativas.

A las cinco de la mañana le propuso llevarla a casa.

Pidió permiso para ir al baño y él la condujo por el pasillo, abrió una puerta y dejó a Verónica en un amplio cuarto, frente a un inmenso espejo horizontal. No necesitaba ir al baño, quizá deseara esos instantes para aliviar fascinación eintriga. Se bajó hasta las rodillas el negro pantalón de seda, recordó que no llevaba ropa interior, y se sentó en la taza del inodoro. Un breve chorro amarillento tiñó el agua. Al levantarse, hizo el inventario de los objetos que estaban al alcance de la vista: un frasco gigante de agua de colonia Roger Gallet, crema para las manos, jabón líquido, un par de toallas simétricamente colgadas, una caja nacarada en cuyo interior encontró un paquete de condones, crema humectante para el cuerpo, un cenicero de mármol y, en una de las paredes, la reproducción de un cuadro de David Hockney. ¿De quién era la serigrafía que imitaba los caracteres de la Coca-Cola para recomponer el nombre de Colombia? De Antonio Caro —le dijo Pradilla al salir.

La verdadera pregunta, que daba vueltas de peonza en su cabeza, parecía imposible de formular.

—¿Quién era La Tarzana de la que hablaban tus amigos? —quiso saber al buscar en el perchero el abrigo de astracán.

—No sé —dijo Leo—. No creo que sea Amparo Consuegra, la decoradora.

La llevó de regreso a casa. Ella aceptó el tibio beso de despedida en la boca. Él esperó que entrara y encendiera las luces. Y Verónica se inquietó al encontrar a Virginia despierta y a oscuras, recostada en un sofá de la sala.

—No puedo dormir —le dijo a la hija—. Tengo sueño pero no puedo dormir.

—¿Te pasa algo?

Aunque Virgie le mintiera, Vero sabía que algo ocultaba la expresión huidiza de esos ojos. La acompañó hasta el dormitorio, la ayudó a desvestirse, le acercó el pijama de seda, comentó algún incidente nimio de la noche, Beatriz estuvo espectacular, ¿quería un alkaseltzer antes de acostarse?, fue la reina de la noche, si vieras cómo la miraban esos viejos verdes, comentarios que hizo sin saber qué más hacer o decir delante de Virginia.

—Duerme conmigo —le pidió la madre.

Pocas veces le pedía que durmiera a su lado, pocas veces y esas pocas veces fueron entre los diez y los once años, mientras se acostumbraba a dormir sola en su cama de viuda. Si no lo pedía la madre, lo exigía la niña, sonámbula silenciosa plantada al pie de la cama de la madre. Una foto del ingeniero Oropeza descansaba todavía en la mesita de noche.

—Voy a buscar mi pijama —consintió Verónica—. Ya vengo.

La sintió despierta largo rato. Antes de que se hundiera en un pesado sueño de fatiga. Vero tuvo la certidumbre de que algo le había ocurrido aquella noche a su madre.

—Estoy preocupada, Vero —se atrevió a confesar—. Mis cálculos se están quedando cortos. Con lo que tengo no podré abrir el gimnasio que quiero.

—Duerme —le pidió la hija—. Después hablamos de eso.


Verónica se despertó primero que la madre. Bajó a la cocina y Teresa la recibió con alborozo. Vea, niña Vero, lo que acaban de traerle —y le enseñó un precioso arreglo de rosas rojas, "The lady is a tramp" —decía en la tarjeta sin firma. "Strangers in the night" —había escrito el remitente debajo de la primera frase y debajo de ésta una última: "For once in my life".

Verónica tardó unos minutos en descubrir que se trataba de títulos de canciones escuchadas la madrugada anterior. No alcanzó a comprender el significado del mensaje. "La señora es una trampa", "Extraños en la noche", "Por una vez en mi vida", habría que armar el rompecabezas, si era un rompecabezas, ordenar el enigmático desorden de las frases. Quiso llamar a Leo pero recordó que sólo tenía el número de su oficina. Y era sábado. Así que no podría ordenar sola las piezas sueltas del puzzle. Debía esperar hasta el lunes. ¿Soy una trampa? —se preguntó. ¿Fuimos extraños en la noche? ¿Me verá una sola vez en su vida? Retiró la tarjeta del arreglo floral, le ordenó a Teresa colocarlo en la sala y subió a su cuarto a tomar una ducha. La madre dormiría hasta tarde.

Mientras se desnudaba frente al espejo, cambió la ducha por la tina. Se sentó a esperar que la bañera se llenara, arrojó chorros de gel al agua caliente.

El espejo se empañó con el vapor.

Se sumergió poco a poco, extendiendo y abriendo las piernas.

Con una mano acarició lentamente sus pechos, con la otra jugó a enredar los vellos de su Monte de Venus.

Cerró los ojos.

No era la primera vez que sentía el endurecimiento de los pezones ni la primera vez que, con prudencia y casi con temor, acariciaba la felpuda superficie de su sexo, sabiéndose incapaz de explorar más allá de la estrecha puerta de entrada, su cajita de sorpresas, como la llamaba de niña. Cada vez que lo hacía disfrutaba de una sensación placentera, pero se detenía temerosa en ese umbral. Una extraña orden, impartida por no sabía qué tiránico capataz, le prohibía prolongar el placer apenas insinuado.

Con los ojos cerrados, abandonada de nuevo a un bienestar repetido e idéntico, hundió con suavidad uno de sus dedos en la pared superior —frágil flor abierta del sexo—, lo movió como si no lo moviera, rozando apenas la superficie, hasta que el calor subió al resto de su cuerpo.

No se detendría. La yema que recorría el extremo superior de la pared tibia y húmeda tropezó con algo que se endurecía. Una minúscula y casi siempre oculta y viva parte de su cuerpo respondía al recorrido de la yema del dedo, le ordenaba presionar con fuerza, trazar un lento movimiento circular, convertir la presión y el movimiento en ritmo regular y continuo. No importaba que ese sofoco, esa sensación desconocida, la estremeciera y ella misma se escuchara gimiendo quedamente como si se tratara de una forma soportable y deseable del dolor, ni le importaba que la respiración fuera acezante, que sus muslos, como si adquirieran vida propia apretaran y aprisionaran su mano, ni que la pelvis se sacudiera espasmódicamente y la cintura rotara al ritmo de la mano curiosa y amable.

Trazó un arco desde el torso hacia los muslos y gritó, Tuvo conciencia del grito inoportuno y lo convirtió en un gemido.

Poco a poco, como si la abandonaran las últimas fuerzas que le quedaban, el cuerpo recobró la liviandad del principio, una mano se posó exangüe en la superficie del sexo. Verónica dio gracias a Dios por el milagro alcanzado.

¿Dar gracias a Dios? Ni su madre ni ella eran verdaderamente creyentes. La ausencia de fe era asunto decidido sin convicción. Si se les preguntara, madre e hija aceptarían ser católicas, aunque los ritos de la iglesia fueran apenas obligaciones de conveniencia. La religión era un tic de la costumbre, aunque en ocasiones excepcionales pronunciaran el nombre de Dios.

Verónica cerró de nuevo los ojos.

El agua ya no era tibia. La espuma perfumada tenía el aroma indefinible de un olor sobrepuesto a otro olor. Cuando quiso salir de la bañera, le temblaron las piernas.

El cuarto de baño le pareció borroso. El llamado insistente a la puerta, el ruido de nudillos de dedos que golpeaban la obligó a vestirse con una salida de baño. Ya voy, mamá —dijo sin aliento.

—¿Te sientes mal?

—No, ¿por qué? —respondió en voz ronca y baja.

— Me pareció oír que te quejabas.

—¿Que me quejaba? No, mamá —nunca la llamaba así—, me estaba acordando de una canción y trataba de cantarla.

La madre aceptó la explicación de la hija. La notó pálida y temblorosa y le hizo creer que tal vez se tratara de los tragos de la noche anterior. No le dijo, nunca se lo diría, que había escuchado detrás de la puerta los progresivos gemidos, el grito ahogado, el chapoteo cadencioso de un cuerpo en el agua.

—Lindas las rosas —cambió de tema—. ¿Las mandó Leo Pradilla?

—Un desconocido —dijo Verónica.

—Gracias por dormir conmigo —dijo Virgie—. ¿Me acompañas? Hoy empiezan a tumbar las paredes para el salón principal. Me preocupa mucho ver que faltan todavía tantas cosas. Mañana me llegan las máquinas de ejercicios.

—Ve tú primero —le dijo pasando el dorso de la mano por la mejilla de la madre—. Nos vemos dentro de un rato.

Verónica sentía una debilidad desconocida en el cuerpo, sobre todo en las piernas, como si de un momento a otro fueran a faltarle las fuerzas. Una rara paz interior, eso era lo que sentía en aquellos instantes, una rara luminosidad en los ojos.

Verónica llamó a Beatriz. No esperaba la reseña de la noche anterior ni el relato de su aventura con el Gordis. ¿Cómo se llamaba el Gordis? Frank Rueda, en realidad, Francisco Rueda. ¿Podía venir un momento a su casa? Desayunarían juntas. ¿Qué había pasado en el apartamento de Leo? No seas impaciente —le dijo— Todo eso y más te lo diré si vienes ya mismo a mi casa.

La esperó media hora. Vestida con sudadera y tenis blancos de Adidas. Beatriz traía a mano los periódicos del día, abiertos en la página de Cultura y Espectáculos. Tres de las siete fotografías de la crónica a seis columnas estaban dedicadas "a la joven modelo, revelación de la noche". A todo color, en el centro de la página, Beatriz desfilaba de espaldas exhibiendo "la prenda más atrevida del desfile", "la minúscula pieza que arrebató aplausos a los asistentes e hizo ruborizar a más de un caballero en la espectacular velada de anoche". Dos columnas inferiores informaban sobre el estreno de una ópera en el Teatro Colón. Se requería mucha curiosidad para detener la mirada en una información asfixiada por el atractivo gráfico del informe sobre el desfile de anoche.

—¡Qué nalgas. Dios mío! —exclamó Vero al arrebatar los periódicos—. ¿Son tuyas?

—¡Mira ésta! —y le enseñó la foto donde desfilaba de frente exhibiendo un wonder brass adornado de encajes. Por los bordes de la prenda se escapaban, como si lidiaran contra la prisión de la prenda, las tonalidades marrones de los pezones. Un panti blanco dibujaba "con atrevimiento e insinuante elegancia" el triángulo encarcelado "de la modelo y actriz Beatriz Lopera, una adolescente que ya se perfila como la revelación de la temporada" La cronista ofrecía los nombres de personalidades presentes en la velada, "el mundo de la moda y el espectáculo se dio cita anoche para presenciar y aplaudir uno de los más glamurosos desfiles del año".

—¿Qué pasó en el apartamento de Leo?

—Nada, lo que se dice nada —respondió Verónica.

—¿Cómo que nada?

—Comimos salmón ahumado, bebimos vino blanco, escuchamos canciones de Frank Sinatra.

—¡No te lo puedo creer!

—Créeme porque yo tampoco lo creo.

—¿Quieres que te diga lo que pienso? —empezó a decir Beatriz con expresión severa—. Si no es marica, es impotente, si no es impotente ni marica, debe ser uno de esos tipos que te ven muriéndote de sed y no te ofrecen ni un vaso de agua.

Marica, impotente, retorcido, despiadado o, tal vez, especuló Beatriz, un hombre demasiado respetuoso. No se atrevió porque cree que eres menor de edad —dijo Beatriz. Sabe que tengo más de dieciocho. Sea lo que sea —dijo Verónica—, no pensaba hacer nada con él.

Y era cierto. En la agenda de la noche anterior. Verónica esperaba los avances de Pradilla. Estaba decidida a aceptar toda clase de caricias, a irse a la cama o a revolcarse en la alfombra, a dejarse desnudar si era lo que él deseaba. Llegaría el momento de poner freno al desenfreno. La apatía de Pradilla no era una decepción sino una ofensa. La privaba del placer de resistirse, afrentaba su vanidad de mujer. ¿No le había dicho que era la más preciosa y perversa criatura jamás vista en su vida? ¿No había estado toda la noche a su lado? ¿Y esas caricias en el cuello, ese roce involuntario de la mano en su seno? No voy a mentirte —le dijo a la amiga—. Me dio rabia.

—Esos tipos son muy raros —trató de explicar Beatriz.

—¿Quiénes son esos tipos?

—Los hombres mayores, sobre todo los de la farándula —añadió disgustada—. Creen que las mujeres deben arrodillarse a sus pies.

—Leo es un hombre muy inteligente. Y no es de la farándula —lo defendió Verónica.

—¿Qué es entonces la farándula? Es publicista y los publicistas trabajan con la farándula. ¿Dices que es inteligente?

—Por eso mismo, porque es inteligente parece más odioso. Para ellos, somos niñas jugando a ser mayores.

—Mi Gordis es distinto: tierno, fogoso y un poquito rebuscado —dijo Beatriz—, No esconde sus intenciones. ¿Sabes lo que me dijo? Que antes de conocerme creía que era impotente.

—¿Quién sedujo a quién, Beatriz?

—Yo—confesó.

—¿Por interés o porque te gustaba?

—Un poco por interés, otro poco porque me enternecen los gordos y los tiernos, los que piden permiso para darte un beso.

—No me estás diciendo toda la verdad, Betty.

—¿Está mal que me guste un hombre por interés?

—Depende —transigió Verónica—. Gordo o flaco, feo o lindo, lo que importa es que no sea pobre ni demasiado viejo.

—¿Ves? Lo que importa es que no sea pobre.

—Y que te abra las puertas del éxito. ¿Es eso? —preguntó Verónica.

La desafiaba. ¿No era el éxito la única obsesión de la amiga, el fin que buscaba sus medios? No dijeron lo que pensaban más allá de este acuerdo: lo que importa es que no sea pobre. Beatriz creía que una vez abiertas las puertas del éxito, más allá de ese primer paso decisivo, todo era incierto, incluida la industria de la belleza, adonde entraba de la mano del Gordis. Frank Rueda, pocas veces lo llamaba por su nombre.

—¿Sabe tu madre que te acuestas con tu Gordis?

—Si lo sabe, no le importa y si le importa no se atreve a reprochármelo. Cuando se pone a hablar con sentencias, dice que el que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. Me dice que viva la vida que no pudo vivir ella. Pobrecita, se está volviendo vieja sin saber nada de la vida.

La pregunta rondaba desde hacía rato en la punta de la lengua de Vero.

—¿Cómo es un orgasmo, Betty, qué se siente?

—Un orgasmo es... —elevó los ojos al cielo— ...como un temblor de tierra... sientes que te vas hundiendo en un hueco sin fondo.

En un plácido hueco sin fondo, habría dicho Verónica si las palabras no fueran tan esquivas. No le parecía afortunada la comparación con un temblor de tierra, prefería pensar que lo experimentado hace dos horas era una muerte sin muerte, la dulce agonía del cuerpo que volvería purificado a la tierra, debe escribir el narrador al suplantar la voz del personaje.

—Tuve un orgasmo, Betty —exclamó y abrazó a la amiga —. Lo tuve yo sola.

—¿Sola y sin pensar en nadie?

—Sola y sin pensar ni siquiera en mi cuerpo. Virgen y un orgasmo en mi cuenta. La virginidad —concluyó— no es como dicen la puerta de la desgracia.




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