Lo ъnico que nos proponemos con esta anйcdota es instruir



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¿Por qué elegir a Nelson Sarmiento para la primera cita y el primer beso? Porque era el mejor de la clase. No le importaba tanto que fuera el aventajado del curso, lo que importaba era tenerlo de su parte, servirse de él cuando lo necesitara. ¿No era la amistad una prestación mutua de servicios? —se preguntaría años después la adolescente de dieciséis. Matemáticas o sociales, no había materia en la que Sarmiento no saliera sobrado. Se decía que no era inteligente sino un repelente fenómeno de la naturaleza. Se las sabía todas, menos tratar a las mujeres. No era apuesto ni atlético. Era el sobrado de la clase. No podía ser apuesto un flaco desgarbado con la cara herida por el acné, negado para los deportes y para la bulliciosa camaradería de los demás muchachos. Sarmiento era tan negado en disciplinas que garantizaban el éxito, que Verónica se acercó a él como si cortejara con la lepra.

Sarmiento era un desahuciado social. No lo admiraban, lo envidiaban con desdén, se burlaban de su modestia, advertían que no pasaban de dos sus mudas de ropa, que sus zapatos, siempre pulcros, de suelas remontadas, eran los mismos de todo el año. Se mofaban de él a sus espaldas. Así que cuando Verónica se acercó a él, todos dijeron que era una excentricidad más de esa loca, una de sus vainas raras, todo para llevar la contraria. Se acercó a él con el pretexto de pedirle que la ayudara en sus tareas de matemáticas. Y el muchacho se desconcertó cuando ella le pidió que se vieran en la tarde, a la salida de clases. Lo invitaría a tomar algo en su casa.

—¿En tu casa, por qué en tu casa?

Nadie lo invitaba nunca, ni siquiera era convidado a las fiestas que, cada viernes, se organizaban en las cafeterías cercanas.

—No hay problema con mi padre, porque vivo sola mi madre —precisó Verónica. Le dijo que era huérfana de padre—. También yo —añadió Sarmiento con voz entrecortada—. Desde los siete años. Soy el mayor de tres hermanos.

La señora viuda de Oropeza no paraba en casa. Llegaba tarde cada noche, me invitaron a cenar mija me invitaron a un cocktail voy a jugar cartas dile a la empleada que te prepare la cena ten cuidado con los carbohidratos dile que te haga una pechuguita de pollo a la plancha, ésta era la retahíla que le lanzaba desde la mañana, cuando salía soberbiamente vestida y maquillada, ¿hacia dónde? Virginia salía desde temprano y no regresaba hasta la noche. Vendía seguros —le explicaba a la hija.

—No te acuestes muy tarde —era el consejo invariable.

La sentía llegar después de la medianoche o en la madrugada, subir las escaleras hacia el segundo piso de la casa, donde quedaba su alcoba, A veces escuchaba sus risas, no hagas ruido mi hija duerme, toses nerviosas, de él, de quien fuera, siempre un desconocido que, por prudencia, nunca desayunaba con ellas. A su edad, Virginia podía seguir dándose el lujo del amor, de divertirse como quisiera. Nunca había sido más atractiva que ahora. Le guardé dos años de luto a tu padre. No habría problema si un compañero la visitaba. Podía llevar a casa a sus amigos, pedirle a la empleada que les prepara cualquier cosa, confío en ti mija sé que eres responsable, concedía siempre la madre.

La libertad que le concedía a la hija protegía su propia libertad. Tal era el cálculo de Virginia. En ocasiones, se sentía acosada por los remordimientos.

Verónica condujo a Nelson Sarmiento a su casa. ¡Pobre muchacho! Parecía como si nunca hubiera puesto los píes en una casa de dos plantas, con salón exquisitamente amueblado, obras de arte en las paredes, mejor dicho, reproducciones o falsificaciones de obras de arte, cocina gigantesca como un potrero, decorada con toda clase de electrodomésticos, prometedoras escaleras hacia la segunda planta.

La percepción de la riqueza ajena es proporcional a la pobreza propia., Para el joven, la casa de Verónica era una casa de ricos. ¿Dónde vivía él? Preguntárselo hubiera sido imprudente. Tal vez viviera en el noroccidente de la ciudad, en uno de esos condominios extendidos sobre la sabana interminable, tal vez tuviera una beca de estudios obtenida por sus calificaciones, quizá su padre trabajó en una empresa benefactora de estudiantes huérfanos, nada de esto quiso saber Verónica cuando Teresa, la empleada, abrió la puerta y recibió a la niña con una frase de complicidad:

—Cómo me gusta, niña, que llegue acompañada —secreteó—. Feíto sí es, pero debe tener su gracia.

Aquel día empezó a comprender el sentido de la frase repetida por la madre: la debilidad de los hombres será tu fortaleza. Débil en su fealdad, acomplejado en su pobreza, Nelson ni siquiera demostraba el orgullo de ser un alumno aventajado. Fuerte en su naciente belleza, orgullosa en las apariencias de su riqueza, segura en la certeza de saberse disputada por los chicos de cursos superiores. Verónica empezó a aprender que de algo servían las virtudes de las mujeres frente a los defectos de los hombres.

Subió a su cuarto. Tardó más de quince minutos en regresar. Reapareció vistiendo unos yines desteñidos y ajustados, con remiendos y tijeretazos, pero el detalle más llamativo llenó de rubor el rostro del muchacho: en una de las nalgas, exactamente en su base de sustentación, la herida expresamente abierta por las tijeras dejaba ver la blancura de la piel. Vestí también una camiseta, estrecha y excesivamente corta, con el rostro de Bob Marley. El rey del reggae fumaba un largo pitillo de marihuana.

—¿Por qué ese negro? —se opuso en principio la madre cuando Verónica se encaprichó con esta prenda—. ¿Por qué no Mick Jagger? ¿No dizque te gusta Police? ¿Por qué no buscas una camiseta con el retrato de Sting? No entiendo por qué, habiendo camisetas con los cantantes que más te gustan, te dio la ventolera de cargar con ese negro. ¿Sabes que lo rastafaris no se bañan?

Nada la haría cambiar de elección. Un yin desteñido tijereteado, herido en una nalga. Una camiseta amarilla con el negro rostro de Bob Marley.

—¿Dónde prefieres estudiar? —preguntó al muchacho—. ¿En la sala o en mi cuarto?

Nelson no respondió. Otra de sus debilidades: era incapaz de elegir. Ella debió hacerlo por él. Y eligió su cuarto, como si deseara que conociera la intimidad de su cuarto, el afiche de David Bowie in concert, la reproducción de La Maja Desnuda de Goya, el equipo de sonido colocado sobre la alfombra, discos y casetes desordenados en una estantería con escasos libros, la cama sencilla, que Virgie llamaba single, vestida con un cubrelecho de colorida lana artesanal, los almohadones de terciopelo, el escritorio de cedro, el baño privado a unos pasos de la cama, las fotos de la niña en distintas poses y edades.

Buscó en el desorden de libros y cuadernos sus apuntes de matemáticas y le arrancó una primera sonrisa al muchacho: con gesto indulgente, miraba los garabatos que llenaban hojas y hojas.

—No entiendo nada —le dijo ella—. Voy a perder la materia —se asinceró—. Prométeme que me ayudarás a estudiar, que me harás el examen —dijo sin preámbulos.

—En lo que pueda —tartamudeó El Cuarto en Discordia.

—Tú lo puedes todo —dijo ella, anticipándose así a otro consejo de la madre:

—A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar —sentenciaba Virginia—. No importa si les mientes, les gusta escuchar música celestial.

No pensó que el consejo tuviera edades y aplicaciones distintas. Decirles a los hombres lo que desean y esperan escuchar no era el simple enunciado de un consejo sino la exposición de una intrincada estrategia femenina.

Serio, casi solemne, Nelson lidió con la ignorancia de Verónica, tal era la conclusión que sacaba al repasar notas y garabatos del cuaderno.

—Llama sí quieres a tu casa —le dijo Verónica—. Te invito a cenar.
Sentados en el suelo, repasaron libros y cuadernos de apuntes. No voy a poder con esto —repitió Verónica—. Tendrás que ayudarme en el examen —añadió con voz apesadumbrada, como si se fuera a desvanecer en el instante.

No fue sino más tarde, hacia las siete de la noche —la empleada subió a preguntar si querían cenar en el cuarto o en el comedor—, cuando la chica descubrió en Nelson el atractivo de su debilidad. Rozó intencionalmente su mano. Él la miró un instante y agachó la cabeza, desviando la mirada hacia el cuaderno de apuntes. Impulsada por una fuerza instintiva, le dio un rápido beso en la mejilla, muy cerca de la boca, eres genial. Gracias por ayudarme, le susurró cerca del rostro, dándole al segundo beso la ambigüedad de un beso cuyo destino eran los labios y no las comisuras. Con ese beso —calculó Verónica— sellaba para siempre la incondicionalidad del compañero. Descubrió el rubor de su rostro y el nerviosismo de sus palabras, antes fluidas, ahora entrecortadas.

Nelson no respondió al beso ni a las preguntas ni a la deliciosa ignorancia de su compañera. Rechazó la oferta de quedarse a escuchar el último disco de Bon Jovi, tiene una canción que me encanta, ¿no has oído "Livin'in a prayer"? Dijo que ya era hora de irse. No conocía nada de Bon Jovi, su madre lo esperaba siempre a las ocho. A cuatro cuadras, si descendía hacia la carrera Séptima, cogería el colectivo que lo llevaría hasta su casa. Le dejaba las notas, le entregaba la promesa de ayudarle en el examen. Su madre lo esperaba con la cena servida para los tres hermanos, ya era tarde, su madre se preocuparía si llegaba más tarde de lo acostumbrado.

—¿Me ayudarás en los exámenes?

—Haré lo que pueda.

—Tú lo puedes todo.

¿Lo podía todo? El halago debió de haberle sonado a música celestial.

—Tú lo puedes todo —le repitió al despedirlo, pensando que tal vez el halago compensara los desprecios de que era objeto en el colegio, desprecio de sus compañeros, elogios de sus profesores. Ni una ni otra cosa parecían hacer mella en la tozudez de seguir siendo el mejor alumno del colegio.

Una semana antes de los exámenes, Verónica entendía tanto de matemáticas como antes, es decir, casi nada. Había sellado un pacto de lealtad con El Cuarto en Discordia, que prometió ayudarla en el examen.

No fue fácil. Después de resolver sus dudas y sortear los escollos de sus escrúpulos —Verónica diría después que había descubierto en Nelson al primer moralista de su vida—, aceptó ayudarla, ¿Cómo era la letra de la amiga? Podía imitarla sin dificultad. Era un buen imitador de caligrafía. Y ensayó la imitación hasta acercarse al modelo. Duplicaría el examen, cometería algunos errores, no sería un examen perfecto, merecedor de un cuatro punto cinco sino un examen de tres punto ocho. Eso bastaba —le dijo Verónica. Si se lo hacía perfecto, no creerían que de la noche a la mañana se hubiera producido un salto tan grande. Nelson le dijo que nunca había hecho nada parecido, ni imitar fraudulentamente la caligrafía de alguien ni hacerle el examen a ningún compañero. Lo hacía por...

No pudo concluir la frase. Verónica comprendió que lo hacía por ella, por la lenta seducción emprendida desde el día del primer beso. No le repugnó saber que inducía al amigo a hacer algo que su conciencia repudiaba.

—¿Tienes novia? —le preguntó en la víspera del examen.

Negó con la cabeza sin poder esconder una expresión melancólica. Entonces ella le dio un beso en la boca, un largo beso con lengua, como si tratara de devorar la otra lengua. ¿Lo había aprendido instintivamente? ¿Lo había aprendido en el cine o la televisión?

Vero lo recompensó como lo merecía en la siguiente visita. Nelson había aprendido a responder, con más timidez que mesura, a la húmeda caricia de cada beso. Entreabría los labios, movía tímidamente su lengua, pese a que sus manos se mantenían inmóviles, paralizadas por la tensión, incapaces de abrazar el cuello o la cintura de la muchacha que lo besaba.

Los Jóvenes hicieron otro pacto: nadie debía saber de esas clases extra ni de la valiosa ayuda de cada tarde. Nadie —aceptó él en voz baja. Y antes de salir hacia su casa, antes de salir a buscar el colectivo que lo llevaría a otro extremo de la ciudad, ese día, la víspera del examen, Verónica lo sintió más nervioso que antes. Se ausentó unos minutos, iba un momento al baño —dijo. Por olvido o provocación, dejó entreabierta la puerta. Verónica aceptaría después que algunas de sus decisiones no fueron en aquella época deliberadas. Salían del instinto y ella misma se reía del atrevimiento de algunos actos. Se miró en el espejo. Desde allí pudo ver a Nelson, paralizado con la visión. La contemplaba a hurtadillas. Simuló no haberse dado cuenta y se quedó unos segundos cepillando sus cabellos. Una descabellada idea saltó como hermosa, envenenada inspiración: se sacó la camiseta, se quedó con sus preciosos sostenes, salió del ángulo de visión y volvió al espejo abotonándose una blusa de andar por casa.

Al regresar al cuarto, encontró al chico tembloroso y pálido.

Esta última escena, calculó ella, conseguiría encarcelarlo para siempre en sus caprichos.

¿Por qué esa sensación de regocijo si lo que acababa de hacer era una maldad? Exhibirse, así fuera instantáneamente y sin calcular el efecto que ello produciría en el corazón de Nelson Sarmiento, era un cochino gesto de maldad. Pese a todo, el muchacho le dejó una carta encima de la cama. Tal vez la hubiera escrito en su casa, tal vez hubiera escrito y destruido antes numerosos borradores. Le decía que no podía expresar lo que sentía por ella, ni explicar tampoco el miedo que lo asaltaba en su presencia. Me estoy enamorando de ti, decía. Y añadía que su sola presencia lo enloquecía, que todo el día no hacía sino pensar en ella. Le pedía al final una oportunidad. ¿De qué? Quiero ser tu novio.

Era una carta enternecedora escrita por un chico de trece años. ¿Podría ella corresponderle? No, no podría ir más allá. Había ido demasiado lejos en el juego. No pudo aclarar las dudas de Nelson sino dos días después del examen.

Nelson imitó la caligrafía de Vero, hizo su examen rápidamente, se dedicó a hacer el de ella, teniendo el cuidado de incurrir en los errores programados, pues los errores eran la aceptación de las limitaciones de una alumna que demostraba haberse esforzado para pasar la materia.

La sincera confusión que expresaba la carta de Nelson la hizo aterrizar en la conciencia de haber usado al compañero. Por su conciencia pasó una ráfaga instantánea de remordimiento. Sólo una ráfaga. No volvió a invitarlo a su casa. Y cuando se cruzaban en el colegio, Vero simulaba indiferencia. Nunca hizo nada que permitiera sospechar que entre ella y el chico se había abierto una rara, interesada familiaridad. Lo veía solitario en el patio de recreo, se sentía mirada a la distancia, pasaba a su lado y a duras penas levantaba las cejas o le guiñaba un ojo, nada más un guiño para que entendiera que seguía vivo el pacto de discreción.

Pasó el examen con tres punto siete. Le hizo una última invitación a Nelson, no a su casa sino a una cafetería de la Zona Rosa. Quería celebrar con él el tres punto siete. Lo despidió antes de las siete de la noche con la promesa de llamarlo a su casa.

—Mi madre me está esperando —dijo Verónica. Y le dio un último beso, el beso que sabe dar una chica que empieza a transitar el camino de la coquetería. Nelson se quedó silencioso en una esquina, como abandonado en un desierto. Mucho más desérticos serían para el muchacho los días siguientes, extraviado como estaba en la intensidad fúnebre del sentimiento que lo inundó al frecuentar a Verónica. Había leído mal las confusas señales de humo de la muchacha. El más aplicado de los alumnos del colegio se encontró indefenso e ignorante, sumergido en aludes de arena, sacudido por los fríos vientos del amor y la esperanza, ambos tan precoces como inesperados. Del calor de unos pocos, intensos días, a la más incomprensible indiferencia.

Aunque no lo trató con desprecio. Verónica lo eludía a conciencia, no respondía a sus mensajes desesperados, miraba de reojo las cartas que Nelson le hacía llegar por diferentes conductos. Las rompía con el desdén de una sonrisa. Cuando por azar se tropezaba con él, le manifestaba que nunca podría pagarle el favor que le permitió aprobar una materia y pasar raspando al siguiente curso.

Armado de coraje, extraído de la timidez o la humildad, Nelson se transformó una mañana en adulto, pues de adulto fue el coraje exhibido cuando se acercó a Verónica para pedirle una cita. ¿No había leído sus cartas, no la habían conmovido sus súplicas?

Verónica lo escuchó sin borrar de los labios su sonrisa. No sé de qué me estás hablando —le dijo. Le hablaba de las cartas, del amor, del sufrimiento, de los insomnios, de la espera, quería decirle el niño a la niña. Le hablaba de lo que no podía hablarle, de lo que no era capaz de decirle y que no pudo decir en los pocos segundos que soportó estar frente a Verónica.

En los días siguientes, Nelson la aguardó a la salida de clases, no para abordarla sino para contemplarla a distancia, oculto detrás de los arbustos. Salía de su escondite cuando la silueta de la niña se perdía en el tumulto de otras niñas. Regresaba a su casa con la desolación en carne viva. Se percató de que de poco o nada sirve la inteligencia cuando se enfrenta a las intrigas del corazón defraudado. La traga de Nelson hizo historia en el colegio. Se mofaban de él, de su actitud sumisa y suplicante ante la engreída Verónica. ¿De qué le servía ser el mejor del colegio y de la clase? ¿Dónde estaba su inteligencia?, se preguntaron quienes lo envidiaban.

Sin poder dar una explicación convincente a la madre, Nelson pidió ser cambiado de colegio. Tenía trece años. Llegaría a los catorce abrumado por los honores, sintiéndose incapaz de domesticar a la bestia de desazón y rabia que le mordía el alma día y noche, que le arrancaba a dentelladas lo único que necesitaba para seguir siendo el estudiante ejemplar que siempre había sido: el sosiego del olvido.

Verónica se sintió aliviada al saber que no lo vería cada día rondándola con su expresión de conejo degollado. Nadie supo por qué cambió de colegio. Nelson Sarmiento se perdió así de su vida.

—¿Existen niñas precoces?


—Depende de lo que entiendas por precocidad —le respondió Virginia—. No me digas que... —se alarmó.

Verónica le dijo que no temiera. Nada de eso. Y dejó en el aire la conversación, segura de haberse quedado con más preguntas que respuestas. Pensaba en la frase repetida por sus compañeras: Se está madurando biche.

—Aunque parezcas mujer, no olvides que eres aún una niña —advirtió la madre en vista del silencio—. Cada cosa en su momento.

La madre se hacía esmaltar las uñas de los pies envuelta en una breve bata de seda, entreabierta en la parte superior. Verónica se había quedado mirando los pechos de la madre, de volumen generoso, tolerantemente caídos. Teresa se acercó a servirle a Virginia una taza de yerbas aromáticas y ella la reprendió por seguir usando ropa de calle y no el uniforme con cofia que le había comprado hacía una semana.

Aquella noche, cuando Verónica le mostró a la madre las notas de sus exámenes, aprobados por un pelo, ella la invitó a cenar a un restaurante de cocina mediterránea. ¿Dónde quedaba el Mediterráneo? ¿Es un mar o un océano? Virgie satisfizo como pudo las preguntas y le explicó que era un mar que bañaba un costado de Europa, Grecia, Italia. Francia, España y África del Norte. Llegaba hasta los confines de Israel. Le habló de islas de ensueño, conocidas en folletos de agencias. Algún día viajarían juntas al paraíso mediterráneo. jMikonos! —exclamó Virginia—, me dicen que es lo más parecido al paraíso.

Esa noche le presentó a Rodolfo Roldan, un apuesto cincuentón que pasó a recogerlas en su Mercedes Benz blanco. Lo había conocido un año antes, pero sus relaciones sólo se habían estrechado en las tres últimas semanas. Desde entonces, Virginia ya no salía en las mañanas ni regresaba en la noche. Permanecía mucho más tiempo en casa. ¿A dónde salía cada mañana, por qué regresaba en la noche? Verónica nunca preguntaba. Virginia le repetía que vendía seguros, lo que era cierto, aunque la venta de seguros de vida no fuera un negocio exitoso sino una actividad ejercida ocasionalmente y a destajo.

¿Qué representaba el botoncito que Roldan exhibía en la solapa del saco? Su identificación de senador de la República, tres veces senador de su partido. ¿Qué hacía un senador?, preguntó la niña. El senador le explicó que promulgaba las leyes con que se ordenaba el rumbo de la patria y el bienestar de sus ciudadanos. ¿Se gana plata con eso? —preguntó ingenuamente y el senador soltó una carcajada. Menos de lo que muchos piensan, dijo pasando el dorso de la mano por las mejillas de la niña. Si no ganan mucha plata, ¿por qué son tan importantes?, insistió. No seas necia, medió Virginia. Verónica calló por un rato sin dejar de admirar el porte de Roldan.

El hombre se deshizo en cumplidos, primero dirigidos a Verónica, luego a la madre. ¡Pero si parecen hermanas! —exclamó al recibirlas con las puertas del auto abiertas por el conductor. ¿Qué hacían esos tipos armados en un jeep estacionado a pocos metros del Mercedes? Eran sus escoltas —respondió a Verónica sin darle importancia a la caravana que los siguió desde la vieja casa de la Avenida Circunvalar hasta el restaurante de la calle 98 con Octava, una caravana de guardaespaldas que cruzaba los semáforos en rojo, motociclistas que cortaban el tráfico en las intersecciones de las calles, exhibiendo metralletas que los transeúntes miraban con más temor que respeto. ¿Por qué tantos guardaespaldas? Roldan satisfizo la pregunta de Verónica diciéndole que la vida de un senador estaba llena de peligros.

Aquella noche de junio de 1984, Verónica empezó a saber que el tamaño del poder se parece mucho al tamaño de las armas. Lo comprendió sin saberlo decir. Años después, en circunstancias siempre trágicas, conoció de cerca hombres poderosos fascinados por la contundente eficacia de sus armas.

El senador Roldan resultó ser un tipo gracioso, un gentleman de sobria pulcritud y elegancia. Todo en él parecía pacientemente aprendido de la vida social. Lo cubría un hálito de paternalismo, como si nada valiera la pena ser tomado en serio, ni siquiera la amistad con Virginia viuda de Oropeza.

¡Cuan extenso y elástico era el significado de la palabra amistad! Los amoríos de la madre —aceptó Vero al verlos sucederse en el tiempo— estaban encubiertos por la expresión "un amigo especial". Pronto pasarían de ser amistades especiales, más o menos encubiertas, a convertirse en relaciones evidentemente amorosas como la sostenida con el senador Roldan.

Sus visitas fueron más frecuentes, frecuentes y a deshoras, visitas que Virgie nunca ocultó a la hija. El senador llevaba a algunos de sus amigos a casa de su amiga especial y la fiesta se prolongaba a veces hasta la madrugada. Llamaba a Virginia desde otras ciudades, le pedía que tomara el primer vuelo y se encontraran en su hotel, le enviaba el conductor y éste la llevaba al rincón semioscuro de algún restaurante donde el senador la esperaba. Roldan prefería bares y restaurantes de La Calera, viejas casas campesinas de aspecto rústico y comida tradicional. Te gusta el monte —bromeó Virginia cuando, por tercera vez. Roldan la llevó al restaurante de comida típica rodeado de tupida vegetación. Se sentía en confianza, lejos de las miradas del alto mundo. Prefiero el Monte de Venus —fue la respuesta del senador.

Desde entonces, bares, discotecas y restaurantes de La Calera quedaron localizados, en el imaginario territorial de Virginia, en un Monte de Venus protegido de la indiscreción pública. El senador pensaba comprar una casa solariega en uno de los extremos de aquel pueblo de campesinos, a escasa media hora de la ciudad. La Calera era entonces una población de casi quince mil habitantes, levantada detrás del boquete que se abría hacía el costado nororiental de los cerros. A medida que se circulaba por la vía, aparecían a izquierda y derecha bares y discotecas, moteles y restaurantes, hervía una vida nocturna que recibía oleadas desde la ciudad. El viejo pueblo, fundado en 1772 por don Pedro Tovar y Buendía, era hoy un refugio de parranderos sedientos, jóvenes a la moda arrastrados por la vorágine de la noche. Más allá de sus límites, dormían su quietud de siglos poblaciones del antiguo dominio chibcha.

A Vero la intrigó constatar que el senador nunca se quedaba hasta el día siguiente. ¿Por qué no se quedaba? Roldán era casado. ¿Cómo toleraba Virginia el presente, sin futuro de un hombre casado? La pregunta dejó de tener importancia.

La cena de aquella noche le permitió a Verónica saber que, pese a su edad, era mirada de manera agresiva por los hombres. No sabía si su madre quería exhibir el naciente esplendor de su hija o sentirse ella misma esplendorosa a su lado. La ropa que había elegido para la cena no era la adecuada para una niña de trece años: vestido con escote en la espalda, zapatos de tacones altos, corta chaquetilla de terciopelo azul marino con entorchados dorados en las solapas, discretos pendientes de esmeraldas, una fina, sencilla cadenita en filigrana de oro en el cuello, regalo de la misteriosa Matilde. Se había rociado cuello y lóbulos de las orejas con el perfume de la madre.

—Pareces mayor —le susurró la madre cuando, antes de salir de casa, le dio un último toque al maquillaje—. No me digas mamá delante de la gente —le exigió a la hija—. Llámame Virgie.

La noche de la cena en el restaurante mediterráneo. Verónica se dio el lujo de probar el vino español servido desde el primer plato, la champaña francesa descorchada a la hora del postre. Coñac no, de ninguna manera —protestó la madre cuando el senador Roldan ordenó coñac con el café después de extraer del bolsillo de su chaqueta un habano cuya punta mordisqueó antes de que sus dedos acariciaran las hojas del tabaco como si midiera humedad y consistencia. El mesero se precipitó a darle fuego. Verónica aspiró la aspereza perfumada de las volutas de humo.

Hacia la medianoche dejaron a Vero en casa.

El vino y la champaña, bebidos sin prudencia, le exaltaron el ánimo. Subió las escaleras con los zapatos en la mano, apoyándose en el pasamanos, sintiéndose incapaz de llegar a su cuarto. Se desnudó bailando ante el espejo. Mañana sería sábado, dormiría hasta tarde. Se acostó bocabajo en la cama. El cuarto le daba vueltas. Siguió dando vueltas hasta que la asaltó el deseo apremiante de vomitar. Como pudo, haciendo un esfuerzo superior a las fuerzas que la abandonaban, consiguió llegar hasta el baño. Devolvió toda la cena en el retrete. Se sentó después en la taza del inodoro a esperar que el malestar le diera fuerzas para regresar a la cama. Al cabo de mucho tiempo pudo regresar tambaleándose. Se arrojó al lecho de bruces.
Al amanecer, la madre la encontró dormida y desabrigada, vagando quizá en el peor de sus sueños. La cubrió con el edredón, Al despertar la niña no se acordaba de nada. Virginia le relató fragmentos de la noche anterior y Vero empezó a atar los cabos sueltos de la memoria aturdida. Bebiste demasiado, le dijo Virgie. No es que hayas bebido demasiado, matizó después. Es que nunca habías bebido.

Verónica se familiarizó con el nombre de senadores y ministros, amigos especiales de la madre. Sin embargo, nunca vio publicada en periódicos o revistas una fotografía donde Virgie apareciera acompañada de personalidades amigas. Y nunca la vio en las páginas sociales donde veía a padres y madres de sus compañeros porque la vida social de la madre era tan intensa como clandestina. Siguió viendo ocasionalmente al senador Roldán, siempre galante y obsequioso, detallista con ella y con la madre. O lo veía a menudo en los periódicos y en la tele. Verónica se jactaba entre sus compañeras de haber estado cenando con él aunque a sus compañeras nada les dijera el nombre de un tal Rodolfo Roldán. Les dijo que el ministro Cáceres visitaba a menudo su casa y ellas suponían que todo era un añadido al exhibicionismo jactancioso de la amiga.

¿De dónde había salido ese Renault 18 nuevo que la madre empezó a conducir por aquellos días, cuando seguía viva su amistad especial con Roldán? Un detallito de Rodolfo —explicó Virgie—, Tan divino él, me evitó la pena de seguir manejando ese Simca impresentable.

¿Quién si no Roldán invitaba a Virgie a Miami y a Curazao, a Isla Margarita y a Cancún? Los viajes de la madre enfrentaron a la niña con la libertad y la soledad. Con la libertad de salir y entrar de casa cuando le diera la gana, con la soledad de estar al cuidado de Teresa, perdida con frecuencia en la necesidad de hablar con alguien cercano.

Entre los trece y catorce años, las fiestas se volvieron puntuales, sobre todo los viernes. La ausencia de Virgie daba a Verónica la libertad de invitar a casa a amigas y amigos. Aunque rechazó el ofrecimiento de fumar marihuana, permitió que algunos de sus amigos lo hicieran, sobre todo los mayores, chicos de cursos superiores invitados a sus fiestas. Bebía mesuradamente, no por prudencia sino por el disgusto que le producía la aspereza del alcohol en la garganta. Recordaba su primera resaca como una pesadilla indeseable. Se dejaba acariciar y besar por uno y otro, compañeros de clases superiores. No les permitía ir más allá de estos escarceos. Nunca los dejó ir más allá de caricias y besuqueos o quizá esos muchachos no pretendían ir más allá en sus primeras licencias amorosas. Alguno, más atrevido, la obligó a llevar la mano hasta su pene, pero Verónica respondió con una bofetada y un grito de pavor que congeló la fiesta por instantes. Se dejaba en cambio explorar y acariciar los senos debajo de la blusa. Si la mano atrevida subía por sus muslos en busca del trofeo —adquirió la costumbre de echarse talco perfumado en la pelambre—Verónica retiraba la mano, se ponía de pie, devolvía la falda a su sitio y dejaba plantado al atrevido. Creía que las licencias de los chicos eran el malentendido de una leyenda que ella nunca quiso desmentir.

Sus fiestas se volvieron célebres, siempre en ausencia de Virgie. Teresa las vigilaba desde algún rincón de la casa. Si sentía que el desorden podía pasar a mayores, prendía y apagaba las luces en señal de advertencia. Los muchachos salían de los rincones oscuros, las chicas se arreglaban las ropas desordenadas por el ajetreo, Teresa prendía y apagaba las luces de nuevo, se me van yendo ya que es muy tarde —iba diciendo por el salón, celosa de que alguna pareja se hubiera escondido en un cuarto de la segunda planta.

Las preguntas que Verónica se hacía no eran distintas a las habladurías de quienes conocían la prosperidad de una mujer que no daba explicaciones a su prosperidad. ¿De dónde sacaba Virginia el dinero que les permitía llevar vida de ricas? La niña recordaba que su padre no les había dejado más que la casa y un seguro de viudez más bien modesto. Mientras él vivió, llevaron una vida decorosa. Dos años después de la muerte del padre, ocurrida en 1980, todo empezó a sonreírles. ¿Hacía milagros la madre?

—Hasta los cincuenta y cinco años, tu padre, que en paz descanse, fue un trabajador incansable —le dijo Virginia a su hija—. Podía haber sido gerente de la empresa donde trabajó como una mula, pero no lo dejaron.

—¿Por qué no lo dejaron?

—Porque entraban a la empresa jóvenes más ambiciosos, estudiados en universidades americanas y europeas, echados pa’lante y sin escrúpulos de ninguna clase —explicó—. Tu padre era de los que creían que para ascender bastaban el talento y el trabajo.

No se lo reprochaba. Vivieron juntos once años. El padre tenía cuarenta cuando se casó con Virginia, quien apenas tenía veintitrés. No era una secretaria cualquiera, era secretaria del doctor Arturo Oropeza, ingeniero industrial a quien muchos auguraban un futuro muy alto en la empresa. La secretaria más hermosa y humilde. Todo esto supo Verónica en las pocas ocasiones en que la madre le habló del inmediato pasado. Le faltaron en todo caso ambiciones —dijo un día a la hija—. Murió miserablemente en un accidente cuando tenías diez años.

A los treinta y cuatro años, Virginia se convirtió en viuda de Oropeza. Una viudez incierta. Se sintió desolada al hacer el primer inventario de viuda. Les alcanzaría para llevar una vida mediocre. Aceptó trabajar unos meses más en la empresa y, en adelante, todo, en el orden económico, fue para la hija un misterio. O el comienzo de un milagro. Había terminado la escuela en un colegio bilingüe y las nuevas circunstancias le abrieron un cupo en un colegio de medio pelo, distinto y menos honroso del que hubiera merecido estando vivo su padre. La niña se acomodó a estas nuevas circunstancias.

Virginia guardaba y exhibía aún las fotos del matrimonio. Los portarretratos donde se la veía junto a su marido en fechas y ocasiones diferentes seguían en las mismas mesitas auxiliares, en la mesa de noche de su cuarto, lo mismo que las fotografías en las que aparecía la hija dejando el testimonio de sus metamorfosis: de brazos, jugando en una piscina, partiendo un ponqué de cumpleaños, en la primera comunión, a los siete y a los diez años, la edad que tenía cuando murió el padre.

—Nos dejó solas —dijo un día Virgie—. Si no fuera por ti, porque era tu padre, escondería esas fotos.

—Escóndelas —le dijo la niña—. Yo lo recordaré siempre sin necesidad de verlo en esos portarretratos tan horribles.

—¿Me permites entonces? —preguntó la madre.

Con el consentimiento de la hija se dedicó a recoger y guardar en cajas de cartón toda huella del difunto. Quizá fuese un obstáculo en el futuro de sus amores. Ningún hombre se va a enamorar de ti si ve por todas partes los retratos del muerto —le dijo Verónica en un inusitado rasgo de comprensión.

Los retratos de la pareja desaparecieron de la vista. Y Virginia empezó a desaparecer con más frecuencia, adoptando en adelante horarios misteriosos.

Cuando Verónica cumplió los quince años, Virginia le hizo una gran fiesta. Casi todos sus compañeros de clase asistieron a la celebración. Casi todos, excepto Matilde Fuello, la generosa Matilde, a quien los médicos trataban una obesidad por el momento incorregible, manifestada desde los trece años. Iba y venía de Bogotá a Houston.

Fue una fiesta tanto o más espectacular que la de sus doce años, animada por una orquesta de música caribeña. Las páginas sociales de los periódicos publicaron la noticia, ilustrada con numerosas fotografías, gracias a la iniciativa de Virginia: pagó medía página de publicidad social. Cada invitado recibió su respectivo regalo. La curiosidad que despertaba la vida de Virginia y Verónica animó a muchas de las madres a hacer presencia en la celebración. Las madres y unos pocos padres, a quienes Virginia trató con familiaridad, a sabiendas de que provocaría los celos de sus esposas. Y así fue: Virginia no dio un solo paso sin ser vigilada por las mujeres ni seguida por la mirada de los hombres, incluso por los adolescentes amigos de Vero, fascinados por el escote de la blusa y la sugestiva abertura lateral de la larga falda, muchachos que la rodeaban como avispas y olfateaban las mieles de esa mujer madura y espontánea que se atrevía a vestir sin el recato de sus madres.

Verónica no era una estudiante que mereciera recompensas como ésta. Destacaba por su inteligencia y sociabilidad. Estudiaba con dificultad y sacaba notas mediocres, era instintivamente recursiva. Una fiesta para la hija era también una fiesta para Virginia. En los tres años que habían transcurrido desde el día en que celebró sus doce años, todo en Verónica había seguido el curso previsto por la madre. Todo, en su belleza, estaba hecho. Si los años siguientes añadían algún detalle, no sería más que el perfeccionamiento de una obra que a los quince parecía la obra acabada de la naturaleza.

En el transcurso de esos tres años, los amoríos de la adolescente fueron siempre esquivos y cambiantes. Se tomó más libertades, siempre con el consentimiento de la madre, nunca la libertad de aceptar lo que los jóvenes buscaban con afán de sabuesos en celo: arrebatarle el tesoro de la virginidad. Había tomado conciencia de su valor. Y a esa conciencia había contribuido la madre, advirtiéndole casi a diario que lo que más atraía y enloquecía a ciertos hombres era precisamente el tesoro de la virginidad.

Ya no estaba en la vida de Virginia el senador Rodolfo Roldán, recompensado por el Presidente de la República con el cargo de embajador en el Vaticano, destino del que no pudo separar a su legítima esposa ni a sus dos hijos. Roldán cortó su relación con Virginia argumentando que ponía en peligro la estabilidad del matrimonio, el curso de su carrera política y el honroso destino que le había concedido el Presidente: un embajador ante la Santa Sede no podía ser divorciado ni mucho menos estar enredado en pasiones ocultas. La invitó al restaurante campestre de La Calera y allí, en aquel rincón del Monte de Venus, expuso las razones de su ruptura. Virginia aceptó las explicaciones del amigo especial y las comprendió mejor cuando Roldán le obsequió una sortija de diamantes, que desde entonces llevó siempre en su mano izquierda. La generosidad de Roldán había ido más lejos. Virginia constató que su cuenta bancaria registraba un incremento inesperado.

Su relación con el senador había sido una larga y en muchos sentidos placentera relación sin promesas. Había aprendido tanto del amigo especial, que tomó el aprendizaje como recompensa. Los refinamientos de la vida social pulieron aún más las costumbres de Virginia. Fue todo un caballero. Nunca, nunca tendré más una amante como tú —le había dicho él al despedirse. No le prometió regresar a buscarla.

Un año después de la despedida, el senador Roldán, de quien Verónica se había encariñado, era un grato recuerdo lejano. Virginia atravesó el desierto de la soledad sin privarse de nada. Volvió a salir regularmente, de la mañana a la noche. Ya no vendía seguros, le dijo a la hija. Vendía apartamentos y casas para una inmobiliaria cuyo nombre nunca fue mencionado. Al final de esta travesía, se dio cuenta de que había consumido un año más de su vida. Empezó entonces a frecuentar a un hombre de mayor edad y menor prestigio que Roldán. Nunca le cayó bien a la hija aquel tipo estrafalario, pero se abstuvo de decirlo a su madre. Son sus gustos, no los míos, se decía la adolescente.

Romero no tenía el hálito de respetabilidad del senador, tampoco la refinada ironía ni la sabiduría del hombre de mundo. Epaminondas Romero —¿a quién se le ocurre llamarse Epaminondas?— era un patán forrado en muchísima plata. Su nombre se parecía a su fortuna: burda, altisonante, escandalosa. Así pensaba Verónica del nuevo amigo especial de su madre,

Casi no frecuentaba la casa. Romero pretendía que Virgie la vendiera. Él mismo se ofrecía a comprarla. Quería que se mudaran a un penthouse de la carrera 5 con 117, decía que tenía trescientos metros cuadrados, sin contar la terraza, La única resistencia venía de Verónica. Ni hablar—le dijo a la madre—. De aquí no nos movemos. Y siguió oponiéndose a la pretensión de Romero, a quien llamaba solamente por el apellido, omitiendo deliberadamente un nombre de pila impronunciable. Su resistencia trajo más de un disgusto a la madre.

—¿No ves que el cambio nos favorece, que ni siquiera nos cuesta un centavo? —argumentó ella.

—Precisamente por eso —respondió la hija—. Si no nos cuesta un centavo, te lo va a cobrar de otra manera —respuesta que mereció la primera bofetada dada por la madre a una hija consentida por la tolerancia más extrema. ¡No seas altanera! —le gritó.

Minutos más tarde estaba arrepentida de la bofetada. Quiso decírselo, la llamó a su cuarto, lloró de arrepentimiento. ¡Quiero estar sola! —gritó Verónica desde la cama.

—¿Qué hace ese tipo? ¿De dónde saca la plata? —fueron las dos fulminantes preguntas formuladas por la hija al día siguiente.

—No sé ni me importa —dijo en tono tan suave que Verónica adivinó la huella del arrepentimiento—. Nunca llegarás a ninguna parte si te pasas averiguando por el origen del dinero.

Al escuchar la frase de la madre, Verónica no pensó que al cabo de algunos años esta réplica se convertiría en otra, acaso la menos ejemplar de las enseñanzas maternas:

—En este país nadie, lo que se dice nadie, a Dios gracias, averigua por el origen del dinero. El dinero no tiene origen sino destino.

Sucedió lo que nunca había sucedido frente a la casa de la señora viuda de Oropeza: se empezaron a escuchar orquestas de mariachis, serenatas que Epaminondas Romero coreaba al pie de su camioneta blindada, rodeado por una nube de escollas que gozaban de la fiesta repitiendo hasta desgañitarse cada una de las canciones. Virginia encendía las luces de su cuarto, abría la ventana al viento helado de la madrugada y asomaba la cabeza hacia la calle. Despertaba a Teresa y le ordenaba encender las luces de la casa.

Una vez terminada la serenata de la calle, Epaminondas era invitado a pasar, aunque no pasaba solo; también los músicos tomaban posesión de la sala. Virginia descendía la escalera, vestida apenas con un deshabillé fucsia y un salto de cama azul. Besaba en la boca al amigo especial y el beso provocaba el aplauso de los mariachis y el comienzo de una nueva pieza. Ordenaba a Teresa servir whisky para todos. ¿Les provocaba una picada? Le pedía a la empleada que fritara carne y chicharrones, patacones y yuca, los tragos siempre dan hambre. Sentada en un sofá al lado del amigo, que la abrazaba impúdicamente, Virgie soportaba una hora más de serenata. Epaminondas sacaba del bolsillo de su chaqueta de cuero una cajita envuelta en papel regalo. Virgie abría la caja. ¡Pero si es divino, mi amor! —exclamaba ella. El amigo especial la ayudaba a ponerse el collar de esmeraldas. Esa noche un collar, otra la pulsera, a la semana siguiente el reloj que Virgie usaba en ocasiones especiales.

Acurrucada en un rincón de la segunda planta, al pie de la escalera, Verónica miraba hasta que se hartaba de aquel espectáculo de borrachos. Compadecía a la madre. ¿Toda mujer, a la edad de su madre, hermosa aún a sus treinta y siete años, estaba condenada a sufrir humillaciones? Regalos y humillaciones. A los quince años, sus preguntas se volvieron más complejas. Parecía como si Rodolfo Roldán hubiera moldeado su sensibilidad y la hubiera vuelto resistente a la vulgaridad de tipos como Romero.

—Epaminondas Romero no es un cualquiera —lo defendía Virginia—. Tiene una empresa de importación de carros, fue incluso socio de Rodolfo Roldán en el negocio de exportación de flores.

—En ese caso, Epaminondas gana, Rodolfo pierde —dijo Verónica con una frase enigmática.

No se imaginaba juntos y en negocios al embajador y al importador de autos, por mucho que Virginia dijera que se trataba de carros de lujo. No concebía una sociedad entre el hombre que invitaba a restaurantes sofisticados y al que exigía picadas de carne y chicharrones. El uno hablaba modulando cada palabra, el otro gritaba exabruptos de camionero. El uno manoteaba al hablar, el otro pulía sus ademanes con naturalidad. Rodolfo nunca tocó a Virginia delante de testigos. Si la acariciaba en público, era una caricia sutil e inadvertida, un roce cariñoso. El patán, en cambio, la besaba con lascivia, metía su mano donde se le antojara, la prefería con ropas llamativas y escotadas. Le estampaba escandalosos besos en la boca.

Verónica quiso saber qué clase de amigo especial era Epaminondas para su madre. Sólo había dos clases de amigos —respondió ella. Los muertos de hambre y los que sirven para algo. ¿Para qué servía Epaminondas? Virgie calló. En su lugar hablaban los relojes, los arreglos florales diarios, tantos que, antes de marchitarse, convertían la sala en un absurdo invernadero; hablaban las joyas, la cuenta a su nombre, la tarjeta de crédito, el BMW que reemplazó al Renault 18, la generosidad con que le regalaba ropa a la hija sin que ésta lo supiera, la largueza con que le pagaba a la niña sus clases privadas de inglés, sin que supiera tampoco el origen de la plata.

¿No se había beneficiado también con el dinero de ese patán?, era lo que Virgie quería preguntarle a la hija. Semejante pregunta hubiera provocado un terremoto.

Verónica volvió a comprender el sentido de la frase dicha por la madre el día de su primera menstruación:

—La debilidad de los hombres será tu fortaleza.

¿En qué era fuerte su madre, en qué era débil Romero? ¿Fuerte ella por su hermosura y la clase adquirida en años de roce social? ¿Débil él por su riqueza de pobre antiguo y su incorregible vulgaridad de importador de carros? ¿Fuerte ella porque sabía arreglar una mesa y comer con tres cubiertos? ¿Débil él porque hablaba con la boca llena y se hacía un lío con cuchillo y tenedor? ¿Fuerte ella porque había sido la amante de un senador de la República de modales pulidos? ¿Débil él porque ambicionó ser el amante de la amiga especial del senador Rodolfo Roldán, su socio, cuando supo que la relación se había terminado? Sólo en dos ocasiones, y fuera de su casa, Virginia había visto a Epaminondas acompañando a Roldán: la primera vez en Menta Fría, un restaurante del Monte de Venus, la segunda en una reunión de contribuyentes a la campaña del candidato liberal a la Presidencia de la República.

—¿Por qué vas siempre armado? —le preguntó Verónica a Romero. Acababa de depositar su pistola en la mesa de centro de la sala.

—Porque tengo enemigos.

Ni a él ni a Virginia les gustó la impertinencia de Verónica.

—¿Has matado a alguien? —insistió ella.

No obtuvo respuesta. Le hicieron saber, con la severidad de las miradas, que esas preguntas no se hacían a un hombre respetable y mayor.

Verónica supo que su madre viajaba a Panamá, por unos pocos días y con demasiado misterio. Epaminondas la esperaba siempre en el aeropuerto. Ella se oponía a que la hija fuera a recibirla. Regresaba y se reunía con el amigo especial antes de llegar a casa. Al día siguiente, la madre iba a su banco y consignaba dinero efectivo en su cuenta. De casualidad, Verónica había visto en un escritorio el recibo de la última consignación. ¡Quince millones de pesos! Pese a lo misterioso de estos viajes, que parecían más de negocios que de placer, Verónica nunca preguntó nada. Virginia le decía que compraba y vendía mercancía. La compraba y enviaba desde Panamá. La vendía en las boutiques.

Pasó un año, cumplió los dieciséis, alimentó su antipatía hacia Romero, siguió preguntándose sobre los misteriosos viajes de la madre, disfrutó del bienestar y de los caprichos que se satisfacían con sólo enunciarlos.

Ya no eran la niña y la mujer adulta las que hablaban. Se confiaban secretos y compartían preocupaciones. Verónica se reservaba aquellas experiencias que podían inquietar a la madre. No podía contarle que sus relaciones con los chicos eran ahora más intensas, que en más de una ocasión se había desnudado ante chicos mayores que ella, que había aceptado las caricias genitales como se acepta un vaso de agua, que, gracias a sus temores, dejaban siempre el desenlace inconcluso. Podría habérselo dicho. La madre lo comprendería. Hombres mayores, quería decir chicos de veinte y veintitrés años, hermanos mayores de sus compañeras. Lo que no comprendería era lo que le preocupaba a la hija, que esos escarceos la dejaran casi indiferente. Nunca los disfrutaba. Los aceptaba porque lo normal era aceptarlos, porque sus amigas vivían experiencias parecidas. A diferencia de ellas, que confesaban haberse sentido dominadas por el deseo de ir más lejos, ella, Verónica, se desnudaba porque tal vez fuera ésa la manera de sentirse admirada por la hermosura de su cuerpo. Se desnudaba por vanidad.

¿Había sentido humedades en su sexo, como decían haberlas sentido sus amigas? No, nada de eso, las caricias permitidas a los chicos, incluso la exploración digital en su vagina, no le producían placer alguno. Era un tosco objeto explorando sus intimidades. Su vagina era un túnel estrecho y yermo. No sólo le molestaba, le hacía daño la torpe penetración de unos dedos en su sexo. Sin embargo, era la más asediada de las chicas, la única aureolada por una leyenda mujer fácil, la chica que desde los doce años se había atrevido a enseñar el nacimiento de los pechos, a subir el dobladillo de la falda, la muchacha que no desmentía ni confirmaba los rumores que la envolvían en las habladurías de sus compañeras la más atrevida, la provocadora, imagen distorsionada que ella alimentaba y pulía con esmero. Era más libre que las otras. No estaba sometida a controles familiares. Su casa era la casa de las fiestas como había sido la casa de los primeros besos.

Algo le sucedía que la separaba de las chicas de su edad y lo que le sucedía no podía ser tema de confidencias con su madre ni con nadie.

No dejó nunca de desnudarse ante el espejo ni de acariciarse. Los baños de agua caliente y sales eran los baños preferidos cada noche. Algunas veces llamaba a la madre para que le frotara con una esponja la espalda, el cuello y las nalgas. Si no estaba la madre llamaba a Teresa. Se probaba la ropa interior nueva, los pijamas transparentes, sola y feliz en un ritual que demoraba horas. La obsesionaba aquello que la volvía indiferente a otras clases de placer. Escuchaba sin escandalizarse lo que decían sus amigas. Sin escandalizarse ni envidiarlas. Sospechaba que muchas de esas experiencias no eran más que fábulas. Las suyas, en cambio, eran experiencias reales. Se escapaba con algún amigo mayor a una discoteca, se dejaba invitar a fiestas privadas, pero tenía siempre una excusa: debía regresar a casa. Si la fiesta terminaba en un motel, tenía el cuidado de mantenerse despierta. Lo permitía todo, menos el acceso a su virginidad.


La relación de su madre con Epaminondas Romero duró más de lo que debía durar una relación en la que la mujer era no solamente vigilada por los celos sino ocasionalmente insultada por un hombre al que no amaba. Virginia ocultó a su hija el lado amargo de la relación: un hombre de celos injustificados y reacciones violentas. Llegó a temerle, pero sus temores desaparecían cuando volvía mansamente arrepentido de las ridículas escenas públicas. La abrazaba y el abrazo era su manera de demostrar a los demás que esa mujer era suya. Más de un año, casi dos, calculó Virginia. Casi dos años sin haber conocido el rostro de la felicidad. Tampoco lo había conocido con Roldán. A cambio de la felicidad, con el senador había descubierto el bienestar sin sobresaltos y el orgullo de tener como amigo especial a un hombre célebre y público.

Terminó con Romero y no de la manera en que ambas, madre e hija, hubieran deseado. ¿Cómo terminaban las relaciones entre un hombre y una mujer? No hay finales deseados, aceptaron ambas. Virginia hubiera preferido un final menos humillante, sobre todo cuando, hermosa aún, era afrentada por un hombre a quien no había amado, humillada por la legítima esposa de ese amigo especial. Sabía de su existencia, una presencia gris y convencional en la vida de Epaminondas.

Virginia viuda de Oropeza no supo nunca que era vigilada ni que cada uno de sus encuentros con Romero era milimétricamente registrado, que los informes eran ordenados y recibidos por Esperanza Mahecha, la esposa. No supo nunca ni fue advertida tampoco, de que una fiera acechaba en la sombra. La fiera salió de la sombra y lo hizo con uñas y dientes afilados. Le llegaron primero las advertencias, después las amenazas, deje tranquilo a mi esposo, le decía la voz anónima por teléfono. Se lo advertí —dijo un día la misma voz— aténgase a las consecuencias.

Esa misma noche, después de haber escuchado la amenaza, Virginia temió que no fuera un juego. No le pares bolas —la tranquilizó Romero—. Mi mujer está loca, hace tres años que no vivo con ella.

No vivía con ella y estaba loca. Lo primero no podía demostrarlo; lo segundo era cierto. No vivía con ella pero compartían la misma casa, una mansión construida en la falda de una de las colinas de Suba. Verónica percibió el comportamiento extraño de su madre. Permanecía más tiempo en casa, ni siquiera iba al gimnasio, se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono. ¿La llamaba Epaminondas Romero, "viejo Epa", como le decía Virginia en la intimidad? La hija salía al colegio cada mañana y regresaba en la tarde. Encontraba a la madre en el mismo estado de inquietud, recluida en su cuarto, sin arreglarse, ella que tanto esmero ponía desde temprano en su arreglo personal.

¿Por qué esperar que fuera ella la que le dijera la verdad? ¿Por qué no preguntarle por la causa de tanta zozobra? Una última llamada la obligó a pedir al "viejo Epa" que no regresara por un tiempo a casa. Le suplicaba mantenerse lejos de ella. Por fin Verónica supo la verdad y la supo al levantar con cautela el teléfono de su cuarto y escuchar la conversación entre Romero y su madre. Él le pedía dejar la solución en sus manos, su mujer estaba loca. Ella le decía que no era una loca inofensiva, que una mujer celosa, empecinada en recuperar lo perdido, sería siempre una fiera. Las amenazas se venían repitiendo desde hacía dos semanas, el teléfono sonaba y del otro lado de la línea no había más que silencio y una respiración acezante. Silencio o amenazas, insultos de verdulera, te rajaré la cara malparida haré violar a tu hija ya verás de lo que soy capaz vieja gonorrienta, gritaba la voz antes de colgar. Cada vez que sonaba el teléfono, Virginia temía que fuera nuevamente ella.

Verónica enfrentó a su madre con la verdad.

—¿Tienes con qué? —preguntó—. Mañana mismo nos vamos de vacaciones.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que se acabe este cuento —dijo la hija—. Nos vamos hasta que el tipo ese amanse a su fiera.

Verónica se encargó de llamar a la agencia de viajes e hizo las reservas para el vuelo del día siguiente en la tarde. Viajarían a Curazao, decidió sin saber qué diablos iban a hacer a Curazao. La agencia de viajes se encargaría de las reservas de hotel. ¿Tenía dinero suficiente para cubrir los gastos? Tenía intacto el cupo de su tarjeta de crédito y algo de efectivo en la caja fuerte. Quedaba el recurso de su cuenta en dólares, una sorpresa para Verónica, sí, una cuentita que abrí hace tres meses en Panamá para comprar la mercancía. No debería decirle una palabra a Romero. No era el momento de preguntarle a la madre por los negocios que le permitieron abrir una cuenta en dólares ni de saber quién pagaba sus tarjetas de crédito.

—Saldremos por separado, yo primero, como si fuera al colegio, tú después —dijo Verónica a Virginia. Se encontrarían en el aeropuerto. Menos mal que el carro seguía en el garaje, que las maletas no llamarían la atención de nadie. No se iban de viaje. Harían la rutina de cada día: la hija para el colegio, la madre para el gimnasio que frecuentaba hacía un año. El BMW estaría de vuelta en casa en la noche, había que buscar a un chofer que lo devolviera al garaje.

Por primera vez en la vida. Verónica supo lo que eran los preparativos de una huida. Y Virgie se sintió orgullosa de su hija. Dominaba la situación, decidía los pasos de la estrategia, algo que ella no podía hacer en esas circunstancias. En la tarde se sucedieron las llamadas amenazantes. Grábalas —sugirió Verónica. ¿Para qué? —preguntó Virgie. Para protegerte —dijo la chica. Virginia viuda de Oropeza no quería protegerse de la esposa de Romero sino de lo que se podía ventilar si la obligaban a poner una denuncia por acoso. No se lo dijo a la hija. Tal vez la fiera supiera algo más de los vínculos entre su marido y la usurpadora. Y era esto lo que Virginia temía, una investigación sobre sus ingresos y gastos, una explicación sobre sus viajes a Panamá. La fiera podía estar al tanto de los negocios del marido y la complicidad de la amante. No grabaría amenazas ni insultos. No valía la pena. Viajarían al día siguiente.

Un episodio aún más bochornoso sorprendió y casi postró de pena y rabia a Virginia. A la mañana siguiente, cuando consultó el saldo de su tarjeta de crédito, supo que había sido cancelada. Llamó en vano a Epaminondas. Tenía las maletas listas para el viaje pero ahora todo conspiraba contra ella. ¿Había aceptado Romero las exigencias de su esposa? Nunca se conocen los pactos entre las parejas ni los negocios que las atan para siempre. Tal vez Esperanza, al tanto de los secretos bancarios del marido, hubiera ordenado cancelar la tarjeta. Dio finalmente con el paradero del "amigo especial" y confirmó sus sospechas: su esposa espió en los extractos de sus cuentas, dio con el número de la tarjeta y procedió a cancelarla, mejor dicho, le exigió al marido que la cancelara.

Romero le pidió a Virgie poner fin a la relación. Le dijo que no temiera por su esposa. Le había prohibido seguir con el jueguito de las amenazas. ¿Y lo de la tarjeta de crédito? Romero daba por disuelta la sociedad. De todas maneras, le dijo a Virgie, contaba con la cuenta en dólares y con recursos suficientes "para montar un negocito". Todo podía ser cierto: las presiones de la esposa, la decisión de romper "sociedad" y relación. Lo que ocultaba Romero no lo sabría Virginia sino mucho después: su amigo especial había caído en las frescas redes de una de sus secretarias, una muchacha de veintidós años para quien el jefe ofrecía compensaciones que ella nunca encontraría en los jóvenes de su edad. Lo disfrutaría poco tiempo.

—No te dejo en la calle —le dijo Epa con jactancia—. Puedes montar tu propio negocio. Sucede que mi esposa es dueña de la mitad de mis bienes. ¿Me entiendes? Tiene firma en mis cuentas, figura como socia en mis negocios y es la madre de los hijos que heredarán mi patrimonio —soltó en su retahíla de justificaciones. Si nada de lo explicado era humillante, sí lo fue la frase rencorosa con que se defendió de los reproches e insultos de Virginia:

—Estás envejeciendo, Virginia, ¿no te das cuenta?

Ahora el problema era Verónica y no Romero. La hija aceptó las explicaciones evasivas de la madre. No viajarían a Curazao. La fiera se había quedado quieta en su madriguera. Romero la había puesto en su lugar.

—¿Se acabó entonces tu lío con ese tipo? —preguntó la chica.

—Se acabó —respondió Virgie. Pese a haberse acabado, una nueva inquietud le quitaba el sueño: sutiles, casi invisibles hilos la mantenían suspendida en el tejido económico de Romero, un hilo quizá insignificante y menor la ataba a la misma madeja. No existían documentos que lo probaran, sólo los hilos que alguien halaría cuidadosamente para descubrir la madeja de donde salían.

Herida en su orgullo de mujer, sorteó durante días la depresión, también la rabia de sentirse burlada. Se imaginaba el chantaje de la esposa al marido, saberlo todo, haberlo visto amasar en poco tiempo una inmensa fortuna, ser la madre de sus hijos, conocer sus vínculos comerciales, ¿no era un arma poderosa para exigir lo que quisiera? Quince años de matrimonio y complicidades no se dan por terminados de la noche a la mañana, ¿Llegó Virginia a estas conclusiones?

—Venderé las joyas —dijo a Verónica—. Venderé el BMW, montaré el negocio que siempre quise tener.

—¿De qué negocio hablas? —preguntó la hija. ¿Cuál, si se podía saber, era el negocio que siempre había querido tener?

—Un gimnasio de lujo —dijo Virginia—. Un spa, como se dice ahora.

Buscaría el sector apropiado. El Norte, sólo podía ser el Norte. Un local grande, muy grande.

Tenía cuarenta y dos años. Verónica cumpliría pronto los dieciocho. Terminaría el colegio, debía decidirse por una carrera universitaria. Administración de Empresas, había pensado la muchacha, asustada por la proximidad de sus exámenes y, por lo asustada, más atenta y aplicada en el seguimiento de sus clases. Hacía lo que no había hecho en años de disipación y desinterés: estudiar, buscar a amigas y amigos más aplicados, trasnochar frente a libros y apuntes.
—Un spa en un barrio elegante —repitió Virginia a la hija.

Hojeaba revistas extranjeras de modas, leía cuanto se publicaba sobre gimnasios modernos. La vida de Jane Fonda, su método de ejercicios aeróbicos, éste podría ser el método adoptado para su gimnasio. Compró los vídeos de la actriz convertida en instructora de gimnasia.

La fiebre de los aeróbicos contagiaba al mundo. Un gimnasio con servicio de comidas y bebidas dietéticas, jóvenes instructores e instructoras que produzcan envidia, un médico nutricionista y una buena fisioterapeuta. Había hecho cuentas. Era una inversión alta y de éxito seguro. ¿No se daba cuenta —le decía a la hija— de la obsesión colectiva por la belleza y la salud, del propósito de corregir los efectos del tiempo y las injusticias de la naturaleza? Según los periódicos, estamos viviendo la era de la imagen. Del look, como se dice ahora. Hombres y mujeres estaban aprendiendo a aceptar que no se es nadie sí no se cultiva una imagen. Para los jóvenes, la perfección, para los viejos, el rejuvenecimiento.

A su manera, Virginia había hecho el diagnóstico de la época. Ella misma, al superar el umbral de los cuarenta, dedicaba extenuantes sesiones diarias al mantenimiento del cuerpo: la firmeza de los glúteos, la tonificación de muslos y brazos, el endurecimiento del vientre, el cuidado de los senos, la tersura de la piel, la lucha contra las arrugas, en fin, correctivos que se compraban en ese nuevo templo llamado gimnasio.

Verónica llegó al territorio allanado de los dieciocho años cuando su madre emprendió la remodelación del local donde funcionaría el spa. Fue un arduo trabajo de meses. ¿Territorio allanado? Sí, cuanto había vivido tenía a veces la placidez del paraíso. La línea recta que la condujo de los diez a los dieciocho años no tenía accidentes ni tropiezos. Así que cuando Virginia emprendió la remodelación de la casa donde abriría su negocio, Verónica creyó que, por fin, no habría intermediarios ni terceras personas comprometidas en el éxito de la madre. La venta del BMW fue parte de la inversión. Dedicada por entero a su empresa, un proyecto apenas en ciernes, parecía como si nada bochornoso hubiera ocurrido meses atrás. Verónica le dio la felicidad de terminar el último año de colegio con notas satisfactorias y mucha más felicidad al verla preocupada por su ingreso a la universidad. Tomaba cursos especiales en las materias en que se sentía floja, aunque no renunciaba a sus cada vez más frecuentes salidas nocturnas.

No manifestó dolor la mañana en que la hija le extendió el periódico y vio la fotografía de Epaminondas Romero en la primera página. Contuvo la respiración al leer, a sabiendas de que Verónica descubriría el menor gesto de dolor o desconcierto. Muerto en circunstancias misteriosas y absurdas el comerciante Epaminondas Romero. Las autoridades descartan la posibilidad de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes y lavadores de activos, hipótesis que se barajó al comienzo. Romero era propietario de un concesionario de carros de lujo.

La fotografía reciente de un hombre tendido bocarriba en una cama, semidesnudo y al parecer cubierto a último momento por una sábana, estremeció a Virginia. Podría tratarse de un motel de lujo. Dada la decoración del lugar, sobre lo cual se mantenía hermetismo en las informaciones de prensa, el cadáver de Romero, que no presentaba heridas ni signo de violencia física, ni impactos de bala o arma blanca, podría pensarse que se trataba de un insólito accidente. Se esperaba el dictamen del forense, aunque todo indicaba que el occiso podía haber sufrido un infarto fulminante. Ésta era al menos la hipótesis del cronista. Un hombre robusto, mayor de cincuenta años, muerto en circunstancias absurdas, ¿Por qué en un motel de lujo?

Virginia pensó, sin que pensamientos y suposiciones alteraran su semblante, que había tenido relaciones íntimas con un putañero incorregible. Llegó a esa conclusión después de leer esa y otras crónicas sobre el fallecimiento de Romero en circunstancias que, en adelante, serían un plato con salsa picante servido por los periodistas. Pudo también haber pensado que hay muertes que liberan de servidumbres pasadas. Y lo hizo.

Tres días después se supo que, en efecto, Epaminondas Romero había fallecido de un paro cardíaco, que dos mujeres, contratadas por el occiso, lo acompañaban en el momento de producirse "tan insólito desenlace". Habían huido atemorizadas de la suite de un conocido motel ubicado al noroeste de la ciudad, donde la policía encontró una botella de vodka y "una considerable cantidad de cocaína", al parecer consumidos por Romero y sus acompañantes. Tuvimos miedo y nos largamos de ese sitio —dijo una de las mujeres—. Ese man metía como condenado, mamaba vodka como agua y se zampaba a la nariz montonadas de perico —dijo a los periodistas la otra muchacha, en realidad un travesti recogido en la carrera 15 con 98. ¿Lo conocían? Nunca lo habíamos visto —aseguraron ambas. Nos recogió de un sitio y nos dijo que quería pasar la noche con dos niñas bonitas. ¿Cómo había ocurrido el "infausto" desenlace? Aunque parezca mentira, no estaba haciendo nada —dijo una de ellas. Se empelotó y se puso a mirarnos mientras le hacíamos el show en la alfombra. Lo que él quería era ver cómo tiraban dos muchachas bonitas, eso dijo, se lo juro.

Se descartó la posibilidad de un homicidio.

La reacción que Verónica esperaba no era el silencio ni la fría expresión del rostro con que Virginia recibió la noticia, Esperaba que dijera algo más. El primer día, Virgie se limitó a doblar el periódico y dejarlo encima del sofá. Y, en los días siguientes, nada alteró tampoco su conducta.

—¿Lo sabías, verdad? —preguntó Verónica.

—Sabía que tenía un próspero negocio de importación de carros.

—¿Sólo eso?

Verónica estaba enterada de que se dedicaba a algo más que a vender carros de lujo. Acababa de saber que Romero andaba con putas y consumía cocaína. La noticia de su muerte destapó una olla de grillos: el negocio de Romero era una tapadera de negocios mucho más importantes. En el sur de la Florida, Estados Unidos, se le había abierto un proceso por tráfico de estupefacientes, informaron desde la embajada de este país. La investigación se había visto obstruida por las autoridades colombianas, que dilataron el envío de información. Alguien protegía a Romero.

El perfil que Verónica se hizo del difunto lo volvió más repelente de lo que había sido en vida. No sé cómo fuiste capaz, le dijo a la madre.

No era un reproche moral. De allí el tono de su voz, entre irónico y apacible. La muchacha conocía las respuestas que la madre se resistía a ofrecerle. Su silencio era la aceptación de las sospechas: Virginia siempre supo que Romero se dedicaba a lavar cuantiosas sumas de dinero. Verónica comprendía —tenía ya la edad para entender estas cosas— que el bienestar de estos años, al menos del último año, provenía de aquello que la madre le ocultaba. Lo incomprensible y repugnante fue descubrir que su madre se acostaba con un hombre adicto a mujerzuelas y cocaína.

Nunca le gustó Romero. Acabó sin embargo tolerando su presencia, guardándose el asco que sentía por él y la compasión que le inspiraba su madre. Sabía que ella no lo amaba, que lo toleraba apenas, que algo superior a la tolerancia le mantenía al lado de aquel hombre de gustos dudosos, generoso hasta el más grosero exhibicionismo. ¿Qué si no el dinero soldaba ese vinculo?

La niña que había conocido al senador Rodolfo Roldán, a quien admiró como al padre que le hubiera gustado tener, no era la adolescente altanera que había despreciado desde el principio a Epaminondas Romero, a quien despreciaba ahora con más fuerza. Vivo y muerto, el tipo a quien su madre había tenido como amante era un ser doblemente despreciable.

Verónica siguió el curso de su vida como quien transita por una línea recta y sin obstáculos. Entre los diecisiete y los dieciocho años conoció otras formas de intimidad, experimentó de otra manera lo que sus contemporáneas experimentaban con alborozo. No sólo era la más precoz y altiva. Embelleció conscientemente su propia leyenda. No hubo fiesta o reunión en la que no deslumbrara a los hombres ni suscitara envidias en sus compañeras. Siempre rodeada de chicos, dispuesta a elegir y a no ser la elegida. Una instintiva inteligencia femenina, añadida a su altivez, adornaba por fuera los contornos de su personalidad. Otras formas de intimidad, ¿en qué sentido? Las chicas deseaban llegar a una meta, deshacerse de la virginidad, acceder al amor sin temores ni inhibiciones. Verónica aplazaba la llegada a esas metas. Su personalidad empezaba a ser moldeada y adornada por la conciencia del éxito.

Y la adornó aún más el día en que, invitada a una fiesta privada, llamó la atención del publicista Guido Leonardo Pradilla. Desde que entró al lujoso apartamento, él no le quitó los ojos de encima. ¿Quién era ese hombre, de unos cuarenta años, de actitud insolente, que no hacía más que mirarla? Era un hombre apuesto, elegante, no a la manera del senador Roldán, sino negligentemente elegante, como si tratara de romper la formalidad del traje, la convención de los colores tradicionales y el nudo correcto de la corbata. Verónica no conocía a nadie en la fiesta.

Había sido llevada por Beatriz Lopera, su amiga de diecinueve años, antigua compañera en el modesto colegio que Verónica había abandonado cinco años atrás. Beatriz compartía con Verónica la desgracia de no tener padre. Lo tenía, a diferencia de Verónica, pero el padre era una sombra distante desde los cuatro años.

—Conocerás gente interesante —le dijo Beatriz al invitarla.

—¿Qué tienen de interesante?

—Son publicistas, gerentes, directores y productores de televisión. Ninguno menor de treinta años.

¿Cómo lo sabía Beatriz? Salía con el gerente de mercadeo de una fábrica de ropa interior y éste la había elegido como modelo para la campaña que diseñaría Guido Leonardo Pradilla. Tenía un papel secundario de actriz en una telenovela. Y si las cosas seguían yéndole tan bien como en esos comienzos, ambicionaba convertirse en actriz ¿Cómo había llegado a conseguir el papel en la telenovela sin haber hecho nunca estudios de actuación?

—¿Quién es el tipo del rincón, el del blazer verde con hombreras y pantalones grises, el de la corbata con la cara de Marilyn Monroe, ese que tiene el vaso de whisky en la mano? —preguntó Verónica a la amiga.

—El mismísimo Leo Pradilla, el publicista que va a diseñar la campaña de que te hablé.

—No me quita los ojos de encima.

—Ven te lo presento —le dijo halándola del brazo. Verónica lucía ese día un vestido negro de seda ajustado a las caderas y a las nalgas, con un prolongado escote en la espalda. Se había encaprichado con el vestido cuando acompañó de compras a su madre. Se lo probó y se sintió muy bien en el diseño de Kenzo, una prenda inalcanzable, pensó al verla en el maniquí. No esperaba que Virginia la complaciera de inmediato, que se limitara a mirar el precio en la etiqueta, que pagara billete a billete el capricho de la hija. Así que la noche de la fiesta, Verónica no parecía una adolescente de dieciocho años. Su madre la había maquillado, como lo hacía cada vez que la hija era invitada a salir. No le preguntó a qué clase de fiesta iría ni quiénes serían los anfitriones. Si la invitaba Beatriz, quizá se tratara de una fiesta con chicos de su edad.

El maquillaje y la actitud segura de Verónica revelaban a una mujer de veintitrés o veinticuatro años. Los largos cabellos castaños, rizados y deliberadamente húmedos, caían sobre los hombros y enmarcaban el rostro.

Pradilla la saludó con un beso en cada mejilla. Eres la más bella de la fiesta —le susurró al oído. Verónica sintió minutos después la fragancia viril del agua de colonia, la suave textura del blazer de cachemir verde que servía de apoyo a su mano cuando Leo la invitó a bailar. No se separaron en toda la noche. ¿Qué hacía ella? Estudiaba Administración de Empresas. ¿Qué hacía él? Creativo de publicidad. Verónica le mintió al decirle que acababa de cumplir veinte años. Él le mintió confesándole que tenía treinta y seis y no cuarenta y dos. Se mintieron ambos en el más superfluo de los asuntos, la edad, asunto en el cual hombres y mujeres mentían. Se mintieron y sabían que se mentían porque él calculó, desde el primer momento, que Verónica no tenía más de dieciocho, porque ella descubrió en él leves arrugas en su frente y en las comisuras de sus labios. Se mintieron en muchas cosas, todas superfluas, pero jamás aprenderían a mentirse en asuntos de fondo.

Verónica sintió desde la primera pieza el cuerpo aún musculoso apretado a su cuerpo, sintió la dureza de la entrepierna masculina en el vértice de sus muslos, siguió sintiendo en las numerosas piezas que siguieron el aroma de la colonia de Paco Rabanne —no pudo evitar preguntarle por la marca de esa fragancia—, aceptando de buen gusto que él estuviera de su lado en todo instante. Beatriz bailaba con su gerente de mercadeo, un hombre menor que Pradilla. Tal vez no tuviera más de treinta y cuatro años. A diferencia de Pradilla, era bajo y ligeramente rechoncho. No había visto en la fiesta a ninguna mujer que revelara más de treinta años. En su mayoría eran jóvenes veinteañeras acompañadas por hombres que oscilaban entre los cuarenta y cincuenta.




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