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Batallas en el Monte de Venus tiene como fondo el laberíntico mundo de las ambiciones femeninas. "La debilidad de los hombres será tu fortaleza", le enseña una madre sin escrúpulos a su hermosa hija adolescente, protagonistas centrales de esta historia. La joven crecerá así fascinada por su belleza y seducida por el lujo, la riqueza y el éxito fácil.
Todo es ilusorio en la vida de estas dos mujeres para quienes el fin justifica los medios. Lo justifican las ambiciones que convierten sexo y belleza en instrumentos de poder. Si la inteligencia de los hombres se manifiesta pragmática y cínica, la de las mujeres parecería pasar por la convicción de que el sexo es su única fortaleza ante los hombres. El autor penetra en la compleja sexualidad femenina y recrea sus fantasías engañosas. Recrea también el patetismo y la sordidez de hombres para quienes la conquista amorosa es compraventa en un mercado que anticipaba ya la llegada de la cultura light y la ausencia de escrúpulos éticos.
Batallas en el Monte de Venus transcurre en la Bogotá de finales de los 80, cuando la sociedad colombiana fue sacudida por las bombas del narcoterrorismo y se vio moralmente postrada por el efecto corruptor del dinero, del que no escapa la naciente industria de la belleza ni el obsesivo culto de la imagen. No es una novela erótica, aunque el erotismo se manifieste en el rito narcisista de mujeres obsesionadas por su belleza.

Lo único que nos proponemos con esta anécdota es instruir

al hombre y corregir sus costumbres que, al leerla, penetremos

en la grandeza del peligro que acecha siempre a quienes se

permiten todo para satisfacer sus deseos (...)
Les crimes de l’amour, D. A. F. DE SADE
¡Ven, amor mío!

¡Mira esta gruta, disfruta en ella

del suave aroma de las rosas.

Incluso un dios envidiaría

el dulce gozar de esta morada.
Venus en Tannhäuser (Escena en Venusberg

o Monte de Venus), de RICHARD WAGNER

—Verónica Oropeza —empezó a decir la madre, deletreando nombre y apellido—. No olvides que la debilidad de los hombres será tu fortaleza.

Virginia viuda de Oropeza, de soltera Villalba, pasó un último vistazo al vestido de cumpleaños de su hija, desplegado en la cama matrimonial de su alcoba, adornada en una de sus paredes con un gran crucifijo de bronce. Por un capricho extravagante, imaginando que la cama debía tener la apariencia de un altar cubierto de tules, la había ennoblecido con un baldaquino adquirido la semana anterior en una oferta de anticuarios. Una ganga, Vero, ¿no crees que le queda divino a mi cama? —había dicho al elegirlo.

—¿La debilidad de los hombres será mi fortaleza? —repitió para sí la niña, dándole más importancia a la frase que al vestido, las medias y los zapatos nuevos. Encima del tocador de la alcoba esperaban el collar y el reloj también nuevos.

Todavía era temprano. La fiesta empezaría dentro de dos horas. El arreglo del salón se había hecho como Virginia quería, las mujeres del servicio trajinaban en la cocina, dos camareros se afanaban dando un último toque al decorado de la mesa, veinticinco invitados, ni uno más, había dicho Virgie a su hija, todos sentados. Veinticinco, los que han querido venir, repetía con rencor. En principio eran cuarenta, todos compañeros de clase, pero diez se habían excusado, otros ni siquiera habían respondido a la invitación. Pese a haberlos llamado uno a uno para que confirmaran su asistencia, habían salido con excusas. ¿Qué se han creído, carajo, es que no cagan mierda?, gritó. Para apaciguar a la hija, aterrada por el grito, forzó una sonrisa de tranquilidad y le dijo: no es nada,

es que no entiendo la hipocresía de esa gente.

Verónica ocultó a la madre lo que había llegado a sus oídos, chismes escuchados en el patio de recreo, habladurías humillantes si las hubiera tomado en serio. Pero nada como el amor propio para sortear esa clase de humillaciones, pensó Virginia, orgullosa en cambio de la fiesta que daría a su hija.

—¿Por qué no han querido venir? —preguntó la niña. ¿Por qué si ella, Verónica, había invitado a cada uno de sus compañeros? ¿Quizá porque se trataba de una fiesta de doce y no de quince, porque pretendía vestirse de largo cuando no era más que una criatura?

Eran apenas las diez de la mañana. Los invitados llegarían hacia las doce y media del día, según lo pedido en la invitación. Lo único molesto y en cierto sentido ridículo, a lo cual la madre había restado importancia, era que el día del cumpleaños coincidía con la primera menstruación de Verónica.

—Aunque la esperaba, nunca pensé que fuera este día

—le dijo a la madre en medio del ajetreo de la mañana.

Al principio no supo qué hacer. Amanecer manchada de sangre, manchones rojizos en las sábanas, no era lo que esperaba en un día tan especial. Y lo dijo llorando, sin tener que decirlo, porque la madre percibió al instante el embarazo de la hija. El desayuno fue esa mañana más abundante y rico que de costumbre: zumo de naranjas y zanahoria, rodajas de melón y papaya, huevos revueltos con jamón y queso, té con leche a cambio del café que, según dijo Virginia, la pondría más nerviosa y alterada.

—Sabía que sería un día de éstos —la consoló Virginia—.

Alégrate, que ya eres mujer.

Años después, frente a la confusa masa de sus recuerdos, la joven habría de recordar esa fecha como el día sangrientamente memorable en que su madre le dijo que había empezado a convertirse en mujer. Habría de recordar también el malestar de haber despertado sintiéndose sucia entre sábanas inmaculadamente blancas.
—¿Se vuelve una mujer en un día tan sangriento? —preguntó la niña, convirtiendo el humor en sustituto de su melancolía. Al escucharla, Virginia empezó a sentirse orgullosa de la inteligencia de su hija.

—Mujer no, apenas mujercita —le dijo mientras la conducía a la bañera llena de agua caliente, aromatizada con sales de baño en las que predominaba la esencia de rosas. Desgranaba consejos con su ronca voz de antigua fumadora, recordándole a la hija que, con el paso de los años, dejaría de ser la mujercita que acababa de menstruar para convertirse en una mujer hermosa y deseada.

—Ya verás, Vero, serás francamente irresistible y deseada.

—¿Deseada? —preguntó Verónica al introducir su cuerpo en la tina rebosante de espuma.

Virgie había constatado que la pelusilla de las axilas y vello púbico mostraban ya los signos de la pubertad. La niña, a quien le había quedado resonando el ruido de campanitas de la palabra "deseada", no quiso preguntar nada a la madre. Virginia se anticipó, al verla sumergida en el remanso de agua y espuma, a hacer una certera comparación: el cuerpo de la hija le recordaba al suyo. También ella se había desarrollado a esa edad, también ella anunció, llena de desconcierto y orgullo, el precoz esplendor de la mujer que sería antes de los quince, el gradual cubrimiento del pubis, montículo que en pocos meses estaría recubierto por una espesa capa de pelos rizados y oscuros.

—Tendrás los pechos grandes, bonitos y duros —le dijo pasándole la esponja por la espalda—. Caderas anchas y nalgas paraditas —siguió diciendo, riéndose de la complicidad establecida con la hija.

Verónica no era ajena al florecimiento de su cuerpo ni a la montaraz sinceridad de la madre. En años de paciente aprendizaje, Virginia había conseguido domesticar los resabios de su lenguaje, aunque el aprendizaje hubiera dejado rendijas por las que, en momentos de exaltación o rabia, salían las procacidades más atrevidas. Verónica no se escandalizaba. Con el tiempo, las celebraba como si fueran graciosas ocurrencias, aplaudidas por los hombres y censuradas por las mujeres.

—Tendrás cuerpo de mujer dentro de dos o tres años —sentenció al ayudarla a salir de la tina y abrazarla con la gran toalla blanca afelpada, recuerdo del inocente robo hecho en el pasillo de un hotel de Cartagena de Indias. No era el único recuerdo de sus travesuras. Virginia se encaprichaba con nimiedades ajenas, ceniceros de restaurantes, exquisiteces de supermercados, frascos de aceitunas, unos pocos gramos de jamón serrano envueltos al vacío, costumbre que ignoraba la aparición reciente de censores y cámaras de vigilancia y que, precisamente por ignorarlos, le daba mayor emoción a su aventura. Así que la toalla afelpada era el recuerdo de la costumbre de expropiar objetos ajenos por el simple placer de hacerlo. Más de un detalle decorativo de su casa provenía de restaurantes, boutiques y hoteles de paso, cuando le fue dado frecuentar hoteles de una noche o fines de semana.

A medida que secaba el cuerpo de la hija, Virginia le repasaba con la vista las incipientes vellosidades de axilas y pubis. Como en las fotografías de David Hamilton —recordó al evocar a esas niñas blancas y desnudas, envueltas por el velo de la inocencia—, Verónica hacía su prometedor tránsito hacia la adolescencia.

Fijó la mirada en la entrepierna de la hija y no quiso manifestar la inquietud que la asaltó de repente al mirar el sombreado del triángulo, ¿Serían rizadas o lisas las vellosidades íntimas de su hija? ¿Serían oscuras o claras?

Nada que no pudiera remediarse, se dijo. Virginia viuda de Oropeza, de soltera Villalba, acomplejada por la negra, enredada aspereza que poblaba su Monte de Venus, al que acostumbraba podar triangularmente, se sometía a tratamientos regulares para mantenerlo suave y lacio. Se reía aún del día en que decidió rasurarse por completo con la esperanza de ver nacer una pelambre menos áspera, cuando sufrió la decepción de constatar que los pelos renacían con igual o mayor consistencia que antes.

¿Acomplejada por qué y desde cuándo? Desde el día en que uno de sus amantes, por cierto ocasional —un joven subalterno de su difunto marido—, le dijo que en los pelos de su coño —éstas fueron sus palabras— se ponían al descubierto sus remotos orígenes. ¿Por qué coño y no "cuca", como ella acostumbraba decir? ¿Por qué no la procaz "chucha" nombrada en la licenciosa vida que empezó a vivir por esos años? Lo cierto es que no pudo frenar el disgusto. Lo sintió crecer tan de prisa, como disminuir la excitación que le producían estos acoplamientos furtivos.

—¿Cuáles orígenes? —desafió al joven desde la cama.

—Tus orígenes de negra.

No era un reproche ofensivo sino la mejor respuesta a la crispada inquietud de Virginia, abierta de piernas en la cama matrimonial que el marido no había abandonado todavía. El ingeniero Oropeza se ausentaba solamente cuando se lo exigían sus compromisos de trabajo. En el umbral de los veintiséis años, Virginia creía que ese desliz no era una infidelidad sino la legítima curiosidad de una mujer que quería conocer las costumbres amorosas de un joven de su edad.

Bastó esa gracia para empezar a detestar al joven que decía haber tenido experiencias delirantes con mulatas y negras del Caribe en los suburbios y playas de pescadores de Cartagena de Indias y Buenaventura. "Comerse a una negra es como beber agua en el cráter de un volcán", le dijo él de manera jactanciosa, exhibiendo con altanería su virilidad alebrestada.

—Lárgate, entonces, no vuelvas nunca más —gritó ella y se cubrió el cuerpo con la sábana—. Ve a revolcarte con tu negramenta.

Nunca lamentaría aquel rapto de dignidad. Preservó su orgullo de mujer afrentada aunque no pudo evitar la desazón que le produjo saberse nieta de negra y mestizo, ramas oscuras que hubiera deseado talar brutalmente de su árbol genealógico.

La belleza que se empezó a revelar cuando atravesó la frontera de los treinta y tres años hacía de Virginia una mujer exótica y, por lo mismo, deseada por hombres que pasaban de los cincuenta. Lo que inspiraba en ellos no era el noble propósito del amor. Estaba destinada, gracias a la vulgaridad domesticada de su mestizaje, a ser preferida como amante clandestina, evidencia que la curó de las debilidades del sentimentalismo.

No es frecuente en las mujeres saberse de antemano novias o queridas. Virginia supo, por la frecuencia de sus amores, que estaba destinada a ser más querida que novia, de allí que en sus pocos años de viudez hubiera descartado la idea de un nuevo matrimonio o la posibilidad de formar una pareja con futuro. Se sentía incapaz de asumir nuevas servidumbres. Esto era al menos lo que respondía a Verónica cuando le preguntaba si se volvería a casar algún día.

—No te ofendas —le había gritado el tipo desde el vano de la puerta, todavía desnudo y con las ropas en la mano—. Tienes pelos de negra. Deberías sentirte orgullosa.

El recuerdo de este episodio dejó de ser irritante. Nunca volvió a ver al muchacho. Fue un accidente entre los numerosos accidentes amorosos de su vida, un adulterio desinteresado, nada más que eso, un pequeño lunar en medio de la relativa fidelidad con que sobrellevó su matrimonio.

—Hueles a rosas —le dijo finalmente a Verónica.

Virginia se propuso iniciar a Verónica en los rituales más sutiles de la mujer que sería dentro de pocos años. Quería ofrecerle a su hija lo que ella nunca había podido tener, motivos de vanidad y no el vacío de la pobreza que ella había conocido en su infancia.

Envuelta en la blanca toalla afelpada, la niña se dirigió a la alcoba principal. La madre le eligió la ropa interior y le enseñó a colocar las toallitas higiénicas entre las pantaletas. Verónica estrenó ese día unos preciosos pantis de seda con ribetes de encaje, holgados en los muslos, apretados en su triángulo, como era la moda en las mujeres adultas. Le diría adiós a la ropa interior de niña, pantaletas convencionales de algodón con dibujos de circo. Una semana antes, Virginia había hecho pintar de azul el cuarto de la hija, borrando para siempre el rosa de las paredes. De esta manera, la decoración de la alcoba sufría también las metamorfosis de la niña.

En todo momento, Virginia estuvo al lado de Verónica: ayudándola a vestirse, ajustándole los botones de nácar del fino vestido de velours francés que ella había preferido de color encendido, un fucsia que, frente al gran espejo de la alcoba, parecía dar más vida al rostro sonriente de la niña. Los zapatos de Gucci, de tacones medianos, hacían juego con la cartera de la misma marca. Sólo faltaba el collar de perlas falsas, te debo el de perlas auténticas, Vero, para que la niña diera una última mirada al espejo. ¡Algún día le regalaría a la hija un espectacular collar de perlas cultivadas!

Virginia se encargó del maquillaje. No había olvidado las clases de esthéticienne tomadas dos años atrás, cuando la viudez la obligó a pensar en una profesión distinta a la de secretaría. La precariedad económica de entonces le hizo pensar en una vida más modesta que la llevada durante su matrimonio. Secretaria o esteticista, cualquier cosa que le permitiera abrirse camino en la viudez. Menos mal que el ingenio y la conciencia de su hermosura torcieron el rumbo que hubiera tomado en mediocres oficios de supervivencia. El ingenio y la conciencia de su hermosura, la certidumbre de saberse atractiva, torcieron el rumbo de la vida que empezó a temer desde el momento en que se sintió irremediablemente viuda.

Virginia decidió que el maquillaje tendría que ser muy prudente. Marcaría las cejas, sombrearía de azul la superficie de los párpados, aplicaría un poco de color a los labios, dibujando minuciosamente sus formas.

—No exageres, mamá —había protestado Verónica.

La madre sabía que no era una exageración resaltar la forma de esos labios, parecidos a los suyos, quizá menos abultados y más finos. De una generación a otra, se habían suavizado los rasgos de la herencia. Como decía Virginia, de una generación a otra "se nos ha mejorado la raza".

Vestida y maquillada. Verónica dejó de ser una niña de doce años. Cuando la madre hubo terminado con el maquillaje celebró haber conseguido dar al aspecto de su hija el resplandor juvenil de una quinceañera.

Descendió a la primera planta y husmeó en la cocina.

El menú había sido elegido con un toque de exotismo que sorprendió al proveedor de alimentos contratado para la ocasión: ostras importadas de Chile, langostinos en salsa de maracuyá, ensalada de endibias con queso Roquefort, sorbete de limón entre la entrada y el plato principal, trufas de postre. Durante años había conservado la carta de un restaurante cuyo nombre aparecía escrito en letras góticas doradas: Le Vieux Château. A quien le preguntara por el origen de la carte, Virginia le diría que era un recuerdo de su primer viaje a París —donde no había estado nunca—, aunque fuera la carta de un aceptable restaurante del valle de Tumbaco, en la periferia de Quito.

No se trataba de mentirillas ni alardes. Deseaba que estas pequeñas fábulas se hicieran realidad, que la carta que inspiró el menú de ese día fuera alguna vez el recuerdo de un viaje realizado. ¿Qué podía haber de dañino en esta clase de fantasía? Expresaba sus deseos con la esperanza de verlos cumplidos.

A las doce y media en punto empezaron a llegar los primeros invitados, jóvenes como su hija. Una niña, de la misma edad de Verónica, bajó de una camioneta negra escoltada por tres hombres armados que la acompañaron hasta la entrada de la casa. Los invitados eran recibidos en la puerta por un camarero de uniforme negro y camisa blanca, estrangulado en el cuello por una pajarita morada. "Señora —le diría después a Virginia—, los escoltas de la niña dicen que la van a esperar aquí afuera hasta que termine el almuerzo".

—Cuando sirvamos el ponqué, ofrézcales unas tajadas —ordenó al portero.

La celebración de los doce años fue el preámbulo de lo que sería la fiesta de la quinceañera Verónica Oropeza. La niña preguntó por la elección del menú —nunca había probado langostinos ni conocía las trufas—, y Virginia soltó una carcajada. Las trufas, para que lo supiera, eran exquisitos frutos de la tierra sacados por el hocico de cerdos amaestrados.

—Los mariscos son afrodisíacos —añadió Virginia—. Y al maracuyá lo han empezado a llamar la fruta de la pasión. Un día te explicaré lo que es un afrodisíaco.

¿Afrodisíaco tenía que ver con África o con Afrodita, diosa del amor que Verónica descubrió en un libro de mitologías? No lo sabía.

La fiesta fue un acontecimiento superior al malestar de la niña que había sangrado por primera vez la noche anterior. Entre todos los regalos, la deslumbró el de Matilde, la niña traída por sus escoltas: una fina gargantilla en filigrana de oro, una insignificancia si se miraba bien a Matilde, enjoyada en cuello, dedos y muñecas, incómoda por la dureza almidonada de su vestido rosa de encajes, de mangas ajustadas a los brazos. El cuello del vestido, ceñido en la corta garganta de la niña, le daba el aspecto de una muñeca robusta y rubicunda

¿Habría tenido Matilde su primera regla? —se preguntó Verónica al ver su expresión infantil. Se lo preguntaría en el curso de la fiesta. Al hacerlo en el momento oportuno, cuando le agradeció el regalo de la gargantilla, Matilde dijo que de eso nunca hablaban las niñas. La mayoría de compañeras de curso —recordó Verónica— habían iniciado el tedioso ciclo femenino, castigo de la naturaleza, dijo una de las chicas, aterrorizada por la intensidad torrencial del cólico que la postró durante una semana, según se supo en todo el colegio, donde se empezaron a volver populares los nombres de sales y pastillas para los dolores menstruales.

Un acontecimiento y la fuente de conjeturas que no dejaron indiferente a Virginia, eso fue la fiesta de aquella tarde, prolongada hasta las siete de la noche. Conjeturas malévolas, fruto de la envidia, dijo ella, pues sólo la envidia o la insidia podían dar rienda suelta a rumores sobre el origen de tanto derroche, siendo ella una viuda de recursos desconocidos, una mujer a la que no se le conocía más profesión que la de viuda con una pensión más o menos discreta. Vendo seguros —se defendió ella—. Soy una exitosa vendedora de seguros —siguió deteniéndose cada vez que la maledicencia llegaba a sus oídos.

Virginia no quiso transmitir a su hija el malestar que le produjo saber que entre los invitados del día anterior estaban los autores de aquellos rumores, madres de niñas que llegaron a husmear a último momento. Verónica celebró que Matilde se hubiera quedado hasta el final, haciendo esperar en la puerta a los escoltas que la reclamaban y a quienes la niña se dirigía con órdenes despóticas. Esperaba a la madre. Y cuando apareció, Virginia se sintió deslumbrada por el derroche de lujo y el porte con que la mujer lucía collares y pendientes, brazaletes y sortijas, perendengues que ella consideraba excesivos en una mujer rechoncha y de baja estatura. Le ofreció una copa de champaña. La mujer la rechazó diciendo que le hacían cosquillas las burbujas, mejor si le ofrecía un trago dulce, ¿no tiene un Moscatel, de casualidad?, preguntó con voz aflautada. Tenía Martini, dijo Virginia. Y le preparó un mejunje con Martini rojo, rodajas de naranja, un chorrito de soda y gotas de Angostura. Trató de averiguar algo sobre la desconocida que, como la hija, se hacía acompañar por un jeep blindado con escoltas. ¿En qué trabajaba su marido?, hubiera querido preguntarle. No, esas preguntas no se hacían, pensó, y aprovechó la llegada de otros padres para despedirlos uno a uno en la puerta de la casa.

La fiesta había sido fantástica.

Al fin solas y rendidas, se acostaron juntas en la cama.

—Mañana serás la comidilla de tus amigas —le advirtió. Digan lo que digan, no le pares bolas a las habladurías.


La medida más exacta para separar el pasado del presente la impone el carácter memorable o insignificante de los acontecimientos que vivimos. Memorables habían sido para Verónica la fecha de su cumpleaños y su primera menstruación. Atrás quedaba su pasado de niña, el rosa de las paredes, las muñecas almacenadas en el armario, la ropa interior de niña que fue a parar a manos de la empleada. La ropa interior, sobre todo, porque, en el fondo, Virginia creía que la ropa interior dividía el mundo de la infancia del misterioso mundo de la pubertad femenina.

Nacía a una nueva vida. Halagada por la madre, admirada por las amigas, admirada y envidiada, cortejada por los chicos mayores de otros cursos, dejó atrás la niñez y se empezó a enfrentar con pasos atolondrados a las incertidumbres de la pubertad. Aguijoneada por las premoniciones de la madre, adquirió desde ese día la costumbre de desnudarse cada noche ante el espejo de su cuarto. Se miraba de reojo, pasaba una mano por la curva de sus caderas, por la erguida redondez de sus nalgas, por los botones hinchados de sus pechos, erizados cuando la mano era sólo la yema de un dedo acariciante o cuando la palma de la misma mano ascendía como si midiera de abajo hacia arriba las opulentas formas de sus senos. Aprendió a admirarse y a tocarse pero se aburría al momento. Posaba la palma de la mano en el Monte de Venus y la sentía acariciada por la textura de su pelusilla. Más abajo, empezaba un territorio de incógnitas inexploradas. Suspendía el ritual que todavía no podía atribuir al narcisismo sino a la curiosidad despertada por las afirmaciones de la madre.

¿Tenía o no razón Virginia al decir que pronto sería hermosa? Lo era. Las caderas se curvaban, los pezones, cercados por un círculo rosáceo de granulaciones marrones, despuntaban con una dureza que antes había pasado inadvertida, pues atribuía al frío de las mañanas el endurecimiento de sus senos. Se probaba nuevos juegos de ropa interior, paseaba por la habitación sin abandonar el reflejo del espejo, de frente, de espaldas y de perfil. Empezaba a pensar que su ropa interior no estaba destinada a cubrir. Podría ser motivo de orgullo y no hay orgullo que no se deba exhibir. La bañera, que antes cumplía funciones de ducha, era usada cada noche, antes de acostarse.

Verónica había descubierto la delicia de navegar en agua caliente y sales aromáticas. El roce de la espuma, el velo líquido que le permitía mirar la pelambre del triángulo como si se tratase de un lugar separado del cuerpo, la acostumbraron a sumergirse en la tina y a aguantar la respiración debajo del agua. Acariciaba sus vellos, los ensortijaba sin propósito ni malicia, sólo para constatar que allí estaban las primeras señas de identidad de la adolescencia futura. Como si jugara con el descubrimiento de partes innominadas del cuerpo, llamó bosquecito a su Monte de Venus, cajita de sorpresas al estrecho conducto de su sexo, llamó tacita al ombligo y melones a sus senos, ¿serán demasiado grandes?, partes con las que dialogaba mientras se adormecía dentro del agua.

Aborrecía el uniforme obligatorio del colegio. Hubiera preferido vestir y exhibir el ropero que la madre le había renovado el día de su cumpleaños. Como no podía burlar la disciplina de usar el uniforme, se hizo subir diez centímetros más arriba de las rodillas el dobladillo de la falda. Con deliberada coquetería, dejaba sin abrochar dos botones superiores de la blusa, no tanto para enseñar el nacimiento de sus pechos como para exhibir el fino tejido de sus sujetadores.

Imitada por unas, censurada por otras, Verónica Oropeza fue desde entonces la comidilla de sus compañeras.

—Se está madurando biche —dijo despectivamente una de ellas.

Prefería a los chicos mayores. Se la veía en los corrillos con compañeros de cursos superiores. Hablaba con displicencia de sus contemporáneas, considerándolas chiquillas. Sus risas eran carcajadas que ella acompañaba con palmadas en los muslos, explosión de alegría que las demás calificaban de escandalosas. Advirtió que estaba imitando los gestos jubilosos de su madre. Pocas compañeras se maquillaban. Verónica lo hacía regularmente. Se refugiaba en el baño retocaba su cara, chismorreaba sobre chicos y discriminaba sus amigas entre solapadas y sinceras. Éstas se podían contar con los dedos de las manos. La pobrecita Matilde, la oveja negra del curso, era una solitaria engreída, aislada siempre en un extremo del patio, donde comía sola las exquisiteces que le entregaba, a primera hora de la mañana y al entrar al colegio, uno de los escoltas que la acompañaban. Cada vez que la encontraba, Verónica le agradecía el regalo de cumpleaños. Para darle muestras de agradecimiento, trató de mostrarse amistosa. No consiguió como respuesta más que monosílabos y sonrisas forzadas.

Matilde actuaba como si se le hubiera prohibido cruzar más de una palabra con sus compañeras. Era sin embargo espléndida en sus regatos. No había cumpleaños o celebración a la que no fuera invitada esta niña silenciosa y retraída. Y lo era porque se esperaba que apareciera con los regalos más espléndidos del mundo.

Verónica era nueva en aquel colegio de "hijos de papi”. Y, por lo nueva, desconoció al comienzo las reglas de quienes desde muy niños, habían hecho de aquel colegio una segunda familia. Después de la muerte de su padre no pensó que, de un día a otro, aparecería como por encanto la prosperidad, dejando atrás las privaciones anteriores. Mi hija se merece un buen colegio, se dijo Virginia. Tomó entonces la decisión de buscarle un cupo. Sorteó las dificultades de conseguirlo por encima de las dudosas calificaciones de Verónica. Es muy inteligente —decían sus profesores— pero no pone de su parte. Si estudiara con juicio y no se distrajera tanto en las clases podría ser una de las mejores alumnas.

Con tenacidad de luchadora nata, Virginia pidió citas con el director del colegio, rogó el favor merecido de ofrecer a su niña la oportunidad de educarse en el más exigente de los planteles, insistió casi llorando cuando le pusieron objeciones a las que respondió dando pruebas de su solvencia económica. Vivía en casa propia y los extractos de sus cuentas bancarias probaban que podía satisfacer con creces sus compromisos.

Un dato, olvidado por descuido, obró a favor de tan metódico empecinamiento: su difunto marido, el ingeniero Arturo Oropeza, se había graduado con honores en tan respetable colegio. Obró a su favor y sólo en parte. Recurrió entonces al senador Rodolfo Roldan, quien intervino para

abrir un cupo a la hija de su amiga. Y fue así como Verónica pasó de un mediocre plantel de clase media a una de las instituciones de enseñanza más célebres de la ciudad.

No le fue difícil adaptarse. Se comportaba como si siempre hubiera estado allí. Hablaba sin timidez, se introducía en los corrillos presentándose con nombre y apellidos, soy la nueva, y omitía las miradas de curiosidad o reproche que le dirigían quienes pretendían ponerle barreras y separarla del grupo. Su madre le había advertido que sería en principio difícil abrirse un espacio en medio de niñas y niños que habían nacido y crecían con el convencimiento de ser superiores a los demás. Gracias a las advertencias de la madre, tratarán de hacerte sentir una intrusa. Verónica actuó con la mayor naturalidad del mundo. En unas pocas semanas se convirtió en otra de ellas. La niña, de inteligencia rápida y espontaneidad para muchos atrevida, se ganó a pulso simpatías y reputación. Si se proponían ofenderla, debía actuar como si no fuera con ella, le aconsejó Virginia. Se impondría por su propia fuerza de carácter. Debía mostrarse humilde con las humildes y altanera, si era el caso, con quienes le salieran con altanerías. El orgullo sería su mejor arma defensiva.

No había transcurrido todavía el tiempo de prueba que la madre le había pronosticado, cuando Verónica constató que su presencia no pasaba desapercibida. Compañeras y compañeros de clase acabaron aceptándola como si ostentara, al igual que ellos, el sello de su misma clase. ¿A qué clase pertenecía Matilde? —se preguntaba Verónica—. A ninguna y a las que quiera —le dijo Virginia. Es riquísima.


—La debilidad de los hombres será tu fortaleza —recordó Verónica.

Si la frase encerraba un misterio o era un rotundo pronóstico ¿cómo iba a saberlo? Empezó a saberlo un año más tarde. Y más tarde fue temprano en la vida de la niña de trece años. Cortejada hasta el asedio por los muchachos de cursos superiores, adolescentes fascinados por su desparpajo, informados por otras niñas de su clase de que Verónica usaba ropa interior de vampiresa, fingió ser mayor de lo que era. Se la disputaban, aunque la disputa entre los chicos estuviera basada en lo que sería pronto una leyenda sin confirmación: coqueta y fácil.

—Coqueta sí, fácil no —dijo a una de las compañeras que le llegó con el rumor. Supo que dos imbéciles se habían agarrado a trompadas en una disputa que hizo historia en el patio de recreo. Uno decía haberla besado, otro se jactaba de haberla visto desnudarse en el baño. El primero le había tocado las tetas, el segundo aseguraba haberle acariciado las nalgas. Le dijeron que otro compañero sufría parálisis al verla, que la sola idea de decir lo que lo atormentaba, el amor callado de los imberbes, un amor lleno de tribulaciones, lo ponía a tartamudear hasta el enmudecimiento. No era feo, era sencillamente pusilánime. Si la sentía cerca, huía, al saberla lejos se entristecía como perro apaleado. No era feo, tenía incluso el atractivo del jovencito entregado a toda clase de deportes, vestía ropa de moda y de marca, era el hijo consentido de un proveedor de repuestos para aviones, pero huía de lo que deseaba tener cerca. Sólo la miraba furtivamente.

Verónica —Vero para las amigas— se sentía más que halagada por la existencia de este admirador, perversamente complacida al saber que el pobrecito sufría en su ausencia y huía al saberla presente. Con la crueldad de quien se sabe superior en razón de su belleza, Vero se atrevió a encarar al muchacho. Me contaron que te gusto —le dijo con su mejor sonrisa. El muchacho palideció—. Un día de estos vamos a cine —lo desafió. Le dio la espalda y corrió a protegerse en uno de los salones de clase.

No se decidió por ninguno de los camorreros. Experimentó la vanidad de saberse disputada. Eligió a un cuarto, el que estaba fuera de toda discordia, lo eligió para la primera cita y el primer beso. En su agenda secreta lo llamó El Cuarto en Discordia.

A una edad en la que las niñas son las elegidas y disputadas —costumbre frecuente en numerosas especies animales—, ella decidió elegir al muchacho de sus primeros juegos, una elección cruel —se dijo—, porque ¿qué elección no lo es? Al elegir, siempre se deja a alguien fuera del juego y fuera del juego dejaba a la pareja de púgiles y al atlético chico de la parálisis amorosa.




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