Lo Mejor De La Ciencia Ficción Del Siglo XXX



Descargar 0.57 Mb.
Página1/5
Fecha de conversión27.10.2018
Tamaño0.57 Mb.
Vistas167
Descargas0
  1   2   3   4   5

Lo Mejor De La Ciencia Ficción Del Siglo XXX

Isaac Asimov



Lo Mejor De La Ciencia Ficción Del Siglo XXX
Isaac Asimov

Título original: The Best Science Fiction o/ the 19th Century



Introducción
En la introducción al primer volumen de esta obra dedicada a la mejor ciencia ficción del siglo XIX, me refería a que todo entusiasmo aspira a la respetabilidad. La ciencia ficción es un género entusiasta, y por lo tanto aspira también a la respetabilidad. Desde el Somnium de Kepler hasta La guerra de los mundos de Wells o Veinte mil leguas de viaje submarino de Verne, los siglos anteriores al que vivimos están plagados de ejemplos de buena literatura respetable que hoy sería considerada como ciencia ficción. Pero fue en el siglo pasado precisamente, el siglo XIX, cuando esta tendencia adquirió carta de naturaleza..., por eso titulé mi anterior introducción «El primer siglo de la ciencia ficción».
Poca cosa más queda por decir al respecto. Mi buen amigo Sam Moskowitz, un verdadero especialista de la ciencia ficción «prehistórica», como él la llama, es decir antes de que Hugo Gernsback acuñara el término, compiló hace unos años (concretamente en 1968) una antología de similares características a ésta (de hecho, hay algunos relatos comunes en ambas), a la que puso un título evocador: Ciencia ficción a la luz de gas. Confieso que en más de una ocasión he sentido tentaciones de robárselo.
Hoy día estamos tan habituados a las maravillas de la técnica moderna que apenas les damos importancia. Cuando conectamos nuestro aparato de televisión, en ningún momento se nos ocurre pensar en las cosas asombrosas que se están produciendo dentro de ese tubo de vacío recorrido incesantemente por un único rayo de luz (o tres si es en color) y que nos permite ver una imagen nítida y ,coherente. El hecho de que un satélite artificial en órbita estacionaria nos brinde la posibilidad de ver con sólo unas décimas de segundo de diferencia las imágenes de un suceso que se está produciendo en las antípodas nos deja indiferentes. Que algo tan asombroso como el rayo laser se esté utilizando como mero elemento espectacular en los grandes espectáculos musicales no nos impresiona. Nos hemos habituado a un mundo en el que las maravillas son tan constantes que no nos maravillan en lo más mínimo.
A aquellos que vivieron las últimas décadas del siglo pasado y las primeras del actual sí les maravillaban. y los relatos que nos hablaban, por aquel entonces, de las asombrosas cosas futuras que hoy nos parecen tan superadas requerían de sus autOres enormes esfuerzos de imaginación; Creo que escribir ciencia ficción no tiene hoy un mérito excesivo. Unicamente se necesita un cierto conocimiento científico, oficio y algunas dotes de fantasía. Hay que admirar mucho más el Viaje a la Luna de Verne, situado en la óptica del tiempo en que fue escrito..., aunque hoy se revele como totalmente imposible desde el punto de vista científico.
Los relatos que agrupa este segundo y último volumen de la ciencia ficción del siglo XIX son los más recientes: todos ellos se hallan al filo del siglo. Todos ellos también fueron escritos en pleno .auge de la gran revolución industrial, cuando la recién nacida técnica moderna era todavía un dios, o empezaba a serIo. Sin embargo, todos' ellos van mucho más allá de una simple oda al maquinismo, de la «aventura científica» que luego se haría popular. Temas como el mesmerismo, la paleontología, incluso el catastrofismo, tan en boga hoy día, se hallan presentes aquí. Es evidente que hay que leer estos relatos como piezas históricas, como clásicos de una literatura que tuvo en ellos su primera expresión. Y ése es precisamente su principal valor. En un mundo en el que nos hastían las constantes maravillas de la técnica, la frescura de estos relatos constituye una bocanada de aire puro que siempre es algo digno de agradecer.
Respiren profundamente. El sumergirse en nuestro pasado constituye siempre un buen ejercicio intelectual.
ISAAC ASIMOV
El Horla
por Guy de Maupassant
Uno de los mejores escritores mundiales de narraciones cortas, Guy de Maupassant (1850-1893) demostró escaso interés por la ciencia o la ciencia ficción. Se sintió, sin embargo, fascinado por lo sobrenatural y lo extraño, y muchas de sus historias se hallan recopiladas en Allouma y otras historias (1!!95) Y Relatos de terror sobrenatural (1972). Nació en Normandía, Francia, aunque quizá no en el castillo de Miromesnil, como se pretende. Pese a su noble cuna, pasó la mayor parte de su infancia en Etretat, entre los hijos de los marineros y los campesinos, debido a la separación de sus padres. En 1867 buscó la ayuda del poeta Bouilhet y se matriculó en la Universidad de Caen. Dos años más tarde obtuvo el título de licenciado en letras y se reunió con su padre en París, para estudiar derecho. Bouilhet había muerto, pero el más íntimo amigo del poeta (y familia de Maupassant por parte de madre), Gustave Flaubert, asumió el papel de instructor literario. De 1!!70 a I!!!!O, con la excepción de un año de servicio en la guerra francoalemana, De Maupassant se ganó la vida como empleado público, y perseveró en su aprendizaje literario. Flaubert se preguntaba si su protegido poseía la capacidad necesaria para convertirse en un escritor de prímera clase, pero en 18!!0 De Maupassant se sentía ya preparado. Des Vers, un libro de poemas, no obtuvo un impacto apreciable, pero poco después Boule de suif, obra aparecida en una antología editada por Émile Zola, .provocaba un auténtico delirio. y aunque De Maupassant produjo varias novelas durante los siguientes trece años, fueron sus aproximadamente doscientas historias cortas las que le proporcionaron fama mundial. Todas ellas poseen la precisión imaginativa, simplicidad de estilo, concisión y fuerza de una buena foto periodística. De Maupassant presenta a la gente tal como la ve, lacras incluidas. Sin embargo, no es realista, puesto que sus personajes parecen actores de una tragedia griega, intentando vencer al destino, aunque siendo aplastados finalmente por él.
Quizá su visión pesimista fuera una respuesta a sus cada vez más intensos dolores de cabeza -debidos probablemente a la sífilis-, que le convencieron de que no había escapatoria a la larga historia de problemas mentales de su familia. Así, se fue decantando más y más hacia las drogas y el vino, como medios temporales de alivio. Sin embargo, Le Horla no parece ser -como sugieren algunos- la obra de una mente desequilibrada. En primer lugar, la locura y la obsesión fueron temas que estuvieron presentes en su obra desde el principio. En segundo lugar, esta historia en particular le fue sugerida a De Maupassant por las teorías de J. M. Charcot sobre los desórdenes psicológicos y la histeria. En tercer lugar, está bien estructurada, ganando fuerza desde su presentación como una historia de Jano en la cual el lector debe decidir entre dos interpretaciones..., si el protagonista está siendo acosado por un mutante invisible o si simplemente está cayendo en una psicosis paranoide.
Pero, en cualquier caso, Le Horla se reveló profética. Cinco años más tarde, la complexión antes atlética de De Maupassant había sido estropeada por el libertinaje y el dolor. Intentó suicidarse, fue confinado en un asilo de París, se hundió en una completa locura, y murió a la edad de cuarenta y tres años.


8 de mayo. Hoy ha hecho un día maravilloso. He pasado toda la mañana tumbado en el césped que hay delante de mi casa, a la sombra de un gran plátano. Me gusta esta parte del país, y me gusta vivir aquí porque me siento ligado por ancestrales asociaciones, por esas profundas y sutiles raíces que unen al hombre con la tierra que vio nacer y morir a sus antepasados, al tiempo que con las ideas y c,ostumbres del lugar, la gastronomía, las expresiones locales, el peculiar acento de los campesinos, el olor del suelo, de los pueblos y de la propia atmósfera.
Adoro la casa en la que he crecido. Desde las ventanas se ve el Sena, que fluye paralelo a mi jardín, al otro lado de la carretera, casi a través de mis tierras. El ancho Sena, que va de Rouen al Havre, surcado de múltiples embarcaciones que lo recorren en ambas direcciones.
A lo lejos, hacia la izquierda, está la gran ciudad de Rouen, con sus tejados azules bajo las innumerables y puntiagudas torres góticas, esbeltas unas, macizas otras, dominadas por la catedral y llenas de campanas que resuenan haciendo vibrar el aire en las hermosas mañanas; su dulce y distante tañido llega hasta mi casa más intenso, o más débil, según sea el viento más fuerte o más leve.
!Qué deliciosa mañana he pasado!
A eso de las 11, un grupo de embarcaciones, dirigidas por un remolcador no mayor que una mosca y que apenas resopló al arrojar su espeso humo, pasó ante mi puerta.
Detrás de dos goletas inglesas, cuya roja bandera tremolaba en el espacio, vi también un magnífico buque brasileño, completamente blanco y asombrosamente limpio y reluciente. Lo saludé al pasar, no sé por qué, quizá porque su vista me produjo un gran placer.
12 de mayo. Desde hace unos días tengo una ligera fiebre y me siento enfermo, o más bien decaído.
¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que cambian nuestra felicidad en desánimo y nuestra confianza en nosotros mismos en inseguridad. ¿Hay que que creer que el aire, el invisible aire, está lleno de desconocidas presencias que hemos de soportar? Me despierto en la mejor disposición, con ganas de cantar. ¿Por qué razón? Llego hasta la orilla del agua y, después de un corto paseo, me vuelvo a casa sintiéndome repentinamente desgraciado, como si me aguardara alguna calamidad. ¿Por qué causa? ¿Ha sido porque un estremecimiento de frío ha rozado mi piel, ha trastornado mis nervios y ha hecho decaer mi ánimo? ¿Hay que buscar la causa en la forma de las nubes, el color del cielo o de las cosas que nos rodean, y que cambian tanto que influyen en mis pensamientos a la par que pasan ante mis ojos? ¿Quién puede decirIo?
Todo lo que nos rodea, cada cosa que vemos aun sin mirarla, cada cosa que tocamos sin damos cuenta de ello, cada cosa que asimos, todo lo que encontramos, sin percibirlo claramente, tiene un efecto rápido, sorprendente e inexplicable sobre nosotros y sobre nuestros sentidos y, a través de ellos, sobre nuestras ideas y nuestro corazón.
!Cuán profundo es este misterio de lo invisible! No podemos sondearlo con nuestros débiles sentidos, no podemos verlo con nuestros ojos, incapaces de apreciar lo que es demasiado grande o demasiado pequeño, lo que está demasiado cerca de nosotros o demasiado lejos -ni los habitantes de una estrella, ni los de una gota de agua-, ni podemos oírlo con nuestros oídos, que nos engañan, pues lo que llega a nosotros son las vibraciones del aire transformadas en sonoras notas. Son como hadas que realizan el milagro de cambiar esas vibraciohes en sonidos, y esas metamorfosis hacen nacer la música... Ni tampoco podemos percibirlo por el olfato, que es menos agudo en nosotros que en el perro, ni con nuestro sentido del gusto, que apenas si puede determinar la edad de un vino.
!Ah! !Si tuviéramos otros órganos que pudieran hacer otros milagros en nuestro favor, qué maravillas podríamos descubrir en torno nuestro!
16 de mayo. Decididamente, estoy enfermo. jMe sentía tan bien el mes pasado! Estoy febril, horriblemente febril, o más bien me encuentro en un estado de enervación febril que me hace sufrir moral y físicamente. Siento continuamente la horrible sensación de algún peligro que me amenaza, la aprensión de alguna desgracia que viene a mi encuentro, o quizá de la proximidad de la muerte; esa clase de presentimiento que es, a no dudarlo, un síntoma de alguna enfermedad aún desconocida, que germina en la carne y en la sangre.
17 de mayo. Acabo de llegar de consultar a mi médico, porque hace días que no puedo dormir. Me dijo que tenía el pulso algo acelerado, los ojos dilatados y alguna, alteración en el sistema nervioso, pero que no encontraba síntomas alarmantes. Me recetó baños de lluvia y bromuro de potasio.
25 de mayo. No he experimentado ningún cambio. Mi estado es ,muy especial. Según avanza la tarde, me invade un sentimiento de inquietud, como si la noche fuera a traerme algún desastre. Ceno apresuradamente y trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas puedo distinguir las letras. Entonces, bajo al salón, oprimido por un sentimiento de confuso e irresistible temor; el temor de dormirme, y el temor de echarme en la cama.
A eso de las 10 subo a mi habitación, y cierro la puerta con llave y con cerrojo. Tengo miedo... ¿De qué? Hasta ahora, nunca, he tenido miedo de nada... Abro las puertas del armario y miro debajo de la cama. Trato de escuchar... ¿qué?
!Qué extraña es esta sensación de desasosiego, de lento o acelerado fluir de la sangre! Quizá la irritación de 4n filamento nervioso, una ligera congestión o un pequeño desalireglo en el delicado e imperfecto funcionamiento de la máquina de nuestro vivir pueda sumir al hombre de más fuerte corazón en la melancolía, y convertir en cobarde al más valeroso. Me meto en la cama, al fin, y espero la llegada del sueño, como un condenado puede esperar la de su verdugo. Espero su llegada con temor y mi corazón late apresuradamente y mis piernas tiemblan, mientras mi cuerpo se estremece bajo las mantas que debieran darme calor, hasta que caigo dormido de pronto, como uno que se l,nza de,cabeza a un pozo de agua estancada, con el propósito de ahogarse. No me doy cuenta de cuándo llega este sueño pérfido, que me cerca y me ronda, y que se apodera de mi cabeza, cierra mis ojos y me anula.
Me duermo por espacio de dos o tres horas quizás, y mi sueño es una pesadilla que me atenaza. Advierto que estoy en la cama y dormido..., y a la vez percibo que alguien se acerca a mí, me contempla, me toca, se tiende en mi cama, pone las rodillas sobre mi pecho, enlaza mi cuello con sus manos y me aprieta, me aprieta con el propósito de estrangularme.
Trato de luchar, atado por ese terrible sentimiento de impotencia que nos paraliza en nuestros sueños. Quiero gritar y no puedo; deseo moverme y tampoco puedo; intento librarme con los más violentos esfuerzos de aquel ser que está sobre mi ahogándome y sofocándome, y es imposible.
Entonces me despierto temblando y cubierto de sudor. Enciendo la luz y hallo que estoy solo. Después de esta crisis, que se repite cada noche, caigo dormido y no me despierto hasta la mañana siguiente.
2 de junio. Me encuentro peor. ¿Qué es lo que me pasa? Ni el bromuro ni los baños me alivian nada. Algunas veces, con el fin de cansarme -aunque de ordinario me siento ya bastante cansado-, me doy un largo paseo hasta el bosque de Roumare. Esta tarde tenía la esperanza de que la luz y la suavidad del aire, embalsamado con el aroma de las hierbas y las hojas, pudieran producir nueya sangre en mis venas y dar nueva energía a mi corazón. Caminé por una ancha senda y después torcí hacia La Bouille, a través de un estrecho camino flanqueado por dos hileras de árboles, que formaban un espeso y verde techo entre el cielo y yo.
Recorrió mi cuerpo un estremecimiento, pero no de frío; fue un extraño escalofrío como de agonía, y me apresuré a dar la vuelta, inquieto al verme solo en el bosque, y temeroso, estúpida e irracionalmente temeroso, de aquella soledad. y de pronto me pareció como si alguien me siguiera los pasos, cerca, muy cerca de mí, tan cerca que casi me tocaba.
Me volví con presteza y vi que estaba solo. Detrás de mí no vi nada ni a nadie, excepto la recta y ancha senda, bordeada de altos árboles y solitaria, horriblemente solitaria, que se extendía ante mí hasta perderse en la lejanía, igualmente sola y terrible.
Cerré los ojos. ¿Por qué? Giré sobre mis talones rápidamente, como una peonza. Estuve a punto de caer y abrí los ojos: los árboles, la tierra y el cielo giraban en torno mío. Tuve que sentarme. Entonces... no pude recordar cómo había llegado allí. !Qué idea más extraña! Me volví hacia la derecha y me encaminé a la avenida que me había conducido al centro del bosque.
3 de junio. He pasado una noche atroz. Voy a ausentarme por espacio de unas semanas, pues confío en que un viaje me sentará bien.
2 de julio. He vuelto, restablecido por completo, tras una deliciosa excursión. He estado en Mont Saint-Michel, que no conocía. jQué hermosa vista la que se contempla cuando se llega a Avranches al caer la tarde, que fue precisamente el momento de mi llegada! La ciudad está situada en lo alto de una colina. Me llevaron en seguida a los jardines que se encuentran en las afueras de la ciudad. Prorrumpí en gritos de admiración. Una amplia bahía se extendía ante mis ojos, hasta perderse de vista entre dos colinas difuminadas a lo lejos entre la niebla; y en esa inmensa bahía, amarilla, bajo un cielo claro, dorado, se alzaba en medio de la arena una colina muy particular, oscura y puntiaguda. El sol ya se había puesto y, a sus últimos destellos, se divisaba la silueta de la fantástica roca, en el centro de la cual se alzaba un no menos fantástico monumento.
A la mañana siguiente me dirigí hacia allí. La marea' estaba baja, lo mismo que la noche anterior, y vi cómo una admirable abadía se levantaba ante mis ojos, según me acercaba a ella. Después de caminar largo rato, llegué a la enorme masa de rocas que sirve de soporte al pueblecito dominado por la hermosa iglesia. Subí una estrecha y empinada calle y entré en el más maravilloso templo gótico erigido a Dios en la tierra; inmenso, como una ciudad, lleno de pequeñas habitaciones que parecen sepultadas bajo techos ábovedados, y largas galerías adornadas de delicadas columnas.
Entré en esa gigantesca joya granítica -tan ligera, por otra parte, como un trozo de encaje-, cubierta de torres y con esbeltos campanarios, enlazados entre sí por finas arquerías y a los que se sube por escaleras de caracol adornadas con extrañas cabezas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, hasta un cielo azul durante el día y negro por la noche.
Cuando llegué a la cúspide, dije al monje que me acompañaba:
-Padre, iqué feliz debe de ser usted aquí!

y él me contestó:

-Aquí hace siempre demasiado viento, señor.
Y así empezamos a hablar, mientras contemplábamos cómo subía la marea, que iba invadiendo la arena, cubriéndola como con una coraza de acero. Entonces fue cuando el monje me contó las historias, todas las viejas historias referentes a aquel lugar, que no pueden ser sino leyendas.
Una de esas historias me hizo mucha impresión. La gente del pueblo, los que son de allí, afirman que por la noche se oyen dos voces que hablan allá abajo en la arena, y que se oye balar a dos cabritas, una con un balido fuerte y otra con balido suave. Los incrédulos dicen que esos ruidos son sólo los chillidos de los pájaros marinos, que a veces semejan voces humanas, y otras, balidos. Pero pescadores nochemiegos juran y perjuran que han visto a un viejo pastor vagando por la arena entre marea y marea, alrededor del pueblo; lleva la cabeza cubierta con su capa, y le siguen un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con cara de mujer, ambos con pelo blanco y largo, y que hablan y riñen incesantemente en una lengua desconocida. De pronto dejan de hablar y empiezan a balar con todas sus fuerzas.
-¿Cree usted en eso? -pregunté al monje.

-No sé qué decirle -me contestó.

Entonces continué:

-Si en la tierra hay otros seres, además de nosotros, ¿cómo es que en tanto tiempo el hombre no ha llegado a conocerlos? ¿Cómo es que ni usted ni yo los hemos visto nunca?



-¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? –me replicó el monje-. Considere, por ejemplo, el viento: es la fuerza más potente de la naturaleza; abate al hombre, derrumba edificios, desarraiga árboles, levanta el mar en montañas de agua, destruye riscos y estrella grandes navíos contra las rocas. El viento, que mata, que silba, que suspira, que ruge, ¿lo ha visto usted alguna vez, o cree poder verlo? Y sin embargo, no hay duda de que existe.
Ante razonamiento tan sencillo, permanecí silencioso. Sin duda el monje era un filósofo o un loco; no podía decirlo con exactitud, así que guardé silencio. Pero lo que acababa de decirme había estado muchas veces en mi pensamiento.
3 de julio. He dormido muy mal. Indudablemente hay algo aquí que produce fiebre, pues mi cochero padece lo mismo que yo. Anteayer, al regresar a casa, advertí su singular palidez y le pregunté: «¿Qué le pasa, Jean?». «Pues que duermo mal y las malas noches malgastan mis días. Desde que usted se marchó, señor, parece que ha caído sobre mí una maldición», me dijo.
Sin embargo, los restantes sirvientes están bien; pero yo tengo miedo de que me dé un nuevo ataque.
4 de julio. No hay duda de que he recaído, pues he vuelto a sufrir aquellas espantosas pesadillas. La noche pasada sentí a alguicn apoyado sobre mí, que me sorbía la vida de entre los labios. Me arrancaba la vida desde la garganta, como una sanguijuela. Cuando se sació, me dejó libre y yo desperté tan agotado, tan quebrantado y débil que no podía moverme. Si esto continúa unos días más, acabará conmigo.
5 de julio. ¿Es que he perdido la razón? Lo que me ocurrió anoche es tan extraño que la cabeza me da vueltas cuando pienso en ello.
Había cerrado la puerta de mi habitación, como hago siempre, y como sintiera sed, bebí medio vaso de agua, e incidentalmente percibí que la botella quedaba llena hasta donde comenzaba el estrechamiento del cuello. Me metí en la cama y al punto me sumí en no de mis terribles sueños, del que me desperté un par de horas después, aterrorizado por un tremendo espanto.
Imaginen a un hombre dormido al que se está asesinando y que se despierta con un puñal en un costado, sin poder respirar, cubierto de sangre, y que ya pierde el aliento y está a punto de morir y no comprende el porqué de todo ello... y podrán hacerse una idea de lo que yo sentía.
Cuando recobré la lucidez de mis sentidos sentí sed de nuevo, de modo que encendí la luz y me dirigí a la mesa en que había quedado la botella de agua. Tomé la botella para llenar el vaso, y allí no había nada. jEstaba vacía, completamente vacía! Al principio no comprendí aquello; después me vino una idea tan terrible que tuve necesidad de sentarme, o mejor, me dejé caer en una silla. Me levanté súbitamente para mirar en torno mío y de nuevo me dejé caer en el asiento, dominado por un sentimiento de asombro y terror, mirando el transparente vidrio de la botella; la miraba fijamente, tratando de hacer conjeturas, y mis manos temblaban. Alguien se había bebido el agua, pero ¿quién? Yo, sin duda alguna. No podía ser otro, claro está; pero en ese caso, yo era sonámbulo. Sin saberlo, vivía esa doble vida que nos hace dudar de si existen en nosotros dos seres, o si un ser extraño, incognoscible e invisible, en aquellos momentos en que nuestro espíritu se encuentra en un estado de letargo, viene y da vida y movimiento a nuestro cuerpo, que obedece a ese otro ser como nos obedece a nosotros, e incluso más.
¿Quién podría comprender mi horrible agonía? ¿Quién podría comprender la emoción de un hombre sano de espíritu, que se sabe completamente despierto, lleno de sentido común, que mira con horror una botella de agua cuyo contenido ha desaparecido mien,tras dormía?
Permanecí en aquella actitud hasta la mañana, sin aventurarme a irme de nuevo a la cama.
6 de julio. Voy a volverme loco. De nuevo el agua de mi botella ha sido bebida durante la noche..., o quizá yo me la he bebido.
Pero ¿he sido yo?, ¿he sido yo? ¿Y quién podría ser si no? ¿Quién? jOh, Dios mío! ¿Es que voy a volverme loco? ¿Quién podría ayudarme?
10 de julio. Acabo de pasar por unas pruebas muy extrañas.

Decididamente voy a volverme loco. j y no obstante...!

El día 6 de julio, antes de acostarme, dejé sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Alguien bebió -o yo bebí- toda el agua y algo de leche; pero no tocó ni el vino, ni el pan, ni las fresas.

El 7 de julio volví a hacer la prueba con el mismo resultado. El 8 dejé leche yagua, que nadie tocó.

Finalmente, ayer, día 9, dejé sobre la mesa sólo leche yagua, envolviendo cuidadosamente las botellas, hasta el gollete, en muselina blanca. Después tizné mis labios, mi barba y mis manos con un lápiz, y me fui a la cama.

Un sueño irresistible cayó sobre mí, que pronto fue interrumpido por un pavoroso despertar. No me había movido, y las sábanas no estaban manchadas de lápiz. Me apresuré a acercarme a la mesa; la muselina alrededor de las botellas estaba itttacta; la quité con manos temblorosas. El agua y la leche habían sido bebidas.

jAh! jDios mío!

Debo salir para París, inmediatamente.

12 de julio. París. Debí de perder la cabeza durante aquellos pocos días. He sido el juguete de mi imaginación sobreexcitada, a menos que sea realmente sonámbulo; o quizás he estado sujeto a una de esas extrañas influencias, desconocidas hasta hoy, a las que llaman sugestiones. En todo caso, me encontraba al borde de la locura, y veinticuatro horas el) París han bastado para devolverme el equilibrio.

Ayer tarde, después de despachar algunos asuntos y hacer unas

VIsitas que llevaron a mi espíritu un aire tónico y vigorizante, me fui al Théátre Franrais. Se representaba una obra de Alejandro Dumas hijo, y su activa y poderosa imaginación contribuyó no poco a mi curación. Es verdad, la soledad es peligrosa para los espíritus activos; necesitamos a nuestro alrededor gentes con las que poder hablar, razonar. Cuando estamos solos, poblamos el vacío que nos rodea con fantasmas.

Volví al hotel paseando por los bulevares, en excelente estado de ánimo. Entre el barullo de la muchedumbre, pensé, no sin ironía, en mis terrores e imaginaciones de la semana anterior; porque había llegado a creer -sí, en verdad había llegado a creerlo- que bajo mi techo vivía un ser invisible. iQué débil es nuestro cerebro, y con cuánta facilidad un pequeño hecho incomprensible le hace caer en los mayores errores! y en vez de decimos a nosotros mismos «no comprendo esto, porque ignoro la causa que lo produce», imaginamos al punto misterios terribles y poderes sobrenaturales.

14 de julio. Fiesta de la República. Anduve vagabundeando por las calles, divertido como un chiquillo con los petardos y banderas, a pesar de que siempre me ha parecido un poco tonto el alegrarse a fecha fija, por decreto del gobierno. El populacho es semejante a una manada de ovejas, a una hora estúpidamente paciente y a la otra ferozmente revolucionario. Le dicen: «jDiviértete!»,.y se divierte. Le dicen: «jVete y riñe con tu vecino!», y riñe.

Le dicen: «jVota al emperador!», y su voto es para el imperio. Le dicen, de nuevo: «jVota a la república!», y vota a la república.

Los líderes de las masas son tan estúpidos como ellas, sólo se diferencian en que aquéllos no obedecen a otros hombres, sino a principios -que pueden ser estériles y falsos-, por la única razón de que son principios, es decir ideas consideradas como ciertas e inmutables, en un mundo como éste, donde no conocemos nada con certeza, pues ni siquiera sabemos si la luz o el sonido son meras ilusiones.

16 de julio. Ayer vi algunas cosas que me perturbaron no poco.

Fui a comer a casa de mi prima, la señora de Sablé, casada con un coronel del 76 Cuerpo de Cazadl;)res de Limoges. Había allí dos mujeres jóvenes, una de ellas esposa de un médico, el doctor Parent, el cual presta mucha atención a las enfermedades de los nervios y a las notables manifestaciones que pueden ofrecer, bajo la influencia del hipnotismo y de la sugestión.

Este doctor Parent n~s explicó, con alguna extensión, los admirables resultados obtenidos por hombres de ciencia ingleses y por los doctores de la Escuela de Nancy; y los hechos que expuso me parecieron tan extraños que le dije que me costaba darles crédito.




Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos