Lo grupal, la cuestión de lo neutro



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Lo grupal, políticas de lo neutro

Marcelo Percia

Movimientos intelectuales en Argentina liban en las primaveras del psicoanálisis. Las izquierdas de los años sesenta tiemblan abrazadas por lecturas de Marx y de Freud.

Efervescencias políticas agitan acciones de psicólogas y psicólogos en hospitales públicos, escuelas, barrios, sindicatos. Las prácticas grupales ofrecen antídotos contra enfermedades individualistas y burgueses.

Esas ilusiones se concentran, en los años de post-dictadura, alrededor de una publicación colectiva: Lo Grupal. En ese torrente contradictorio, heterogéneo, inclasificable, interesa el ímpetu de lo neutro como política de pensamiento.

Lo neutro concibe astucias para escapar a figuras que el habla capitalista impone. La inmovilidad de una política necesita fijeza de enunciados.

El pensamiento de lo neutro (Foucault, Deleuze, Barthes, Derrida) reconoce una deuda con Maurice Blanchot.

Las prácticas grupales por sus expansiones en hospitales públicos y espacios comunitarios (poco antes y poco después de 1973) participaron de lo que se podría llamar la popularización del psicoanálisis en la argentina.

Ductilidades de las izquierdas juveniles congenian mejor con los grupos que con los divanes, con los barrios que con los consultorios, con las campañas de alfabetización que con lecturas de especialistas que deletreaban los significantes amos.

La psicología social ensamblada en Pichon-Rivière no reproduce temores sobre la peligrosidad de las masas (difundidos por Le Bon) presentes en Las multitudes argentinas de Ramos Mejía. Tampoco ejercita el estupor moral que Martínez Estrada expresa en ¿Qué es esto?

Psicología social se piensa en Pichon-Rivière como herramienta de cambio y transformación que encuentra en los grupos espacios para aprender a pensar.

Pichon-Rivière aprovecha una huelga de enfermeros para proponer grupos de autogestión entre pacientes del hospicio y aprovecha el psicoanálisis para cuestionar la fijeza de los liderazgos, la identificación con el ideal, la pedagogía moral en los grupos.

Horacio González (1999), en Restos pampeanos, traza una serie -de la psicología social argentina que piensa las multitudes- con los nombres de Ramos Mejía (1899), Scalabrini Ortiz (1946), Martínez Estrada (1956), León Rozitchner (1972). Discursos que entrecruza con el manual de Conducción política de Perón (1950).

La crítica de la idea de coordinador de grupos en Pichon-Rivière tiene cercanías y distancias con algunas afirmaciones de Perón.

Horacio González (tras localizar la presencia de Clausewitz y Maquiavelo en las ocurrencias del general argentino) destaca en el manual retóricas del arte de la conducción: la conducción como saber al alcance de todos, la obediencia como maestra de la libertad, cada hombre conductor de sí mismo, un conductor imprescindible que trabaja para hacer prescindible, el conductor que se muestra necesario para poder labrar su irreductible y final contingencia. Anota Horacio González que el texto desliza “la idea de las masas que se conducen solas –horizonte final donde el conductor debe disolverse en el océano de su propia innecesariedad-. No es el hombre que hace falta sino el que está de más”.

En Pichon-Rivière gravita una ética de la abstinencia no indolente del coordinador que se entrena para no conducir, no dirigir, no abusar, no desfallecer ante la fascinación de poder. Distante de un conductor pedagogo de multitudes que se sacrifica por amor a su pueblo, en Pichon (más cerca Marx y Freire) se proyectan coordenadas de grupo en una sociedad igualitaria sin necesidad de amos.

Lo grupal como sentido que excede a los grupos y a los colectivos sociales, aunque celebre el acontecimiento momentáneo de sus inusitadas potencias. No los grupos como sujeto, sino lo grupal como movimientos sin representación, como potencia incapturable siempre por advenir más allá de lo existente. Lo neutro como política que se reinicia cada vez que en el lugar de lo posible se aposenta una posibilidad.

Lo grupal no se reduce a los grupos existentes ni bosqueja grupos ideales, traza pasadizos entre una cosa y otra. Los grupos se ofrecen como lagos y ciénagas. En esos espacios del estar juntos -entre amores y odios, fidelidades y traiciones-, cada tanto, se vislumbran pistas de despegue para la inesperada suscitación de lo desanudado.

Sabidurías de las altas montañas instruyen diferentes lazos en ascensos y descensos difíciles. El que va delante avanza hasta fijar una cuerda atándola a algo firme para ayudar al que sigue a reunirse con él. Anclajes de grupo frenan caídas y ofrecen seguridad. La cuerda actúa como brazo extendido que estrecha a los que andan separados. Los lazos sirven para sostener y apresar.

Las prácticas clínicas en grupos, iniciadas alrededor de 1950 en Buenos Aires (Pichon-Rivière, Marie Langer, Emilio Rodrigué, entre otros), se realizan contra la institución del psicoanálisis de esos tiempos.

Lo neutro previene la institucionalización de cualquier posibilidad. Lo posible no cesa con la posibilidad, lo posible resguarda intensidades negadas: sin certificación ni constancia de existencia probada.

Intensidades negadas por la presión de la finalidad, por la determinación de metas, por el trazado de objetivos, por caprichos que imponen los poderes.

Una canción infantil, que narra una historia de elefantes que desafían la ley de la gravedad, dice: “Un elefante se balanceaba / sobre la tela de una araña / y como veía que no se caía / fue a llamar a otro elefante. / Dos elefantes se balanceaban / sobre la tela de una araña, / y como veían que no se caían / fueron a llamar a otro elefante...”.

Una sociedad (proximidad de quienes se alían o atan entre sí para seguirse, protegerse, guerrear, esclavizar, celebrar contratos) se representa como trama, urdimbre, tejido, enredo, telarañas, nudo, moño, galleta.

Lo grupal reserva (en su horizonte utópico) la acción de hilvanar antes que la de enlazar. Hilvanar en lugar de atar, anudar, atrapar. Hilvanes sin ligaduras. Estados de disponibilidad para enlaces y desenlaces imprevistos. No se trata de costuras ni de bordados, sino de hilvanes invisibles que esperan un porvenir sin diseñar.



Lo Grupal sirve de contraseña política para una publicación promovida por Eduardo Pavlovsky, Juan Carlos De Brasi y Hernán Kesselman, que alcanza diez textos colectivos entre 1983 y 1993.

Explica Pavlovsky, en la presentación del primer libro, que la iniciativa retoma, tras los años de exilio, la revuelta del psicoanálisis argentino que en los años setenta decide acompañar el movimiento social emancipador, testimoniando la ruptura con la Asociación Psicoanalítica Argentina a través de los volúmenes Cuestionamos 1 y 2 compilados por Marie Langer y Armando Bauleo (1971/1973).

Lo neutro concibe lo no pensado. Aloja intensidades inmovilizadas o encerradas en un referente. Intensidad no designa aquí la fuerza con la que se manifiesta algo, ni la magnitud física de la luz, los sonidos o las diversas energías. Tampoco la persistencia de lo que parece que se extiende en un adentro de los órganos, ni la vehemencia de las emociones, ni las sensibilidades arrebatadas por el choque inesperado de un momento. Intensidad nombra lo que se suelta o adviene suelto de representación.

Escribe Oscar del Barco (2002) que la soberanía del vivir reside en “vivir la intensidad del instante”. Intensidad de estar en la vida sin causa, sin fin, sin objeto, sin cálculo, sin saber.

Un grupo no habla: no se trata de una o muchas bocas parlanchinas. Lo grupal reserva la posibilidad de escuchar lo que aturde: murmullos inaudibles, habla que se suelta descomprimida de la ficción de unidad.

Pichon Rivière (1970) advierte con la expresión portavoz que no habla un hablante, sino una voz que emplea o elije a alguien para decirse. La idea de portavoz sugiere que hablantes se precipitan hablados por voces que no les pertenecen. Y también recuerda que el habla de la comunicación no se despliega como transparencia lisa, sino que se agita y sacude como conflictividad de voces que luchan entre sí.

Pichon supone que, a veces, voces acalladas y sometidas se manifiestan a través de quien presta una boca (un prestar involuntario de quién asiste a un precipitado hablante que buscaba decirse). Cree que si los grupos guardan o aquietan lo no dicho, lo grupal adviene como instante propicio para palabras que se sublevan.

El misterio de las criaturas que hablan vive en esta pregunta: ¿por qué una voz sale de una boca y no de otra?

¿Cómo soltar la creencia de un habla personal, individual, propia de cada cual? La percepción de un habla plural y polifónica o la advertencia de diferentes voces en cada voz ayudan, en parte, a conmover esa ilusión. La palabra colectivo no importa como atributo de un habla que pertenece a todos, sino como habla impersonal, anónima, que engendra y posibilita la ficción de un nosotros. ¿Se podría imaginar un devenir colectivo que no encalle en el círculo homogéneo de un nosotros?

Habla colectiva no alude a una cualidad hablante de criaturas amuchadas, sino a mezclas de voces que permiten advertir que no hablan quienes hablan: que hablan ideas, valores, fantasmas, que anidan en cuerpos seleccionados, clasificados, disciplinados, por esas ideas, valores, fantasmas.

El sentido común se presenta como habla colectiva de las derechas. Se considera habla de las derechas cualquier habla entonada según la voz de un mando, aunque ese hablar se pretenda de las izquierdas.

Grupos sujetos al poder de un amo. Grupos sujetos al impoder de cada cual como potencia indisciplinada que habita en todas las criaturas que hablan

El infinitivo de pensar en grupo conjuga políticas que ponen en cuestión ideas de autor, pensamiento individual, origen personal. Lo grupal discute la propiedad. Se pertenece a un tiempo histórico que no se posee. Cuando Pichon Rivière supone que procesos, cambios, transformaciones grupales se realizan a través de la remoción de resistencias, obstáculos, temores, esa conjetura se afina con el diapasón marxista que piensa en procesos, cambios, transformaciones históricas y sociales.



El Antiedipo de Deleuze y Guattari (1972) comienza con el hablar de lo neutro: “Ello funciona en todas partes, bien sin parar, bien discontinuo. Ello respira, ello se calienta, ello come, ello caga, ello besa. Qué error haber dicho ‘el’ ello. (…) yo y no-yo, exterior e interior ya no quieren decir nada”.

Ello no expresa el pronombre de la tercera persona, ni el sustantivo fuente del manantial inconsciente: ello titila como apelativo provisorio de lo neutro, pulso preposicional sin representación ni identidad. La idea de ello, que Freud transforma en instancia de la teoría del psiquismo, fue tomada de El libro del Ello de Groddeck (1923). Así lo admite Freud en una carta al autor: “En su Ello no reconozco a mi Ello, civilizado y burgués, despojado de su misticismo. Sin embargo, usted sabe que el mío deriva del suyo”. Ese supuesto misticismo de Groddeck, sin embargo, estaba familiarizado con el empleo de lo neutro que, en alemán, hacía Nietzsche.

No besa el amante ni la boca, besa el besar; besan los besos que en las infinitas bocas, en los infinitos amantes, besan.

Escribe De Brasi (1986) en el prólogo a Lo Grupal 3: “Lo grupal dice, a un oído atento, sobre conjunciones, disyunciones, atravesamientos; evoca multiplicidad de formas y repertorios que arman esas fluidas -a veces efímeras- ‘positividades’ llamadas grupos”.

Los grupos celebran acciones que ligan y acciones que desligan. Lo grupal atiende al movimiento que separa uniendo y que une separando.

La positividad ilusiona una experiencia como inmediatez de lo vivido. La experiencia (si no queda en la arrogancia que supone percepciones y sentimientos auténticos de quien estuvo ahí) transporta una fatalidad fenomenológica que considera lo experimentado como envoltura de emanaciones aparentes en las que laten esencias secretas.

Lo grupal, si escapa a esa idea de experiencia, soporta la inquietud de lo que se presenta como extrañeza o golpe inesperado en lo que se está viviendo.

En una entrevista (1997) Juan Carlos De Brasi recuerda que la publicación Lo Grupal fue refugio en tiempos de la post-dictadura: “En esos devenires, la fórmula-advertencia ‘lo grupal no son los grupos’ nos sirvió como un estilete negativo para hundirnos en tierras soleadas. Y para impulsarnos a salir de la encerrona que acecha a cualquier idea de ‘sujeto’ o ‘subjetividad’ a secas; ahí hubiéramos quedado atrapados en una mera relación de antagonismo con la ‘objetividad’ o en alguna versión sustancialista, donde ahora la ‘subjetividad’ ejercería la impostura que denunciaba en su oponente. De modo que circulando por otros senderos llegamos al desfondamiento de la misma idea de subjetividad”.

El uso de un lenguaje denotativo e impersonal que asume un habla que se pretende científica, que aspira a la objetividad y neutralidad, no equivale a la idea de lo neutro. Lo neutro resiste la fascinación que producen las ficciones de objetividad y subjetividad. La idea de objetividad puede servir como amarradero del devenir, así como la de subjetividad como deriva de sensibilidades desaferradas.

En la palabra colectivo usada como sustantivo (los colectivos humanos, un colectivo de estudiantes) o como adjetivo (una enunciación colectiva) laten acciones que reúnen, enlazan, agrupan, ligan, lo que retoza separado. Puede pensarse enunciación colectiva como impulso de un habla que, para decirse, necesita muchos cuerpos. Impulso que no consiste en una instigación solitaria o choque de una fuerza misteriosa, sino empuje de deseos y dolores callados en la historia social.

Objetividad celebra acuerdos con la denotación que indica, señala, establece el significado real y certero de las cosas; mientras que subjetividad anda en amoríos con la connotación que tiene debilidad por las emociones, cuerpos que vibran en las noches, los secretos, las palabras. Hay cosas que necesitan la ficción de objetividad para decirse y sentimientos que necesitan la de la subjetividad, así como hay enunciados que eligen la ficción de una voz individual y otros la de una voz colectiva.

Los modos de decir, pensar, obrar, que gobiernan el mundo de las criaturas que hablan, instalan sus dominios en esas vidas que auspician.

Borges (1952) presenta esta cita de David Hume (1779): “El mundo es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto”.

¿Alivia pensar que la vida está escrita en notas de un borrador? ¿Y que la denotación, define, precisa, consagra, una nitidez; tanto como la connotación agranda, exagera, minimiza, enturbia, pasiones? Pero, ¿quién escribió esas notas?, ¿dónde está ese cuadernos?, y ¿si las hojas se hubieran volado, mezclado, perdido? Vivimos un mundo anotado por el lenguaje cincelado en la historia de las luchas de hablantes que viven en comunidad. Esas anotaciones obran, sensibilizan, conciben, las existencias que creemos ser. De esas anotaciones emanan las hablas.

Los grupos recitan notas establecidas. Lo grupal trasporta la posibilidad de un decir (des)anotado. Lo grupal sueña un habla ignota.

Anzieu (1968) advierte que en la intimidad de los grupos se sueñan pesadillas sociales. Las prácticas grupales nacen en espacios públicos. Esos estados de palabra (entre muchos) se ofrecieron como sensibilidad amplificadora de dolores, injusticias, desigualdades, sin recepción, en hospitales, escuelas, barrios.

En la proposición lo grupal no son los grupos, lo neutro transforma la negación en enunciado infinito (no son los grupos ni las instituciones, ni las comunidades, ni las multitudes ni los conjuntos). No importa lo que es sino lo que acontece (en los grupos, las instituciones, las comunidades, las multitudes, los conjuntos) inesperado. Lo neutro ofrece un ardid para pensar sin encallar en sustantivos establecidos: modos de escapar de las contundencias cerradas del no y el .

Una cosa supone una negación (o una afirmación) absoluta y otra sugiere una negación (o una afirmación) infinita: si lo absoluto ejecuta la clausura (no hay nada fuera de la negación o de la afirmación), lo infinito llama o sigue las pistas de lo que huye no clasificado.

Deleuze (1969) se resiste a tener que optar entre la idea de ser, sujeto soberano, forma enraizada en una base propia o la idea de una existencia sin fondo, informe, suelta, suspendida, abismada, sin poder hacer pie en nada. Desfondar la idea de subjetividad supone poner a la vista la condición ficcional de esa idea.

Escribe: “No, las singularidades no están encerradas en individuos y personas; ni tampoco se cae en un fondo indiferenciado, profundidad sin fondo, cuando se deshace el individuo y la persona. Lo que es impersonal y preindividual son las singularidades, libres y nómadas. Lo que es más profundo que cualquier fondo es la superficie, la piel”.

El aforismo de Paul Valerý (1932) (“lo más profundo que hay en el hombre es la piel”) rompe alianzas entre las ideas de sujeto y profundidad. Cuando se acaricia la piel de otra criatura viva, en ese contacto, vuelve a vibrar el estallido primero, la expansión del comienzo.

En la entrevista a la que se hace referencia, De Brasi, por momentos emplea las expresiones lo grupal y la grupalidad como alusiones próximas. Explica: “hablo de grupalidad para arrancar al término de su uso adjetivo…”. Suele decirse talleres grupales, técnicas grupales, coordinadores grupales, producciones grupales, como si la cosa grupal fuera una cualidad de los talleres, las técnicas, los coordinadores, las producciones. De Brasi no piensa grupalidad como núcleo esencial arrancado de la contingencia del habla y la acción de los grupos, sino como horizonte ético, móvil, de enunciación colectiva.

La idea de enunciación colectiva importa por su repercusión impersonal. No habla un nosotros (primera persona del plural), sino un habla que habita fricciones hablantes que se sueltan de lenguas llagadas. Un habla impersonal como estancia de paso hacia un habla sin amos.

Como el enunciado Llueve que no admite ni necesita de la idea de sujeto. Un habla liberada de relaciones de dominio y propiedad, palpita en lo grupal.

Marx escribe sobre grupos cuando piensa la historia social como lucha de clases. La fabricación desigual de esas criaturas hablantes se realiza en familias, escuelas, religiones, fábricas, ejércitos.

Las palabras endulzan y dañan la vida. Las lenguas ulceradas no drenan lo inexplicable, sino lo explicable de una civilización que cultiva tanto la injusticia como el dolor.

Marx espera que la impugnación de la injusticia y desigualdad advenga en el obrar de un colectivo de enunciación: voces entramadas de innumerables vidas amordazadas.

Injusticias y desigualdades, a veces, se disfrazan de lo contrario o de otra cosa para hacerse enunciar: los linchamientos asumen la forma de enunciación colectiva. En las vidas amordazadas también habla el poder de las figuras que amordazan.

Lo grupal sostiene un horizonte ético, por momentos borroso, en el que las soledades (que no se autorizan en la prepotencia de un nosotros ni en el abuso de las mayorías) se abisman sin otro poder que el del desamparo.

De Brasi piensa lo grupal como movimiento de autores y de prácticas que ensaya un pasaje desde el estudio de los grupos y sus componentes históricos (conflicto y cohesión, interacción y roles, resistencias y transferencias, ilusiones y supuestos) hacia “Lo Grupal (y la producción de subjetividad), especie de acontecimiento blanco que dispara el neutro ‘lo’, neutro del que carecen todavía algunas lenguas…”.

Lo grupal se presenta para De Brasi como deslizador, fluir en otro sentido, fuga desde los grupos hacia la interrogación sobre las condiciones de producción de subjetividad. Lo neutro como pase en un tránsito histórico, estético, político y de ideas clínicas hacia otros modos de pensamiento y acción. Acontecimiento blanco (acontecimiento de lo neutro) que posibilita pasar más allá de las narrativas conocidas.

No conviene leer la expresión producción de subjetividad como fabricación de sujetos, personas, seres, identidades. Producción de subjetividad podría pensarse como fabricación de fábulas que imponen verdades llamadas sujeto, persona, ser, identidad. Los grupos ofician como teatros para el aprendizaje y dramatización de esas fábulas.

Lo grupal aloja la visión del paisaje en ruinas tras el derrumbe esos escenarios: momento estallado de las fábulas.

Lo grupal como estado (más allá de los estados conocidos) liberado de la idea de producción y de subjetividad: improductividad de un habla que adviene sujetada y desasida en voces que no pertenecen a nadie.

¿A qué se llama capacidad personal? ¿La ilusión de que hay en uno una fuerza de obrar o voluntad de sentir? Cuesta pensar la vida como obrar sin voluntad, como sensibilidad sin sentir. La idea de capacidad supone la de interioridad (contener dentro de sí). Un grupo, ¿aumenta la capacidad personal?, ¿configura una interioridad mayor? Cuando se dice que un dolor excede lo que alguien puede soportar, ¿ello significa que muchos cuerpos cercanos podrían soportar lo insoportable? No, muchos cuerpos tampoco podrían contener tanto dolor. El impoder grupal posibilita entrever que eso que se presenta como impotencia personal, expresa tragedias negadas en la historia social.

Fantasías de auto ayuda o auto curación se compatibilizan con planes despolitizados de socorros mutuos. Se dice el grupo le dio fuerzas para seguir viviendo, como si la fuerza emanara del grupo (igual que si viniera de dios o del sentido común). La vida como superación de obstáculos y adversidades abona la idea de mérito personal. El grupo suele servir de marco o recuadro que destaca una virtud individual. Conviene al designado como mejor jugador de un equipo decir que las cosas salieron bien gracias al esfuerzo y el trabajo de todos.

Ideas políticas que conciben el trabajo en grupos como condición germinal de un cambio social, ¿se trasforman en prácticas profesionales que ofrecen terapias o mejoras del sí mismo en el mercado? Los grupos que se piensan como colectivos de enunciación de deseos revolucionarios, ¿se mimetizan con espacios técnicos de superación individual de inhibiciones o ataduras afectivas, emocionales, creativas, corporales? Los grupos como asambleas entre iguales que ponen en cuestión las relaciones de poder, ¿se ofrecen como hinchazón de un supuesto genio personal? Los grupos que denuncian que en los sufrimientos que se viven como dramas personales laten malestares de la historia, ¿incurren en exageraciones colectivistas? Los grupos que se preguntan cómo hacer para salir de la fascinación del ensimismamiento introspectivo para abismarse en el flujo anónimo en el que habla el presente social, ¿cometen excesos anti individualistas?




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