Lo arquetípico



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LO ARQUETÍPICO







PSICOLOGÍA PROFUNDA Y NUEVA ÉTICA

ERICH NEUMANN





Discípulo y amigo de Carl Gustav Jung, escribe este libro durante la segunda guerra mundial. Es uno de los más de 1200 autores referenciados por el Dr. Serge Raynaud de la Ferrière en su literatura, en este caso en el Tomo I de los Propósitos Psicológicos “Disertaciones Filosóficas. Simbología”.

Sinopsis

Edwin Rodríguez Paz



Una perspectiva analítica de la ética desde la psicología arquetípica junguiana aplicada a la vida social e individual










Introducción










Una expresión de esta severa crisis moral es la desesperación nihilista acerca del hombre, que constituye un rango esencial del arte y de la filosofía de nuestra época.
Los fenómenos de que habla este libro y de los que extrae sus consecuencias son esos procesos creadores, tendientes a la totalidad, que se cumplen en el hombre moderno. Se trata de una declaración de guerra contra una ética cuya eficacia ha llevada al hombre moderno al borde de la desesperación.
Señalar que una genuina actitud moral sólo puede nacer, si acaso, del respeto por el acaecer de la psique, es una de las aspiraciones esenciales de este trabajo.
Época en la que se manifiesta la incapacidad para dominar la naturaleza psíquica, el alma humana.
El hombre actual se halla en la funesta situación de no poder casi oponer a la consciente destrucción de los valores por obra del mal, sino una ética que ha perdido ya su eficacia anímica. La inseguridad interna del individuo que apela a los valores de la antigua ética judeocristiana, pero íntimamente no le encuentra ya efectividad y la siente inválida en su experiencia cotidiana, lo hace fácil víctima de la infección del mal.
La orientación religiosa constituía el fundamento de la orientación ética / pero la cuestión de si la “industria”, la “clase”, el “imperialismo”, la “nación” o la “raza” constituyen el fundamento del conflicto / si en esa lucha el individua va a ciegas o engañado porque las fuerzas dirigentes que motivan el conflicto se encuentran disimuladas / si lucha, sin saberlo, por aquello de que tales luchas son realmente síntoma / tales cuestiones, al parecer insolubles y respondidas de mil maneras diferentes, se agitan en la consciencia de cada uno de los que luchan como expresión de la caótica situación de nuestra época.










El carácter absoluto con que cada una de las ideologías mutuamente en pugna se ofrece como solución, “ayuda” ciertamente a la consciencia del individuo que logra dejarse poseer por una de ellas. Pero la ley psicológica según la cual todo fanatismo en lo consciente se compensa por una duda mucho más vigorosa en lo inconsciente, explica porqué tales ideologías tanto han contribuido de hecho a la confusión de nuestra época y tanto poco a su reorientación.













El individuo y su destino son prototipos respecto a lo colectivo: representan la retorta en que la comunidad destila sus venenos y contravenenos. Los sensitivos, los enfermos psíquicos y los hombres dotados de capacidad creadora son siempre los precursores. Su exacerbada permeabilidad a los contenidos del inconsciente colectivo – ese estrato profundo que determina la historia del acontecer grupal –, los hace más receptivos para los nuevos contenidos que afloran pero que para la colectividad no son percibidos todavía.
Así como el problema feminista fue anticipado por las mujeres del Romanticismo, así la crisis moral del siglo XX fue anticipada por Nietzsche –para limitarnos a un par de ejemplos.
Así se explica la desubicación histórica, el rumbo solitario y el desvío de esos hombres, pero también su carácter de proféticos precursores.









LA ANTIGUA ÉTICA











La negación de lo negativo
Ya aparezca como imagen conductora, el kalòs kài agathós de los griegos (“bello y bueno” ideal de perfección humana), la conducta del gentleman de los ingleses, la piedad de San Francisco o la observancia legal de los fariseos, siempre se trata de un bien cognoscible que se presenta como valor absoluto. Este valor puede regir como ley revelada o inmanente, como Idea contemplada o como imperativo de la razón. Siempre es un valor codificable y transmisible, que determina el modo de conducta humano “en general”.
El ideal de perfección puede y debe realizarse siempre por eliminación de los rasgos que se oponen a él. La “negación de lo negativo”, su exclusión violenta y sistemática, es el rasgo fundamental de ésta ética.







Supresión
Sacrificio con sufrimiento

Supresión y represión
Nuestra tarea consiste en investigar los efectos psíquicos que la antigua ética ha tenido sobre el ser humano de Occidente. Se advierten dos principios, dos métodos fundamentales, que han posibilitado la realización de la antigua ética: la “supresión” y la “represión”.
La “negación de lo negativo” como principio capital de la antigua ética, se manifiesta con máxima claridad en la “supresión”, en una eliminación con la cual el yo consciente se desvincula de todos los rasgos y tendencias personales que no corresponden al valor ético.
La disciplina y la ascesis son las formas más conocidas de este método de supresión. El santo judeocristiano, lo mismo que el mahometano y el hindú, mantiene distanciados de su realización específica los requerimientos del cuerpo y del sexo, el hombre observante de la ley excluye todas las tendencias opuestas a esas leyes y el gentleman rechaza de sí los rasgos opuestos a la imagen normativa a los que se ajusta.
La supresión es una actividad consciente del Yo sistemáticamente desarrollada y cultivada. Por ello es importante que con la supresión se realice un sacrificio que entraña sufrimiento.







Represión
Olvido de la existencia

Frente a la supresión, la “represión” constituye la forma más frecuente por la que la antigua ética impone sus valores. Con la supresión, los contenidos excluidos, la parte de la personalidad opuesta al valor ético, pierden su relación con el sistema consciente, se tornan inconscientes u “olvidados”, es decir, el Yo no sabe ya de su existencia.
Así, los contenidos reprimidos, al contrario de lo que ocurre en la represión, se sustraen al control de la cosnciencia, funcionan sin conexión con ella, y como lo ha señalado la psicologíap rofunda, llevan una vida subálvea y autónoma pero actuante, fatal para el individuo como para la colectividad.
La instancia con cuyo auxilio la antigua ética se impone en el individuo es la “consciencia moral”, la cual, como lo ha expuesto ya Spitteler en su “Prometeo y Epimeteo”, se contrapone a la “Voz” o expresión individual de lo psíquico.
Ciertamente, la afirmación de Freud de que la consciencia moral era originariamente “angustia social” y “nada más” fue más tarde revisada por él mismo, pero, si partimos de la distinción entre consciencia moral y Voz interna, su afirmación se mantiene válida.







Realidad individual

Una parte esencial de la instancia moral está condicionada por el ambiente, la sociedad y la época.
El coincidir con el canon de valores dominantes de la colectividad y elaborar el “Super yo cultural”, es lo que se llama tener la “consciencia tranquila”. Mientras que la “consciencia intranquila” es la discordancia con ese canon.
La consciencia del individuo sólo se desarrolla con ayuda de lo colectivo y de sus instituciones y de lo colectivo recibe los “valores vigentes” transmitidos, el Yo, como centro de lo consciente, se constituye normalmente en portador y representante de dichos valores.
La concordancia con los valores de la colectividad es la línea ética rectora del individuo que pertenece al grupo como una parte de él, y la consciencia moral es la instancia del sistema psíquico que, en sus reacciones, trata de establecer esa concordancia.
La interpretación freudianas del super-yo como la introyección de la autoridad externa es, en este sentido, exacta. La concordancia con los valores colectivos vigentes es, empero, una finalidad inalcanzable. Como los valores de la antigua ética son absolutos, es decir no relativos a la realidad del individuo aislado, el ajuste a esos valores constituye una de las más difíciles tareas vitales del individuo.







Redcom
Subversivo

Persona y Sombra



La represión y la supresión son losa métodos capitales con cuyo auxilio el individuo intenta realizar su ajuste al ideal ético. El resultado de tal intento es la formación de dos sistemas psíquicos en la personalidad: un permanece en general por completo inconsciente mientras el otro toma cuerpo en gran parte debido a la participación activa del Yo y de la consciencia.
El sistema psíquico que permanece más bien inconsciente es la Sombra, el otro, la personalidad aparente o Persona. La formación de la Persona es una realización esencial de la consciencia moral, con su auxilio son posibles las costumbres y las convenciones, la vida social de la comunidad y la ordenación moral de la sociedad.
La Persona, la “máscara”, aquello que uno vale y lo que parece en oposición a su verdadero ser individual corresponde al ajuste a las exigencias de la época, del medio y de la comunidad. La Persona es el vestido y el disfraz, la coraza y el uniforme, en el cual y tras el cual, el individuo se oculta, harto a menudo no sólo ante el mundo sino también ante sí mismo. Es la “actitud” tras la cual se disimula lo inestable e insostenible, la imagen válida tras la cual permanece invisible lo extraño y lo oscuro, lo desviado y lo misterioso conjugados con lo fantástico.
Una parte esencia de la educación estará siempre dedicada a la formación de la Persona, que torna al individuo “presentable” y “sociable” y lo persuade no de lo que es sino de lo que realmente se ha de considerar, con lo cual se concede en toda sociedad y en cualquier época una mayor participación al aprendizaje del no querer ver, del pasar por alto y de desviar la mirada, que al aguzamiento de la mirada, el desarrollo de la vigilancia y del amor a la verdad.
La oposición entre “consciencia moral” y “Voz interna” corrobora la conexión entre ética y formación de la Persona. Esta oposición se perfila con la mayor claridad en el fundador de un nuevo desarrollo ético o religioso, que siempre fue “infractor” y en cuanto tal, debió ser considerado como delincuente. Abraham destruyó los ídolos de su padre, los Profetas se emanciparon del sentir nacional religioso del pueblo judío, Jesús de la antigua Ley, Lutero del catolicismo, Sócrates introduciendo “nuevos dioses”, Marx y Lenin destruyeron el antiguo orden social.
El revolucionario está siempre del lado de la Voz interior y contra la consciencia moral de su tiempo. Los delincuentes de la voz interior son los precursores de una nueva ética.
La Persona, con la autoridad de la consciencia moral, excluye cierta cantidad de componentes psíquicos. Son en parte reprimidos y relegados al inconsciente, en parte se los mantiene conscientemente alejados de la vida de la personalidad por medio del control del Yo. Todas las cualidades, aptitudes y tendencias que no concuerdan con los valores de la colectividad, todo lo que recela de la luz de la opinión pública, se convierte en Sombra, lado oscuro de la personalidad no conocido ni reconocido por el Yo.
La Sombra es el “otro lado”, expresión de la imperfección y terrenalidad, lo negativo no coincidente con los valores absolutos, lo corpóreo en contraposición con lo absoluto y eterno de un alma que “no pertenece a este mundo”. La Sombra representa la unicidad, lo efímero de nuestra naturaleza, la condicionalidad y el límite, pero por eso mismo constituye también el sistema nuclear de nuestra individualidad.




Auténtica ilusión,

las apariencias


Ruina fracaso catástrofe

Inflación del Yo y “buena conducta”



La antigua ética conoce dos reacciones ante la situación psíquica creada por la consciencia moral. Ambas son fatales, con diversos alcances y efectos para el individuo.
La más frecuente, corriente para el ser humano medio:
1. El Yo se identifica con los valores éticos (Yo = ética), pasa a convertirse en identificación del Yo con la Persona (Yo = Persona). El Yo se confunde con la personalidad aparente, de por sí un recorte de la personalidad y olvida ser poseedor de lados que están en contradicción con la Persona. El Yo ha suprimido el lado de la Sombra y no mantiene contacto con los lados oscuros, que como negativos, han sido segregados del ámbito inconsciente.
2. El Yo se identifica con los valores éticos colectivos (Yo = valores colectivos), el Yo tiene la “consciencia tranquila”. Se siente el portador de la luz consciente del conocimiento humano y de la luz moral del mundo de los valores. El Yo se “infla”, lo consciente se siente invadido por un contenido inconsciente. La inflación de la “consciencia tranquila” es la infundada identificación de un valor muy personal, el Yo, con un valor suprapersonal, el individuo olvida su Sombra, o sea su corporeidad y limitación de criatura y con ello se cruzan la inevitable discordancia del Yo con los valores colectivos.
La represión de la Sombra y la identificación con los valores colectivos son dos aspectos de un mismo proceso. Yo = personalidad aparente, posibilita la represión, base de Yo = Persona con los valores colectivos.
Las formas en que se manifiesta la actitud ética de apariencia van desde la auténtica ilusión o desde la actitud de un “vivir como si” hasta la gazmoñería y la mentira hipócrita.
En ninguna época la identificación ilusoria del ser humano occidental con los valores – que tiende un velo sobre la realidad – ha sido mayor que en la época burguesa que está por finalizar. Pero, al contrario de lo ocurrido en tiempos anteriores, se ha tornado consciente, por diversos caminos, en la autocrítica del hombre moderno.
La fe del positivismo en el progreso fue precursora de la primera guerra mundial y la autoimposición del ser humano moderno como sentido y cumbre evolutiva de la creación, es el primer paso hacia la brural autoinstitución de la raza aria de señores, a través del nacionalsocialismo. El ilusionismo y la mentira en lo colectivo en la guerra y en la paz es causa y consecuencia del ilusionismo y la mentira de los individuos que en todos los terrenos manifiestan su actitud pseudocristiana, pseudohumanística, pseudolibral y pseudohumana.
La inflación del Yo significa siempre el desborde de un contenido más vasto, más vigoroso y más cargado de energía que lo consciente y determina por ello una especia de obsesión ejercida sobre la consciencia. Esta obsesión es peligrosa, obstruye la marcha del Yo y de la consciencia hacia una auténtica orientación realista. El predominio del contenido de que se ve poseída la consciencia lleva a la represión de los elementos reales que contradicen al contenido del elemento posesor, y la omisión de tales factores conduce muy luego a la catástrofe.
Toda fanatismo toda dogmatismo, toda unilateralidad lleva a la ruina por obra de los elementos reprimidos, suprimidos y omitidos.
La inflación del Yo por su identificación con los valores colectivos resulta funesta no porque los valores colectivos sean peligrosos, sino porque el individuo, limitado, al identificarse con lo suprapersonal (valores colectivos) pierde el sentido de sus límites y se convierte en inhumano.





Vuelo de Ícaro

La no identidad del individuo con lo suprapersonal es la base de su vida.

En el diferenciarse lo creatural limitado con la infinitud creadora se hace efectiva la unicidad e individualidad sel ser humano. Por la inflación esta situación fundamental se omite y el ser humano se torna quimera y espectro.






Sufrimiento
Era de p

Separatividad y credulidad


Visión de Mundo

La concepción dualista fundamental



La antigua ética era una ética de élite. La deshumanización como consecuencia de la inflación del Yo se impedía por un fenómeno psíquico vinculado con la supresión y el sacrificio: el sufrimiento.
La tendencia ascética de ésta ética va siempre acompañada por el sufrimiento consciente del individuo por su escisión existencial en las “dos almas”: la parte rechazada y suprimida y la consciencia que afirma los valores.
Que el sufrimiento asuma las formas de la renuncia ascética, la victoria heroica, el abandono en la fe o la estricta fidelidad a la ley, es de segunda importancia en el propósito de este libro.
El objetivo de la antigua ética es la exigencia: “Sea el hombre noble, compasivo y bueno” o sus derivaciones: piedad, fe, valor, fortaleza, abandono en Dios, prudencia.
La concepción es así dualista: reconoce el mundo dominado por el contraste luz y sombra, divide la existencia en dos hemisferios: puro e impuro, bueno y malo, Dios y el diablo, y ordena la tarea del ser humano en ese mundo dualísticamente escindido. El Yo debe ser el representante del lado luminoso. El individuo queda escindido en un mundo de valor y de no-valor.
Este dualismo es claro en las formas iránia, judeocristiana y gnóstica, divide el mundo en dos: mundo superior e inferior. La realidad del ser humano occidental está determinada hasta hoy por dicha bipartición.




Energética

El sufrimiento y la supresión



En la represión el contacto con los contenidos oscuros –motivado por el sufrimiento – queda anulado por la segregación de lo inconsciente.
En la supresión el sufrimiento permite a lo suprimido mantener una vida relativamente sana, pues no está, como lo reprimido, acometido y dominado por el lado oscuro de lo inconsciente.
Los dos métodos – supresión y represión – exigen que lo colectivo tenga que pagar por la falsa virtud del individuo.
El Yo sacrifica a lo suprimido un considerable aporte de energía psíquica. La energía empleada para la supresión funciona en parte como equivalente psíquico de la no realización del contenido suprimido. La energía que habría debido invertirse en la realización de este contenido se ofrece en cambio en forma de caudal energético necesario para lograr la supresión. El equivalente energético permanece sujeto por medio del contenido rechazado y se invierte en la erección de barreras y obstáculos y en los mecanismos de actitud que son instrumentos de la supresión.




Culpa
Epidemias

Sentimiento de culpa, proyección de la Sombra y psicología de la víctima expiatoria

El vigor de la consciencia moral se manifiestas por un sentimiento de culpa que en la supresión es consciente y es inconsciente en la represión.


El sentimiento de culpa corresponde a la percepción de la Sombra, que en la supresión se expresa en sufrimiento, pero en la inflación y en la represión permanece inconsciente.
La Sombra opuesta a los valores, no puede ser aceptada como parte negativa de la propia estructura anímica y se las proyecta – se la vierte al exterior – y se experimenta como algo ajeno. Se la combate, castiga y desarraiga como lo “ajeno exterior”, en ves de lo “interno propio”. Esto constituye un gran peligro para el ser humano.
La institución psíquica aludida es la víctima expiatoria. En el ritual judío, la purificación grupal se realizaba acumulando lo malo e impuro en un macho cabrío que era expulsado luego al desierto de ‘Azâzêl. Lo malo era arrojado fuera de la comunidad y de su consciencia, hacia lo desconocido y lo inconsciente.
Los conflictos psíquicos inconscientes de los grupos y masas se exteriorizan en estallidos epidémicos, guerras y revoluciones violentas en que las fuerzas colectivas acumuladas en el inconsciente se tornan dominantes e imprimen un curso a la historia.




Grupos de extraños
Grupos negadores de lo negativo

Objetos, formas y realizaciones de la psicología de la víctima expiatoria



En el estadio de la psicología de la víctima expiatoria domina el grado más primitivo de la ética, el de la responsabilidad e identidad grupal.
Para los seres humanos primitivos y el hombre-masa de cualquier pueblo, reaccionando como hombre primitivo, el mal en general no puede ser reconocido como “suyo propio”, pues la consciencia se halla aún desarrollada de modo rudimentario como para poder enfrentar el conflicto resultante. Así, las víctimas de la proyección de la Sombra son siempre y en todas partes, los extraños.
En el herético se combate la propia duda religiosa, en el adversario político la inseguridad política propia, en el enemigo nacional el reconocimiento de la unilateralidad del propio punto de vista nacional.
La consciencia de no hallarse a la altura de los que se han presentado como valores rectores conduce a la formación de la Sombra, a la vez al sentimiento inconsciente de culpa y a la inseguridad interna, porque la Sombra impugna la representación que se hace el Yo de identificarse con los valores.
El segundo grupo que representa la víctima de esta psicología está constituido por los “deficientes éticos”, los que no responden a valores absolutos de lo colectivo ni están en condiciones de lograr el ajuste ético por la formación de una personalidad aparente.
Los deficientes éticos: psicópatas, enfermos y atávicos, los que pertenecen psíquicamente a una época primitiva, son castigados, desterrados o ejecutados por la justicia y los procedimientos penales. Esto ocurre cuando la colectividad no halla empleo para este grupo, en tiempos de guerra se los utiliza de buena gana.
Un tercer grupo elegido como víctima expiatoria es el de los superdotados, los caudillos y los hombres de genio. La tendencia primitiva los utiliza para la purificación del propio grupo sacrificándolos como víctimas expiatorias rituales. Probablemente reducto del totemismo. Sócrates, Jesús y Galileo pertenecen a esta serie interminable.
Toda guerra de religiones o guerra en general, toda lucha entre partidos o clases muestra la conexión entre la consciencia tranquila del sistema consciente y la irrupción de la Sombra en el obrar.
Aquí también distinguimos dos grupos:

  1. El de los que suprimen el lado de la Sombra y en quienes la actitud vital ascético-heroica va unida al sentimiento de culpa y al sufrimiento.

  2. El de los que reprimen, tanto el sentimiento de culpa como el sufrimiento a él, permanecen inconscientes.

En ambos grupos, como consecuencia de la negación de lo negativo, se encuentra un fortalecimiento inconsciente de lo negativo, que llega hasta el sadismo y a un brutal placer destructor.


La diferencia entre amos radica sólo en que en el grupo ascético el sadismo se halla próximo a la consciencia y asume una forma racional sistemática, mientras que en el otro grupo, el de la masa, el sadismo se torna emoción animal y violenta de la consciencia.
La Inquisición como el puritanismo, el judaísmo legalista de los fariseos como la disciplina prusiana, se hallan bajo esta ley psicológica.
El grupo psíquicamente escindido por la identificación de la consciencia con los valores y por la inconsciencia de la Sombra muestra, junto al sentimiento de culpa inconsciente, una inseguridad psíquica como compensación de la auto-justificación consciente.



La represión se ve siempre obligada a tomar las armas contra la percepción de la Sombra, pues la vigorización inconsciente de ésta hace difícil a la consciencia y al Yo no tomar conocimiento de ella alguna vez.

La escisión interna por percepción de la Sombra conduce entonces a un sentimiento de inferioridad inconsciente y a las formas de reacción descubiertas por Alfred Adler.


Dentro de lo colectivo la auto-justificación ha hallado su expresión en la antigua pedagogía y en el sistema penal. Castigo, intimidación, tortura, ejecuciones, presidios, penitenciarías, correccionales, prisiones preventivas, escuela, familia... son para la Sombra, en diverso grado formas institucionales de la ética colectiva, expresiones descollantes y terribles campos de acción.
Toda justicia fundada en el castigo y no en el conocimiento, es en el reo que ha cometido el mal, la colectividad es culpable y cómplice, es solo una forma disimulada de linchamiento.




Santa Fe de Bogotá, D.C. Septiembre 2000

BIBLIOGRAFÍA




Erich Neumann. PSICOLOGÍA PROFUNDA Y NUEVA ÉTICA.

Compañía General Fabril Editora Buenos Aires 1960.



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