Libro segundo



Descargar 0.87 Mb.
Página5/7
Fecha de conversión23.12.2018
Tamaño0.87 Mb.
Vistas139
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7

CAPITULO IV - ANAXÁGORAS




I



o
s coetáneos se hallan ante nosotros. Sus pen­samientos escrutan los mismos problemas, sus investigaciones se basan en premisas iguales, sus resultados muestran rasgos de sorprenden­te parentesco. Y sin embargo, ¡qué contraste! Uno es poeta, y el otro, geómetra; uno posee­dor de ardiente imaginación, y el otro, de inteligencia fría y sobria; uno jactancioso y lleno de orgullosa presunción, y el otro, modesto, desaparece del todo detrás de su obra; uno embriagándose de imágenes exuberantes y el otro de una sen­cillez sin adornos en la expresión; uno, de tanta plasticidad y tan multiforme que parece desleído, el otro rígido y conse­cuente hasta lo absurdo. Cada uno de ellos se distingue en má­ximo grado por lo que al otro le ha sido más o menos nega­do: Empédocles, por la abundancia de aforismos bri­llantes, ingeniosos, muchas veces incisivos; su coetáneo, de edad algo mayor, por la firme solidez del edificio unido y po­deroso de su pensamiento.
Con Anaxágoras, la filosofía y las ciencias natu­rales transmigraron de Jonia al Ática 37. Llegó al mundo de 500 a 499 a. de J. C. en Clazomenea, en la inmediata vecindad de Esmirna, siendo hijo de padres nobles. Se dice que descuidó su patrimonio y se dedicó temprana y exclusivamente al afán fi­losófico. Ignoramos qué escuela frecuentó y dónde adquirió su 248 ciencia. Pues aun cuando en muchos puntos se basa en las doc­trinas de Anaximandro y de Anaxímenes, la tradición, que lo llama discípulo del último, está en contradicción con los hechos cronológicos. A la edad de cuarenta años aproximadamente es­tableció su residencia en Atenas. Allí fue considerado digno de la amistad del gran estadista que se esforzaba por elevar a Atenas al rango de centro tanto literario como político de la Hélade. Durante la vida de toda una generación, fue adorno de aquel círculo que Pericles había reunido en torno suyo, pe­ro también había de ser arrastrado al torbellino de las pasio­nes de partido. Cuando, alrededor del comienzo de la guerra del Peloponeso, empezó a palidecer la estrella del brillante es­tadista, se dirigió una acusación de lesa religión tanto contra la encantadora y muy talentosa compañera de su vida como contra su amigo filósofo. El exilio lo devolvió a su patria en el Asia menor, y en Lámpsaco, rodeado de discípulos entraña­bles, terminó a la edad de setenta y dos años (428 o 427 a. de J. C.) su existencia intachable. De su obra, dividida en varios li­bros y redactada en una prosa sin arte, pero no sin gracia, nos han llegado considerables fragmentos. La publicó después de 467 a. de J. C., año en que aconteció una formidable precipi­tación de meteoritos, de la cual trata en la misma, y éste fue, dicho sea de paso, el primer libro provisto de diagramas que poseyó la literatura griega.
El problema de la substancia le preocupó tanto como a sus compatriotas jónicos más antiguos; pero la solución que dio él, fue altamente original y, a la vez que lo separa por com­pleto de sus precursores, demuestra que no experimentó ni la menor influencia por parte del nuevo movimiento crítico inau­gurado por los eleatas. Si conoció el poema didáctico de Par-ménides, el contenido del mismo se deslizó por su espíritu sin causar el menor efecto, porque ni una sílaba de los fragmentos conservados, ni una palabra de los antiguos testimonios que los completan, suministra siquiera el más ligero indicio de que haya considerado en alguna forma —para no hablar de todo el resto— las dudas expresadas por Parménides con tanta in­sistencia respecto de la validez del testimonio de los sentidos, 249de la multitud de las cosas, o de que haya hecho la más míni­ma tentativa de aclarar su posición frente a estos problemas. Muy por el contrario: la confianza incondicional en lo que enuncian los sentidos, es el fundamento de su sistema; no la mera multitud de las cosas, sino la cantidad poco menos que inagotable de entidades fundamentalmente distintas desde el comienzo, es el núcleo central propiamente dicho del sistema. Tanto más sorprende, al menos por un instante, encontrarlo, en lo referente a aquel postulado doble que aquí hemos discu­tido ampliamente, ocupando exactamente el mismo punto de vista de Parménides: ningún nacer, ningún perecer y ningún cambio de propiedades. "Del nacer y del perecer los griegos no hablan con exactitud. Porque ninguna cosa nace ni perece, sino que de cosas existentes se compone por mezcla, y por disgrega­ción se descompone en estas mismas cosas; y de este modo, con mayor razón llamarían al nacer una mezcla y al perecer una disgregación". Ya hemos sido instruidos de cómo de este primero de los postulados, la "antigua teoría común de los fi-sicos, no discutida desde ningún lado" —para citar nuevamen­te la palabra significativa de Aristóteles— ha podido surgir el segundo, más joven (que ya vimos asomar en Anaxíme-nes); pero sabemos por algo más que por suposiciones cómo surgió realmente en el espíritu de Anaxágoras, ya que un pe­queño fragmento, desdeñado durante mucho tiempo a pesar de la importancia de su contenido, lo ha puesto en plena evi­dencia (cf. pág. 209).
De esta tríada de tesis —las cosas son constituidas tal como lo revelan los sentidos; no han devenido ni son destruc­tibles, y lo propio ocurre con sus cualidades— surgió la forma de la teoría de la substancia que lleva al frente el nombre de Anaxágoras y que es bien característica del férreo rigor de su pensar como de la falta de lo que para el investigador de la naturaleza quizá sea aun más imprescindible que aquél. Nos referimos al temor instintivo de internarse por caminos del pensamiento que nos alejen tanto más de la verdad cuanto más consecuentemente sean perseguidos. Porque aquella teoría es bien exactamente lo contrario de lo que la ciencia nos ha enseñado 250 sobre la substancia y su composición. Las combinacio­nes, en realidad sumamente complicadas (a saber las orgáni­cas) , son consideradas por el clazomeneo como substancias fun­damentales o elementos; otras, igualmente no simples, pero incomparablemente menos complicadas, como lo son el agua o la mezcla que forma el aire atmosférico, son consideradas por él como las combinaciones más compuestas. Si alguna vez un espíritu eminente se ha internado por un camino erróneo, si­guiéndole después con inquebrantable fidelidad y persistencia, ése fue Anaxágoras en su teoría de la substancia, que es a los resultados de la química exactamente como el reverso de una alfombra lo es con respecto al anverso. Su razonamiento es el siguiente. Un pan se halla ante nosotros. Ha sido obte­nido de substancias vegetales y coopera a la construcción de nuestro cuerpo. Pero los componentes del cuerpo humano (o animal) son muchos: piel, carne, sangre, venas, tendones, car­tílagos, huesos, pelos, etc., y cada una de estas partes se dis· tingue de la otra por su claridad o su oscuridad, su blandura o su dureza, su elasticidad o su rigidez, etc. ¿Cómo es posi-ble que la rica variedad de estas cosas surja de un sólo pan, ho­mogéneo en sus propiedades? No es verosímil un cambio de las cualidades. No queda sino la suposición de que las numerosas formaciones de substancias que muestra el cuerpo humano ya están contenidas todas como tales en el pan que nos alimenta. Su pequenez las sustrae a nuestra percepción. Porque los senti­dos padecen de una falla, su "debilidad", los límites estrechos de su facultad de percepción. El proceso de la alimentación reúne las partes minúsculas y las hace visibles a nuestro ojo, palpables a nuestro tacto, etc. Lo que se dijo del pan es aplica­ble también al cereal del que el pan ha sido hecho. Pero, ¿có-mo pudo entrar en éste la variada cantidad de partículas subs-tanciales si no existía ya en la tierra, en el agua, en el aire, en el fuego ( el sol), de donde el cereal ha obtenido su alimento? Y como tantos y tan distintos seres toman su alimento de las mismas fuentes, es necesario que se encuentre allí también la cantidad máxima de variadas partículas de substancias. Tierra, agua, fuego, aire, los cuerpos aparentemente más sencillos de 251 todos, son en realidad los más compuestos. Están llenos de "si­mientes" o de substancias fundamentales de toda clase imagi­nable y son poco más que meras concentraciones o depósitos de las mismas. Y lo mismo que toda propiedad de partes del cuerpo humano, el perfume de toda hoja de rosa, la dureza de todo aguijón de abeja, el colorido de toda cola de pavo real pertenecen desde toda eternidad a las protopartículas que en circunstancias favorables se juntan para presentarnos éstas o infinita cantidad de otras formaciones. Cuántas variedades nos revelen los sentidos, hasta en los matices más finos y más imperceptibles de ellas, cuántas combinaciones de las mismas se reúnan en la unidad de una formación de substancias, tan inagotablemente numerosas deben ser las protosubstanciás.
¿Quién no ve que el contenido de esta doctrina está en la más aguda contradicción con los resultados reales de las cien­cias naturales modernas? Pero —y esto hay que tenerlo bien en cuenta— entre el método y las aspiraciones de ambos rei­na, a pesar de todo, la más sorprendente concordancia. Para nuestro sabio también se trata de llegar a la comprensión ínte­gra de lo que sucede en el universo. Los procesos químicos son reducidos a mecánicos; hasta los hechos fisiológicos son des­pojados del más tenue hálito de mística, también ellos son con­siderados desde el punto de vista de la mecánica. Porque las combinaciones y separaciones, en una palabra, los cambios de posición, son los que están destinados a explicar todas las más misteriosas alteraciones y transformaciones. La teoría de la substancia del clazomeneo es una tentativa, aunque burda y prematura, de entender todos los hechos materiales como con­secuencias de movimientos. Ignoramos en gran parte cómo es­ta teoría fundamental fue concebida en sus detalles. No tene­mos ni la menor contestación al problema de cómo Anaxágoras trató de justificar las transformaciones del aspecto y de la pro­piedad de las cosas que acompañan la alteración del estado de agregación. A este respecto sólo conocemos una proposi­ción un poco enigmática: la nieve debería ser oscura como el agua de que nació, y al que esto sabe dejaría también de apa-recerle blanca. Comprendemos la dificultad con que tropezó 252 aquí su teoría de la substancia: "¿Cómo es posible que el cam­bio producido por el frío en la disposición de las partículas de agua explicara el cambio de color que se produce al mismo tiempo?". De nada hubiera servido en este caso invocar la "de­bilidad" de nuestra percepción sensorial. Debido a la firmeza de su convicción de que las partículas de agua tienen que man­tener su color oscuro en todas las circunstancias, el gran pen­sador resultó en este punto, así nos atrevemos a suponerlo, víctima de un grosero error de los sentidos. Para observar con toda la nitidez posible, puede ser que haya dirigido su mirada con tanta insistencia sobre la blanca alfombra, brillante bajo el sol, con que el invierno cubre el paisaje, que su ojo haya co­menzado a verla negra y que en esta ilusión óptica haya creí­do ver una confirmación de su opinión preconcebida. Recor­dando la falsa interpretación de hechos físicos que en forma apenas menos aguda hemos encontrado en Anaxímenes (pag. 89), no consideraremos imposible este grosero error de ob­servación 38. La suposición, enunciada primero por Heráclito, de partículas invisibles de substancia y de movimientos invi­sibles de ésta, le sirvió para desvirtuar la objeción que los re­presentantes de la antigua doctrina de la protosubstancia no podían menos que presentar en contra de su teoría: "¿Cómo es posible que cosas fundamentalmente distintas se influyan re­cíprocamente y se hagan sufrir recíprocamente?". "En cada una —así contesta— se contiene parte de todas las demás". "Las cosas en este mundo único no están separadas (por com­pleto) ni cortadas unas de otras como con una hacha" (esta es. dicho sea de paso, la única expresión figurada que encon­tramos en la larga serie de sus fragmentos); pero cada cosa recibe su dominación de acuerdo con la clase de substancia que se encuentra en ella en mayor cantidad y que, por lo tanto, predomina. Y acallaba la duda sobre la realidad de lo invisi­ble en general recordando la resistencia que el aire, igualmen­te invisible, por ejemplo en un odre inflado, opone a nuestras tentativas de oprimirlo.
253

II



La cosmogonía de Anaxágoras se mueve, hasta cier­to punto, por las vías que había trazado Anaximandro y que ninguno de sus sucesores había abandonado seriamente 39. Pa­ra, él también reina al principio una especie de caos. Pero el lugar de la protosubstancia única de extensión ilimitada" lo ocupa el sinnúmero de protosubstancias de extensión igual­mente ilimitada: "Todas las cosas estaban reunidas"; las pro topartículas infinitamente pequeñas y desordenadamente mez-cladas formaban un confuso conglomerado primordial. Su in-distinguibilidad corresponde a la no división del ser universal único de Anaximandro. Las "simientes" o elementos dotados desde un comienzo con particularidades materiales no necesi­taban de una "segregación" dinámica, pero sí de una separa­ción mecánica. Anaxágoras no se creía en la obligación de de­ducir o de construir de acuerdo con analogías conocidas el proceso físico que para ello se necesitaba; creía verlo en otro que hoy todavía se produce y que tiene lugar todos los días y todas las horas ante nuestros ojos: la revolución (apa­rente) del edificio celeste. Esta revolución no sólo habría pro-ducido en los tiempos iniciales la primera separación de la substancia, sino que continuaría aún produciéndola en otras regiones del espacio universal. Esta tentativa de ligar el pasa­do más remoto con el presente inmediato, y éste, a su vez, con él más lejano porvenir, revela una firmeza de la fe en la homo geneidad de las fuerzas que operan en el universo y en la con-tinuidad de todo lo que ocurre en el universo, que despierta nuestro vivo asombro y forma el contraste más agudo con el modo de pensar mítico de épocas anteriores. Si preguntamos cómo aquella revolución podía producir el efecto que se le atribuye, la contestación es aproximadamente la siguiente: en un punto del universo habría tenido lugar primero un movi­miento rotativo que abarcaba, y no dejará nunca de abarcar, círculos cada vez más vastos. Como punto de partida de este movimiento puede considerarse con alguna probabilidad el po­lo septentrional del cielo; en cuanto a la propagación del movimiento 254, será difícil imaginarla de otra forma que en líneas circulares y trasmitida por medio del choque o la presión que cada partícula de substancia ejerce sobre las que la rodean. Sólo así, el primer toque de cuyo origen nos ocuparemos en seguida, podía producir en forma natural los efectos inmensos que Anaxágoras le atribuye. La "violencia y velocidad" supe­riores a toda medida terrestre de este movimiento de rotación, habría relajado con sus zarándeos y sacudidas (éste ha sido evidentemente el pensamiento del clazomeneo) la cohesión de la masa, hasta entonces firmemente concentrada; habría su­perado la fricción interna de las partículas de substancia, y con ello les habría permitido seguir el impulso de su gravita­ción específica. Sólo en ese momento masas de substancia ho­mogénea pudieron y debieron formarse y colocarse en distin­tas regiones del universo. "Lo espeso, fluido, frío y oscuro, se concentró en el lugar en que se encuentra ahora la Tierra" (a saber, en el centro del universo), "lo tenue, pálido y seco, en cambio, se retiró hacia las lejanas afueras del éter". Se ad­vierte cuan infinita es la cadena de efectos que se inicia con este hecho inicial, con el comienzo de la rotación en un sector limitado del espacio. Pero el mismo proceso necesitaba ser ex­plicado; también él debía tener una causa. Las analogías físi­cas abandonan aquí a nuestro filósofo, que recurre a lo que de un modo a medias justificado se puede llamar una interven­ción sobrenatural. De un modo a medias justificado, decimos. Porque si el agente que llama en su auxilio no es enteramente material, tampoco es enteramente inmaterial 40; si no es ma­teria común, tampoco es una deidad; y sobre todo, si bien es llamado "ilimitado y soberano", de su poder se hace un uso tan reducido, más aún, tan excepcional, que un verdadero do­minio sobre la naturaleza se le puede conceder por prin­cipio, pero de ningún modo atribuir de hecho. Porque aquel primer toque lo habría dado el Ν o u s , una palabra que preferimos no traducir, porque toda traducción, sea por "es­píritu", sea por "substancia pensante", impone a su carácter un rasgo extraño. Según la propia declaración de Anaxágoras, es "la más fina y más pura de todas las cosas", es "la única 255 que no está mezclada a otra cosa, pues si estuviera mezclada a alguna otra, entonces" (piénsese en lo dicho anteriormente sobre la separación imperfecta de las substancias) "participa-ría también de todas las otras y la mezcla impediría que tu-viera el mismo poder sobre alguna cosa", como el que posee aho­ra en su estado sin mezcla. Pero si de acuerdo con esto y las declaraciones posteriores de que el Nous posee "toda ciencia sobre toda cosa", sobre "lo pasado, lo presente y lo futuro", y que además le pertenece la "suprema fuerza", podemos estar tentados de identificarlo con la suprema divinidad, se oponen a ello otras determinaciones no menos esenciales. Se habla de un "más o menos" del Nous, se lo caracteriza de divisible y de "inherente a muchas cosas", expresión que se refiere a to­dos los seres animados.
Dos móviles muy diferentes cooperaron a la génesis de esta teoría y, al mismo tiempo, se tuvieron mutuamente en jaque. Lo que en el universo denota orden, belleza, principal­mente todo aquello que gracias a una hábil adaptación a otros factores produce la impresión de ser un medio para un fin, to­do ello lleva a la idea de que hay una conciencia que obra y una intención que opera. En, efecto, el argumento teleológico sigue siendo hasta hoy el arma más fuerte en el arsenal del teísmo filosófico. Pero mientras otros pensadores posteriores consideraban que sólo un ser desligado de toda materialidad es­taba a la altura de aquella tarea, Anaxágoras creía poder con­tentarse con una especie de fluido o éter, del mismo modo que Anaxímenes había aceptado el aire y Heráclito el fuego como tos representantes de una inteligencia cósmica, si bien, en ver­dad, no les proponían finalidad alguna, y que nueve de cada diez de los filósofos antiguos consideraron el "alma" indivi­dual, no como substancia inmaterial, sino como substancia ma­terial extremadamente sutilizada y móvil. [Pero aquella doc­trina con la cual el problema teleológico hizo su primera apa­rición para no desaparecer jamás, ocultaba un serio peligro para el progreso del conocimiento de la naturaleza] Pero el pensador en muchos otros casos sobremanera consecuente, fue, por suerte, inconsecuente esta vez. Tanto Platón como Aristóteles 256 le censuran esta falta de consecuencia, y se muestran sumamente encantados de la introducción del nuevo agente, pero poco satisfechos de su empleo como mero expediente o sucedáneo 41. Anaxágoras, así se quejan, utiliza el Nous só­lo como el poeta dramático utiliza el "deus ex machina", al que hace bajar del cielo y cortar violentamente el nudo de la situación cuando ningún medio más moderado es suficiente para desenredarlo. En la explicación detallada, en cambio, adu­ciría también "corrientes de aire y éter y otras cosas extra­ñas", en una palabra todo menos su fluido dotado de razón. Pero si hubiera procedido de otra manera y preferido (como lo exige Platón, a quien citamos ya en la frase anterior) rea­lizar su investigación más bien por completo desde el punto de vista de lo "mejor" y si en cada una de las partes del pro­ceso no hubiera preguntado cómo y en qué circunstancias se realiza, sino por qué y para qué finalidad tiene lugar, en­tonces su contribución al tesoro del saber hubiera resultado aun incomparablemente más modesta de lo que es en reali­dad. Sin embargo, él evitó desviarse, porque de una desvia­ción se trataría ya tan sólo a causa de la estrechez de nues­tro horizonte y de la imposibilidad resultante de ella de adi­vinar las intenciones de un ser director del universo. Ana-xágoras era no sólo medio teólogo, sino también un naturalis-ta entero, aunque muy unilateralmente dotado. Y en efecto, a sus contemporáneos les pareció nada menos que el modelo de un naturalista, en gran parte sin duda porque la nueva teología —sí se puede llamar así la teoría del nous— lo li­bró por completo de las ataduras de la vieja mitología. Tam­bién los grandes objetos naturales ya no eran para él seres divinos, sino masas de substancia que obedecen a las mismas leyes naturales que todos los otros mayores o menores con­glomerados de materiales. El hecho de que, por ejemplo, en el sol no haya visto al dios Helios, sino nada más y nada menos que un "conglomerado candente", es motivo de continuos la mentos de sus coetáneos. Sólo en aquel único punto de su teoría, en lo demás enteramente mecánica y física, de la formación del cielo y del mundo, se vió obligado a suponer una única 257intervención. Pero aquel primer toque por medio del cual el proceso cósmico, en reposo hasta entonces, se ha puesto en movimiento, recuerda en forma llamativa aquel primer toque que, según la suposición de muchos astrónomos modernos, la divinidad diera a los astros. Mas me equivoco; la prime­ra suposición no sólo recuerda la otra, sino que ambas son casi enteramente idénticas. Están destinadas a llenar exac­tamente la misma laguna en nuestro conocimiento. Ambas na­cen de la misma necesidad de introducir en la mecánica del cielo, al lado de la gravedad, una segunda fuerza de origen desconocido. Y que no se nos interprete mal. No se nos ocu­rre atribuir al clazomeneo una anticipación de la teoría so­bre la gravedad Newton o el conocimiento del paralelógra-mo de fuerzas y del hecho de que las órbitas de los astros están compuestas de dos componentes, constituidos, uno, por la fuer­za de la gravedad, y, otro, por la fuerza tangencial proveniente de aquel impulso prístino. Pero cuanta afinidad existe entre su pensamiento y los principios de la astronomía moderna, lo demostrará una breve reflexión. En la continuación de su cos­mogonía, Anaxágoras enseñaba que el sol, la luna y los as­tros habían sido arrancados del punto central del universo, la Tierra, por medio de la fuerza de la revolución cósmica. Suponía, pues, proyecciones análogas a las que presupone la teoría de Kant y de Laplace sobre la formación del sistema solar. Encontraba su causa en lo que nosotros denominamos fuerza centrífuga, fuerza que, en todo caso, no podía produ­cir ese efecto antes que dicha revolución comenzara y hubie­ra alcanzado un grado considerable de fuerza y velocidad. Por otra parte, a propósito de la caída, mencionada más arriba, del gigantesco meteorito de Egospótamos, comparado a una rueda de molino, Anaxágoras declaró que del mismo modo que esta piedra había caído del sol, todas las masas astrales se precipitarían sobre la tierra tan pronto disminuyera la fuerza de la revolución y dejara de mantenerlas en sus órbi­tas. De esta manera, los distintos caminos especulativos lo condujeron siempre al mismo punto de partida, digamos al mismo primordial misterio mecánico. La gravedad (de la que, 258 por otra parte, tenía una idea insuficiente, pues implicaba la absoluta falta de peso de ciertas substancias) no le parecía bastante para explicar la separación de las masas substancia­les y el origen, la continuidad y los movimientos de los as­tros y del edificio celeste. Deducía la acción de una fuerza opuesta a ella que desencadena una serie de efectos infinitos e indispensables para comprender el proceso cósmico, tanto por medios directos como por medios indirectos, lo último principalmente al ofrecer a la fuerza centrífuga el motivo de entrar en acción. El origen de esta fuerza se le aparece en­vuelta en impenetrable oscuridad. Lo reduce a un empuje des­tinado a completar el efecto de la gravedad de la misma ma­nera como aquel impulso en que los predecesores de Laplace creyeron encontrar el punto de partida de la fuerza tangen­cial.

III

La inspiración auténticamente científica de nuestro filó­sofo se manifiesta sobre todo en el hecho de que en los pun­tos en que los hechos no le dejan otro camino, no retrocede ante hipótesis atrevidas, pero que después, empleando una sorprendente fuerza de pensamiento, sabe darles tal forma que ellas —al igual que los productos más eminentes del arte le­gislativo— satisfacen al mismo tiempo una cantidad grande de exigencias. Con un mínimo de hipótesis pretende dar un máximo de explicaciones. La exposición del capítulo ante­rior ha demostrado suficientemente en qué grado supino logró aquella finalidad en lo referente a la intervención, en cierto sentido sobrenatural, que admite una sola vez. De la misma tendencia espiritual surgió —por eso hay que mencio­narla aquí— la extraña tentativa de explicar la superioridad intelectual del hombre. Anaxágoras la redujo a la posesión de un solo órgano, la mano, comparándola probablemente con la parte correspondiente del cuerpo de aquellos seres animados que son más próximos a nosotros por su estructura. Ello nos recuerda la frase de Benjamín Franklin sobre "el ser que produce 259 herramientas". Aun cuando esta deducción, cuyos deta-lles desconocemos, substituya el todo por una parte, revela aquel recelo profundamente arraigado ante la premisa acu­mulada de diferencias específicas, y en general, de hechos pri­mordiales inexplicables, recelo que más que ningún rasgo dis­tingue la fisonomía del pensador verdadero de la del filoso­fastro.


El resto de la astronomía de Anaxágoras se diferencia po­co del vetusto andamiaje de sus antecesores milesios. Casi con­sideraríamos al gran hombre no enteramente libre de aquella ufanía de los jonios de las doce ciudades, que Herodoto fus­tiga con burla tan amarga. Tan inaccesible se muestra a to­das las influencias espirituales que no provienen de su tierra natal. La forma esférica de la Tierra, proclamada por Par-ménides, le era desconocida y le parecía inverosímil. Coinci­de con Anaxímenes en lo referente a la forma chata de la tierra y la explicación de su inmovilidad. Pero aquí tropeza­mos con una dificultad, actualmente insoluble, y más aún, ape­nas advertida hasta ahora 42. Si consideraba verdaderamente (como lo asegura Aristóteles) que la Tierra, igual que una tapa, cierra el centro del cosmos y reposa sobre algo como una almohada de aire, puesto que el aire que se encuentra bajo ella no puede escapar, entonces no se comprende cómo podía admitir (según testimonios igualmente fidedignos) que los as­tros se muevan también debajo de la Tierra. En los tiempos primitivos, es cierto, éste no habría sido el caso, ya que los astros giraban lateralmente alrededor de la tierra o, con otras palabras, no desaparecían nunca del horizonte. Porque según él, la inclinación del eje de la tierra, que parece haber con­trariado la necesidad de regularidad, que nuestro pensador sentía tan fuertemente, se habría producido sólo posteriormen­te (sin que tengamos noticia de los motivos de tal aconteci­miento), después de los comienzos de la vida orgánica; esto último evidentemente porque tal acontecimiento extraordina­rio parecía presuponer condiciones muy distintas de las actual­mente reinantes y concordar mejor con una primavera per­manente que con el cambio de la estaciones. Su concepto de 260 la extensión de los cuerpos celestes es todavía bastante infan­til. Έl volumen del sol sería más grande que el del Pelopone-so. Su explicación del solsticio no es más feliz: el espesor del aire sería lo que obliga al astro a retrogradar. Y la luna, a causa de su temperatura más baja, sería menos capaz de re­sistir al aire espesado y por ello obligada a retroceder con más frecuencia. A pesar de ello, como astrónomo, si no nos engañan los testimonios, Anaxágoras cuenta con un éxito im­portante 43. Habría sido el primero que estableció la teoría exac­ta sobre las fases de la luna y los eclipses, aun cuando echó a perder ésta última al creer que los eclipses eran motivados no por la sombra de la Tierra y de la luna, sino también (co­mo lo hizo Anaxímenes) por astros desprovistos de luz. Su­mamente característico, tanto de las debilidades como tam­bién de los méritos de su espíritu de investigador, es el en­sayo de explicar la acumulación en masa de astros en la Vía Láctea 44. Ésta no sería otra cosa que una apariencia, debida al hecho de que en esta región del cielo la luz de las estre­llas resalta de la sombra oscura de la tierra. Evidentemente, hizo el siguiente razonamiento: la luz del día, de un modo general, nos impide ver los astros que se encuentran en el cielo. Sólo la oscuridad de la noche los hace visibles. Por lo tanto, un aumento de oscuridad ha de ir parejo con un au­mento de visibilidad, y donde nuestro ojo ve una cantidad ma­yor de estrellas, en realidad no es necesario que exista una cantidad mayor, sino sólo que en aquella región del cielo rei­na la mayor oscuridad; para explicar este máximo de oscuri­dad, no se le ofreció, sin embargo, ninguna otra hipótesis que la mencionada. Sin duda esta teoría contradice las observa­ciones más inmediatas y nos muestra una vez más cuan uni-lateralmente deductivo y cuan poco preocupado por la veri­ficación de sus hipótesis estaba el espíritu de nuestro filóso­fo. ¿Acaso la Vía Láctea no está inclinada sobre la eclíptica, mientras que, si la explicación de Anaxágoras fuese correc­ta, debería coincidir con ella? ¿Y por qué la luna no se eclip­sa cada vez que atraviesa la Vía Láctea? Pero ello no debe im­pedirnos reconocer que aquella deducción es extraordinariamente 261 ingeniosa, y que el problema que trata de contestar es algo más que una ociosa diversión intelectual. Es probable que Anaxágoras, como lo hace esperar su teoría del Nous, según ya pudimos observar anteriormente, fuera excesivamente exi­gente en lo referente a la simetría de las formaciones cósmi­cas. Pero frente a aquel fenómeno tan llamativo, la astrono­mía moderna tampoco se da por satisfecha con la suposición de una absoluta irregularidad en la distribución original, si­no que busca también —al igual que el clazomeneo— detrás de esta inmensa irregularidad una mera ilusión óptica que atribuye al hecho de que a nuestra mirada se ofrece una apa­rente aproximación de los astros, como consecuencia de la pre­sunta forma lenticular del sistema de la Vía Láctea al que per­tenecemos.
En el terreno meteorológico merece mencionar­se la explicación de los vientos por diferencias de temperatu­ra y densidad del aire; en el geográfico, la explicación, al menos parcialmente exacta, pero perseguida por la burla de toda la antigüedad, de la crecida del Nilo como consecuen­cia del deshielo en las montañas del África Central. En lo referente a los comienzos de la vida orgánica, sigue los pa­sos de Anaximandro; su única originalidad" es que a los pri­meros gérmenes de plantas las hace precipitarse junto con las lluvias a la tierra, del aire repleto de "simientes" de toda es­pecie. Ello está relacionado probablemente con el importante papel que nuestro sabio atribuía al aire en lo que respecta a la vida orgánica, porque adjudicaba a las plantas —indu­dablemente sin fundarse en observaciones precisas— una especie de respiración, y fue el primero que descubrió que los peces respiran por las agallas. También bajo otros aspec­tos considera que no existe un abismo infranqueable entre el mundo vegetal y el animal. Según él, las plantas participa­rían al menos de las sensaciones de placer y displacer; creía que el proceso del crecimiento iba acompañado de las primeras sensaciones; la caída de las hojas de los árboles, de las segun­das. Del mismo modo y aunque su teoría de la substancia debía cerrarle todo presentimiento de la teoría de la evolución, no 262 consideraba tampoco que los distintos grados del mundo animal se hallaran "separados como por hachazos". Su tendencia, ya. elogiada por nosotros y nunca suficientemente elogiada, de no acumular diferencias específicas sin necesidad, lo ha preser­vado también aquí de más de una aberración de los posterio­res. En los dones intelectuales sólo reconoce diferencias de gra­do, pues declara que su Nous, en cantidad ora mayor, ora me­nor, es inherente a todos los animales sin excepción, tanto a los más grandes como a los más pequeños, tanto a los más desarrollados como a los más ínfimos.

IV



En la teoría de los sentidos que estableció nuestro sabio y en la que no creemos necesario detenernos mucho tiempo, no es poco característico que reconozca el principio de la re­latividad sólo donde el lenguaje de los hechos es el más ine­quívoco, a saber con respecto a la sensación de calor. (Un ob­jeto, por ejemplo el agua, parece para nuestro sentido tanto más caliente cuanto más fría es la mano que lo examina). Por lo demás, considera que los sentidos son testigos cuya poten­cia deja mucho que desear, mas no así su veracidad. Del conjunto de sus testimonios —así cree él— resulta una ima­gen perfectamente fiel del mundo exterior. Nuestros lecto­res ya conocen suficientemente la teoría de la substancia del clazomeneo derivada de tales conceptos. Pero conviene que en este lugar recordemos tanto la teoría como sus fundamen­tos. De las dos premisas: "Un cambio de propiedades no tie­ne lugar" y "las cosas poseen en realidad las propiedades que los sentidos nos revelan", resultó la conclusión apremiante: "Toda diferencia de propiedades sensibles es fundamental, pri­mordial e imperdible; por lo tanto, no hay una sola o unas pocas protosubstancias, sino en realidad, una cantidad infini­ta de ellas". O, hablando más exactamente, queda en pie sólo la distinción entre agregados de "partículas homogéneas" (homoiomerías) 45 y entre mezclas de "partes heterogéneas", y desaparece la distinción entre formas de substancia originales 263 y derivadas. Con ello, Anaxágoras había retornado a la concepción ingenua que el hombre primitivo tiene de la na­turaleza, desviándose considerablemente de la teoría de la pro-tosubstancia de sus precursores y aún, conviene destacarlo, retrocediendo más allá de las primeras tentativas de simplifi­car el mundo de las substancias, que ya se encuentran en Ho­mero, en el Avesta o aun en el libro del Génesis. Pero los ar­gumentos en que se apoya esta teoría, y que con fuerza irre­sistible imponen al pensamiento humano la creencia en la afinidad íntima de las innumerables substancias particulares, en modo alguno habían sido conmovidos. Parecía que postula­dos de parejas pretensiones se enfrentaban hostiles e inconci­liables; se diría que la investigación del problema de la subs­tancia había entrado en un callejón sin salida o encallado en un banco de arena. Sólo la siguiente consideración podría hallar un camino de salida. Las premisas de la teoría de la protosubstancia habían sido refutadas definitivamente por las consecuencias derivadas de la misma que, según sabemos aho­ra, eran fundamentalmente falsas, y que, según podían com­prenderlo ya los coetáneos de Anaxágoras, carecían por com­pleto de verosimilitud. Pero no por ello era forzoso que aque­llas premisas fuesen inexactas. También podían ser sólo in­completas. Tal vez no hacía falta eliminarlas, sino que basta­ba completarlas. Se eliminaba la piedra del escándalo y se po­día mantener el que nosotros llamamos segundo postulado de la substancia, es decir la creencia en la constancia cualitati­va de la substancia, si se consideraban como verdaderamen­te objetivas no todas las cualidades perceptibles por los sen­tidos, sino sólo una parte de ellas. La nueva teoría del cono­cimiento vino en ayuda de la antigua teoría de la substancia. La distinción entre propiedades objetivas y subjetivas, de pro­piedades primeras y secundarias de las cosas, ésta es, pues, la gran obra intelectual que sólo podía realizar y en efecto realizó la reconciliación de las pretensiones hasta entonces in­conciliables. Con ello, se había llegado a un plano nuevo, in­comparablemente más elevado, en la montaña de la ciencia, aunque seguramente no a la cúspide. El haber realizado esta hazaña 264 y haber sacado con ello el vehículo de la especulación del atascadero constituye un mérito imperecedero de Leucipo. El mérito, apenas menor, de Anaxágoras (en nuestra opinión, su mayor mérito) consiste en que gracias al rigor y la conse­cuencia inexorable de sus deducciones, que no retrocedían an­te lo absurdo, reveló aun a los ojos menos preparados, la ne­cesidad de completar en esta forma la teoría de la substancia.
La alta estimación de que Anaxágoras gozó durante la antigüedad, la debió seguramente, como ocurre con frecuen­cia, casi tanto a los defectos como a los méritos de su orienta­ción espiritual. La manera patriarcal de su dogmatismo, la rigidez y poca agilidad de su modo de pensar y sin duda tam­bién de su personalidad, la certeza, de oráculo con que enun­ciaba todas sus teorías y entre ellas también las que contra­decían violentamente el sentido común, todas ellas ejercían, no podemos dudarlo, un efecto fascinador sobre amplios cír­culos, porque estas cualidades se hallaban en el más pronun­ciado contraste con la inseguridad vacilante y la excesiva flexibilidad intelectual de una época cuyo pensamiento esta­ba tan abundantemente compenetrado de los gérmenes del es­cepticismo como lo estaba por ejemplo, según la doctrina de nuestro filósofo, el aire o el agua de las "simientes" de las co­sas. Pero tampoco podía dejar de presentarse otra impresión. Cuando el venerable sabio se mostraba tan perfectamente en­terado de todos los misterios del universo como si hubiera si-do testigo ocular del nacimiento del cosmos, cuando en tono de infalibilidad exponía las opiniones más paradójicas, como lo es principalmente su teoría de la substancia, y sobre todo cuando con la confianza del hombre crédulo en la revelación, hablaba de otros mundos donde todo transcurriría exactamen­te como en la Tierra, donde no habría sólo hombres como aquí, sino que éstos construirían también casas, cultivarían cam­pos, llevarían sus productos al mercado, etc., con la afirma­ción repetida como un refrán "exactamente como entre nos­otros", entonces se esbozaba seguramente una sonrisa en más de una boca y comprendemos que Jenofonte declara, como una opinión no personal, sino ampliamente difundida, que el 265 gran filósofo no estaba en sus cabales46. Con el escepticismo de la época en efervescencia a que pertenecía, lo ligaba úni­camente la actitud denodadamente desdeñosa que demostró frente a la creencia popular. En lo demás, él, cuya fe incon­movible en la percepción sensorial recuerda la ingenuidad de los menos filósofos entre nuestros naturalistas, él, que no re­vela ni rastros de interés ni comprensión de discusiones dia­lécticas y que por lo tanto ignora y hasta desprecia las suti­les dubitaciones y argumentaciones de Zenón; él, que prosi­gue la solitaria senda de sus pensamientos con la inconscien­te temeridad de un sonámbulo, sin prever objeciones, sin de­jarse extraviar por dudas o detener por dificultades; él, que proclamaba sin poesía ni humor doctrinas tan apodícticas co­mo aventuradas, no siempre debía hacer muy buena figura entre sus coetáneos, dotados de tan múltiples talentos y tan expresiva agilidad. A muchos les imponía poderosamente su noble tranquilidad, su confiada dignidad; otros lo odiaban por­que parecía inmiscuirse demasiado en los secretos de los dio­ses; a otros, finalmente, y no a los menos numerosos, debía parecer un poco ingenuo, si no algo trastornado. Por nuestra parte, lo consideramos un espíritu de alto talento deductivo, de ingenio inventivo asombrosamente activo y de muy desarro­llado sentido de la causalidad, virtudes contrarrestadas, sin em­bargo, por una falta sorprendente de sana intuición, no com­pensada de ningún modo por la preocupación por verificar realmente las ingeniosas hipótesis.





Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos