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CAPITULO II - PARMÉNIDES




I




o
libio,
yerno del fundador de la medicina cientí­fica, Hipócrates, inicia su obra Sobre la Natura­leza del Hombre 10 con una viva polémica. Im­pugna a los médicos y literatos según los cuales el cuerpo humano está formado por una sola substancia. Este "todo-uno" lo presentan los unos como aire; otros, como fuego; los más, como agua; cada uno de ellos "invoca en favor de su tesis testimonios y pruebas que en realidad nada significan". Esto, dice, se manifiesta tan clara­mente como la luz, cuando se asiste a los torneos oratorios que realizan ante el público. Pues mientras el que se encuentra en posesión de la verdad debería, por medio de su argumentación, hacerla triunfar siempre y por doquier, en aquellos torneos la victoria corresponde cada vez a otro, a saber, al que dispone de la lengua más ligera. "Mas para mí —así termina la memorable polémica— estas gentes sin juicio parecen que se derriban re­cíprocamente sobre la arena por medio de sus discursos mien­tras revalidan la tesis de Μ e l i s o". Doctrinas que revalidan una tesis, es decir que la apoyan y que la consolidan, sin duela le habrán abierto también el camino, podemos suponerlo así sin temeridad, contribuyendo a su primera aparición y fa­voreciéndola. Por consiguiente, haremos bien en no perder de vista esta señalada discusión y en recordarla en el momento en que se tratará de iluminar los motivos fundamentales de 202 la doctrina eleática, que encontró su exponente máximo en Meliso, noble samio cuya época está determinada con se­guridad por la victoria naval que en el año 441 a. de J. C. logró sobre los atenienses. Ante todo, deberemos tener presente la relación en que se encontraba el naturalista cuyas palabras acabamos de oír, por una parte con los filósofos naturalistas a quienes combatía con insistente aspereza, y por la otra, con el metafísico de Samos, o de Elea, como podemos llamarlo a causa de la escuela a que pertenecía. De los primeros, Poli-bio se encuentra separado por profundas divergencias de opi­nión; pero lo peor que sabe decir de ellos, es que contri­buyeron al triunfo de la doctrina de Meliso. Su advertencia sue­na como la de un buen patriota que en una guerra civil pre­viene a los partidos para que no abran las puertas al enemi­go exterior. Las disensiones internas de los partidos signifi­can poco cuando se trata de rechazar a un adversario funesto por igual para todos ellos. Y efectivamente, éste es el caso. En la más acentuada oposición a los naturalistas y a los filó­sofos naturalistas de todo orden y toda tendencia se hallan aquellos a quienes los contemporáneos, con ironía hiriente, han denominado los "filósofos innaturalistas" o mejor aún, los "hombres de la paralización total" 11. Porque el "principio de Meliso" dice tan sólo (para emplear sus propias palabras) que "no vemos ni conocemos lo que es". Él mundo multicolor que nos rodea y del que nos enteramos por medio de nuestros sentidos no es más que un fantasma, una mera ilusión; toda transformación, todo movimiento, todo crecer y devenir y, por lo tanto, todo lo que constituye el tema de la investigación na­tural y de la especulación sobre la naturaleza, es una mera sombra, una vana apariencia. Lo verdaderamente real está tras esta engañosa fantasmagoría y consiste... pero aquí se bifurca el pensamiento de los dos principales representantes de esta escuela. No concuerdan, al menos completamente, en las soluciones positivas, pero sí en la negación que las precede. Conviene, pues, encarar primero las dudas y negaciones que les son comunes, después de habernos informado sobre la per­sonalidad del más antiguo y más importante de ellos.
203

II



Mayor que Meliso es Ρ a r m é n i d e s, el verdadero fun­dadordeTajinüy" mentada doctrina de la unidad 12. Fue un hi­jo de Elea, vástago de una familia acaudalada, respetada, y como tal no podía permanecer ajeno a la vida política. Díce-se que dio leyes a su ciudad natal y a este u otro acto públi­co se refiere seguramente la bien atestiguada indicación cro­nológica de que el momento álgido de su vida cae en la sexagé­sima novena olimpíada (504 - 501 a. de J. C.). No cabe duda de que estuvo en contacto íntimo con Jenófanes, que falle­ció una cuarto de siglo más tarde, en todo caso después de 478. No nos atrevemos a llamarlo discípulo de éste en el sen--tido propio de la palabra, máxime porque aquel rapsoda am­bulante que solía detenerse sólo brevemente en su patria adop­tiva, difícilmente puede haber actuado alguna vez como maes­tro. En cambio se nos cita a un pitagórico, Ameinías, hijo de Dioquetes, que lo habría incitado a dedicarse a estudios filo­sóficos y al que después de su muerte le elevó por reconoci­miento un heroon, o como diríamos nosotros, una capilla con­memorativa. En efecto, según veremos, el conjunto de teorías de Parménides muestra tantos rasgos pitagóricos como je-nofánicos. Discípulo de los pitagóricos, veníale muy bien des­arrollar la doctrina del todo-uno en la forma de una rigurosa deducción de índole matemática, mientras que por otra parte la peculiar orientación de la filosofía pitagórica no lo satisfa­cía plenamente. Si, por lo tanto, la estructura de su pensa­miento al panteísmo de Jenófanes el fundamento y a la matemática, de Pitágoras la, forma, es un tercer sistema, el de Heráclito, el que en cierto modo le dió la orientación. Por-que fue la "doctrina del fluir" del sabio de Efeso la que más profundamente conmovió al espíritu de Parménides, le inspi­ró las dudas más persistentes, y, lo mismo que a sus suceso­res, lo impulsó hacia aquella clase de soluciones en las que la particularidad especulativa de los eleatas se perfila con los rasgos más vigorosos. Pero escuchemos primero por boca del más joven representante de esa escuela (cuya prosa clara y 204 poco parca en palabras nos es aquí de mayor utilidad que la poesía didáctica de su maestro, en que los argumentos son api­ñados y todo está reducido a su expresión más concisa) aque­llas dudas y las negaciones que de ellas brotaron. "Porque si —exclama Meliso— tierra, agua, aire y fuego, y también hie­rro y oro s o n y si lo uno tiene vida y lo otro está muerto, si esto es blanco y aquello negro; si lo mismo ocurre con todo cuanto los hombres dicen que en verdad es; si estas cosas en verdad son y nosotros vemos y oímos correctamente, en­tonces cada cosa debería ser tal como se nos ha aparecido al principio, y no transformarse ni cambiar de naturaleza, sino ser siempre lo que ahora es. Mas nosotros pretendemos ver, oír y conocer correctamente; sin embargo, lo caliente nos pa­rece transformarse en algo frío, y lo frío en algo caliente; lo duro en algo blando, y lo blando en algo duro, y lo que tiene vida nos parece morir y nacer de algo que no tiene vida, y todo ello parece transformarse, y lo que una cosa ha sido, no asemejarse en nada a lo que es ahora. Mas bien parece que el hierro, que es duro, se gasta por el roce del dedo al que ro­dea en forma de anillo; y lo mismo el oro y la piedra pre­ciosa y todas las otras cosas que consideramos como absoluta-niente fuertes, y no menos nos parece que del agua nacen tierra y piedras. Así resulta de ello que no ve­mos ni conocemos lo que es" 13.
Dos cosas se exige aquí de los objetos perceptibles a los sentidos: estabilidad intacta de su existencia y estabi­lidad intacta de sus propiedades. Desde cada uno de esos aspectos son sopesados y se los encuentra demasiado lige­ros, se les reprocha su caducidad su variabilidad. Si las dos exigencias, mejor dicho los dos juicios, parecen confundirse en uno, la culpa de ello la tiene la ambigüedad, aun no reconoci­da entonces, de la palabra "s e r", la cual es empleada, ora con el sentido de existencia, ora como mera cópula (el sol existe; el sol es un cuerpo luminoso). Podemos dispen­sarnos también de examinar si se tenía derecho a relegar in­mediatamente al dominio de la vana apariencia todo cuanto es perecedero o susceptible de variación. En cambio, es muy fácil 205 comprender que se buscaba un objeto de conocimiento se­guro, diríamos palpable, y que, en vista de la imperfección en que por entonces se hallaba la ciencia de la substancia, no pu­diera encontrárselo en - las cosas perceptibles a los sentidos; la hoja del árbol está hoy verde y llena de savia; mañana, ama­rilla y seca; más tarde, de color pardo y apergaminada. ¿ Dón­de aprehenderemos la cosa, cómo conoceremos y establecere­mos en ella algo permanente? Heráclito había sintetizado la suma de estas experiencias cotidianas amplificándola más allá de los límites de la percepción efectiva y dando a la duda que de ello surgía una forma paradójica que desafiaba al sentido común. De esta manera, al ansia de conocer —si no quería contentarse acaso con contemplar la sucesión regular de todo lo que ocurre (véase pág. 107)— no sólo se le había quitado el fundamento, sino que el deseo natural de una armonía in­terna sin contradicciones del pensamiento también había sido herido e incitado a protestar irritadamente. "Las cosas del mundo sensorial se encuentran sometidas a una transforma­ción perpetua": este conocimiento era ya poco satisfactorio; pero contra una tesis que afirmaba que "las cosas son y no son" se rebelaba el sentido común, tanto más cuanto más se­vera era la disciplina mental de los que la oían. Y la reacción más violenta debía producirse en la mente de los que habían recibido adiestramiento pitagórico, es decir, eminentemente matemático. No es de extrañar, pues, que Parménides, discí­pulo de los pitagóricos, designase como "los dos senderos del error" al vulgar concepto del mundo que se daba por satis­fecho con la realidad del mundo sensorial, y la doctrina hera-cliteana. Contra la última dirige los dardos más envenenados de su polémica. A aquellos "que consideran que el ser y el no ser parecen la misma cosa, y luego, 'no la misma cosa", los llama "a un tiempo sordos y ciegos, extraviados en su perple­jidad, una raza de dementes"; "bicéfalos" los llama a causa de la faz doble (de la cabeza de Jano diríamos nosotros) que de acuerdo con su doctrina presentan las cosas; ellos, "los na­da-sabedores son arrastrados" —a saber, por la corriente de 206 la doctrina del fluir— y "revertiente es su sendero" como el de las transformaciones de su protosubstancia 14.
Por características que estas explosiones sean respecto del estado de ánimo del eleata y de su posición frente al hera-clitismo, más atrayente y al mismo tiempo instructiva es su lucha contra la segunda y principal adversaria, la opinión ge­neral de los hombres. Se cree sentir aquí su emoción íntima a través de las frases y versos que se atropellan, a través de los golpes que se siguen sin interrupción y que se parecen a poderosos hachazos, golpes destinados a desmoronar el vulgar concepto del mundo y a destruir su fe en la realidad de los objetos perceptibles por los sentidos, en el nacer y perecer, en todo movimiento y en toda transformación. "¿Cómo ha de pe-recer jamás lo que existe, cómo ha de nacer jamás? Si ha na­cido, entonces hubo un tiempo en que no ha existido, y lo mis­mo ocurre si alguna vez ha de nacer aún". "¿Qué génesis le buscarás a lo existente? ¿Cómo y dónde se habría originado? No admito que pienses o digas que lo no existente engendró; porque no es decible ni pensable el no-ser. ¿Qué necesidad lo habría hecho surgir a la existencia en un momento dado más que en otro?... Pero creer que del existente se engendre otro al lado de él, te lo impedirá la fuerza de la inteligencia". El aspecto positivo acompaña a todas estas negaciones. Lo que existe no sólo es "no-nacido y no-perecedero", y por tanto "sin comienzo y sin fin"; ajeno le es no sólo el "cambio de lugar" y "la variación del color": es un ente limitado y pensante y además un "todo indivisible, homogéneo, continuo, por doquier semejante a sí mismo, ni más existente en algún punto, ni en algún punto menos existente", "similar al peso de la masa de una esfera bellamente circular, perfecta por todas partes, con alto equilibrio de todo lugar". Ante estas palabras, el lector experimenta algo como aquel choque violento que suele desper­tarnos de sueños encantadores; hace un instante planeábamos, libres de toda atadura, más allá de las estrellas, y ahora nos rodea nuevamente la estrecha realidad. Parecería que el pro­pio Parménides se haya atrevido a emprender, al igual que íca-ro, un vuelo que debería llevarlo, más allá de la esfera de toda 207 experiencia, hacia el éter del puro existir; más sus fuer­zas se han agotado en medio de este camino, de modo que tie­ne que descender nuevamente sobre las más familiares re­giones bajas de la existencia corporal. Y en verdad, su teoría de lo existente ha preparado las concepciones afines de los ontológicos posteriores, sin asemejarse a ellas, porque aún te­nía demasiado de los efluvios terrestres; nos lleva al atrio, pe­ro no al santuario de la metafísica.

III

Y a esta altura nos convendrá dirigir otra vez nuestra mirada sobre aquella frase de Polibio de la que partió nues­tra exposición. El profundo médico-pensador había compren­dido que las tesis contradictorias de los filósofos naturalistas servían de punto de apoyo al escepticismo de los eleatas. Es evidente que con ello no quería decir otra cosa que lo siguien­te: quien declara que todas las cosas son aire, niega, salvo una sola reserva, la validez del testimonio de los sentidos; quien declara que todo es agua hace lo mismo con otra reser­va; lo mismo hace quien declara que todas las cosas son fue­go. Los representantes de estas teorías debían, pues, prepa­rar el terreno para pensadores; podemos agregar que tenían que producir pensadores que extrajeran la suma de las nega­ciones concordantes y las afirmaciones contradictorias. Y lo hacían anulando estas últimas como otros tantos asientos que se revalidan mutuamente y resumiendo en una gran negación total las negaciones parciales que se complementaban recípro­camente (ver pág. 78): para quien mira las consecuencias de este pensamiento no puede presentarse dudoso ni un mo­mento el origen de la doctrina de Parménides sobre el existir. Ésta es el producto de una descomposición, a saber: el residuo o el precipitado de la teoría de la protosubstancia que queda después que ella se ha descompuesto en sí misma. Cuanto más se hallaban en condiciones de anularse mutuamente las for­mas contradictorias que sucesivamente sirvieran de vestimen­ta a la teoría de la protosubstancia, más poderosa y persistente 208 debía ser la influencia que su común núcleo central, no to­cado por la lucha de opiniones, tenía que ejercer sobre los áni­mos. Que la substancia no nace ni perece, es la doctrina común de los físicos, para hablar con Aristóteles, que con este térmi­no denomina a los filósofos naturalistas a partir de Tales. Du­rante un siglo entero esta doctrina había perdurado y era fa­miliar en el espíritu de los griegos cultos y pensadores. Des-pués de haber cambiado de piel tantas veces y sobrevivido siempre a este cambio, ¿cómo no debía concluir por parecer inatacable y adquirir casi la fuerza de un axioma? Pero es cierto que "la antigua tesis no puesta en duda por ningún la­do" (una vez más es Aristóteles el que habla) no sólo adqui­rió un sentido más definido y una forma más rigurosa, preci­samente como consecuencia de la reacción contra la doctrina de Heráclito, sino que también recibió agregados cuyo origen es necesario revelar 15.


El primero y más importante de estos agregados de Par-ménides ya no nos es desconocido. No sólo la perpetui-dad, sino también la i n mu t a b i l d a d son atributos del ser universal que llena el espacio. Es una protosubstancia que no sufre, como la de Tales y Anaximandro, de Anaxímenes y Heráclito, múltiples modificaciones ni se exterioriza en for­maciones varias que después reabsorbe nuevamente; es hoy no sólo en su contenido, sino por la forma, lo que ha sido desde la eternidad y seguirá siendo en toda eternidad. Un pasaje hasta parece poner en tela de juicio el mismo curso del tiem­po 16; y en efecto, ¿qué ha de significar el concepto del tiem­po donde, nada sucede en el tiempo, donde se niega realidad a todos y a cada uno de los sucesos temporales? Mas en este punto que señala la cumbre de su poder de abstracción, el eleata no parece haberse detenido mucho. Con tanta mayor in­sistencia se aferra a la inmutabilidad de aquel su ser que lle­na el espacio. Al postulado de la constancia cuanti­tativa que en la teoría de la protosubstancia formaba des­de el comienzo una parte importante, y que poco a poco" (prin­cipalmente por Anaxímenes) adquirió forma más nítida, se agrega el de la constancia cualitativa. No sólo 209 la cantidad de la substancia no debe experimentar ni aumento ni disminución; su naturaleza debe permanecer invariablemen­te igual. Una breve consideración que, por cierto, sobrepasa un poco el marco cronológico de la presente exposición, pue­de enseñarnos que semejante desarrollo se hallaba dentro del espíritu de la doctrina misma. Anaxágoras, del que pronto ten­dremos que ocuparnos, no ha sufrido, de acuerdo con lo que sabemos, la más mínima influencia de la doctrina de Parmé-nides. Sin embargo, en él también la común doctrina funda­mental engendró el mismo brote. Acerca de la forma en que él llegó a esta ampliación de la teoría de la protosubstancia, y como muchos otros debían llegar luego a ella, nos ilustra muy bien un fragmento minúsculo de su libro, descubierto hace só­lo poco tiempo. "¿Cómo habría de surgir el cabello del no-ca-bello, la carne de la no-carne?", así pregunta creyendo haber negado con ello algo francamente imposible 17. A la compren­sión perfecta de este su modo de pensar, llegamos recordando el encanto que ejerce el idioma aun en el espíritu de los más profundos pensadores. La substancia es algo que no ha llega­do a ser; de la nada nunca viene un algo: de esta afirma­ción, como anotamos más arriba, los siglos habían hecho un lugar común. ¡Qué suave e imperceptible fue aquí el paso ha­cia el nuevo axioma! Si de lo no-existente jamás deviene un algo existente, ¿por qué no devendría de un algo que no es esto ni aquello un algo que es esto y aquello? Una sola fórmula cubría las dos exigencias: de lo que no es no puede devenir
un algo que es; de lo no-blanco no puede devenir un, blanco, etc. Ya hemos tenido que recordar el empleo algo impreciso de la palabra "ser", que en forma vacilante usaban ora para designar la existencia, ora para ligar el predicado con el sujeto. Pero si éste es el destino por el cual el nuevo postulado de­bía surgir, y surgió; si el poder de la asociación de ideas y de la ambigüedad de la lengua coadyuvó a hacerlo nacer, no se emite con ello, en ningún modo, un juicio sobre su valor y su significado. La creencia en la causalidad, hija del ciego ins­tinto de asociación, tampoco puede gloriarse de más noble origen; y, sin embargo, ¿quién querrá renunciar a dejarse 210 conducir por ella ahora que la experiencia confirma sin cesar las esperanzas de aquella creencia y sobre todo desde que el injerto del canon experimental ha ennoblecido al patrón? Aun si se produjera lo inaudito, si el bastón que durante miríadas de años ayudó a nuestros predecesores a caminar sobre este planeta se rompiera en nuestra mano; si de pronto el agua ce­sara de apagar nuestra sed, el oxígeno de alimentar la com­bustión, aun entonces no nos quedaría otra alternativa; no tendríamos razón para lamentarnos por haber confiado hasta ahora en la creencia de que el porvenir se asemejará al pasa­do, por haber seguido la única senda transitable a través de los laberintos y del desorden de los fenómenos naturales.
Algo parecido, aunque no exactamente lo mismo, ocurre con los dos postulados que afirman la inmutabilidad de la subs­tancia. No exactamente lo mismo; porque aun no era necesa­rio que el mundo se trocara en un caos y la acción dirigida a una finalidad se tornara imposible, por el sólo hecho de exis­tir únicamente sucesos relacionados por una ley, aunque sin ningún substrato constante. Pero no hace falta detenerse en semejantes suposiciones. Presupuesta la existencia de cosas corpóreas en general y aquellas series de experiencias de las que hemos visto nacer y fortificarse la teoría de la protosubs-tancia (cf. p. 74 y sig.), el progreso del conocimiento estaba supeditado en realidad a que en lo extenso que llenaba el es­pacio se viera más y más algo constante, tanto por su canti­dad como por su naturaleza. Sólo así podía tornarse inteligi­ble lo que sucedía en el Universo, sólo así podía deducirse lo venidero de lo presente; y el deseo de que ello fuese así, debía favorecer poderosamente el desarrollo de la nueva creencia, aun cuando no pudiera darle nacimiento. Pero entre las dos ramas de esta teoría subsisten aun hoy día grandes diferen­cias. Creemos que nada nace de la nada y nada perece en la nada, porque la apariencia contraria reveló su inconsistencia en numerosos casos, y principalmente en esos, terrenos que nuestra inteligencia ha penetrado más profundamente, y por­que la teoría, jamás ha sido quebrantada por ninguna acredi­tada autoridad contraria. Que nada puede nacer de la nada, 211 que nada puede perecer en la nada, ésta sí es una afirmación que no podemos conceder ni a Parménides ni a sus numerosos sucesores apriorísticos. Su supuesta necesidad del pensamien­to es una apariencia engañosa. Primero se ha introducido en un concepto, en nuestro caso en el del existir, todas las carac­terísticas que después se compenetran entre sí y con la envol­tura verbal de que están revestidas, en forma tal que el pro­ducto del arte ofrece el efecto de un producto de la natura­leza (si no de un producto sobrenatural). Primero se ha dado el nombre de "existir" a la permanencia eterna, y después se nos prueba claramente que este algo que existe no puede ni nacer ni perecer, puesto que entonces no sería algo que exis­te. Pero esto sólo sea dicho de paso. Mas el segundo de estos postulados éstrechamente hermanados sigue siendo hoy día propiedad casi exclusiva de los hombres de rigurosa formación científica. Contradice la evidencia en mucho mayor grado que el primero, y sigue siendo más la estrella que orienta la in­vestigación que su resultado ya adquirido y completamente con­firmado por la experiencia. Resumido en pocas palabras, el postulado dice simplemente en el sentido de la ciencia moder­na que todos los fenómenos naturales descansan en algo así co­mo un cordón central del acontecer, del cual irradian numero­sas ramificaciones. Este cordón central se compone exclusiva­mente de movimientos. Con aproximada exactitud podemos lla­mar cuerpos desprovistos de cualidad a los que son asiento de éstos movimientos o cambios de situación. Las ramificaciones o irradiaciones son las imágenes sensibles que producen un aparente cambio de cualidad. Una onda aérea y la impresión acústica que a la misma corresponde, una onda del éter y la correspondiente impresión luminosa; un proceso químico (en definitiva, una separación, una unión, un desplazamiento de partículas) y la consecuente impresión sobre el gusto o sobre el olfato: éstos son algunos ejemplos que ayudan a dilucidar lo antedicho. Si bien en el terreno de la "acústica y de la óp­tica conocemos ya los movimientos correspondientes a las im­presiones cualitativas que los mismos irradian, en el dominio de la química sólo se ha logrado en medida tan modesta que 212 hace poco un eminente naturalista podía decir que "la repre­sentación matemática-mecánica... del más simple proceso quí­mico" era "la tarea que el Newton de la química debería aco­meter". "La química", así continúa Dubois-Reymond, "sería una ciencia en el más alto sentido humano si conociéramos el ori­gen causal de la fuerza de tensión, de la velocidad, de los equi­librios estables e inestables de las partículas, en la misma for­ma que hemos penetrado en los movimientos de los astros" 18. y de los comienzos ya existentes de esa ciencia ideal el mis­mo investigador dice que ignora "si existe un producto más asombroso del espíritu que la química estructural. Basarse só­lo en lo que aparece ante los ingenuos cinco sentidos como cua­lidad y transformación de la materia y edificar sobre esa ba­se, en deducción paulatina, una doctrina como la de la isome­ría de los hidrocarburos ha de haber sido apenas más fácil que deducir la mecánica del sistema planetario de los movi­mientos de los puntos luminosos".

IV



Henos aquí muy lejos de Parméndies. Pero tanto frente al lector que trata de profundizar el estudio como frente a la memoria del antiguo pensador, nos creíamos en el deber de señalar los frutos que en germen se hallaban ya en su doctri­na de la inmutabilidad de la substancia. Además, ahora esta­mos mejor preparados que antes para comprender y apreciar los aspectos más paradójicos de su doctrina. La refutación del testimonio de los sentidos, ¿qué otra cosa es sino la contrapar­tida del postulado o la afirmación de la inmutabilidad de la substancia, que se halla implícita en la teoría de la protosubs-tancia y que, según ya hemos dicho varias veces, ha sido alimentada tanto por presunción exacta como por asociación engañosa? Los testimonios de los sentidos contradecían tal pos­tulado y por ello se les negó validez. No con rigurosa lógica, por cierto; ¿en qué, podemos preguntar aquí, reposa la creen­cia de que exista lo que llena el espacio, y aun la creencia en el espacio mismo en general, sino en el testimonio del tacto, 213 o para hablar con más exactitud, en el sentido muscular o de resistencia? Pero Parménides se hallaba convencido de bue­na fe de que de su concepto del Universo había excluido todo cuanto deriva de la percepción sensorial. Y realmente no se le puede reprochar que en ello se haya equivocado, que desco­nociera el origen sensorial de la representación del espacio del mismo modo que Manuel Kant, por citar a uno solo entre mu­chos. Más estrañeza provoca el hecho de que aun dejando subsistir el espacio y su contenido material, relegara en cam­bio al dominio de la apariencia el movimiento en el espacio, que reposa en el mismo testimonio. Esta contradicción inne­gable bien podrá ser explicada de la siguiente manera. El mo­vimiento en el espacio, al que pertenece también el cambio de volumen, va parejo en amplios sectores de la vida natural con lo que para Parménides era lo más increíble, el cambio de cua­lidad. Piénsese en todo lo que entendemos por estructura or­gánica, crecimiento, desarrollo, decrepitud. La conexión natu­ral de las dos series de hechos encontró una expresión elevada en la teoría heracliteana del fluir, en el que se asocian el incesante cambio de lugar y el incesante cambio de cualidad. Por ello nada es más comprensible que el hecho de que el ene­migo mortal de esta teoría no consiguiera separar clara­mente lo que en ella se halla tan estrechamente vinculado, sino que prefiriera resumir esas cosas en un solo juicio condenato­rio. Esta tendencia, potente en sí, se vio sensiblemente refor­zada por otro punto de vista. En palabras inequívocas, aunque rara vez exactamente interpretadas, nuestro pensador negó la existencia del espacio vacío, negación que, sea dicho de paso, es de gran interés histórico . Pues sólo por ella nos enteramos de que esta suposición ya existía entonces y no en forma rudimentaria, sino ya en una bien desarrollada, que distinguía un espacio continuo desprovisto de contenido cor­póreo y otros espacios intersticiales que se encuentran den­tro de los cuerpos mismos y separan sus partículas, compren­diendo en sí ambos conceptos en forma equitativa. Es nada más que una suposición, aunque bien fundada, que esta teo­ría, que evidentemente debía explicar más que todo el hecho 214 del movimiento, tenía su origen allí donde únicamente se de­dicaba entonces una seria reflexión a problemas mecánicos, es decir, en el grupo de los pitagóricos 19. Por lo tanto, quien como Parménides, que creía que admitir el vacío implicaba una existencia de lo no existente, se veía comprometido a ne­gar el espacio vacío, podía considerar inexplicable y por lo tanto imposible también el hecho del movimiento mismo. Así, pues, vemos formarse ante nuestros ojos la imagen del mundo de Parménides, o diríamos acaso mejor que la vemos reducir­se más y más. ¿Qué es entonces lo que subsistía después de abolirse todas las diferencias de las cosas y de sus estados, de las que nos informan los sentidos, y después de desaparecer todo cambio de lugar, de un mundo al que no se negaba exten­sión y la facultad de colmar el espacio? Nada más que una masa perfectamente homogénea, desprovista de toda diferen­ciación, un agregado de substancias; y un agregado que carece de toda forma y de toda limitación, según tendríamos que decir si el metafísico no hubiera sido al mismo tiempo un griego dotado de sentido plástico, un poeta y un discípulo de Pitágoras. Porque a nuestro entender, fue únicamente esta tríada de cualidades la que hizo que lo ilimitado se tornase limitado y lo informe hermoso, es decir que adoptase la forma que ya conocemos de la "esfera bellamente circular". Porque no puede existir duda de que las premisas del sistema hacían esperar más bien la extensión infinita que la finita del espa­cio de Parménides. Todo límite es una barrera; ¿cómo el ser verdadero y único que todo lo encierra en sí mismo y que fue­ra de sí no tolera nada, ni siquiera la nada, podría ser al mis­mo tiempo un algo finito y limitado? Mediante tales razones hubiérase colmado seguramente una laguna de la doctrina de Parménides, y semejante restitución hubiera poseído el más alto grado de apariencia. Pero la laguna no existe, y el elea-ta nos dice con palabras inequívocas exactamente lo contrario. La demostración de esta parte de su teoría se ha perdido o por lo menos está irremediablemente mutilada. Ya no pode mos saber cómo estaba basada lógicamente, aunque podemos adivinar su fundamento psicológico. Una parte de esta explicación 215 ya la hemos anticipado. El sentido plástico del heleno, dotado de talento poético, se ha rebelado contra la conclusión que parece emanar necesariamente de sus premisas. A ello se agregó la circunstancia de que en la tabla pitagórica de los contrastes, lo ilimitado se encontraba en el lado de lo imper­fecto. Pero además —la idea puede parecemos divertida, pero parece difícil de contestar— el enemigo jurado de la aparien­cia sensorial ha sido en este punto casi seguramente víctima de una grosera ilusión óptica. ¿O es que la supuesta esfera ce­leste que forma una bóveda encima de la tierra, no tendría en realidad nada que ver con la forma esférica, que es lo úni­co existente? Otro interrogante más tiene que ser contestado. . ¿Ha sido el ser universal de Parménides sólo substancia, sólo algo corpóreo y extenso? Su autor, que por encima de todo co­locaba el rigor en el raciocinio, ¿dejó caer por completo el pensamiento y la conciencia en el dominio de la mera aparien­cia? Esto parece totalmente increíble. Todo nos lleva a supo­ner que lo real era para él al mismo tiempo un algo extenso y pensante y que el pensar y la extensión, casi diríamos con Spi-noza, han sido para él los dos atributos de la substancia única. Es cierto que no nos ha sido conservada ninguna frase de su poema didáctico que corroborase este estado de cosas. Porque las dos sentencias que en sí admiten tal interpretación, las pa­labras: "porque lo mismo es pensar que existir", y "lo mismo es el pensar y aquello de lo que es el pensamiento", las sustrae el contexto en que se hallan a una interpretación en este sen­tido. Con ello, seguramente no se intenta decir otra cosa que esto: lo realmente existente es el único objeto del pensa­miento y el pensamiento no puede dirigirse nunca a lo no existente. Pero a falta de manifestaciones directas y de tes­timonios incontestables, motivos intrínsecos pueden emitir siempre el juicio definitivo. La doctrina de Parménides ha proporcionado al materialismo dogmático algunas de sus ar­mas más fuertes, mas él mismo no ha sido un materialista consecuente. Porque de otra manera, ¿cómo habría podido ser considerado discípulo de Jenófanes? ¿Cómo se explicaría su posición, dentro de la escuela eleática, entre los panteístas 216 Jenófanes y Meliso? Y en este caso, Platón, el enemigo acé­rrimo de los materialistas y ateístas ¿lo hubiera llamado "el grande", tributándole una veneración como a ningún otro de sus precursores filosóficos? Todo ello debe parecemos fran­camente inadmisible. A ello se agrega, para disipar el último resto de vacilación, el ejemplo ya mencionado de Spinoza y el paralelo de los filósofos indios del Vedanta. El ser substan­cial de Parménides ha sido, sin duda, al mismo tiempo un ser espiritual. Es al mismo tiempo una substancia universal, bien que infecunda por su incapacidad de expandirse, y un espí­ritu universal, bien que impotente por su incapacidad de des­arrollar actividad alguna.

V



La más desolada monotonía nos mira desde las lóbregas habitaciones de este edificio, del pensamiento. ¿No habría sen­tido su aliento el mismo constructor? Es lícito suponerlo así. Al menos, no se ha dado por satisfecho con sus Pa­labras de la Verdad, sino que les dio un suplemento en las Palabras de la Opinión, las que, como diríamos en len­guaje moderno, se sitúan sobre el terreno del mundo fenome­nal. Al hacerlo provocó el asombro sin límite de muchos de nuestros precursores. Mucho más asombroso nos parecería que se hubiera abstenido de hacerlo, que un espíritu saturado de la ciencia de su época, evidentemente ingenioso y move­dizo, se hubiera contentado con repetir sin cesar un reduci­do número de sentencias, grávidas de consecuencias, sin du­da, pero de magro contenido y en su mayoría negativas. Se vio impulsado, o mejor, para hablar con Aristóteles, "obli­gado a investigar los fenómenos" 20. Y tenía todo el derecho de hacerlo. Pues aunque rechazaba a la sensación sensorial por engañosa, no por ello quedaba eliminada del mundo. Con­tinuaba viendo verdecer los árboles, oyendo murmurar los arroyos, sintiendo el perfume de las flores, gustando el sabor de los frutos. Y como él, lo hacían —no era posible dudar de ello— los restantes hombres y animales, no sólo en un lugar 217 y en un momento determinados, sino en todas partes y siem­pre. Tampoco le estaba prohibido franquear estos límites de tiempo y espacio. Cuando hablaba del nacimiento del género humano, del origen de la tierra o de las transformaciones del universo, ello podía significar simplemente: estos y aquellos fenómenos se habrían ofrecido a mí y a mis semejantes si ya hubiéramos vivido allá y en-ese entonces. La Historia na­tural y Teoría general del Cielo, de Kant fue, sin duda, ante­rior a la Crítica de la Razón pura, pero también hubiera po­dido serle posterior. La convicción de que sólo la "cosa en sí" posea realidad objetiva, no tenía que impedir necesaria­mente que el pensador de Königsberg derivara el sistema so­lar de una protonebulosa, del mismo modo que la teoría del ser del pensador de Elea no fue un obstáculo para su ensayo cosmogónico. Tal fue el punto de vista en que se colocó Par-ménides al escribir la segunda parte de su poema didáctico; o mejor dicho, en que éste se hubiera colocado con plena conciencia, si las distinciones de que se trata aquí (objeti­vo y subjetivo, absoluto y relativo) hubieran sido compren­didas por él con toda claridad y consecuencia, y le hubieran sido familiares y grabadas en su espíritu mediante una ter­minología apropiada. Pero no sucedía así, como ya lo indica su manera de expresarse; sobre todo la palabra grie­ga que tuvimos que traducir por "opinión" (doxa), la que, sin embargo, está irisada de múltiples matices de concepto, por­que significa tanto la percepción sensorial (lo que se aparece al hombre) como la representación, el punto de vista, la opi­nión (lo que le parece ser verdad). Hablar de verdad subjeti­va o relativa y tratar de ella con firme seguridad no le fue posible, pues, al eleata debido a los hábitos de pensamiento y de lenguaje de su época. Lo que él presenta son "opiniones de los mortales", no sólo seguramente las ajenas, sino tam­bién las propias, en cuanto ellas no reposan sobre el funda­mento inquebrantable de una presunta necesidad del pensa­miento. Al presentarla al lector le advierte al mismo tiempo que no le conceda credulidad absoluta, hablando de la "es­tructura engañosa" de su exposición y calificando su correspondiente 218 teoría de "plausible" o aceptable en oposición a la "verdadera fuerza de convicción" del conocimiento fundado en los conceptos o la razón. Ambas partes de su poema di­dáctico le han sido inspiradas por una deidad, según lo rela­ta en la introducción, escrito con un estilo Heno de brío. No es admisible creer que la segunda mitad, que contiene mu­chas de su teorías más raras, las que toda la antigüedad ha tomado muy en serio y en parte ha apreciado altamente, es­taba destinada únicamente a formar un fondo oscuro para destacar el esplendor de la "doctrina de la verdad". Además, es evidente que él encontraba conveniente exhibir bajo su vestimenta la riqueza de su saber, ya que al lector de su obra "ninguno de los mortales lo debe superar en conocimiento" (o en inteligencia); fuera de ello se le presentó aquí la espe­rada oportunidad de satisfacer su íntima necesidad no me­nos que su deseo de no colocarse en una oposición demasiado violenta con la tradición y el sentimiento de su pueblo. De la misma manera qué se había colocado sobre el terreno de los fenómenos, se coloca aquí también sobre el de la fe popular modificada por influencia órfica 21e introduce deidades co­mo la "diosa que todo lo dirige", que tiene su trono en el "centro del Universo", y "Eros, el primero que ha sido creado", persistiendo la duda de en qué medida tenemos que ver aquí meras personificaciones de fuerzas y factores na­turales. Difícilmente nos engañamos si suponemos también, en el alma del poeta-pensador, una muy íntima vacilación, una escisión parecida a la que en tiempos recientes nos re­cordó Fechner con su Tages und Nachtansicht ("visión del día y de la noche") al lado de su Atomenlehre ("Teoría de los átomos").
La cosmogonía de Parménides parte de dos protosubs-tancias que recuerdan de una manera llamativa la primera de las segregaciones del proto-ser de Anaximandro: ésta es tenue, luminosa, liviana; aquélla espesa, sombría, pesada. El nacimiento del Universo lo encuentra explicable únicamente por la cooperación de ambos factores, que también son lla­mados directamente luz y noche; condena expresamente la 219 suposición de una sola protosubstancia y la pretensión de que la segunda no sea necesaria, condenación que alcanza a las teorías de un Tales, de un Anaxímenes, de un Heráclito, pe­ro que en primer lugar parece destinada a éste último, su principal adversario filosófico. En versos que no nos han si­do conservados, fue descrito el nacimiento "de la tierra y del sol, de la luna, que brilla con luz ajena, del éter común, de la leche celestial, del Olimpo más extremo (que ya conocemos) y de la cálida fuerza de los astros" 22. Con plena seguridad podemos considerar que conoció la forma esférica de la tierra, puesto que se dice que fue el primero que la proclamó en forma literaria, y que, de acuerdo con los primeros pita­góricos, no discutió todavía la ubicación central del globo te­rrestre en el Universo. Además desarrolló la doctrina de las distintas zonas de la tierra, sobreestimando considerablemen­te la extensión de las zonas inhabitables a causa del calor, porque lo inducían a error probablemente las falsas analogías de las zonas del cielo, las que transportó a la tierra, situada en el centro. Declaró que las diferentes regiones celestes, que llamaba "coronas", se encerraban mutuamente sobre círculos concéntricos y que consistían en parte en "fuego puro", en parte en mezclas del mismo con la substancia oscura o te­rrestre. En la investigación de la naturaleza depende de doc­trinas en parte de Anaximandro, en parte de los pitagóricos. Ya creíamos una vez notar la influencia de la "tabla de los contrastes". Más claramente se reconoce esa influencia en la teoría de la generación que relaciona la diferencia de sexo del embrión con la posición de su lugar de formación, de modo que el contraste de "masculino" y "femenino" coincide con el de "diestro" e "izquierdo". En esta misma teoría se destaca también la tendencia a deducir diferencias cualitativas de di­ferencias cuantitativas, tendencia que revela su formación pi­tagórica y por lo tanto matemática, porque la relación de cantidad en que el elemento generador femenino, supuesto por él (como anteriormente por Alcmeón) se encuentra frente al masculino, fue empleada para explicar las particularidades de carácter, sobre todo la inclinación sexual del ser generado 220. Exactamente la misma orientación se manifiesta en el afán de reducir la diferencia intelectual de los individuos, así como de sus sucesivos estados intelectuales, a la proporción mayor o menor en que su cuerpo incluye ambas substancias fundamentales. Pronto volveremos a encontrar el mismo mo­do de pensar en Empédocles, al que condujo a una modifica­ción importante y auténticamente científica de la doctrina de los elementos. En cuanto a otras afinidades entre ambos sa­bios, las mencionaremos más tarde. Réstanos formular nues­tra conclusión definitiva sobre el conjunto de la obra de Par-ménides, pero preferimos reservarla hasta haber terminado nuestra revista de los representantes más jóvenes de la doc­trina eleática 23.





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