Libro segundo


CAPITULO I - JENÓFANES I



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CAPITULO I - JENÓFANES

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quienes alrededor del año 500 andaban por tierras griegas, más de uno se tropezó con un anciano juglar que caminaba recia­mente, seguido por un esclavo que llevaba la guitarra y unos pobres bártulos 2. En mer­cados y plazas, el pueblo lo rodea en profuso agolpamiento. A la muchedumbre boquiabierta le ofrece baratijas, historias de héroes y fundaciones, de factura propia y extraña; pero para los clientes de mayor confian­za va buscando en los cajones secretos de su memoria pie­zas más selectas, cuyo contenido capcioso sabe aderezar muy hábilmente para el paladar reluctante de sus oyentes. El pobre rapsoda, que considera que un apetitoso estofado es pago adecuado de un celebrado artista, es el reformador más audaz y más influyente de su época 3. La profesión de juglar le ofrece escasa subsistencia, pero al mismo tiempo le proporciona el manto para la actividad arriesgada del misio­nero religioso V filosófico. El hombre cuya faz arrugada está ahora rodeada de rizadas canas ha luchado en la flor de su juventud contra el enemigo nacional. Cuando la victoria se asentó en las insignias del conquistador y Jonia se convirtió en una provincia persa (545 a. de J.C.), él, que entonces te­nía 25 años de edad, se unió a los más valientes entre sus compa­triotas, los focenses, para hallar una nueva patria en el leja­no Occidente, la Elea itálica. Allá, donde el nombre antiguo se 192 conserva hoy únicamente en una torre solitaria, en una bahía que entraba profundamente en la tierra, a la salida de un va­lle divido en tres partes por dos cadenas de colinas, la nieve de las montañas calabresas en su espalda, allá, a la edad de más de 92 años, Jenófanes cerró los ojos cansados, después de haber despertado a continuadores que lo hicieron jefe de una escuela de poderosa influencia en la época posterior. Los can­tos épicos que comprendían miles de versos y en que se relata­ba la fundación de su ciudad natal, la Colofón rica en resina, y la colonización de Elea, se han perdido y olvidado. Pero de su poema didáctico, sembrado de pensamientos, y de sus graciosas elegías sazonadas de sabrosas agudezas y de placi­dez expansiva, se ha conservado más de un precioso remanen­te que nos obliga a amar y venerar a este hombre animado de impertérrita valentía mental y de las más puras intencio­nes. Es cierto que el látigo de su escarnio cae sobre mucho de lo que es caro al corazón de su pueblo. Ante todo sobre las fi­guras divinas tal como viven y actúan en las epopeyas, por cuyo ejemplo, según él afirma, "Homero y Hesíodo no han en­señado otra cosa a los hombres que robos, adulterios, y la forma de engañarse mutuamente". La concepción antropomórfica de lo divino en general despierta su contradicción más violenta. Si vacas, caballos y leones tuviesen manos y pudiesen confec­cionar cuadros y esculturas, ¡entonces presentarían —opina Jenófanes— a los dioses como vacas, caballos y leones, del mismo modo que los hombres los forman de acuerdo a su pro­pio retrato. Una incomprensión y hostilidad no menores de­muestra frente a otros aspectos de la vida nacional. Conside­ra como el colmo de lo absurdo que el vencedor en la lucha o en el pugilato, en la carrera o con la cuadriga, se vea colmado de los más altos honores. También siente la humildad de la propia suerte con mayor fuerza al compararla con la aureola que la opinión popular ha tejido alrededor de la cabeza de brutos atletas premiados, porque "es injusto preferir la fuer­za del cuerpo a la buena sabiduría" y "mejor que la fuerza de hombres y de caballos es nuestra sabiduría". Así acomete, uno por uno, contra los santuarios de la mentalidad helénica:
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el culto de la fuerza y de la belleza, no menos que la venera­ción de aquellos excelsos modelos celestes de la existencia te­rrestre. ¿De dónde —inquirimos antes de proseguir— viene esta brusca ruptura con la tradición de su pueblo, de dónde este apartamiento de las reglas y medidas nacionales de pen­sar y sentir, apartamiento que abría e indicaba el camino a las reformas más atrevidas de la época siguiente?
Encontraremos la contestación a esta pregunta en el gra­ve y decisivo acontecimiento histórico que Jenófanes presen­ció en el período más impresionable de su juventud 4. Jonia sometida al cetro del rey de los persas, sus habitantes doble­gándose sin resistencia seria bajo el yugo foráneo, los ciuda­danos de sólo dos ciudades —Fócida y Teos— prefiriendo la libertad a la patria: ¿cómo era posible que tales impresiones dejasen de influir sobre el concepto que la generación adoles­cente se formaba de la vida y del mundo? En todos los tiem­pos, la ruina de la patria y la extinción de la independencia nacional hablan un lenguaje claro a las almas fuertes, obli­gándolas a conocerse a sí mismas y a volver sobre sus pasos. Del mismo modo que en Alemania después de los triunfos de Napoleón, después de las batallas de Jena y Auerstádt, el ra­cionalismo iluminado y la mentalidad cosmopolita cedieron el terreno a la orientación nacional y al romanticismo histórico, una revolución no menos profunda se produjo después de las victorias que Ciro obtuvo sobre los griegos de Asia Menor. No bastaba atribuir la culpa de la derrota aplastante al lujo y a la enervación orientales. Es cierto que también el filósofo de Colofón acusó a los "mil de arriba" de entre sus conciuda­danos quienes "antes han aprendido de los lidies la vana os­tentación y se han paseado por el mercado vestidos de púrpu­ra y cubiertos de ungüento". Pero su inteligencia penetrante no podía detenerse aquí. También los cánones éticos de las acciones, los ideales populares, sus apóstoles y sus fuentes fue­ron sometidas a un examen incisivo. No resulta extraño que un hombre de espíritu y carácter varoniles haya creído des­cubrir la fuente primaria de todo mal en la misma religión secularizada y en su expresión principal, la poesía épica (harto 194 familiar al rapsoda), y que, sangrándole el corazón, se des­arrancara de la tradición de su nación. Así, nuestro sabio vuel­ve la espalda no sólo a la patria deshonrada, sino que también a los ideales patrios. Además, su vida de rapsoda andante, de una duración sin ejemplo y que él mismo calcula en 67 años, y la extraordinaria amplitud de/ miras que adquirió en tan lar­go tiempo y en tan distintos lugares, favorecía considerable­mente la crítica disolvente que ejercía. No sólo las contradic­ciones, las incongruencias y las iniquidades de la multiforme leyenda helénica de dioses y héroes, ofrecían los blancos más vulnerables a su agudo juicio. También penetró con su mira­da la elaboración de formaciones religiosas antropomórficas, que en su variedad contradictoria se anulan mutuamente. Sa­be que los negros imaginan a sus dioses de color negro y nariz roma, que los tracios los forman de ojos celestes y cabellos rojizos. Pero, ¿por qué sólo los griegos estarían acertados, y no los tracios y negros? Conoce la lamentación de Osiris de los egipcios como el treno de Adonis de los fenicios. Condena ambos y en ellos a los cultos griegos afines: ¡tomad una de­cisión —así exhortaba a los que se lamentan por los dioses fa­llecidos— deplorad a aquellos seres como hombres mortales o veneradlos como dioses inmortales! De esta suerte fue el pri­mero en manejar los métodos del ataque indirecto y de la refutación recíproca basados en la comparación y el parale­lismo, métodos que en la mano de un Voltaire y de un Mon-tesquieu han demostrado ser armas tan eficientes en la lucha contra estatutos y dogmas positivos.

II

Pero el sabio de Colofón, es preciso reconocerlo, no fue un mero escarnecedor de la religión, como tampoco lo fue el sabio de Ferney. Él también venera a un "Ser Supremo". Porque "un dios es el más grande, tanto entre dioses como hom­bres, nada parecido a los mortales ni en figura ni en pensa­mientos". No es un creador del universo, no es un dios ni fue­ra ni por encima del mundo, sino, aunque no de palabra, pero 195 sí de hecho, una alma cósmica, un espíritu universal. "Di­rigiendo su mirada sobre todo el edificio celeste —así nos di­ce Aristóteles, que en este lugar, según toda evidencia, no ar­guye sino que relata— Jenófanes declaró que este uno es la divinidad" 5. Y "hacia dondequiera que deje divagar el es­píritu, todo se disuelve para mí en una unidad", así le hace hablar Timón de Fliasa (alrededor de 300 a. de J.C.), autor de un poema burlesco en el cual se critican una por una las doc­trinas de los filósofos. Si el pensador mismo dice de este su dios supremo: "Todo lo vence por medio de fuerza mental", estas palabras parecen Indicar una concepción dualista del mundo. Pero, muy cerca de éstas, encontramos otras expre­siones que concuerdan poco con esta interpretación. "Él ve por entero, oye por entero, piensa por entero", y con ello se "'reconoce, por cierto, que la deidad no posee órganos huma­nos para sentir y pensar, pero tampoco por ello se la declara ente que no tenga existencia en el espacio. Y si además se dice de ella: "Eternamente permanece sin moverse en el mis­mo lugar, todo movimiento es ajeno a ella", entonces la carac­terizan estas determinaciones precisamente como extensa en el espacio. Como el universo, podemos agregar nosotros, que, como todo, permanece sin moverse ni alterarse por poco que ello sea aplicable a sus partes. Aquí podemos permitirnos una sonrisa cuando sorprendemos al ardiente enemigo del antro­pomorfismo en ocasionales amagos antropomórficos. Porque para matizar aquel reposo inconmovible de la deidad univer­sal se dice que "no es digno de ella moverse por aquí y por allá". Ello, indudablemente, quiere decir que el ser supremo no debe parecerse a un sirviente que, jadeante y ajetreado, corre de un lado a otro, sino a un rey que majestuosamente reposa sobre su trono.


Pero hay otro camino para fundamentar con certeza la concepción del ser supremo que permanece indecisa entre es­píritu y materia. El deísmo dualista es tan ajeno a los pre­decesores de Jenófanes como a sus coetáneos y sucesores. El protoente a la vez material y divino de Anaximandro, el fuego dotado de razón de Heráclito, ni en lo más mínimo puede provocar 196 mayor o menor extrañeza que el dios-naturaleza de nues­tro sabio. En las teorías de sus discípulos no queda el menor lugar ni para un creador del universo ni para un constructor que obre en forma adecuada a los fines, y aun menos para un pa­dre celeste que demuestre su previsión por medio de interven­ciones aisladas, ni para un juez que distribuya premios y cas­tigos. ¿Pero quién se habría imaginado jamás a los metafísi-cos eleáticos como discípulos de Jenófanes, si en lo referente a la fundamental teoría del dios, aquéllos hubieran estado en contradicción con éste, que era mucho más teólogo que metafí­sico? Además, su panteísmo no es tanto una innovación vio­lenta como una evolución de la religión popular motivada por la creciente comprensión de la unidad de la vida natural y por el aumento de las exigencias morales. En todos los tiempos esta religión popular ha sido en su esencia, más que todo, ve­neración por la naturaleza y, bajo este aspecto, quizá haría­mos mejor en hablar, no de evolución, sino más bien de un re­troceso. Así, el reformador es en alta medida al mismo tiem­po un restaurador. Bajo los muros del templo que él ha des­truido, se encuentra con otro santuario más antiguo. Al re­tirar la capa más joven y peculiarmente griega de la religión antropomórfica representada por las poesías de Homero y He­síodo, pone al descubierto la capa más originaria, común a los arios: la religión natural, conservada más indemne entre los indios y, sobre todo, entre los persas.
Desde este punto tenemos que abocarnos también al problema muy discutido de saber si Jenófanes reconoció dio­ses individuales al lado de su ser universal 6. Fuentes litera­rias cuyo testimonio ha sido reconocido ahora como carente de valor, lo han negado. Manifestaciones indudablemente au­ténticas de nuestro pensador mismo, principalmente su decla­ración asegurada documentalmente por la nueva forma que le dio Eurípides sobre la relación existente entre los dioses in­feriores y el dios supremo, resuelven la cuestión en sentido afirmativo. Esta relación no se asemejaría a la que existe en­tre el tirano y sus subditos. Lo opuesto al reino de la arbitra­riedad lo constituye el reino de las leyes, y así tendremos que 197ver en aquella manifestación el reconocimiento más o menos claro de un orden legal que obra en forma ubicua. Tampoco existe ni la sombra de un motivo interno para poner en du­da esta decisión. Hacia los hijos de Leto y hacia la esposa de Zeus, la de los brazos blancos, el filósofo de Colofón segura­mente no levantó jamás las manos en actitud implorante. Por­que si "los mortales creen que los dioses nacen y que poseen la sensación, la voz y la figura de ellos (los mortales)", eso precisamente es para él una aberración contra la que se cree en el deber de luchar con el mayor empeño. Pero querer des­pojar a la naturaleza misma de su alma y de su carácter di­vino es tan ajeno a su mentalidad como a la de sus anteceso­res y coetáneos, los órficos, que igualmente insistieron en la homogeneidad del régimen universal, pero que no por ello ne­garon de ningún modo la multiplicidad de seres divinos. Herá­clito también toleró, al lado de su fuego primordial pensante, a diosas individuales subalternos, y ni siquiera Platón y Aris­tóteles sacrificaron los dioses estelares en aras de la deidad su­prema ; el monoteísmo puro, rigurosamente exclusivo, sonó siem­pre como una blasfemia a los oídos de los griegos. Sería en­tonces el más grande de los milagros que Jenófanes, hom­bre de religiosidad profunda, pero de religiosidad heléni­ca, hubiera constituido una excepción a esta regla en épo­ca tan temprana. Hay, pues, mucho que recomienda y nada que impide la suposición de que haya tributado veneración divina a los grandes factores de la naturaleza. El jefe de la escuela eleática no fue el primer monoteísta, pero sí el profe­ta de un panteísmo que concordaba con la concepción natural de su pueblo y estaba saturado de los elementos culturales de su época.

III

Pero con ello no se agota el significado de esta poderosa personalidad. Además de poeta y pensador, fue asimismo un erudito investigador de primer rango. En este carácter lo elogia o censura Heráclito, su coetáneo algo más joven (véase pág. 92). Y ello no puede causarnos extrañeza, ya que es casi 198 seguro que fue su sed de saber la que le hizo asir el báculo del peregrino y obligó a su "espíritu pensativo a vagar por tie­rras griegas" durante tantos decenios. Durante estas andan­zas seguramente buscaría más bien que evitaría las extre­mas comarcas fronterizas de la extensa faja colonial. Porque precisamente en estas vanguardias de la civilización helénica, en la Naucratis egipcia o en la Olbia escita, un emisario de la poesía nacional debía ser tan bien recibido como lo es hoy en día su colega alemán en Saint Louis o en New York. En una época, pues, en que la exploración personal significaba mucho más que la sabiduría libresca, disponía de los medios más abundantes para recoger y asimilar la más rica cosecha de conocimientos. Entre las distintas ciencias es sobre todo la geología la que le cuenta entre sus adeptos más antiguos. Por lo que sabemos, fue el primero que del hallazgo de restos fosilizados de animales y plantas sacó conclusiones correctas y de vasto alcance. En las capas terciarias recientes de las fa­mosas canteras de Siracusa encontró calcos de peces y, proba­blemente, de algas marinas, y en el suelo terciario más viejo de la isla de Malta, diversas conchas de moluscos marinos 7. De ello dedujo transformaciones que la superficie de la tie­rra había experimentado en épocas pretéritas; más exacta­mente —como anticatastrófico, según podemos decir de acuer­do a Sir Charles Lyell—, alteraciones que no son el resultado de violentas crisis aisladas, sino el fruto de procesos minúscu­los, pero continuos, que paulatinamente se van sumando hasta producir grandes efectos. Presuponía una alternación lenta, gradual y periódica entre tierra y mar, opinión que recuerda la doctrina de la circulación que ya hemos encontrado en su presunto maestro Anaximandro, y a ella unió una teoría aná­loga sobre el gradual desarrollo natural de la cultura humana ("pues los dioses no mostraron todo a los mortales desde un principio, sino que buscando ellos mismos encuentran poco a poco lo mejor"). Así se hace patente la pulsación de un espí­ritu rigurosamente científico, que agrega al retrato del filó­sofo de Colofón otro rasgo más, que no es el menos significa­tivo.


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Echemos una mirada retrospectiva a la evolución gradual de ese hombre extraordinario. Experiencias juveniles de la índole más dolorosa despertaron en él en hora temprana dudas sobre la bondad y consistencia de las tradiciones popu­lares, principalmente las religiosas. En casi setenta años de peregrinaje, el más vasto panorama de doctrinas religiosas, hábitos y costumbres de los pueblos y tribus le ahondó y confirmó estas dudas, proporcionándole los mejores instru­mentos para darles consistencia. Sobre el camino desembara­zado así de obstáculos avanza el reformador religioso, deján­dose guiar por sus propios ideales éticos, por impulsos que se podrían llamar heredados o atávicos, y por los resultados de la cultura científica de su época. Su mente, llena de her­moso humanitarismo y amor a la justicia, y adversa a toda violencia grosera, lo lleva a extirpar todos los elementos de la religión popular que se oponen a aquellos cánones más eleva­dos; la veneración de la naturaleza que los griegos, por decirlo así, llevan congénitamente y que halla una expresión más acen­tuada en una personalidad de temperamento poético-religioso, se une con la visión del orden legal que reina en el universo, visión que comparte con sus coetáneos más adelantados, y que lo lleva a una representación de la divinidad suprema en la cual ésta aparece como una fuerza primordial homogénea que se consubstancia con el universo, opera en él como el alma en el cuerpo, lo mueve y le da vida, pero que a la vez se halla in-solublemente unida y confundida con él. Mas a todos estos im­pulsos se agrega otro más: Es su amor a la verdad, seria y profundamente sentido que por la crítica de las figuraciones mí­ticas alcanzó su madurez y fuerza. Este gran amor a la verdad le hace condenar la teología tradicional no sólo a causa de su insuficiencia ética, sino también por su carencia de fun­damento real. Las doctrinas corrientes, esto es lo que evidente­mente quiere decir, enuncian sobre las cosas supremas no sólo lo que no debemos creer, sino también lo que no pode­mos creer. Le repugnan, no sólo la falta de valor de lo que afirman esas doctrinas sino también la arbitrariedad de sus afirmaciones. Figuraciones moralmente inocuas, pero aventuradas 200 y antinaturales como lo son "gigantes, titanes y cen­tauros", son fustigadas con acerba mordacidad como "invenciones de los antiguos". Y además: sus enseñanzas son no sólo distintas de las de sus antecesores teológicos, sino también menos abundantes que éstas. Se contenta con unos pocos conceptos principales sin desarrollarlos de modo completo y preciso. "Sobre nada —así se lamenta Aristóteles— se expresó Jonófanes con amplia claridad" 8. Su abstención va más lejos aún. En versos inmortales negó toda segu­ridad dogmática —indirectamente también la de sus propias doctrinas— y declinó, podemos decir, toda responsabili­dad por los excesos de discípulos dogmatizantes. "Nadie ha alcanzado aún, exclama, y nadie alcanzará jamás plena certe­za con respecto a los dioses y al dios que yo llamo la naturale­za toda. Porque por mucho que lograra dar en lo justo, queda­ría sin saberlo; porque todo está cubierto de apariencia". Es­ta sentencia imperecedera la volveremos a encontrar varias veces. Primero en un eminente propulsor de sanos métodos de ciencias naturales, en el autor del escrito Sobre la antigua Medicina, cercano a Hipócrates, si no idéntico a él y que par­te precisamente de esta palabra de nuestro filósofo en su lu­cha empeñosa contra la arbitrariedad en la filosofía de la na­turaleza. Pero de ello hablaremos más tarde. Cerremos aquí nuestra exposición con la observación de que Jenófanes, al igual que todos los hombres verdaderamente grandes, reunió en su personalidad profundos contrastes que aparentemente se excluyen; en el presente caso un entusiasmo de hondo fer­vor religioso y la más sobria claridad que le permitía perci­bir nítidamente los límites del conocimiento humano. Es a la vez sembrador y segador. Con una mano arroja la semi­lla de la que debía brotar un árbol imponente en el bosque de la especulación griega; con la otra mano afila el corte del hacha destinada a desmontar éste y muchos otros troncos po­derosos 9.





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