Leyendas negras de la Iglesia


VI. LOS HERMANOS SEPARADOS Y LA IGLESIA



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VI. LOS HERMANOS SEPARADOS Y LA IGLESIA


36. Víctimas que no hay que olvidar

Ya se sabe que en este mundo no todos los muertos son iguales: los hay «excelentes» y otros omisibles. Así, el fascismo exaltó a sus mártires y lanzó a la oscuridad de la memoria a los caídos por el otro bando. Una vez invertida la situación política, también se invirtió el objeto de aquel culto necrófilo a los caídos por el propio bando, culto que es parte importante del poder.

Es interesante señalar, por otro lado, que este género de cultos políticos no sabe de ecumenismos: es una liturgia que expulsa implacablemente a las demás y relega a las catacumbas políticas la memoria de los muertos de los otros credos políticos. (Recientemente se produjo en Milán un escándalo cuando un cronista descubrió que durante la rigurosa depuración del callejero se habían olvidado de una calle dedicada a un fascista. ¡No se la había rebautizado con el nombre de un mártir de la Resistencia! Se calificó de sacrilegio, y con toda la razón, ya que realmente se trata de un culto en el que los muertos se seleccionan para legitimar a los poderosos del momento.)

Pero tampoco son iguales en este mundo esos muertos especiales que la Iglesia propone como santos. A algunos se los considera aceptables; a otros, en cambio, se los condena al ostracismo. Como muestran las crónicas periodísticas —descarnadas, cuando no aliñadas con alguna pregunta sobre la oportunidad de tales gestos—, entre los que no resultan «simpáticos» se cuentan los 85 sacerdotes, religiosos y laicos martirizados en Gran Bretaña por los anglicanos y ahora proclamados beatos. Al contrario de lo que pretenden algunas lecturas superficiales, el Papa ha realizado un gesto verdaderamente ecuménico. El encuentro entre cristianos presupone la revelación plena de la verdad y no su ocultamiento. No puede nacer ningún diálogo provechoso del olvido, la hipocresía o del temor de quien no osa mirar la realidad a la cara. Merece un elogio la Iglesia anglicana por haberlo comprendido enviando en representación una delegación oficial a San Pedro de Roma. Por encima del justificado sentimiento de vergüenza, y gracias al tacto del Papa, prevaleció el valor evangélico: Veritas liberabit vos.

Pero entonces, ¿cómo es posible que a la valentía de las comunidades anglicanas se oponga la reticencia de algunos medios de comunicación laicos, por no hablar de algún influyente «círculo» católico? En algunos ambientes clericales parece tener lugar una concepción del ecumenismo según la cual, debido a un curioso masoquismo, sólo deberían exponerse las culpas de los católicos, los únicos «malos».

Frente al planteamiento de los cultos a medias se propone el recuerdo, también evocado ahora en San Pedro, de una realidad que como de costumbre demuestra que la verdad es compleja y no tolera propagandas: si nos atenemos a Raphael Holisend, historiador protestante fuera de toda sospecha, Enrique VIII, el rey de las seis esposas (ordenó decapitar a un par de ellas), que se autoproclamó cabeza de la nueva Iglesia anglicana, hizo matar a 72.000 católicos. Su hija Isabel I, en muy pocos años, y también en nombre de un cristianismo «reformado» y, por tanto, «purificado», causó más víctimas (y con métodos más atroces, si es lícito llevar una clasificación del horror) que la Inquisición española y romana juntas a lo largo de tres siglos. Desde Ginebra, Calvino enviaba a Inglaterra mensajes con los que incitaba al exterminio: «Quien no quiere matar a los papistas es un traidor: salva al lobo y deja inermes a las ovejas.»

No sólo los ingleses que permanecieron fieles a Roma conocieron esta política sino también los irlandeses, a los cuales no sólo se les negó la vida y los derechos civiles (¡hasta 1913!) sino que incluso se les robó la tierra. ¿Quién recuerda que las raíces del drama de la isla que aún continúa en nuestros días procede de la decisión de Cromwell de instalar en el Ulster (la zona más rica en recursos), por la fuerza y con fines anticatólicos, a los presbiterianos?

¿Quién recuerda que en las «Pascuas piamontesas» (la expedición de los Saboya contra los valles valdenses) participó, y no por casualidad, un batallón de voluntarios irlandeses cuyas familias habían sido masacradas por los anglicanos? ¿Quién recordaba, antes de la beatificación de los 85 mártires, que Roma, «la intolerante» por definición, jamás concibió una ley tan inaudita como la que decretó en 1585 el «democrático» Parlamento inglés, que llevó a la muerte a los nuevos beatos, por la que se imponía suplicio a los ciudadanos de la Gran Bretaña que regresaran a la patria después de consagrarse sacerdotes (en la isla estaba prohibido el ordenamiento católico), así como también a quien hubiera tenido contacto con éstos?

Es comprensible que todo esto resulte difícil de asimilar por la mentalidad general, contaminada con el mismo rosario de nombres dirigido en sentido único: «Torquemada, Alejandro VI, Galileo, Giordano Bruno, Pizarro, Cortés...» Como me recordaba aquel amigo, aquel caballero que fue el pastor valdense Vittorio Subilia, presidente de la Facultad de Teología de su Iglesia y director de la respetada revista Protestantismo: «Nunca será posible la unión sin que todos los cristianos se conviertan a Cristo.» No hay inocentes en el pecado que nos une a todos.

37. Arrepentimientos protestantes

Todos los años, a finales de agosto, se reúne en Torre Pellice el Sínodo de la Iglesia valdense, federada desde hace algún tiempo con la Iglesia metodista.

En esta ocasión se respira tensión entre los representantes de la única comunidad cristiana no católica de origen italiano. Hasta tal punto que en una intervención especialmente apreciada incluso por el moderador, un delegado ha pedido para su Iglesia «una moratoria penitencial de cinco años».

Entre las razones de esta propuesta de «penitencia» se cuenta el dato que incluso en los más altos niveles, los valdenses habían escogido muchos años atrás la «opción socialista», alineándose abiertamente no sólo con el «comunismo a la italiana» de los seguidores de Berlinguer, sino también, al menos en algunos sectores de las altas jerarquías, con el marxismo «puro y duro» de los grupos y grupúsculos extraparlamentarios.

Muchos pastores habrían presentado su candidatura en las listas comunistas, y no sólo para colaborar en el plano práctico. Ésta se justificaba a menudo teológicamente, con la Biblia, como si Jesucristo hubiera aparecido entre los hombres para allanar el terreno al verdadero, definitivo y «científico» Mesías, aquel otro judío llamado Karl Marx. Por otro lado, todavía se encuentra en el catálogo de la editorial valdense el nombre de Ferdinando Belo, el ex sacerdote portugués, autor de la grotesca «lectura materialista del Evangelio», que por desgracia fue tomada en serio.

En el mismo catálogo se encuentran decenas de títulos semejantes que parecían anunciar el futuro y que, sin embargo, han acabado en la basura de la historia.

Cosas también acaecidas en la casa católica; sin embargo aquí, el paso a Marx para reforzarlo con la bendición de Abraham, Moisés y Jesucristo trastornó a no pocos religiosos y laicos, pero sólo a algunos obispos y, naturalmente, no salpicó a las élites. De esta suerte, el prefecto de la Congregación para la Fe se animó a definir el marxismo como «vergüenza de nuestro siglo» y fue atacado desde numerosos frentes, incluso en el seno de la propia Iglesia (y eso que ya estaban en 1985), pero la expresión que se utilizó entonces confirmaba una continuidad doctrinal que ya lleva siglo y medio de andadura.

En los documentos del Vaticano II no se cita nunca al marxismo y al comunismo, debido a un acuerdo secreto, hoy confirmado, entre la Santa Sede y la Iglesia ortodoxa rusa, cuyos jerarcas eran nombrados por el ministro soviético para los cultos, naturalmente con el visto bueno del KGB. El silencio sobre el marxismo, la ausencia de condena al comunismo, fue el precio puesto por los soviéticos a cambio de permitir participar a los observadores ortodoxos en el concilio y justificar así el calificativo de «ecuménico» que Juan XXIII anhelaba por encima de todo.

Un pacto desconcertante que algún cristiano amargado del Este aún no ha olvidado. También es cierto que el comunismo a la soviética, aunque silenciado, estuvo implícitamente incluido en la condena del ateísmo teórico pronunciada por los Padres conciliares en el documento final.

De cualquier modo, es preferible, naturalmente, el silencio «católico» que convertir a la Biblia en criada de Das Kapital, como sucedía tanto en las obras de los teólogos como también en los documentos oficiales de no pocas Iglesias protestantes, incluida la valdense. Con la oposición, todo sea dicho, de numerosos afiliados «de base», quienes enviaban al que esto escribe sus afligidos documentos en contra de la transformación de la fe en política «siniestra». Estos hermanos recordaban al grupo de mayoría valdense que «quien desposa el mundo, sus poderosos proveedores y sus modas, pronto queda viudo». Lo que sucedió puntualmente. Muchos tendrán ahora ocasión de meditar que el Evangelio no puede apresarse para ponerlo al servicio de los nuevos emperadores, aunque lleven haz y martillo y se proclamen «al servicio de los pobres».

El luto por el imprevisto y vergonzoso final de una «esperanza» mundana bautizada con entusiasmo es otro motivo de la solicitud de «moratoria penitencial» efectuada al Sínodo valdo-metodista.

Pero ya en los titulares de la primera página, el semanario que publica las crónicas y los actos de la audiencia de Torre Pellice habla de «sufrimiento».

La que sí ha sido sufrida es la decisión de revisar los pactos con el Estado y solicitar una participación en el reparto de la nada despreciable tarta del ocho por mil del IRPF.

Cuando tuvo lugar la revisión de los Pactos Lateranenses y se decidió este tipo de financiación para la Iglesia católica, así como para alguna pequeña comunidad que quiso acceder a ellos, entre los valdenses se elevó un coro de comentarios donde la indignación parecía ir acompañada de aquel afectado desprecio hacia el «papismo» que desde sus orígenes hasta nuestros días identifica a tantos sectores del mundo reformado.

Una vez más se atacó la «lógica concordatoria» que sólo identificaba al catolicismo romano. Por su parte, los valdenses también se habían puesto de acuerdo con el Estado italiano, pero a su pacto quisieron llamarlo «Intesa» y no «Concordato» porque esta última palabra les parecía antievangélica por excelencia. Así, rechazaron casi horrorizados la posibilidad de obtener aquel ocho por mil que los contribuyentes asignaban libremente, calificándola de «constantiniana».

Aun siendo un lector atento de la prensa valdense y considerándome algo versado en la historia del cristianismo, debo confesar que quedé sorprendido: es precisamente la propia Reforma la que sustituye al Papa con el príncipe y tiende a unificar la Iglesia y el Estado. La Alemania luterana, la Suiza calvinista, la Inglaterra anglicana ponen las finanzas de su Iglesia a cargo del Estado; sin ir más lejos, el sistema alemán todavía hoy tiene en el Estado a su recaudador de la «tasa eclesiástica». Por no hablar del Parlamento inglés, habilitado para legislar incluso sobre asuntos eclesiásticos, tanto teológicos como administrativos.

Por otro lado, como ya se le recordó al Sínodo, «los valdenses nunca han tenido problemas de conciencia por aceptar importantes contribuciones de las Iglesias hermanas en el extranjero, financiadas por sus propios Estados». Desde esta perspectiva resulta difícil el escandalizado rechazo, que se justificó en nombre del protestantismo y ahondando la polémica contra el «servil y venal catolicismo», de incluir también a la comunidad valdense entre las posibles destinatarias de la opción de los contribuyentes italianos. ¿Por qué hablar desde el púlpito de quien comparte la teología de la Iglesia de Estado de la «habitual búsqueda de privilegios de la Iglesia romana»?

En cualquier caso, la vida siempre es más fuerte que las teorías. Y los administradores «evangélicos» han divulgado que sin el dinero del ocho por mil, el 80 % de las obras valdo-metodistas están destinadas al cierre. De ahí que en el Sínodo se produjera el sufrido debate, la votación y el predominio de una mayoría favorable a solicitar al Estado incluirlos también a ellos, los «puros», en la declaración de la renta como posibles beneficiarios de una cuota de los impuestos de los ciudadanos. El moderador votó en contra, pero al ser reelegido de inmediato, prometió, no sin cierta alusión a su «tormento», que respetaría la decisión del Sínodo y pediría al Estado que incluyera a su Iglesia en la «lógica concordatoria» tanto tiempo despreciada y anatemizada por los católicos.

Naturalmente, deseamos lo mejor a los valdo-metodistas, al igual que a cualquier otro hermano en Cristo, y sentimos hacia ellos una solidaridad de la que formamos parte. Por esta razón, una experiencia como la anterior nos parece muy positiva desde una perspectiva evangélica.

Es una lección de humildad cristiana, amarga pero benéfica; una llamada a no juzgar o despreciar a nadie, ni siquiera a aquellos católicos de quienes hasta hace poco fuentes valdenses decían que «vendían la pureza del Evangelio por un plato de lentejas».

A la luz de la fe no hay sólo «puros» o sólo «corruptos»: la condición humana y sus contradicciones nos unen a todos. Sólo Cristo está libre de pecado.

38. Crímenes

La tendencia italiana a la autodifamación, alimentada sin tregua desde los medios de comunicación o en las conversaciones de café, cada vez está más inclinada a pensar que nuestro país es el pozo de los vicios de todo el mundo.

Los países del norte europeo ponen mucho cuidado en alimentar el complejo inverso, es decir, el de superioridad, sustentado en la convicción de que el catolicismo estropeó irremisiblemente el carácter de los pueblos afligidos por él. En cambio, el protestantismo...

Esto es lo que expone en un diario inglés un tal Paul Johnson que, además de periodista informado, es un historiador bastante inconformista (lo citamos más adelante, al tratar de Gandhi). Johnson llega a proponer una Europa dividida por una barrera sanitaria que seguiría las fronteras confesionales: al sur la leprosería en la que confinar a los viciosos y supersticiosos «papistas», vigilando que sus virus no contagien a los demás; al norte los ciudadanos superlativamente íntegros, purificados por Lutero, Calvino y Enrique VIII. Unos ciudadanos a los que el simple recuerdo de la hoy remota Reforma (se trata de países ya muy lejanos de cualquier forma de cristianismo, por «puro» o «contaminado» que sea) les borra cualquier resto de pecado original.

Sin embargo, alguien ha intentado poner en cifras estos datos. Lo ha intentado hasta nuestro ministro del Interior, pero ha sido acallado por los colegas parlamentarios y nuestros opinion-maker (forjadores de opinión). El masoquismo nacional, que para muchos se sustenta en la polémica anticatólica que, como veremos en estas páginas, empieza con Maquiavelo y Guicciardini, no pretende renunciar al maillot negro para Italia en la clasificación de los asuntos sucios.

Baste citar unas pocas cifras para demostrar que no nos corresponde el primer puesto en la escala de la mala vida. Si, para empezar, tomamos el número de crímenes (de todo tipo, sin considerar su gravedad) observaremos con sorpresa que la ciudad más «criminal» de Europa es Copenhague. Pues sí, precisamente la muy luterana capital de la muy protestante Dinamarca, donde un católico es una rareza que se contempla con altanera sospecha.

Allí arriba, entre aquellos míticos «ciudadanos ejemplares», la incidencia del crimen fue en 1990 de 21.198 por cada cien mil habitantes, lo que a grandes rasgos significa que más de un danés sobre cinco tuvo que vérselas con la ley. Alguien podría objetar que el porcentaje es tan elevado porque en el bloque se cuentan los evasores fiscales, cuyo comportamiento se incluye en la categoría de «crímenes». Pero la objeción no sirve como atenuante sino que pasa a ser retomada por la acusación. Así, según la autodifamación italiana y la difamación nórdica, defraudar al fisco ¿no es un comportamiento típico de pícaro católico, a quien la Contrarreforma ha extirpado cualquier sentimiento cívico?

De cualquier modo, la segunda en la clasificación es París, con 14.665 crímenes por cada cien mil habitantes. Sigue Londres (10.594), es decir, otra de las capitales, y de las más virulentas, en su desprecio al catolicismo, precisamente la ciudad del tal Paul Johnson que pretendía aislar el sur de Europa. Sigue después Viena, casi a la par con Londres: 10.202. Finalmente, Roma que, con «sólo» 6.492 crímenes por cada cien mil habitantes, delinque tres veces menos que Copenhague y casi la mitad que Londres.

Si pasamos de las cifras generales a las particulares no hallaremos un solo sector criminal en el que Italia vaya en cabeza: ni en los robos, que en un año han sido 49.633 en Francia y 36.830 entre nosotros, seguidos con un número casi idéntico (36.200) por los ingleses y galeses. En realidad, el conjunto de la Gran Bretaña nos supera ampliamente, ya que en la cifra anterior no se incluyen Escocia y el Ulster, que poseen una administración de policía autónoma y otros criterios estadísticos.

Luego, en último término respecto a robos, está la «tranquila» Alemania, con 35.111, siempre en el mismo año. Sin embargo, los alemanes se hallan en un pavoroso primer lugar respecto al número de suicidios: 9.216 contra 3.806 en Italia (Francia: 8.500). Con 3.776 casos los franceses encabezan con gran ventaja la triste clasificación de la violencia carnal, seguidos por Alemania, Inglaterra y Gales, mientras que Italia aparece muy distanciada, con sólo 680 casos en todo 1990.

Pero volviendo al capítulo más negro, el de los homicidios, el país con mayor número de ellos es Alemania: 2.387. Italia cuenta con un poco honorable segundo lugar, si bien bastante distanciada de los alemanes: 1.696. El «caso italiano» se caracteriza por el hecho de que el 75 % de los homicidios se concentra en las zonas meridionales, y sólo en unas pocas de ellas. Sin el sur de mafias y camorras varias, Italia sería uno de los lugares del mundo donde menos se mata. Pero no todo el sur es igual: al parecer, la menor tasa de criminalidad de toda la península se da en Molise; también la Basilicata es, al menos por ahora, una de las zonas inmunes a la furia sanguinaria del sur y además una de las regiones europeas menos afectadas por la ilegalidad. Según las estadísticas, las «católicas», aunque «meridionales», Campobasso, Isernia, Potenza, Matera son infinitamente más seguras que muchas otras ciudades del norte de Europa, pese a los Lutero y Calvino de sus respectivos pasados.

Como de costumbre, las cosas son muy distintas de lo que cierta propaganda ideológica divulga y que nuestra credulidad acepta como bueno.

39. Pastores

Se ha publicado un voluminoso documento (unas 867 páginas «pesadas como el plomo», como las ha definido alguien) compilado por el historiador luterano Gerhard Bieser y editado por un protestante de la antigua Alemania comunista libre de toda sospecha.

En la obra se reconstruyen las relaciones entre los «evangélicos» y el disuelto régimen «democrático». Es un cuadro que el propio Sínodo de la reunificada EKD, la Iglesia evangélica alemana, define como «alarmante» y «como para solicitar un acto público de contrición».

Del dossier se desprende que tres mil de los cuatro mil pastores protestantes de la Alemania autodenominada «popular» eran informadores estables u ocasionales de la terrible Staatsichereit, la policía secreta del Estado, llamada Stasi. Según Bieser, la apertura de los archivos ha mostrado que la colaboración del estamento eclesiástico luterano con el régimen, incluso como espías, «no fue ocasional ni estuvo limitada al marco de la vida religiosa sino que constituyó un problema estructural para la Iglesia evangélica».

Siguiendo al mismo historiador, se dice que entre los informadores de la Stasi «todavía no han aparecido nombres de eclesiásticos católicos», pero, añade a modo de consuelo para sus colegas luteranos, «es sólo cuestión de tiempo».

También señala como igualmente cierto que, como ocurrió con el nazismo, cuando se lleve a cabo el balance definitivo, la implicación de los protestantes será bastante superior a la de los católicos. Y, según observa el propio historiador, no sólo se debe a la desastrosa tradición evangélica de las «Iglesias de Estado» sino también al hecho de haber sustituido al Papa por el poder de turno; otro factor es la tradición, que se remite al mismo Lutero, de apoyarse en las autoridades laicas vendiéndoles las «protecciones» de la Iglesia. Pero también, señala el reverendo Bier, porque «los pastores están casados, tienen familia y son más susceptibles de ser chantajeados que el clero católico, que es célibe».

Así lo reconoce el mismo Sínodo evangélico alemán al buscar las razones que llevaron a tres mil de los cuatro mil pastores a hacerse informadores de la policía secreta al servicio de una tiranía oficialmente atea.




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