Leyendas negras de la Iglesia



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Para estos jóvenes, Jesucristo se halla sólo, con un mísero 6,5 %, en cuarto lugar entre «los ejemplos que han inspirado su opción de vida». En primer lugar, con un triunfal 49,2 %, está Gandhi. En segundo lugar, pero bastante distanciado (8,1 %), aparece Lorenzo Milani; en el tercero (7,3 %) Martin Luther King; en el cuarto —como apuntábamos— un tal Jesucristo, seguido por Nelson Mandela (2,9 %) y, finalmente, la Madre Teresa de Calcuta, con un 2,7 %. La autoridad de la fuente que nos ofrece esta clasificación nos impide crearnos la vaga esperanza de que se trate de una información manipulada. Es verdad que si nos atenemos a ese mismo estudio, en materia de opciones políticas una buena parte de los entrevistados se declara «verde» y un 5,5 % es nada menos que comunista (decimos «nada menos» porque un porcentaje como éste de «compañeros» sobrevivientes es superior incluso al obtenido por los comunistas en las primeras elecciones libres en muchos países del Este). Nos falta por anotar que casi el 75 % declara ir a misa al menos el domingo: y más del 29 % va «todos los días o más de una vez a la semana».

Resulta difícil entonces comprender qué significado tiene la misa para esos más de noventa y tres jóvenes que no ven a Cristo ni siquiera como principal, por más que este término resulte reductivo, «ejemplo de vida». Y surgen nuevos interrogantes al constatar que más de la mitad es catequista o miembro de asociaciones religiosas o componente de consejos pastorales parroquiales. «Y los restantes —seguimos citando el texto del SIR— están comprometidos de alguna manera y con diferentes funciones en la vida de la comunidad católica.»

No existe afán de polémica en nuestra reflexión acerca de semejantes resultados. Si acaso, un desconcierto próximo a la inquietud. Nos preguntamos qué ha sido de la fe de jóvenes a menudo admirables (algo que decimos tras algún que otro encuentro personal), sobre cuya generosidad y compromiso humano no es lícito dudar, pero que —aun llamándose «cristianos»— escogen a Gandhi antes que a Jesús en un porcentaje casi ocho veces superior. Y al protagonista de los Evangelios le anteponen abiertamente aquel mitificado reverendo King, de quien sus propios seguidores están tomando distancias, no sin cierto embarazo.

Tampoco reduce la inquietud descubrir que a la pregunta «¿qué ha sido para ti el servicio civil?», la respuesta «un testimonio de la fe» aparezca en último lugar después de otras tres: «una experiencia de formación humana», «una opción no violenta» y «una ayuda a quien lo necesita».

Quisiéramos entender; más aún, quisiéramos que se nos desmintiera la sospecha que nos acecha dolorosamente, que lo que distingue a cierto «mundo católico» es una crisis de la fe, que tal vez se esconde detrás de un compromiso que en muchos de los jóvenes sólo tiene motivaciones humanas, filantrópicas. Es un impulso generoso pero que, pese a las apariencias, tiene poco que ver con la auténtica caridad cristiana, que no es un amor hacia el género humano por su amabilidad intrínseca (incluso a menudo no lo es en absoluto, empezando, naturalmente, por nosotros mismos), sino porque en cada uno de ello la luz de la fe vislumbra al hermano con el Padre común, el rostro doliente de Cristo, salvado a costa de la cruz.

62. Gandhi

Gandhi superstar, pues, también para los objetores de conciencia de Cáritas y, en general, para el mundo católico de estas últimas décadas.

Cuanto más tiempo transcurre, más divididas están las opiniones acerca del mítico «droguero» (lo que significa su nombre en su lengua, el gujarati). Para muchos es un santo, una de las grandes figuras del siglo.

Para otros —sobre todo para historiadores que conocen la complejidad de su biografía— un hombre sobre el que hay que plantear cada vez mayores interrogantes. Entre los «peores» se encuentra el famoso historiador inglés contemporáneo Paul Johnson, que pasó del juvenil compromiso marxistaleninista a una opción demócrata-liberal. Según Johnson, alrededor de Gandhi se creó una corte de «charlatanes» y el mismo Maestro (el Mahatma, el «alma grande») no carecía de sospechosas excentricidades.

«Tanto él como su madre, de la que heredó un estreñimiento crónico —señala el historiador inglés— estaban obsesionados sobre todas las cosas por la asimilación y evacuación de los alimentos. Vivía en su ashràm asistido por una corte de mujeres devotas que le servían. La primera pregunta que les dirigía nada más levantarse era: "Hermanas, ¿habéis ido bien de cuerpo esta mañana?" Uno de los libros que leía continuamente era El estreñimiento y nuestra civilización. Así, aunque comía con avidez — uno de sus discípulos dijo: "Era uno de los hombres más hambrientos que yo haya conocido jamás"— su comida se seleccionaba y preparaba con sumo cuidado. [...] Su ashràm, con sus costosos gustos "sencillos" y las innumerables "secretarias" y criadas, recibía las cuantiosas subvenciones de tres ricos comerciantes. Un miembro de su círculo observó: "¡Hacer vivir a Gandhi en la pobreza cuesta un montón de dinero!"»

Johnson no renuncia al gusto de recordar que, aunque le han mitificado muchos que creen en el valor liberador del sexo, el «verdadero» Mahatma daba muestras de una especie de sexofobia que lo alejó incluso de su esposa. Con las mujeres sólo practicaba el Brahmachatya, es decir, dormir rodeado de muchachas desnudas para extraer de ellas calor y energía.

Pero, al fin y al cabo, esto sólo son cotilleos. La pregunta «seria» es otra: ¿de verdad puede ser Gandhi un maestro superior, superando incluso (si nos atenemos —parece ser— a los propios cristianos) a Jesucristo? La respuesta es difícil y delicada.

Sin duda fue una figura excepcional y, a pesar de alguna extravagancia (que tiene su explicación en el trasfondo oriental) fue todo lo contrario de un charlatán. Si acaso, hubo charlatanes en su círculo y, sobre todo, entre algunos de sus presuntos discípulos actuales: empezando por el partido italiano de los falsos ayunos a base de café «al capuchino», de la candidatura al Parlamento de un terrorista y una estrella del porno, de la exaltación de drogas y aberraciones sexuales varias.

Para intentar comprender al «verdadero» Gandhi no deben olvidarse, por otro lado, ciertos hechos eliminados con apuros, como por ejemplo, el feeling entre el indio y el fascismo italiano. En 1931, Gandhi fue a Roma para encontrarse con Mussolini, hacia quien expresó su simpatía y estima, consideración que le fue devuelta por el dictador que, por otro lado, financió el movimiento de Gandhi por motivos —si bien no únicamente— antibritánicos. El Duce y el Mahatma: una pareja que, no sin razón, crea incomodidad a quien sólo ve en Gandhi la quintaesencia del pacifismo.

Pero la realidad histórica —siempre, y no sólo en este caso— es más compleja que cualquier mito o leyenda.

Habitualmente también se olvida que, citando a Paul Johnson, «esta figura es comparable a una planta exótica capaz de florecer únicamente en el protegido ambiente del liberalismo inglés». A pesar de ciertos episodios oscuros, el comportamiento de Gran Bretaña hacia él no fue, en conjunto, abyecto: ambos adversarios se mostraron dignos el uno del otro, llevando cada uno su papel con decoro. Pero si esto tuvo lugar en los largos años del enfrentamiento y tal vez del choque fue debido a que Gandhi revistió de rasgos orientales una formación casi enteramente occidental. Un cierto filotercermundismo romántico se lo imagina como adalid de los valores religiosos de Asia contra la brutal rudeza de las potencias coloniales «cristianas». En realidad, después de licenciarse en Leyes en Inglaterra, el joven Gandhi se movió largo tiempo por Londres con sombrero bombín y paraguas, tal y como muestran algunas fotografías; y su asimilación no era sólo una cuestión de indumentaria.

Él no vino a Europa a traernos los valores religiosos de su tradición india: por el contrario, volvió a descubrir la suya bajo el impacto del encuentro con el cristianismo. Lo que más fascinación produce en él es el resultado de la adaptación de la visión oriental a categorías que únicamente pertenecen al Evangelio.

El hinduismo había creado un sistema infernal de castas de las cuales expulsaba a los llamados, precisamente, «sin casta»: los «parias» o «intocables».

Sobre un total de cuatrocientos millones de indios, casi cien millones se encontraban en una situación infrahumana, en virtud de la cual no podían ni siquiera entrar en los templos, viajar en los trenes, comer en los restaurantes, sacar agua de los pozos públicos, enviar a sus hijos a la escuela, enterrar a los muertos en los cementerios de los «otros». Los parias, a su vez, se subdividían en tres grupos con nombres significativos: «los malditos», «los excomulgados» y «los rechazados». ¿Sabían algo de esto las «buenas almas» de Occidente admiradoras de los «valores» de las tradiciones religiosas orientales?

Gandhi definió este sistema milenario como un «delito monstruoso contra la humanidad» y luchó por su abolición. En efecto, fue abolido pero sólo sobre el papel. Más aún, la introducción de una especie de régimen democrático se reveló, con el habitual efecto contrario, como un refuerzo en lugar de un debilitamiento del sistema de castas, ya que cada una de ellas se transformó en una agrupación política enfrentada, a menudo de manera sangrienta, a las demás. En muchos otros casos, como veremos más adelante, las mejores intenciones de la lucha gandhiana se convirtieron en lo contrario de las mismas: después de todo, es la típica maldición de la «heterogénesis de los fines» que tan a menudo vuelve del revés las beneméritas «luchas» humanas.

Con todo, sigue vigente el tenaz compromiso de Gandhi contra un sistema inhumano, cuya responsabilidad recaía, sin embargo, en aquel sistema sociorreligioso hinduista del que se consideró hijo hasta el final. Y combatió y venció, al menos teóricamente, a aquel sistema gracias a valores externos al hinduismo, es decir, gracias al cristianismo.

El primero de los cuatro artículos de la «doctrina» de Gandhi exigía la adhesión a las Sagradas Escrituras de la India, pero ¿no eran precisamente esas Escrituras las que aprisionaban a las masas en lo que él mismo calificó «un delito monstruoso»? Y ¿no había tenido que recurrir a otras Escrituras, las del monoteísmo bíblico (el Nuevo Testamento, sobre todo, pero también en alguna medida el Corán) para romper el círculo «monstruoso»?

Son preguntas a las que muchos «intocables» dieron una respuesta lógica, abandonando la religión responsable de su opresión para abrazar el cristianismo o el islamismo. La gran religiosidad del Mahatma sí es oriental pero sólo en lo que no choca con la sensibilidad occidental, impregnándose, a su pesar, de dos milenios de predicación evangélica. Así, al final el Evangelio actuó para él como piedra de toque. Gandhi no acabó asesinado a manos de los colonialistas ingleses ni de cualquier otro «malvado», como desearía el esquema maniqueo y masoquista occidental. Fue un devoto hindú, que lo acusaba de «modernismo» y «occidentalismo» y de haber contaminado las Sagradas Escrituras de la tradición autóctona con la Biblia, quien descargó una pistola sobre él.

No es un ejemplo superficial de apologética sino una verdad indiscutible: Gandhi no puede compararse con Jesús, ni tampoco es «superior» a él, como ha dicho alguien y como sospechan también no pocos cristianos.

En realidad Gandhi no sería Gandhi sin Jesús, tal y como él mismo reconoció en numerosas ocasiones. En la famosa entrevista concedida a un misionero protestante corresponsal de un periódico inglés, dijo haber tomado directamente del Evangelio el concepto de la «no violencia», con sus corolarios de «resistencia pasiva» y «no cooperación». En efecto, su «pacifismo» conserva el fuerte sabor del Nuevo Testamento y poco o nada tiene que ver con el irreal y perjudicial utopismo de tantos occidentales que creen identificarse con su mensaje.

Éstas son palabras textuales de Gandhi: «Si tuviese que escoger entre la violencia y la bajeza, escogería la violencia. Personalmente, me esfuerzo por cultivar el sereno valor de morir antes que matar. Pero quien no posee este valor, que acepte matar y ser matado antes que rehuir vilmente el peligro. Los desertores cometen un acto de violencia mental: escapan porque no tienen el valor de afrontar la muerte.» Luego añade: «Es mejor la violencia que la cobardía: la no violencia no es una sumisión servil al malvado.» Aquí se percibe el eco del Evangelio que asocia paz con justicia; es la voz viril de Jesucristo que quiere «pacíficos» y no «pacifistas» (que no es lo mismo).

Sería una caricatura del mensaje de Gandhi el intentar apropiarse del mismo bajo esa perspectiva laica, libertaria y hedonista que identifica a tantos movimientos de hoy día, empezando por el radical, pero que también se extiende sobre capas cada vez más amplias de ex comunistas. Siguiendo con el Mahatma: «La no violencia debe nacer del satyagraha (la fuerza espiritual). Y ésta requiere el control, que sólo se obtiene mediante una constante batalla por la pureza y la castidad, de todos los deseos físicos y egoístas.» Una concepción de duro ascetismo que es todo lo contrario de lo que teorizan y practican algunos de los autodenominados «gandhianos» de hoy. Éstos se escandalizarían, además, si supieran que la famosa tolerancia del Maestro tenía un límite establecido: «No debemos tolerar nunca la falta de religión.»

Blasfema sobre el nombre de Gandhi quien se dijera inspirado por él sin poner en el centro de su vida el nombre de Dios (no es por casualidad que sobre su tumba sólo se grabaron las palabras «¡Dios!, ¡Dios!»); también sería blasfemo el que se dijera su discípulo y se situara al mismo tiempo en lo que él conjuraba como «el maldito desierto del ateísmo», por teórico o práctico que sea.

«Gandhi costaba caro, en dinero y en vidas humanas. Sabía crear un movimiento de masas pero no sabía controlarlo. Y sin embargo, siguió comportándose como un aprendiz de brujo mientras la lista de muertos ascendía a centenares, luego a miles, después a decenas de miles y aumentaba el riesgo de una gigantesca explosión entre las diversas sectas y religiones. Esta ceguera volvía absurdas las declaraciones en las que sentenciaba que no era necesario matar nunca bajo ninguna circunstancia.»

Así se expresa Paul Johnson, el historiador inglés antes citado. No se trata de un juicio aislado, por el contrario, lo comparten muchos que admiran (¿y cómo podría ser de otro modo?) las virtudes personales y el mensaje de Gandhi, pero que también se interrogan acerca de sus resultados.

Alguien se ha atrevido a sospechar que, en la práctica, la obra de Gandhi ha sido más perjudicial que benéfica para la India, por el desmesurado coste de las pérdidas en masacres y destrucción. Y, asimismo, por dejar tras de sí una herencia política que fue cualquier cosa menos gloriosa. En resumen, una vez más nos encontraríamos frente a un caso de «heterogénesis de los fines», es decir, las buenas teorías que en la práctica producen desastres.

La India que Gandhi se propuso liberar sólo era una expresión geográfica. De los cuatrocientos millones de habitantes, doscientos cincuenta eran «hinduistas», nombre que identifica una realidad indefinida y magmática, donde hay espacio para todo y para nada, a causa de las infinitas sectas que a menudo se enfrentan entre sí. Había noventa millones de musulmanes, seis millones de sikhs y muchos otros millones pertenecían a religiones menores o eran budistas o cristianos, divididos entre protestantes y católicos. En el ámbito político, el territorio estaba subdividido entre más de quinientos príncipes y marajás dotados de una gran independencia. Se contaban 32 lenguas, 200 dialectos y 2.000 castas.

Este explosivo mosaico se mantenía unido por la administración británica que, con pocas decenas de miles de hombres, se limitaba casi únicamente a evitar la desintegración de ese enorme país, cuya unidad sólo existía sobre el papel. O solamente en los nobilísimos sueños de Gandhi, quien, con su predicación político-religiosa, actuó de detonante de la mezcla explosiva. Exactamente igual que un «aprendiz de brujo», como él mismo acabó por confesar, expresando en público su «arrepentimiento».

En efecto, la caja de Pandora se abrió ya en el primero de sus actos de agitación política: la huelga general que proclamó el 6 de abril de 1919 y que, naturalmente, tenía que ser «no violenta». Pero eso era no contar con la naturaleza humana, y, sobre todo, con la situación específica de la India.

Así, estallaron los disturbios y la violencia hasta que el 13 de abril las tropas inglesas abrieron fuego causando 379 muertos y un millar de heridos. Las consecuencias se extendieron por toda la India e hicieron oír los primeros crujidos del desastre, del amenazador combate de unos-contraotros en ciernes.

Gandhi anunció a la multitud: «Lo que ha ocurrido ha sido por vuestra culpa y por la mía. Sí, soy culpable de haber pensado que la India estaba madura para la conquista pacífica de la independencia. Busquemos en nuestro interior las causas de la violencia que se ha desatado.» Luego dio comienzo a un «ayuno expiatorio», invitando a sus seguidores a que le imitaran.

Como ocurre siempre en el caso de Gandhi, nos hallamos ante palabras y actitudes muy nobles, pero que se hallan en la cima del idealismo, lejos de aquel realismo del que debe dotarse absoluta e indispensablemente quien, como él, desee ser un guía moral y político. También resultan fascinantes pero del todo irrealizables (como el futuro se encargó de demostrar) sus ideas económicas de «lo pequeño es hermoso», del tejido a mano y de los sistemas tradicionales de producción e intercambio entre los pueblos.

Tras un incremento de las manifestaciones violentas —¡suscitadas por la predicación «no violenta»!— se llegó a la catástrofe de 1947, cuando los ingleses abandonaron la India a sí misma, concediéndole, con gran alivio por su parte, la independencia. Se cumplía el sueño de toda la vida de Gandhi, pero también fue uno de sus mayores sufrimientos. Escribe Johnson: «Él, que había hecho posible todo aquello, le confió a lady Mountbatten, la esposa del último virrey de Gran Bretaña: "Estos acontecimientos no tienen ningún precedente en la historia mundial y me hacen bajar la cabeza de vergüenza."». En efecto, tal como preveían todos, excepto las «buenas almas» de los utópicos, al faltarle el control británico, la India se precipitó en el caos y el enfrentamiento entre las infinitas etnias y religiones.

Gandhi siempre había mantenido con obstinación (y contra toda evidencia) que la liberación del país uniría a hindúes y musulmanes en una pacífica convivencia. Por el contrario, estos últimos procedieron a la secesión armada con la creación de Pakistán. Como declaró Francis Tuker, uno de los generales ingleses que se iban: «por todas partes se desencadenó la más feroz de las barbaries, con locos homicidas que degollaban, mutilaban e incendiaban. Interminables columnas de desvalidos atravesaban el país, atacados por fanáticos políticos y religiosos».

Gandhi, «hundido de vergüenza por la India» acabó por dirigirse al virrey, que ya tenía las maletas a punto, esperando que pudiera controlar la situación. Pero los ingleses no querían saber nada de ese gigantesco avispero enloquecido, de modo que la catástrofe siguió su curso: parece que el balance de muertos estuvo algo por debajo de los dos millones de personas. Un baño de sangre que se prolongó luego en las dos guerras entre India y Pakistán, en la trágica secesión de Bangla Desh y que prosigue actualmente en los choques internos que se han vuelto endémicos. El mismo Mahatma cayó víctima de esa violencia a la que (si bien con la más admirable de las intenciones) había dado salida.

Tampoco lo tuvo mejor su descendencia política: su queridísimo discípulo, el Pandit Nehru, tomó el poder y lo mantuvo durante diecisiete años. Mientras que Gandhi era contrario a toda forma de socialismo, Nehru fue un «brahmán marxistizante», coqueteando siempre con la Unión Soviética y levantando una industria pesada de Estado que era todo lo contrario de la economía propugnada por Gandhi. La hija de Nehru, Indira, completó abusivamente su nombre con el del venerado Gandhi, pero su política de gran potencia (impulsada hasta la bomba atómica) también renegó por completo del mensaje del «Alma Grande». Y lo mismo ocurrió con su hijo, Rajiv.

Si, como se dice, se conoce al árbol por sus frutos, el árbol de Gandhi (impresionante en el plano ético y teórico) dio frutos amargos en el plano práctico. Tal vez sea la enésima revalidación del realismo cristiano que no cesa de proponer el ideal pero, a la espera del Reino futuro, no pierde de vista la «realidad efectiva» de un mundo en el que el grano y las malas hierbas se mezclan hasta la siega final. El realismo del que sabe que todos deberíamos ser santos y cultivar todas las virtudes. Pero también sabe que el pecado puede tomar siempre —y en cualquier persona— la delantera.

Con su heroico ejemplo personal, con sus nobles palabras, Gandhi esperó que haría desaparecer a la bestia que todo ser humano lleva en su interior. Pero, al final de todo, la esperanza se transformó primero en una pesadilla de millones de muertos y luego en la mezquina dureza de la Realpolitik. Como ocurre siempre en política, la maravillosa utopía se convirtió en una pesadilla.

63. Don Franco

Con la muerte de don Franco Molinari, profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad Católica, nuestro oficio pierde a uno de sus lectores más convencidos, a menudo entusiastas. Su aprobación era valiosa por tratarse de un especialista, autor de una cuarentena de libros y más de doscientas publicaciones científicas. Aquel juicio positivo era para mí la reconfortante confirmación de haber sabido librarme sin demasiados apuros de las emboscadas de los problemas históricos, con frecuencia muy complejos.

Con ocasión de su sesenta aniversario, nos dedicamos con «don Franco» (quien lo apreciaba siempre le llamaba sólo de este modo, a pesar de sus muchos títulos académicos y eclesiásticos) a una especie de recuento de su actividad exploradora por archivos y bibliotecas. De ahí surgió una larga entrevista que, publicada primero en Jesús, Molinari quiso poner como prefacio en uno de sus pequeños best-seller, Mille e una ragione per credere («Mil y una razones para creer»), publicado por Edizioni San Paolo.

«Cuanto más estudio la Historia de la Iglesia —me decía entonces— más me convenzo de la verdad del cristianismo. Al cabo de treinta años de investigación y reflexión podría afirmar, con un chascarrillo, que ya no me hace falta la fe para creer en Jesús como Cristo: lo veo operando a lo largo de las vicisitudes de los siglos.»

Y eso que también le parecía claro que Dios «juega» con los hombres (o «sonríe», para citar el salmo). Juega porque «parece querer dar luz con lámparas quemadas», y porque parece divertirse desbaratando nuestros esquemas, trastocando nuestros planes, conduciendo a resultados inesperados e incluso opuestos a los que proponía.

Don Franco poseía un rico muestrario de anécdotas sobre esta misteriosa paradoja de la Historia.

Uno de los casos que le gustaba citar era el de Rodrigo Borgia, el catalán que llegó a Papa con el nombre de Alejandro VI, proverbial por lo disoluto de sus costumbres y, para muchos, símbolo de la perdición de una Iglesia que parecía más enamorada de los artistas que de los santos, y de los dioses paganos antes que del profeta de Nazaret.

Y sin embargo —ésta sería la misteriosa «broma» de la Providencia—, precisamente de los escandalosos amores de aquel Papa nació el germen de la Reforma católica. En efecto, ya en sus tiempos de cardenal, Rodrigo Borgia tenía como amante favorita a una Farnesio, Julia, denominada «la bella» por antonomasia. Julia aprovechó su relación con el ya poderoso prelado para favorecer la carrera de su hermano Alejandro que, en efecto, recibió la protección de Borgia. Éste, en cuanto fue elegido Papa (comprando las elecciones con maniobras simoníacas) lo nombró cardenal.

Como hombre de su tiempo, Alejandro tampoco era inmune a las costumbres del momento, ya que —aun revestido de aquella dignidad eclesiástica— tuvo cuatro hijos de su relación con una dama romana. Será necesario especificar (no tanto para excusar cuanto para comprender) que entonces el cardenalato no siempre estaba ligado a la consagración sacerdotal: era un cargo honorífico con el que se investía a laicos poderosos, incluso desde niños. La púrpura y la «castidad consagrada» no estaban, pues, necesariamente ligadas.

En lo que respecta a Alejandro Farnesio, en cierto momento al cardenalato se le unió el sacerdocio, y luego la consagración obispal. Y a partir de entonces se produjo en él un cambio rotundo a una seriedad siempre creciente. Cuando en 1534 fue elegido Papa con el nombre de Pablo III persiguió, a pesar de sus enormes dificultades, una sola meta durante quince años: convocar un concilio general que reformara la Iglesia y diera la respuesta más eficaz posible a la revuelta protestante.

Después de varios intentos fallidos, por fin el 15 de diciembre de 1545 se inauguró en Trento —una pequeña ciudad de los Alpes escogida por encontrarse en la frontera entre latinidad y germanismo—, el concilio que se revelaría como el punto decisivo para la Iglesia católica.

Comentaba a propósito de ello don Molinari: «Pablo III, antes Alejandro Farnesio, era el hombre justo en el momento justo, el Papa que la cristiandad necesitaba desesperadamente. Y sin embargo, no habríamos tenido este pontificado si la hermana de Alejandro no se hubiera ganado al Borgia frecuentando su alcoba. ¿Cómo no vislumbrar aquí la mano misteriosa e irónica de un Dios que "juega"?» Pero toda la historia de la Iglesia, proseguía el historiador, está plagada de estas «bromas». Así, personajes cuya actividad pública resultó benéfica para los asuntos religiosos eran en privado hombres terribles.

Sirvan dos ejemplos por todos los restantes. El emperador Constantino, que hizo de la Iglesia la nueva protagonista de la Historia, también se distinguió por una sed de poder que lo impulsó a asesinar incluso a sus familiares. Y otro emperador, Carlomagno, cuyas acciones tuvieron buenos y duraderos efectos sobre los asuntos eclesiásticos también ordenó a sangre fría masacrar a miles de prisioneros sajones.

Seguía diciendo don Franco: «Es un Dios que "sonríe" mientras va acumulando nuevos problemas y dificultades para Su Iglesia, pero proporcionando al mismo tiempo el remedio adecuado para cada ocasión.

Así, tras los siglos de hierro de un feudalismo que parecía paralizar el cristianismo, surge un san Francisco, un Domingo, para suscitar movimientos que llaman a la Iglesia a regresar a sus deberes de pobreza, de humildad y reflexión teológica. Luego, el siglo XVI, que vio desgarrarse la cristiandad, fue el que, junto a los Lutero y los Calvino, dio lugar, primero a la aparición del movimiento de la Observancia y luego a aquel florecimiento de nuevas familias religiosas que dieron la réplica a los dramáticos signos de los tiempos con una fórmula de vida religiosa inédita.

Los "clérigos regulares" (es decir, la regla monástica unida a la actividad pastoral), que va desde los jesuitas a los teatinos, los barnabitas, los camilistas, los Fatebenefratelli, y muchos otros eficacísimos instrumentos de reforma y reconquista. Y el siglo XIX caracterizado por la dispersión violenta de las comunidades religiosas ¿no es también el siglo que tan sólo en Italia ve la aparición de algo así como 183 nuevas congregaciones femeninas, cada una de las cuales es una respuesta concreta a una necesidad concreta?»

Para don Franco, el misterio que iba descubriendo en los recovecos de la Historia (y que cada vez lo reafirmaba más en su fe) también se hallaba en la capacidad siempre renovada de la Iglesia de reaccionar frente a los problemas que iban saliendo al paso, «encendiendo las defensas internas, incrementando la producción de anticuerpos, sacando de improviso a la palestra a hombres y mujeres con la habilidad necesaria para reaccionar con eficacia ante los peligros y proponer simultáneamente ejemplos personales de un cristianismo acorde con los tiempos».

Una reacción que veía obrar también en la actualidad en lo que calificaba de «explosión primaveral de los nuevos movimientos posconciliares».

Ni siquiera bajo esta luz —aun lejos de todo triunfalismo y, es más, dedicando gran atención al diálogo con los creyentes—, este historiador vacilaba en subrayar la diferencia entre el destino de la Iglesia y del «mundo». Según algunas lecturas históricas, la peripecia del cristianismo, sobre todo el católico, no sería más que una continua decadencia, una caída irrefrenable del gran idealismo de los orígenes. La realidad de los últimos siglos es, en cambio, distinta: «Precisamente a partir de Trento en adelante —observa don Franco— la historia del papado es una continua ascensión.

Considero dignos de figurar entre los santos a, por ejemplo, todos los pontífices de nuestro siglo. La caída, si acaso, la veo en la cultura, que se ha distanciado de la Iglesia: una cultura que empezó en el siglo XVIII y en el XIX con grandes promesas y esperanzas y que acabó con guerras homicidas, en masacres, en ideologías inhumanas y al final en drogas y en una crisis radical de valores y planteamientos.»





1 Véase «2. Leyenda negra/1».

2 Véase «8. Leyenda negra».




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